Salió Ricardo de Madrid, sin despedirse de la baronesa ni de Enriqueta,
pues para ser buen jesuíta habíase propuesto olvidar que tenía una
familia en el mundo.
Apenas entró en el colegio de Loyola experimentó una satisfacción sin
límites.
El padre director, jesuíta adusto, de facciones demacradas y ojos
feroces, que parecían transparentar el chisporroteo de un oculto fuego,
le ordenó que se despojara de su traje y le hizo vestir el hábito talar.
Aquella fué la mayor alegría que el joven experimentó en su vida.
Rapado a punta de tijera; embutido en una sotana estrecha, raída y de un
negro amarillento; con medias de estambre y gruesos zapatos, Ricardo se
confundió entre un centenar de jóvenes pálidos, demacrados, de aspecto
receloso y mirada hipócrita, que eran los novicios que en aquel
establecimiento se preparaban a ingresar en la Compañía.
El hijo del conde de Baselga se oyó llamar "hermano" por primera vez, y
esto le produjo inmensa satisfacción. Era la prueba de que acababa de
alistarse bajo las banderas de Cristo.
Pronto notó Ricardo la gran diferencia que existía entre la educación
que se daba en el colegio y la de aquel noviciado.
En éste no existía la menor sombra de instrucción científica.
Habían terminado para el joven aquellos estudios engorrosos que
contrariaban sus aficiones místicas, y con el noviciado entraba en plena
vida devota.
El campo de las supersticiones, de los escrúpulos nimios y de las
mortificaciones absurdas abría sus horizontes inmensos ante aquella
exaltada imaginación perturbada por el fanatismo.
Ricardo, al pasear por aquellos claustros monótonos y sombríos, que
carecían del encanto artístico de los antiguos conventos, creíase a las
puertas del mismo cielo; tal era su entusiasmo, que aquellas bandas de
jóvenes tétricos y ensotanados que eran sus compañeros y que se espiaban
mutuamente aprendiendo a odiarse, considerábalas como legiones de
ángeles destinadas a la salvación del mundo.
Dos años había de durar el noviciado, según lo prescrito en las reglas
de la Compañía, y tan feliz se sentía Ricardo en su nueva vida, que, a
pesar de encontrarse en los primeros días, se entristecía ya pensando
que el plazo era relativamente corto y que algún día había de salir de
aquella casa para volver al mundo.
Aquel aislamiento, semejante al de la tumba, constituía la suprema dicha
de un ser dedicado a la contemplación de las cosas divinas y que se
estremecía al menor contacto con la sociedad.
Los ejercicios de devoción que la Orden recomendaba a los novicios eran
como los múltiples engranajes de una gran máquina que tendía a anular
cuanto de espontáneo y libre existe en el hombre.
Ricardo dejaba de ser un ente libre para convertirse en una molécula
inconsciente de la gigante Compañía de Jesús.
Arrastrado por un anhelo noble, buscaba la perfección; pero ésta era
para el joven fanático el ideal de los ascetas: matar cuanto de humano
existe en el organismo, aborrecer el mundo y odiar los más bellos y
naturales sentimientos, todo en gracia a una suprema contemplación.
Ricardo aspiraba a ser el hombre perfecto que los ascetas y los celestes
visionarios han tratado con estas palabras: "Tamquam ac radaver".
El joven sentía un ardor cada vez más creciente por ser un modelo de
novicios, y este deseo, que en el fondo tenía mucho de vanidad,
arrastrábale a seguir de un modo minucioso cuantas instrucciones había
consignado San Ignacio de Loyola en sus célebres "Ejercicios".
Las ideas más acariciadas en la niñez, los sentimientos más arraigados,
todo desaparecía y se evaporaba conforme avanzaba Ricardo en sus
piadosas prácticas.
Familia, patria, fortuna, todo cuanto significase mundo y pudiera
despertar un eco humano en el corazón, todo lo olvidaba Ricardo, siempre
empeñado en formarse el vacío de la santidad en torno de su persona.
Tan lejos llevaba su horror al mundo, que le parecía sublime la página
29 de las Constituciones de la Compañía, y releía con fruición el
párrafo, que decía así:
"Para que el carácter del lenguaje corresponda a los sentimientos, es de
uso acostumbrarse a decir, no yo "tengo" padres, o yo "tengo" hermanos,
sino yo "tenía" padres, yo "tenía" hermanos."
Estas palabras infames, que mataban en vida a los seres más queridos,
resultábanles sublimes al joven fanático, e imitando a sus tétricos
compañeros, que hablaban de sus padres como si fuesen sus tatarabuelos y
se negaban a leer sus cartas, Ricardo aprovechaba las escasas
conversaciones que con ellos tenía, para decir con el énfasis de un
hombre que ha logrado vencer un terrible obstáculo:
--Yo tenía hermanos; yo tenía familia.
Aquella excitación que mostraba el joven a todas horas y su empeño en
ser modelo de novicios, atraíale la simpatía de los padres maestros, que
se hacían lenguas de su entusiasmo religioso y de la fortaleza que
demostraba al pasar días enteros entregado a la oración, sufriendo
terribles privaciones.
La consideración de que aquel joven asceta era poseedor de un título
nobiliario y de una gran cantidad de millones impresionaba mucho a los
demás novicios, procedentes de la clase media o de familias de labriegos
acaudalados, los cuales creían en la división de castas y adoraban
supersticiosamente a la aristocracia.
En torno de Ricardo se formaba el mismo ambiente de respeto y
consideración que en el colegio, y todos sus compañeros le apreciaban
como un ser superior destinado a empresas sublimes.
La adulación existe en la Compañía de Jesús más que en ninguna otra
sociedad, por estar ésta basada en el espionaje y la mentira, y de aquí
que hasta los padres maestros depusieran un tanto su ceño de ásperos
instructores para animar con lisonjas a Ricardo a que perseverase en sus
aficiones ascéticas.
Llegó a decirse en aquella santa casa que el joven hacía milagros, y así
lo creyeron los sencillos labriegos de las inmediaciones, que se paraban
en los caminos con aire reverente cuando pasaba el "santito"; pero hay
que advertir que Ricardo no creía en su propio poder, y se extrañaba de
que hablasen de prodigios que él nunca había visto, a pesar de ser el
principal interesado.
Cada uno de los novicios dirigíase forzosamente a un determinado
maestro, por estar así consignado en la regla de la Orden, y con él
había de consultar todas sus acciones y pensamientos.
Ricardo tenía su consultor, como todos sus compañeros, y con él sostenía
largas pláticas sobre asuntos espirituales.
Muchas veces el discípulo se revolvía contra el maestro, haciendo
objeciones que demostraban un fanatismo ascético superior al de los
padres exaltados; pero esta oposición era fugaz, pues el educando
acababa siempre por amoldarse humildemente a todos los consejos de su
superior.
Lo que más repugnaba a Ricardo eran las reglas establecidas en la
Compañía para dar a todos sus miembros un exterior uniforme e
inalterable.
El jesuitismo no se contentaba con moldear a su gusto las conciencias y
anularlas, sino que extendía su poder a los rostros para reformarlos con
arreglo a una expresión común.
El maestro de Ricardo mostraba gran empeño en dar los últimos toques de
exterioridad gazmoña a aquel novicio destinado a ser un santo que
honraría a la Compañía.
La mirada era la principal preocupación del viejo jesuíta, a quien
irritaba el modo de mirar franco y noble del joven.
--No debes mirar así--decía a Ricardo--. En nuestra Orden los ojos se
fijan siempre en el suelo, y al hablar con un extraño, el rostro debe
tener una expresión de seráfica alegría. Una sonrisa sencilla e ingenua
sienta siempre bien en los labios de los representantes de Dios. Mira a
todos los padres de la Compañía y te convencerás de que siguen fielmente
estas instrucciones. Nuestros santos fundadores ya estudiaron cuál es el
aspecto que más simpatías proporciona al sacerdote, y de aquí el poder
moral que ejercen los individuos de la Compañía sobre cuantas personas
tratan. No basta ser santo; es necesario parecerlo.
Y el maestro de novicios dábale más detalles sobre la compostura
exterior que debía guardar todo buen jesuíta.
Cuando se hablara a alguien, las manos debían permanecer en una santa
inacción; los ojos inclinados, los labios ni juntos ni muy abiertos, y
evitar, ante todo, los fruncimientos de cejas y las contracciones de la
frente, pues esto delata ocultos pensamientos y el rostro del jesuíta
debe ser una máscara de piedra que no deje pasar al exterior la más leve
idea. Una santa sencillez, una seráfica imbecilidad, deben encubrir
siempre el tropel de ideas que se agita en el cráneo de todos los
individuos que la Compañía arroja en la sociedad para que sean
instrumentos de sus planes.
La Compañía no quería ser servida por hombres, sino por autómatas, y por
esto unificaba los rostros, como unificaba las conciencias.
--Nuestro santo padre San Ignacio--decía el maestro de novicios--ya lo
ordenó así porque quería la igualdad en todo; lo mismo en el exterior
que en la manera de pensar.
Ricardo, dócil a todos los mandatos, siguió fielmente estos consejos, y
tanto en su exterior como en su modo de pensar, resultó el más notable
de todos los educandos.
Transcurrieron los dos años de noviciado sin que nada turbase la santa
calma en que vivía Ricardo.
La baronesa de Carrillo, comprendiendo sin duda que a los santos les
gusta vivir alejados por completo del mundo, se había limitado a
escribirle algunas cartas en los primeros meses del noviciado, y como el
joven no contestó a ellas, guardó en adelante la piadosa doña Fernanda
el más absoluto silencio.
La única noticia que recibió el joven de su familia diósela el maestro
de novicios, quien, con expresión indiferente y con gran laconismo, le
manifestó que su hermana Enriqueta se había casado con un tal Quirós y
que tenía una hija llamada María.
El joven acogió aquella noticia con mayor frialdad aún que la que había
mostrado el jesuíta al darla.
Ricardo no tenía familia; su hermana era para él un ser casi fantástico,
cuyo recuerdo no llegaba a turbar su memoria. En adelante él no
reconocía otra familia que la Compañía, y sus hermanos legítimos eran
los que vestían la sotana de la Orden.
A estar el joven menos obsesionado en aquella época por sus
preocupaciones de fanático, hubiese comprendido el fondo de gazmoña
inmoralidad que encierra la educación jesuítica.
En sus momentos de descanso, en ciertos días que el espectáculo
sonriente de la Naturaleza le arrancaba un tanto de sus exageradas
prácticas de devoción, Ricardo conversaba con otro joven novicio, pobre
de espíritu y corto de inteligencia, por el que sentía gran simpatía.
Una tarde paseábanse los dos, acompañados de otro novicio, por ordenar
las reglas de la Compañía que fuesen siempre los jesuítas en grupos de
tres, y Ricardo, al escuchar una expresión ingenua de su sencillo
compañero, le estrechó la mano con expresión de simpatía protectora. El
tercer novicio permaneció impasible.
Aquella misma noche Ricardo fué llamado por el director del colegio y el
maestro de novicios.
Su acompañante, cumpliendo los hábitos que se recomendaban a todos los
educandos, había delatado aquella inocente expansión de Ricardo.
Los dos padres, con expresión ceñuda, preguntaron al joven si era cierto
el hecho denunciado. Ricardo contestó afirmativamente.
--¿Y qué pensabas al estrechar la mano de tu compañero?--preguntó el
maestro con una expresión que no comprendió el joven.
--Pensaba en que era un muchacho humilde y sencillo y quería
manifestarle mi eterna amistad.
--¿Y no pensabas nada más?
--Nada más.
--Al sentir el contacto de su mano, ¿no te asaltó algún deseo?
Ricardo levantó sus ojos para mirar con extrañeza a su maestro.
--¡Deseo!... ¿De qué?
Dijo el novicio estas palabras con tal ingenuidad, que el director y el
maestro se miraron para darse a entender su convicción de la inocencia
de Ricardo.
Aun le hicieron los dos padres algunas otras preguntas menos discretas,
en las cuales el novicio columbró cuál era su pensamiento y a qué punto
se dirigían sus sospechas.
Ricardo ruborizóse ante tan absurdas suposiciones, y su pureza, herida
por tan monstruosas sospechas, tardó mucho tiempo en tranquilizarse.
Aquella tendencia a suponer en el hecho más insignificante, en la más
leve expansión, aficiones a la brutalidad, hizo conocer a Ricardo
monstruosidades de la pasión que él no había llegado a imaginarse.
A pesar de que su inocencia resultaba patente, los dos padres fueron
inexorables con aquella "falta" que reputaban como grave, y al día
siguiente, a la hora de la comida, Ricardo hubo de arrodillarse en el
centro del refectorio y en alta voz pedir perdón a sus compañeros por
haberlos escandalizado estrechando la mano de uno de ellos, contra lo
preceptuado en las reglas de la Orden.
Esta humillación, que dolió mucho al joven, a pesar de toda su santidad,
no le extrañaba ya, algunos años después, cuando era jesuíta profeso.
Por motivos igualmente insignificantes, vió a jesuítas ancianos tratados
como niños y obligados a arrodillarse en público y a confesar sus faltas
en alta voz.
La Compañía, para matar la altivez propia del hombre, y extremar la
obediencia pasiva del autómata, no repara en castigos y humillaciones.
Cuando Ricardo ingresó verdaderamente en la Compañía y estudió sus
reglas, comprendió la severidad de los dos padres y el escándalo
producido por un simple apretón de manos.
El deseo de conservar incólume el voto de castidad ha llevado al
jesuitismo, como a todas las comunidades religiosas, a las más extrañas
y repugnantes prescripciones.
La amistad íntima entre dos religiosos considérase como "micitia male
olentem" (amistad mal oliente), y santos venerados en los altares han
dicho a sus compañeros de religión: "Huid del trato con los jóvenes y
rechazad su amistad como la amistad del diablo."
El padre Claudio Acuaviva, uno de los generales más célebres del
jesuitismo, ordenó en las reglas de la Compañía que ningún jesuíta
pudiese permanecer a solas con un joven, y a tal punto llegaba en sus
suposiciones de perversión, que hasta prohibió a los individuos de la
Orden que tocasen a los perros y a los gatos.
El joven jesuíta, cuando leyó todas estas disposiciones de uno de los
más grandes hombres de la Orden, acogiólas como el resultado de una
austeridad que combatía al vicio hasta en sus más extrañas formas, y no
se le ocurrió maldecir el voto de castidad, que hacía necesarias tan
repugnantes leyes para evitar los extravíos brutales de una pasión
humana y legítima que, aprisionada por la devoción, se desborda bajo las
más asquerosas formas.