El golpe anhelado.
Era una pieza no muy grande y de humilde decorado, donde esperaba el
padre Claudio.
El piso, de rojos y lustrosos ladrillos; las sillas de enea pintadas de
verde; las paredes enjalbegadas con pintura plomiza; varios cromos
baratos representando a Jesús y varios apóstoles, colgaban de los muros;
frente a la puerta de entrada, un gran armario de roble, rematado por
una cruz y cuyas hojas entreabiertas dejaban ver tres estantes cargados
de carpetas verdes, abultadas y con rótulos; y tras la mesa de pino,
cubierta de papeles, y el modesto sillón que ocupaba el padre Claudio,
su balcón con blancas cortinas de muselina que se balanceaban
acariciadas por la brisa que las lejanas montañas enviaban sobre Madrid,
abrasado por el hábito del verano.
El padre Claudio estaba muy desfigurado. Eran ya inútiles todos los
revoques y afeites de dama que usaba algunos años antes para ocultar su
edad. Sus cabellos estaban blancos, el ceñidor había tenido que ceder
ante la creciente hinchazón del abdomen, dejándole en completa libertad;
los labios se habían hundido, a pesar de la dentadura postiza, y la
nariz, cada vez más roja y picuda, sostenía unas grandes gafas de oro
tras las cuales relucían con mortecino resplandor, aquellos ojos que
tanto habían conmovido a las aristocráticas beatas.
La manía de perfumarse con exceso era lo único que le restaba de sus
buenos tiempos a aquel "dandy" de sotana.
Se inclinó reverentemente al entrar el joven Ricardo, besó humildemente
la mano de su superior y a una indicación de éste, se sentó junto a la
mesa frente al poderoso padre Claudio.
Este honor conmovía al joven, a pesar de todo su desprecio a las
distinciones terrenales.
El reverendo padre le dirigió una de sus más dulces sonrisas, y con vez
lenta y melodiosa comenzó a hablarle.
--Hijo mío: ha llegado el momento de que tratemos de un negocio
importantísimo para mí, por lo mismo que te quiero tanto, y más aún para
ti, pues te va en ello la salvación del alma.
El joven fanático, al oir estas últimas palabras, palideció e hizo un
ademán de terror como si viera abrirse a sus pies la boca del infierno.
--No temas; aún hay remedio para tu mal; y el que se halle en peligro tu
alma no significa que la tengas perdida para siempre. Se trata
sencillamente de cumplir los votos que has hecho a Dios.
Ricardo hizo un gesto de extrañeza.
--Reverendo padre--dijo--, no he faltado nunca a ellos ni pienso faltar
jamás.
--Recuerda bien tu situación actual y tal vez encuentres que está en
contradicción con lo que prometiste a Dios solemnemente.
El joven jesuíta reflexionó profundamente y dijo por fin con acento de
convicción:
--Mi conciencia está tranquila; no creo haber faltado a mis votos,
reverendo padre.
--Te engañas, infeliz; tan preocupado estás con las cosas divinas, que
olvidas las humanas y no tienes conciencia de tu situación.
Ricardo, a pesar del respeto casi supersticioso que le inspiraba su
superior, estaba impaciente, como el que se ve calumniado y ansía
justificarse; así es que se apresuró a contestar:
--Reverendo padre: gracias al apoyo divino no he faltado a ninguno de
mis votos. Prometí ser casto y lo soy, rogando a la Virgen que me libre
de las tentaciones del demonio; hice voto de obediencia y ni con el
pensamiento he faltado a mis superiores, ni desobedecido mentalmente la
más pequeña de sus órdenes; hice voto de pobreza y...
--¡Alto, hijo mío! Ahí está el peligro para tu alma pues faltas, aunque
sin saberlo, a tal voto.
Ricardo mostró aún mayor extrañeza, y dijo con sencillez:
--Reverendo padre; soy pobre. Renuncié al mundo y a sus pompas; sólo
tengo lo que la Orden como madre amorosa quiera darme, y el día que mis
hermanos de la Compañía me negasen un pedazo de pan, tendría que ir
pidiéndolo como limosna de puerta en puerta.
--¡Ah, infeliz! ¡Cuan alejado vives del mundo! ¡Cómo olvidas lo que en
él fuiste! Tú eres todavía inmensamente rico, y mientras seas poseedor
de tan grande fortuna, faltas al voto de pobreza.
Vivía, efectivamente, tan alejado del mundo aquel joven fanático, que,
como ya dijimos, había olvidado a su familia y con ella la colosal
fortuna que poseía.
Costóle algún trabajo convencerse de que era rico, y cuando, recordando
lo que había oído en su niñez a la baronesa, adquirió la certidumbre de
que legalmente era dueño de algo más que aquella raída sotana que cubría
su cuerpo, limitóse a decir, afectando una completa indiferencia:
--Ser individuo de la Compañía de Jesús era toda mi ambición y al entrar
en ella ya renuncié mentalmente a todo cuanto en el mundo pecador me
correspondiera. Pobre quiero ser y esa fortuna la renuncio. ¡Por piedad;
no me habléis más de esas riquezas, reverendo padre!
El padre Claudio sonreía viendo el empeño que mostraba el joven en
desprenderse de una fortuna, cuya cifra podía causar honda emoción a
muchos mortales.
--No tan aprisa, querido hijo; alabo ese santo desprendimiento, ese
deseo de arrojar lejos de ti la pesada carga de las riquezas que inducen
siempre al pecado, pero hay que proceder con cierto orden en esta clase
de sacrificios para que resulten fructuosos y no se aproveche de ellos
el diablo.
--Haré lo que me mande vuestra paternidad.
--Ante todo es preciso que te diga que hemos procedido con cierta
ligereza al permitirte que hicieses voto de pobreza. La ley civil te
obliga a conservar tus riquezas hasta los veinticinco años, en que
entrarás en la mayor edad y podrás hacer lo que gustes de tus bienes, y
entre tanto faltas a tus votos, pues prometiendo a Dios ser pobre has de
ser forzosamente rico durante algunos años. Créeme, que a haber pensado
antes en esto, no hubiese accedido a que hicieses tus votos. Esto ha
sido un engaño que hemos hecho a Dios, involuntariamente, pero que no
por esto pesa menos sobre mi conciencia.
Y el redomado jesuíta fingía una consternación que apesadumbraba al
joven fanático.
Aquello de que por su culpa y por un interés demasiado tierno que él
inspiraba a su superior, éste tenía sobre su conciencia nada menos que
la culpa de haber engañado a Dios, horrorizaba al joven, que acogía
tales trapacerías como verdades indiscutibles.
A Ricardito le faltaba poco para romper a llorar.
--¡Oh, reverendo padre! Busquemos el medio de remediar todo esto. Yo
pediré a Dios que me perdone por esta riqueza que las leyes sociales me
obligan a poseer. Yo viviré, como hasta hoy, en la mayor pobreza, sin
acordarme de que tengo una gran fortuna en el mundo y el Señor perdonará
esta falta involuntaria.
--No, hijo mío; no basta eso. Dios quiere que cuando uno abandona las
pompas mundanas y hace voto de pobreza, entregue inmediatamente todas
sus riquezas a los necesitados y tú no puedes remediar a tus semejantes
por ahora con tal obra de caridad.
Ricardo estaba consternado ante el tono de desesperación con que el
padre Claudio decía estas palabras.
--¿Qué hacer, padre mío? ¿Qué hacer?
El ladino jesuíta fingía meditar profundamente, y por fin dijo con
expresión victoriosa:
--Sólo encuentro un medio de que tu voto de pobreza siga siendo válido y
de que Dios no se enoje en vista de tu tardanza en dar las riquezas a
los pobres. Comprométete solemnemente a que al día siguiente de haber
cumplido la mayoría de edad te despojarás de tu fortuna. Esto es lo que
hacen todos los que pretenden ser verdaderos individuos de la Compañía
de Jesús.
--Hágase así, reverendo padre. Dispuesto estoy a obedecer. ¿En qué forma
he de comprometerme a ceder mis bienes?
--Firmarás un documento renunciando a tu fortuna.
--¿A favor de los pobres?
--No; esa renuncia sería muy vaga y se prestaría a malas
interpretaciones. Ya sabemos que el objeto de la cesión es hacer bien a
los infortunados y que a poder de ellos han de ir todas tus riquezas;
pero éstas se han de renunciar a favor de alguien, o más bien dicho, se
ha de marcar quién es la persona a quien tú entregas tu fortuna.
--Haga vuestra paternidad lo que le parezca más conveniente.
--Ya que tan dispuesto estás a hacerte simpático a los ojos de Dios
renunciando a tus bienes, justo es que te capacites de la grandeza de tu
sacrificio, conociendo a cuánto asciende tu fortuna.
Ricardo hizo un gesto de desprecio e indiferencia.
--No, hijo mío--continuó el padre Claudio cada vez con acento más
bondadoso--. Quiero que recuentes tus riquezas, y si después de saber
que por tu nacimiento eres un potentado te ratificas en tu resolución,
entonces tu sacrificio será más hermoso y mi conciencia experimentará
mayor tranquilidad. No quiero que el día de mañana, si esta conversación
llega a traslucirse, digan los enemigos de la Compañía que yo te he
engañado, abusando de la ignorancia en que estás respecto a tu posición.
El joven jesuíta intentó protestar contra tal idea, pero el padre
Claudio continuó hablando:
--Poseéis tú y tu hermana, como herederos de vuestra madre, doña María
Avellaneda, una fortuna que primeramente era de quince millones de
francos, pero que en el transcurso del tiempo ha aumentado bastante. Tu
padre, el difunto conde de Baselga, que en santa gloria esté, sólo fué
despilfarrador cuando vivía tu madre, y los dos, con su lujo, imponían
la moda en Madrid; pero después, su vida apartada y modesta y su
carácter misantrópico le hicieron económico forzosamente, y el capital
ha aumentado bajo su administración. En resumen; que la fortuna de tu
casa es grande, y que, divididos a la mayor edad todos estos bienes
entre tú y Enriqueta, en partes iguales, serás dueño absoluto de ocho
millones de pesetas, cantidad enorme y suficiente para que se pierda un
alma, y que es de todo punto incompatible con la santidad. Recuerda lo
que dijo el Divino Maestro: "Más fácilmente pasará un camello por el ojo
de una aguja, que un rico entrará en el cielo".
Ricardo demostró con unas cuantas inclinaciones de cabeza lo convencido
que estaba de la incompatibilidad existente entre la santidad y la
riqueza.
--Yo conozco--continuó el superior--el modo cómo está colocada tu
fortuna. Tu hermana la baronesa, que, como tú sabes, me honra
consultándome en todos sus asuntos, me ha hecho conocer en qué consiste
vuestro capital. Una gran parte de éste se halla en el Banco de Francia;
otra, ha sido empleada en títulos de la Deuda española, y además, tenéis
grandes posesiones en Castilla la Vieja, que el difunto conde compró
cerca de su casa solariega con dinero de tu madre, y que tuvo la
atención de poner a nombre de ésta. La mitad de esa gran fortuna te
pertenece. Eres rico y estás a tiempo de librarte de una vida de
perpetua pobreza. Si vuelves al mundo, perderás seguramente tu vida por
una eternidad, pero podrás gozar con tu dinero todos los mundanales
placeres inventados por el diablo. ¿Qué decides?
Y el padre Claudio esperaba, sonriente, aquella contestación que él
mismo preparaba, anatematizando las riquezas.
La contestación no se hizo esperar, y Ricardo dijo con firme convicción:
--Quiero ser pobre y que mis bienes pasen a poder de los necesitados.
El superior mostróse dulcemente conmovido por aquellas palabras.
--No esperaba menos de ti. Te conozco, hijo mío; hace mucho tiempo que
aprecio tu corazón de oro y veo claramente que Dios te llama por el
camino de la santidad. Tan convencido estaba de que entre Dios y el
diablo escogerías siempre al primero, que aquí tengo preparado el
documento en el cual renunciarás a todas tus riquezas.
Y el padre Claudio señalaba un gran pliego escrito que tenía sobre la
mesa, sin cuidarse de que el joven pudiera sospechar algo malo en vista
de la previa preparación de aquel golpe. El superior estaba seguro de la
fe de su subordinado, a prueba de toda sospecha.
--Sólo falta--continuó--que tu pongas la firma en este documento para
que la cesión de bienes se verifique y tu voto de pobreza sea una
realidad. Lee ese papel.
Ricardo se negó a enterarse del documento, considerando que, de lo
contrario, faltaría al respeto debido a su superior.
--Puesto que tu delicadeza te obliga a no enterarte del documento, voy a
explicarte lo que en él se dice. Ante todo, debo advertirte que su fecha
no es la del año actual, sino la de 1871, o sea cuando tú estarás ya en
la mayor edad y será válida la cesión de tus bienes. Es un pequeño
engaño que me he visto obligado a hacer para que tu voto de pobreza sea
verdadero. Una nueva falta cae sobre mi conciencia, pero eso más tendrás
que agradecerme.
Ricardo se sentía enternecido por la abnegación de aquel superior que le
quería hasta el punto de cometer pecados por su culpa. Los esfuerzos del
padre Claudio por librarle de sus millones conmovían al infeliz
haciéndole sentir una profunda gratitud.
--Este documento, cediendo tus bienes, está redactado en forma de
escritura pública y lo subscribirá un notario, persona muy devota y
católica, que está por completo a nuestras órdenes. Esta es la ventaja
que proporciona el tener amigos en todas clases sociales. En tal forma,
puedes estar seguro de que ya nunca podrá inquietarte el pensamiento de
que eres rico.
--Pero ¿mis bienes serán repartidos inmediatamente a los pobres?
--No podemos hacerlo hasta el momento en que tú llegues a la mayor edad;
pero, entretanto, tampoco serás tú el dueño, y esto te basta para tener
tranquila la conciencia.
--¿Y a nombre de quién hago la cesión de mis bienes?
--No lo sé. ¿Tienes tú en el pensamiento alguna persona de confianza?
--Sí, padre mío. Nadie mejor que vuestra reverencia para encargarse de
tales riquezas hasta mi mayor edad y repartirlas entonces entre los
pobres.
--Así debía ser; pero tú ignoras seguramente que el maldito espíritu
revolucionario que impera en este siglo nos persigue de tal modo a los
hijos de San Ignacio, que para adquirir algo necesitamos valernos de
tercera persona. Yo me encargaré de tus riquezas, ya que esta es tu
voluntad, pero dejaremos en blanco el nombre de la persona a quien tú
has de cederlas aparentemente. Buscaremos para el caso un testaferro.
Cualquier amigo nuestro se prestará a hacer este servicio que redunda en
beneficio de Dios y de los pobres. ¿Estás conforme en esto?
Ricardo hizo una señal de asentimiento, y entonces el padre Claudio puso
el documento delante del joven, y dándole una pluma, dijo mirándole con
tierna expresión:
--Firma, hijo mío, que Dios premiará esta prueba de abnegación que le
das, cediendo tus bienes a la Compañía para que ésta los entregue a los
pobres.
Ricardo, que se había levantado de su asiento, firmó sin vacilar, y el
padre Claudio, después de examinar rápidamente el pliego, lo guardó en
el cajón de la mesa.
Después se levantó del sillón, y avanzando con impetuosidad cariñosa,
abrazó al joven casi llorando.
--¡Oh, hijo mío! ¡Qué gran acción has hecho! Pocas veces me he sentido
tan conmovido como ahora. De seguro que tu hermana la baronesa, cuando
sepa lo ocurrido, llorará poseída de igual entusiasmo. Sólo un santo
como tú es capaz de tal rasgo de abnegación. Los pobres socorridos por
ti te bendecirán siempre y la Compañía se considerará muy honrada con
tener en su seno un joven que a tan sublime altura lleva su caridad.
Ahora eres realmente un hijo de San Ignacio. Quedas pobre después de
firmar ese documento, pero la Compañía no te abandonará nunca, y
mientras vivas encontrarás en todas partes hermanos dispuestos a
ayudarte. Acabas de abrirte las puertas del cielo.
El joven estaba conmovido y ruborizado por aquellos elogios que creía no
merecer. Para aquel fanático, cuya lectura favorita consistía en las mil
mortificaciones horrorosas y absurdas de los ascetas, no significaba
nada el despojarse voluntariamente de ocho millones de francos sin saber
ciertamente a qué manos irían a parar.
Permaneció algunos segundos con la cabeza sobre el pecho de su poderoso
superior, que amorosamente le abrazaba y después salió de la habitación
para volver a sus ocupaciones, frío e indiferente, como si nada le
hubiese ocurrido. Nadie hubiera adivinado en él al que acababa de
arrojar una fortuna.
El padre Claudio, al quedarse solo, frotóse las manos con expresión de
gozo. Su rostro tomó un gesto grave y pensativo, y sentándose otra vez
ante la mesa sacó del cajón el documente firmado por Ricardo y estuvo
examinándolo largo rato.
Su pensamiento recitaba un monólogo mudo.
Todo estaba conforme, y el golpe tanto tiempo preparado acababa de darse
sin fracaso alguno.
La mitad de la fortuna de Baselga, por tan diversos medios perseguida,
estaba ya en poder de la Compañía.
Si aquello no era un buen golpe, que bajara Dios y lo hiciese mejor.
¡Ocho millones de francos! ¿Qué dirían en Roma cuando él enviase el
documento, y tanto el general como el tesorero mayor de la Orden viesen
en sus manos aquella promesa de ocho millones que ingresarían en las
cajas de la Compañía al cumplirse el plazo de cinco años?
El padre Claudio, como el artista que después de concluir una obra se
preocupa del efecto que causará, sólo pensaba, en lo que dirían en Roma
al conocer su negocio.
Aquello era un excelente preparativo para que triunfasen sus planes
ambiciosos.
Tenía en Roma un compinche de confianza encargado de acelerar la poca
vida que le quedaba al general de la Orden, y a la muerte de éste
pensaba en explotar el prestigio que le darían en la Compañía sus
maquinaciones contra la fortuna de los Baselgas, para que lo elevasen al
último y supremo cargo que le faltaba desempeñar.
Tan preocupado estaba con el efecto que en Roma podía causar la noticia
de aquel feliz negocio, que en alta voz manifestaba sus pensamientos.
--¿Qué dirán en el "Gesú"? ¿Qué impresión causará en mis amigos de allá
abajo este golpe de mano tan feliz? Siento una impaciencia inmensa al
ver que transcurren los meses sin que nada me digan de allá. ¿Conocerá
el general mis intenciones? ¿Serán ciertas mis sospechas? Tal vez este
negocio lo arregle todo.
Y sumido en sus reflexiones sólo murmuró ya con voz confusa:
--¿Qué dirán allá abajo?
El padre Claudio, de pie tras el abierto balcón, miraba "allá abajo" con
estúpida fijeza, como si más allá del jardín de la casa y de la monótona
llanura y de los alrededores de Madrid, sobre las blancas nubes que se
apretaban en la línea del horizonte, se alzase Roma con su sombrío
palacio del "Gesú", Vaticano del más terrible fanatismo, donde se
asienta en trono universal el sucesor de San Ignacio, ese "Papa Negro"
que no en balde se llama general, pues dirige el sombrío ejército
acampado sobre toda la tierra.
El padre Claudio soñaba ocupar algún día el centro de la inmensa
telaraña extendida sobre el globo y que entre sus mallas tantas
conciencias tiene aprisionadas.