La última misa.
Nadie se apercibió de aquel golpe de Estado, perpetrado en el mayor
secreto, como todos los actos que se llevan a cabo en el seno de la
Compañía.
Los padres jesuítas residentes en Madrid, siguieron considerando al
padre Claudio como el vicario general de la Orden en España, en vista de
que éste desempeñaba, como de costumbre, sus altas funciones.
El exterior macilento y el aire desalentado del padre Claudio no
llamaban la atención de nadie.
Se presentaba, como siempre, en público acompañado de su "socius", el
padre Tomás, y nadie, a la vista del aspecto encogido y humilde de éste,
hubiese sospechado que era el verdadero amo, y que cuando los dos se
encerraban en el despacho, el padre Claudio le servía de escribiente y
tenía que sufrir rudas reprimendas por su forma de letra, su lentitud en
escribir y aquel cansancio que a causa de la edad le acometía,
entorpeciendo su cabeza y sus miembros.
En la Compañía de Jesús no han sido nunca raros espectáculos de esta
clase. El padre Claudio sabía que muchísimas veces el que había
aparecido como director no era más que el criado del más humilde
jesuíta; pero esto no le hacía sufrir con paciencia tales humillaciones
y juzgaba insoportable por más tiempo la comedia que venía
representando.
No transcurría día sin que sufriera los más agudos tormentos morales.
Cada vez que algún inferior venía a consultarle, o que recibía las
muestras de cariño y respeto propias de su cargo, no podía evitar el
volverse con movimiento instintivo a su terrible "socius", que
contemplaba impasible aquella farsa por él ordenada.
El pensamiento del padre Claudio siempre era el mismo. ¡Cómo se reiría
el maldito al considerar la irrisoria autoridad de aquel que momentos
después le servía de amanuense! ¡Qué carcajadas sonarían en el interior
del padre Tomás al ver a su amanuense dar órdenes y amonestar a los
inferiores, fingiendo una autoridad que ya había huido de él para
siempre!
La eterna presencia del italiano, que ahora no le dejaba solo ni un
momento, era para el padre Claudio el peor de los tormentos, por lo
mismo que equivalía a una burla perpetua. Aquello era querer que hiciese
reír a sabiendas el mismo hombre cuyo fruncimiento de cejas aterrorizaba
algunos días antes.
Si iban por la calle, importantes personajes saludaban al padre Claudio
con todo el respeto rastrero que los políticos de oficio demuestran a
los que tienen el favor real. A veces, al ocurrir esto, el padre
Claudio, a pesar de su dolor, no podía evitar una sonrisa de amarga
ironía. El había derribado ministerios, creado personajes de la nada; el
mundo le tenía aún por muy poderoso y, sin embargo, la víspera, por
ejemplo, el padre Tomás, en su despacho, le había llamado canalla y
miserable por haber empezado tres veces la misma comunicación a causa de
su falta de pulso.
Si sus enemigos se habían propuesto castigarlo sometiéndolo a un
martirio lento e inacabable, sabían bien lo que se hacían, pues era
imposible tortura mayor que la que sufría.
Su punto vulnerable era el orgullo y éste era el sentimiento que más
sufría en aquella extraña situación.
Tan intensa era su tortura, que varias veces estuvo próximo a humillarse
a su verdugo, suplicándole que le castigara con mayor rudeza, pero que
le librara de aquella parodia de autoridad; mas un resto de orgullo le
contuvo y siguió sufriendo en silencio, procurando conservar en su caída
la mayor dignidad posible.
Una certidumbre cruel le agitaba en sus instantes de desaliento.
A pesar del desprecio con que le trataba el padre Tomás, obedeciendo sin
duda las órdenes que de Roma le llegaban, él no podía creer que parase
ahí la venganza del general.
Grande era la humillación que le hacían sufrir; pero un hombre como él,
a pesar de su mísero estado, todavía era temible y el general no debía
contentarse con saber que su rival había sido convertido en escribiente.
Aquella humillación la consideraba el padre Claudio como un refinamiento
de crueldad del verdugo antes de decidirse a sacrificar su víctima.
La misma mano que había aniquilado al padre Corsi no tardaría en caer
sobre él, inexorable y aplastante, acabando con su existencia.
Conocía él los procedimientos a que más afición mostraba la Compañía
para acabar con sus enemigos, y, seguro de que el puñal no lo esgrimían
los jesuítas en este siglo, procuraba guardarse de los venenos; de
aquella "aqua toffana" que la Compañía había hecho célebre.
Su apariencia de autoridad le hacía ser respetado por todos los
individuos de la Orden, y de aquí que pudiera vivir con relativa
tranquilidad, confiando en la adhesión del hermano cocinero, que
preparaba la comida de su reverencia por sus propias manos.
Por esta parte estaba seguro el padre Claudio de no ser víctima de un
envenenamiento; pero la actitud siempre reservada y fría del padre Tomás
le causaba verdadero miedo. Algo ideaba en silencio aquel terrible
enemigo, y el padre Claudio le acechaba, intentando adivinar sus
secretas ideas.
Así transcurrió algún tiempo, hasta que llegó el día en que la Compañía
acostumbraba a celebrar su fiesta anual en honor de la fundación de la
Sociedad de Jesús.
Revestía tal acto gran solemnidad. En dicho día la casa residencia,
siempre tan tétrica, animábase con una alegría reposada y meliflua, y
una de las fiestas más notables era la gran misa que se celebraba en la
iglesia perteneciente a la Compañía.
Era el superior de la Orden el encargado de oficiar en dicho acto, y el
padre Claudio, que por espacio de cuarenta años dijo la misa en tal día,
gozaba mucho en esto, pues podía apreciar cuán inmenso era su poder,
viendo reunidos en la iglesia todos los padres y novicios que estaban
por completo a sus órdenes.
Temía que el padre Tomás escogiese dicho día para humillarlo,
prohibiéndole que dijese la misa y demostrando de este modo que era
fingida la autoridad que aún ostentaba. Por eso su alegría fué grande
cuando el italiano le dijo en el despacho, la víspera de la fiesta, que
al día siguiente se encargase de celebrar la solemnidad acostumbrada.
A las nueve de la mañana estaba ya el padre Claudio en la sacristía de
la iglesia dejándose despojar, con sonrisa bonachona, de su hopalanda y
su bonete, por dos acólitos serviciales que se mostraban impresionados
ante aquel hombre que creían terriblemente poderoso.
Llegaban hasta allí, amortiguados por puertas y cortinajes, el sonido
del órgano y los cantos de los tiples en la cercana iglesia; y dentro de
la sacristía, el sacristán y sus ayudantes corrían de un lado a otro y
se afanaban por arreglar todos los preparativos de la misa.
Dos padres jesuítas charlaban sentados en un rincón, el uno vestido de
sotana y el otro con dalmática, mientras que un tercero, de pie junto a
la gran mesa de la sacristía, revestíase y se disponía a cubrirse con
otra capa de igual clase, extremadamente pesada por la calidad de la
tela y el grueso de los deslumbrantes bordados.
Eran los dos diáconos que habían de ayudar al padre Claudio en la misa
mayor.
El viejo jesuíta, instintivamente e impulsado por la fuerza de la
costumbre, miró a todos lados para ver si los preparativos estaban
corrientes.
Encima de la mesa y junto al grande y antiguo espejo con marco de oro,
ensuciado por las moscas y estrecho y largo hasta llegar al techo,
estaba en cuidadoso montón toda la ropa sagrada de la misa. El cáliz, de
oro fino, estaba a poca distancia, con su purificador, su patena y su
hostia, cubierto todo por el cuadrado de tela igual a la casulla, y ésta
acababa de ser tendida por el sacristán sobre la misma mesa,
deslumbrando con sus bordados que representaban varios atributos de la
Pasión de Cristo.
El padre Claudio, satisfecho de aquella inspección, se encaminó a una
fuentecilla que estaba junto a la puerta de entrada de la sacristía y
comenzó a lavarse las manos en aquel sonoro hilillo de agua. Estaba
aquel día de buen humor, pues la fiesta, que tan buenos recuerdos le
había dejado siempre, conseguía disipar por primera vez aquella terrible
tristeza que le había acometido desde su ruina.
Un jesuíta entró en la sacristía.
Era el padre Felipe, aquel robusto confesor de la baronesa de Carrillo,
que cada vez estaba más fornido y más imbécil.
--¡Hola, padre Felipe!--dijo el padre Claudio con la benevolencia que
desde su caída demostraba a todos los humildes--. ¿Cómo está la iglesia?
--¡Ah, reverendo padre! Presenta un golpe de vista encantador. Está en
ella lo más selecto de Madrid. Yo he conocido entre las señoras varias
damas de Palacio y más de treinta condesas y marquesas. Es una fiesta
que dará que hablar y demostrará que todo el mundo está con nosotros.
--¿Está también doña Fernanda, la baronesa?
--Sí; en primera fila la he visto; junto al presbiterio. Su hermana
Enriqueta no ha podido venir; la pobrecita cada vez se halla peor.
El padre Claudio había acabado mientras tanto de secarse las manos, y
mascullando una oración se dirigió a la mesa donde estaban las sagradas
vestiduras para comenzar a revestirse. Los dos acólitos pusiéronse a su
lado para ayudarle y el sacristán mayor, algo apartado, vigilaba con
mirada atenta aquella operación.
El padre Felipe fué a conversar con los otros dos jesuítas que estaban
sentados a un extremo de la sacristía, y el celebrante comenzó a
vestirse.
Cogió el amito, y después de besar la cruz bordada en su centro, púsose
el lienzo sobre la cabeza, y deslizándolo por la espalda hasta rodear el
cuello de su sotana, se ató sus cordones a la cintura, después de lo
cual vistióse el alba, signo de pureza, teniendo buen cuidado de
introducírsela por el brazo derecho.
Los acólitos daban vueltas en torno del sacerdote, agachándose, tirando
del alba para que cayese en pliegues naturales y procurando que no
estuviera en unos puntos más alta que en otros.
Iba a ceñirse el cordón que le presentaba el sacristán y que era el
recuerdo de la cuerda con que Jesús fué torturado en su Pasión, cuando,
fijando sus ojos en el gran espejo que delante tenía, vió cómo entraba
con su habitual cautela el padre Tomás.
La presencia de aquel hombre turbó la alegría del padre Claudio.
Mostrábase el italiano como siempre, sonriente y humilde; pero el viejo
creyó ver en él una expresión diabólica de gozo que no había notado en
los otros días.
El padre Tomás fingía admirablemente en público una subordinación
absoluta a aquel hombre que sólo era su escribiente.
--Reverendo padre--dijo acercándose al padre Claudio--; el templo está
hermosísimo. Pocas veces he visto una fiesta tan deslumbrante. Puede
usted estar orgulloso de oficiar ante un concurso de fieles tan
distinguidos. Crea que le envidio el papel que va a desempeñar.
--Eso mismo pienso yo, padre Tomás--dijo mezclándose oficiosamente en la
conversación el padre Felipe--. Vale la pena oficiar ante gente tan
notable.
Y el sencillote jesuíta, sin fijarse en que el padre Claudio estaba
murmurando las oraciones propias del acto de revestirse, púsose a
reseñar por sus nombres todas las damas distinguidas que estaban en la
iglesia y varias veces le distrajo con su charla.
Entró otro jesuíta, que era el padre Luis, el famoso orador sagrado
encargado de pronunciar el sermón en aquella festividad.
El orador, convencido de su valía y de su gloria, mostraba en su
conversación bastante petulancia, y trataba a todos con dulce
benevolencia y cierto aire protector.
No tenía prisa, pues aún tardaría el momento de subir al púlpito, pero
venía a ver cómo se revestía el padre Claudio, su maestro y protector
bondadoso, y a fumar un cigarrillo. El predicador no podía callarse, y
pegándose al padre Claudio, con la misma familiaridad que si estuviese
en su despacho, le anunciaba de antemano el éxito que iba a alcanzar con
el sermón, y recitaba por adelantado algunos de sus fragmentos, al mismo
tiempo que guiñaba un ojo o se interrumpía, diciendo:
--¡Eh, reverendo padre! ¿Qué le parece a usted este parrafito? ¡Cómo se
quedarán esas tortolitas místicas que vienen a escucharme! ¿Pues y este
parrafillo en que les doy de firme a los pícaros revolucionarios?
Mientras el predicador iba anticipando a entregas su sermón y el simple
padre Felipe le oía con aire de embobado, el padre Tomás abordaba en un
extremo de la habitación al atribulado sacristán, que, aturdido por
aquellos preparativos extraordinarios, iba de un punto a otro sin saber
qué hacerse.
--¡Qué, querido hermano! ¿Está ya todo corriente?
--Creo que sí, padre Tomás. ¡Si usted supiera cómo tengo la cabeza!...
Esto es cosa de volverse loco. Yo creo que está todo... a ver... El
altar mayor lo han encendido hace ya rato; el misal lo acaban de llevar
los muchachos; los dos ayudantes se han revestido ya; el reverendo
padre lo está haciendo ahora; ahí está el cáliz, ahora... ¿qué más puede
faltar?
El padre Tomás sonrió con cierta sorna:
--¿Y las vinajeras, desgraciado? ¿Y las vinajeras?
El sacristán hizo un movimiento de retroceso y se golpeó la frente con
las dos manos, con la misma expresión de desaliento del inventor que
descubre un defecto capital en la obra que creía perfecta.
--¡Virgen santísima!--balbuceó quedo, como si no quisiera que nadie se
enterara de su descuido--. Es verdad. ¡He olvidado las vinajeras! ¡Qué
descuido! Gracias, padre Tomás; muchas gracias. A no ser por usted,
hubiese cometido una majadería.
Y se abalanzó a un pequeño armario, de donde sacó unas vinajeras de rico
cristal tallado, montadas sobre un armazón de plata antigua
artísticamente labrada.
Llenó una en el hilillo de agua de la fuente; destapó después una gran
botella que estaba en el mismo armario, y vertió en la otra redomilla un
chorro de vino que se transparentaba con reflejos opalinos, y caída
produciendo un delicioso "glu-glu". Sacó de un cajón un lavamanos limpio
y cuidadosamente planchado, púsolo entre las vinajeras y fué a salir por
el obscuro pasadizo que desde la sacristía conducía al altar mayor.
El padre Tomás detuvo por la manga al azorado sacristán:
--¿Adónde va usted, hermano? Quédese aquí, donde es necesaria su
presencia, y así nadie reparará en su olvido. Yo me encargaré de llevar
las vinajeras al altar.
El sacristán, no sabiendo cómo agradecer al italiano su bondad, lanzóle
una tierna mirada, y el padre Tomás desapareció en el obscuro corredor
llevando las vinajeras.
Nadie se apercibió de aquello en la sacristía. Los dos ayudantes de la
misa y el otro jesuíta discutían en el extremo opuesto, de espaldas al
lugar donde habían hablado el italiano y el sacristán, y en cuanto al
padre Claudio, no había visto nada, ocupado como estaba en arreglarse la
pesada casulla y en escuchar al padre Luis, cada una de cuyas palabras
asombraba y enternecía al robusto padre Felipe.
Llegó el momento de comenzar la misa, y el celebrante y sus dos
ayudantes entraron uno tras otro en el obscuro pasadizo, precedidos del
sacristán y los acólitos. El padre Claudio, sujetando el cáliz con la
mano izquierda y apoyando en la tapa del mismo su derecha, iba rezando
oraciones.
El padre Felipe se quedó en la sacristía para acompañar al vivaracho
orador, que seguía fumando su cigarro y haciendo comentarios sobre el
efecto que iba a causar su sermón.
Aparecieron el celebrante y sus dos ayudantes al son de una marcha
triunfal que entonaba el órgano, y en la vasta nave conmovióse aquella
grey devota y aristocrática, que, sudando, cuchicheando a media voz y
agitando el abanico aguardaba con la misma curiosidad expectante que en
el Real las noches del début.
Comenzó la misa y los fieles se mostraron muy atentos a los cantos que
salían del coro, reconociendo interiormente que los jesuítas sabían
hacer las cosas muy bien y que aquella capilla de música era de lo más
notable que podía oírse en Madrid.
El sagrado simulacro del drama en que Jesús fué protagonista deslizóse
sin incidente alguno hasta que llegó el momento del sermón.
Los tres oficiantes sentáronse en ricos sillones, e inmediatamente la
música rompió a tocar una graciosa marcha, que hacía mover
instintivamente los lindos pies a la mayor parte de las aristocráticas
damas que ocupaban la nave.
Era la señal de que el predicador iba a salir, y no tardó en aparecer en
el altar mayor el padre Luis, con roquete de deslumbrante blancura,
graciosamente rizado y encañonado.
Avanzó el orador con el aspecto meditabundo y teatral, propio de esos
retratos en que se representa a los grandes artistas en el momento de
recibir la inspiración; se arrodilló a los pies del padre Claudio para
que lo bendijese, e inmediatamente desapareció precedido de acólitos y
sacristanes, para surgir al poco rato sobre el púlpito, siempre al son
de la misma musiquilla.
El público no había cesado de moverse. Las señoras se acomodaban en sus
asientos para oír mejor, los hombres se agolpaban en los puntos de la
iglesia que tenían condiciones acústicas favorables, y todos se
preparaban a gozar con la palabra divina de aquel jesuíta, a quien los
periódicos del gremio llamaban el San Bernardo de la época.
Cesó la música, y el orador, después de algunas actitudes teatrales que
tenían por objeto poner de relieve el perfil de su cabeza artística,
comenzó a hablar.
Bien conocía el padre Luis su público, y no se equivocaba al anunciar
que tendría un éxito. Su sermón hizo delirar de entusiasmo, durante una
hora, a todos los oyentes, que por poco no aplaudieron la mayor parte de
sus pasajes.
La oración se circunscribió a la festividad que se conmemoraba; pero
sólo el padre Luis era capaz de sacar tanto jugo al tema. Habló,
haciendo párrafos inmensos que redondeaba con atropelladas imágenes, tan
ruidosas, esplendentes y vacías como los cohetes voladores que
deslumbran durante un instante y se remontan para caer después
chamuscados e inertes.
Los oyentes sacaban de todo el discurso la lógica consecuencia de que
San Ignacio había sido el hombre más eminente del mundo, y la Compañía
de Jesús la institución más benéfica y útil a la humanidad que habían
podido soñar los hombres.
San Ignacio, como santo, era el que seguía a Jesús en la corte
celestial, y aún hacía el orador ciertas reservas y apartes que daban a
entender su convencimiento íntimo de que con el tiempo, el de Loyola
podía muy bien ocupar el puesto de Dios hijo. Como hombre, el fundador
de la Compañía de Jesús, era según el orador, el cerebro más potente, el
sabio más asombroso que había surgido en la humanidad desde que existía
el mundo. A su lado, desde Aristóteles y Arquímedes hasta Franklin y el
contemporáneo Edisson, todos los sabios resultaban niños de teta, y no
había uno que pudiera compararse con el que había ideado la negra
milicia de Jesús.
Y después de la apología del santo, del relato de sus aventuras místicas
y de sus locuras de caballero andante, ¡qué pintura tan conmovedora de
la fundación y vicisitudes de la Compañía! La comunión de Montmartre,
aquella mañana en que Ignacio, tan desconocido como sus humildes
compañeros, de rodillas en la cima del monte que domina a París, juraban
ante la Virgen constituir la sociedad de Jesús; el rápido crecimiento de
la Orden; los grandes servicios que prestó aconsejando a los reyes de
Francia el degüello de la noche de San Bartolomé y a los de España que
favoreciesen la Inquisición, para que ésta quemase muchos herejes; la
paternal autoridad de los jesuítas en América, que convertían el
Paraguay en un paraíso; la ruda campaña de los filósofos enciclopedistas
contra la Compañía; la ceguera de ciertos monarcas al expulsar a los
hijos de Loyola de sus dominios; la resurrección vigorosa y esplendente
de la Orden a principios de siglo y su brillante situación actual, todo
surgía admirablemente descrito en aquel discurso, envuelto en dorada
vestidura de arrebatadoras imágenes y matizado con inflexiones de voz y
ademanes elegantes, que conmovían hasta en lo más recóndito las entrañas
de aquellas devotas.
Luego vino la parte de actualidad que aun resultaba más agradable para
aquel concurso privilegiado. ¡Oh! El infierno iba suelto por el mundo;
el diablo hacía de las suyas; la revolución surgía, amenazando destruir
todo lo existente; pero no había que temer mientras la Compañía de Jesús
permaneciese en pie. La milicia de Cristo sería el baluarte donde se
estrellarían todas las impiedades del siglo, pero para que el éxito
fuese completo, había que ayudar a la Orden en su resistencia. Y el
orador, dando esto por sentado, excitaba a aquel auditorio rico y
poderoso con frases indirectas, cuyo verdadero significado era:
Odebecednos, servidnos como instrumentos, y no nos escaseéis vuestro
dinero, que todo será para la mayor gloria de Dios y para evitar que el
pueblo, despertándose, reconozca la farsa y acabe con vosotros.
El auditorio iba ascendiendo rápidamente la escala del entusiasmo, y con
los ojos fijos en el orador y la expresión de anhelante curiosidad, le
seguía en la carrera de su discurso, accidentada, pero siempre florida.
En cuanto a los jesuítas que ocupaban el presbiterio, formando un
apretado haz de negras sotanas, no le oían con tan extremada expresión
de entusiasmo, pero tenían en sus labios una angelical sonrisa y
acariciaban con su mirada al compañero, que tan hábil era para conmover
a aquella clase que el padre Claudio, en la intimidad y en sus momentos
de buen humor, llamaba siempre "papanatas aristócratas".
El viejo jesuíta, ocupando con su desbordada obesidad todo el gran
sillón, y muy molestado por el peso de aquella rica casulla que le hacía
sudar, escuchaba el sermón con cierta complacencia. Todas las frases del
orador le resultaban lugares comunes sin ningún interés, pero le
complacía el considerar que aquel hombre admirable era su discípulo, y
que algunas de las palabras que más efecto causaban las había aprendido
el predicador de su antiguo maestro.
Aquel sermón, era para el padre Claudio, como un lindo espejo en el cual
se contemplaba, encontrándose rejuvenecido.
A pesar de esto, fastidiábase en algunos momentos de la longitud del
sermón que tanto gustaba al público, y molestado, además, por las
vestiduras y el calor, buscaba el entretenerse paseando su vista por
aquella concurrencia, en la que encontraba un sinnúmero de caras
conocidas.
Vió en primera fila a la baronesa de Carrillo, llorosa y conmovida por
la elocuencia del predicador, como la mayor parte de las damas, que
tenían vueltos los ojos al púlpito.
Todos miraban al padre Luis, cada vez más magnífico y arrebatador;
todos... menos el padre Tomás, pues el viejo jesuíta, al fijar varias
veces su mirada en el grupo que formaban los padres más importantes, vió
siempre que el padre italiano tenía los ojos en él, con una expresión
que al padre Claudio, sin saber por qué, le parecía poco
tranquilizadora.
Ya no atendió el celebrante al sermón, preocupado por aquellas extrañas
miradas del italiano, y entregado a conjeturas y sospechas, pasó el
tiempo hasta que el padre Luis terminó su discurso.
Cuando se apagó el murmullo de las tres avemarías que los oyentes
rezaron a la Virgen por consejo del predicador, reanudóse la misa con
gran contentamiento del padre Claudio, que derecho y moviéndose, no
sufría tantas molestias como en el mullido sillón.
La capilla de música volvió a llenar el espacio del templo con
celestiales armonías, y el público, fatigado por el excesivo entusiasmo
que el sermón le había producido, seguía ahora la marcha de la misa con
completo recogimiento.
Llegó el instante recordatorio de la consumación del divino sacrificio,
y el padre Claudio elevó la hostia a los acordes de la Marcha Real. El
cáliz de oro, había sido llenado a su tiempo con el contenido de las
vinajeras, por el encargado de todo el servicio de la mesa.
El celebrante bebió tres veces la preciosa sangre que contenía la áurea
copa, sin apartar los labios del borde y cuidándose, como es regla, de
consumir hasta la última gota del líquido.
Al beber el padre Claudio, no pudo evitar un pequeño gesto de
repugnancia. Su frío paladar encontraba algo de extraño y acre en aquel
vino sagrado, que él cuidaba siempre que fuese de agradable gusto, pues
no era muy aficionado a bebidas alcohólicas.
Pero esta impresión pasó inmediatamente. El padre Claudio justificaba la
extrañeza de su paladar. Acostumbraba a no beber vino en las comidas, y
como por sus importantes negocios le había dispensado el Papa de decir
misa obligatoriamente, hacía mucho tiempo que no consumaba el divino
sacrificio, y había, por tanto, perdido la costumbre.
Poco faltaba ya para que la misa terminase, de lo que se alegraba
bastante el viejo jesuíta.
No estaba él ya para fiestas como aquélla. La rica casulla le molestaba
con su peso, y el calor y el humo de los cirios le mareaban hasta
producirle náuseas.
Era, sin duda, por el afán de terminar por el que el padre Claudio se
sentía más ligero y vigoroso conforme avanzaba el tiempo.
Parecía circular por sus venas una sangre nueva y extremadamente
ardiente, y al mismo tiempo que se sentía con mayor vigor, comenzaba a
experimentar amagos de vahidos y le parecía que el altar, los que le
rodeaban y el inmenso auditorio iban de un momento a otro a agitarse en
fantástica contradanza.
El padre Claudio también se explicaba aquello y se decía interiormente:
--Estoy ebrio. Ese vinillo es demasiado fuerte y se me ha subido a la
cabeza.
Y ebrio debía de estar, porque en ciertos momentos se tambaleaba
ligeramente, y a pesar del excesivo calor que sentía en su cuerpo, las
piernas se negaban a obedecerle.
Hacía esfuerzos para que nadie notara su estado y recitaba sus oraciones
con voz confusa, procurando que no se fijaran en su lengua, cada vez más
torpe y estropajosa.
A costa de grandes esfuerzos llegó al final de la misa, y cuando,
volviéndose a los fieles, hubo de entonar el "Ite, misa est", salió de
su garganta una voz ronca, tan estridente y extraña, que él mismo se
asustó.
Sólo con gran esfuerzo de los pulmones pudo entonar tales palabras, y
aquella violencia que hizo, le perdió.
Apenas se había extinguido en las bóvedas el eco de su voz, el padre
Claudio tornóse densamente pálido, llevóse las manos al pecho, arañando
la rica casulla, y se tambaleó próximo a caer al suelo.
Por fortuna, acudieron los más cercanos a él y lo sostuvieron en sus
brazos.
El anciano, con las facciones desencajadas, agitábase en espantosas
contracciones y abría la boca con angustia, como si le faltara aire para
respirar.
Una ola ardiente subía por su garganta, ahogándole, y al fin su boca
arrojó un gran golpe de sangre negra e infecta, que cayó sobre la rica
casulla, manchando los relucientes bordados con repugnantes arabescos.
El público se arremolinaba en la nave, presa de la mayor curiosidad, y
preguntando a voces qué era aquello.
El padre Tomás se confundió en el grupo que, con expresión desolada,
rodeaba al padre Claudio.
--Es un ataque--dijo el italiano a los demás jesuítas--. Esto era de
esperar. Su reverencia está demasiado gordo para su edad. Que lo lleven
a la cama. Cójanlo ustedes y sáquenlo por aquí.
Y el padre Tomás, abriendo camino a los que conducían en brazos al
enfermo, salió con tanta violencia de aquel apretado grupo, que dió con
el codo a las vinajeras, colocadas en una mesa accesoria del altar, y
las derribó al suelo.
Las dos ricas ampollas se hicieron añicos, y el líquido que contenían se
esparció por el suelo, no dejando en él más que una pequeña mancha.