XI

Humillación.

El padre Claudio, después de leer la carta varias veces, cayó en un

estado de profundo desaliento.

Era tan terrible aquella noticia y llegaba tan inesperadamente que al

audaz jesuíta le faltaba el valor indomable que había demostrado en

otras ocasiones.

Su situación acababa de ser despejada de un modo terrible. Los altos

poderes de la Compañía tenían ya certeza de su traición y no tardaría en

sufrir él una muerte igual a la del padre Corsi.

No había que esperar misericordia. El, que conocía como nadie de lo que

era capaz el Gobierno de la Orden, comprendía la certeza de aquellos

consejos que le daba el sacerdote Novelli en su carta, y pensaba que lo

más acertado era huir y substraerse a la venganza de la Compañía, ya que

todavía era tiempo.

¡Huir!... conforme con ello; pero ¿dónde dirigirse? ¿Qué hacer, viejo ya

y abandonado de todos?

Y mientras pensaba en lo difícil e incierto de su situación, el padre

Claudio murmuraba con estúpida terquedad:

--¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!

Así permaneció más de una hora, hasta que por fin una sonrisa iluminó su

rostro, y levantó la frente, antes abatida, con expresión de triunfo.

Tenía adoptada su resolución. No huiría, pues huir era para un hombre

como él, cien veces peor que la más horrible muerte. El campeón de la

Compañía que se había distinguido siempre por su valor moral a toda

prueba, no podía escapar como un cobarde al saber que su perdición

estaba decretada en Roma. Combatiría, ya que éste parecía ser su

destino, y a pie firme, sin salirse de la Orden, esperaría los ataques

de sus enemigos, seguro de que éstos tendrían que bregar mucho antes de

derribarle.

Además había reflexionado mucho sobre su situación y no la encontraba

desesperada. Era amigo de la reina y de los principales políticos,

poseía secretos que le hacían muy respetable para el Gobierno, y cuando

se viera perdido dentro de la Compañía, con salirse de ella ya estaba

libre, pues la venganza de Roma no iría a buscarle en el seno de la

sociedad civil, donde contaba con buenos amigos.

Tenía, pues, la retirada cubierta y mientras tanto podía desesperar a

sus enemigos, desafiándolos con su insolente permanencia en la Compañía,

sin negar las maquinaciones que había organizado en combinación con el

padre Corsi.

Aquella resolución audaz, hizo recobrar al padre Claudio su antiguo

valor, y sintió impaciencia por demostrar a sus enemigos de Roma que no

los temía y que tampoco ignoraba sus intenciones respecto a él.

El padre Tomás, aquel jesuíta solapado que sobornaba a su secretario e

iba poco a poco labrando su perdición, era el representante de sus

enemigos, y contra él se propuso romper las hostilidades.

Quería ser el primero en atacar, para que en Roma se convencieran una

vez más de su valor.

Tan seguro estaba el padre Claudio de su poder, que se permitía risueñas

ilusiones.

No; sus enemigos no se atreverían a intentar nada contra él. El General

había osado acabar con el padre Corsi, porque éste era un jesuíta de

escasa importancia, y además lo tenía en el "Gesù" al alcance de su

mano; pero tratándose de todo un padre Claudio, consejero privado de

personas reales, sostenedor de gobiernos, y además residente en España

lejos del Gobierno central de la Compañía, sus enemigos de Roma ya se

cuidarían de intentar hostilidad alguna y lo respetarían, aunque en

adelante lo tratasen con frialdad.

El era inviolable; para esto había trabajado tantos años en favor de los

intereses de la Orden.

Animado por tales ideas, el padre Claudio, después de ocultar

cuidadosamente la fúnebre carta en un bolsillo interior de su sotana,

salió del gabinete y se dirigió a su despacho.

El padre Antonio escribía como siempre en su gran mesa, y el italiano

seguía inmóvil en su asiento mostrando su rostro impasible, cuyos ojos

de buho triste parecían no fijarse en nada, y lo veían todo.

La presencia de aquel espía de Roma, indignó al padre Claudio. Hasta

poco antes había podido sufrir, aunque con bastante impaciencia, la

intimidad de aquel hombre que tan descaradamente le vigilaba; pero ahora

al verle, el recuerdo del padre Corsi, martirizado y muerto por ser

amigo suyo, surgía en su imaginación y sentíase acometido de furor

contra aquel espía que representaba a los sacrificadores.

El padre Claudio era poco susceptible de impresionarse por la suerte de

ningún amigo, pero el suplicio de Corsi le hería de un modo más íntimo,

pues sublevaba su orgullo. El hubiera deseado que por el hecho de ser el

reo amigo suyo, el General no se hubiese atrevido a llevar tan lejos su

venganza, y al pensar en el martirio de Corsi le parecía que era él

mismo quien había sido chamuscado en el brasero del subterráneo del

"Gesù".

No se sentó el padre Claudio, al entrar en su despacho, y sin cuidarse

de ocultar su sorda irritación, paseó varias veces por entre aquellos

dos hombres silenciosos que seguían indiferentes y con los ojos bajos,

como si nadie hubiese entrado en la habitación.

El enfurecido jesuíta dió algunos bufidos como para desahogar su pecho

oprimido por la rabia, y al fin, plantándose frente al padre Tomás, le

dijo con acento reconcentrado:

--Oiga usted. ¿Sabe usted bien quién soy yo?

Levantó el rostro el italiano sin que en él se mostrase la menor emoción

por tan extraña pregunta.

--Creo que sí, reverendo padre--contestó con su eterna calma--. El

nombre del padre Claudio es conocido allá donde se encuentre a un hijo

de San Ignacio, pues todos saben los grandes servicios que ha prestado a

la Compañía.

--Así es, señor italiano. Todos saben lo que yo valgo y merezco, todos

menos esa gente de Roma que le ha enviado a usted aquí.

Se coloró la desmayada faz del padre Tomás, pero no pasó de aquí la

emoción ni intentó contestar, pues la regla de la Compañía le impedía

toda respuesta si su superior no le preguntaba.

--Oiga usted bien, padre Tomás, oiga lo que soy, para que me conozca

perfectamente y pueda decir a esos que le envían el respeto que merezco.

Cuando yo ingresé en la Compañía, en Roma, tenía quince años y su

situación no podía ser más deplorable. Las ideas revolucionarias del

pasado siglo habían barrido al jesuitismo de todas las naciones. La

Orden estaba casi en la agonía por culpa de toda esa cáfia de filósofos

que tanto escribieron en el siglo XVIII contra nosotros. Nos habían

arrojado de España, Portugal, Francia, de casi toda América; en una

palabra, de todos los sitios donde nos convenía estar. La Compañía

estaba reducida a Roma, donde vivía a la sombra del papado como un

arbolillo mustio y enfermizo. Al morir la revolución con su último

propagandista, el tirano Bonaparte y al restablecerse en España el

absolutismo, Fernando VII nos abrió las puertas de esta nación y yo vine

aquí con unos cuantos viejos imbéciles que procedían de la expulsión

verificada en el siglo anterior por Carlos III. ¡Bien hubiese marchado

la Compañía a estar encargados los tales vejetes de su dirección! Por

fortuna se me hizo justicia, y aunque yo era entonces un mozuelo, fuí

puesto al frente de la Compañía de Jesús, en España. Soy modesto y no

quiero entonar mis propias alabanzas, que por más que parezcan

exageradas, serán siempre merecidas. Pero tengo que hacer constar que

fuí el peor enemigo que la revolución podía haber encontrado. Fomenté

como nadie los sentimientos realistas y fanáticos del pueblo español;

organicé las terribles persecuciones que sufrieron los realistas, en el

trienio constitucional del 20; la revolución pacífica y progresiva no

pudo desarrollarse porque yo lo impedí fomentando algaradas y motines a

diario; yo dí el primer impulso a la guerra carlista, y cuando comprendí

que el pretendiente no podía triunfar salvé a tiempo los intereses de la

Compañía volviendo al lado de la reina Isabel, para evitar que ésta

fuese dirigida por los progresistas; nuestra Orden ha crecido y sido

omnipotente en España más que en otra nación; hoy manda en este país

como pueda mandar en el "Gesù" de Roma, y todo gracias a mí, que no he

descansado nunca ni sé lo que es gozar de la vida; que he expuesto mil

veces mi existencia en los períodos de agitación; que formando la

asociación de "El Angel Exterminador", atraje sobre mi cabeza las

venganzas de numerosas familias afligidas por nuestras persecuciones, y

que con tal de mantener el prestigio de la Orden he desempeñado el más

vil de los papeles, el de alcahuete regio, ofreciendo mujeres a Fernando

VII y presentando hombres a su augusta hija. Ahora bien, padre Tomás,

¿qué le parece a usted todo esto? El que ha arraigado de nuevo la Orden

en España, de un modo que la revolución tendrá que bregar mucho para

derribarla, ¿no merece que le respeten esas gentes de Roma que están

allá muy tranquilas gozando de ese poderío que nosotros les conquistamos

aquí a costa de grandes esfuerzos?

El padre Tomás hizo un gesto de ambigua adhesión; pero el padre Claudio

estaba demasiado exaltado para fijarse en la frialdad del italiano.

--Y no quedan reducidos sólo a esto mis trabajos--continuó--: ahí está

mi secretario y eterno compañero, el padre Antonio, y allá en Roma está

el registro central de la Compañía, para atestiguar lo que yo he

trabajado con el objeto de arraigar el poderío de nuestra Orden en todas

las conciencias. Gracias a mí, se han fundado numerosos colegios donde

la juventud más distinguida se educa tal como queremos; la aristocracia

española está por completo a la voluntad de cuanto se piensa en este

despacho, y a las arcas de Roma he enviado yo cuarenta millones de

pesetas; esto sin contar ocho más que acabo de conquistar. Grande es

nuestra asociación; no hay punto del globo donde no tengamos

representantes; pero a pesar de ser tantos los jesuítas, de seguro que

no saldrá uno solo que pueda alegar más méritos que yo. ¿Es verdad o no

esto que digo, padre Tomás?

Y esta vez se plantó ante el italiano y le miró fijamente con expresión

iracunda, esperando su contestación.

--Así es, reverendo padre--dijo con su calma que contrastaba con el

furor reconcentrado del padre Claudio--. Ya he dicho antes a vuestra

reverencia que en todas partes donde hay jesuítas se le respeta en lo

que vale.

--En todas partes menos en Roma; y si no vamos a cuentas. ¿A qué ha

venido usted a Madrid?

--Yo no he venido por mi propia voluntad. He cumplido un voto que hice

al entrar en la Compañía; el voto de obediencia. Me han ordenado mis

superiores que viniese aquí y he obedecido.

El italiano dijo estas palabras con tanta modestia y sencillez, que el

padre Claudio quedó desconcertado. No podía seguir atacando en tal

terreno al italiano, pues éste le opondría sus votos.

Mudó de táctica y dijo al padre Tomás, como si olvidara lo anteriormente

expuesto:

--No quiero investigar los motivos que le han traído a usted a Madrid.

Lo que le digo a usted es que no conviene a los intereses de la Orden

que permanezca aquí inactivo y ocioso, dando un mal ejemplo a los demás

padres, que se afanan y trabajan en bien de la Compañía de Jesús.

--Reverendo padre; si no hago nada aquí, es porque vuestra reverencia no

me da ocupación.

--Trabajará usted y muy pronto. No se quejará usted en adelante de que

lo olvido. Mañana mismo saldrá usted para nuestra casa de Valencia.

--Eso es imposible, reverendo padre.

--¡Imposible!... Quisiera saber por qué. Usted ha prestado voto de

obediencia y debe acatar las órdenes de los superiores.

El padre Claudio, movido por la indignación, hablaba con una expresión

furiosa que contrastaba con la frialdad del italiano.

--Yo siempre obedezco a mis superiores--dijo el padre Tomás--, y por

esto mismo permanezco aquí, cumpliendo las órdenes del padre General,

que es el único que me puede mandar. Vuestra reverencia olvida sin duda

que yo soy padre de alto grado y que no estando inscrito entre los

individuos de la Compañía que prestan sus servicios en España, sólo a

la autoridad de Roma debo obedecer y seguir las órdenes que me dicte el

padre General. Vuestra reverencia no tiene en esta ocasión ningún poder

sobre mi humilde persona. El General me ha enviado aquí y aquí me quedo.

El padre Claudio quedó aturdido ante la fría firmeza con que el jesuíta

decía estas palabras.

Pero pronto se repuso de su sorpresa. Hacía cuarenta años que estaba

acostumbrado a que la Compañía en España se pusiera en movimiento al más

leve de sus gestos; nunca hombre alguno vestido con la sotana jesuítica

había intentado desobedecerle y el ejemplo de aquel italiano, que osaba

rebelársele, le produjo una irritación sin límites.

Su abotargado rostro cubrióse de mortal palidez, chispearon sus ojos,

sus labios temblaron con el "tic" nervioso del furor y se sintió próximo

a enloquecer por la afrenta que intentaban hacerle, ante aquel

secretario que en su juventud consideraba a su maestro como un semidiós.

¡Poder de la indignación! Hasta le pareció al jesuíta que el padre

Antonio, sin levantar la cabeza de los papeles, sonreía maliciosamente,

gozando mucho en presencia de aquella humillación que sufría su soberbio

superior.

Había que confundir al insolente italiano, y encarándose con él, le dijo

sordamente:

--¡Basta ya de farsas y de fingimientos, señor italiano! Su presencia

aquí me es odiosa... ¿Lo quiere usted más claro? Mañana mismo saldrá

usted de Madrid, pues me estorba y me irrita ese espionaje de que

continuamente soy objeto. Cuando yo era joven, fingía tan bien como

cualquiera otro, pero ahora que soy viejo y célebre, y tengo, por tanto,

derecho a que me respeten, no quiero mentir y doy a las cosas su

verdadero nombre. Sé que usted es un espía del General y conozco tan

bien como usted lo que ha ocurrido en Roma y cuál ha sido la suerte del

padre Corsi, pobre amigo mío, sacrificado por el espíritu de venganza

que allá sienten contra mí. No quiero tener a mi lado a uno de los

asesinos de mi amigo Corsi. ¿Está usted enterado? Márchese cuanto antes

y dé gracias porque yo soy ahora un viejo, que de lo contrario, no

guardaría usted buenos recuerdos de su espionaje.

Y el viejo jesuíta, tembloroso por el furor, pálido, rugiente y

magnífico en su indignación, señalaba la puerta con ademán imperativo,

indicando al italiano que saliera cuanto antes.

El padre Tomás permanecía en su actitud impasible, con la mirada fija en

el superior, y gozando internamente al ver su extremada irritación.

--¡Márchese usted!--gritaba el padre Claudio--. ¡Que no le vea a usted

más!

--Me iré cuando me lo mande el General.

--Aquí no hay más General ni más voluntad que la mía. Le arrojo a usted

de aquí y puede marcharse al infierno si quiere. Hoy mismo daré órdenes

para que no le admitan en la casa residencia, y que pongan en medio del

arroyo todo su equipaje. Y ahora salga usted inmediatamente de este

despacho o de lo contrario llamaré a los criados para que le arrojen.

El italiano no se inmutaba con aquellas amenazas. Continuaba impasible,

y se limitó a decir con su eterna frialdad:

--Eso que hace vuestra reverencia es un verdadero golpe de Estado. Es

desconocer la autoridad del General, es rebelarse contra la autoridad

suprema de la Compañía, y caer de lleno en el artículo primero del

título IV de nuestro reglamento secreto. ¿Conoce usted el artículo?

--Sí; le conozco. Valiéndose de él dieron muerte a mi amigo Corsi. ¿Aún

te atreves a recordarlo, esbirro del demonio?... Yo soy el padre

Claudio, el restaurador de la Compañía en España, y cuando se me falta

al respeto y a la obediencia que merezco, paso por encima del General,

del reglamento secreto y de cuanto se me ponga por delante. ¡A la calle,

italiano! ¡A la calle!

--Piense vuestra reverencia en lo que hace.

--¡Qué pesadez! ¡Y que no tenga yo puños suficientes para poner en la

puerta a este miserable espía!

Y se abalanzó al cordón de la campanilla para llamar a los criados.

--Un momento--dijo el padre Tomás levantándose de su silla, mientras que

el iracundo jesuíta se detenía al ver este movimiento de su enemigo--.

Puesto que usted, padre Claudio, se empeña en expulsarme y falta a las

reglas de la Compañía, despreciando al General y pronunciando frases

ofensivas al espíritu de la Orden, ha llegado el momento de que se

aclare la situación. Lea usted.

Y el italiano, hasta entonces humilde y rastrero, se irguió con altanera

friadad, e introduciendo su diestra en el bolsillo de la sotana, sacó

un papel doblado que entregó al padre Claudio.

Apenas éste pasó sus ojos por él, sintió un escalofrío de terror. Estaba

escrito el papel en la misteriosa taquigrafía que los jesuítas emplean

en sus comunicaciones secretas y que sólo conocen los padres iniciados

en el alto grado, y al pie del documento figuraba el garabato que era la

firma simbólica del General.

El documento no podía ser más auténtico, y el padre Claudio, habituado a

leer durante muchos años tal clase de comunicaciones, la descifró de

corrido. Su contenido no podía ser más fatal.

La autoridad suprema le ordenaba, bajo la pena de pasar como traidor a

la Compañía, en caso de desobediencia, que inmediatamente que leyese

aquella comunicación se pusiera bajo las órdenes del padre Tomás

Ferrari, que en adelante sería el vicario general de la sociedad de

Jesús en España.

El viejo jesuíta se estremeció desde la cabeza a los pies, parecióle que

la habitación entera se desplomaba sobre él, y hubo de apoyarse en la

mesa para no caer.

Verse despojado en la vejez de la autoridad que había ejercido toda su

vida; contemplarse súbdito de un desconocido, él, que estaba habituado,

desde su juventud, al mando absoluto, era un golpe tan terrible, que le

faltó poco para llorar.

Encontró, sin embargo, en su debilidad fuerza para reponerse, y ya que

se consideraba caído, quiso al menos acabar con dignidad y que sus

enemigos no se gozaran en su dolor.

Serenóse y se dispuso a contestar. La resistencia era inútil, pues

conocía la especial organización de la Orden en que la autoridad lo es

todo, y el afecto nada, y sabía que sus mayores protegidos se

revolverían contra él a la menor indicación del General, estando, como

estaba, despojado del poder.

Inclinóse ante su nuevo amo, y devolviéndole el papel, dijo al padre

Tomás con acento humilde:

--Espero las órdenes de vuestra reverencia.

El padre Antonio, mudo espectador de aquella escena, había dejado de

escribir, pero seguía con la cabeza baja, muy atento a todo cuanto

ocurría. No se notaba en él la menor señal de extrañeza. Sin duda el

secretario sabía con anticipación cuanto iba a ocurrir, y conocía antes

que el padre Claudio aquella orden del General.

No se impresionaba gran cosa por aquel cambio de situación tan rápido.

Cambiaba de amo en apariencia, pero siempre seguía unido a aquella

Compañía, a la que amaba con el fiero cariño del lobezno a la loba.

Además no dejaba de hacerle gracia la caída estrepitosa de su antiguo

amo, que tan soberbio y déspota se mostraba. Aquello le hacía admirar

aún más a la igualitaria Compañía que encumbra o arruina a los

individuos con igual indiferencia, sin consideración de ninguna clase y

como si se tratara de autómatas y no de hombres. Acariciaba la esperanza

de que si el padre Claudio bajaba ahora, algún día le tocaría a él el

turno de subir.

El jesuíta italiano contempló algunos instantes a su rival humillado, y

después dijo con lentitud majestuosa:

--Padre Claudio, mis órdenes son que usted, de esa puerta para afuera,

siga figurando como director de la Orden en España. Conviene por ahora a

nuestros intereses que aparentemente continúe la misma situación. Pero

aquí, dentro de este despacho, se restablecerá la verdad, y usted será

sencillamente mi amanuense, estando para todos los asuntos de oficina a

las órdenes del padre Antonio, que seguirá desempeñando el cargo de

secretario. Ya conoce usted mis órdenes.

El padre Claudio temblaba y hacía esfuerzos para no llorar de rabia.

¡Oh! Aquello era demasiado fuerte para sufrirlo con calma. La

humillación iba más allá de lo que él había podido imaginarse.

Si después de su caída le hubiesen castigado colocándolo de portero en

la casa residencia, obligándole a barrer la cocina o a desempeñar los

más bajos servicios, al menos su ruina hubiese tenido cierta grandeza. A

los que le habían conocido poderoso y omnipotente, les hubiera inspirado

una respetuosa y tierna simpatía, semejante a la que se siente ante

Napoleón, hambriento y enfermizo, remendándose su uniforme en Santa

Elena; pero obligarle a fingir en público una autoridad que no tenía, y

dentro de aquel despacho ser el escribiente de su antiguo secretario,

era privarle del amargo placer de una caída estrepitosa y envolverle en

la humillación de una ruina secreta sin grandeza alguna.

En su porvenir había algo del suplicio de Tántalo. Viviría en adelante

allí, corroído por la envidia, contemplando de cerca y a todas horas el

poder que había perdido y que jamás volvería a recobrar.

La voz del nuevo superior le sacó de sus negras reflexiones:

--Padre Claudio, comience a ejercer sus nuevas funciones. Siéntese

usted, y prepárese a escribir.

El viejo obedeció con la pasividad de un autómata. Su obesidad no le

permitía estar inclinado mucho tiempo y sufría al doblarse sobre el

borde de aquella antigua mesa, frente al secretario, que seguía

papeleando, impasible, como si realmente fuese un escribiente obscuro su

nuevo compañero de trabajo.

Tomó la pluma el padre Claudio y esperó.

--Va usted a escribir--dijo el superior--una comunicación a Roma,

anunciando al General que el hermano Ricardo Baselga ha cedido a la

Compañía toda su fortuna. Ponga usted la comunicación de modo que sea yo

quien lo firme.

Luego continuó, dirigiéndose al secretario:

--Padre Antonio, saque usted la escritura de cesión de bienes que firmó

el hermano Baselga. La enviaremos a Roma junto con la comunicación, para

que la guarden en el archivo central. Allí estará más seguro el

documento.

El padre Claudio creía soñar, y cuando vió que el secretario sacaba el

citado documento de un cajón de la mesa, no pudo reprimir una

exclamación.

Todo lo comprendía. Días antes había entregado al padre Antonio aquel

documento para que lo enviase a Roma, con una comunicación en que se

marcaran los grandes trabajos que había tenido que hacer el padre

Claudio para alcanzar tal triunfo. El secretario le había hecho

traición, guardándose el documento para no darle curso. Estaba, sin

duda, en combinación con el italiano desde mucho antes, y ahora, al

remitir la escritura a Roma, el padre Tomás se atribuía un servicio de

gran importancia para la Orden, y aparecía como autor del negocio, que

él había preparado tan cuidadosamente a costa de mucho tiempo y no menos

paciencia.

Aquello fué el golpe de gracia para el humillado viejo.

No podía ya con el peso de tanto infortunio, y aquel hombre para quien

la debilidad había sido siempre desconocida, al pensar que había estado

trabajando tantos años en el interior de la familia Baselga para que un

advenedizo gozase el fruto de sus fatigas y se cubriera de gloria en

Roma, sintió que una oleada ardiente subía de su pecho a la cabeza

oprimiéndole la garganta.

Sollozó con fuerza el viejo, y sus lágrimas cayeron sobre el papel sin

que cuidara ya de ocultarlas.

El padre Tomás, de pie junto a la mesa, sonreía diabólicamente, y hasta

el secretario esta vez creyó del caso el levantar la cabeza y hacer un

gesto de admiración.

¡Lloraba el terrible jesuíta! Bien valía la pena aquel espectáculo.

La araña negra, t. 6/9 · 第 17 / 28 题