Humillación.
El padre Claudio, después de leer la carta varias veces, cayó en un
estado de profundo desaliento.
Era tan terrible aquella noticia y llegaba tan inesperadamente que al
audaz jesuíta le faltaba el valor indomable que había demostrado en
otras ocasiones.
Su situación acababa de ser despejada de un modo terrible. Los altos
poderes de la Compañía tenían ya certeza de su traición y no tardaría en
sufrir él una muerte igual a la del padre Corsi.
No había que esperar misericordia. El, que conocía como nadie de lo que
era capaz el Gobierno de la Orden, comprendía la certeza de aquellos
consejos que le daba el sacerdote Novelli en su carta, y pensaba que lo
más acertado era huir y substraerse a la venganza de la Compañía, ya que
todavía era tiempo.
¡Huir!... conforme con ello; pero ¿dónde dirigirse? ¿Qué hacer, viejo ya
y abandonado de todos?
Y mientras pensaba en lo difícil e incierto de su situación, el padre
Claudio murmuraba con estúpida terquedad:
--¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!
Así permaneció más de una hora, hasta que por fin una sonrisa iluminó su
rostro, y levantó la frente, antes abatida, con expresión de triunfo.
Tenía adoptada su resolución. No huiría, pues huir era para un hombre
como él, cien veces peor que la más horrible muerte. El campeón de la
Compañía que se había distinguido siempre por su valor moral a toda
prueba, no podía escapar como un cobarde al saber que su perdición
estaba decretada en Roma. Combatiría, ya que éste parecía ser su
destino, y a pie firme, sin salirse de la Orden, esperaría los ataques
de sus enemigos, seguro de que éstos tendrían que bregar mucho antes de
derribarle.
Además había reflexionado mucho sobre su situación y no la encontraba
desesperada. Era amigo de la reina y de los principales políticos,
poseía secretos que le hacían muy respetable para el Gobierno, y cuando
se viera perdido dentro de la Compañía, con salirse de ella ya estaba
libre, pues la venganza de Roma no iría a buscarle en el seno de la
sociedad civil, donde contaba con buenos amigos.
Tenía, pues, la retirada cubierta y mientras tanto podía desesperar a
sus enemigos, desafiándolos con su insolente permanencia en la Compañía,
sin negar las maquinaciones que había organizado en combinación con el
padre Corsi.
Aquella resolución audaz, hizo recobrar al padre Claudio su antiguo
valor, y sintió impaciencia por demostrar a sus enemigos de Roma que no
los temía y que tampoco ignoraba sus intenciones respecto a él.
El padre Tomás, aquel jesuíta solapado que sobornaba a su secretario e
iba poco a poco labrando su perdición, era el representante de sus
enemigos, y contra él se propuso romper las hostilidades.
Quería ser el primero en atacar, para que en Roma se convencieran una
vez más de su valor.
Tan seguro estaba el padre Claudio de su poder, que se permitía risueñas
ilusiones.
No; sus enemigos no se atreverían a intentar nada contra él. El General
había osado acabar con el padre Corsi, porque éste era un jesuíta de
escasa importancia, y además lo tenía en el "Gesù" al alcance de su
mano; pero tratándose de todo un padre Claudio, consejero privado de
personas reales, sostenedor de gobiernos, y además residente en España
lejos del Gobierno central de la Compañía, sus enemigos de Roma ya se
cuidarían de intentar hostilidad alguna y lo respetarían, aunque en
adelante lo tratasen con frialdad.
El era inviolable; para esto había trabajado tantos años en favor de los
intereses de la Orden.
Animado por tales ideas, el padre Claudio, después de ocultar
cuidadosamente la fúnebre carta en un bolsillo interior de su sotana,
salió del gabinete y se dirigió a su despacho.
El padre Antonio escribía como siempre en su gran mesa, y el italiano
seguía inmóvil en su asiento mostrando su rostro impasible, cuyos ojos
de buho triste parecían no fijarse en nada, y lo veían todo.
La presencia de aquel espía de Roma, indignó al padre Claudio. Hasta
poco antes había podido sufrir, aunque con bastante impaciencia, la
intimidad de aquel hombre que tan descaradamente le vigilaba; pero ahora
al verle, el recuerdo del padre Corsi, martirizado y muerto por ser
amigo suyo, surgía en su imaginación y sentíase acometido de furor
contra aquel espía que representaba a los sacrificadores.
El padre Claudio era poco susceptible de impresionarse por la suerte de
ningún amigo, pero el suplicio de Corsi le hería de un modo más íntimo,
pues sublevaba su orgullo. El hubiera deseado que por el hecho de ser el
reo amigo suyo, el General no se hubiese atrevido a llevar tan lejos su
venganza, y al pensar en el martirio de Corsi le parecía que era él
mismo quien había sido chamuscado en el brasero del subterráneo del
"Gesù".
No se sentó el padre Claudio, al entrar en su despacho, y sin cuidarse
de ocultar su sorda irritación, paseó varias veces por entre aquellos
dos hombres silenciosos que seguían indiferentes y con los ojos bajos,
como si nadie hubiese entrado en la habitación.
El enfurecido jesuíta dió algunos bufidos como para desahogar su pecho
oprimido por la rabia, y al fin, plantándose frente al padre Tomás, le
dijo con acento reconcentrado:
--Oiga usted. ¿Sabe usted bien quién soy yo?
Levantó el rostro el italiano sin que en él se mostrase la menor emoción
por tan extraña pregunta.
--Creo que sí, reverendo padre--contestó con su eterna calma--. El
nombre del padre Claudio es conocido allá donde se encuentre a un hijo
de San Ignacio, pues todos saben los grandes servicios que ha prestado a
la Compañía.
--Así es, señor italiano. Todos saben lo que yo valgo y merezco, todos
menos esa gente de Roma que le ha enviado a usted aquí.
Se coloró la desmayada faz del padre Tomás, pero no pasó de aquí la
emoción ni intentó contestar, pues la regla de la Compañía le impedía
toda respuesta si su superior no le preguntaba.
--Oiga usted bien, padre Tomás, oiga lo que soy, para que me conozca
perfectamente y pueda decir a esos que le envían el respeto que merezco.
Cuando yo ingresé en la Compañía, en Roma, tenía quince años y su
situación no podía ser más deplorable. Las ideas revolucionarias del
pasado siglo habían barrido al jesuitismo de todas las naciones. La
Orden estaba casi en la agonía por culpa de toda esa cáfia de filósofos
que tanto escribieron en el siglo XVIII contra nosotros. Nos habían
arrojado de España, Portugal, Francia, de casi toda América; en una
palabra, de todos los sitios donde nos convenía estar. La Compañía
estaba reducida a Roma, donde vivía a la sombra del papado como un
arbolillo mustio y enfermizo. Al morir la revolución con su último
propagandista, el tirano Bonaparte y al restablecerse en España el
absolutismo, Fernando VII nos abrió las puertas de esta nación y yo vine
aquí con unos cuantos viejos imbéciles que procedían de la expulsión
verificada en el siglo anterior por Carlos III. ¡Bien hubiese marchado
la Compañía a estar encargados los tales vejetes de su dirección! Por
fortuna se me hizo justicia, y aunque yo era entonces un mozuelo, fuí
puesto al frente de la Compañía de Jesús, en España. Soy modesto y no
quiero entonar mis propias alabanzas, que por más que parezcan
exageradas, serán siempre merecidas. Pero tengo que hacer constar que
fuí el peor enemigo que la revolución podía haber encontrado. Fomenté
como nadie los sentimientos realistas y fanáticos del pueblo español;
organicé las terribles persecuciones que sufrieron los realistas, en el
trienio constitucional del 20; la revolución pacífica y progresiva no
pudo desarrollarse porque yo lo impedí fomentando algaradas y motines a
diario; yo dí el primer impulso a la guerra carlista, y cuando comprendí
que el pretendiente no podía triunfar salvé a tiempo los intereses de la
Compañía volviendo al lado de la reina Isabel, para evitar que ésta
fuese dirigida por los progresistas; nuestra Orden ha crecido y sido
omnipotente en España más que en otra nación; hoy manda en este país
como pueda mandar en el "Gesù" de Roma, y todo gracias a mí, que no he
descansado nunca ni sé lo que es gozar de la vida; que he expuesto mil
veces mi existencia en los períodos de agitación; que formando la
asociación de "El Angel Exterminador", atraje sobre mi cabeza las
venganzas de numerosas familias afligidas por nuestras persecuciones, y
que con tal de mantener el prestigio de la Orden he desempeñado el más
vil de los papeles, el de alcahuete regio, ofreciendo mujeres a Fernando
VII y presentando hombres a su augusta hija. Ahora bien, padre Tomás,
¿qué le parece a usted todo esto? El que ha arraigado de nuevo la Orden
en España, de un modo que la revolución tendrá que bregar mucho para
derribarla, ¿no merece que le respeten esas gentes de Roma que están
allá muy tranquilas gozando de ese poderío que nosotros les conquistamos
aquí a costa de grandes esfuerzos?
El padre Tomás hizo un gesto de ambigua adhesión; pero el padre Claudio
estaba demasiado exaltado para fijarse en la frialdad del italiano.
--Y no quedan reducidos sólo a esto mis trabajos--continuó--: ahí está
mi secretario y eterno compañero, el padre Antonio, y allá en Roma está
el registro central de la Compañía, para atestiguar lo que yo he
trabajado con el objeto de arraigar el poderío de nuestra Orden en todas
las conciencias. Gracias a mí, se han fundado numerosos colegios donde
la juventud más distinguida se educa tal como queremos; la aristocracia
española está por completo a la voluntad de cuanto se piensa en este
despacho, y a las arcas de Roma he enviado yo cuarenta millones de
pesetas; esto sin contar ocho más que acabo de conquistar. Grande es
nuestra asociación; no hay punto del globo donde no tengamos
representantes; pero a pesar de ser tantos los jesuítas, de seguro que
no saldrá uno solo que pueda alegar más méritos que yo. ¿Es verdad o no
esto que digo, padre Tomás?
Y esta vez se plantó ante el italiano y le miró fijamente con expresión
iracunda, esperando su contestación.
--Así es, reverendo padre--dijo con su calma que contrastaba con el
furor reconcentrado del padre Claudio--. Ya he dicho antes a vuestra
reverencia que en todas partes donde hay jesuítas se le respeta en lo
que vale.
--En todas partes menos en Roma; y si no vamos a cuentas. ¿A qué ha
venido usted a Madrid?
--Yo no he venido por mi propia voluntad. He cumplido un voto que hice
al entrar en la Compañía; el voto de obediencia. Me han ordenado mis
superiores que viniese aquí y he obedecido.
El italiano dijo estas palabras con tanta modestia y sencillez, que el
padre Claudio quedó desconcertado. No podía seguir atacando en tal
terreno al italiano, pues éste le opondría sus votos.
Mudó de táctica y dijo al padre Tomás, como si olvidara lo anteriormente
expuesto:
--No quiero investigar los motivos que le han traído a usted a Madrid.
Lo que le digo a usted es que no conviene a los intereses de la Orden
que permanezca aquí inactivo y ocioso, dando un mal ejemplo a los demás
padres, que se afanan y trabajan en bien de la Compañía de Jesús.
--Reverendo padre; si no hago nada aquí, es porque vuestra reverencia no
me da ocupación.
--Trabajará usted y muy pronto. No se quejará usted en adelante de que
lo olvido. Mañana mismo saldrá usted para nuestra casa de Valencia.
--Eso es imposible, reverendo padre.
--¡Imposible!... Quisiera saber por qué. Usted ha prestado voto de
obediencia y debe acatar las órdenes de los superiores.
El padre Claudio, movido por la indignación, hablaba con una expresión
furiosa que contrastaba con la frialdad del italiano.
--Yo siempre obedezco a mis superiores--dijo el padre Tomás--, y por
esto mismo permanezco aquí, cumpliendo las órdenes del padre General,
que es el único que me puede mandar. Vuestra reverencia olvida sin duda
que yo soy padre de alto grado y que no estando inscrito entre los
individuos de la Compañía que prestan sus servicios en España, sólo a
la autoridad de Roma debo obedecer y seguir las órdenes que me dicte el
padre General. Vuestra reverencia no tiene en esta ocasión ningún poder
sobre mi humilde persona. El General me ha enviado aquí y aquí me quedo.
El padre Claudio quedó aturdido ante la fría firmeza con que el jesuíta
decía estas palabras.
Pero pronto se repuso de su sorpresa. Hacía cuarenta años que estaba
acostumbrado a que la Compañía en España se pusiera en movimiento al más
leve de sus gestos; nunca hombre alguno vestido con la sotana jesuítica
había intentado desobedecerle y el ejemplo de aquel italiano, que osaba
rebelársele, le produjo una irritación sin límites.
Su abotargado rostro cubrióse de mortal palidez, chispearon sus ojos,
sus labios temblaron con el "tic" nervioso del furor y se sintió próximo
a enloquecer por la afrenta que intentaban hacerle, ante aquel
secretario que en su juventud consideraba a su maestro como un semidiós.
¡Poder de la indignación! Hasta le pareció al jesuíta que el padre
Antonio, sin levantar la cabeza de los papeles, sonreía maliciosamente,
gozando mucho en presencia de aquella humillación que sufría su soberbio
superior.
Había que confundir al insolente italiano, y encarándose con él, le dijo
sordamente:
--¡Basta ya de farsas y de fingimientos, señor italiano! Su presencia
aquí me es odiosa... ¿Lo quiere usted más claro? Mañana mismo saldrá
usted de Madrid, pues me estorba y me irrita ese espionaje de que
continuamente soy objeto. Cuando yo era joven, fingía tan bien como
cualquiera otro, pero ahora que soy viejo y célebre, y tengo, por tanto,
derecho a que me respeten, no quiero mentir y doy a las cosas su
verdadero nombre. Sé que usted es un espía del General y conozco tan
bien como usted lo que ha ocurrido en Roma y cuál ha sido la suerte del
padre Corsi, pobre amigo mío, sacrificado por el espíritu de venganza
que allá sienten contra mí. No quiero tener a mi lado a uno de los
asesinos de mi amigo Corsi. ¿Está usted enterado? Márchese cuanto antes
y dé gracias porque yo soy ahora un viejo, que de lo contrario, no
guardaría usted buenos recuerdos de su espionaje.
Y el viejo jesuíta, tembloroso por el furor, pálido, rugiente y
magnífico en su indignación, señalaba la puerta con ademán imperativo,
indicando al italiano que saliera cuanto antes.
El padre Tomás permanecía en su actitud impasible, con la mirada fija en
el superior, y gozando internamente al ver su extremada irritación.
--¡Márchese usted!--gritaba el padre Claudio--. ¡Que no le vea a usted
más!
--Me iré cuando me lo mande el General.
--Aquí no hay más General ni más voluntad que la mía. Le arrojo a usted
de aquí y puede marcharse al infierno si quiere. Hoy mismo daré órdenes
para que no le admitan en la casa residencia, y que pongan en medio del
arroyo todo su equipaje. Y ahora salga usted inmediatamente de este
despacho o de lo contrario llamaré a los criados para que le arrojen.
El italiano no se inmutaba con aquellas amenazas. Continuaba impasible,
y se limitó a decir con su eterna frialdad:
--Eso que hace vuestra reverencia es un verdadero golpe de Estado. Es
desconocer la autoridad del General, es rebelarse contra la autoridad
suprema de la Compañía, y caer de lleno en el artículo primero del
título IV de nuestro reglamento secreto. ¿Conoce usted el artículo?
--Sí; le conozco. Valiéndose de él dieron muerte a mi amigo Corsi. ¿Aún
te atreves a recordarlo, esbirro del demonio?... Yo soy el padre
Claudio, el restaurador de la Compañía en España, y cuando se me falta
al respeto y a la obediencia que merezco, paso por encima del General,
del reglamento secreto y de cuanto se me ponga por delante. ¡A la calle,
italiano! ¡A la calle!
--Piense vuestra reverencia en lo que hace.
--¡Qué pesadez! ¡Y que no tenga yo puños suficientes para poner en la
puerta a este miserable espía!
Y se abalanzó al cordón de la campanilla para llamar a los criados.
--Un momento--dijo el padre Tomás levantándose de su silla, mientras que
el iracundo jesuíta se detenía al ver este movimiento de su enemigo--.
Puesto que usted, padre Claudio, se empeña en expulsarme y falta a las
reglas de la Compañía, despreciando al General y pronunciando frases
ofensivas al espíritu de la Orden, ha llegado el momento de que se
aclare la situación. Lea usted.
Y el italiano, hasta entonces humilde y rastrero, se irguió con altanera
friadad, e introduciendo su diestra en el bolsillo de la sotana, sacó
un papel doblado que entregó al padre Claudio.
Apenas éste pasó sus ojos por él, sintió un escalofrío de terror. Estaba
escrito el papel en la misteriosa taquigrafía que los jesuítas emplean
en sus comunicaciones secretas y que sólo conocen los padres iniciados
en el alto grado, y al pie del documento figuraba el garabato que era la
firma simbólica del General.
El documento no podía ser más auténtico, y el padre Claudio, habituado a
leer durante muchos años tal clase de comunicaciones, la descifró de
corrido. Su contenido no podía ser más fatal.
La autoridad suprema le ordenaba, bajo la pena de pasar como traidor a
la Compañía, en caso de desobediencia, que inmediatamente que leyese
aquella comunicación se pusiera bajo las órdenes del padre Tomás
Ferrari, que en adelante sería el vicario general de la sociedad de
Jesús en España.
El viejo jesuíta se estremeció desde la cabeza a los pies, parecióle que
la habitación entera se desplomaba sobre él, y hubo de apoyarse en la
mesa para no caer.
Verse despojado en la vejez de la autoridad que había ejercido toda su
vida; contemplarse súbdito de un desconocido, él, que estaba habituado,
desde su juventud, al mando absoluto, era un golpe tan terrible, que le
faltó poco para llorar.
Encontró, sin embargo, en su debilidad fuerza para reponerse, y ya que
se consideraba caído, quiso al menos acabar con dignidad y que sus
enemigos no se gozaran en su dolor.
Serenóse y se dispuso a contestar. La resistencia era inútil, pues
conocía la especial organización de la Orden en que la autoridad lo es
todo, y el afecto nada, y sabía que sus mayores protegidos se
revolverían contra él a la menor indicación del General, estando, como
estaba, despojado del poder.
Inclinóse ante su nuevo amo, y devolviéndole el papel, dijo al padre
Tomás con acento humilde:
--Espero las órdenes de vuestra reverencia.
El padre Antonio, mudo espectador de aquella escena, había dejado de
escribir, pero seguía con la cabeza baja, muy atento a todo cuanto
ocurría. No se notaba en él la menor señal de extrañeza. Sin duda el
secretario sabía con anticipación cuanto iba a ocurrir, y conocía antes
que el padre Claudio aquella orden del General.
No se impresionaba gran cosa por aquel cambio de situación tan rápido.
Cambiaba de amo en apariencia, pero siempre seguía unido a aquella
Compañía, a la que amaba con el fiero cariño del lobezno a la loba.
Además no dejaba de hacerle gracia la caída estrepitosa de su antiguo
amo, que tan soberbio y déspota se mostraba. Aquello le hacía admirar
aún más a la igualitaria Compañía que encumbra o arruina a los
individuos con igual indiferencia, sin consideración de ninguna clase y
como si se tratara de autómatas y no de hombres. Acariciaba la esperanza
de que si el padre Claudio bajaba ahora, algún día le tocaría a él el
turno de subir.
El jesuíta italiano contempló algunos instantes a su rival humillado, y
después dijo con lentitud majestuosa:
--Padre Claudio, mis órdenes son que usted, de esa puerta para afuera,
siga figurando como director de la Orden en España. Conviene por ahora a
nuestros intereses que aparentemente continúe la misma situación. Pero
aquí, dentro de este despacho, se restablecerá la verdad, y usted será
sencillamente mi amanuense, estando para todos los asuntos de oficina a
las órdenes del padre Antonio, que seguirá desempeñando el cargo de
secretario. Ya conoce usted mis órdenes.
El padre Claudio temblaba y hacía esfuerzos para no llorar de rabia.
¡Oh! Aquello era demasiado fuerte para sufrirlo con calma. La
humillación iba más allá de lo que él había podido imaginarse.
Si después de su caída le hubiesen castigado colocándolo de portero en
la casa residencia, obligándole a barrer la cocina o a desempeñar los
más bajos servicios, al menos su ruina hubiese tenido cierta grandeza. A
los que le habían conocido poderoso y omnipotente, les hubiera inspirado
una respetuosa y tierna simpatía, semejante a la que se siente ante
Napoleón, hambriento y enfermizo, remendándose su uniforme en Santa
Elena; pero obligarle a fingir en público una autoridad que no tenía, y
dentro de aquel despacho ser el escribiente de su antiguo secretario,
era privarle del amargo placer de una caída estrepitosa y envolverle en
la humillación de una ruina secreta sin grandeza alguna.
En su porvenir había algo del suplicio de Tántalo. Viviría en adelante
allí, corroído por la envidia, contemplando de cerca y a todas horas el
poder que había perdido y que jamás volvería a recobrar.
La voz del nuevo superior le sacó de sus negras reflexiones:
--Padre Claudio, comience a ejercer sus nuevas funciones. Siéntese
usted, y prepárese a escribir.
El viejo obedeció con la pasividad de un autómata. Su obesidad no le
permitía estar inclinado mucho tiempo y sufría al doblarse sobre el
borde de aquella antigua mesa, frente al secretario, que seguía
papeleando, impasible, como si realmente fuese un escribiente obscuro su
nuevo compañero de trabajo.
Tomó la pluma el padre Claudio y esperó.
--Va usted a escribir--dijo el superior--una comunicación a Roma,
anunciando al General que el hermano Ricardo Baselga ha cedido a la
Compañía toda su fortuna. Ponga usted la comunicación de modo que sea yo
quien lo firme.
Luego continuó, dirigiéndose al secretario:
--Padre Antonio, saque usted la escritura de cesión de bienes que firmó
el hermano Baselga. La enviaremos a Roma junto con la comunicación, para
que la guarden en el archivo central. Allí estará más seguro el
documento.
El padre Claudio creía soñar, y cuando vió que el secretario sacaba el
citado documento de un cajón de la mesa, no pudo reprimir una
exclamación.
Todo lo comprendía. Días antes había entregado al padre Antonio aquel
documento para que lo enviase a Roma, con una comunicación en que se
marcaran los grandes trabajos que había tenido que hacer el padre
Claudio para alcanzar tal triunfo. El secretario le había hecho
traición, guardándose el documento para no darle curso. Estaba, sin
duda, en combinación con el italiano desde mucho antes, y ahora, al
remitir la escritura a Roma, el padre Tomás se atribuía un servicio de
gran importancia para la Orden, y aparecía como autor del negocio, que
él había preparado tan cuidadosamente a costa de mucho tiempo y no menos
paciencia.
Aquello fué el golpe de gracia para el humillado viejo.
No podía ya con el peso de tanto infortunio, y aquel hombre para quien
la debilidad había sido siempre desconocida, al pensar que había estado
trabajando tantos años en el interior de la familia Baselga para que un
advenedizo gozase el fruto de sus fatigas y se cubriera de gloria en
Roma, sintió que una oleada ardiente subía de su pecho a la cabeza
oprimiéndole la garganta.
Sollozó con fuerza el viejo, y sus lágrimas cayeron sobre el papel sin
que cuidara ya de ocultarlas.
El padre Tomás, de pie junto a la mesa, sonreía diabólicamente, y hasta
el secretario esta vez creyó del caso el levantar la cabeza y hacer un
gesto de admiración.
¡Lloraba el terrible jesuíta! Bien valía la pena aquel espectáculo.