La agonía del padre Claudio.
El padre Claudio se moría.
De esto se hallaban convencidas ya todas las aristocráticas devotas,
que, dejando en la puerta una larga fila de carruajes, entraban en la
portería de la residencia, a enterarse del estado del reverendo padre, e
igual certidumbre abrigaban todos los individuos de la Orden, que, con
aquel inesperado accidente, veían turbada la fiesta solemne, en la que
pensaban los novicios durante todo el año.
Reinaba en la casa de la Orden ese mismo silencio de las viviendas
donde lucha con la muerte alguna persona importante.
Los novicios y los hermanos permanecían en sus celdas, y si se veían
obligados a salir de ellas, iban por los corredores con paso precipitado
y leve, deslizándose como fantasmas. Las campanas del templo no
volteaban alegremente como en otros años para conmemorar la festividad,
y los padres de importancia, entre los cuales se hallaba el padre Tomás,
estaban reunidos en un aula, comentando el suceso, y haciendo votos
porque recobrase la salud el reverendo padre, a quien todos manifestaban
un cariño sin límites desde que lo veían próximo a la tumba.
La noticia de lo ocurrido había circulado rápidamente por Madrid, y toda
la aristocracia mostrábase conmovida por la próxima muerte de aquel
hombre, que, durante cuarenta años, la había dirigido con sus consejos,
siendo en ocasiones adusto amigo y en otras bondadoso protector.
Las clases privilegiadas hacían una verdadera manifestación con motivo
del triste suceso, yendo en persona a enterarse del estado del enfermo o
enviando a sus criados, y hasta el gentilhombre de servicio en Palacio
entró en la portería de la residencia para preguntar en nombre de Sus
Majestades cómo seguía el enfermo.
No podía quejarse el padre Claudio. Moría envenenado, vencido por sus
enemigos y con la rabia que le producía el pensar que el crimen quedaría
en el más absoluto secreto, pero al menos podía servirle de consuelo
aquel aparato de dolor público que rodeaba sus últimas horas, y que
proporcionaba a la Compañía el placer de apreciar, por sus propios ojos,
el gran prestigio que tenía aún sobre la clase aristocrática.
Triste caída la del padre Claudio, a pesar de tantos honores. Nunca
había llegado a imaginarse él, aun en los instantes de mayor pesimismo,
que pudiera perecer de un modo tan sencillo y traicionero.
Morir en medio de una conmoción popular, sacrificado por el odio de los
enemigos de la Compañía, le hubiera gustado en su vejez, pues así
abandonaba el mundo rodeado de la aureola del martirio y dando a su
nombre cierta notoriedad; pero caer en la tumba, víctima, en apariencia,
de una lesión interior y en realidad asesinado por el padre Tomás,
agente de sus mortales contrarios de Roma, amargaba los últimos
momentos de su existencia con la más iracunda de las indignaciones.
Lo que hacía llegar su ira al período álgido, eran las precauciones de
que le rodeaban los asesinos para evitar que el crimen pudiera
traslucirse.
Desde que le condujeron del altar mayor a una de las mejores celdas de
la casa, no se había apartado de su lado el padre Antonio, aquel
miserable ingrato que abandonaba al caído para convertirse en esclavo
del victorioso, y que, a merced por completo del italiano, estaba allí,
a pocos pasos de él, sentado junto a la cama, procurando, con la excusa
de cuidarle, que nadie se acercara al enfermo ni recogiera las
confidencias que pudiera hacer.
El padre Claudio, tendido en aquella gran cama, desesperábase al pensar
en su situación. Sentía en todos sus miembros una terrible languidez que
iba en aumento y que apenas le permitía moverse. Su lengua, aunque torpe
todavía, estaba expedita para hablar; pero ¿de que podía servirle esto,
si sus asesinos habían hecho el vacío en torno de él y sólo entraban en
la celda aquellos que por hechos pasados le odiaban, y a los que
seguramente tenia ya el padre Tomás a merced de su voluntad?
La habilidad que sus enemigos habían demostrado para librarse de él, y
amargar sus últimos instantes con un completo aislamiento, aún
contribuía a aumentar su desesperación. Reconocía, mal de su grado, que
eran más astutos que él, y este convencimiento de su superioridad, le
empequeñecía y degradaba, hiriendo su orgullo, que hasta en tan supremos
momentos era su pasión dominante.
Convencido de su debilidad y de que era inútil toda defensa, el padre
Claudio se había dispuesto a morir con el estoicismo de uno de aquellos
romanos que al ver levantada la espada homicida, se cubría la cabeza con
el manto. Tenía cerrados los ojos, y si alguna vez los abría, era para
lanzar una mirada de fiero odio al padre Antonio, que en vista de la
inutilidad de sus cariñosas e hipócritas palabras, leía atentamente en
un pequeño libro de interminables oraciones en bien del alma del
enfermo.
Una sola esperanza había acariciado el padre Claudio desde que se
hallaba tendido en aquella cama. Al oír que iban a llamar al doctor
Peláez, el médico a quien tanto había protegido, experimentó gran
alegría. Aquel hombre le salvaría de la muerte si aún era tiempo, o
cuando no, sería depositario de su secreto; pues a él podría revelarle
que había sido envenenado con el vino de la misa, cuyo sabor
desagradable ya causóle bastante extrañeza.
Pero apenas el doctor entró en la celda desvaneciéronse las esperanzas
del padre Claudio.
Poseía éste el arte de adivinar al primer golpe de vista los
pensamientos de los hombres que le eran familiares, y acertó en esta
ocasión.
El doctor Peláez, antes de entrar en la celda, había hablado largamente
con el padre Tomás y sabía que éste era la única autoridad y que a él
sólo debía obedecer.
No necesitaba saber más el doctor Peláez para ser en adelante un
autómata del italiano, como lo había sido del padre Claudio.
El enfermo se abstuvo de hacerle ninguna revelación ¿Para qué? Estaba ya
juzgada la honradez de un médico que le examinaba con fingida atención y
que decía que aquella enfermedad era un derrame interno producido a
consecuencia de un violento esfuerzo.
Intentó el padre Claudio darle a entender con expresiones indirectas que
bien podía ser víctima de un envenenamiento, y el doctor miró al padre
Antonio de un modo, que parecía decir:
--El padre Claudio está delirando.
Después de esta terrible decepción, al viejo sólo le restaba entregarse
a sus desesperados pensamientos y morir.
Una resignación horrible se apoderaba de él.
--Muere--se decía--. Muérete como un perro viejo. Tus enemigos han sido
más listos que tú. Les retaste sin medir bien tus fuerzas; sufre ahora
la consecuencia. Cuando se es ya una ruina, como yo lo soy, resulta una
petulancia desafiar a la gente vigorosa. He sido siempre muy afortunado:
alguna vez había de perder. ¡A morir, viejo! A morir, abandonado de
todos, rabiando, y sin tener el consuelo de vengarse de los enemigos.
Vamos hacia la tumba para dar gusto al padre general.
Y el enfermo, convencido de su debilidad, hacía esfuerzos por resignarse
con su suerte.
No era él como la mayoría de los enfermos, que asustados por la
proximidad de la muerte, no creen en ella y se hacen ilusiones sobre un
próximo restablecimiento.
El sabía que iba a morir. Sentía que el veneno minaba rápidamente su
organismo, y, aunque no experimentaba los dolores y espantosas
convulsiones del primer momento, notaba que su fuerza vital se
desvanecía y que la muerte se aproximaba rápidamente.
Al anochecer, su dolencia se agravaba, y el enfermo veía ya inmediato el
fin de su existencia.
Por un fenómeno extraño, el padre Claudio gozaba de gran lucidez para
recordar su vida pasada y todos los hechos principales surgían en su
memoria, claros y precisos, hasta el punto de causarle agudos tormentos
morales.
Las familias que había trastornado con sus intrigas; las persecuciones
políticas que había organizado; los hombres que estaban en presidio o en
la tumba por su culpa; y, sobre todo, el infeliz conde de Baselga, su
última víctima, desfilaban por su memoria, causándole una tortura moral
mil veces peor que aquellos espantosos dolores que la intoxicación le
produjo en los primeros momentos.
Y no es que el padre Claudio estuviera arrepentido sinceramente de sus
hazañas, por lo que éstas tenían de perversidad. Hombres como él no se
arrepentían ni deploraban los hechos que ya estaban consumados; pero
sentía una rabia sin límites al pensar que había causado tanto daño en
el mundo, que había traído sobre su cabeza tantos odios y tantos
crímenes, todo en provecho de aquella Compañía y de aquel hombre que
estaba en Roma, y que pagaba sus servicios con un poco de veneno.
El enfermo sentía la decepción horrible y desconsoladora del enamorado
de la gloria, que pasa trabajando toda su existencia, y en los últimos
instantes se convence de que su actividad ha sido inútil y de que su
nombre se hunde en el mayor olvido.
Pero cuando el padre Claudio pensaba así, una idea, hija de su orgullo,
venía a consolarle.
Le temían mucho los ambiciosos de la Orden; el padre general y los suyos
le tenían miedo, y buena prueba de ello era que habían aprovechado la
primera ocasión propicia para librarse de él.
Su vida les estorbaba y habían de procurar extinguirla cuanto antes,
robándola hasta los últimos minutos. ¡Ah! ¡Si se pusiera al alcance de
sus uñas aquel sicario italiano, enviado por el general para acabar con
su vida!
Tan convencido estaba el padre Claudio de que sus enemigos tenían
impaciencia por deshacerse de él, que hasta llegó a pensar que el veneno
que circulaba por su cuerpo les parecía escaso, y que todavía, por medio
del engaño, procurarían hacerle tragar nuevas dosis.
Por esto se negó a tomar las medicinas que por pura fórmula había
recetado el doctor Peláez. Este era ya un autómata del padre Tomás, y
podía haber recetado algo que acelerase aún la marcha de aquella vida
que se escapaba.
El padre Claudio, apretando los dientes, adelantando las trémulas y
vacilantes manos, se opuso a tomar los líquidos que le ofrecía su
antiguo secretario, al que miraba con ojos que causaban gran turbación
en el padre Antonio, no obstante su impasibilidad característica.
A pesar de que avanzaba la destrucción que el veneno iba operando en
aquel organismo, eran menos frecuentes los vómitos de sangre, que
dificultaban que al enfermo pudieran darle la comunión.
Esto era lo que discutían con gran calor en el aula donde se hallaban
reunidos los padres más graves de la Compañía.
El padre Claudio no podía irse al otro mundo como un pagano, sin los
últimos consuelos de la religión proporcionados con todo el aparato que
exigía su elevada personalidad.
Los frecuentes vómitos dificultaban la administración del Viático al
enfermo, y por esto aquel consejo de respetables jesuítas esperaba que
cediese un tanto el derrame sanguíneo, para proporcionar al doliente
aquel último consuelo.
Como si aquellos jesuítas tuviesen el instinto de adivinar de parte de
quién estaba la autoridad, desde que el padre Claudio había caído
enfermo, todos respetaban y obedecían a su "socius", el padre Tomás,
quien daba órdenes con una expresión que no permitía la menor réplica.
A él fué a quien envió el padre Antonio el recado de que el enfermo
acababa de experimentar una momentánea mejoría y que ya no arrojaba
sangre, e inmediatamente se dispuso el Viático con todo el aparato que
se reserva para los padres de importancia.
Era al anochecer. El horizonte estaba teñido por las últimas fajas
amarillentas y rojizas de la puesta del sol y las sombras del crepúsculo
iban invadiendo la tierra, envolviéndolo todo en fúnebre melancolía.
Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar con toques lentos y
tristes y en el interior de la residencia circularon órdenes que
pusieron a toda la comunidad en movimiento.
Novicios y padres abandonaron sus celdas para bajar a la iglesia, y en
la sacristía, invadida por las sombras, comenzaron a chisporrotear los
blandones encendidos que se repartían entre los dispuestos a formar la
comitiva.
El padre Claudio no tardó en apercibirse de este movimiento.
Dominado por la rabia que le producía aquel fúnebre desenlace, estaba
inerte en el lecho como si ya hubiese muerto.
La presencia de su antiguo secretario agravaba su malestar, y, sin duda
por esto, gustábale permanecer envuelto en la espesa oscuridad que el
crepúsculo esparcía por la habitación.
La sombra, privándole de la vista, parecía calmarle; pero ni aun este
consuelo pudo gozar, pues el padre Antonio encendió dos velas ante un
crucifijo que estaba inmediato a la cama.
--Reverendo padre--le dijo el secretario con tono hipócrita mientras
encendía las velas--. Aunque no está usted próximo a la muerte y hay
esperanzas de salvación, la comunidad ha dispuesto administrarle el
Viático con toda la pompa que usted merece. Un buen cristiano debe estar
dispuesto a recibir al Señor aun en las más leves enfermedades. Conviene
precaverse para un caso inesperado.
El padre Claudio no contestó, pero hizo un gesto de desesperación, al
mismo tiempo que se decía interiormente:
--Un tormento más.
Y bien fuese por esta contrariedad, o porque el tóxico obrara con más
fuerzas, sintió que volvían a martirizar su pecho aquellos agudos y
espeluznantes dolores experimentados en el primer instante del
envenenamiento.
Aquella recrudescencia del dolor contrariaba al padre Claudio. El quería
vivir aunque sólo fuese por unas cuantas horas; ansiaba conservar limpia
su inteligencia y expedita su palabra para romper el espantoso vacío en
que sus enemigos le habían arrojado después del crimen. Subiría la
comunidad a aquella habitación acompañando al sacerdote encargado de
administrarle el Viático y entonces él haría revelaciones en voz alta y
acusaría al padre Tomás y a su antiguo secretario del envenenamiento de
que era víctima.
Sabía que esto no llegaría a producir ningún resultado, y que los
criminales quedarían sin castigo, pues la revelación se guardaría en
secreto en la comunidad, no trascendiendo fuera de ella; pero al menos
él experimentaría el consuelo de morir, después de hacer saber a todos
los de la casa, grandes y pequeños, padres y novicios, que el padre
Claudio no había bajado a la tumba por muerte natural, sino envenenado
por gentes que le temían, sin duda a causa de su grandeza y su poder.
No encontraba el enfermo ningún inconveniente para hacer tal revelación.
El padre Tomás se quedaría confundido entre la comunidad, pues aunque el
padre Claudio le tenía por un bandido sin conciencia, no le creía capaz
de ponerse enfrente de su víctima.
Ansiaba el enfermo que llegase el momento del Viático, y su deseo no
tardó en realizarse.
Las campanas comenzaron a sonar con mayor insistencia que antes, y sus
sones melancólicos llegaban tan amortiguados a la fúnebre habitación,
que parecían salir de un campanario de ultratumba.
El padre Antonio seguía leyendo a la luz de los cirios, en su libro de
oraciones, y únicamente se distrajo al oír, aunque lejano, el ruido
producido por un tropel de gente que caminaba lenta y acompasadamente.
La ventana de la celda, situada en el primer piso, daba al gran patio de
la residencia, donde estaban los claustros, y sus cristales reflejaron
un sinnúmero de cirios que iban pasando lentamente.
Era la procesión que comenzaba a salir de la iglesia por la bóveda que
ponía en comunicación el templo y la residencia.
Una campanilla de argentina voz sonó tres veces e inmediatamente estalló
un concierto de voces varoniles, foscas, compungidas y quejumbrosas, que
recordaban las procesiones de esqueletos de las leyendas fantásticas.
El canto se arrastraba lento, monótono y con una expresión fúnebre que
infundía pavor.
--_Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam._
El padre Claudio conocía bien aquel canto, lo había entonado muchas
veces con bastante indiferencia, marchando al frente de toda la
comunidad, hacia la celda de algún compañero moribundo; pero en
circunstancias tan terribles como las presentes, con aquel
acompañamiento de lejanas y plañideras campanas, próximo a una muerte a
que le habían arrojado traidoramente y sin esperanzas de ser vengado,
aquellas voces le produjeron un escalofrío de terror.
Quiso evitarse aquel espectáculo fúnebre, sintió tentaciones de escapar
de allí y aun intentó incorporarse en la cama; pero fué inútil, pues su
cuerpo era ya un tronco inerte que no podía hacer el menor movimiento.
El padre Claudio, enclavado en aquel lecho de dolor, había de apurar
todo el cáliz de amargura y sufrir el tormento de escuchar, hasta en sus
menores detalles, la lenta marcha hacia su cama de aquella fúnebre
comitiva que venía a anunciarle cómo la tumba estaba ya abierta.
La escalera se hallaba próxima a la celda y desde la cama oíase el rumor
de pasos de toda aquella gente que comenzaba a subir con desesperante
lentitud.
Otra vez estalló el mortuorio canto; otra vez las agudas y desagradables
voces de los novicios y las roncas y graves de los padres conmovieron el
espado con los sonoros y desgarradores versículos:
--_Et secundum multitudinem miserationum tuarum dele iniquitatem meam_.
El padre Claudio estaba anonadado por aquel canto. ¡Oh! Sí que sabían,
en aquella casa, hacer las cosas con aparato; pero al enfermo no le
hacían gracia los últimos honores que le rendían, y más hubiera
apreciado que le dejasen morir en un rincón, con el rostro vuelto a la
pared, pero al menos tranquilo y entregado a sus pensamientos.
Lo único que le consolaba era que pronto tendría ocasión de
desenmascarar a sus asesinos en presencia de toda la comunidad, y por
esto aún le desesperaba más aquella lentitud y los cantos que entonaba
la comitiva deteniendo su marcha.
Aun resonaban en la escalera varias estrofas, hasta que por fin sonaron
los primeros pasos de la comitiva en la galería, en cuyo fondo estaba la
puerta de la habitación.
Esta se hallaba cerrada y por bajo de ella iba marcándose una ancha
línea roja producida por el tropel de luces que lentamente iban
acercándose.
La cama estaba colocada frente a la puerta, y el padre Claudio, con la
mirada estúpidamente fija en aquella línea de luz, iba viendo cómo
aumentaba en intensidad, conforme se oían más cercanos los innumerables
pasos de la procesión.
Se abrió la puerta, y lo primero que entró por ella junto con un
torrente de roja y luminosa luz, fué el lúgubre campaneo de la torre y
otro estallido de horripilantes voces que cantaban la última estrofa:
--_Ne projicias me a facie tua; et spiritum sanctum tuum ne auferas a
me_.
El padre Claudio levantó cuanto pudo la cabeza y miró.
Desde la puerta al extremo de la galería, extendíase en dos grandes
filas con blandones en las manos toda la comunidad, con las cabezas
bajas, el aspecto encogido rebosando un dolor, hipócrita y el labio
agitado por el terrible canto.
En el fondo, y casi confundido por el humo de los cirios, erguíase un
sacerdote que llevaba en la mano el santo copón y a su lado otro
sacerdote con el hisopo, la campanilla y todos los demás útiles
necesarios para el acto.
Sobre el fondo oscuro de la galería, aquellos blandones que llenaban el
espacio de más humo que luz colorando con tintas rojizas la doble fila
de sotanas y aquellos rostros desmayados e inmóviles con los ojos fijos
en el suelo, daban a la escena el aspecto interesante y aterrador de un
drama inquisitorial.
El padre Antonio se dirigió a la puerta, y el enfermo, al ver lo que
hacía, no pudo reprimir un movimiento de indignación y sorpresa. ¡Ah,
traidor! Recomendaba a los jesuítas más próximos a la puerta que no
entrasen en la habitación, pues con el humo de sus hachones podían
causar molestias al enfermo.
Aquel miserable parecía haber adivinado la intención del padre Claudio,
y sabía evitar sus revelaciones comprometedoras.
Otra sorpresa aún más dolorosa le faltaba experimentar al enfermo.
Las dos filas de sotanas pusiéronse de rodillas y el sacerdote encargado
del Viático avanzó seguido del que le servía de sacristán.
¡Maldición! Estaba aún lejos de la puerta, cuando ya el padre Claudio
había adivinado en él, por su alta estatura y su modo de andar, al
terrible italiano. No quería, sin duda, abandonar su víctima hasta el
último instante, y sabía evitar su comunicación con los extraños al
terrible negocio. Quien le servía de sacristán era el padre Felipe,
aquel imbécil incapaz de discernimiento, y que además guardaba cierto
rencor al enfermo por la falta de miramientos con que siempre le había
tratado.
El padre Claudio perdió la esperanza, contemplando aquellas dos filas de
autómatas arrodillados en la galería. En aquellos momentos encontraba
demasiado perfectas la organización y disciplina de la Compañía. Era
inútil que hablase. Aquellos hombres tenían oídos, pero no oirían;
porque el secreto que iba a revelarles era demasiado grave, y en la
Compañía se prefiere ser sordo, mudo o imbécil, a poseer historias que
molesten a los superiores en su prestigio.
Además, el enfermo no se sentía con fuerzas para dar un escándalo. La
audacia y la habilidad de sus enemigos, que parecían adivinar todos sus
cálculos, había llegado a intimidarle, y hacían aún mayor su debilidad.
El enfermo estaba ya resuelto a morir; pero como última protesta se
propuso no tomar la hostia de tales manos. Discurría con torpeza, pero
pensaba que la hostia bien podía ser un nuevo veneno que le daban para,
acelerar su muerte. ¡Creía el infeliz que no era suficiente el tóxico
que circulaba por sus venas y que iba extinguiendo rápidamente su fuerza
vital!
Entró el padre Tomás en la celda, y tomando el hisopo de manos de su
compañero, roció el lecho con agua bendita murmurando el _Asperges me
Domine hissopo et mundabor_ etc.
Después el italiano se colocó cerca de la cabeza del enfermo y a su lado
el padre Antonio, formando con sus cuerpos una muralla que impedía a los
que estaban fuera ver al enfermo.
Querían aislar al padre Claudio por si intentaba hacer alguna protesta;
pero el infeliz no se sentía con fuerzas para hablar, y se limitó a
lanzar una intensa mirada al padre Tomás.
Sus ojos de moribundo claváronse con tal expresión en el rostro del
italiano, que éste, a pesar de su cínica serenidad, no pudo menos de
inmutarse, y volvió la cabeza, huyendo de aquella mirada que le
perseguía.
El odio más feroz, la rabia más inmensa, asomábanse como una extraña luz
a aquellos ojos que comenzaba ya a empañar la muerte.
El padre Tomás sentía deseos de acabar, mas para recobrar su serenidad,
dijo con su habitual audacia:
--¿Cómo se siente usted, reverendo padre? Animo, que esto no es nada.
El padre Claudio se asombró oyendo aquellas cínicas palabras y en el
primer instante intentó protestar.
--¡Ca... na... llas!...--balbuceó con dificultad.
Y como desesperado por la torpeza de su lengua y la audacia de sus
enemigos, hizo un esfuerzo supremo y girando sobre un costado, volvió el
rostro a la pared.
No quería ver a sus asesinos y en señal de odio y de desprecio, les
volvía las espaldas.
El padre Tomás no se desconcertó. Convenía seguir el acto antes de que
se apercibieran los que estaban arrodillados fuera de la celda, y
sacando del copón una hostia, la elevó a la altura de sus ojos y comenzó
a murmurar la fórmula:
--_Ecce agnus Dei, ecce qui tollis peccata mundi_, etc.
El padre Claudio seguía presentando las espaldas y con el rostro vuelto
a la pared, sin hacer caso de las palabras del sacerdote, que anunciaban
la administración del Viático.
El padre Antonio estaba consternado.
--¿Qué hacemos, reverendo padre?--preguntó al padre Tomás.
--Haga usted que vuelva el rostro el enfermo.
El secretario, empujando dulcemente a su antiguo superior, intentó
hacerle cambiar de posición.
El enfermo contestó con un rugido.
--Dejadme tranquilo... ¿Queréis envenenarme otra vez?
El padre Tomás palideció al escuchar estas palabras.
--Es preciso que el enfermo comulgue--dijo con energía--. El padre
Claudio ha perdido seguramente la razón. A ver: vuélvanlo ustedes,
aunque sea a la fuerza.
El secretario y el atlético padre Felipe se abalanzaron entonces sobre
la cama y con grandes esfuerzos consiguieron cambiar de posición aquella
masa de carne, que aunque inerte e incapaz de resistencia, pesaba mucho
por su volumen grasoso.
El padre Claudio, sujeto por los brazos de los dos jesuítas, quedó en el
lecho tendido de espaldas con la mirada fija en el padre Tomás.
En su rostro, desfigurado por grandes manchas violáceas, que a cada
instante se hacían más visibles, destacábanse los ojos, que lucían con
brillo de intensa cólera.
El padre Tomás no se sentía capaz de mirar frente a frente a aquel
moribundo, que parecía querer asesinarle con sus ojos. Había que
apresurar el acto, y con la hostia en la mano, inclinó el cuerpo,
poniéndola a poca distancia de la boca del enfermo.
--_Accipe frater Viaticum Corporis Domini nostri Jesu Christi, qui te
custodiat ab hoste maligno et perducat in vitam æternam. Amén_.
Y estas palabras eran interrumpidas por la débil voz del padre Claudio,
que tenazmente balbuceaba:
--¡Queréis envenenarme! ¡No me engañaréis!
El padre Tomás miró a su víctima, la vió inmóvil, a pesar de sus
protestas, y avanzó la hostia hacia su boca, murmurando la acostumbrada
fórmula: _Corpus Domini nostri_, etc.
Pero no pudo terminar, pues ocurrió un suceso inesperado.
Al sentir el moribundo, en sus contraídos labios, el contacto de la
Sagrada Forma, se estremeció de pies a cabeza, y haciendo un esfuerzo
para resistir, agitó los brazos desesperadamente.
--¡M...da! ¡M...da!--gritó con voz que parecía salir de la tumba, y que
produjo un movimiento de escándalo y extrañeza en todos los que estaban
arrodillados en la galería.
Y con su nervioso braceo dió un golpe en la mano del padre Tomás, y la
hostia cayó rota sobre las ropas de la cama.
Oyóse un ruido seco semejante al que produce el tapón al saltar de la
botella, y un vómito de sangre negra y pestilente se derramó sobre la
cama, cubriendo los fragmentos de la hostia que acababan de caer.
Después, la cabeza del padre Claudio quedó inerte sobre la almohada.
Había muerto, y en sus labios contraídos y manchados por la inmundicia,
parecía leerse su última palabra, sucia como sus vómitos y soez como el
alma de quien la había dicho.
Era el adiós más propio del padre Claudio al dejar el mundo.