CANTO XLV.

Leon libra de la muerte á Rugiero, que habia sido

encarcelado.--Rugiero, encubierto con la armadura del príncipe

griego y ostentando el blason de este, vence en combate singular á

Bradamante; el dolor y la angustia que le produce su victoria, le

inducen á atentar contra su vida.--Marfisa emplea todos los medios

imaginables para estorbar el matrimonio de Bradamante con Leon.

Cuanto más alto veais al mísero mortal en la inestable rueda de la

Fortuna, tanto más rápidamente le vereis con la cabeza donde antes

tenia los piés, dando una espantosa caida. Tenemos repetidos ejemplos

de esta verdad en Polícrato[182], el rey de Lidia[183], Dionisio[184],

y otros cuyos nombres creo inútil recordar, los cuales cayeron desde

la cúspide de la grandeza y poderío en la miseria más extremada. En

cambio, cuanto más deprimido, cuanto más humillado se encuentra el

hombre en la parte inferior de la rueda, tanto más cerca se ve de su

punto culminante, si aquella da una vuelta completa; y más de uno

que casi tenia la cabeza metida en un cepo, al dia siguiente ha

dictado leyes al mundo. Servio[185], Mario[186] y Ventidio[187] nos

han ofrecido una prueba de esto en los tiempos antiguos, y el rey

Luis en el nuestro[188]. Este monarca, suegro del hijo del Duque mi

señor, despues de haber sido derrotado en Saint-Aubin y de caer en

las garras de su enemigo, estuvo á punto de perder la cabeza: el gran

Matias Corvino[189] corrió poco antes un peligro mucho mayor, y sin

embargo, el uno subió al trono de Francia, y el otro fué coronado rey

de Hungría. Los numerosos ejemplos de que están llenas las historias

antiguas y modernas, nos hacen ver que la desgracia va siempre en pos

de la prosperidad y vice-versa, que la gloria y el baldon se suceden

alternativamente y que el hombre no debe confiar jamás en sus riquezas,

en sus estados, ni en sus victorias; pero tampoco debe abatirse por los

reveses de la Fortuna, cuya rueda está siempre dando vueltas.

[182] Tirano de Samos, que fué mucho tiempo célebre por su

felicidad. Se refiere que inquieto por el asombroso éxito de

todas sus empresas, quiso imponerse un sacrificio para evitar la

envidia de los dioses, arrojando al mar una piedra preciosa que

estimaba muchísimo; mas volvió á encontrarla en el vientre de un

pescado. Polícrato tuvo un fin desastroso. Cuando meditaba la

conquista de la Jonia, fué hecho prisionero á traicion por los

persas y crucificado.

[183] Creso, rey de Lidia, fué el hombre más rico y envidiado de

su tiempo; pero vencido por Ciro, monarca de los asirios, en una

batalla, y hecho prisionero en el asalto de Sardes, capital de

la Lidia, estuvo á punto de perecer en una hoguera, salvando su

vida merced á la generosidad de Ciro.

[184] Dionisio el Jóven, tirano de Siracusa, fué arrojado del

trono por sus súbditos, y habiéndose refugiado en Corinto, tuvo

que dedicarse á maestro de escuela para poder vivir.

[185] Servio Tulio, hijo de una esclava, y sexto rey de Roma.

[186] Cayo Mario, hijo de una familia plebeya y oscura, fué

general romano, y siete veces cónsul.

[187] Ventidio Basso, desde la humilde condicion de esclavo de

los romanos, llegó á ser senador, tribuno del pueblo y pretor.

[188] Luis, hijo de Cárlos, duque de Orleans, disputó la

regencia del reino á Ana de Beaujeu, durante la menor edad de

Cárlos VIII; pero vencido en la batalla de Saint-Aubin por las

tropas de Ana, permaneció tres años prisionero en Bourges,

encerrándole de noche en una jaula de hierro. Muerto Cárlos

VIII, consiguió ceñirse la corona de Francia, despues de algunos

descalabros y derrotas, siendo el duodécimo rey de su nombre.

[189] Rey de Hungría, el hombre más ilustre de su época

como guerrero y como legislador. Combatido por el Austria,

la Bohemia, la Polonia, y los vaivodas de Transilvania, de

Moldavia y de Valaquia, que le pusieron en los mayores aprietos,

consiguió al fin vencer y dispersar á todos sus enemigos.

Era tal la confianza que Rugiero tenia en su valor y su fortuna despues

de la victoria alcanzada sobre Leon y el emperador Constantino, que

se creia capaz de dar la muerte al padre y al hijo, acometiéndolos él

solo, sin compañía ni auxilio de ninguna clase, aunque les rodearan

cien escuadrones armados. Pero la veleidosa deidad que no quiere que

nadie confie en ella, le demostró en pocos dias con cuánta facilidad

ensalza á los hombres ó los precipita en el abismo, con qué rapidez

se convierte de amiga en adversa. Para hacérselo conocer así, se

valió del caballero que en la terrible batalla habia tenido no poco

trabajo en escapar de sus manos, el cual acudió presuroso á procurarle

disgustos y penalidades, haciendo saber á Ungiardo que el guerrero que

derrotó y aniquiló para muchos años las huestes de Constantino, se

encontraba aquel dia en la ciudad, donde pernoctaría seguramente, y

que, aprovechando una ocasion tan propicia, seria fácil aprisionarle

sin trabajo ni riesgo alguno, con lo cual se hallaria el Emperador en

disposicion de subyugar fácilmente á los búlgaros.

Ungiardo habia sabido por los fugitivos que en gran número acudieron á

refugiarse en su ciudad, por no haber podido todos pasar el puente, las

circunstancias de aquella matanza en la que habian perecido la mitad

de los griegos á manos de un caballero, cuyo solo esfuerzo derrotó

un ejército y salvó á otro. No pudo menos de asombrarse al oir que

él mismo habia ido á caer en la red sin que nadie le persiguiera, y

demostró en su rostro y sus palabras la complacencia que le causaba

aquella noticia. Aprovechando el momento en que Rugiero estaba

durmiendo sin la menor desconfianza, envió algunas de sus gentes, que

con todo sigilo y cautela le sorprendieron en el lecho, y se apoderaron

fácilmente de él.

Descubierto Rugiero por su propio escudo, quedó en la ciudad de

Novengrado prisionero de Ungiardo, hombre cruelísimo, á quien

regocijó lo que no es decible tan cobarde hazaña. ¿Qué resistencia

podia oponer Rugiero, desnudo y desarmado, cuando al despertar se

vió cargado de cadenas? Ungiardo despachó inmediatamente un correo á

caballo, participando á Constantino tan feliz nueva. El Emperador se

habia alejado la noche precedente de las orillas del Save con todo su

ejército, retirándose con él á la ciudad de Beltek, que pertenecia

á su cuñado Andrófilo, padre del jóven príncipe cuyas armas habia

atravesado, cual si fuesen de cera, la lanza del gallardo caballero,

cautivo á la sazon de Ungiardo. Constantino hacia fortificar los muros

y reparar las puertas de aquella ciudad por temor de que los búlgaros,

guiados por un guerrero tan valiente, le causaran otra cosa peor que

miedo, y concluyeran de aniquilar el resto de sus tropas; pero al tener

noticia de la prision del caballero, rehízose su ánimo hasta el punto

de no temer ya á sus enemigos, aun cuando les hubiese auxiliado el

mundo entero.

Fué tal el júbilo que inundó el corazon del Emperador, que no sabia lo

que se hacia.--«Derrotaremos á los búlgaros,»--exclamaba con acento

alegre y con la más completa conviccion: y así como el campeon que en

un combate ha cortado los dos brazos á su adversario, puede dar por

segura la victoria, tan cierto estaba el Emperador de la suya, luego

que supo el encarcelamiento de Rugiero. No tenia Leon menos motivos de

alegría que su padre; pues además de lisonjearse con la esperanza de

recobrar á Belgrado y hacerse dueño de todo el país de los búlgaros,

habia formado el propósito de captarse la amistad del guerrero por

medio de beneficios sin cuento, é inducirle á que militara bajo sus

banderas. Si lo conseguia, no envidiaria ya á Carlomagno, que contaba

con paladines tan famosos como Reinaldo y Orlando.

Muy distintos á los de Leon eran los deseos de Teodora, á cuyo hijo

habia dado muerte Rugiero pasándole de parte á parte con su lanza.

Corrió á arrojarse á los piés de Constantino, de quien era hermana,

derramando copiosas lágrimas que iban á caer en su seno, merced á las

cuales consiguió atraerse el corazon del monarca, enterneciéndole y

excitando en él una profunda compasion.

--No me alzaré, Señor mio, de tus plantas, mientras no permitas que me

vengue del infame que inmoló á mi hijo, ya que le tenemos aprisionado.

Considera que mi hijo, además de haber sido sobrino tuyo, te amó con

entrañable cariño; considera tambien cuántas arriesgadas empresas llevó

á cabo en tu obsequio, y juzga si harás mal en no vengarle del que le

ha arrancado la vida. Bien ves que el mismo Cielo, apiadado de nuestro

dolor, ha alejado del campo de batalla á ese impío, y le ha hecho caer

en nuestras redes, cual desatentada avecilla, á fin de que mi hijo no

permanezca mucho tiempo á orillas de la laguna Estigia, esperando su

venganza. Entrégame, Señor, á ese guerrero, y permite que desahogue mi

tormento presenciando el suyo.

El llanto, la afliccion y las eficaces palabras de Teodora, que no

quiso levantarse á pesar de las instancias de Constantino, le obligaron

por último á consentir en su demanda, y á ordenar que el cautivo

fuese puesto á disposicion de su hermana. Las terminantes órdenes

del Emperador tuvieron pronto cumplimiento, y al dia siguiente ya

estaba el guerrero del unicornio en poder de la cruel Teodora, la

cual, considerando un castigo harto leve para su deseo de hacer que le

descuartizaran vivo, ó el de imponerle una muerte pública y afrentosa,

quiso inventar otro género de suplicio más espantoso é inusitado. Desde

luego mandó que le encerraran, encadenado de piés, manos y cuello, en

el fondo tenebroso de una torre, donde jamás habian penetrado los

rayos del Sol. Concedióle por único alimento un poco de pan enmohecido,

y aun le tuvo privado de él por espacio de dos dias, y confió su

custodia á un carcelero más dispuesto que ella misma á hacerle todo el

mal que pudiese.

¡Oh! Si la bella y valerosa hija de Amon, ó la magnánima Marfisa

hubieran tenido noticia de los tormentos que sufria Rugiero en aquella

prision, una y otra habrian arriesgado su vida por alcanzar su

libertad, y la misma Bradamante no hubiera vacilado en arrostrar la

cólera de Amon ó de Beatriz con tal de volar en su auxilio.

Fiel Carlomagno á la promesa que hiciera á la doncella de no consentir

en que entregaran su mano á caballero alguno cuyo valor y audacia

fueran inferiores á los suyos, hizo publicar á son de trompa esta

decision, no tan solo en su corte, sino tambien en todos los dominios

del Imperio, desde donde se esparció en alas de la Fama por toda la

Tierra. El bando contenia estas condiciones: «Todo el que aspirase á

enlazarse con la hija de Amon, deberia sostener con ella un combate

singular desde la salida hasta el ocaso del Sol, y si prolongaba su

resistencia todo este tiempo sin ser vencido, deberia entenderse que la

doncella se consideraba vencida por él, sin que ella pudiera negarse

de ningun modo á cumplir lo pactado. La eleccion de armas quedaba al

arbitrio del aspirante, pues esta circunstancia le era completamente

indiferente á la doncella.» Y con razon podia hacerlo, porque las

manejaba todas á la perfeccion, lo mismo á pié que á caballo.

Amon se vió obligado á ceder, porque no se atrevió ni quiso desobedecer

al Emperador, y despues de muchas vacilaciones, se decidió á regresar á

la corte en compañía de su hija. A pesar del enojo y de la cólera que á

Beatriz le causaba la determinacion de su hija, hizo que le prepararan

ricos y elegantes trajes de distintas hechuras y colores. Bradamante

pasó á la corte con su padre, y no encontrando en ella al objeto de su

pasion, ya no le pareció tan bella como solia en tiempos más felices.

Así como el que admira en los meses de Abril y Mayo un jardin frondoso

y esmaltado de flores, al volverlo á ver cuando el Sol, inclinándose

hácia el Austro, va acortando los dias, lo encuentra desierto, hórrido

y salvaje, así tambien le pareció á la doncella á su regreso que la

corte imperial, abandonada por Rugiero, no era la misma que habia

dejado al ausentarse. No se atrevió á preguntar qué habia sido de su

amante, por temor de infundir mayores sospechas; pero prestaba atento

oido á las conversaciones en que de él se trataba, procurando tener

noticias suyas sin averiguar directamente lo que deseaba. De este modo

supo que habia partido; mas le fué imposible conocer con exactitud

el camino que siguiera, porque Rugiero, al ausentarse, ocultó su

determinacion á todos, excepto al escudero que se llevó consigo.

¡Ah! ¡Cuántos suspiros exhaló! ¡Cuán grande fué su temor al saber

que se habia ausentado como pudiera hacerlo un fugitivo! ¡Cómo la

afligieron además las punzantes sospechas de que se hubiese alejado

por olvidarla! Agitaba angustiosamente su imaginacion la idea de que

Rugiero, perdida ya toda esperanza de enlazarse con ella en vista de la

obstinada negativa de Amon, se habia alejado tal vez con el propósito

de romper sus amorosos lazos, y con el de hacer lo posible por arrancar

su imágen de su corazon, buscando de uno en otro país una doncella cuya

belleza pudiera borrar el recuerdo de su primer amor, así como, segun

se dice, un clavo saca á otro clavo. A este pensamiento sucedia otro

nuevo, que le representaba á su amante lleno de leal ternura, y que la

obligaba á reprenderse á sí misma por haber prestado oidos á tan necias

é inícuas sospechas. De esta suerte iban dominando alternativamente

en su cerebro dos ideas distintas: la una defendia á Rugiero, la otra

le acriminaba: tan pronto las acogia como las rechazaba, sin saber en

cuál fijarse, presa de la más cruel perplegidad, hasta que optó por la

opinion más favorable, desechando la contraria. Cada vez que recordaba

las tiernas y frecuentes protestas de su Rugiero, se arrepentia de

sus sospechas y de sus infundados celos, como pudiera arrepentirse

del error más grave; y cual si estuviese en presencia de su amante,

confesaba su falta y se golpeaba el pecho, exclamando:

--Conozco que he hecho mal; pero el que á ello me ha obligado, es

tambien causa de mayores males. Toda la culpa es de Amor, que ha

grabado en mi corazon tu imágen tan bella y placentera; de Amor, que

ha impreso en él ese ardimiento, ese ingenio y esas virtudes que

todos reconocen. ¿No debe parecerme imposible que cualquier dama

y doncella que tenga ojos para ver, no se sienta repentinamente

inflamada por tu amor, y no emplee todos los medios posibles para

romper los amorosos lazos que nos unen y atraerte á los suyos? ¡Ah!

¡Ojalá hubiese esculpido el Amor tus pensamientos en los mios, del

mismo modo que ha grabado en ellos tu imágen! Estoy segura de que se

ofrecerian á mi mente tan claros y ostensibles como impenetrables los

veo ahora; entonces me veria tan libre de estos insoportables celos,

que con dificultad volverian á atormentar mi corazon, y en lugar de

la indecible angustia que hoy me causan, quedarian no ya vencidos y

destrozados, sino muertos para siempre. Ahora me parezco al avaro,

cuyo corazon está tan unido al tesoro que ha enterrado, que ni le es

posible vivir contento lejos de él, ni consigue desechar el temor de

que se lo roben.

»No viendo tu adorada imágen, ni oyendo tu voz, Rugiero mio, el

temor puede más en mí que la esperanza; y aunque le considero vano y

engañoso, me abandono á él á pesar mio; pero apenas brille para mis

ojos la luz de tu agradable rostro que hoy me ocultas, contra lo que

tenia derecho á esperar, no sé en qué parte del mundo, desaparecerá

este falso temor, arrojado en el abismo por una sólida esperanza.

¡Vuelve, pues, Rugiero amado; vuelve y alienta la esperanza casi

desvanecida por el temor!

»Así como las sombras crecen á medida que el Sol se aleja, produciendo

ridículos terrores, y conforme aparecen los primeros rayos del más

brillante de los astros se reducen las sombras, tranquilizando á los

tímidos; del mismo modo tiemblo sin Rugiero, y así tambien se desvanece

mi temor cuando le veo. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, Rugiero, vuelve antes de que

el temor oprima enteramente á la esperanza!

»Así como durante la noche lanzan todas las estrellas fúlgidos

destellos que se apagan en cuanto aparece el dia, así mi sol, al

privarme de su vista, me convierte en satélite del insoportable temor;

pero tan pronto como se presenta en el horizonte huye el miedo, y

renace la esperanza. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, vuelve, luz adorada, y expulsa

al temor que me consume!

»Cuando el Sol se aleja, haciendo más breves los dias, la Tierra se

despoja de sus galas, mugen los vientos, arrastrando las nieves y el

hielo, enmudecen las aves y desaparecen las flores y las hojas. Yo

tambien ¡oh dulce Sol mio! cuando por desgracia apartas de mí tus

espléndidos fulgores, siento tales y tan horribles tormentos, que sus

rigores son como un áspero invierno que entristeciera mi alma muchas

veces al año. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, Sol mio, vuelve y conduce la deseada

y dulce primavera! Disipa las nieves y los hielos, y restituye su

serenidad primitiva á mi nublada y oscurecida mente.»

Así como Progne ó Filomena exhalan dolientes quejas cuando, al

regresar de proporcionarse el alimento necesario para sus hijuelos,

encuentran el nido vacío, ó cual se lamenta la tórtola que ha perdido

su compañera, así tambien se lamentaba Bradamante, por temor de haber

perdido para siempre á su Rugiero, inundando frecuentemente de lágrimas

su rostro lo más ocultamente que podia. ¡Oh! ¡Cuánto mayor seria su

quebranto si supiese lo que todavía ignoraba; si tuviese noticia de

que su amante gemia en un hediondo calabozo, atormentado, afligido y

condenado á una muerte cruel!

La Bondad eterna permitió que llegaran á oidos del generoso hijo del

César las crueldades que ejercia la infame Teodora con el caballero

á quien tenia cautivo, y su propósito de darle muerte en medio de

mil inusitados tormentos; por lo cual formó el decidido empeño de

auxiliarle con todas sus fuerzas, á fin de impedir que pereciera

un guerrero dotado de tanto valor. El generoso Leon, que sentia

irresistible afecto hácia aquel campeon, ignorando, sin embargo, que

fuese Rugiero atraido por aquel valor que calificaba de sin par y le

parecia sobrehumano, estuvo reflexionando mucho tiempo en los medios de

que deberia valerse para salvarle; y por fin encontró uno que creyó el

más á propósito para conseguir su intento, sin exponerse al ódio de su

cruel tia. Habló secretamente con el carcelero, diciéndole que queria

tener una entrevista con el cautivo, antes de que tuviera cumplimiento

la terrible sentencia fulminada contra él.

[Ilustración: Leon pone en libertad á Rugiero.

(Canto XLV.)]

En cuanto llegó la noche, se presentó en la torre acompañado de uno de

sus más fieles escuderos, hombre audaz, vigoroso y apto para la lucha,

é hizo que el carcelero le abriese ¡as puertas de la prision, guardando

un riguroso incógnito. El carcelero, que estaba completamente solo,

introdujo ocultamente á Leon con su escudero en la torre donde gemia

el mísero Rugiero destinado á sufrir el mayor de los suplicios; una

vez dentro, echaron ambos un lazo corredizo al cuello del carcelero

en el momento en que les volvia las espaldas para abrir el portillo,

y le enviaron rápidamente al otro mundo. Inmediatamente levantaron

la trampa, y el Príncipe, con una entorcha encendida en la mano, se

descolgó por una cuerda colocada allí á este efecto, y bajó al sitio

en que yacia Rugiero privado de la luz del Sol, encontrándole cargado

de cadenas y tendido sobre una reja que apenas le separaba un palmo

del agua que por debajo de ella corria. Aquel recinto húmedo y malsano

hubiera bastado por sí solo para ocasionar la muerte del prisionero en

un mes ó tal vez en menos tiempo.

Leon estrechó á Rugiero entre sus compasivos brazos, diciéndole:

--Caballero: el maravilloso valor de que has dado tantas pruebas me une

á tí con los espontáneos é indisolubles lazos de una amistad eterna y

verdadera, exigiéndome que anteponga tu bien al mio propio, que olvide

mi seguridad por la tuya, y que sacrifique el cariño de mis padres y

de toda mi familia al que deseo merecer de tí. Yo soy Leon, el hijo de

Constantino, que vengo en persona, como ves, á darte auxilio, á pesar

del peligro á que me expongo (si mi padre llega á saberlo) de ser

desterrado de mi patria, ó de acarrearme para siempre su enojo; pues

desde la espantosa derrota que le hiciste sufrir en Belgrado, siente

un inextinguible ódio contra tí.

Y continuó dirigiéndole otras muchas frases consoladoras, y procurando

reanimar su esperanza, al mismo tiempo que rompia sus ligaduras.

Rugiero le contestó:

--¡Ah! ¡Os debo una inmensa gratitud! Esta vida, que me devolveis,

es vuestra; disponed de ella á vuestro antojo: en todas ocasiones me

hallareis dispuesto á sacrificarla en vuestro obsequio.

Rugiero fué sacado de aquel oscuro calabozo, sin que él ni sus

libertadores fueran conocidos de nadie, quedando en su lugar el cadáver

del carcelero. Leon le condujo á su palacio, donde le aconsejó que

permaneciera tres ó cuatro dias oculto y silencioso, ofreciéndole que

haria en tanto lo posible para que le restituyeran las armas y el

magnífico corcel de que se apoderara Ungiardo. Al dia siguiente echóse

de ver la fuga de Rugiero, por haber encontrado vacía la prision y al

carcelero extrangulado. Nadie sabia á quién achacar aquella evasion,

de la que todos hablaban, pero sin atinar con lo cierto: á cualquiera

otro se habria atribuido antes que á Leon, porque muchos opinaban con

verosimilitud, que el Príncipe tenia más motivos para exterminar á un

enemigo peligroso que para socorrerle.

Tanta hidalguía por parte de Leon no pudo menos de confundir á

Rugiero, el cual se sintió tan poseido de asombro por la conducta de

su rival, y experimentó tal cambio en sus ideas, especialmente en la

que le obligara á emprender aquel largo viaje, que comparando las

más recientes á las antiguas, resultaban totalmente distintas: sus

primitivos pensamientos rebosaban en ódio, ira y veneno: los que á la

sazon dominaban en su mente estaban llenos de amor y gratitud. Embebido

en estas reflexiones noche y dia, su mayor cuidado, su principal deseo

consistia en pagar el inmenso agradecimiento que debia á Leon con una

abnegacion igual ó mayor á la del Príncipe, pareciéndole que aunque

consagrara á su servicio los pocos ó muchos años que le quedaran de

vida, ó se expusiera á mil muertes seguras, nunca haria tanto como Leon

merecia.

Entre tanto llegó á la corte de Constantino la noticia del bando

publicado por el Rey de Francia, previniendo que el que aspirara á

la mano de Bradamante deberia medir sus fuerzas con ella, á espada

y lanza. Supo el Príncipe griego esta condicion con tanto disgusto,

que su rostro se cubrió de una palidez mortal; porque, conociendo

hasta donde alcanzaban sus fuerzas, estaba persuadido de que no podia

pelear con buen éxito con la guerrera. Meditó detenidamente el modo de

salir airoso de este compromiso, y se le ocurrió que la astucia y la

sagacidad podrian sustituir á la falta de vigor, haciendo que aquel

guerrero, cuyo nombre ignoraba todavía, y á quien consideraba capaz

por su pujanza y denuedo de medirse con cualquier paladin francés, se

presentara á aceptar el reto, encubierto con sus armas y blasones,

estando persuadido de que confiándole tal empresa era seguro el

vencimiento y la sumision de Bradamante. Mas para esto se necesitaban

dos cosas: primera, que el caballero se prestara á secundar sus planes;

y segunda, que le sustituyese de modo que no pudiera traslucirse

semejante superchería.

Llamó, pues, á Rugiero; le expuso sus proyectos y le rogó con

persuasivas palabras que accediera á tomar parte en aquel desafío

con nombre ajeno y bajo mentida enseña. Grande era el poder de la

elocuencia del Príncipe, pero en el ánimo de Rugiero pesaba mucho más

que su elocuencia la inmensa gratitud que le debia y de la que no creia

verse desligado nunca; por lo cual, aunque le parecia dura y casi

irrealizable semejante proposicion, le respondió, no obstante, con una

solicitud que estaba muy lejos de sentir su corazon, que podia disponer

de él en todo y por todo. A pesar del agudo dolor que laceró su alma,

apenas pronunció esta promesa, dolor tan intenso que le atormentaba

dia y noche sin concederle un momento de reposo; á pesar de que en

tal empresa veia su sentencia de muerte, jamás se le ocurrió la idea

de arrepentirse; pues antes que dejar de complacer á Leon, estaba

dispuesto á arrostrar, no una, sino mil muertes. Y estaba seguro de

morir; porque renunciar á su amada, era lo mismo que renunciar á la

vida, tanto si el dolor y la amargura lograban aniquilarle, como si no

llegaban á triunfar de su vigoroso espíritu; pues en uno ú otro caso,

estaba resuelto á hacer pedazos el velo que rodea al alma, arrojándola

fuera de él, lo cual le seria mucho más fácil y soportable que ver á

Bradamante en brazos de otro hombre.

Aun cuando se hallaba dispuesto á morir, vacilaba en escoger un género

de muerte. Asaltóle la idea de fingirse menos fuerte y presentar su

pecho desnudo á los golpes de la guerrera, con lo cual, si lograba

perecer á sus manos, no habria muerte más deliciosa que la suya;

pero al mismo tiempo reflexionó que, si bien impedia de este modo el

matrimonio de la doncella con Leon, faltaria en cambio á su sagrada

deuda de gratitud y á su palabra; porque habia prometido luchar con

Bradamante en singular batalla, y no fingir ó intentar tan solo el

combate de modo que Leon no tuviera por qué felicitarse de su auxilio.

Decidió, por último, permanecer fiel á su promesa, y aun cuando no

cesaron de agitarle mil pensamientos contrarios, los fué alejando de su

mente, y adoptó tan solo el que le exhortaba á no faltar á su palabra.

Leon habia hecho preparar en tanto, con asentimiento de su padre

Constantino, armas y caballos; y acompañado de un séquito tan

distinguido y numeroso cual convenia á su elevado rango, emprendió la

marcha, llevando consigo á Rugiero, á quien hizo devolver de antemano

todas sus armas y su buen Frontino; y tanto anduvieron un dia y otro

dia, que en breve llegaron á Francia y á París. Leon no quiso entrar

en la ciudad; hizo plantar sus tiendas en el campo, y en el mismo dia

envió al Rey de Francia un mensajero dándole noticia de su llegada.

Carlomagno apreciaba en extremo al hijo de Constantino, como se lo

habia demostrado repetidas veces, haciéndole frecuentes visitas y

colmándole de atenciones y regalos. Leon le manifestó la causa de su

venida y le rogó que diera órden para que se presentara cuanto antes

en el palenque la guerrera que se negaba á unirse con un marido menos

fuerte que ella; pues el único objeto de su viaje era el de obtenerla

por esposa ó perecer bajo sus golpes. Carlomagno atendió á la demanda,

é hizo que Bradamante se presentase al dia siguiente fuera de las

puertas de la ciudad, en el palenque que se construyó á toda prisa

durante la noche al pié de los elevados muros de París.

Rugiero pasó la noche que precedió al dia fijado para la batalla, como

suele pasarla el condenado que debe morir á la mañana siguiente. No

queriendo ser conocido, habia optado por combatir enteramente cubierto

con la armadura; tampoco quiso hacer uso de lanza ni de caballo, ni

de más armas ofensivas que la espada. Si rehusó emplear la lanza en

la pelea, no fué por el temor que pudiera infundirle aquella lanza de

oro que solia derribar de la silla á todo caballero, y que de manos de

Argalia, pasó á las de Astolfo, y últimamente á las de la doncella;

pues nadie supo que poseyera tal propiedad ó que estuviese hecha por

medio de la nigromancia, excepto el Rey que la hizo forjar, legándosela

á su hijo. Astolfo y Bradamante, que la habian usado despues, ignoraban

que estuviese encantada, y creian que á su propia pujanza, y no al

encanto, debian el triunfo en todos sus combates, creyendo tambien que

con cualquiera otra asta que hubiesen tenido á mano, habrian hecho lo

mismo. El único motivo que tuvo Rugiero para negarse á pelear á caballo

fué el de no verse en la precision de cabalgar en Frontino; pues la

jóven podria conocerlo fácilmente, tan luego como le viera, por haberlo

montado y cuidado mucho tiempo en Montalban. El jóven héroe, cuyo único

afan consistia en evitar por todos los medios posibles que Bradamante

pudiera conocerlo, no quiso hacer uso de Frontino ni de otra cualquier

cosa que pudiera dar indicios de su persona.

Tampoco quiso servirse de su espada en aquella empresa; pues harto

sabia que contra Balisarda seria toda coraza tan blanda como la cera y

todo temple irresistible á sus tajos. Echó mano de otra espada; pero

antes procuró quitarle el filo á martillazos, á fin de que cortase

menos. Con tales armas se presentó Rugiero en el palenque al brillar en

el horizonte el primer albor matutino. Para parecerse más á Leon, se

vistió la sobrevesta que hasta entonces habia llevado este príncipe, y

ostentó en su escudo el águila de oro con dos cabezas sobre fondo rojo.

Esta suplantacion era tanto más fácil, cuanto que los dos tenian la

misma estatura y robustez; además de que, al presentarse el uno, tuvo

el otro sumo cuidado de no ser visto de nadie.

Bradamante hacia por su parte preparativos diametralmente opuestos á

los de su amado; pues mientras Rugiero se ocupaba en embotar el filo de

su espada á martillazos, para evitar que tajase ó punzara, la doncella

se entretuvo en afilar la suya cuidadosamente, anhelando que traspasara

las armas defensivas de su adversario, penetrando en su carne; quisiera

que todos sus golpes fuesen tan bien dirigidos que atravesaran de parte

á parte el corazon del Príncipe.

Cual se suele ver en las barreras un caballo árabe, esperando fogoso

la señal de las carreras, y que en su impaciencia no cesa de piafar,

hinchando las narices y enderezando las orejas, así tambien la animosa

doncella, muy ajena de presumir que su adversario fuese Rugiero,

aguardaba con una febril impaciencia la señal del combate, no pudiendo

permanecer tranquila en ningun lado y sintiendo circular por sus venas

un fuego abrasador. Así como, despues de oirse el estampido del trueno,

se levanta repentinamente un viento furioso, que agita el mar hasta en

sus más profundas capas y levanta en un momento torbellinos de polvo

que llegan hasta el Cielo, haciendo que las fieras se dispersen por

los bosques, que el pastor busque un refugio con sus ganados, y que

el aire se resuelva en lluvia y en granizo, con un furor igual empuñó

Bradamante la espada y acometió á su Rugiero, apenas se dejó oir la

señal deseada. Pero no oponen mayor resistencia al impetuoso soplo

de Bóreas el roble secular, ó el macizo muro de una sólida torre; no

contrasta con más vigor los embates de las procelosas olas un duro

escollo, á quien azotan por todas partes dia y noche con espantoso

fragor, como resistió Rugiero, resguardado por la impenetrable armadura

que Vulcano dió en otro tiempo al troyano Héctor, á los furibundos

golpes que el ódio y la cólera de Bradamante hacia llover cual desatada

tempestad sobre sus costados, su pecho ó su cabeza.

Tan pronto daba tajos como estocadas la doncella; todos sus conatos

se cifraban en introducir la punta de la espada por entre las junturas

de la armadura, de modo que su cólera quedase satisfecha. Ora le

atacaba por un lado; ora por otro; girando aquí y allí, y consumiéndose

de despecho y de impaciencia, al ver que sus golpes no producian

efecto alguno. Así como el que asedia una ciudad de gruesas murallas

y sólidos baluartes, multiplica sus asaltos, y se esfuerza en echar

abajo las puertas ó las altas torres, ó en cegar los fosos, y prodiga

estérilmente las vidas de sus soldados, sin encontrar un medio para

abrirse paso, así tambien Bradamante se afanaba y se deshacia en

inútiles esfuerzos, sin poder romper malla ni coraza, á pesar de los

innumerables tajos y reveses que descargaba sobre los brazos, la cabeza

y el pecho de Rugiero, haciendo saltar millares de chispas del escudo,

del almete ó de la coraza del guerrero á los impulsos de sus golpes,

más espesos que el granizo que cae con sonoroso estrépito sobre los

tejados de las casas.

Rugiero se mantenia siempre en guardia, limitándose á defenderse

con gran destreza y absteniéndose de ofender á su amada; deteníase,

retrocedia, daba vueltas, y su mano seguia el movimiento de sus piés.

Tan pronto oponia el escudo como la espada á los tajos de la mano

enemiga, procurando no atacarla á su vez, ó si lo hacia, era de modo

que no pudiese ofenderla en lo más mínimo. Bradamante ardia en deseos

de terminar aquella lucha antes de que expirase el dia, pues recordaba

las condiciones del bando, y preveia el peligro que la amenazaba, si

no se daba prisa; veíase expuesta á quedar en poder del aspirante á su

mano, si no le hacia prisionero ó le arrancaba la vida.

Ya el Sol, próximo á sumergir su cabeza en el mar, se acercaba á los

límites de Alcides, cuando la guerrera empezó á desconfiar de sus

fuerzas y á perder la esperanza. A medida que esta le iba faltando,

redoblaba su ódio y multiplicaba sus golpes, anhelando vivamente romper

aquellas armas que habian resistido todo un dia á su furioso ímpetu,

semejante al obrero que habiendo descuidado el trabajo del dia, al ver

que la noche se aproxima, se apresura en vano, se fatiga y rinde, hasta

que le faltan á un mismo tiempo la luz y las fuerzas.

¡Oh desdichada doncella! ¡Si conocieras al que deseas inmolar!

¡Si supieses que es Rugiero, de cuya vida depende la tuya, pronto

volverias contra tí misma el acero que dirijes contra su pecho! ¡Harto

me consta que su existencia te es más querida que la tuya propia, y

cuando conozcas que tu adversario ha sido Rugiero, sé muy bien que te

arrepentirás de la lucha que con él has sostenido!

Cárlos y cuantos le rodeaban, persuadidos de que el contendiente de la

doncella era Leon y no Rugiero, al ver que era tan fuerte y ágil en el

manejo de las armas como la misma Bradamante, admiraban la destreza

con que sabia defenderse sin ofenderla, y modificando sus ideas,

exclamaron:--«No hay duda de que se convienen mútuamente, y son dignos

uno de otro.»

Cuando Febo desapareció enteramente en el mar, el Emperador mandó

suspender el combate, y declaró que Bradamante estaba obligada á

aceptar á Leon por esposo, sin excusa de ningun género. Rugiero volvió

entonces presuroso al pabellon en donde le esperaba el Príncipe,

cabalgando en un caballo de mezquina apariencia, sin descansar un solo

instante, sin quitarse el yelmo ni aligerarse de sus armas. Leon le

estrechó repetidas veces entre sus brazos con demostraciones de un

cariño fraternal, y despojándole despues de su yelmo, le besó en el

rostro con grande amor.

--Quiero, le dijo, que de hoy en adelante dispongas de mí á tu

albedrío; mi persona, mis bienes, mis estados, todo queda desde hoy á

tu disposicion. Nunca podré remunerarte dignamente el inmenso favor

que acabas de prestarme, y aunque ciñera á tu cabeza mi propia corona,

tampoco quedarias suficientemente recompensado.

Rugiero, agobiado por una pesadumbre indecible y aborreciendo la vida,

contestó algunas palabras entrecortadas, y se apresuró á devolver al

Príncipe su traje y enseñas, tomando otra vez su blanco unicornio: en

seguida, suponiéndose cansado y débil, alejóse lo más pronto que pudo,

y se retiró á su alojamiento. Hácia la mitad de la noche, armóse de

piés á cabeza, ensilló su corcel, se colocó en él de un salto, y se

puso en marcha dejando á Frontino que siguiera el camino que mejor le

pareciese, sin llevar un solo escudero en su compañía ni ser oido de

nadie. Frontino fué caminando á la ventura, y llevó á su amo tan pronto

por caminos rectos como por senderos extraviados, unas veces por los

bosques y otras por las campiñas, mientras el desventurado jóven no

daba tregua á su llanto, llamando á la muerte, cuya presencia deseaba

para calmar su obstinado quebranto: la muerte le parecia el único medio

de acabar con su insoportable martirio.

--¡Ay de mi! exclamaba. ¿A quién debo acusar de haberme arrebatado á

un tiempo mi bien y mi esperanza? ¡Ah! Si no deseo vengar mi injuria,

¿contra quién he de volverme? ¡Nadie, nadie más que yo me ha ofendido y

sepultado en condicion tan miserable! Preciso es, pues, que me vengue

de mí contra mí mismo, puesto que soy el único culpable. Y si tan solo

me hubiera perjudicado á mí, tal vez podria perdonarme aunque con

dificultad mi propia falta, ó más bien, quizás me perdonaría contra

mi voluntad; pero ¿acaso me será posible hacerlo, cuando he causado

á mi amada una injuria igual á la mia? Aun cuando llegara yo mismo

á perdonarme, no es justo que deje á Bradamante sin venganza. Para

vengarla, pues, debo y quiero morir, sin que me pese abandonar la vida;

pues la única cosa que puede librarme de mis tormentos es la muerte. Lo

que más me desespera es no haber perecido antes de ofender á mi amada.

¡Oh! ¡Cuán feliz habria sido expirando en el calabozo en que me tuvo la

cruel Teodora! Aunque para matarme hubiese empleado los tormentos que

le inspiraba su misma crueldad, me habria quedado al menos el consuelo

de esperar que Bradamante recibiria la noticia de mi muerte con

lágrimas de compasion. Pero cuando sepa que he pospuesto su aprecio al

de Leon, y que me he desprendido de mi propia voluntad para entregarla

en sus manos, tendrá razon en odiarme muerto ó vivo.

Exhalando estas y otras muchas tristes quejas, acompañadas de

frecuentes suspiros y sollozos, se encontró al amanecer en un

paraje inculto y solitario, situado entre oscuros bosques; y como

su desesperacion le incitaba al suicidio, y deseaba morir oculto é

ignorado, le pareció aquel paraje el más á propósito y mejor dispuesto

para llevar á cabo tan criminal designio. Penetró en el bosque sombrío,

por donde vió más espesas las umbrosas ramas y más intrincada la

maleza; pero antes abandonó á Frontino, quitándole el freno y la

rienda, y dejándole en completa libertad.

--¡Oh mi noble corcel! le dijo: si me fuera dado recompensar dignamente

tus merecimientos, tendrias muy poco que envidiar á aquel palafren

que se remontó al Cielo y está colocado entre las estrellas[190]. Ni

Cilario[191], ni Arion[192], ni cuantos caballos mencionan en sus

obras los escritores griegos y latinos, fueron mejores que tú, ni se

hicieron acreedores á más alabanzas: si acaso llegaron á igualarte en

bondad, sé que ninguno puede envanecerse de haber disfrutado la honra

y prez que tú has tenido; pues te quiso y te cuidó con tanto cariño

la más bella, valerosa y gentil de las mujeres, que ella misma te

alimentaba por su mano, y por su mano tambien te colocaba el freno y la

silla. Entonces eras grato para mi dama: ¡ah! ¿Por qué he de insistir

en llamarla mia, si ya no me pertenece; si la he entregado en manos

de otro? ¡Ay de mí! ¿Por qué tardo en volver la punta de esta espada

contra mi pecho?

[190] El Pegaso, caballo alado que brotó de la sangre de Medusa,

cuando Perseo le cortó la cabeza. Al nacer se remontó al Olimpo,

y Júpiter le dió el encargo de llevar el rayo y el relámpago y

de conducir el carro de la Aurora. En el hemisferio boreal hay

una constelacion de este nombre, que consta de 93 estrellas.

[191] Caballo célebre, que Neptuno dió á Juno y que esta regaló

á Castor.

[192] Nombre del caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con

un golpe de su tridente, cuando disputó con Minerva para ver

cuál de los dos haria á los hombres un presente más útil y más

rico.

Si Rugiero se afligia y atormentaba en el bosque, moviendo á compasion

á las fieras y á las aves, únicos seres animados que podian escuchar

sus querellas y ver el llanto que iba cayendo, cual copiosa lluvia,

en su pecho, no debeis figuraros que Bradamante se encontraba más

tranquila en París, cuando vió que ya no podia alegar ninguna excusa

para enlazarse con el Príncipe de Grecia ó dilatar por lo menos

aquella union aborrecida. Antes que aceptar otro esposo que no fuese

Rugiero, estaba resuelta á todo: á faltar á su palabra; á arrostrar la

malevolencia del Emperador, de toda la corte, de sus parientes y de

sus amigos; y cuando ya no le quedara otro recurso, á darse la muerte

con la espada ó con el veneno. Preferia morir, á arrastrar una vida

angustiosa separada de su amante.

--¡Ay, Rugiero mio! exclamaba; ¿dónde te encuentras? ¿Será posible

que te halles tan distante de mí, que no hayas tenido noticia del

bando de Carlomagno, conocido de todo el orbe, y de tí solo ignorado?

Estoy segura de que si hubiera llegado á tus oidos, nadie se habria

presentado á aceptar el reto tan pronto como tú. ¡Ay, infeliz de mí!

¿Qué otra cosa debo pensar como no sean sucesos funestos? ¿Será acaso

posible, Rugiero mio, que únicamente tú no hayas oido lo que ha llegado

á noticia de todo el mundo? Si estás informado de ello, y no has

acudido volando, forzosamente debes de haber muerto ó hallarte cautivo.

¡Oh! ¡Quién supiese la verdad! Tal vez ese hijo de Constantino te habrá

tendido algun lazo, ó interceptado traidoramente la via, á fin de

impedir que llegaras aquí antes que él. Impetré de Carlomagno la gracia

de que se negara á conceder mi mano á todo caballero cuya fortaleza

fuese inferior á la mia, creyendo que tú serias el único á quien yo no

pudiera resistir con las armas en la mano. A nadie concedia tanto valor

y pujanza como á tí: Dios ha castigado mi audacia, haciéndome caer en

poder de un hombre que no ha llevado á cabo en toda su vida una sola

accion honrosa. ¿Pero deberé someterme por no haber podido matar á mi

adversario ni obligarle á rendirse? No, no: seria una injusticia, y

no estoy dispuesta á resignarme á ella, ni á acatar la resolucion del

Emperador. Sé que todo el mundo me acusará de inconstancia, si me niego

á cumplir lo prometido; pero no seré la primera ni la última que haya

parecido ó parezca inconstante. Me basta con tener la firmeza de una

roca para guardar á mi amante la fidelidad debida, y con aventajar en

constancia á las damas más famosas de los tiempos antiguos y modernos.

Que me tachen de inconstante en cuanto á lo demás, poco me importa, con

tal que la inconstancia redunde en mi beneficio; y aunque todo el mundo

me crea más voluble que una hoja, no me dará cuidado alguno, si logro

romper mi proyectado enlace con Leon.

Bradamante pasó toda la noche que siguió al dia tan infausto para ella,

profiriendo tristes querellas, interrumpidas frecuentemente por los

suspiros y las lágrimas; pero tan luego como el dios de la Noche se

retiró á las grutas cimerias[193] acompañado de las sombras, el Cielo,

cuyos decretos eternos habian dispuesto la union de Bradamante con

Rugiero, acudió en auxilio de la doncella.

[193] Grutas situadas en el país de los cimerios, antiguos

habitantes de la península de Crimea. Este país pasaba, en

mitología, por ser la morada del sueño.

A la mañana siguiente se presentó la arrogante Marfisa al Emperador,

protestando contra la grave falta que se habia cometido con su hermano,

y declarando que no estaba dispuesta á tolerar que se le arrebatara

tan arbitrariamente su esposa sin decirle una palabra. Añadió que

fácilmente podria probar que Bradamante era mujer de Rugiero, como se

lo probaria, antes que á nadie, á la misma guerrera, si se atreviese

á negarlo; pues habia dicho á Rugiero en su presencia las solemnes

palabras que forman el verdadero vínculo del matrimonio, y ambos

estaban comprometidos de tal modo que ya no eran dueños de sí mismos ni

podian uno ú otro aceptar desde entonces otro yugo.

Ignoro si Marfisa decia ó no la verdad; pero lo que sí me atrevo á

asegurar es que el deseo de impedir, con razon ó sin ella, el enlace de

Leon, le dictaba estas palabras, más bien que el propósito de decir la

verdad, y aun estoy tentado á creer que dió aquel paso de acuerdo con

Bradamante, que no hallaba otro medio más digno ni expedito de alejar á

Leon y recobrar á Rugiero.

Sorprendido el monarca al oir semejante protesta, mandó llamar en el

acto á Bradamante, y en presencia del duque Amon le repitió lo que

Marfisa habia ofrecido probar.

La doncella escuchó las palabras de Carlomagno, con la cabeza baja,

confusa, y sin afirmar ni negar nada, demostrando claramente en su

actitud que Marfisa habia dicho la verdad. Tanto Reinaldo como el

señor de Anglante oyeron alborozados las afirmaciones de la hermana de

Rugiero, que podrian ser causa de que no siguiese adelante la alianza

proyectada, y que Leon suponia como cosa resuelta. Merced á ellas

Rugiero llegaria á ser dueño de Bradamante, á pesar de la obstinacion

del anciano Duque, sin necesidad de apelar á nuevas cuestiones, ó de

emplear la violencia para arrancarla del poder de su padre. Ambos

paladines comprendian que si, en efecto, habian mediado entre los dos

jóvenes tales palabras, su union era un hecho consumado é irrefutable,

hecho que les facilitaria el cumplimiento de su promesa más dignamente

y sin nuevas querellas.

--Ese es un engaño que habeis urdido contra mí, decia Amon; pero os

equivocais torpemente, porque aun cuando fuesen ciertas todas vuestras

ficciones, no lograríais doblegar mi voluntad. Aun suponiendo (y estoy

muy lejos de creerlo) que mi hija haya hecho neciamente á Rugiero las

promesas que decís, y que Rugiero le haya prometido lo mismo, quisiera

que me dijeran con más despacio y claridad, y de un modo más explícito,

cuándo y en qué sitio ocurrió eso. Estoy persuadido de que no se han

cambiado tales promesas, como no fuese antes de que Rugiero recibiera

el bautismo. Si pronunciaron esos juramentos antes de que Rugiero se

convirtiese al cristianismo, poco caso debemos hacer de ellos; porque

siendo ella cristiana y él pagano, no es válido semejante matrimonio.

Por esta razon no creo que el Príncipe de Grecia haya luchado

inútilmente, ni creo que nuestro Emperador deje de cumplir su palabra

por esta sola causa. Esta cuestion la debiérais haber suscitado cuando

el suceso estaba reciente y en todo su vigor, y antes de que Cárlos, á

excitacion de Bradamante, hubiera publicado el bando que ha hecho venir

á Leon á pelear desde tan lejos.

Tal fué la respuesta que dió Amon á Orlando y á su hijo, con objeto

de desbaratar el mútuo convenio de los dos amantes. Entre tanto el

Emperador escuchaba atento las razones de uno y otros, sin apoyar á

ninguna de ambas partes.

Así como se oye el murmullo que producen las hojas en las profundas

selvas, cuando Austro ó Bóreas lanzan sus impetuosos resoplidos, ó

cual suelen estrellarse las ondas en la playa, si Eolo se manifiesta

airado contra Neptuno, así tambien el sordo rumor de esta contienda

se esparció en breve por toda la Francia, dando tanto que oir y

escuchar, que apenas se trataba de otra cosa. Unos se pronunciaban en

favor de Rugiero; otros en el de Leon; pero la mayor parte apoyaba

al primero: Amon apenas reunia un voto favorable contra diez que le

eran contrarios. El Emperador continuaba encerrado en la más extricta

neutralidad; mas pareciéndole el asunto digno de estudio, lo sometió á

la decision de su Parlamento.

Al ver Marfisa aplazada la boda, como lo deseaba, volvió á presentarse

y propuso un nuevo partido.

--Puesto que Bradamante no puede ser esposa de otro, mientras viva mi

hermano, si Leon insiste en obtenerla, será preciso que apele á todo su

valor y su denuedo para arrancar á Rugiero la vida. Una vez muerto el

vencido, el vencedor verá colmada su dicha sin temor á rival alguno.

Cárlos se apresuró á participar á Leon esta nueva propuesta del mismo

modo que le habia hecho conocer todo lo ocurrido. Leon estaba seguro de

vencer á Rugiero y de salir airoso de todo asunto mientras contara con

el apoyo del caballero del unicornio: aceptó, pues, aquel fatal reto,

porque ignoraba que su leal amigo se hubiese internado en el bosque

oscuro y solitario para dar rienda suelta á su afliccion, y pensaba que

se habria alejado tan solo una ó dos millas con objeto de pasearse, y

que volveria pronto. Pero no tardó en arrepentirse: pues aquel en quien

confiaba no regresó aquel dia, ni en los dos siguientes, ni siquiera se

tenia noticia de él: no creyendo conveniente ni seguro aventurar sin él

un combate con Rugiero, mandó á buscar al guerrero del unicornio por

todas partes, á fin de evitar el perjuicio y la afrenta que preveia.

Varios mensajeros recorrieron por órden suya las ciudades, aldeas y

castillos, hasta una larga distancia, y no contento con esto, montó á

caballo, y se puso á practicar en persona las más minuciosas pesquisas.

Pero ni él, ni sus mensajeros habrian obtenido el menor indicio del

guerrero á quien buscaban, á no ser por el auxilio de Melisa, que hizo

lo que me propongo referiros en el otro canto.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 21 / 22 章