XII

La última misa.

Nadie se apercibió de aquel golpe de Estado, perpetrado en el mayor

secreto, como todos los actos que se llevan a cabo en el seno de la

Compañía.

Los padres jesuítas residentes en Madrid, siguieron considerando al

padre Claudio como el vicario general de la Orden en España, en vista de

que éste desempeñaba, como de costumbre, sus altas funciones.

El exterior macilento y el aire desalentado del padre Claudio no

llamaban la atención de nadie.

Se presentaba, como siempre, en público acompañado de su "socius", el

padre Tomás, y nadie, a la vista del aspecto encogido y humilde de éste,

hubiese sospechado que era el verdadero amo, y que cuando los dos se

encerraban en el despacho, el padre Claudio le servía de escribiente y

tenía que sufrir rudas reprimendas por su forma de letra, su lentitud en

escribir y aquel cansancio que a causa de la edad le acometía,

entorpeciendo su cabeza y sus miembros.

En la Compañía de Jesús no han sido nunca raros espectáculos de esta

clase. El padre Claudio sabía que muchísimas veces el que había

aparecido como director no era más que el criado del más humilde

jesuíta; pero esto no le hacía sufrir con paciencia tales humillaciones

y juzgaba insoportable por más tiempo la comedia que venía

representando.

No transcurría día sin que sufriera los más agudos tormentos morales.

Cada vez que algún inferior venía a consultarle, o que recibía las

muestras de cariño y respeto propias de su cargo, no podía evitar el

volverse con movimiento instintivo a su terrible "socius", que

contemplaba impasible aquella farsa por él ordenada.

El pensamiento del padre Claudio siempre era el mismo. ¡Cómo se reiría

el maldito al considerar la irrisoria autoridad de aquel que momentos

después le servía de amanuense! ¡Qué carcajadas sonarían en el interior

del padre Tomás al ver a su amanuense dar órdenes y amonestar a los

inferiores, fingiendo una autoridad que ya había huido de él para

siempre!

La eterna presencia del italiano, que ahora no le dejaba solo ni un

momento, era para el padre Claudio el peor de los tormentos, por lo

mismo que equivalía a una burla perpetua. Aquello era querer que hiciese

reír a sabiendas el mismo hombre cuyo fruncimiento de cejas aterrorizaba

algunos días antes.

Si iban por la calle, importantes personajes saludaban al padre Claudio

con todo el respeto rastrero que los políticos de oficio demuestran a

los que tienen el favor real. A veces, al ocurrir esto, el padre

Claudio, a pesar de su dolor, no podía evitar una sonrisa de amarga

ironía. El había derribado ministerios, creado personajes de la nada; el

mundo le tenía aún por muy poderoso y, sin embargo, la víspera, por

ejemplo, el padre Tomás, en su despacho, le había llamado canalla y

miserable por haber empezado tres veces la misma comunicación a causa de

su falta de pulso.

Si sus enemigos se habían propuesto castigarlo sometiéndolo a un

martirio lento e inacabable, sabían bien lo que se hacían, pues era

imposible tortura mayor que la que sufría.

Su punto vulnerable era el orgullo y éste era el sentimiento que más

sufría en aquella extraña situación.

Tan intensa era su tortura, que varias veces estuvo próximo a humillarse

a su verdugo, suplicándole que le castigara con mayor rudeza, pero que

le librara de aquella parodia de autoridad; mas un resto de orgullo le

contuvo y siguió sufriendo en silencio, procurando conservar en su caída

la mayor dignidad posible.

Una certidumbre cruel le agitaba en sus instantes de desaliento.

A pesar del desprecio con que le trataba el padre Tomás, obedeciendo sin

duda las órdenes que de Roma le llegaban, él no podía creer que parase

ahí la venganza del general.

Grande era la humillación que le hacían sufrir; pero un hombre como él,

a pesar de su mísero estado, todavía era temible y el general no debía

contentarse con saber que su rival había sido convertido en escribiente.

Aquella humillación la consideraba el padre Claudio como un refinamiento

de crueldad del verdugo antes de decidirse a sacrificar su víctima.

La misma mano que había aniquilado al padre Corsi no tardaría en caer

sobre él, inexorable y aplastante, acabando con su existencia.

Conocía él los procedimientos a que más afición mostraba la Compañía

para acabar con sus enemigos, y, seguro de que el puñal no lo esgrimían

los jesuítas en este siglo, procuraba guardarse de los venenos; de

aquella "aqua toffana" que la Compañía había hecho célebre.

Su apariencia de autoridad le hacía ser respetado por todos los

individuos de la Orden, y de aquí que pudiera vivir con relativa

tranquilidad, confiando en la adhesión del hermano cocinero, que

preparaba la comida de su reverencia por sus propias manos.

Por esta parte estaba seguro el padre Claudio de no ser víctima de un

envenenamiento; pero la actitud siempre reservada y fría del padre Tomás

le causaba verdadero miedo. Algo ideaba en silencio aquel terrible

enemigo, y el padre Claudio le acechaba, intentando adivinar sus

secretas ideas.

Así transcurrió algún tiempo, hasta que llegó el día en que la Compañía

acostumbraba a celebrar su fiesta anual en honor de la fundación de la

Sociedad de Jesús.

Revestía tal acto gran solemnidad. En dicho día la casa residencia,

siempre tan tétrica, animábase con una alegría reposada y meliflua, y

una de las fiestas más notables era la gran misa que se celebraba en la

iglesia perteneciente a la Compañía.

Era el superior de la Orden el encargado de oficiar en dicho acto, y el

padre Claudio, que por espacio de cuarenta años dijo la misa en tal día,

gozaba mucho en esto, pues podía apreciar cuán inmenso era su poder,

viendo reunidos en la iglesia todos los padres y novicios que estaban

por completo a sus órdenes.

Temía que el padre Tomás escogiese dicho día para humillarlo,

prohibiéndole que dijese la misa y demostrando de este modo que era

fingida la autoridad que aún ostentaba. Por eso su alegría fué grande

cuando el italiano le dijo en el despacho, la víspera de la fiesta, que

al día siguiente se encargase de celebrar la solemnidad acostumbrada.

A las nueve de la mañana estaba ya el padre Claudio en la sacristía de

la iglesia dejándose despojar, con sonrisa bonachona, de su hopalanda y

su bonete, por dos acólitos serviciales que se mostraban impresionados

ante aquel hombre que creían terriblemente poderoso.

Llegaban hasta allí, amortiguados por puertas y cortinajes, el sonido

del órgano y los cantos de los tiples en la cercana iglesia; y dentro de

la sacristía, el sacristán y sus ayudantes corrían de un lado a otro y

se afanaban por arreglar todos los preparativos de la misa.

Dos padres jesuítas charlaban sentados en un rincón, el uno vestido de

sotana y el otro con dalmática, mientras que un tercero, de pie junto a

la gran mesa de la sacristía, revestíase y se disponía a cubrirse con

otra capa de igual clase, extremadamente pesada por la calidad de la

tela y el grueso de los deslumbrantes bordados.

Eran los dos diáconos que habían de ayudar al padre Claudio en la misa

mayor.

El viejo jesuíta, instintivamente e impulsado por la fuerza de la

costumbre, miró a todos lados para ver si los preparativos estaban

corrientes.

Encima de la mesa y junto al grande y antiguo espejo con marco de oro,

ensuciado por las moscas y estrecho y largo hasta llegar al techo,

estaba en cuidadoso montón toda la ropa sagrada de la misa. El cáliz, de

oro fino, estaba a poca distancia, con su purificador, su patena y su

hostia, cubierto todo por el cuadrado de tela igual a la casulla, y ésta

acababa de ser tendida por el sacristán sobre la misma mesa,

deslumbrando con sus bordados que representaban varios atributos de la

Pasión de Cristo.

El padre Claudio, satisfecho de aquella inspección, se encaminó a una

fuentecilla que estaba junto a la puerta de entrada de la sacristía y

comenzó a lavarse las manos en aquel sonoro hilillo de agua. Estaba

aquel día de buen humor, pues la fiesta, que tan buenos recuerdos le

había dejado siempre, conseguía disipar por primera vez aquella terrible

tristeza que le había acometido desde su ruina.

Un jesuíta entró en la sacristía.

Era el padre Felipe, aquel robusto confesor de la baronesa de Carrillo,

que cada vez estaba más fornido y más imbécil.

--¡Hola, padre Felipe!--dijo el padre Claudio con la benevolencia que

desde su caída demostraba a todos los humildes--. ¿Cómo está la iglesia?

--¡Ah, reverendo padre! Presenta un golpe de vista encantador. Está en

ella lo más selecto de Madrid. Yo he conocido entre las señoras varias

damas de Palacio y más de treinta condesas y marquesas. Es una fiesta

que dará que hablar y demostrará que todo el mundo está con nosotros.

--¿Está también doña Fernanda, la baronesa?

--Sí; en primera fila la he visto; junto al presbiterio. Su hermana

Enriqueta no ha podido venir; la pobrecita cada vez se halla peor.

El padre Claudio había acabado mientras tanto de secarse las manos, y

mascullando una oración se dirigió a la mesa donde estaban las sagradas

vestiduras para comenzar a revestirse. Los dos acólitos pusiéronse a su

lado para ayudarle y el sacristán mayor, algo apartado, vigilaba con

mirada atenta aquella operación.

El padre Felipe fué a conversar con los otros dos jesuítas que estaban

sentados a un extremo de la sacristía, y el celebrante comenzó a

vestirse.

Cogió el amito, y después de besar la cruz bordada en su centro, púsose

el lienzo sobre la cabeza, y deslizándolo por la espalda hasta rodear el

cuello de su sotana, se ató sus cordones a la cintura, después de lo

cual vistióse el alba, signo de pureza, teniendo buen cuidado de

introducírsela por el brazo derecho.

Los acólitos daban vueltas en torno del sacerdote, agachándose, tirando

del alba para que cayese en pliegues naturales y procurando que no

estuviera en unos puntos más alta que en otros.

Iba a ceñirse el cordón que le presentaba el sacristán y que era el

recuerdo de la cuerda con que Jesús fué torturado en su Pasión, cuando,

fijando sus ojos en el gran espejo que delante tenía, vió cómo entraba

con su habitual cautela el padre Tomás.

La presencia de aquel hombre turbó la alegría del padre Claudio.

Mostrábase el italiano como siempre, sonriente y humilde; pero el viejo

creyó ver en él una expresión diabólica de gozo que no había notado en

los otros días.

El padre Tomás fingía admirablemente en público una subordinación

absoluta a aquel hombre que sólo era su escribiente.

--Reverendo padre--dijo acercándose al padre Claudio--; el templo está

hermosísimo. Pocas veces he visto una fiesta tan deslumbrante. Puede

usted estar orgulloso de oficiar ante un concurso de fieles tan

distinguidos. Crea que le envidio el papel que va a desempeñar.

--Eso mismo pienso yo, padre Tomás--dijo mezclándose oficiosamente en la

conversación el padre Felipe--. Vale la pena oficiar ante gente tan

notable.

Y el sencillote jesuíta, sin fijarse en que el padre Claudio estaba

murmurando las oraciones propias del acto de revestirse, púsose a

reseñar por sus nombres todas las damas distinguidas que estaban en la

iglesia y varias veces le distrajo con su charla.

Entró otro jesuíta, que era el padre Luis, el famoso orador sagrado

encargado de pronunciar el sermón en aquella festividad.

El orador, convencido de su valía y de su gloria, mostraba en su

conversación bastante petulancia, y trataba a todos con dulce

benevolencia y cierto aire protector.

No tenía prisa, pues aún tardaría el momento de subir al púlpito, pero

venía a ver cómo se revestía el padre Claudio, su maestro y protector

bondadoso, y a fumar un cigarrillo. El predicador no podía callarse, y

pegándose al padre Claudio, con la misma familiaridad que si estuviese

en su despacho, le anunciaba de antemano el éxito que iba a alcanzar con

el sermón, y recitaba por adelantado algunos de sus fragmentos, al mismo

tiempo que guiñaba un ojo o se interrumpía, diciendo:

--¡Eh, reverendo padre! ¿Qué le parece a usted este parrafito? ¡Cómo se

quedarán esas tortolitas místicas que vienen a escucharme! ¿Pues y este

parrafillo en que les doy de firme a los pícaros revolucionarios?

Mientras el predicador iba anticipando a entregas su sermón y el simple

padre Felipe le oía con aire de embobado, el padre Tomás abordaba en un

extremo de la habitación al atribulado sacristán, que, aturdido por

aquellos preparativos extraordinarios, iba de un punto a otro sin saber

qué hacerse.

--¡Qué, querido hermano! ¿Está ya todo corriente?

--Creo que sí, padre Tomás. ¡Si usted supiera cómo tengo la cabeza!...

Esto es cosa de volverse loco. Yo creo que está todo... a ver... El

altar mayor lo han encendido hace ya rato; el misal lo acaban de llevar

los muchachos; los dos ayudantes se han revestido ya; el reverendo

padre lo está haciendo ahora; ahí está el cáliz, ahora... ¿qué más puede

faltar?

El padre Tomás sonrió con cierta sorna:

--¿Y las vinajeras, desgraciado? ¿Y las vinajeras?

El sacristán hizo un movimiento de retroceso y se golpeó la frente con

las dos manos, con la misma expresión de desaliento del inventor que

descubre un defecto capital en la obra que creía perfecta.

--¡Virgen santísima!--balbuceó quedo, como si no quisiera que nadie se

enterara de su descuido--. Es verdad. ¡He olvidado las vinajeras! ¡Qué

descuido! Gracias, padre Tomás; muchas gracias. A no ser por usted,

hubiese cometido una majadería.

Y se abalanzó a un pequeño armario, de donde sacó unas vinajeras de rico

cristal tallado, montadas sobre un armazón de plata antigua

artísticamente labrada.

Llenó una en el hilillo de agua de la fuente; destapó después una gran

botella que estaba en el mismo armario, y vertió en la otra redomilla un

chorro de vino que se transparentaba con reflejos opalinos, y caída

produciendo un delicioso "glu-glu". Sacó de un cajón un lavamanos limpio

y cuidadosamente planchado, púsolo entre las vinajeras y fué a salir por

el obscuro pasadizo que desde la sacristía conducía al altar mayor.

El padre Tomás detuvo por la manga al azorado sacristán:

--¿Adónde va usted, hermano? Quédese aquí, donde es necesaria su

presencia, y así nadie reparará en su olvido. Yo me encargaré de llevar

las vinajeras al altar.

El sacristán, no sabiendo cómo agradecer al italiano su bondad, lanzóle

una tierna mirada, y el padre Tomás desapareció en el obscuro corredor

llevando las vinajeras.

Nadie se apercibió de aquello en la sacristía. Los dos ayudantes de la

misa y el otro jesuíta discutían en el extremo opuesto, de espaldas al

lugar donde habían hablado el italiano y el sacristán, y en cuanto al

padre Claudio, no había visto nada, ocupado como estaba en arreglarse la

pesada casulla y en escuchar al padre Luis, cada una de cuyas palabras

asombraba y enternecía al robusto padre Felipe.

Llegó el momento de comenzar la misa, y el celebrante y sus dos

ayudantes entraron uno tras otro en el obscuro pasadizo, precedidos del

sacristán y los acólitos. El padre Claudio, sujetando el cáliz con la

mano izquierda y apoyando en la tapa del mismo su derecha, iba rezando

oraciones.

El padre Felipe se quedó en la sacristía para acompañar al vivaracho

orador, que seguía fumando su cigarro y haciendo comentarios sobre el

efecto que iba a causar su sermón.

Aparecieron el celebrante y sus dos ayudantes al son de una marcha

triunfal que entonaba el órgano, y en la vasta nave conmovióse aquella

grey devota y aristocrática, que, sudando, cuchicheando a media voz y

agitando el abanico aguardaba con la misma curiosidad expectante que en

el Real las noches del début.

Comenzó la misa y los fieles se mostraron muy atentos a los cantos que

salían del coro, reconociendo interiormente que los jesuítas sabían

hacer las cosas muy bien y que aquella capilla de música era de lo más

notable que podía oírse en Madrid.

El sagrado simulacro del drama en que Jesús fué protagonista deslizóse

sin incidente alguno hasta que llegó el momento del sermón.

Los tres oficiantes sentáronse en ricos sillones, e inmediatamente la

música rompió a tocar una graciosa marcha, que hacía mover

instintivamente los lindos pies a la mayor parte de las aristocráticas

damas que ocupaban la nave.

Era la señal de que el predicador iba a salir, y no tardó en aparecer en

el altar mayor el padre Luis, con roquete de deslumbrante blancura,

graciosamente rizado y encañonado.

Avanzó el orador con el aspecto meditabundo y teatral, propio de esos

retratos en que se representa a los grandes artistas en el momento de

recibir la inspiración; se arrodilló a los pies del padre Claudio para

que lo bendijese, e inmediatamente desapareció precedido de acólitos y

sacristanes, para surgir al poco rato sobre el púlpito, siempre al son

de la misma musiquilla.

El público no había cesado de moverse. Las señoras se acomodaban en sus

asientos para oír mejor, los hombres se agolpaban en los puntos de la

iglesia que tenían condiciones acústicas favorables, y todos se

preparaban a gozar con la palabra divina de aquel jesuíta, a quien los

periódicos del gremio llamaban el San Bernardo de la época.

Cesó la música, y el orador, después de algunas actitudes teatrales que

tenían por objeto poner de relieve el perfil de su cabeza artística,

comenzó a hablar.

Bien conocía el padre Luis su público, y no se equivocaba al anunciar

que tendría un éxito. Su sermón hizo delirar de entusiasmo, durante una

hora, a todos los oyentes, que por poco no aplaudieron la mayor parte de

sus pasajes.

La oración se circunscribió a la festividad que se conmemoraba; pero

sólo el padre Luis era capaz de sacar tanto jugo al tema. Habló,

haciendo párrafos inmensos que redondeaba con atropelladas imágenes, tan

ruidosas, esplendentes y vacías como los cohetes voladores que

deslumbran durante un instante y se remontan para caer después

chamuscados e inertes.

Los oyentes sacaban de todo el discurso la lógica consecuencia de que

San Ignacio había sido el hombre más eminente del mundo, y la Compañía

de Jesús la institución más benéfica y útil a la humanidad que habían

podido soñar los hombres.

San Ignacio, como santo, era el que seguía a Jesús en la corte

celestial, y aún hacía el orador ciertas reservas y apartes que daban a

entender su convencimiento íntimo de que con el tiempo, el de Loyola

podía muy bien ocupar el puesto de Dios hijo. Como hombre, el fundador

de la Compañía de Jesús, era según el orador, el cerebro más potente, el

sabio más asombroso que había surgido en la humanidad desde que existía

el mundo. A su lado, desde Aristóteles y Arquímedes hasta Franklin y el

contemporáneo Edisson, todos los sabios resultaban niños de teta, y no

había uno que pudiera compararse con el que había ideado la negra

milicia de Jesús.

Y después de la apología del santo, del relato de sus aventuras místicas

y de sus locuras de caballero andante, ¡qué pintura tan conmovedora de

la fundación y vicisitudes de la Compañía! La comunión de Montmartre,

aquella mañana en que Ignacio, tan desconocido como sus humildes

compañeros, de rodillas en la cima del monte que domina a París, juraban

ante la Virgen constituir la sociedad de Jesús; el rápido crecimiento de

la Orden; los grandes servicios que prestó aconsejando a los reyes de

Francia el degüello de la noche de San Bartolomé y a los de España que

favoreciesen la Inquisición, para que ésta quemase muchos herejes; la

paternal autoridad de los jesuítas en América, que convertían el

Paraguay en un paraíso; la ruda campaña de los filósofos enciclopedistas

contra la Compañía; la ceguera de ciertos monarcas al expulsar a los

hijos de Loyola de sus dominios; la resurrección vigorosa y esplendente

de la Orden a principios de siglo y su brillante situación actual, todo

surgía admirablemente descrito en aquel discurso, envuelto en dorada

vestidura de arrebatadoras imágenes y matizado con inflexiones de voz y

ademanes elegantes, que conmovían hasta en lo más recóndito las entrañas

de aquellas devotas.

Luego vino la parte de actualidad que aun resultaba más agradable para

aquel concurso privilegiado. ¡Oh! El infierno iba suelto por el mundo;

el diablo hacía de las suyas; la revolución surgía, amenazando destruir

todo lo existente; pero no había que temer mientras la Compañía de Jesús

permaneciese en pie. La milicia de Cristo sería el baluarte donde se

estrellarían todas las impiedades del siglo, pero para que el éxito

fuese completo, había que ayudar a la Orden en su resistencia. Y el

orador, dando esto por sentado, excitaba a aquel auditorio rico y

poderoso con frases indirectas, cuyo verdadero significado era:

Odebecednos, servidnos como instrumentos, y no nos escaseéis vuestro

dinero, que todo será para la mayor gloria de Dios y para evitar que el

pueblo, despertándose, reconozca la farsa y acabe con vosotros.

El auditorio iba ascendiendo rápidamente la escala del entusiasmo, y con

los ojos fijos en el orador y la expresión de anhelante curiosidad, le

seguía en la carrera de su discurso, accidentada, pero siempre florida.

En cuanto a los jesuítas que ocupaban el presbiterio, formando un

apretado haz de negras sotanas, no le oían con tan extremada expresión

de entusiasmo, pero tenían en sus labios una angelical sonrisa y

acariciaban con su mirada al compañero, que tan hábil era para conmover

a aquella clase que el padre Claudio, en la intimidad y en sus momentos

de buen humor, llamaba siempre "papanatas aristócratas".

El viejo jesuíta, ocupando con su desbordada obesidad todo el gran

sillón, y muy molestado por el peso de aquella rica casulla que le hacía

sudar, escuchaba el sermón con cierta complacencia. Todas las frases del

orador le resultaban lugares comunes sin ningún interés, pero le

complacía el considerar que aquel hombre admirable era su discípulo, y

que algunas de las palabras que más efecto causaban las había aprendido

el predicador de su antiguo maestro.

Aquel sermón, era para el padre Claudio, como un lindo espejo en el cual

se contemplaba, encontrándose rejuvenecido.

A pesar de esto, fastidiábase en algunos momentos de la longitud del

sermón que tanto gustaba al público, y molestado, además, por las

vestiduras y el calor, buscaba el entretenerse paseando su vista por

aquella concurrencia, en la que encontraba un sinnúmero de caras

conocidas.

Vió en primera fila a la baronesa de Carrillo, llorosa y conmovida por

la elocuencia del predicador, como la mayor parte de las damas, que

tenían vueltos los ojos al púlpito.

Todos miraban al padre Luis, cada vez más magnífico y arrebatador;

todos... menos el padre Tomás, pues el viejo jesuíta, al fijar varias

veces su mirada en el grupo que formaban los padres más importantes, vió

siempre que el padre italiano tenía los ojos en él, con una expresión

que al padre Claudio, sin saber por qué, le parecía poco

tranquilizadora.

Ya no atendió el celebrante al sermón, preocupado por aquellas extrañas

miradas del italiano, y entregado a conjeturas y sospechas, pasó el

tiempo hasta que el padre Luis terminó su discurso.

Cuando se apagó el murmullo de las tres avemarías que los oyentes

rezaron a la Virgen por consejo del predicador, reanudóse la misa con

gran contentamiento del padre Claudio, que derecho y moviéndose, no

sufría tantas molestias como en el mullido sillón.

La capilla de música volvió a llenar el espacio del templo con

celestiales armonías, y el público, fatigado por el excesivo entusiasmo

que el sermón le había producido, seguía ahora la marcha de la misa con

completo recogimiento.

Llegó el instante recordatorio de la consumación del divino sacrificio,

y el padre Claudio elevó la hostia a los acordes de la Marcha Real. El

cáliz de oro, había sido llenado a su tiempo con el contenido de las

vinajeras, por el encargado de todo el servicio de la mesa.

El celebrante bebió tres veces la preciosa sangre que contenía la áurea

copa, sin apartar los labios del borde y cuidándose, como es regla, de

consumir hasta la última gota del líquido.

Al beber el padre Claudio, no pudo evitar un pequeño gesto de

repugnancia. Su frío paladar encontraba algo de extraño y acre en aquel

vino sagrado, que él cuidaba siempre que fuese de agradable gusto, pues

no era muy aficionado a bebidas alcohólicas.

Pero esta impresión pasó inmediatamente. El padre Claudio justificaba la

extrañeza de su paladar. Acostumbraba a no beber vino en las comidas, y

como por sus importantes negocios le había dispensado el Papa de decir

misa obligatoriamente, hacía mucho tiempo que no consumaba el divino

sacrificio, y había, por tanto, perdido la costumbre.

Poco faltaba ya para que la misa terminase, de lo que se alegraba

bastante el viejo jesuíta.

No estaba él ya para fiestas como aquélla. La rica casulla le molestaba

con su peso, y el calor y el humo de los cirios le mareaban hasta

producirle náuseas.

Era, sin duda, por el afán de terminar por el que el padre Claudio se

sentía más ligero y vigoroso conforme avanzaba el tiempo.

Parecía circular por sus venas una sangre nueva y extremadamente

ardiente, y al mismo tiempo que se sentía con mayor vigor, comenzaba a

experimentar amagos de vahidos y le parecía que el altar, los que le

rodeaban y el inmenso auditorio iban de un momento a otro a agitarse en

fantástica contradanza.

El padre Claudio también se explicaba aquello y se decía interiormente:

--Estoy ebrio. Ese vinillo es demasiado fuerte y se me ha subido a la

cabeza.

Y ebrio debía de estar, porque en ciertos momentos se tambaleaba

ligeramente, y a pesar del excesivo calor que sentía en su cuerpo, las

piernas se negaban a obedecerle.

Hacía esfuerzos para que nadie notara su estado y recitaba sus oraciones

con voz confusa, procurando que no se fijaran en su lengua, cada vez más

torpe y estropajosa.

A costa de grandes esfuerzos llegó al final de la misa, y cuando,

volviéndose a los fieles, hubo de entonar el "Ite, misa est", salió de

su garganta una voz ronca, tan estridente y extraña, que él mismo se

asustó.

Sólo con gran esfuerzo de los pulmones pudo entonar tales palabras, y

aquella violencia que hizo, le perdió.

Apenas se había extinguido en las bóvedas el eco de su voz, el padre

Claudio tornóse densamente pálido, llevóse las manos al pecho, arañando

la rica casulla, y se tambaleó próximo a caer al suelo.

Por fortuna, acudieron los más cercanos a él y lo sostuvieron en sus

brazos.

El anciano, con las facciones desencajadas, agitábase en espantosas

contracciones y abría la boca con angustia, como si le faltara aire para

respirar.

Una ola ardiente subía por su garganta, ahogándole, y al fin su boca

arrojó un gran golpe de sangre negra e infecta, que cayó sobre la rica

casulla, manchando los relucientes bordados con repugnantes arabescos.

El público se arremolinaba en la nave, presa de la mayor curiosidad, y

preguntando a voces qué era aquello.

El padre Tomás se confundió en el grupo que, con expresión desolada,

rodeaba al padre Claudio.

--Es un ataque--dijo el italiano a los demás jesuítas--. Esto era de

esperar. Su reverencia está demasiado gordo para su edad. Que lo lleven

a la cama. Cójanlo ustedes y sáquenlo por aquí.

Y el padre Tomás, abriendo camino a los que conducían en brazos al

enfermo, salió con tanta violencia de aquel apretado grupo, que dió con

el codo a las vinajeras, colocadas en una mesa accesoria del altar, y

las derribó al suelo.

Las dos ricas ampollas se hicieron añicos, y el líquido que contenían se

esparció por el suelo, no dejando en él más que una pequeña mancha.

La araña negra, t. 6/9 · 第 18 / 28 题