El Corazón de Jesús,
buzón de Correos.
Una duda que asaltó a Ricardo pocos días después de haberse decidido por
consejo de la Virgen a abrazar la vida religiosa, fué si debía preferir
la Compañía de Jesús a cualquiera de las Otras protegidas por la
Iglesia.
La regla de San Francisco y la de otros santos fundadores había contado
muchos bienaventurados en su seno, y no era, por tanto, condición
precisa para ser favorito de Dios el pertenecer al instituto de San
Ignacio; pero pronto se desvaneció tal duda en el joven por medio de
aquella vida del celestial Gonzaga, cuya lectura constituía todo su
recreo.
San Luis, al decidirse por el servicio de Dios, había dudado sobre el
instituto religioso que debía escoger, pero al fin se había decidido en
favor de la Compañía de Jesús, por varias razones que el padre Crosset
tenía buen cuidado de consignar en la vida del santo.
Ricardo reproducía en su memoria todos estos motivos y los encontraba en
extremo ciertos.
El, del mismo modo que el santo italiano, entraría en la Compañía de
Jesús, porque en ella reinaba la humildad, ya que se hacía voto de no
admitir dignidades eclesiásticas. Y el joven creía que este rasgo de la
Orden era sublime, no parándose a considerar que mal podían apetecer los
jesuítas obispados y cardenalatos, cuando son el oculto nervio de la
Iglesia, que mueven a ésta a su sabor y que dominan desde el Papa hasta
al último sacristán.
Gustábale, además, la Compañía, como al seráfico Gonzaga, porque "en
ella se enseña a la juventud virtud y letras"; pero Ricardo no pensaba
en que esta juventud que recibía la instrucción de los jesuítas era sólo
la juventud privilegiada, la perteneciente a la clase acomodada y
aristocrática y que, en cambio, nunca la Orden loyolesca se había
preocupado de educar al pueblo, interesándose por que éste permaneciese
siempre en la ignorancia, medio seguro para que jamás saliese de la
abyección.
Otra de las razones que atraía las simpatías del joven fanático hacia la
Compañía de Jesús era que ésta "se dedicaba a la conversión de los
herejes y los gentiles, en todas las partes del mundo". Para un joven
ignorante, esta misión era sublime y en alto grado civilizadora, y así
lo creía él, por haberlo oído varias veces a los padres maestros del
colegio, que hablaban, con entonación lírica, de las grandes conquistas
llevadas a cabo por la Compañía en el mundo de la barbarie, y de las
conversiones en masa que los misioneros de la Orden habían hecho en la
India y en el Japón.
Podía hablarse así, con la seguridad de no ser desmentido, a una
juventud ignorante que no conocía otra historia que la enseñada en los
colegios de la Compañía, y que, por tanto, no tenía la menor duda sobre
la milagrosa elocuencia de San Francisco Javier, el cual, desconociendo
la lengua de los indios y por medio de mímica, convirtió miles de
indígenas. Además, era muy extraño que después de estar la Compañía de
Jesús más de tres siglos predicando la buena nueva en la China y en el
Japón, no hubiese conseguido la cristianización de tales pueblos,
limitando todas sus conquistas al bautismo de algunas familias de
naturales pobres y envilecidos, que adoraban a los misioneros más que
por sus doctrinas por los puñados de arroz que les repartían en las
épocas de carestía.
Pero para Ricardo era artículo de fe que la Compañía había convertido al
catolicismo a casi toda Asia, y a sus ojos aparecía la Orden como un
instituto sublime, cuyos misioneros poseían las lenguas de fuego de los
apóstoles y enternecían a los pueblos en masa, haciéndoles abrazar la
doctrina del Evangelio.
El quería ser de aquella milicia heroica. Deseaba ser soldado de aquella
legión fuerte e inquebrantable, cual la verdadera fe, y, como todos los
misioneros célebres de la Compañía, pensaba en atravesar los bosques de
Asia, sin otras armas que el Evangelio ni otro equipaje que su sotana,
quebrantado por el ayuno y roído interiormente por la enfermedad,
siempre en busca de nuevos gentiles que convertir y dispuesto a pagar
con los más horrorosos martirios su santa audacia.
Aspiraba Ricardo a desempeñar este hermoso papel de héroe santo, creado
por la leyenda jesuítica, y estaba lejos de imaginarse que tales
misioneros, audaces hasta la demencia y ascetas hasta la total
extenuación, eran infelices autómatas que la Orden creaba para revestir
sus fines de una atmósfera simpática de grandeza y desinterés, y que sus
esfuerzos por introducir el cristianismo en las naciones idólatras sólo
servían para que después los verdaderos directores de la Compañía,
aprovechándose de la audacia de sus fanáticos instrumentos,
estableciesen compañías de comercio en los citados países, negociando
con sus productos que cambiaban por los de Europa.
De este modo el instituto de San Ignacio de Loyola reunía en su tesoro
más millones que todos los grandes banqueros juntos, y así se hacía
dueño de importantes líneas férreas y tenía, con nombre supuesto,
numerosas flotas de vapores en todos los mares del globo.
Decidido Ricardo Baselga a entrar en la Compañía, ansiaba que llegase el
instante de ser admitido en su seno, y tan vehemente era su deseo, que
hasta temía que los buenos padres se negaran a darle entrada en la
Orden.
Desde el día en que la Virgen le habló y Dios, rodeado de su
deslumbrante corte, pasó ante sus ojos como una visión fugaz, el joven
no tuvo otra aspiración que la de entrar cuanto antes en la Compañía.
Pero siempre que intentaba formular su deseo, sentíase cohibido y
dominado por una timidez que le impedía manifestar su pensamiento.
Por fortuna para él, pronto se le presentó una ocasión para manifestar
su deseo sin que hubiera de ruborizarse ni tartamudear, pensando que su
demanda podía ser desechada.
La educación jesuítica aspira a conocer hasta los más íntimos
pensamientos de aquellos que están sujetos a ella, y de aquí que busque
los más extraños medios para penetrar hasta en lo más recóndito de las
aficiones de sus alumnos.
Tienen los padres de Jesús establecido en sus colegios el espionaje en
grande escala, así como entre los individuos de la Orden; a cada alumno
se le inspira la idea de que es un deber sagrado celar los actos del
compañero; la delación se considera por los maestros como un acto
meritorio, y la benevolencia con las faltas ajenas se castiga como un
grave delito contra la disciplina que debe reinar en las casas de la
Compañía.
Pero esto no basta a los jesuítas para apoderarse por completo del
cerebro de sus educandos y conocer hasta los más íntimos secretos.
Necesitan saber sus más dominantes aficiones para, en consecuencia,
dirigir y amoldar a placer los caracteres de sus discípulos, y para que
este régimen policíaco fuera completo, el astuto padre Claudio había
establecido en el colegio de Madrid la fiesta del Corazón de Jesús,
invención de los jesuítas franceses, muy dados a espectáculos teatrales.
Una vez al año verificábase esta ceremonia, y los alumnos mayores,
después de una gran fiesta religiosa, dirigíanse de rodillas al altar
mayor, y al llegar ante una imagen del Corazón de Jesús, tendíanse cuan
largos eran, y con el humillado rostro sobre las desnudas baldosas,
permanecían mucho tiempo entregados a mística meditación.
Después se levantaban, y sacando un papel escrito en la noche anterior,
después de largas horas de rezo y de meditación, lo introducían en una
hendidura que existía en aquel corazón rojo y flameante que la imagen
ostentaba sobre el pecho.
Era ridículo y sacrílego convertir el Corazón de Jesús en buzón postal,
pero los jesuítas, por tal medio, conseguían conocer las verdaderas
aficiones de sus discípulos, y bien sabido es que su educación consiste
no en contrariar las aspiraciones naturales de aquellos a quienes
dirigen, sino en fomentarlas y dirigirlas con arreglo al interés de la
Compañía, buscando que ésta tenga en todas partes buenos y leales
servidores.
No temían los jesuítas que sus alumnos mintieran al hacer tales
confidencias al Corazón de Jesús. Habíanles hecho creer que aquellas
demandas escritas a la divinidad las acogía ésta con benevolencia, y que
todos los deseos consignados en ellas realizábanse inmediatamente si es
que así convenía al porvenir de los solicitantes. De aquí que todos los
alumnos se apresurasen a estampar en el papel su más ferviente deseo, y
que los padres maestros, por medio de tal estratagema, tuviesen exacto
conocimiento del pensamiento dominante de sus educandos.
Llegó el día de la fiesta del Sagrado Corazón, y Ricardo Baselga, sin
duda por indicaciones superiores, fué admitido en el grupo de colegiales
mayores que iban a depositar su papel en el pecho de la sacra imagen.
Durante la fiesta religiosa, el joven sintió una emoción cada vez más
creciente, que conmovía a todo su cuerpo.
Con ansiosa mirada contemplaba, a través de las azuladas nubes de
incienso, aquella imagen de Jesús, sonriente y dulce, y al mismo tiempo
estrujaba en su bolsillo el billete escrito en la noche anterior,
después de algunas horas de oración.
Ricardo estaba tan absorto en la contemplación de aquella imagen, que no
se daba cuenta de lo que le rodeaba y los alborozados cánticos del
órgano sonaban en sus oídos como un zumbido molesto.
Miraba el joven a Jesús con la misma expresión humilde y resignada del
pretendiente que entrega un memorial al poderoso y teme ser molesto. Se
estremecía Ricardo pensando que era indigno de pedir a la divinidad un
señalado favor, y temía que la santa imagen rechazase su súplica.
Llegó el momento de la ceremonia, y el grupo de educandos avanzó hacia
el altar mayor, formado en fila.
Ricardo anduvo instintivamente, y al llegar cerca de la imagen, rodeado
de los principales maestros vió al padre Claudio, que aunque grave y
meditabundo, cual lo exigía la solemnidad, le contemplaba con expresión
de paternal benevolencia.
Iban uno tras otro los colegiales arrojando sus respectivos billetes en
la hendidura de aquel corazón rojo y deslumbrante, y por fin Ricardo
quedó frente a la imagen, sin tener compañero alguno delante de él.
Arrodillóse entonces, trémulo y palpitante, lanzando al Corazón de Jesús
una mirada de supremo amor; arrojóse después de bruces al suelo, donde
permaneció algunos segundos, como si, anonadado, quisiese desaparecer
confundiéndose con la tierra; y después, irguiéndose con timidez,
adelantó una mano, en la que sostenía el papel escrito en la noche
anterior.
Aquel acto le costó un esfuerzo supremo.
Así que terminó la fiesta, el padre Claudio, en la celda del director
del colegio, revolvía los billetes que los colegiales habían depositado
en el Sagrado Corazón, y que estaban ahora sobre una mesa.
Buscaba el de Ricardo, y lo encontró; pues aunque todos los billetes
iban sin firma, él conocía la letra del joven Baselga.
El jesuíta, al leer, sonreía con la expresión del que se convence de no
haberse equivocado.
"¡Oh, Jesús mío! ¡Oh, dulce Señor! Mi deseo más ferviente, mi única
aspiración, es serviros mientras viva; es pelear y morir por vuestra
doctrina. Quiero ser un misionero de la fe. Haced que entre en vuestra
santa Compañía, que fundó nuestro gran padre San Ignacio."
Después de la fiesta hubo gran banquete en el colegio, y por la tarde,
cuando todos los alumnos se entregaban a ruidosos juegos, el padre
Claudio llamó aparte a Ricardo, y poniéndole una mano sobre la cabeza,
díjole con expresión paternal y solemne:
--El Sagrado Corazón no olvida nunca a sus devotos. El ha oído tus
súplicas; y yo como mensajero de su divina voluntad, te manifiesto que
la Compañía te abre sus brazos. En la semana próxima irás a comenzar tus
ejercicios en la casa de novicios que tenemos en Loyola. Mañana mismo
hablaré con tu santa hermana la baronesa, que acogerá tu vocación como
un favor del cielo.
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