La tempestad se aproxima.
A pesar de que el padre Claudio sabía defenderse bien de cuantos avances
intentaba el astuto jesuíta italiano, estaba cada vez más intranquilo.
Presentía que en torno de su persona se forjaba la tempestad que había
de arruinarle y adivinaba las maquinaciones del padre Tomás, que,
desesperado de arrancarle aquella confidencia por tantos medios
solicitada, iba tejiendo la red que había de envolverle, arrastrándolo a
una entera perdición.
Entre los dos jesuítas no existía ya la fría y recelosa separación,
propia del espía y del que es vigilado. Aquellos dos atletas de la
astucia, al tratarse, habían reconocido sus fuerzas y se odiaban ya con
todo el terrible encono que existe entre rivales.
El padre Claudio no podía perdonar al italiano la tenacidad con que le
asediaba para adivinar su pensamiento, y por su parte, el padre Tomás,
estaba lejos de olvidar que aquel era el primer hombre que había sabido
burlar su astucia y substraerse a sus pérfidas palabras.
El poderoso jesuíta español, tan hábil y pronto en adivinar lo que
pensaban los demás, notaba en el italiano la expresión del sabueso que
ha descubierto un rastro y lo sigue con cautela para no espantar la
pieza.
Esto le hacía redoblar las precauciones y vivir en continua zozobra.
Hacía que sus novicios favoritos, en los que tenía una confianza ciega,
vigilasen de cerca al padre Tomás, pero este sistema apenas si le daba
resultado.
El italiano vivía bastante alejado de todos los jesuítas que residían en
Madrid, y únicamente demostraba sentir algún afecto por el padre
Antonio, el antiguo secretario de su reverencia, con el cual sostenía
largas conferencias en el célebre despacho, siempre que el superior
estaba ausente.
Esta noticia alarmó al padre Claudio.
Tenía motivos sobrados para esperar gratitud y adhesión de su
secretario, que debía a su protección cuanto era en el mundo y en la
Orden. Pero el padre Claudio no era muy inclinado a bellos optimismos.
Sabía de lo que era capaz un jesuíta y estaba convencido de que no podía
esperarse mucho de un ambicioso como el padre Antonio, que además era
fanático por la disciplina y por la más extremada obediencia a la
suprema autoridad de la Compañía.
El padre Claudio adivinó inmediatamente dónde estaba el peligro y de qué
procedimientos se valía su enemigo para averiguar lo que él tan
astutamente sabía ocultarle.
El italiano, convencido ya de que era imposible sondear el pensamiento
de su colega, había puesto sus ojos en el secretario y le asediaba con
sus preguntas, aprovechando todas las ausencias del padre Claudio.
Arrancar la verdad al padre Antonio era confesarle a él mismo, pues el
secretario poseía todos sus secretos y no había asunto en que no lo
hubiese hecho figurar como su "alter ego".
Había que evitar que el padre Antonio se dejase sorprender por el astuto
italiano, o cuando menos, saber a ciencia cierta si el ambicioso
secretario estaba dispuesto a seguir siendo fiel a su superior.
Difícil fué para el padre Claudio el hablar a solas con su secretario,
pues el maldito "socius", como si adivinase su intención, no los dejaba
nunca solos; pero por fin encontró un momento propicio para manifestar
al padre Antonio las sospechas que abrigaba contra su fidelidad.
El secretario protestó; puso a Dios por testigo de sus sentimientos,
recordó los motivos que tenía para ser eternamente fiel a su superior y
habló con un lenguaje franco y conmovedor; pero a pesar de todo esto, el
padre Claudio, que era muy ducho en el conocimiento de los hombres, no
quedó satisfecho.
Cuando se separó de su dependiente, el padre Claudio se decía que allí
había gato encerrado y que indudablemente el padre Antonio estaba en
tratos con el italiano.
Desde aquel día, el célebre jesuíta, más receloso que nunca, acometió la
pesada tarea de vigilar a su secretario y a su "socius".
Nunca, en su larga vida de hábil intrigante, tuvo el padre Claudio tarea
tan abrumadora como la de espiar a aquellos dos hombres astutos, cuyos
rostros petrificados no dejaban adivinar la menor intención.
Todas las estratagemas del viejo jesuíta se estrellaban en aquel
exterior, siempre frío e indiferente, a través del cual sólo un hombre
como el padre Claudio podía adivinar ocultas inteligencias y terribles
planes.
Aquel blindaje de hielo en que se envolvían el "socius" y el secretario
exasperaba al padre Claudio, que llegó a perder la calma terrible, que
antes era el principal motivo de todos sus triunfos.
Transcurrían los días sin que apenas saliese de su despacho por miedo a
que el italiano quedase solo con el secretario, y si por algún asunto
político de importancia era llamado a Palacio, procuraba abreviar la
conferencia y volvía apresuradamente a su casa.
En una de estas breves excursiones, el padre Claudio, que obraba ya como
el más vil espía, volvió a su casa a pie para que el padre Antonio no se
apercibiese de su llegada por el ruido del carruaje, y andando de
puntillas se acercó al despacho.
El "socius" estaba allí como siempre y hablaba en voz muy baja con el
secretario.
Debían de tener muy finos los oídos aquellos dos sujetos, pues callaron
apercibiéndose de que alguien se acercaba, pero el padre Claudio aún
pudo oír estas palabras de su secretario:
--Inútil es que lo repita. Ya sabe usted que yo sólo obedezco al
general, que es para mí la única autoridad de la Compañía.
Aquello demostraba al padre Claudio que estaba vendido, y que su
secretario, aquel protegido que tanto agradecimiento le debía, haríale
traición así que se le antojase al general.
Entró en el despacho el padre Claudio y encontró a los dos jesuítas con
su eterno gesto de seres automáticos y sin voluntad. No cuidó en esta
ocasión de ocultar sus pensamientos el padre Claudio; miró con ira a los
dos compinches, y después instintivamente fijó sus ojos en las
estanterías cargadas de carpetas.
Otro hombre hubiera encontrado aquel archivo enteramente igual a como lo
había dejado, pero él, con su mirada experta, adivinó que durante su
ausencia se había verificado un registro en aquellos papeles.
Aquel día fué, para el padre Claudio, el más cruel que tuvo en su
existencia.
Cuando más exasperado estaba por la calma de aquellos dos miserables
que, después de revolverle el archivo y conspirar indudablemente contra
él, se estaban allí inmóviles y abstraídos como santos en oración;
cuando se sentía con deseos de lanzarse sobre ellos para estrangularlos
y lamentaba interiormente el ser tan viejo y no encontrarse, como en
otros tiempos, capaz de dar de puñaladas a un enemigo, entró en el
despacho un criado de confianza, que se limitó a hacer un signo
misterioso, saliendo inmediatamente.
El padre Claudio le siguió, y en un pequeño gabinete, donde recibía a
los visitantes en secreto, entrególe el criado una carta con sello de
Italia, y que iba dirigida a un nombre desconocido.
Aparte del correo normal para todos los asuntos de la Compañía, el padre
Claudio tenía en Madrid a un infeliz que protegía y a cuyo nombre iban
dirigidas todas aquellas cartas que, por tratar de asuntos particulares,
convenía al jesuíta que fuesen directamente a sus manos. Una crucecita
trazada en un ángulo del sobre daba a entender a aquel pobre diablo que
la carta era para su poderoso protector.
--Acaban de traerla ahora mismo, reverendo padre--dijo el criado--. El
protegido de usted quería entrar, como otras veces, a depositarla en sus
propias manos, pero he logrado que se fuera diciéndole que vuestra
reverencia estaba muy ocupado.
Cuando el padre Claudio quedó solo en el gabinete, procedió a rasgar el
sobre, sin poder dominar su creciente agitación.
Por fin, tenía noticias de Roma, y podría saber cómo iban sus asuntos en
el "Gesú", la residencia del poderoso general.
La carta constaba de tres pliegos, cubiertos de renglones apretados, de
una letra pequeña y compacta.
Antes de leer miró la firma, y no pudo evitar un gesto de extrañeza.
¿Quién era aquel sacerdote "Dom" Vicenzo Novelli, que firmaba? No
recordaba conocer persona alguna de tal nombre, y, aguijoneado por una
curiosidad creciente, se apresuró a leer aquella carta, tan rápidamente
como se lo permitía la letra microscópica y su conocimiento del idioma
italiano.
Al concluir el primer párrafo exhaló un grito que expresaba terror y
sorpresa.
El padre Corsi, su amigo íntimo, su agente en el "Gesú", el que le
preparaba la elección de general, procurando acortar la vida del que
desempeñaba actualmente tan alta autoridad, había tenido un fin trágico
y acababa de morir entre horribles dolores en casa de un pobre sacerdote
romano, que era el mismo "Dom" Vicenzo Novelli, que escribía al padre
Claudio.
La carta contenía una historia horrible, que el padre Claudio leyó
varias veces como si no pudiera convencerse de su verosimilitud.
Era aquello el aviso que un moribundo, por conducto de un amigo fiel,
enviaba a su colega para que se salvara si aún era tiempo.
X
La justicia jesuítica.
El padre Corsi dormía en su celda del "Gesú", de Roma, cuando le
despertó repentinamente una ruda impresión.
En el corredor inmediato sonaban los pasos recatados de varias personas,
y por las rendijas de la puerta filtrábase dentro de la celda una luz
rojiza y vacilante.
El jesuíta se incorporó, en el mismo instante que el reloj de la casa
daba la una de la madrugada y se abría la puerta de la celda, que, según
disponía la regla de la Orden, no podía cerrarse durante la noche.
Dos hermanos robustos y feroces, procedentes del fanático barrio de
Transtevere, y que desempeñaban en la casa las funciones de ayudantes de
cocina, entraron en la celda, y en la puerta se quedaron, inmóviles y
como para cerrar la salida con sus cuerpos, otros dos de igual clase,
que alumbraban con grandes cirios.
El padre Corsi se incorporó despavorido, presintiendo que aquella
extraña visita tendría un resultado fatal.
Conocía los misterios de la Compañía, los golpes de Estado y las
venganzas que ocurrían en su misterioso seno, sin transcender al
exterior, y al ver todo aquel aparato, no dudó que se acercaba su fin.
Dispuesto a defender su vida con palabras y rotundas negativas, como
buen jesuíta, saltó del lecho y se vistió la sotana, obedeciendo a uno
de aquellos fornidos hermanos, que manifestaba, con la mayor cortesía,
al reverendo padre cómo el general estaba aguardándole hacía rato.
El padre Corsi salió de su celda rodeado por aquellos cuatro esbirros
del general.
Varias veces pensó en escapar, adivinando lo que iba a sucederle en la
próxima entrevista; pero el aspecto de aquellos cuatro colosos, con sus
puños descomunales, causaba gran pavor al intrigante padre, que era
pequeño de cuerpo y de fuerzas débiles.
Bien adivinaba el jesuíta lo que aquello podía significar. Toda su
astucia y su recato habían resultado inútiles en aquel "Gesú", donde
hasta las paredes oyen y ven; el más fino espionaje había seguido todos
sus pasos, y sin duda el general conocía perfectamente sus relaciones
con el padre Claudio y las tramas que había preparado para acelerar la
vida de aquella autoridad y proporcionarle pronto un sucesor.
Conforme avanzaba el extraño grupo por los solitarios y obscuros
corredores, el padre Corsi convencíase más de que aquella conferencia
con el general iba a ser terrible.
Había oído hablar de cierta sala subterránea donde se castigaba a los
traidores a la Compañía y a los que intentaban perturbarla, y comprendía
que a ella le conducían sus guardianes, en vista de que bajaron la gran
escalera sin detenerse en el primer piso, donde estaban las habitaciones
del general.
Llegó el grupo a los claustros del piso bajo y se encaminó hacia el
extremo, donde estaban los almacenes destinados a guardar los muebles
viejos.
Una puerta, en la que nunca se había fijado el padre Corsi, por creer
que estaba condenada, aparecía abierta, y por ella penetraron los dos
guardianes que le precedían y que eran los que llevaban los cirios.
El aterrorizado jesuíta se detuvo. Aún era tiempo de resistir. Podía
gritar, y tal vez el escándalo que sus voces produjeran en el "Gesú"
detendría a aquellos hombres que llevaban en sus rostros una expresión
feroz.
Pero apenas se detuvo, formulando en su interior tal pensamiento, se
sintió cogido por los brazos y empujado rudamente por los otros dos
hermanos que le seguían.
--Adelante, reverendo padre--dijo con voz ronca uno de ellos, mientras
el otro cerraba de golpe la puerta.
Atravesó el grupo varias habitaciones tenebrosas y desamuebladas, cuyo
ambiente húmedo, polvoriento y obscuro apenas disipaban los cirios, que
formaban en el espacio dos rojas manchas, y, de repente, el jesuíta notó
que bajaban por una rápida pendiente, viscosa y resbaladiza, al final de
la cual abríase una puerta de arco irregular, que en aquellas tinieblas
se destacaba como una dentada mancha de luz.
Los cuatro esbirros agrupáronse en la puerta y el padre Corsi fué
empujado al interior de una vasta sala, cuyos muros estaban formados por
grandes piedras sillares, que tenían el tinte negruzco de la antigüedad.
Frente a la puerta, un Cristo, horripilante, de doble tamaño natural,
extendía sus descarnados y gigantescos brazos sobre el muro, y al pie de
esta figura, sentados tras una mesa con negro tapete, inmóviles, pálidos
y fríos como cadáveres, estaban el general y seis jesuítas de los más
ancianos de la Orden, que vivían en el "Gesú", como en un cuartel de
inválidos. Dos candelabros cargados de cirios y puestos sobre la mesa
alumbraban aquel tribunal de ultratumba, que horrorizaba antes de
hablar.
Transcurrieron algunos minutos sin que nada turbase aquel silencio
absoluto, propio de una habitación situada doce metros más abajo del
nivel del suelo.
El padre Corsi miró, con ojos extraviados por el terror, aquella sala
horrible, aquel mudo tribunal, y se sintió próximo a desfallecer. La
inmensidad de su miedo prodújole una idea consoladora. Aquello no podía
ser real. Sin duda, estaba soñando y era víctima de una cruel pesadilla,
de la que se reiría al día siguiente.
Tan horrible escena no podía ser cierta. El había oído hablar de una
sala de tormentos dentro del "Gesú" y de horrorosos castigos; pero esto
debían de ser invenciones de los enemigos de la Compañía, y lo que él
estaba viendo era producto de una pesadilla que no tardaría en
desvanecerse.
Pero a pesar de estas ilusiones que se hacía mentalmente, el silencio
de aquel tribunal le helaba la sangre de espanto. Sentíase anonadado por
aquella amenazante frialdad y deseaba que hablasen el general y los
suyos cuanto antes. Así al menos podría él contestar, defenderse, y se
convencería de si aquello era sueño o realidad.
El padre Corsi, que era tan cobarde físicamente como audaz y arrebatado
en sus intrigas, estremecíase al pensar que pudiera resultar cierta
aquella obscura leyenda que se relataba en el "Gesú" sobre la cámara del
tormento.
¿Dónde estaban los instrumentos de tortura? Miraba a todas partes y no
veía potros ni garruchas; pero en un extremo de la vasta cámara sonaba
una sorda crepitación, y, fijándose bien, distinguió un gran brasero
cargado de fuego, del cual saltaban algunas chispas y cuyas brasas iban
inflamándose al contacto de la columna de aire fresco que entraba por la
puerta.
Aquel fuego en pleno verano horrorizó al padre Corsi; pero pronto una
voz vino a impedirle que pensase en lo que el brasero podía significar.
Era el general quien le hablaba, fijando en él sus ojos brillantes e
irritados, que eran el único detalle de vida que se notaba en su rostro,
inalterable como el de una momia.
--¿Sois el padre Luis Corsi, profeso de los cuatro votos de la Compañía
de Jesús y residente en Roma por estar al servicio de la alta dirección
de la Orden?
El interpelado, a quien el terror había anudado la garganta, hizo un
signo afirmativo con la cabeza.
Estaba a un extremo de la mesa un jesuíta joven, de rostro repulsivo,
que hacía las veces de secretario, y que comenzó a escribir encabezando
el acta con el nombre y condiciones del procesado.
El jesuíta, mientras tanto, se dirigió a sus compañeros de tribunal, que
permanecían impasibles:
--Reverendos padres: por pertenecer al alto grado de la Compañía, lo
mismo que ese desventurado que ante vosotros se encuentra, conocéis el
reglamento secreto por que se rigen los iniciados que dirigen la Orden,
y que es un misterio hasta para aquellos hijos de Loyola que no han sido
iniciados en el grado supremo. A pesar de esto, voy a leeros todos los
artículos de nuestra Constitución secreta concernientes al caso, porque
así me está prescrito.
Los seis jueces permanecieron inmóviles y el general tomó de encima de
la mesa un viejo cuaderno manuscrito, que trataba del gobierno de la
Compañía de Jesús. Estaba redactado en latín, como todos los documentos
de la Orden. Lo hojeó el general, y al llegar al título IV, comenzó a
leer, sin despojarse ni un solo instante de su impasibilidad.
_"Artículo primero. Si quis superioris gradûs Pater fuerit
traditor, at que sinu Societatis rebellis ac fautor discordiæ
reperiatur, pereat._
_Art. 2.º Secretior tribunal judicet illum, ubi sex sedeant Patres
superiores gradûs á sorti designati, præsidente Præfecto._
_Art. 3.º Sententia nisi sex Patrum judicum, Patrisque Præfecti
Generalis unanimi suffragio, non pronuntietur._
_Art. 4.º Reus in ergastulo apparitorum manu reclaudator."_[1]
[1] Artículo 1.º Si algún padre de alto grado fuese traidor y se
descubriese que es un rebelde y un fautor de discordia en la Compañía,
debe morir.
Art. 2.º Será juzgado por el tribunal secreto, al que asistirán, bajo
la presidencia del general, seis padres del alto grado, designados por
la suerte.
Art. 3.º La sentencia no se pronunciara más que por unanimidad de los
sufragios de los seis padres jueces y el reverendo padre general.
Art. 4.º El reo será encerrado en el calabozo por mano de los porteros
ayudantes.
(_Del gobierno secreto de la Compañía de Jesús._ Título IV.)
El padre Corsi, en su calidad de jesuíta de alto grado, iniciado en los
más importantes misterios de la Orden, conocía aquel terrible código en
todas sus partes; pero a pesar de esto la lectura de tales artículos
prodújole una recrudescencia en el horror que experimentaba desde que
entró allí.
Reinó un largo silencio después de la lectura de los artículos.
El general parecía meditar, y por fin, levantando su cabeza, dijo a los
otros jueces:
--Padres: el hombre que tenéis ahí está comprometido en el primero de
los artículos citados, y debe morir. No ha perturbado directamente la
organización de la Compañía, pero ha hecho algo más, pues ha intentado
asesinar al que es legítimo y supremo representante de la Orden; a mí,
que soy el general de la Sociedad de Jesús. No necesito explicaros la
gran trascendencia de tales maquinaciones y el gran peligro que correría
la Orden si un hecho tan criminal quedara sin castigo. ¿Creéis,
reverendos padres, que quien atenta contra la vida del general de la
Compañía merece la muerte?
Los seis jueces, que seguían inmóviles y mudos, contestaron quitándose
los bonetes.
--Ya lo veis, padre Corsi. El supremo tribunal de la Compañía opina que
quien atenta contra la vida del general debe perecer. Ahora, únicamente
se trata de saber si vos, en combinación con otros padres de la Compañía
que se hallan muy lejos, habéis intentado asesinarme. Contestad, padre
Corsi. Se os acusa de haber maquinado mi muerte por envenenamiento. ¿Qué
decís a esto?
El padre Corsi deseaba defenderse, y a pesar de aquel terror que anudaba
da voz en su garganta, se apresuró a contestar:
--Niego.
Y fué a pronunciar una larga defensa, pero el general le interrumpió:
--Callaos, padre. Negáis y ya no es necesario que habléis más. Oíd al
padre secretario que va a leeros la acusación.
El jovenzuelo antipático dejó de escribir y, tomando un papel de encima
de la mesa, comenzó a leer con entonación monótona.
Aquella acusación terrible hizo llegar a su más alto grado el terror del
padre Corsi.
Sabía que el espionaje había llegado en los jesuítas al mayor
perfeccionamiento, pero nunca había llegado a imaginarse que pudieran
vigilar dentro del "Gesú", hasta el punto de conocer sus más
insignificantes actos.
Cuanto había hecho el jesuíta desde muchos meses antes, constaba en
aquella acta acusadora, confundiendo al infeliz reo. Sabíase que todas
las semanas sostenía correspondencia con un sujeto de Madrid,
recatándose para ello y llevando por sí mismo las cartas al correo para
evitar que se extraviaran; suponíase que esta correspondencia, aunque
con nombre supuesto, iba dirigida al padre Claudio, superior de la Orden
en España; citábanse numerosos detalles que demostraban las subversivas
y criminales intenciones del padre Corsi, y, al final del documento,
como golpe de gracia para el infeliz acusado, figuraba una declaración
del hermano encargado de la cocina, el cual juraba por Dios que el
citado padre, después de dedicarse durante algunos meses a captarse su
voluntad, le había propuesto envenenar al general, a lo que él accedió
inmediatamente, sin perjuicio de ir acto seguido a revelar a su superior
cuanto ocurría, descubriéndose de este modo la odiosa trama.
El padre Corsi estaba horrorizado. Su vida de mucho tiempo aparecía allí
consignada día por día, y, aunque el acusador no presentaba pruebas,
resultábale imposible al reo el justificarse.
Cuando el acusador terminó su lectura y se restableció el glacial
silencio, el general, levantando su cabeza, que tenía inclinada sobre el
pecho, preguntó al acusado:
--¿Tenéis que decir algo contra esa acusación?
--Toda ella es falsa--contestó con voz ahogada el infeliz--. Es sin duda
obra de algún enemigo que quiere perderme. Yo nunca he intentado nada
contra mi general.
Y luego, con la tenacidad de un náufrago que intenta alcanzar el madero
que ha de salvarle, dijo con más energía:
--¡Pruebas!... ¡Vengan las pruebas de mi crimen! Seguramente que nada
podrá presentarse contra mí.
--Se presentarán las pruebas a su debido tiempo--contestó el general con
frialdad--. Mientras tanto, contestad breve y verídicamente a cuanto se
os pregunte. ¿Acostumbráis a escribir mucho en vuestra celda?
--Algunas veces escribo a varios amigos que tengo en las ciudades de
Italia, donde he residido; pero esto, con poca frecuencia.
--¿Cuando escribís secáis vuestras cartas con arenilla?
El padre Corsi reflexionó antes de contestar. Siempre había usado, al
escribir, el papel secante; pero creyó mejor el negarlo, por ese
instinto de falsedad que siente todo acusado de conciencia intranquila,
y afirmó:
--Sí, reverendo padre; gasto arenilla.
--Y ¿no hacéis nunca uso del secante?
El general miró de un modo tan terrible al acusado, que éste balbuceó:
--Sí; creo recordar que también lo he usado algunas veces.
--Acercaos a la mesa, padre Corsi, y ved si reconocéis la hoja de
secante que el padre secretario tiene en sus manos.
El acusado obedeció, fijando sus ojos con expresión estúpida en aquella
hoja de secante que le enseñaba el jesuíta. Era blanca y estaba manchada
por algunos borrones y garabatos ininteligibles. Eran, sin duda, las
huellas que en la hoja habían dejado los renglones secados.
--Este papel--continuó el general--ha sido encontrado en vuestra celda.
El padre Corsi pensó que negar empeoraría su situación. Miró el papel,
en el que nada sospechoso se leía, y dijo después:
--Aunque no recuerdo si este papel ha sido mío, bien pudiera haberme
pertenecido. Ni niego ni afirmo.
--Está bien; padre secretario, haced delante del acusado la prueba que
antes habéis mostrado al tribunal.
El joven secretario sacó de debajo del montón de papeles un pequeño
espejo y colocó ante el cristal el pedazo de secante.
--Padre Corsi--continuó el general--, mirad ese espejo y ved si podéis
leer algo.
El acusado comprendió inmediatamente lo que significaba aquella orden y
se estremeció de espanto. Estaba ya cogido en la red.
Las huellas que en aquel papel había dejado el escrito secado parecían
garabatos ininteligibles miradas directamente, pues el orden de las
letras en las palabras estaba invertido; pero puestas ante el espejo,
recobraban su primitiva posición, ya no estaban al revés, y se
reflejaban en el cristal de modo que la lectura era fácil.
Todo el contenido de la página secada surgía en el espejo, y aunque
algunas palabras donde la pluma no había apretado mucho aparecían
borrosas, el conjunto era perfectamente legible.
El padre Corsi, ante aquel descubrimiento inesperado, se sintió
desfallecer y sus rodillas se doblaron, cayendo de hinojos el infeliz.
--¡Perdón, padre mío! ¡Misericordia! Ha sido una tentación del diablo.
Perdonadme, que nunca más me sentiré acometido por tan malos
pensamientos.
Las quejas y sollozos de aquel desventurado no causaron efecto en el
tribunal.
--Padres--dijo el presidente--: la prueba es completa. Antes de
sentenciar invoquemos, según costumbre, a la gracia divina para que nos
ilumine.
Todos los jueces, con la cabeza descubierta, se arrodillaron y los
cuatro legos que obstruían la puerta hicieron lo mismo.
Durante algunos minutos aquel augusto silencio sólo fué turbado por el
murmullo que producía el "Veni Sancte Spíritus" que rezaban y los
sollozos del reo que, con la cabeza sobre las baldosas, lloraba como un
niño.
El tribunal terminó su rezo y volvió a ocupar sus asientos.
--Padres, ya conocéis la fórmula de sentenciar; pero la costumbre me
ordena que os la advierta. Si creéis que basta con expulsar de la Orden
al reo, contestad a mi pregunta: "¡Expelleator!"; si le creéis digno de
absolución, decid "¡Insons!; pero si le consideráis merecedor de la
muerte, contestad "¡Pereat!" ¿Estáis prontos a sentenciar?
Los seis jueces inclinaron sus cabezas.
Comenzó el terrible acto, y el infeliz reo, que seguía con el rostro
sobre el suelo, oyó seis veces la palabra "¡Pereat!", dicha por diversas
voces, pero siempre con igual energía.
Su muerte estaba ya acordada.
--¡Levantad al padre Corsi!--gritó el general.
Inmediatamente los mocetones que ocupaban la puerta se abalanzaron sobre
el reo, lo pusieron en pie y siguieron sujetándolo, pues el desdichado
no podía sostenerse.
--¿No hay misericordia para mí?--decía suspirando, y el tribunal seguía
siempre mostrando su fría serenidad.
El padre Corsi, en un rapto de desesperación, cambio por completo de
aspecto. La proximidad de la muerte le dió una repentina serenidad y no
quiso seguir mostrándose débil.
Ya que iba a morir, quería al menos no proporcionar al general, a quien
odiaba por causas particulares desde mucho tiempo antes, una
satisfacción, cual era el espectáculo que él ofrecía llorando y gimiendo
como una mujer.
--¡Soltadme, hermanos!--dijo a los que le sujetaban--. Puedo aún
sostenerme y no se dirá de mí que no sé morir con dignidad. ¿Dónde está
el calabozo donde seré enterrado vivo? Deseo entrar en él cuanto antes,
para librarme de vuestra odiosa presencia, padre general.
Y aquel hombrecillo antes tan débil, enloquecido ahora por el terror,
mostraba una serenidad heroica y erguía su cuerpo mirando con desprecio
al tribunal.
--No tengáis prisa, padre Corsi--contestó el general, sonriendo por
primera vez de un modo que daba miedo--: tiempo os quedará para
aburriros de estar solo en vuestro calabozo. Nuestras leyes os conceden
que antes de encerraros os pongáis a bien con Dios. Podéis confesaros
vuestras culpas con el padre que os dignéis escoger de cuantos están
aquí.
El reo prorrumpió en una carcajada estridente.
--¿Con vosotros?... ¿Confesarme con vosotros?... Muchas gracias, padre
general. Conozco demasiado a todos cuantos están aquí, para ir a
revelarles secretos que sólo a mí me importan. Además, estoy próximo a
la muerte y ante la tumba el hombre no miente. Basta ya de farsa. Yo no
creo en muchas cosas que vosotros, al salir de aquí, fingiréis tenerlas
como ciertas. No me confieso. A nadie le importan mis secretos. Ya que
muero quiero que ciertas cosas me acompañen a la tumba... Se acabaron
los fingimientos y las comedias de fe.
El tribunal había salido de su impasibilidad para interrumpir varias
veces al sentenciado:
--¡Impío!... ¡Blasfemo!...
El padre Corsi era el que ahora permanecía impasible, gozándose
interiormente con la irritación que sus palabras producían en sus
jueces.
El general fué el primero en serenarse.
--Padres míos, os recomiendo la calma. El sentenciado quiere llevarse a
la tumba secretos de gran importancia para la Compañía. Tenía cómplices
de su crimen y esto es lo que importa averiguar. Escribía con frecuencia
a Madrid, y aunque presumimos quién podía ser la persona con quien se
comunicaba, no tenemos de ello certeza absoluta. Los renglones impresos
en este secante y que habéis leído antes por medio del espejo, son
fragmentos de una carta en la que él habla de sus preparativos para dar
fin a mi vida. Se dirige en ella a una persona de su confianza, a un
amigo a quien promete un gran porvenir cuando yo muera; pero su nombre
no figura allí y esto es lo que nos importa saber. ¿Creéis, padres, que
tenemos derecho a que el sentenciado nos revele ese nombre antes de ser
encerrado en el calabozo?
--Ya lo oís, padre Corsi; estáis en el deber de revelarnos ese nombre.
Hablad, pues.
--No quiero, general asesino; no hablaré. Se trata de un amigo, de un
buen compañero, que ha sido bondadoso para mí y me ha dispensado siempre
tantos favores como tú perjuicios. No diré su nombre; puede hacer el
tribunal lo que guste.
--¡Oh! Hablaréis, padre Corsi--dijo el general, reproduciendo su
horripilante sonrisa--. Algo que no esperáis os hará decir la verdad.
Creed, desgraciado padre, que sentimos en el alma amargar con crueles
tormentos el poco tiempo que os queda de vida.
--¡Miserable!--dijo el sentenciado por toda contestación--. En ti está
la crueldad hermanada con la más dulce hipocresía. Mereces ser el
general de la Compañía.
--Por última vez: ¿declaráis el nombre de vuestro cómplice? ¿Es el padre
Claudio? Reparad que estamos convencidos de ello. Y únicamente queremos
vuestra declaración para ratificarnos.
--No--dijo con energía el sentenciado--. No es el padre Claudio, al que
apenas conozco. Es otro; pero nunca diré su nombre.
--Hermanos, cumplid vuestra misión.
A esta orden, dada con indiferencia, dos de los robustos legos dejaron
de sujetar al padre Corsi y se dirigieron al rincón donde estaba el
descomunal brasero.
Cogieron del suelo un gran fuelle, avivaron el montón de rojos carbones
y después, valiéndose de su fuerza hercúlea, arrastraron el brasero al
centro de la sala.
El padre Corsi no había presenciado esta operación por verificarse a sus
espaldas; pero de pronto sintió una impresión de calor y volviéndose vió
aquel montón de fuego que lucía de un modo horrible en le penumbra.
Aquello desvaneció la serenidad que había mostrado momentos antes.
Al ver el fuego dió un salto atrás e intentó librarse de aquellos dos
legos que le sujetaban con sus robustos brazos; pero, repuestos los
guardianes de la sorpresa que en el primer instante les produjo el
repentino movimiento, lo aprisionaron con más fuerza.
El padre Corsi, como un mísero ratoncillo entre las zarpas de dos
gatazos, se revolvía furioso y desesperado; pero a los pocos instantes
fué derribado al suelo y allí, con la sotana desgarrada y el rostro
arañado, permaneció inmóvil.
Sintió cómo bruscamente y a tirones le arrancaban los zapatos y las
medias, y así que quedó descalzo, la voz del general volvió a sonar,
aunque con tono marcadamente sardónico.
--Nuevamente os lo ruego, querido padre Corsi. Decidnos quién era
vuestro cómplice y no nos deis el disgusto de obligarnos a atormentaros.
El desgraciado, indignado por aquel ruego hipócrita, contestó con un
juramento indecente, y acto seguido sintióse levantado del suelo, en
posición horizontal, por ocho robustos brazos.
Un rugido horrible, espeluznante, retumbó en la sala.
Los pies del padre Corsi acababan de descansar sobre aquel montón de
fuego. Intentó el infeliz contraer las piernas para escapar de aquel
tormento, pero uno de los cuatro sayones se las sujetaba con hercúlea
fuerza, haciendo que los pies quedasen inertes sobre el brasero.
Rugía el infeliz con voz que no parecía humana y se agitaba en agónicas
convulsiones entre aquellos brazos que le tenían agarrotado.
El fúnebre silencio que reinaba en aquella sala era turbado por los
mugidos de dolor que exhalaba el sentenciado, víctima de los más
horribles dolores.
Chisporroteaba el fuego con más fuerza que antes, y un humo espeso, de
olor grasiento y nauseabundo, esparcíase por la sala.
Los pies del padre Corsi se carbonizaban envueltos en las ardientes
brasas. Era imposible resistir más y el jesuíta iba a desmayarse.
--¡Misericordia, asesinos!--dijo con vez débil--. ¡Tened piedad de mí!
--Hablad--contestó el general, que seguía tan frío como de costumbre
ante aquel horrible espectáculo--. Decid lo que os preguntamos.
El reo hizo una señal afirmativa, y los cuatro hermanos le retiraron del
tormento y lo pusieron en posición horizontal, aunque sosteniéndole para
que no tocase el suelo, pues sus pies eran dos informes muñones,
chamuscados y sangrientos, que esparcían un hedor insoportable.
--Padre secretario, escribid--dijo el general--, que el padre Corsi va a
revelaros quién era su cómplice. ¿Era el padre Claudio?
El infeliz mutilado, en medio de su cruel situación, aún intentó
resistir; pera la vista del brasero, la terrible mirada del general y
aquel dolor horrible que le producía espeluznantes convulsiones, dieron
al traste con su valor que renacía, y en voz baja, como si se
avergonzara de su debilidad, contestó:
--Sí; era el padre Claudio.
Aun le hizo el general numerosas preguntas sobre el fin que perseguían
con sus maquinaciones, contestando el padre Corsi con desmayados
monosílabos.
Cuando quedó claro y palpable que el padre Claudio, por medio de su
amigo Corsi, había intentado escalar la suprema autoridad de la Compañía
envenenando al general, éste se dió por satisfecho.
--Terminado el juicio, padres míos--dijo a los demás jueces--, el acta
en que se consigna cuanto aquí ha ocurrido, una vez escrita con arreglo
a nuestra clave secreta, quedará en el archivo secreto de la Compañía.
Ahora sólo falta que se cumpla la sentencia.
--Hermanos--continuó, dirigiéndose a los cuatro legos--, conducid al
padre Corsi a su última morada.
El infeliz, desalentado y poseído ya del vértigo que le producían su
horrible situación y sus heridas, apenas se sintió conducido por los
brazos de aquellos hombres.
Abrióse una pequeña puerta en un extremo de la subterránea sala y el
fúnebre grupo bajó unos cuantos escalones, dejando al sentenciado sobre
el húmedo suelo.
La impresión de frescura que aquellas losas produjeron en los abrasados
pies del padre Corsi, le reanimaron momentáneamente haciéndole abrir los
ojos.
Una densa obscuridad le envolvía. La puerta del calabozo acababa de
cerrarse con gran ruido de hierros, y allá arriba sonaban los pasos de
los jueces al retirarse.
El padre Corsi lloró en aquel supremo instante como un niño.
¡Ya había muerto! Los hombres le abandonaban para siempre, y aquel resto
de vida que le dejaban, era para que gustase todas las amarguras
horripilantes de la tumba.
* * * * *
El sacerdote "Dom" Vicenzo Novelli decía en su carta al padre Claudio
que no sabía ciertamente del modo como su amigo Corsi había salido de
aquel "im pace".
En las primeras horas de la madrugada, un hombre desconocido y de
atlética figura había llamado a la puerta de su casa y apenas entró en
ella, dejó sobre una silla al padre Corsi, que estaba en un estado
deplorable.
El desdichado jesuíta, a fuerza de cuidados, aún vivió dos días, y
aprovechando los momentos en que sus dolores no le privaban del
conocimiento, relató a su amigo el sacerdote romano cuanto le había
ocurrido en el subterráneo del "Gesù", encargándole encarecidamente que
pusiera todo el suceso en conocimiento del padre Claudio, para que éste,
una vez advertido, pudiera librarse de la venganza del General, que iba
a caer sobre él.
En cuanto a su evasión del "im pace", el padre Corsi guardó un profundo
silencio. Había jurado al que le salvó sacándole de allí, guardar el
secreto, pues de lo contrario podía ser víctima de la venganza
jesuítica.
Nada cierto sabía "Dom" Vicenzo, pero por algunas palabras que se le
escaparon a su amigo, tenía la sospecha de que el misterioso salvador
que en la misma noche del suplicio le había sacado del calabozo, era el
cocinero, que después de delatarlo al General se había arrepentido de su
vileza y había procurado borrarla, librando a su víctima de la muerte.
Cuando el padre Corsi mostraba tanto empeño en ocultar el nombre de su
salvador, era porque éste dependía del General y podría ser víctima de
una venganza.
El sacerdote romano terminaba su carta, manifestando que nunca más
volvería a relatar a nadie la historia de aquel infeliz amigo que había
muerto en su casa, víctima de espantosas quemaduras.
No quería que el General de los jesuítas supiera que él era depositario
de su secreto y que había recibido en casa a su mutilado enemigo.
"Conozco demasiado--decía--el poder de la Compañía y la facilidad y
prontitud con que sabe librarse de aquellos que le estorban. A pesar de
que no os conozco, reverendo padre, siento hacia vos una viva lástima.
Sé quién es el padre General y hasta dónde llega su carácter iracundo y
vengativo. Si queréis seguir el consejo de un hombre anciano y
experimentado, creedme; apenas leáis esta carta salid de la Compañía y
poneos en salvo. El rayo de Roma no tardará en caer sobre vuestra
cabeza."