De cómo habló la Virgen a Ricardo.
La exagerada devoción del colegial le hacía mirar con más simpatía el
establecimiento donde se educaba que la casa de su padre: y por esto,
muy al contrario de todos sus compañeros, miraba con santo horror las
vacaciones, porque éstas le arrancaban de aquel vasto edificio en cuyos
largos corredores se explayaba su imaginación forjando las más absurdas
quimeras y en cuya capilla se entregaba a raptos de desesperación, en
vista de que sus delirios místicos no producían eco en el cielo.
El hijo del conde de Baselga iba por buen camino para llegar a
sacerdote, y prueba de ello era que comenzaba a adquirir ese horror a la
propia familia, ese desprecio a los seres queridos que caracteriza en
sus vidas a todos los elegidos de Dios.
Para servir bien al señor había que abandonar a los padres y hermanos,
había que romper todos los lazos terrenales, despreciar los más sagrados
afectos; y el niño hizo todo esto recordando la existencia de muchos de
aquellos santos cuyas vidas había leído y de los cuales el detalle más
saliente era haber olvidado a los que les dieron el ser para amar
únicamente a Dios.
Esta repugnante ingratitud le resultaba al niño una acción honrosísima,
sin duda por las muchas veces que había oído a los predicadores de la
Compañía ensalzarla como el acto más sublime.
Además, Ricardo no experimentaba ningún afecto natural e irresistible
hacia su familia.
Su padre, el conde de Baselga, era para él un señor taciturno y terrible
que le miraba siempre con fúnebre gravedad, y sólo de tarde en tarde le
acariciaba fríamente. Ignoraba el niño que su presencia evocaba siempre
en la mente del conde los más terribles recuerdos, y que él, al entrar
en el mundo, había producido la muerte de su madre, mujer angelical,
cuya memoria había de acompañar siempre a Baselga.
Ricardo sólo había sabido temer a su padre, aunque éste jamás llegó a
dirigirle una palabra dura.
Había amado algo a Enriqueta, aquella hermana mayor que él que jugando
abusaba de su superioridad y lo manejaba como un "bebé"; pero este
afecto puro y natural había ido desapareciendo conforme se desarrollaban
sus aficiones a la santidad.
Llevado de la manía de imitar a su santo patrón, Ricardo, que seguía
escrupulosamente cuanto leía en la vida de San Luis, se propuso hacer
voto de castidad, sin saber a ciencia cierta a lo que se obligaba; y
arrodillado ante aquella Virgen rizada, hermosa y con los ojos en blanco
por el dulce éxtasis, imagen que era la depositaria de todos sus
remordimientos e inquietudes, juró no presentar sus carnes al desnudo a
las miradas de sus compañeros, como antes lo hacía al acostarse, y no
mirar nunca a una mujer el rostro.
Desde entonces tomó Ricardo la costumbre de presentarse ante las damas
que visitaban el colegio con la cabeza baja y los ojos casi cerrados
para no ver ninguna de aquellas gracias femeniles que podían turbar su
voto.
El joven devoto se anticipaba a la naturaleza y huía de la mujer en la
época que ésta no podía aún despertar en él ningún desconocido
sentimiento.
Cuando en la época de vacaciones veíase obligado en la casa paterna a
tratarse con su hermana Enriqueta, mostrábase tímido y receloso,
procurando evitar el roce de aquellas faldas, como si fuesen siniestra
tienda bajo la cual acampaba una legión de diablos. La devoción
trastornando aquel cerebro infantil, hacía surgir en él horrendos
pensamientos y suposiciones monstruosas.
La vista de Tomasa, aquella relatadora de cuentos impíos, llenaba de
santo terror a Ricardo, que huía de ella como del pecado mortal,
mientras la franca aragonesa echaba pestes contra los pícaros jesuítas y
doña Fernanda, que le habían "mareado" al niño hasta el punto de hacerle
odiar a la que podía llamarse su segunda madre.
Cuando algunos días después de haber despedido el conde a la vieja
doméstica fué Ricardo a pasar un domingo a casa de su padre, el muchacho
experimentó una gran tranquilidad al saber que no volvería a encontrarse
con la maliciosa aragonesa.
La casa parecía haber cambiado radicalmente con aquella marcha.
El conde acarició a su hijo, mostró por él gran interés, y sin perder su
tétrica gravedad, le preguntó por sus estudios y aficiones, excitándole
cariñosamente a que no fuese un fanático y se preparara a ser un hombre
útil a su familia y a la patria.
En cuanto a Enriqueta, manifestóse a su hermano más alegre y locuaz de
lo que comúnmente estaba, y sin hacer caso de su desvío huraño, le dijo
que papá era muy bueno y ella muy feliz; que ahora la llevaba al Teatro
Real y a los grandes bailes, que la dejaba en libertad para vestir con
elegancia y que él mismo se mostraba muy alegre y decidido a gozar de la
vida. Y Enriqueta, creyendo que con sus palabras despertaba un
sentimiento de envidia a su hermano, que manifestaba honda tristeza,
hablábale de que pronto saldría él del colegio y sería un pollo elegante
que brillaría mucho en sociedad y tendría una novia hermosa y
distinguida.
El santo volvió al colegio escandalizado por el lenguaje de su hermana,
y dispuesto a no cruzar más su palabra con aquella que insultaba con
tales suposiciones su dignidad de elegido de Dios.
Aquel fué el último día que el muchacho pasó en el seno de su familia.
Apenas se vió en los sombríos corredores del colegio, aspirando aquella
atmósfera mística que le enloquecía, desvanecióse la débil impresión de
cariño causada por el cambio de carácter que había notado en su padre.
Ricardo volvió a engolfarse en aquella devoción que tanto le
trastornaba, convirtiéndose en un niño nervioso, visionario y casi
demente.
El deseo de ser santo, que aún se excitaba más con la reputación que de
tal tema en el colegio, dominábale a todas horas.
La vida de San Luis era su continua lectura, y todos los días juraba
ante la Virgen imitar al santo Gonzaga en todos sus actos.
El sería jesuíta como el santo italiano, vestiría la sotana de la Orden,
y olvidando que había nacido rico haría acto de perpetua pobreza,
entregando su fortuna a la Compañía, para que la distribuyese entre los
necesitados.
Este rasgo sabía él que sublimaría toda su existencia, y le daría el
verdadero carácter de santo.
Muchas veces el padre Claudio había dicho en su presencia que nada era
tan grato a los ojos de Dios como el sacrificio que hacen los potentados
que entran en la Orden, despojándose de sus riquezas.
Cuando llegase el tiempo oportuno, cuando por la edad pudiese disponer
del inmenso caudal que le correspondía como heredero de su madre, él
sabría llevar a cabo tal rasgo de desprendimiento y se haría célebre en
los santos fastos de la Compañía por su santidad, entregando antes todas
sus riquezas al padre Claudio, para que éste fuese el administrador de
los pobres.
Ricardo estaba resuelto a ser jesuíta; pero una duda cruel martirizaba
su cerebro. ¿Le llamaba Dios por tal camino? ¿Merecía él, como el
seráfico Luis, vestir la sotana de los hijos de San Ignacio?
Al santo Gonzaga el cielo se había dignado manifestarle que era su
voluntad que entrase en la célebre Orden.
Estando en Madrid, en la Corte de Felipe II (según rezaba la vida de San
Luis, escrita por el jesuíta Croisset), y cuando aún era un niño, el
santo, una mañana, arrodillado ante la Virgen del "Buen Suceso", escuchó
cómo ésta le incitaba con frases cariñosas a que entrase en la Compañía.
Aquél era un elegido de Dios, ya que la celeste madre se dignaba darle
consejos; pero él se tenía por un réprobo, por un ser maldito, a causa
de sus pecadillos de la primera edad, ya que no escuchaba voces
sobrehumanas, ni la dulzura de la Virgen venía a calmar sus terribles
zozobras.
Un día notó que dos jesuítas viejos, que entre las gentes del colegio
tenían renombre de sabios, a la hora del recreo, en que todos los
alumnos se entregaban a los más ruidosos juegos, le contemplaban desde
un ángulo del patio, con expresión marcada de lástima, y conversaban
después animadamente.
Aquella misma noche vió repetirse iguales gestos en la servidumbre del
colegio y en algunos de los alumnos mayores, pero el niño era tan tímido
y tenía tal empeño en contrariar todos sus deseos para santificarse, que
por no pecar de curioso evitó hacer la más leve pregunta.
A la mañana siguiente, el padre encargado de la dirección del colegio, y
en el cual el padre Claudio parecía tener una absoluta confianza, se
encargó de aclarar aquel misterio.
Cuando el muchacho estuvo en el despacho del director, este jesuíta usó
de mil rodeos para decirle la noticia que le había encargado su
superior; habló de la voluntad inflexible de Dios, del destino de la
criatura, que está de antemano trazado por el Eterno y que nadie puede
variar; del deber en que está todo buen cristiano de resistir los rudos
golpes del destino; y cuando el muchacho, embelesado por una plática que
tanto halagaba sus inclinaciones, oía con el más santo gozo aquel
sermón, el jesuíta soltó la noticia que hacía ya más de una hora estaba
adornando del mejor modo posible, para ocultar su carácter horrible.
El conde de Baselga había muerto dos días antes. El director del colegio
guardóse de decir que el desgraciado se había suicidado en una casa de
locos, y relató al hijo la muerte de su padre, asegurando que era a
causa de un descuido que había tenido éste examinando una pistola
cargada.
Ricardo quedó aturdido por aquella noticia.
No lloró porque los santos sólo lloran cuando recuerdan los fabulosos
dolores sufridos por Dios bajo la forma de hombre; hizo esfuerzos para
mostrar el estoicismo de los predestinados a la santidad, pero en lo más
hondo de su pecho le pareció sentir un rudo golpe que conmovía todas las
fibras de su corazón.
Aquella sequedad de su alma desapareció al desvanecerse la sorpresa
causada por la noticia; y cuando el muchacho salió del despacho y se vió
solo en medio de un desierto corredor experimentó la necesidad de ir en
busca de aquella devoción que en todas las circunstancias críticas de
la vida lograba endulzar sus penas.
Entró en la capilla del colegio y fué a ponerse de hinojos ante el
altar, donde dulce y sonriente se alzaba la imagen de una de esas
Vírgenes creadas por la elegante piedad jesuítica, y que tienen el
aspecto de una tiple de ópera, perfumada y lánguida que al compás de las
notas pone en blanco los ojos.
Un rayo de sol, filtrándose por un prolongado ventanal con vidrieras de
colores, cruzaba la sombría capilla e iba a enredarse en la rubia
cabellera de la Virgen, circuyéndola de una aureola en que titilaban
todas las brillantes tintas del iris.
Aquellos ojos de cristal, brillando sobre las facciones de arrebolada
cera como lluvia de gotas posadas en los pétalos de una flor, parecían
mirar fijamente al niño, quien, poseído de una mística emoción, dió
suelta a las lágrimas que antes había retenido al saber la muerte de su
padre.
Era muy desgraciado, pero él no se quejaba, pues aquel terrible suceso
lo consideraba como un favor de Dios, que quería poner a prueba su
resignación y que lo llamaba por el camino de su santidad.
Ya era completamente huérfano, y en adelante la Virgen sería su madre,
su protectora, que le llevaría rectamente al cielo.
Aquel era el momento de decidir su porvenir. Desligado de todo lazo
mundanal, encontrábase desnudo de terrenas preocupaciones a la puerta de
la santidad, dispuesto a ponerse eternamente al servicio de Dios si éste
le llamaba.
¿Por qué no había de realizarse un milagro en su favor? ¿Por qué la
Virgen no había de aconsejarle que abrazase la vida religiosa, como ya
lo había hecho con el seráfico Gonzaga?
Un milagro era lo que él pedía, una muestra leve que indicase cómo la
madre de Dios se interesaba en su porvenir; y ansioso por alcanzar tal
distinción, Ricardo miraba a la risueña imagen, cuyos ojos seguían fijos
en él con inanimada insistencia.
El rayo de sol iba desviándose conforme transcurría el tiempo, y se
apartaba con lentitud de aquel rostro que iba hundiéndose en la sombra.
Entonces le pareció a Ricardo que aquellas sonrosadas facciones se
animaban con una sonrisa de infinita benevolencia, y poseído de una
exaltación frenética se arrojó al suelo, cubriéndose los ojos con las
manos, como si temiese cegar ante un esplendor deslumbrante.
Por fin llegaba el momento deseado. La Virgen le hablaba, aconsejándole
lo que él tenía desde mucho tiempo antes en el pensamiento.
Sentía sonar su voz en lo más íntimo de su cerebro, y hasta le parecía,
que las paredes de la capilla retumbaban con el estrépito de la angélica
trompetería.
Ya estaba decidido; abandonaría el mundo y abrazaría la vida religiosa.
La Virgen se lo ordenaba.
Y el muchacho, a pesar de que tenía los ojos cubiertos por sus manos y
el rostro sobre las frías baldosas, veía un inmenso horizonte de luz, y
en el centro una brillante escalera vaga y tenue, como si estuviese
formada por suspiros y vibraciones de arpas. A los lados estaban los
angeles con cabelleras de sol y diáfanas vestiduras, y en lo último,
llenándolo todo con su majestuosa silueta, Dios, coronado por el
simbólico triángulo, que fijaba en él sus ojos y que por entre su blanca
barba, que se confundía con las nubes, dejaba escapar la inmortal
sonrisa, suprema felicidad de los bienaventurados.
Dos horas después, la servidumbre del colegio recogía el desfallecido
cuerpo de Ricardo, para conducirlo a la enfermería.
Fué aquello un accidente pasajero del que no tardó en reponerse; pero el
director del colegio, que en la intimidad daba a entender cómo bajo una
sotana jesuítica puede ocultarse un espíritu volteriano, dijo, hablando
de Ricardo con otro padre de la Compañía:
--La falta de alimentación le hará ver las más estupendas visiones.
Carne y más carne. Este es el mejor remedio contra las visiones
celestes.