II

San Luis Gonzaga.

A los once años le fué permitido al hijo del conde Baselga leer en otros

libros que en los de estudio.

Ricardito no se distinguía por su afición a la lectura. Los santos, por

lo regular, prefieren la meditación a la ciencia.

En concepto del padre Claudio, convenía aficionar al niño a la lectura

para que abandonase un tanto su tendencia estática, y por esto los

maestros pusieron en sus manos varios libros cuidadosamente escogidos y

que trataban de los santos pertenecientes a la Compañía de Jesús.

Convenía distraer al niño; pero no era menos importante aumentar sus

aficiones místicas, excitándolas con la lectura de obras escritas con el

estilo empalagoso y dulzón propio de las obras jesuíticas.

De todas aquellas obras la "Vida de San Luis Gonzaga" era lo que más

impresión le producía.

Leía las vidas de una innumerable serie de santos, los más de la primera

época del cristianismo, y aunque se conmovía considerando los horribles

tormentos sufridos en las arenas del circo romano, aunque derramaba

lágrimas al ver pasar ante su imaginación las ensangrentadas figuras de

aquellos mártires que morían poseídos del sublime delirio de la fe, su

emoción en tales instantes no podía compararase con la que experimentaba

al pasar su vista por la crónica de aquel príncipe italiano que, pálido,

demacrado, privándose de hasta las más insignificantes satisfacciones, y

atormentado por los más mínimos escrúpulos, vivió alejado de las

grandezas y esplendores entre los cuales había nacido.

Había en San Luis Gonzaga algo de sus propios sentimientos, y el pequeño

Baselga, al leer su vida le parecía en ciertos instantes estar

contemplando su propio rostro en un espejo.

Una simpatía inmensa, una ternura casi femenil profesaba Ricardito a

aquella figura de penitente aristocrático, que atormentada por el ayuno,

tenía la piel transparente y pegada al desmayado esqueleto.

Reunía San Luis muchas condiciones para ser el favorito del santito y

el que éste tomara como modelo para su vida futura.

El penitente italiano procedía de una noble y encumbrada familia, y esto

era algo para el joven Baselga, que muchas veces había oído expresarse a

la baronesa sobre el origen casi divino de la división de clases

sociales.

Había pertenecido a la Compañía de Jesús, y esto era mucho para aquel

alumno de los jesuítas, convencido tenazmente de que fuera de la Orden

no podía existir verdadera virtud, sabiduría, ni santidad.

Además, al carácter delicado y casi femenil de aquel niño, criado entre

mujeres y poseído de una timidez ilimitada, gustábale más aquel santo

que se dedicaba a martirizarse a sí mismo, y que, enamorado místicamente

de la belleza de la Virgen, pasaba días enteros de hinojos ante ella,

que toda la innumerable caterva de mártires de la edad heroica del

cristianismo, que demostraban la verdad de su doctrina buscando que les

desgarrasen los músculos o regando con su sangre las arenas del circo.

¡Qué tierna emoción le producía siempre su lectura favorita! ¡Cómo su

imaginación, despertada por aquella crónica de santidad, encontraba

puntos de comparación entre la vida de San Luis y la suya!

El santo italiano había sido hijo de un marqués, soldado de gran valor;

él tenía por padre a un conde que se había distinguido mucho en los

campos de batalla.

El seráfico Luis tenía desde los siete años tan arraigadas todas sus

devociones, que jamás había faltado a ellas; y él se encontraba en igual

caso, pues no recordaba haber olvidado ninguna de las santas

obligaciones que se había impuesto, que eran oír todas las mañanas la

misa de rodillas y sin hacer el menor movimiento, rezar tres rosarios

cada día, decir la salve cada hora y recitar sus oraciones todas las

noches al acostarse, sin perjuicio de saltar de la cama para

arrodillarse sobre el frío pavimento cada vez que algún ensueño

celestial se dignaba turbar su reposo.

Otro punto de comparación existía entre su vida y la de San Luis; pero

éste, en vez de causarle una gozosa satisfacción, le llenaba de

confusión y tenía su alma constantemente alarmada.

El santo, en su niñez, mezclándose en el trato de los soldados que

mandaba su padre, había aprendido palabras demasiado libres, que repetía

sin comprender su significado, y que después fueron para él causa de un

continuo remordimiento, llorándolas toda su vida y haciendo rigurosas e

interminables penitencias para purificarse de ellas.

Ricardo, ansioso de encontrar similitud entre las dos existencias, buscó

en la suya, y también halló en su niñez algo terrible y horroroso de que

arrepentirse.

¡Cuántas veces había escuchado con maliciosa alegría a Tomasa, la

argonesa doméstica, espíritu volteriano, sin ella darse cuenta, que con

gracia inimitable relataba a Ricardo y Enriqueta, cuando la importunaban

pidiéndola un cuento, relaciones algo libres en que frailes y monjas

jugaban un papel que no dejaba en buen lugar la moral del claustro!

Este recuerdo de la vida pasada producía en el niño terrible impresión;

y aunque él sólo era culpable de haber escuchado con cierto gozo los

chascarrillos algo libres contra la gente monástica, reprochábase el

gozo que había experimentado oyéndolos, y esto constituía para él un

terrible remordimiento.

Acudía a las mortificaciones, a las penitencias abrumadoras, a todos

cuantos santos tormentos le sugería su imaginación, para librarse de tan

incesantes preocupaciones y recobrar su tranquilidad, lo que sería signo

de que Dios le perdonaba la ofensa que le había hecho escuchando tales

abominaciones; pero por más que extremaba sus tormentos físicos y

morales, siempre el maldito remordimiento volvía a anidar en su

conciencia produciéndole un martirio interminable.

Ahora comprendía el por qué en sus delirios místicos no era tan

favorecido por la corte celestial como aquel santo que tomaba por

modelo.

A San Luis, mientras estaba en oración, hablábale la Virgen, y sentía su

pecho invadido de celeste dulzura, mientras que él, por más que llamaba

al las puertas del cielo, las encontraba siempre cerradas. Los santos

estaban mudos para él, y en vano derramaba lágrimas, pues no lograba

ablandar a Dios, encolerizado a causa de los pecados que había cometido

Ricardo escuchando las libres relaciones de aquella impía doméstica.

Por esto la lectura de la vida de San Luis, al par que servía para

aumentar cada vez más su devoción, causábale un continuo desasosiego y

una febril agitación que hacía peligrar su salud.

Aquel niño tímido, dulce y asustadizo, a la edad en que todos cometen

mil diabluras con encantadora gracia y nunca piensan en las

consecuencias de sus actos, mostrábase sombrío y meditabundo,

experimentando tantos remordimientos como el más terrible criminal.

Privábase de comer con la esperanza de alcanzar por medio de ayunos el

perdón de aquella culpa, que a él se le figuraba horripilante; no

dormía, porque en su estado de perpetua agitación, era imposible

conciliar el sueño, y su débil organismo languidecía rápidamente

combatido por tantas privaciones.

Hízose aun más misántropo; fué reservado con sus maestros,

experimentando un miedo terrible cuando pensaba que éstos podrían

descubrir sus pecados de antaño, y contestaba con evasivas a la

solicitud de los jesuítas a quienes el padre Claudio tanto recomendaba

su cuidado.

Mientras los demás colegiales sólo pensaban en aprovecharse de un

descuido para ponerle mazas en el rabo al gato del portero, o en cometer

un sin fin de inocentes locuras, aquel niño vivía agitado por una idea

eterna:

--¡Si Dios me perdonara mis pecados!... ¡Si la Virgen me hablase como a

San Luis!... ¿Cómo he de llegar yo a ser santo?

La araña negra, t. 6/9 · 第 9 / 28 题