CANTO XLIV.

Reinaldo promete á Rugiero la mano de su hermana Bradamante, y

regresa con él á Marsella.--Astolfo llega al mismo puerto, despues

de haber exterminado á sus enemigos, y desde allí pasa á Paris,

donde todos los caballeros son recibidos con los mayores honores y

consideraciones.--Rugiero marcha á combatir con Leon, á quien el

duque Amon habia prometido la mano de su hija.

Con frecuencia acontece que, bajo humildes techos y en albergues

miserables, en medio de la estrechez y de las calamidades, los

corazones se unen con los lazos de una amistad más firme y duradera,

que entre las envidiadas riquezas ó la ociosidad de los regios

alcázares y de los expléndidos palacios, llenos de intrigas y de

sospechas, de donde está desterrada por completo la caridad, y donde

no se encuentra amistad que no sea fingida. Esta es la causa de que

los pactos y los convenios que hacen entre sí los príncipes y los

reyes sean tan fugaces. Los emperadores, los papas, los reyes, unidos

hoy por mútuos tratados de alianza, se convertirán mañana en enemigos

capitales; porque ni su corazon, ni sus propósitos guardan consonancia

con su apariencia exterior, y porque, importándoseles lo mismo lo

justo que lo injusto, tan solo atienden á su conveniencia particular:

sin embargo, á pesar de que son poco capaces de comprender los dulces

sentimientos de una amistosa cordialidad, porque tan delicado afecto

no reside donde siempre se trata de él con hipocresía y disimulo, lo

mismo en las cuestiones graves que en las insignificantes, si por

casualidad llega á reunirlos en algun sitio humilde una impensada

y cruel desgracia, que les agobie mútuamente con su peso, entonces,

y solo entonces, aprenden á conocer y apreciar en poco tiempo el

valor inapreciable de la santa amistad, de que durante muchos años no

pudieron darse cuenta. El santo anciano, en su modesto retiro, logró

unir á sus huéspedes con los fuertes vínculos de un acendrado cariño,

mucho mejor que otros lo hubieran hecho en la corte, y este cariño

quedó tan arraigado en sus corazones, que no se desvaneció sino con la

muerte. El piadoso varon los encontró á todos benignos y asequibles

á sus exhortaciones, y conoció que sus almas eran más cándidas que

el blanco plumaje de un cisne: todos ellos eran francos, amables,

generosos, é incapaces de esa iniquidad que os he descrito, propia solo

de los que, cubiertos con la máscara de una refinada hipocresía, jamás

se manifiestan como son; por lo cual, dieron al olvido sus antiguas

ofensas y querellas, y desde aquel momento se amaron más que si los

hubieran engendrado los mismos padres.

El señor de Montalban se mostraba más solícito que los demás en

acariciar y halagar á Rugiero, tanto por haber tenido ocasion de

conocer su valor y bizarría, cuanto por ver en él al caballero más

afable y más humano que existia en el mundo, y principalmente por

reconocerse deudor de los muchos favores que el esforzado jóven le

habia prestado en diferentes ocasiones. Sabia que Rugiero habia salvado

á Riciardeto, cuando el Rey de España le hizo encarcelar, por haberle

encontrado en el lecho con su hija: sabia tambien que habia librado

á los dos hijos del Duque Buovo, segun os he dicho, de las manos de

los sarracenos y de los malvados sicarios del maguntino Bertolagio;

y estas muestras de heróica abnegacion le parecian tan grandes, que

le obligaban á amarle y á reverenciarle: lo que más le pesaba era no

haber podido hacer lo mismo cuando militaban el uno bajo las banderas

africanas y el otro al servicio de Carlomagno; pero á la sazon, que le

veia convertido al cristianismo, se apresuró á satisfacer gustoso su

deuda de gratitud, prodigando á Rugiero toda clase de ofrecimientos,

honores y demostraciones de cariño.

Viendo el prudente eremita tan marcada benevolencia, tomó pié de ella

para decirles:

--Ahora no falta ya más que una cosa, que espero obtener sin oposicion;

y es que, así como acabais de uniros por los lazos de una generosa

amistad, os unais tambien por los vínculos del parentesco, á fin de que

de vuestras dos razas ilustres, cuya nobleza no encuentra igual en el

mundo, salga una estirpe que supere en esplendor á todo el que despiden

los fulgurantes rayos del Sol mientras recorre su órbita: una estirpe

cuya gloria irá en aumento conforme vayan transcurriendo los años y los

lustros, y durará (segun lo que Dios me inspira con objeto de que os lo

revele) mientras los cielos efectúen sus acostumbradas revoluciones.

Y prosiguiendo su conversacion en estos términos, el santo anciano

concluyó por persuadir á Reinaldo á que prometiera á Rugiero la

mano de su hermana Bradamante, si bien es verdad que ninguno de los

dos necesitaba tales consejos. El Príncipe de Anglante y Olivero

encarecieron á su vez la conveniencia de esta union, esperando que,

así como ellos, la aprobaran el rey Cárlos y el duque Amon, y que la

Francia entera se regocijaria por ella. Así decian; pero ignoraban que

Amon, con aprobacion del hijo de Pepino, se habia comprometido por

aquellos dias con Constantino, emperador de Oriente, que le pidió la

mano de Bradamante para su hijo Leon, heredero de sus vastos dominios;

el cual, sin ver á la jóven, se habia enamorado perdidamente de ella

por la sola fama de sus hazañas. Amon le respondió, que por sí solo

no podia decidirse enteramente hasta hablar con su hijo Reinaldo, que

por entonces se hallaba lejos de la corte; y aun cuando no le cabia la

menor duda de que su hijo daria su consentimiento, aceptando gustoso

una alianza tan ilustre, no se atrevia, sin embargo, á tomar una

resolucion definitiva á causa de la suma deferencia que le tenia.

Mientras tanto Reinaldo, separado de su padre, ignorante de los tratos

de este con el Emperador, y cediendo á su propio deseo, al parecer de

Orlando y de sus compañeros, y sobre todo á las instancias del eremita,

prometió á Rugiero la mano de su hermana, persuadido de que Amon no

podria menos de aprobar satisfecho aquel parentesco. Pasaron todo aquel

dia y gran parte del siguiente en compañía del virtuoso cenobita,

olvidándose casi de regresar á bordo, á pesar de serles el viento

favorable; pero los marinos, que se lamentaban de tanta demora, les

enviaron repetidos avisos, apremiándolos para que se embarcaran, hasta

que por último tuvieron que separarse del eremita. Rugiero, que habia

permanecido en aquel retiro tantos dias, sin apartarse un solo momento

del escollo, se despidió afectuosamente del santo maestro que le

iniciara en la verdadera fé. Orlando le devolvió su espada, la armadura

de Héctor y el buen Frontino, tanto para darle una prueba evidente

del cariño que le profesaba, cuanto por saber que antes le habian

pertenecido; y si bien el Paladin tenia más derecho á poseer aquel

acero encantado, conquistado por él á costa de mil trabajos y fatigas

en el formidable jardin de Falerina, que Rugiero, á quien se lo habia

entregado un ladron, juntamente con Frontino, sin embargo, se lo cedió

voluntariamente, así como las demás armas á la primera indicacion.

Bendecidos los caballeros por el devoto anciano, volvieron á

embarcarse, y al instante dieron las velas al Noto y los remos al

agua. Durante su navegacion, disfrutaron de un tiempo tan sereno y

bonancible, que no tuvieron necesidad de apelar á los rezos ni á los

votos hasta que fondearon en Marsella sanos y salvos. Dejémosles allí,

hasta que me sea posible conducir á aquel puerto al glorioso duque

Astolfo.

Luego que Astolfo tuvo noticia de la victoria alcanzada á costa de

tanta sangre, juzgó que la Francia se hallaba para siempre libre de

los ataques del África, y por consiguiente creyó oportuno disponer

que el Rey de Nubia regresara á su país con su ejército, por el mismo

camino que cruzara al marchar contra Biserta. El hijo de Ogiero habia

enviado de nuevo al África la escuadra que destruyó la de los moros,

y en cuanto desembarcaron de ella los nubios que la tripulaban, un

nuevo milagro hizo que los costados, las popas y las proas de las

embarcaciones recobraran su primitiva forma de hojas de árbol; despues

acudió el viento, y como cosa leve, las dispersó por el aire y las hizo

desaparecer en un instante.

No tardaron en alejarse de África las huestes nubias, unas á pié y

otras á caballo; pero Astolfo manifestó antes su viva y eterna gratitud

al rey Senapo, por haber acudido en persona á prestarle un generoso

auxilio con toda su fuerza y todo su poder, y le entregó el terrible

y fogoso Austro encerrado en el claustro uterino: quiero decir, que

le confió el odre que contenia el viento que suele soplar del Sur con

inusitada violencia, agitando las arenas del desierto como si fueran

las olas de un tempestuoso mar, y elevándolas en confusos remolinos

hasta el mismo Cielo: encarecióle la importancia de mantenerlo cautivo,

para que no les molestara en su viaje, y le recomendó, por último, que

al llegar á su país, le diese libertad.

Dice Turpin, que en el momento en que el ejército penetró en las

gargantas del empinado Atlas, todos los caballos se transformaron de

nuevo en piedras, de suerte que los nubios se volvieron como habian

venido.

Pero ya es tiempo de que Astolfo regrese á Francia, por lo cual tan

pronto como hubo fortificado los principales puntos del reino de

África, hizo desplegar las alas á su Hipogrifo, que de un solo vuelo

le llevó á Cerdeña, y de Cerdeña á las playas de Córcega; desde allí

prosiguió el Duque su camino sobre el mar, volviendo algun tanto las

riendas á la izquierda, hasta que por último contuvo la rapidez de su

carrera al dar vista á las marismas de la rica Provenza, donde hizo con

el Hipogrifo cuanto le ordenó el Evangelista. El santo Apóstol le habia

prevenido que, una vez llegado á Provenza, dejara de espolearle, y que

cesando de oponer la silla y el freno á su natural impetuosidad, le

permitiera alejarse libremente.

Además, el cielo más bajo, que recibe en su seno todo cuanto pierden

los mortales, habia privado de sus sonidos á la trompa, que se quedó,

no ya ronca, sino muda, cuando el guerrero puso el pié en la divina

morada.

Llegó Astolfo á Marsella el mismo dia en que desembarcaron Orlando,

Olivero y el señor de Montalban, juntamente con el buen Sobrino y el

bravo Rugiero. El triste recuerdo de la muerte de su amigo Brandimarte

impidió que los Paladines reunidos pudieran dar expansion al júbilo

que sentian por el feliz resultado de la guerra. Desde Sicilia habian

participado al Emperador la muerte de los dos reyes sarracenos, la

prision de Sobrino y el desgraciado fin de Brandimarte: tampoco

ignoraba Cárlos la conversion de Rugiero, y en su corazon y en su

rostro se echaba de ver claramente el gozo que sentia, por verse libre

de aquel peso intolerable que habia gravitado sobre sus hombros, en

términos de no poder reponerse fácilmente.

A fin de honrar cual debia á aquellos guerreros, que eran las columnas

y el principal sosten del santo Imperio, dispuso el Emperador que toda

la nobleza del reino saliera á recibirlos hasta la orilla del Saona,

y él mismo se adelantó á su encuentro fuera de los muros de la ciudad

con una brillante comitiva, compuesta de reyes y duques, y en compañía

de la Emperatriz, que iba rodeada de muchas doncellas, tan notables

por su hermosura como por la elegancia y riqueza de sus galas. El

alegre Emperador, los paladines, los amigos y parientes, la nobleza y

el pueblo acogieron al Conde y á sus compañeros con las más evidentes

muestras de cariñoso afecto, aclamando los nombres de Mongrana y

Claramonte.

Tan pronto como hubieron terminado los plácemes y los abrazos,

Reinaldo, Orlando y Olivero condujeron á Rugiero á la presencia del

Emperador, manifestándole que aquel jóven era hijo de Rugiero de Ris,

digno heredero de las virtudes de su padre, y tan fuerte y animoso

y tan experto en los combates como podrian atestiguar los ejércitos

cristianos. En aquel momento se presentaron Marfisa y Bradamante,

las dos amigas bellas y esforzadas: la primera corrió á abrazar á su

hermano: la segunda le saludó con cierta expansion contenida por el

respeto.

El Emperador hizo que Rugiero volviera á montar á caballo, del que

se habia apeado reverentemente, y quiso que cabalgara á su lado, no

perdonando la menor ocasion de honrarle y darle señales inequívocas de

su aprecio; pues sabia su conversion al cristianismo, porque apenas

desembarcaron los guerreros, se habian apresurado á poner en noticia

de Cárlos los detalles de todo lo ocurrido. La noble comitiva entró en

la ciudad en medio de una pompa verdaderamente triunfal: por do quiera

se veian enramadas y guirnaldas de flores: todos los edificios estaban

colgados de vistosos tapices: sobre los vencedores caia una verdadera

lluvia de flores y de yerbas olorosas, que arrojaban á manos llenas

desde los balcones y ventanas elegantes damas y apuestas doncellas:

al recorrer algunas calles, se encontraban con arcos y trofeos

levantados en breves momentos, en que estaban representados la toma y

el incendio de Biserta y otros varios hechos de armas: en otras partes

se elevaban tablados, en los que se ejecutaban diferentes juegos,

pantomimas y espectáculos escénicos, y en fin, por do quiera aparecian

fijados grandes cartelones con esta inscripcion: _A los libertadores

del Imperio_. Entre los sonidos de los penetrantes clarines, de los

canoros pífanos, y de mil armoniosas músicas; entre los aplausos, las

aclamaciones, el gozo y el afecto de una inmensa multitud que apenas

cabia en las calles, apeóse el magno Emperador en su palacio, donde

todo aquel brillante séquito se entregó durante muchos dias á los

placeres de los torneos, de los banquetes, de los bailes, de los juegos

y de las representaciones escénicas.

Reinaldo aprovechó la primera oportunidad para participar á su padre su

propósito de unir á Bradamante con Rugiero, manifestándole al propio

tiempo que se la habia prometido por esposa en presencia de Orlando y

de Olivero, los cuales apoyaron su dictámen por creer que era imposible

contraer un parentesco, que por la nobleza y valor del elegido fuese,

no tan solo igual, sino mejor que el acordado. El duque Amon no

quiso ocultar á su hijo el marcado descontento con que escuchó sus

palabras, por haberse atrevido á disponer de la mano de la doncella

sin consultarle, cuando él estaba resuelto á desposarla con el hijo de

Constantino y no con Rugiero, el cual ni empuñaba un cetro, ni poseia

absolutamente nada sobre la tierra, como si no supiese que la nobleza,

y especialmente la virtud, carecen de valor cuando no las acompañan las

riquezas.

Beatriz censuró la determinacion de su hijo mucho más que el Duque

su esposo, calificándola de arrogante en demasía, y declaró secreta

y ostensiblemente, que se opondria á que Bradamante fuese esposa de

Rugiero, por tener resuelto hacerla á toda costa emperatriz de Oriente.

Reinaldo por su parte persistia en su obstinacion, decidido á no faltar

en un ápice á su palabra. La madre, que creia á la magnánima doncella

predispuesta en favor suyo, la escitaba á confesar que preferia la

muerte á enlazarse con un caballero pobre, amenazándole al mismo tiempo

con retirarle su afecto si toleraba la grave injuria que su hermano le

inferia, y aconsejándole que se negara con audacia y firmeza, puesto

que Reinaldo no podia obligarla á acceder á sus deseos á la fuerza.

Bradamante permanecia silenciosa, sin atreverse á contradecir á su

madre, hácia quien sentia tal respeto y reverencia, que ni siquiera

podia pensar en desobedecerla; pero, por otra parte, consideraba como

un crímen prometer lo que no queria cumplir; y no queria, porque no le

era posible, pues Amor le habia arrebatado su poco ó mucho albedrío.

No atreviéndose á rehusar, ni á dar muestras de contento, se limitaba

á guardar un absoluto silencio, interrumpido por frecuentes suspiros;

pero cuando se encontraba á solas, y en sitio donde no pudiese ser

oida, daba libre curso al llanto que en copioso raudal se escapaba

de sus ojos, haciendo sentir á su pecho y á sus blondos cabellos

los crueles efectos del dolor que la atormentaba, golpeándose aquel

y mesándose lastimosamente estos. En medio de su afliccion y de su

llanto, exclamaba:

--¡Ay de mí! ¿Habré de querer lo que no quiere la que debe ejercer

sobre mi voluntad un dominio mayor que el mio propio? ¿Tendré en tan

poca estima los deseos de mi madre, que me sea posible posponerlos

á mi principal anhelo? ¡Ah! ¿Puede haber pecado más grave ó baldon

más vergonzoso para una doncella, que el de tomar esposo contra la

voluntad de aquellos á quienes está obligada á obedecer? ¡Ay mísera

de mí! ¿Tendrá bastante poder mi cariño filial para conseguir que te

abandone, Rugiero mio? ¿Logrará que me entregue á una nueva esperanza,

á un nuevo deseo y á un nuevo amor, ó haciendo abstraccion completa

de la reverencia y atencion que á los buenos padres deben los buenos

hijos, atenderé tan solo á mi bien, á mi dicha, á mi deleite? Conozco

cuáles son mis deberes, sé cuánto debe exigirse de una buena hija:

no lo ignoro ¡ay de mí! pero ¿de qué me sirve si los sentidos luchan

ventajosamente con la razon, si Amor la acosa y la obliga á someterse,

y no me permite que disponga de ella ni aun de mí misma sino cuando á

él le parece, reduciéndome á decir y hacer tan solo lo que él me dicta?

Soy hija de Amon y de Beatriz, pero tambien soy ¡desventurada! esclava

del amor. Si falto á mis deberes filiales, espero encontrar compasivo

perdon en mis padres; pero si ofendo al amor, ¿quién podrá librarme con

ruegos y con súplicas de sus furores? ¿quién logrará que atienda una

sola de mis disculpas y no me cause una muerte desastrosa y repentina?

¡Ah! He procurado á costa de prolongados é incesantes esfuerzos atraer

á Rugiero á nuestra Fé; al fin lo he conseguido, pero ¿qué me importa,

si mi piadoso propósito redunda en beneficio de otros, del mismo modo

que la abeja renueva su miel todos los años, para verse privada siempre

del fruto de su trabajo? ¡No, no! ¡Antes la muerte que verme en brazos

de otro esposo! Si no obedezco á mi padre y á mi madre, obedeceré en

cambio á mi hermano, que es mucho más prudente que ellos y tiene su

cerebro sano y despejado. El mismo Orlando aprueba lo que Reinaldo

ordena, de suerte que cuento con el apoyo de ambos caballeros, más

temidos y venerados en el mundo que todos nuestros demás parientes

juntos. Si no existe un solo mortal que no vea en ellos la flor, la

gloria y el esplendor de la raza de Claramonte, si todos los ensalzan

y los glorifican á porfía, ¿por qué he de consentir que Amon disponga

de mí con preferencia á Reinaldo y al Conde? No, no debo permitirlo, y

con tanto mayor motivo, cuanto que el Emperador griego solo ha recibido

de mi padre una vaga promesa, al paso que Reinaldo ha comprometido su

palabra con Rugiero.

Si Bradamante se afligia y atormentaba, la imaginacion de Rugiero no

estaba mucho más tranquila; pues aunque la noticia de la oposicion

del Duque y de su esposa no habia circulado todavía por la ciudad, el

triste jóven tenia conocimiento de ella. Lamentábase de su adversa

fortuna, que no le permitia gozar de tanto bien, por haberle negado

tronos y riquezas, cuando se mostraba tan pródiga con otros mil,

indignos de poseerlas, y sin embargo, se veia dotado en tan gran

cantidad de todos los demás bienes que concede la naturaleza á los

hombres, ó se alcanzan á fuerza de estudio y de fatiga, que no ha

existido mortal alguno que poseyera tantos, pues á su belleza cedia

toda otra belleza; con dificultad se hallaria quien resistiera á su

pujanza, y nadie, como él, merecia la palma de la magnanimidad y de la

régia esplendidez; pero el vulgo, que dispone á su arbitrio de los

honores y las consideraciones, y los da ó los quita como le parece (y

no se crea que eximo á nadie del nombre de vulgo, excepto á los hombres

prudentes y estudiosos; pues los papas, los reyes y los emperadores no

los hacen las mitras, los cetros, ni las coronas, sino la prudencia, el

recto criterio, cualidades que el Cielo concede á un limitado número de

personas), para ese vulgo, repito, que solo da valor á las riquezas, no

existe otra cosa en el mundo más digna de admiracion, y sin ellas, nada

respeta y nada aprecia, por grandes que sean la belleza, el valor, la

pujanza, la destreza, la virtud, la sabiduría y la bondad, considerando

por último como lo más insignificante de todo los amorosos quebrantos

semejantes al que me ocupa.

--Puesto que Amon está decidido, pensaba Rugiero, á que su hija sea

emperatriz, desearia que no llevara á cabo tan pronto su alianza con

Leon, y que me diera por lo menos un año de término; no necesito mayor

plazo para precipitar del sólio imperial á Leon y á su padre, y cuando

les haya arrancado su corona, Amon no me juzgará un yerno indigno

de sí. Pero si Constantino pretende ser suegro de Bradamante con la

precipitacion que ha exigido; si no hace caso alguno de la palabra que

Reinaldo y su primo Orlando me han dado en presencia del santo eremita,

del marqués Olivero y del rey Sobrino, ¿qué deberé hacer? ¿Toleraré

tan grave ultraje, ó arrostraré la muerte antes que sufrirlo? ¿Qué

haré, Dios mio? ¿Deberá recaer mi venganza en el padre de Bradamante?

Paso por alto que no debo precipitarme para tomar una determinacion

semejante, y si obro necia ó cuerdamente al intentarla; pero quiero

suponer que me sea fácil arrancar la vida al viejo insano y á toda su

descendencia: esta venganza ¿me proporcionará alguna satisfaccion? ¡Ah!

No: redundará, por el contrario, en contra de mi constante anhelo,

que siempre se ha cifrado en conservar el amor de mi bella dama y en

no merecer su ódio; y si doy muerte á su padre, ó intento ó llevo á

cabo alguna accion perjudicial para su hermano ó sus parientes, ¿no le

doy un justo motivo para que me llame enemigo suyo, y se niegue con

horror á ser mi esposa? ¿Qué debo, pues, hacer? ¿Sufriré tal insulto?

¡Ah no, vive Dios! primero la muerte. Pero no, no quiero morir: antes

debe perecer con más justicia ese Leon Augusto, que ha venido á turbar

mi inmensa alegría: deben perecer él y su infame padre. No costó tanto

Elena á su troyano amante, ni Proserpina á Piritoo en tiempos más

remotos, como he de hacer pagar caro mi quebranto al padre y al hijo.

¿Y podrá suceder, vida mia, que no te pese abandonar á tu Rugiero por

ese griego? ¿Logrará tu padre arrancarte el fatal consentimiento,

aun cuando tuviese de su parte á tus hermanos? ¡Ay! ¡Harto temo que

tus deseos concuerden con los de Amon más bien que con los mios, y

que te parezca mejor partido el que te ofrece un César que el de un

simple caballero! ¿Podrá suceder acaso que un nombre régio, un título

imperial, la grandeza y la pompa de las cortes lleguen á corromper el

levantado ánimo, el gran valor y la sólida virtud de mi Bradamante,

hasta el extremo de menospreciar por ellos la fé jurada, y olvidar

todas sus promesas? ¿No deberia arrostrar el enojo de Amon, antes que

dejar de decirme lo que siempre me ha dicho?

Decia entre sí Rugiero estas y otras muchas cosas, profiriendo con

frecuencia sus quejas de tal modo, que llegaban á oidos de los que

se hallaban cerca de él, por lo cual Bradamante tuvo más de una vez

noticia de su pesadumbre, causándole las penas de Rugiero un dolor no

menos vivo que las suyas propias; pero lo que más la atormentaba de

cuanto, segun le decian, afligia á su enamorado caballero, era el

saber que su principal quebranto procedia de las sospechas de que ella

pudiese abandonarle, por entregar su mano al Griego. Con el fin de

tranquilizarle y desterrar esta creencia de su corazon, le envió un dia

á una de sus más fieles camareras con el encargo de que le trasmitiera

estas palabras:

--Tened la seguridad, adorado Rugiero, de que continuaré siendo la

misma hasta el sepulcro, y más allá, si posible fuera. Ya se muestre

el Amor benigno ó altanero para conmigo, ya sea buena ó mala mi

fortuna, mi constancia será tan firme como la de una roca que sufre

incontrastable los embates del viento y del mar, segun lo he demostrado

permaneciendo, como permaneceré siempre, inmutable, lo mismo en la

tempestad que en la bonanza. Una lima ó un cincel de plomo podrán

tallar de varios modos el diamante antes que los golpes de la fortuna ó

las iras del amor consigan doblegar mi corazon constante, y las aguas

del turbio y caudaloso rio subirán hácia la cumbre de los Alpes antes

que cualquier nuevo accidente, bueno ó malo, consiga variar el rumbo

de mis ideas. A vos tan solo, Rugiero mio, he concedido el dominio

sobre mi corazon, lo que es tal vez mucho más de lo que algunos creen.

Estoy íntimamente convencida de que mi lealtad es más inquebrantable

que la que juran sus súbditos á un nuevo monarca: sé que ningun rey

ni emperador del mundo reina en sus estados con mayor seguridad que

vos en mi albedrío, y que no necesitais construir fosos ni murallas

por temor de que otro os arrebate su posesion; pues sin necesidad de

que levanteis tropas, no habrá asalto que yo no rechace, ni riqueza

capaz de conquistarme, ni un corazon como el mio se adquiere á tan

vil precio; ni podrá sojuzgarme la nobleza, ni el brillo de una

corona que suele deslumbrar al vulgo necio; ni existirá una de esas

bellezas que tanto influyen en las imaginaciones volubles y caprichosas

capaz de impresionarme tanto como la vuestra. Desechad, pues, todo

temor de que mi corazon pueda amoldarse á las nuevas formas que se

pretenda darle, pues vuestra imágen está tan profundamente grabada en

él, que es imposible borrarla. El marfil, el diamante, la piedra más

dura y que más resistencia oponga al esfuerzo del lapidario, pueden

romperse, pero no es posible grabar en ellos una figura distinta á la

esculpida primitivamente. Mi corazon, que participa de la naturaleza y

propiedades del mármol ó de otra materia resistente al hierro, podrá

tal vez quedar destrozado por los golpes de Amor, pero este será

impotente para grabar en él otra imágen que no sea la vuestra.

A estas palabras añadió otras muchas, llenas de amor, de fé, de

consuelo, y capaces de restituirle mil veces á la vida, si mil veces

hubiese muerto; pero cuando más confiados estaban en haber llevado sus

esperanzas á buen puerto y al abrigo de los furores de la tempestad,

viéronse de nuevo envueltos en oscuro ó impetuoso torbellino, que los

arrojó lejos de la playa á merced de las procelosas olas. Resuelta

Bradamante á cumplir todavía más de lo prometido, y evocando su

acostumbrada audacia, hizo caso omiso de todo respeto y reverencia, y

se presentó un dia á Carlomagno, diciéndole:

--Señor, si mis trabajos han encontrado alguna gracia á los ojos de

vuestra majestad, dignaos concederme un don en recompensa; pero antes

de deciros en qué consiste, os ruego que me empeñeis vuestra palabra

real de acceder á mi deseo, seguro de que mi demanda será justa y recta.

--Querida hija, le respondió el Emperador, tu valor y virtud merecen

que te dé cuanto me pidas, y aunque desees una parte de mis estados,

juro concedértela con tal de contentarte.

--La gracia que espero de vuestra Alteza, repuso la doncella, es que no

permitais que me den un esposo cuyo valor sea inferior al mio. Los que

aspiren á mi mano, han de sostener antes conmigo un combate á espada ó

lanza. El vencedor será mi esposo: el vencido deberá ir á otra parte en

busca de mujer.

El Emperador le contestó con rostro placentero, que la demanda era en

un todo digna de la que la hacia; por lo cual podia estar tranquila,

pues él por su parte haria cuanto le rogaba.

Aquella entrevista no permaneció tan secreta, que no llegara al poco

tiempo á noticia de todos, y en el mismo dia tuvieron conocimiento de

ella el anciano Amon y su esposa Beatriz. La irritacion y el enojo

que les causó el atrevido paso de su hija, fueron indescriptibles;

porque vieron que su propósito no era otro que el de elegir á Rugiero

y rechazar á Leon. Atendiendo diligentes á impedir que se realizara

el intento que habia formado, la sacaron engañada de la corte, y se

retiraron con ella á Roca-Fuerte, castillo que Cárlos habia dado pocos

dias antes á Amon, el cual estaba situado entre Perpiñan y Carcasona,

en un punto importante de la orilla del mar. Allí la tuvieron encerrada

como en una prision, con designio de enviarla cuanto antes á Oriente,

alejándola de buen ó mal grado de Rugiero, para obligarla á contraer su

enlace con Leon.

La valerosa doncella, no menos sumisa que animosa y fuerte, permanecia

resignada y obediente á la voluntad de su padre, á pesar de que no le

habian puesto centinelas de vista y podia entrar y salir libremente del

castillo: sin embargo, estaba firmemente resuelta á sufrir la prision,

los tormentos más crueles y hasta la muerte, antes que renunciar á su

Rugiero.

Al verse Reinaldo separado de su hermana á causa del ardid de Amon,

y conociendo que ya no podria disponer de ella, con lo cual quedaba

imposibilitado de cumplir su palabra, se quejó amargamente de su padre,

hablando de él en términos exentos de todo respeto filial; pero el

Duque se cuidaba muy poco de tales quejas, y seguia adelante con los

proyectos que habia formado sobre el porvenir de su hija.

Informado Rugiero de este nuevo contratiempo, temió perder para siempre

á su amada y que Leon alcanzaria voluntaria ó forzosamente su mano,

si continuaba mucho tiempo vivo: obligado por tan cruel alternativa,

se propuso secreta y resueltamente inmolar á su rival, convirtiéndole

de Augusto en Divino, y arrancar la vida juntamente con el trono al

padre y al hijo, si sus esperanzas no quedaban defraudadas. Vistióse

las armas que fueron del troyano Héctor y despues de Mandricardo, hizo

ensillar al excelente Frontino, y cambió de cimera, de escudo y de

sobrevesta. No juzgó conveniente ostentar en su proyectada empresa el

águila blanca en campo azul, y en su lugar puso por divisa en su escudo

un unicornio blanco como la azucena en campo rojo. Eligió por única

compañía al más fiel de sus escuderos, con expreso encargo de que no

revelara en ocasion alguna el nombre de su señor.

Pasó el Mosa y el Rin, atravesó las provincias de Austria y de Hungría,

bajó por la orilla derecha del Ister[181], y tan de prisa anduvo,

que al poco tiempo llegó á Belgrado. Cerca del sitio en que el Save

se precipita en el Danubio y marcha unido con él á desembocar en más

anchuroso mar, vió Rugiero un numeroso ejército acampado en tiendas y

pabellones en torno de la enseña imperial; pues Constantino intentaba

recobrar aquella ciudad que le habian conquistado los búlgaros. El

mismo Emperador, teniendo al lado á su hijo, mandaba en persona cuantas

tropas habia podido reunir en todo el Imperio. En frente de él tenia el

ejército búlgaro, que ocupaba la ciudad y toda la montaña que la rodea,

extendiéndose hasta la misma orilla del Save, cuyas aguas acudian á

beber las huestes de una y otra nacion.

[181] Antiguo nombre del Danubio.

Rugiero llegó en el momento en que los griegos se esforzaban en echar

un puente sobre el rio, mientras los búlgaros procuraban impedirlo, y

encontró á los dos ejércitos batiéndose con encarnizamiento.

El número de los griegos era cuádruple al de sus contrarios, y además

tenian embarcaciones con puentes para facilitar el paso del rio, que

estaban empeñados en atravesar á viva fuerza. Mientras una parte del

ejército imperial se ocupaba en esta operacion, Leon se alejó del rio

por medio de un movimiento simulado, y dando un gran rodeo por el

campo, retrocedió de nuevo, echó los puentes en la orilla opuesta y

pasó por ellos con toda rapidez, seguido de mas de veinte mil soldados,

entre infantes y ginetes, con los cuales marchó por la orilla del rio,

y cayó furiosamente sobre uno de los flancos del enemigo. Tan luego

como el Emperador vió aparecer á su hijo por la margen opuesta, uniendo

puentes á puentes y naves á naves, pasó á su vez con el resto de sus

tropas.

Vatrano, jefe y rey de los búlgaros, guerrero de gran prez, prudente

y animoso, se esforzaba inútilmente en contener por todas partes un

ataque tan impetuoso, cuando oprimiéndole Leon con su robusta mano, le

hizo caer debajo del caballo; y como no quiso rendirse prisionero,

perdió la vida atravesado por mil espadas. Los búlgaros habian hecho

frente hasta entonces; pero apenas se vieron privados de su jefe, se

apresuraron á huir de la tormenta que en torno suyo descargaba cada vez

más amenazadora, volviendo las espaldas hácia donde antes tenian el

rostro.

Rugiero, que habia pasado el rio confundido entre los griegos, al ver

aquella derrota, se dispuso á socorrer á los búlgaros, sin pararse

á reflexionar en lo que hacia, é impulsado tan solo por su ódio á

Constantino, ó más bien á su hijo Leon. Picó á Frontino, que se

asemejaba al viento en su velocidad, y se adelantó á todos los ginetes,

colocándose en medio de los búlgaros, que poseidos de un terror pánico,

huian al monte, abandonando la llanura. Consiguió detener á muchos

de ellos, llevólos de nuevo al combate, enristró su lanza, y lanzó

su caballo contra los griegos con tan terrible aspecto, que Marte y

Júpiter se estremecieron de espanto en su olímpica morada.

Fijó la vista, con preferencia á los otros, en un caballero que llevaba

bordada en su purpúrea sobrevesta una mazorca de seda y oro, con todo

su tronco, al parecer de mijo: era hijo de una hermana de Constantino,

y su tio le amaba con paternal ternura: Rugiero le hizo pedazos, cual

si fueran de vidrio, el escudo y la coraza, y el hierro de su lanza

le salió más de un palmo por la espalda. Despues de dejar muerto á

aquel guerrero, empuñó su Balisarda, se precipitó sobre el escuadron

más próximo, y repartiendo cuchilladas á diestro y siniestro, empezó

á hendir troncos y cabezas, á atravesar pechos y costados y á segar

gargantas.

Pronto quedó el campo sembrado de cabezas, piernas, brazos, manos y

troncos; la sangre de los muertos, formando un espantoso arroyo,

corria hasta el valle. Al ver tan descomunales tajos, no hubo un solo

griego que se atreviera á contrastarlos: aterrados estos, dejaron de

oponer resistencia, de suerte que en breve cambió la faz del combate;

pues cobrando nuevo ardimiento el búlgaro fugitivo, hizo frente á su

enemigo, empezó á perseguirle con denuedo, y en un momento rompió sus

apiñados escuadrones é hizo emprender la fuga á todas sus banderas.

Leon Augusto se habia retirado á una eminencia, al ver la desordenada

huida de los suyos: triste y consternado contemplaba desde aquella

altura que dominaba todo el campo, al guerrero que hacia morder el

polvo á tanta gente y que era capaz él solo de exterminar á todo su

ejército: á pesar del gran daño que le causaba, no podia menos de

admirar su valor y elogiar sus ínclitas proezas. Por la divisa, la

sobrevesta y la brillante armadura con ricos adornos de oro, que

llevaba aquel guerrero, conocia fácilmente que no era búlgaro, á pesar

del generoso auxilio que les prestaba. No se cansaba de contemplar

atónito sus hechos de armas sobrehumanos, llegando á ocurrírsele que

tal vez seria un ángel exterminador bajado del Cielo para castigar

á los griegos por los pecados con que tantas y tantas veces habian

ofendido al Eterno.

Como Leon abrigaba un corazon magnánimo y sublime, quedó tan prendado

de aquel campeon, á quien otros muchos en su caso habrian cobrado

ódio, que deseaba verle salir ileso del combate; y tanto era así, que

hubiera preferido perder, no ya uno, sino seis de sus soldados, y hasta

una parte de su reino, antes que presenciar la muerte de tan digno

caballero.

Así como el tierno niño á quien su enojada madre castiga y aleja de

sí, no va á buscar un refugio al lado de su hermana ó de su padre,

sino que vuelve á buscar á la que le castigó, abrazándola dulcemente,

así tambien Leon no podia sentir ódio alguno hácia Rugiero, por más

que hubiese esterminado su vanguardia, y amenazara con la misma suerte

al resto del ejército, porque el increible valor de audaz guerrero

excitaba en su alma más afecto que ódio.

Mas si Leon admiraba y queria ya á Rugiero, creo que no obtendrá la

misma favorable correspondencia; porque el bravo Paladin le odiaba con

toda su alma, y su único deseo era el de darle la muerte por su mano.

Le fué buscando con insistencia por todas partes, preguntando á muchos

dónde podria encontrarle; pero la buena estrella y la prudencia del

príncipe griego impidieron que se hallase con él frente á frente. Leon

mandó tocar retirada para evitar el total exterminio de sus huestes,

y ordenó que un mensajero partiera á todo escape á rogar al Emperador

que emprendiese á su vez la retirada y repasara el rio, asegurándole

que podia darse por muy satisfecho si no se lo estorbaban: mientras

tanto, él, con las escasas tropas que consiguió reunir, volvió al

puente por donde habia pasado el Save. Fueron innumerables los griegos

que perecieron á manos de los búlgaros en el monte y en el rio; é

indudablemente habrian perecido todos, á no haber pasado á la orilla

opuesta del rio, cuyas aguas les protegieron en su derrota. Muchos

soldados cayeron precipitados desde los puentes y se ahogaron: otros

muchos corrieron durante largo tiempo buscando un vado, sin atreverse

á volver la vista atrás, y muchos tambien cayeron prisioneros y fueron

conducidos á Belgrado.

Terminada de este modo aquella batalla, que hubiera sido funesta para

los búlgaros despues de la muerte de su rey, si no hubiese vencido

por ellos el animoso guerrero que llevaba pintado en su rojo escudo

el unicornio blanco, se apresuraron los vencedores á mostrarle su

inmensa gratitud por aquella victoria, que á él tan solo debian, segun

se complacian en reconocer. Unos le saludaban, otros se inclinaban

reverentemente al llegar junto á él; estos le besaban la mano, aquellos

el pié; considerándose muy dichosos los que podian verle de cerca, y

más aun los que lograban tocarle, por creer que tocaban una cosa divina

y sobrenatural. Por último, en medio de entusiastas aclamaciones le

suplicaron unánimes que accediera á ser su rey, su capitan, su guia.

Rugiero les respondió que seria su rey y su capitan, ó lo que ellos

quisieran; pero que aquel dia se negaba á empuñar el cetro ó el baston

de mando, y hasta á descansar en Belgrado, porque queria perseguir á

Leon antes de que se alejara más y consiguiera vadear el rio, y no

cesar en su persecucion hasta conseguir alcanzarle y darle muerte; pues

con este solo objeto habia hecho un viaje de más de mil millas, y no

por otra causa. Sin esperar á más, separóse del grupo que le rodeaba, y

se dirigió por el camino que, segun informes, atravesaba Leon volando,

por miedo tal vez de que le cortaran la retirada. Era tal el ardor con

que siguió las huellas de su rival, que ni siquiera se detuvo á llamar

ni á esperar á su escudero.

Leon le llevaba tanta ventaja en su huida (pues de tal puede

calificarse aquella confusa retirada), que encontró el paso libre y

expedito, rompiendo en seguida el puente é incendiando las naves.

Cuando llegó Rugiero, ya habia ocultado el Sol sus rayos; y no

encontrando un albergue donde recogerse, siguió adelante, caminando á

la débil claridad de la Luna, sin hallar á su paso ciudad ni castillo

alguno. Ignorando á donde dirigirse para buscar un asilo, prosiguió

durante la noche su marcha, sin apearse un solo momento del caballo,

hasta que al despuntar la nueva aurora, vió por fin á la izquierda

una ciudad, en donde se propuso permanecer todo el dia, con objeto de

conceder algun descanso á Frontino que tantas millas habia andado la

noche anterior sin detenerse un momento ni verse libre de la brida.

Uno de los súbditos más queridos de Constantino, llamado Ungiardo, era

el gobernador de aquella ciudad, de la cual habia sacado el Emperador,

con motivo de la guerra, un número considerable de peones y ginetes.

Hallando libre la entrada, penetró Rugiero en la ciudad, en la que

le hicieron tan favorable acogida, que consideró innecesario seguir

adelante para buscar un sitio mejor ni más abundante. Hácia la tarde

alojóse en la misma posada que él un caballero de Rumanía, que se habia

encontrado en la terrible batalla cuando Rugiero tomó parte en ella á

favor de los búlgaros: aquel caballero pudo escapar milagrosamente de

las manos del prometido de Bradamante; pero tan aterrado, que aun se

sentia estremecido de espanto, pareciéndole ver por todas partes al

caballero del unicornio.

Apenas vió el escudo, conoció al guerrero que usaba aquella divisa,

el mismo que derrotó á los griegos y á cuyas manos pereció tanta

gente. Inmediatamente se dirigió corriendo al palacio del gobernador,

solicitando una audiencia para revelarle una cosa de la más alta

importancia, é introducido á presencia de Ungiardo, le dijo cuanto me

reservo para el canto siguiente.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 20 / 22 章