I
Entre el centenar de alumnos con que contaba el colegio establecido por
los jesuítas en Madrid, el primogénito del conde de Baselga era el que
merecía mayores distinciones.
Aquel niño pálido y enclenque, de ojazos soñadores y de expresión dulce
y humilde, era el predilecto de los padres maestros, y el encargado de
desempeñar todos los papeles distinguidos dentro del colegio.
Cuando el padre Claudio visitaba el establecimiento Ricardito Baselga
era el colegial que merecía todas sus atenciones; y esta predilección
bastaba para que en aquella casa, dominada por el más abyecto
servilismo, adquiriese el aristocrático niño todos los honores de un
reyecillo en pequeño.
No abusaba mucho el colegial de las preeminencias que le concedían.
Era humilde hasta la exageración, y cada una de aquellas atenciones le
sonrojaban como si fuese un honor irónico y mortificante que le
dispensaban.
Huía de intimar con sus compañeros, a los que trataba siempre con
dulzura huraña; gustaba mucho de la soledad, y si alguna vez sentía
deseos de espontanearse, iba en busca de los más viejos maestros, a los
que apreciaba como santos dignos de la consideración más idolátrica.
En su primera época de colegial, cuando hacía poco tiempo que había
ingresado en el santo establecimiento, y durante las vacaciones, cuando
se trasladaba a casa de sus padres y jugaba con su hermana Enriqueta u
oía los cuentos de la vieja Tomasa, el niño, al volver, mostraba cierta
precoz malicia y gustaba de todos los enredos del colegio y de las
intrigas tramadas por los alumnos más revoltosos; pero poco a poco su
carácter se había modificado por completo y en él iba borrándose aquella
viveza e impetuosidad que apenas había llegado a iniciarse.
La tutela que su hermana, la baronesa de Carrillo, ejercía sobre aquel
niño tímido y melancólico, no podía ser de más visibles efectos.
El único ser de la familia que lograba despertar algún cariño en doña
Fernanda era Ricardito, quien permanecía horas enteras sentado a los
pies de su hermanastra, oyéndola relatar vidas de santos, en que lo
absurdo y maravilloso constituían los principales hechos.
La baronesa, con su carácter imperioso y dominante, ejercía gran
influencia sobre el débil niño y tenía el poder de ir modelando a su
gusto sus aficiones y tendencias.
Ricardito, a los nueve años, tenía ya resuelto su porvenir.
Cuando juntándose con otros colegiales hablaban todos de lo que
pretendían ser cuando fuesen hombres, el hijo del conde de Baselga
manifestaba siempre idéntica aspiración.
Sus compañeros querían ser en el porvenir generales, embajadores,
almirantes, todos los cargos, en fin, ruidosos y brillantes a los que la
sociedad presta homenaje; Ricardito, con sencillez y modestia,
contestaba siempre lo mismo al ser interrogado: él quería ser santo.
Y en esta opinión le tenía todo el colegio en vista de su vida y
costumbres; y cada vez que manifestaba el niño tal opinión en presencia
de la baronesa, ésta se conmovía experimentando una satisfacción sin
límites.
El padre Claudio mostraba especial interés en fomentar las aficiones
seráficas de aquel niño, y los maestros del colegio secundaban
admirablemente los propósitos de su superior.
Aprovechábanse de las más leves faltas del niño para recordarle la
misión a que Dios le llamaba y crear en él lo que pudiera llamarse
orgullo de clase.
La educación jesuítica, tan dulce en la forma como defectuosa e
irritante en el fondo, fúndase principalmente en la odiosa división de
castas.
Para combatir los defectos no se acude a la moral ni se recuerdan las
leves naturales, sino que se hace uso de cuanto puede afectar al orgullo
y la soberbia o herir el amor propio.
Cuando alguno de aquellos colegiales pertenecientes a las más
encumbradas familias cometía alguna falta, no se le reprendía echándole
en cara lo que ésta significaba, sino que el padre jesuíta; se limitaba
a decir:
--¡Parece mentira que un noble perteneciente a una de las más ilustres
familias, haga tal cosa! Se pone usted al nivel de un muchacho del
pueblo.
Esto fomentaba la división en la sociedad del porvenir y ahondaba la
diferencia entre los privilegiados de la fortuna y los desheredados;
pero, en cambio, impresionaba mucho a aquellos muchachillos de sangre
azul que estaban convencidos de que hasta en el cielo hay jerarquías, y
de que Dios creó con la mano derecha a los nobles y a los ricos y con la
izquierda al pueblo para que sufriera y diere de comer al los demás.
Con Ricardito Baselga cambiaban de táctica los buenos padres. Pertenecía
el muchacho a una ilustre familia, y podían también interesar su amor
propio: pero siguiendo las instrucciones de su superior, cuando habían
de reprender al niño, se limitaban a decir:
--¡Parece imposible que un santito a quien tanto quiere Dios pueda
cometer semejante falta!
De este modo el muchacho se iba convenciendo de que era un elegido de
Dios, un predestinado a quien asistía la divina gracia, y se entregaba a
las aficiones místicas que sus maestros tenían buen cuidado en fomentar.
A la edad en que todos los niños aman la agitación y el bullicio y se
entregan a los más violentos juegos, él se mostraba grave y reservado, y
las horas de recreo las pasaba en un rincón del patio cuando no escapaba
para entrar en la desierta capilla, donde quedaba extático ante la más
bella imagen de la Virgen.
A causa de estas aficiones, mientras los otros colegiales respiraban
vida y vigor, él estaba pálido, enjuto y enfermizo, hasta el punto que,
algunas veces, sus maestros habían de reprenderle por la inercia en que
tenía su cuerpo y le excitaban a que jugase con sus compañeros, orden
que el muchacho, siempre obediente, cumplía, con forzosa pasividad.
Ricardito iba convirtiéndose poco a poco en un objeto de admiración que
ostentaba con orgullo el santo establecimiento.
Los colegiales, obedeciendo a sus maestros, miraban al niño como un ser
superior y privilegiado, digno de supersticioso respeto; y entre ellos
se hablaba como de una cosa rara de su humildad a toda prueba, de la
gran resistencia que tenía para permanecer horas enteras de rodillas en
el oratorio y de la entonación dulce y conmovedora con que rezaba sus
oraciones en alta voz.
No visitaba el colegio una familia distinguida sin que dejasen los
jesuítas al punto de presentar como la mayor curiosidad de la casa a
aquel "santito" de cara dulce y melancólica, que se presentaba con la
mayor modestia, ruborizándose al más leve cumplido.
El niño era, sin saberlo, un prospecto viviente que utilizaban los
jesuítas para demostrar la santa educación que se daba en aquel
establecimiento, y los maestros hablaban a las madres y hermanas de los
demás colegiales del santo entusiasmo de Ricardito, que en las noches
más crudas de invierno le hacía saltar de la abrigada cama para
arrodillarse desnudo sobre el frío suelo y rezar a la Virgen, que se le
aparecía en sueños.
La fama de aquella infantil santidad atravesaba los muros del colegio
para esparcirse en el gran mundo, y la baronesa de Carrillo recibía a
cada instante felicitaciones por haberle Dios deparado un hermano que
sería la honra de la familia y la abriría las puertas del cielo.
Esto causaba en doña Fernanda una emoción de celestial gozo, y cuando
hablaba con sus amigas decía siempre con cierta satisfacción:
--Me envanezco con mi hermano como si fuese obra mía. Yo he guiado sus
primeros pasos por la senda de la devoción y le he enseñado a amar a
Dios. ¡Ay! ¿Qué sería de él si yo lo hubiese abandonado al cuidado de mi
padre? Es el único que honrará la familia. Enriqueta es una casquivana
de la que nunca conseguiré hacer una santa.