La entrada en la Orden.
Terminado el noviciado, Ricardo Baselga fué llamado a Madrid para
prestar sus primeros votos y entrar de lleno en la Compañía.
No tenía aún la edad a que se acostumbraba admitir a los otros novicios,
pero la poderosa protección del padre Claudio era suficiente para que el
joven fuese recibido en la categoría de hermano coadjutor.
Al padre Claudio, y a los intereses de la Orden en general, convenía que
el joven fuese a vivir en la casa-residencia de Madrid.
Era un espectáculo edificante y conmovedor, que impresionaba mucho a la
aristocracia afecta a la Compañía, ver al heredero de una de las más
ricas y nobles casas vistiendo la raída sotana del jesuíta, viviendo en
la mayor pobreza y mostrando en su exterior una humildad resignada y
dulce.
Aquel novicio noble y en camino de ser santo aumentaba el prestigio de
la Orden y honraba mucho a todos sus compañeros.
La aparición de Ricardo Baselga en Madrid resultó un acontecimiento para
la aristocracia devota.
La baronesa de Carrillo fué felicitada por todas sus amigas, y la
residencia de los jesuítas vióse visitada por las damas más encopetadas
de las cofradías, que acudían a contemplar con el interés que inspira un
ente raro a aquel aristócrata próximo a ser santo, quien, por su parte,
las recibía huraño y sordamente irritado, al ver interrumpida su vida
devota por la pública curiosidad.
Llegó por fin el momento de prestar los votos y Ricardo se dispuso a
ello poseído de la más grande emoción.
Su primer voto fué el de castidad, y verdaderamente el joven no tenía
conciencia de lo que prometía y a lo que se obligaba. Había vivido
alejado del mundo; la única mujer de la cual habíase hallado cerca era
su hermana Enriqueta, y nunca se había sentido envuelto en el ambiente
voluptuoso que rodea a toda joven hermosa, ni sentido el loco
estremecimiento de la carne.
Aquel juramento era una vana fórmula. Se prometían en él sacrificios
cuya importancia se ignoraba, y era indudable que el voto peligraría
apenas aquel organismo, virgen de todo estremecimiento amoroso, se
conmoviera sintiendo los brutales pinchazos de la pasión. La primera
mujer que las circunstancias de la vida arrojasen al paso del futuro
santo podía dar al traste con su voto de castidad.
El segundo voto fué el de pobreza, y de seguro que a no tener el ánimo
perturbado por una educación inspirada en el fanatismo, Ricardo hubiese
sonreído al prestar dicho juramento.
¿Dónde estaba la pobreza dentro de la Orden? ¿Dónde las privaciones que
aquélla impone? El jesuíta es pobre, nada propio posee; pero la Compañía
es inmensamente rica, y tan perfecta es su organización, que ninguno de
sus individuos deja de gozar las más envidiables comodidades. El voto de
pobreza reducíase a no tener ahorradas algunas monedas en el bolsillo,
pero en cambio tampoco había que preocuparse de las necesidades de la
vida, pues la administración jesuítica todo lo preparaba y lo tenía
previsto. Bastaba ser obediente y sumiso a las órdenes de los
superiores, que éstos ya se encargaban de proporcionar todo lo
necesario.
Nada importaba no tener dinero propio, pues esto aun ahorraba
preocupaciones y disgustos. Cuando sintiera hambre, encontraría siempre
una mesa cubierta de las viandas más suculentas y de las frutas más
exóticas; en todos los puntos del globo hallaría un techo propio bajo el
cual guarecerse, y si sus superiores le ordenaban un viaje, no le
faltarían los medios para hacerlo con la mayor comodidad, pues nunca se
encuentra a un padre jesuíta en un vagón de tercera clase.
El tercer voto fué de obediencia, y Ricardo lo prestó aun con mayor
entusiasmo que los otros dos.
Ser soldado fiel de la Iglesia y del Papado le entusiasmaba, y su misma
excitación no le dejaba pensar en la falsedad del voto. Aquella
obediencia no era eterna, pues la Compañía le podía expulsar de su seno
cuando lo creyese conveniente, o él salir de ella, si tenía razones
graves en que fundarse.
El voto resultaba innecesario tanto más cuanto que ya se sabía que
dentro de la Orden había que obedecer forzosamente; pero a pesar de
esto, Ricardo hizo su juramento sin que decayera su entusiasmo.
Terminada aquella especie de iniciación, Ricardo se sintió otro hombre.
Ya era jesuíta, ya pertenecía a aquella santa Compañía que se le había
aparecido siempre como una asociación de bienaventurados, que tenía en
su poder las llaves del cielo.
Siguiendo lo dispuesto en las Constituciones de la Orden, Ricardo,
después de sus dos años de noviciado pasados en prácticas devotas, había
de dedicarse otros dos años a estudios literarios para descansar un
tanto el ánimo perturbado por el ascetismo y poner la ilustración como
contrapeso a una exagerada piedad.
El joven Baselga dedicóse al estudio de la retórica con el entusiasmo
que manifestaba por todo aquello que le ordenaban sus superiores, y
experimentó gran placer con la lectura de los clásicos, cuyas obras
resultaban para él tesoros de desconocida hermosura.
La revolución del 22 de junio le sorprendió en Madrid, y encerrado en la
casa de la Orden, estuvo escuchando el horroroso estruendo de aquella
lucha, sin que él, en su ignorancia de las cosas del mundo, supiera
explicarse el por qué de tan general matanza.
Al día siguiente supo que su cuñado Quirós, al que apenas conocía, pero
a quien respetaba mucho por las brillantes defensas que hacía de la
religión, había sido muerto de un balazo a la puerta de su casa, y que
su hermana Enriqueta estaba tan impresionada por el susto, que se temía
perdiese la razón.
Ricardo, a pesar de su frialdad de santo, experimentó cierto trastorno
moral al saber el estado de su hermana, y por primera vez se preocupó de
su familia, mostrando espontáneos deseos de verla.
Acompañado del padre Claudio fué a su casa, y faltándole aquella fuerza
de voluntad que le hacía mirar con indiferencia las miserias de la vida,
se impresionó ante el espectáculo que ofrecía la infeliz Enriqueta,
demacrada, casi ciega, tendida en el lecho, encerrada en el más
desesperante mutismo y tarda en reconocer las personas que la rodeaban.
Doña Fernanda tenía un firme convencimiento de que aquello era el
castigo que Dios imponía a su hermana por haberse enamorado de un
"pillete republicano" y haber huido con él de la casa paterna, y creía
también que Enriqueta cayó en tal estado de imbecilidad así que vió el
cadáver de Quirós tendido en el arroyo.
Ignoraba la devota aragonesa que la verdadera causa de encontrar a su
hermana, en aquel día fatal, inerte en el balcón y con una herida en la
cabeza, producida al desmayarse, consistía en que Enriqueta había visto
huir de la cercana barricada al "bandido descamisado" (como decía doña
Fernanda), y caer después en poder de una patrulla que iba a fusilarlo.
El joven jesuíta, con el corazón oprimido y haciendo esfuerzos por no
llorar, contempló a su infeliz hermana.
En aquella triste ocasión vió por primera vez a su sobrina María, a la
que no se atrevió a tomar en sus brazos por temor a faltar a su voto de
castidad.
Aquellas mejillas cubiertas por las tintas rosadas de la niñez, aquellos
ojos de inocente y cándida fijeza, daban miedo al fanático, que apartó
prontamente sus ojos del rostro que le sonreía con infantil gracia.
Aquella visita fué lo único que turbó la vida religiosa del joven. En
adelante siguió como siempre sujeto a las reglas de la Orden, no
permitiéndose otro recreo que el concedido por sus superiores, y
paseando siempre en unión de otros dos compañeros que le espiaban y a
los que él espiaba, so pena de faltar a la santa doctrina de la
Compañía.
Algún tiempo después de tal visita, que fué la última que hizo a su
hermana, Ricardo tuvo una importante conferencia con el padre Claudio.
Salía el joven jesuíta de la clase de retórica y se dirigía a su cuarto
para esperar, estudiando, la hora de refectorio, cuando un hermano lego
le anunció que el padre Claudio, que acababa de entrar en la santa casa,
le estaba esperando en su despacho.
Era muy raro que el poderoso jesuíta, en aquellas horas de la mañana,
visitase la casa residencia, a no tener que resolver en ella algún
negocio importante.
Ricardo sabía algo de las costumbres del superior, y no dejaba de
causarle extrañeza aquel llamamiento. El padre Claudio hacía por la
tarde todas sus visitas de inspección a la casa jesuítica, pues pasaba
la mañana en la casa donde de antiguo tenía un archivo y un despacho,
entregado al estudio de los importantes negocios de la Orden.
La rareza de aquella visita no podía menos de excitar su curiosidad;
pero Ricardo, recordando que el principal deber de un jesuíta es
obedecer las órdenes de sus superiores sin pararse a comentarlas,
cumplió inmediatamente el mandato y se dirigió a la habitación que
servía de despacho al padre Claudio, cuando éste se hallaba en la casa
de la Compañía.