El Caballero refiere al Paladin la insensata curiosidad que le privó
de su dicha.--Reinaldo marcha á Rávena con objeto de embarcarse,
y oye otra historia durante el viaje.--Llega á la isla en que su
primo acababa de alcanzar la victoria que tan poco satisfecho le
dejara.--El cenobita que bautizó á Rugiero, convierte á Sobrino al
cristianismo y cura á Olivero.
¡Oh execrable avaricia! ¡oh apetito desordenado de riquezas! No me
maravillo de que subyugues fácilmente á las almas viles ó contaminadas
por el vicio: pero sí me causa asombro ver que sujetas con la misma
cuerda y aferras con la misma garra á más de un hombre, cuyo elevado
ingenio le haria digno de honor y de respeto, si supiera sustraerse
á tu vergonzoso influjo. Hombres hay que estudian la tierra, el mar
y el cielo y conocen y explican perfectamente las causas de todos
los fenómenos de la Naturaleza, remontando el vuelo de su atrevido
pensamiento hasta el mismo sólio del Altísimo; y sin embargo, heridos
por tu mortífero y venenoso aguijon, no tienen más afan ni más idea que
la de acumular tesoros, en lo cual cifran todo su anhelo, toda su salud
y su única esperanza.
Otros derrotan ejércitos enteros y atraviesan las ferradas puertas de
belicosas ciudades, siendo los primeros en exponer su fuerte pecho
al acero enemigo y los últimos en retirarse, á pesar de lo cual no
pueden librarse de que los hagas gemir en tu afrentosa prision hasta
el fin de sus dias. Muchos de los que por su talento ó su aptitud
habrian conquistado un nombre ilustre y preclaro en las artes ó en las
ciencias, permanecen por tu culpa sumidos en un olvido humillante.
¿Y qué diré de algunas damas de esclarecido linaje y de sin par
belleza, á quienes veo mostrarse duras, incontrastables, constantes
y más firmes que columnas ante la gentil apostura, la fidelidad y la
asídua solicitud de sus adoradores? Que llega un dia en que la avaricia
produce en ellas tal mudanza, que no parece sino que las haya encantado
de improviso, y sin amor (¿quién lo creeria?), las ofrece como rica
presa á las seducciones de un viejo, de un sér deforme ó de un mónstruo.
¡Ah! No sin motivo me lamento de ello: entiéndame quien pueda, que yo
sé bien lo que me digo, y aun cuando parezca lo contrario, ni me separo
con estas quejas de mi propósito, ni olvido la materia de mi canto; mas
no quiero adaptar por más tiempo mis palabras á lo que venia diciendo,
sino á lo que tengo que deciros. Volvamos, pues, á ocuparnos del
Paladin, que estuvo próximo á hacer la prueba de la copa.
Os decia que quiso meditar un poco antes de acercar el vaso á sus
lábios. Reflexionó y despues dijo:
--Asaz loco seria el que buscase lo que no quisiera encontrar. Mi
esposa es mujer, y por consiguiente, frágil: dejemos, pues, que mi
confianza en ella siga siendo la misma; pues si hasta ahora me ha hecho
y me hace vivir tranquilo, ¿qué ganaré con someterla á una prueba?
Pocas serian las ventajas, y en cambio, me expondria tal vez á perder
mucho, porque el tentar á Dios suele á veces irritarle: no sé si mi
resolucion es prudente ó insensata, pero sí que no quiero saber lo
que me conviene ignorar. Apártese, pues, ese vino de mi vista: ni
tengo sed, ni deseo tenerla; porque hay cosas que el Señor nos prohibe
investigar lo mismo que prohibió á nuestro primer padre tocar el
árbol de la vida; y así como Adan, despues de haber gustado la manzana
que el mismo Dios le mandó respetar, pasó de la alegría al llanto, y
transcurrió su vida entera sufriendo las miserias de los mortales,
así tambien se ve precipitado el hombre desde la dicha á la pena y la
afliccion de que jamás logra verse libre, cuando una necia curiosidad
le mueve á averiguar cuanto hace y dice su mujer.
Mientras así decia el buen Reinaldo, iba apartando lejos de sí el
odiado vaso, y al terminar sus palabras, observó que el señor de aquel
palacio derramaba abundantes lágrimas, exclamando, despues de haberse
tranquilizado algun tanto:
--¡Maldito sea el que me incitó á hacer esa prueba, que me ha
arrebatado ¡ay de mí! ¡á mi dulce consorte! ¿Por qué no te habré
conocido diez años atrás, para haber atendido tus consejos, antes de
que empezaran mis afanes y las incesantes lágrimas que me tienen casi
ciego? Pero quiero descorrer el velo que oculta esta historia, á fin de
que conozcas mis desgracias, y participes de mi afliccion, refiriéndote
el principio y el orígen de mi incomparable tormento.
»Habrás dejado algo más arriba una ciudad á la cual ciñe en torno, á
manera de lago, un claro rio, que siguiendo desde ella su curso, se
precipita en el Pó, y tiene su nacimiento en Benaco[163].
[163] Este rio es el Mincio, que nace en el lago de Garda,
_Benacus lacus_ de los antiguos, y desagua en el Pó, despues de
formar en derredor de la ciudad de Mantua una especie de lago.
»Esta ciudad fué construida en la época en que quedaron arruinados
los muros de la que edificaron los descendientes del dragon de
Agenor[164]. Allí nací yo, de estirpe ilustre, pero bajo humilde techo
y en pobre cuna. Si la fortuna se mostró conmigo tan poco cuidadosa
que al nacer no me dió riquezas, la Naturaleza suplió este descuido
concediéndome una hermosura superior á la de todos mis iguales. En mi
lozana juventud, ví á más de una dama y de una doncella prendadas de
mi gallarda apostura; pues, aunque parezca mal que el hombre se elogie
á sí mismo, debo advertir que supe realzar mis gracias naturales con
modales distinguidos.
[164] Mantua, segun el Poeta, fué construida en el tiempo en que
los Epigones se apoderaron de la ciudad de Tebas, fundada por
Cadmo, hijo de Agenor, y los cinco guerreros que habian quedado
de los muchos en que se convirtieron los dientes de un dragon
que devoró á los primeros compañeros de Cadmo.
»Vivia por entonces en mi ciudad natal un hombre de prudencia suma y
profundo conocedor de todas las ciencias, el cual, cuando cerró sus
ojos á la luz del Sol, contaba la edad de ciento veintiocho años.
Pasó su vida entera en la soledad y el aislamiento más completos;
pero cuando llegaba á su ocaso, sintió el fuego del Amor, y á fuerza
de dádivas, obtuvo la posesion de una matrona hermosa, de la cual
tuvo secretamente una hija. Con objeto de impedir que esta imitara el
ejemplo de su madre, que vendió por oro su castidad, esa virtud más
preciada que todos los tesoros del mundo, la apartó de todo roce con
la sociedad, y la trajo á este sitio desierto y solitario, donde, por
arte mágica, obligó á los demonios á que levantaran el palacio rico,
espléndido y anchuroso que estás viendo. Confió á algunas mujeres de
edad madura y de notoria castidad la educacion de su hija, que fué
creciendo en gracias y belleza; prohibiéndoles estrechamente que le
permitieran ver á hombre alguno, y sobre todo, que le hablaran de
ellos en tan tierna edad; y á fin de que tuviera sanos ejemplos en que
inspirarse, hizo modelar en lienzo y en mármol los retratos de las
mujeres más pudorosas que con mayor fortaleza habian sabido resistir
los halagos de sus seductores; y no solo quiso que se reprodujesen las
facciones de aquellas que en los pasados tiempos fueron el ornato del
mundo por su amor á la virtud, y cuya fama, conservada en la Historia,
durará eternamente, sino tambien las de otras damas no menos honestas,
que en la edad futura darán nuevo realce á toda la Italia, como esas
ocho que ves en esta fuente.
»Cuando el viejo conoció que su hija habia llegado á la edad en que
el hombre puede coger los sazonados frutos del amor, ya fuese por mi
suerte ó por mi desdicha, me consideró como el más digno de todos
para ofrecerme su mano, señalándome como dote de la jóven, además de
este magnífico palacio, las extensas campiñas, así de secano como de
regadío, que le rodean en un rádio de veinte millas. Ella era tan
hermosa y recatada cuanto pudiera apetecer el más exigente deseo: con
respecto á las labores de aguja, competia en destreza y perfeccion con
la misma Palas; su magestuoso porte y la melodía de su voz y de su
canto le daban el aspecto de un sér celeste y no mortal; conocia tan
bien las artes liberales que rivalizaba, ó poco menos, con su padre.
A su gran talento, á su incomparable belleza, que hasta á las peñas
habria inspirado amorosos deseos, unia un amor, una dulzura, cuyo solo
recuerdo me traspasa el corazon. Su único placer, su más vehemente
anhelo, consistia en estar á mi lado por donde quiera que fuese. Mucho
tiempo vivimos de este modo, sin que la menor querella turbara nuestra
dicha: pero al fin la tuvimos, por culpa mia.
»Cinco años habian transcurrido desde que doblé la cerviz al yugo
de himeneo, cuando murió mi suegro, empezando al poco tiempo los
pesares que me abruman todavía, del modo que vas á oir. Aun me tenia
cobijado bajo sus alas el amor de mi esposa, que te pondero tanto,
cuando una noble dama de este país se apasionó de mí hasta un extremo
inconcebible. Aquella dama conocia el arte de los encantamientos y
sortilegios, como puede conocerlo la maga más experta: hacia la noche
clara, el dia oscuro, detenia el Sol en la mitad de su carrera, y
obligaba á la Tierra á estremecerse; pero aun así, no tuvo suficiente
poder para inducirme á curar su amorosa herida con el remedio que
únicamente podria aplicarle faltando á la fidelidad jurada á mi esposa;
y á pesar de que era bastante bella y expresiva, á pesar de constarme
su loca pasion, á pesar de las frecuentes promesas y regalos que me
hacia, y de sus vivas y contínuas instancias, no pudo conseguir que
desprendiese una chispa de mi primer amor para dársela á ella, porque
mi confianza en la lealtad de mi mujer bastaba para refrenar mis deseos.
»La esperanza, el crédito, la certidumbre que del amor de mi esposa
tenia me habrian hecho despreciar hasta los seductores detractivos de
la jóven Leda, ó los ofrecimientos de riquezas y sabiduría que en otro
tiempo se hicieron al gran pastor del monte Ida[165]; pero todas mis
repulsas no eran suficientes á alejarla de mi lado.
[165] Sometida al juicio de Paris, que abandonado por su padre
Priamo, rey de Troya, pasó los primeros años de su vida entre
los pastores del monte Ida, la decision de cual de las tres
diosas, Venus, Minerva ó Juno, habia de alcanzar el premio de la
belleza, lo otorgó á la primera, á pesar de los ofrecimientos
que le hicieron las dos últimas para que se declarase en favor
suyo.
»Un dia en que aquella maga, llamada Melisa, me encontró fuera del
palacio, y me pudo hablar con toda tranquilidad, halló medio de
convertir mi paz en guerra, y de arrancar con el áspero aguijon de
los celos la confianza arraigada en mi corazon. Empezó por alabar mi
propósito de ser fiel á quien lo fuese conmigo, y despues añadió:
--»Pero tú no puedes decir que tu esposa guarda la fé jurada, mientras
no veas una prueba fehaciente de su lealtad. Porque ella no comete
falta alguna, cuando podria faltar, te figuras que es leal y pudorosa;
pero ¿en qué fundas esa creencia, para decir y asegurar que tu mujer
es un modelo de castidad, cuando no te separas un momento de su lado,
ni le permites que vea á ningun hombre? Aléjate un poco; aléjate de tu
casa; haz circular por ciudades y aldeas la noticia de tu ausencia,
y que tu mujer ha quedado sola; deja que los amantes y sus tiernas
epístolas lleguen hasta ella, y si, resistiendo á las súplicas y á las
dádivas, no mancilla el lecho conyugal, ó si, mancillándolo, cree que
su falta permanecerá oculta, entonces podrás decir que te es fiel.»
»La encantadora no cesó de hablarme de este modo, hasta que me
predispuso á poner á prueba la fidelidad de mi mujer.
--»Supongamos, le dije, que mi esposa sea tal cual yo no puedo creerla:
¿cómo podré convencerme despues de que es digna de premio ó de castigo?»
»Melisa me contestó:
--»Yo te daré una copa, de una propiedad extraordinaria: la copa que
en otro tiempo hizo Morgana para descubrir á su hermano la traicion
de Ginebra. El que tiene una mujer honesta, bebe en ella sin trabajo;
pero el marido burlado no puede aproximarla á sus lábios sin que antes
se vierta el vino que contiene y se le derrame por el pecho. Antes de
partir harás la prueba, y segun lo que presumo, beberás fácilmente,
pues estoy en la creencia de que tu mujer está aun pura de toda
mancha: así verás el efecto de esa copa. Pero si al regresar repites la
prueba, no espero ver tu pecho tan limpio; á pesar de que si no queda
empapado en el vino, y bebes sin dificultad, podrás considerarte como
el más feliz de los maridos.»
»Acepté sin vacilar la oferta. Melisa me entregó la copa: hice la
prueba, y dió el resultado previsto, atestiguando, conforme á mis
deseos, la honradez y fidelidad de mi dulce consorte. La maga exclamó
entonces:
--»Déjala algun tiempo sola: permanece separado de ella uno ó dos
meses: vuelve despues, coge el vaso de nuevo, y prueba si bebes, ó si
te mojas el pecho.»
»A mí se me hacia muy duro el partir, no tanto por demostrar de este
modo mis dudas sobre la fidelidad de mi mujer, como porque no podia
resolverme á permanecer dos dias, ni siquiera una hora, lejos de ella.
Advirtiéndolo Melisa, dijo:
--»Yo haré que conozcas la verdad por otros medios. Quiero que mudes de
voz y de traje, y que te presentes á tu esposa bajo la figura de otro
caballero.»
»Señor, cerca de aquí existe una ciudad defendida por los terribles
y amenazadores brazos del Pó, cuya jurisdiccion se extiende desde
aquí hasta la sinuosa orilla del mar. Aunque cede en antigüedad á las
ciudades circunvecinas, compite con ellas en suntuosidad y ornato:
la fundaron los escasos restos de los troyanos que se escaparon del
azote de Atila[166]. Gobierna esta ciudad un caballero rico, jóven
y apuesto, que siguiendo un dia el raudo vuelo de su halcon, llegó
á mi palacio, y al entrar en él, vió á mi esposa, la cual le causó
una impresion tan viva, que le quedó su imágen grabada en el corazon.
Desde entonces no perdonó medio alguno para inclinarla á satisfacer sus
deseos; pero fueron tantas las repulsas y los desaires de mi mujer, que
desistió de sus instancias, aun cuando no pudo borrar de su imaginacion
el recuerdo de su sin par belleza.
[166] Algunos troyanos mandados por Antenor pasaron á Italia
despues de la ruina de Troya y fundaron la ciudad de Padua.
Huyendo los habitantes de esta ciudad de las terribles
incursiones de Atila, rey de los hunos, que se llamaba á sí
mismo el _azote de Dios_, se refugiaron en Rialto y otros sitios
pantanosos, y fundaron á Ferrara en un lugar que les pareció á
propósito para su seguridad, por estar rodeado de un rio y de
terrenos cenagosos.
»Tanto fué lo que me instó Melisa y hasta tal punto me alucinaron sus
consejos, que me decidí á tomar la forma del gobernador, y sin que
yo pueda decirte cómo, transformó mi aspecto, mi voz, mis ojos y mis
cabellos. Persuadida estaba ya mi esposa de que yo habia emprendido
un viaje con direccion á Levante, cuando volví á mi casa bajo el
aspecto, traje, voz y facciones de su jóven seductor. Melisa me
acompañaba, disfrazada de paje, llevando las más ricas pedrerías que
pueden producir las Indias ó las costas Eritreas. Yo, que conocia las
costumbres de mi palacio, entré en él sin vacilacion alguna, seguido
de Melisa, y llegué á donde estaba mi mujer en ocasion tan oportuna,
que á la sazon no estaba á su lado ninguna doncella ni escudero. Hícele
presentes mis deseos; le presenté el perverso estímulo de toda mala
accion, ostentando ante su vista los rubíes, diamantes y esmeraldas
capaces de conmover á la virtud más firme, y le dije que todo aquello
era nada en comparacion de lo que podia esperar de mí. Le hablé despues
de la comodidad que nos ofrecia la ausencia del marido, y le recordé
que hacia mucho tiempo solicitaba sus favores, como no debia ignorar,
añadiendo por último, que mi amorosa constancia era digna de alcanzar
la merecida recompensa.
»Manifestóse al principio bastante turbada y confusa; su rostro se
tiñó con el carmin de la vergüenza, y no queria escucharme; pero al ver
los brillantes destellos de las piedras preciosas, empezó á ablandarse
su corazon, y por último me respondió con voz rápida y temblorosa lo
que me arranca la vida cada vez que lo recuerdo: que accedería á mis
súplicas cuando estuviera segura de que nadie lo supiese jamás. Esta
respuesta fué un dardo envenenado que me atravesó el alma: sentí que
recorria mis venas y mis huesos un frio glacial, y la voz expiró en mi
garganta.
»Entonces Melisa, descorriendo el velo de su encanto, me restituyó
mi forma primitiva. Puedes juzgar cuál seria la mortal palidez de
mi esposa al verse sorprendida por mí en tan grave falta. Quedamos
entrambos lívidos, mudos y con la frente inclinada. Apenas tuve voz y
ánimo para exclamar:
--«¿Con que me harias traicion, si hubiera alguno que quisiera comprar
mi deshonra?»
»La única contestacion que pudo dar á estas palabras consistió en
derramar un torrente de lágrimas. Mucha fué su vergüenza, pero mayor
la irritacion que sintió al ver que era yo quien le inferia aquella
afrenta; irritacion que siguió multiplicándose hasta convertirse en
ódio y en furor. En el momento mismo resolvió huir de mi lado, y á la
hora en que el Sol desciende de su carro, se dirigió al rio, saltó en
una lancha, y fué surcando toda la noche su corriente: al rayar el
dia se presentó al caballero que tiempo atrás la habia requerido de
amores, y de cuyo aspecto y semblante me habia revestido para hacer un
cruel experimento contra mi propio honor, y como no se habia apagado
el fuego de su pasion, creo inútil deciros si la recibiria con júbilo.
Desde allí me envió á decir mi esposa, que renunciara para siempre á
poseerla, y á que me devolviera su amor.
»¡Triste de mí! Desde aquel dia viven juntos con gran contento,
mofándose de mí, mientras yo me voy consumiendo á impulsos del mal
que entonces me procuré, sin encontrar paz ni sosiego. Mi tormento
aumenta en vez de atenuarse, y estoy seguro de que me llevará al
sepulcro; porque ya no le queda mucho que hacer en mí, y aun creo que
habria muerto durante el primer año, si no me hubiese sostenido un
solo consuelo, el cual consiste en que de todos cuantos caballeros se
han albergado en mi palacio de diez años á esta parte y á quienes he
presentado esa copa, no he visto uno solo al que no se le derramara
el líquido por el pecho. En medio de mi acerbo pesar, siento un gran
alivio al ver que tantos otros participan de mi misma suerte. Tú has
sido el único prudente entre infinitos necios, porque tú solo te has
negado á hacer ese ensayo peligroso.
»Mis deseos de poner á prueba hasta un extremo exagerado la fidelidad
de mi esposa, hacen que mi vida, sea larga ó breve, no tenga nunca
sosiego ni reposo. Melisa se manifestó desde luego gozosa por este
resultado, pero su infundado júbilo duró poco; porque habiendo sido la
causa de mi mal, la odié de tal modo, que no podia soportar su vista.
Irritada ella al verse odiada por mí, á quien decia amar más que á su
propia vida, y cuando esperaba reinar como soberana en mi corazon, una
vez alejada mi esposa, tardó poco en ausentarse á su vez por no tener
siempre presente la causa de su mal, y abandonó este país, de tal modo
que no he vuelto á tener noticias suyas.»
Así dijo el afligido caballero, y cuando puso fin á su historia,
Reinaldo se quedó algunos momentos pensativo, movido á compasion:
despues exclamó:
--Melisa te dió á la verdad un consejo pérfido, al proponerte que
hostigaras á la abeja: y á tu vez fuiste poco perspicaz corriendo en
busca de lo que no querrias haber encontrado. Si tu esposa, cediendo á
la avaricia, se vió inducida á faltarte á la fé jurada, no te asombre;
porque no es ella la primera ni la quinta que ha salido vencida en esta
lucha: ¡cuántas mujeres de mucho más talento y de mayor fortaleza han
cometido las acciones más bajas por menor precio! ¿Acaso no ha habido
tambien hombres que por oro han vendido á sus señores y á sus amigos?
Si deseabas ver cómo tu mujer se defendia, no debiste atacarla con tan
terribles armas: ¿ignoras por ventura que ni el mármol ni el durísimo
acero pueden oponer resistencia al oro? Creo, pues, que al tentarla
incurriste en una falta mucho mayor que la cometida por tu esposa
cediendo tan pronto. ¡Oh! Si ella te hubiese puesto á prueba del mismo
modo, tal vez habrias sucumbido con mayor facilidad.
Al decir esto, dejó Reinaldo la mesa, pidiendo licencia á su huésped
para retirarse á dormir, con intencion de descansar un poco y emprender
de nuevo su marcha una ó dos horas antes de la salida del Sol. Como
disponia de poco tiempo, su intencion era la de aprovecharlo sin
desperdiciar un solo momento. El señor del palacio le dijo, que podia
pasar á las habitaciones interiores, donde tenia preparados estancia y
lecho, y entregarse al reposo el tiempo que tuviera por conveniente;
pero añadió que, si queria seguir su consejo, podria dormir toda la
noche á pierna suelta y viajar mientras dormia.
--Te hago preparar una barca, le dijo, en la cual podrás continuar tu
viaje, disfrutar un sueño tranquilo y sin cuidado toda la noche, y
adelantar una jornada tu camino.
Reinaldo se apresuró á aceptar este ofrecimiento, dando repetidas
gracias á su amable huésped, y sin más tardanza, se dirigió al rio,
donde le estaban esperando ya los marineros. El Paladin se tendió
con toda comodidad en la barca, que cediendo al vigoroso empuje de
seis remos, se deslizó por la superficie del agua con tanta rapidez
y agilidad como un pájaro por los aires. El caballero francés quedó
dormido apenas inclinó la cabeza, habiendo encargado antes á los
remeros que le despertasen en cuanto estuvieran á la vista de Ferrara.
El veloz esquife dejó pronto á Melara á la izquierda y á Sermide á
la derecha, y pasó por Figarolo y Stellata, donde el iracundo Pó se
divide en dos brazos. El nauta tomó el de la derecha, y dejó que el de
la izquierda siguiera su curso hácia el territorio de Venecia: pasó
luego por Bondeno, y ya iba aclarándose el Cielo hácia la parte del
Oriente, matizada por la Aurora de blanco y encarnado con las flores
que derramaba de su canastillo, cuando se despertó Reinaldo, en ocasion
en que se divisaban á lo lejos los dos castillos de Tealdo.
--¡Oh ciudad venturosa!, exclamó, ¡de quien me predijo mi primo
Malagigo, cuando hice este mismo viaje en su compañía, despues de
contemplar las estrellas fijas y errantes, y de evocar algun espíritu
adivino, que en los futuros siglos ha de remontarse tanto tu gloria y
esplendor, que serás la honra y prez de toda la Italia!
Así decia el Paladin, mientras la barca continuaba deslizándose
sobre el rey de los rios con tal velocidad, que no parecia sino que
tuviese alas: en breve llegó á la pequeña isla que está más próxima
á la ciudad, y aun cuando entonces se hallaba inculta y descuidada,
alegróse Reinaldo de contemplarla, porque no ignoraba cuán bella y
próspera llegaria á ser andando el tiempo. En otra ocasion en que hizo
este mismo viaje, acompañado de Malagigo, le oyó decir que cuando la
cuarta esfera hubiese girado con el carnero setecientas veces[167],
aquella isla seria la más amena y deliciosa de cuantas se hallasen
circundadas por el mar, por los rios ó los lagos, y que al verla, no
habria nadie que se acordara de ponderar las maravillas de la patria
de Nausicaa[168]. Le oyó tambien decir, que por la magnificencia de
sus edificios sobrepujaria á la isla que tenia el emperador Tiberio en
tanta estima[169]; que sus deliciosos jardines, ricos en toda clase
de plantas, dejarian muy atrás á los afamados de las Hespérides; que
Circe[170] no tuvo nunca en sus rebaños ni en sus establos tan inmenso
número de animales, ni de tan variadas especies; que Venus abandonaria
á Chipre y á Guido para residir en aquella isla en compañía de Cupido y
de las Gracias; que tan asombrosa transformacion se deberia al trabajo
y al cuidado del que, uniendo á su poder é inteligencia la voluntad,
sabria además rodear á su ciudad nativa de tan fuertes murallas y
baluartes, que podria defenderse de todos los ataques sin apelar al
auxilio extranjero, y que el príncipe que deberia hacer unas cosas y
otras seria hijo de un Hércules y padre de otro Hércules.
[167] Cuando el Sol, que era la cuarta esfera segun el sistema
de Tolomeo, haya pasado setecientas veces por el signo de Aries,
ó lo que es lo mismo, cuando hayan transcurrido setecientos años.
[168] La isla de Corfú, llamaba antiguamente Corcyro, en la
que Nausicaa, hija del rey Alcinoo, socorrió á Ulises y sus
compañeros de naufragio. Los habitantes de esta isla eran
muy amigos del lujo, de comer bien, amantes de los placeres,
incrédulos y burlones.
[169] La isla de Caprea.
[170] Célebre maga que transformaba en animales á sus amantes, y
más tarde en puercos por medio de sus brevajes á los compañeros
de Ulises que habian abordado á su isla.
De esta suerte iba Reinaldo trayendo á su memoria todo cuanto,
adivinando lo futuro, le habia dicho su primo, con quien solia pasar
algunos ratos en semejantes pláticas, y al ver el aspecto pobre y
humilde de la ciudad, decia para sí:
--¿Cómo puede ser que en medio de esos pantanos florezcan las ciencias
y las artes liberales? ¿Será posible que esa aldea miserable se
convierta en una ciudad anchurosa y espléndida, y en campiñas amenas y
feraces lo que hoy solo son cenagosas lagunas y estériles quebraduras?
¡Oh ciudad venturosa! ¡Desde ahora me apresuro á saludar el amor, la
hidalguía, la gentileza de tus señores, y las esclarecidas virtudes de
tus caballeros y de tus egrégios ciudadanos! ¡Ojalá que la inefable
bondad del Redentor, y la prudencia y justicia de tus príncipes te
mantengan perpétuamente en medio de la abundancia y la alegría, y
disfrutando de una paz y un amor inalterables! ¡Ojalá te preserven
siempre del furor de tus enemigos, descubriendo sus malas artes, y que
tu bienestar cause celos al extranjero, en vez de envidiar tú la suerte
de alguno de ellos!
Mientras Reinaldo se expresaba en estos términos, el sutil leño iba
surcando las aguas con más rapidez que el halcon cuando desciende de
la region de los aires atraido por el señuelo y las voces del cazador.
El nauta dirigió poco despues la nave por el afluente de la derecha
del brazo derecho del Pó por donde iban navegando, y pronto dejaron
atrás á San Giorgio, y las torres de la Fossa y de Gaibana. Como sucede
con frecuencia que un pensamiento produce otros muchos sucesivamente,
Reinaldo se acordó del caballero en cuyo palacio habia cenado la noche
anterior; recordó tambien que aquella ciudad era la causa de sus
tormentos, y le vino á las mientes aquella copa que revelaba las faltas
de las mujeres. Despues acudió á su memoria el experimento que el
caballero proponia á sus huéspedes, sin haber encontrado uno solo, de
cuantos habian consentido en hacerlo, que pudiera beber sin mojarse el
pecho. Unas veces se arrepentia de no haber intentado tambien aquella
prueba, pero otras decia entre sí:
--Ahora me alegro de haberme resistido á efectuar tal ensayo; porque
si salia bien, confirmaba mi creencia, y si no, ¿qué partido deberia
adoptar? Mi creencia vale tanto como la más completa seguridad, de
suerte que en muy poco podria acrecentarla; por lo cual, dado caso de
que la prueba me hubiese salido bien, seria harto débil la utilidad
que de ella reportara: en cambio, el daño que me habia de causar
la conviccion de descubrir en mi Clarisa lo que no deseara, seria
infinito. Era, pues, correr un albur de mil contra uno, y arriesgarme á
perder mucho para ganar muy poco.
Entregado estaba el caballero de Claramonte á estas reflexiones,
con la cabeza inclinada, cuando uno de los remeros que iba enfrente
de él, se puso á mirarle con mucha atencion: y creyendo adivinar la
idea que absorbia su imaginacion por completo, le dirigió la palabra,
expresándose con elegancia y energía. Su conversacion giró sobre la
inexperta conducta del caballero que habia hecho con su esposa la
prueba mayor que puede hacerse con una mujer, conviniendo en que la
dama que defiende del oro y la plata su corazon armado de castidad, es
capaz de defenderlo más fácilmente entre mil espadas ó en medio de las
llamas.
--Con harta razon le dijiste, añadió el remero, que no debia haberle
ofrecido tan ricos presentes; pues hay muy pocos pechos que tengan la
fortaleza necesaria para rechazar semejantes ataques. No sé si habrás
oido hablar de una jóven, cuya historia tal vez haya llegado hasta tu
país, que vió incurrir á su esposo en una falta igual á aquella, por
la que este la habia condenado á muerte. Mi amo debia recordar que el
oro y los regalos ablandan los corazones más duros; pero lo olvidó
cuando necesitaba tenerlo bien presente en su memoria, y se acarreó su
desgracia. No obstante, él sabia tan bien como yo el ejemplo que cito,
por haber acontecido en nuestra patria, en esa ciudad de aquí cercana,
que el refrenado Mincio baña y rodea como un lago: me refiero á Adonio,
que regaló á la mujer del juez un perro maravilloso.
--Esa historia no ha atravesado todavía los Alpes, dijo el Paladin;
nunca he oido hablar de ella, ni en Francia, ni en las apartadas
regiones por donde he viajado: así es que, si no te sabe mal
referírmela, te escucharé de muy buena voluntad.
El remero empezó aquella historia de esta suerte:
--Existió en otro tiempo en este país un caballero llamado Anselmo, de
familia noble, que en su juventud, vestido con larga toga, se dedicó
á aprender lo que Ulpiano enseña[171]. Cuando quiso elegir esposa,
buscó una bella, honesta y de noble progenie, cual á su posicion
correspondia, hallando por fin en un país inmediato una jóven de
hermosura sobrehumana, la cual estaba dotada de tantas gracias y
donosura, que parecia toda amor y gentileza, mucho más tal vez de
lo que al reposo doméstico y á la profesion de su esposo convenia.
Apenas se unió á ella, cuando se convirtió en el más celoso de todos
los maridos; no porque ella le diese motivo para serlo, sino á causa
de la misma belleza y lozanía de su esposa. Habitaba en la misma
ciudad un caballero de antigua é ilustre cuna, descendiente de aquella
arrogante estirpe producida por la mandíbula de un dragon, de la cual
descendieron tambien Manto y los que con ella fundaron mi ciudad
natal. Este caballero, llamado Adonio, se enamoró de la bella esposa
de Anselmo, y para llegar á la realizacion de sus deseos, empezó á
gastar sin tasa ni medida en trajes, en banquetes, y en presentarse
con una magnificencia igual á la de los señores más ricos y poderosos.
El tesoro del emperador Tiberio no habria bastado para tan locos
dispendios[172], de suerte que á los dos años, segun creo, habia
derrochado ya todo su patrimonio. Su casa, frecuentada hasta entonces
mañana y tarde por numerosos amigos, hallóse abandonada en cuanto
faltaron en ella las perdices, las codornices y los faisanes; y Adonio,
que siempre habia sido el primero en los festines, se vió postergado y
casi reducido á mendigar, por lo cual tomó el partido de ir á ocultar
su pobreza en un país lejano, donde no fuese conocido.
[171] Domicio Ulpiano, célebre jurisconsulto romano, que
por espacio de muchos años se dedicó á la enseñanza de la
jurisprudencia.
[172] Tiberio II, emperador de Oriente, vió un dia grabada
una cruz en una losa del pavimento de su palacio, y movido de
religiosidad, mandó que se quitara para que no la pisase nadie.
Quitóse la losa, pero apareció otra y otra, de modo que á fuerza
de ir quitando losas, encontró por último un maravilloso tesoro.
Además, heredó todas las riquezas del eunuco Narsés, las de
Rasimunda, mujer de Alboino, rey de los lombardos, y adquirió
las que sus tropas conquistaron en la Persia.
»Poniendo por obra esta resolucion, salió una mañana de su patria, sin
despedirse de nadie, y mientras caminaba por la orilla del lago que
lame los muros de la ciudad, suspirando, vertiendo triste llanto y
sin poder olvidar, á pesar de lo mucho que le preocupaba su miserable
estado, á la dama que reinaba en su corazon, una aventura imprevista
vino á sacarle de la mayor indigencia para elevarle al colmo de la
dicha. Vió que un labriego estaba muy afanoso pegando palos á una
zarza con un enorme garrote; detúvose y le preguntó la causa de tanto
trabajo; el campesino le contestó que acababa de ver en aquel matorral
una culebra muy vieja y tan larga y gruesa como no la habia visto ni
esperaba verla en toda su vida, añadiendo que estaba resuelto á no
alejarse de allí hasta haberla encontrado y muerto.
»Adonio no pudo oir con paciencia las palabras del campesino, pues
solia amparar á las culebras, que eran el emblema de su linaje, en
memoria de haber salido sus antepasados de los esparcidos dientes de un
dragon; y dirigiéndose al labriego con amenazador aspecto, le obligó,
bien á pesar suyo, á abandonar la empresa, de modo que ni pudo matarla
ni hacerle daño alguno. Adonio continuó su camino hácia el país en que
esperaba vivir desconocido, donde pasó siete años ausente de su patria
y entregado al dolor y á la indigencia. A pesar de la ausencia y de la
estrechez en que vivia, causa suficiente de constante preocupacion,
aquel amor que se habia apoderado de su alma, no cesaba un momento
de abrasarle y profundizar la herida de su corazon, en términos de
que al fin le fué forzoso volver á los sitios en que habitaba la dama
cuya belleza anhelaban contemplar extasiados sus ojos, y emprendió el
regreso á su país natal, triste, aflijido, con la barba y los cabellos
largos y descuidados y pobremente vestido.
»En aquella época necesitó mi patria enviar al Padre Santo un
embajador, cuya residencia en la Santa Sede debia tener una duracion
ilimitada: echaron suertes, y recayó en el Juez esta mision. ¡Oh dia
infortunado, orígen del perpétuo llanto de Anselmo! En vano presentó
todo género de excusas; en vano apeló á los ruegos, á las súplicas
y á las promesas para evitar aquel viaje: no tuvo más remedio que
someterse. Tan duro y cruel le parecia tener que pasar por aquel
terrible trance, como si se hubiera visto abrir las carnes ó arrancar
el corazon. Pálido y desencajado por la inquietud y los celos que le
habria de causar su mujer durante su ausencia, le rogó suplicante, en
los términos que consideró más eficaces, que no le faltase á la fé
jurada, repitiéndole que á la mujer no le basta la hermosura, ni la
nobleza, ni la fortuna para ser respetada cual corresponde, como no
dé á conocer en sus palabras y acciones que posee además esa virtud
tanto más apreciada cuanto más pura é inmaculada se ostenta despues de
luchar y vencer, la virtud de la castidad; añadiendo, por último, que
su ausencia le proporcionaria ancho campo donde poner á prueba la suya.
»Con semejantes frases procuraba grabar profundamente en su pecho la
obligacion en que estaba de serle fiel. ¡Con cuántas lágrimas, con
cuánto desconsuelo se lamentó ella, gran Dios, de aquella partida
cruel é irremediable! En medio de su afliccion, juró á Anselmo que
el Sol perderia su luz antes de que ella fuese tan cruel que faltase
á la fé jurada, y que si alguna vez llegara á sentir este deseo,
preferiria morir antes. Aun cuando el contrariado esposo dió crédito á
tales promesas y juramentos, que le tranquilizaron algun tanto, quiso
obtener mayores seguridades buscando ¡oh insensato! nuevas causas que
aumentaran su desconsuelo. Tenia un amigo, que poseia la facultad de
leer en el porvenir, y conocia del todo, ó á lo menos en su mayor
parte, la ciencia de la mágia y de los sortilegios. Fué á verle, y le
rogó que le predijera si su mujer, llamada Argía, permaneceria siéndole
fiel durante el tiempo de su ausencia, ó si sucederia lo contrario. El
astrólogo, obligado por sus ruegos, se puso á trabajar sobre el punto
propuesto, y empezó á trazar líneas y figuras correspondientes á las
del Cielo. Anselmo le dejó dedicado á su tarea, y al dia siguiente
volvió á saber la respuesta.
»El adivino permaneció silencioso al verle, por no revelar al doctor
una cosa que le afligiria seguramente; procuró eludir la contestacion
con diferentes excusas, pero vencido al fin por sus ruegos importunos,
le anunció que su esposa tardaria en deshonrarle el tiempo que él
tardara en traspasar el umbral de su puerta, y que su traicion no seria
motivada por la belleza ó por las súplicas de un amante, sino por un
vil interés. Si acaso te son conocidas las vicisitudes del amor, podrás
apreciar por tí mismo cómo se quedaria el corazon del triste Anselmo,
al oir aquellas predicciones amenazadoras de los motores celestes, que
aumentaron el temor y las dudas crueles que ya en él se abrigaban;
pero lo que llevaba al último extremo la tristeza que le oprimia, no
concediendo un momento de reposo á su calenturienta imaginacion, era
la consideracion de que su mujer, vencida por la avaricia, habia de
traficar con su honra.
»Poniendo cuanto estaba de su parte para evitar que incurriera en tan
lamentable falta (porque la necesidad suele arrastrar al hombre á robar
los altares, si encuentra una ocasion oportuna), la dejó en posesion
de todos sus bienes (que no eran pocos), entregándole el dinero, las
alhajas, las rentas y el usufructo de sus posesiones, y en una palabra,
todo cuanto poseia.
--»Paso á tus manos mi fortuna entera, le dijo, no solo para que la
disfrutes y la gastes en cubrir tus atenciones, sino para que la
consumas, la disipes, la dés ó la vendas, y en fin, para que hagas con
ella cuanto se te antoje. Con tal de volver á hallarte como te dejo,
poco me importa lo demás; con tal de que continúes siendo siempre la
misma, te autorizo para desposeerme de tierras y palacios.»
»Rogóle además que no siguiese habitando en la ciudad, á no ser que
tuviera noticia de su regreso; y le instó que se trasladase al campo,
donde podria vivir con más comodidad, lejos del trato social. Este
consejo se lo inspiraba la creencia de que los sencillos campesinos,
dedicados al cultivo de la tierra ó á la custodia de sus ganados, no
podrian influir fatalmente en los honrados propósitos de su esposa.
Argía, enlazando con sus torneados brazos el cuello de su temeroso
Anselmo, y bañándole el rostro en llanto que á raudales brotaba de sus
ojos, le reconvenia tristemente por suponerla tan débil y culpable como
si ya le hubiese engañado, y porque su injusta sospecha procedia de que
no tenia confianza en su cariño leal.
»Pero seria harto prolijo si me propusiera referir todo cuanto
se dijeron en el momento de la separacion.--«¡Te recomiendo mi
honor!»--fueron las últimas palabras de Anselmo: echó á andar en
seguida, y no parecia sino que el corazon iba á saltársele del pecho
cuando volvió la brida al caballo. Ella lo siguió mientras le fué
posible con la vista anublada por las copiosas lágrimas que surcaban
sus mejillas.
»Durante este tiempo, el mísero y desdichado Adonio, pálido y
desfigurado, segun dije, por su luenga barba, caminaba la vuelta de su
patria, esperando no ser ya conocido en ella: llegó al lago próximo
á la ciudad, y cerca del sitio donde habia prestado su auxilio á la
culebra á quien tenia acorralada un labriego dentro de un espeso
matorral con la intencion de matarla. Al llegar á aquel paraje, en el
momento en que empezaba á despuntar el dia y aun brillaban en el Cielo
algunas estrellas, vió que se adelantaba á su encuentro por la orilla
del lago una doncella, vestida con un traje extraño y de porte noble y
magestuoso, aunque no llevaba en su compañía doncellas ni escuderos.
Aquella dama se dirigió á él con agradable semblante y le dijo estas
palabras:
--»Aunque no me conoces, ¡oh noble caballero! soy pariente tuya, y te
debo además un gran beneficio: soy lo primero, porque el esclarecido
linaje de ambos remonta su orígen al arrogante Cadmo. Soy la hada
Manto; yo fuí quien puso la primera piedra de esa ciudad á la que,
segun habrás oido decir, llamé Mantua, de mi nombre: soy tambien una
de las hadas, y para decirte lo que á mí se refiere, te haré saber
que, por nuestro fatal destino, estamos expuestas á padecer todos los
males de los humanos, excepto la muerte; pero á nuestra existencia
inmortal va unida una condicion tan funesta como la misma muerte:
cada siete dias nos vemos precisadas á tomar la forma de una culebra.
Es una cosa tan horrible el verse cubierta con esa inmunda escama,
é ir arrastrándose por el suelo, que no hay desconsuelo mayor en el
mundo, y tanto es así, que maldecimos la vida. Con decirte que en
dicho dia nos vemos expuestas á toda clase de peligros á causa de
nuestra metamórfosis, comprenderás en qué consiste la gratitud que te
debo, cuyo orígen voy á recordarte. No hay animal más aborrecido en
la tierra que la culebra; y nosotras, revestidas de su forma, tenemos
que sufrir los golpes, los ultrajes y las persecuciones de todo el que
nos descubre, y si no podemos refugiarnos debajo de tierra, fuerza nos
es soportar el peso de la mano que nos hiere. ¡Cuánto más nos valdria
morir, que exponernos á quedar destrozadas ó heridas bajo las plantas
de los hombres!
»El gran favor que te debo consiste en que, al pasar cierto dia por
estas deliciosas arboledas, me libraste de las manos de un labriego que
me maltrataba: á no ser por tu generosa intervencion, habria corrido
inminente riesgo de salir con la cabeza ó los riñones aplastados, y aun
cuando de todos modos hubiera quedado con vida, no podria evitar que me
dejara coja ó deslomada; pues durante los dias en que nos arrastramos
por el suelo cubiertas con la serpentina piel, nos vemos privadas
de nuestro poder, y el Cielo, sujeto el resto del tiempo á nuestra
voluntad, se niega á obedecernos. En los restantes dias, nos basta una
sola palabra para detener al Sol en mitad de su carrera y amortiguar su
luz; para que la inmóvil Tierra dé vueltas y se traslade de un punto á
otro, y para que el hielo se inflame, y el fuego se congele.
»He venido ahora con objeto de darte la merecida recompensa por el
beneficio que de tí recibí entonces. Libre del manto viperino, puedo
conceder cuantas gracias se me pidan: á partir de este momento, quiero
que seas tres veces más rico de lo que lo fuiste al heredar á tu padre:
no quiero que te vuelvas á ver sumido en la indigencia, sino que cuanto
más gastes, más se aumente tu fortuna; y como no ignoro que continúas
envuelto en las redes con que Amor te prendió tiempo atrás, voy á
decirte el medio más á propósito para que desahogues tus encendidos
deseos. Quiero que pongas en ejecucion mi consejo, mientras el marido
esté ausente, y que vayas á presentarte á su mujer, que vive retirada
en el campo: yo te acompañaré.»
»Y continuó diciéndole de qué modo deberia presentarse á la señora
de sus pensamientos, indicándole el traje que habia de llevar, las
palabras, los ruegos y hasta las persuasivas incitaciones de que le
convenia hacer uso. Le manifestó tambien la forma en que ella pensaba
presentarse; pues, á excepcion del dia en que vagaba errante convertida
en culebra, todos los demás podia metamorfosearse del modo que mejor
le cuadrara. Hizo que Adonio se vistiese con el traje de uno de esos
peregrinos que van de puerta en puerta pidiendo una limosna por el
amor de Dios. Manto se transformó en el perro más pequeño de cuantos
haya podido crear la Naturaleza, de pelo largo y sedoso, más blanco
que el armiño, de grato aspecto y maravillosos movimientos. Una vez
disfrazados de esta suerte, emprendieron la marcha hácia la casa de
la bella Argía: al llegar cerca de algunas cabañas de labradores, le
pareció oportuno al jóven detenerse, y empezó á tocar una especie de
caramillo, á cuyo son se puso el perro á bailar sostenido sobre las
patas traseras.
»Aquel rumor y aquella música llegaron á oidos de Argía, que se mostró
curiosa de presenciar tan raro espectáculo, y mandó á decir al romero
que fuera con el perro á su morada. Comenzaba á cumplirse el destino
del doctor. Adonio empezó de nuevo á ordenar al perrillo diferentes
juegos, y este, obediente á su voz, ejecutó una porcion de bailes del
país y extranjeros, con los movimientos, las actitudes y los pasos
más apropiados; despues hizo todo cuanto le mandó su amo, con tanta
atencion y dando pruebas de tan extraordinaria inteligencia, que los
circunstantes, asombrados, no se atrevian á pestañear ni á respirar
siquiera. Quedóse Argía en extremo prendada de aquel donoso animalejo;
no tardó en sentir un vivo deseo de poseerlo, y encargó á su nodriza
que ofreciera al astuto peregrino una cantidad no despreciable por su
adquisicion.
--»Aunque tuvieseis más tesoros de los que pueden saciar la avaricia de
la mujer, respondió el fingido romero, no serian bastantes á pagar una
sola pata de este perro.»
[Ilustración: El perrillo empezó á ejecutar diferentes bailes.
(Canto XLIII.)]
»Y para demostrar la verdad de sus palabras, hízose á un lado con la
nodriza, y ordenó al diminuto can que diese á aquella mujer una moneda
de oro, como prueba de su galantería. Sacudióse el perrillo; y dejó
caer una moneda, y Adonio, volviéndose á la nodriza, le dijo que la
recogiese, añadiendo:
--»¿Crees que podré dar por ningun precio un animal tan bello y útil
como este? No le mando una sola cosa, sea la que quiera, que no me la
procure en seguida, y lo mismo sacude perlas que anillos, y que los
trajes más ricos y suntuosos. Sin embargo, dí á tu señora, que estoy
dispuesto á cedérselo, pero no á cambio de oro; pues un animal como ese
no puede pagarse con dinero, sino á condicion de dormir una noche con
ella.
»Así diciendo, le entregó una perla que acababa de dejar caer el
perrillo para que se la ofreciese á su señora. Esta proposicion pareció
á la nodriza más ventajosa que un gasto de diez ó veinte ducados.
Acercóse á su ama, y trasladándole la propuesta del peregrino, la
excitó con vehemencia á que no titubeara en adquirir aquel perro, ya
que podia lograrlo por un precio, que aunque se dé, no se pierde.
La hermosa Argía se mostró en un principio esquiva, en parte por no
faltar á su esposo, y en parte por creer imposible todo cuanto oia con
respecto al perro; pero la nodriza no cesó de acosarla y de apurarla,
recordándole que difícilmente volveria á hallar una fortuna tan grande,
y al fin consiguió que Argía consintiera en ver otro dia al perro en su
propia estancia, sin tantos testigos de vista.
»Esta nueva presentacion de Adonio fué tan fatal como desastrosa para
el mísero doctor. El perrillo produjo doblas á centenares, sartas de
perlas, y toda clase de piedras preciosas, cuya vista conmovió el
altivo corazon de la dama, la cual perdió toda su firmeza al saber
que el peregrino era el mismo caballero que con tanta constancia la
habia amado. Las instigaciones de su infame nodriza, los ruegos y la
presencia de su amante, las riquezas que este le ofrecia, la prolongada
ausencia del mísero doctor, la esperanza del misterio, todo en fin se
conjuró tan violentamente en contra de sus honestos propósitos, que
por último aceptó el hermoso perro, abandonándose en cambio en brazos
de su amante.
»Adonio disfrutó á su placer de los encantos de su bella dama, á quien
la hada inspiró un amor tan ferviente hácia su galan, que no podia
permanecer un momento separada de él. El Sol recorrió los doce signos
del Zodiaco antes de que el Juez obtuviese licencia para regresar; al
fin volvió, pero poseido de las más crueles sospechas, á causa de la
prediccion del astrólogo. Al llegar á su patria, su primera visita
fué para él, preguntándole con grande ansiedad si su mujer le habia
sido infiel, ó si le habia guardado su amor y su fé. El adivino trazó
por medio de sus figuras una representacion del polo con todos sus
planetas y constelaciones, y despues le respondió que habia sucedido lo
que tanto temia, cumpliéndose su vaticinio, y que su esposa se habia
entregado á un amante, seducida por espléndidas riquezas.
»Una lanza ó un venablo que se le hubiese clavado en el corazon no
habrian podido causarle una herida tan cruel. Para convencerse más
y más de su desgracia, á pesar de que daba entero crédito á las
afirmaciones del astrólogo, fué en busca de la nodriza, y llamándola
aparte, procuró sonsacarla con cautelosa maña, empleando grandes rodeos
y circunloquios para ver si descubria el menor indicio de la verdad;
pero á pesar de todos sus esfuerzos y destreza, no pudo obtener el
más mínimo dato, porque ella, acostumbrada al fingimiento, lo estuvo
negando todo con impenetrable rostro, y á fuerza de estudio y de
astucia, supo mantener á su señor en una irritante perplegidad por
espacio de más de un mes.
»¡Cuán preferible le habria parecido la duda, si hubiese reflexionado
en el dolor que debia causarle la realidad! Despues de haber procurado
infructuosamente por medio de súplicas y de regalos que la nodriza le
revelase la verdad, y al ver que no tocaba cuerda que no despidiese
un sonido falso, resolvió esperar prudentemente á que se deslizase
la discordia entre ellas, sabiendo que donde hay mujeres, nunca
faltan riñas y pendencias. Y en efecto, no tardó en suceder lo que
esperaba: á la primera disputa que aquellas tuvieron, fué la nodriza
espontáneamente á contárselo todo sin ocultar el más insignificante
detalle.
»Seria largo de contar lo que pasó entonces en el corazon y en la
consternada mente del desdichado Juez; baste decir que su dolor fué
tan intenso, que estuvo á punto de perder el juicio. Dominado por la
cólera, se preparó á morir, pero despues de haber muerto á su criminal
esposa; queria que la sangre de entrambos, derramada por el mismo
puñal, lavase la afrenta de aquella y pusiera fin á su tormento.
Regresó, pues, á la ciudad, impulsado por sus ciegos y furibundos
designios, y desde ella envió al campo á uno de sus más fieles criados,
á quien dió préviamente las órdenes más terminantes. Le mandó que
pasara á ver á su mujer Argía, y le dijese de su parte, que estaba
atacado de una fiebre tan violenta, que difícilmente podria encontrarle
vivo, por lo cual, sin esperar más compañía, deberia apresurarse á
venir con él, si conservaba algun cariño hácia su esposo; y como estaba
seguro de que se pondria en marcha sin replicar una palabra, previno al
criado que en el camino le cortara la cabeza.
»El enviado acudió inmediatamente en busca de su señora para cumplir
las prescripciones de su amo. Argía montó á caballo y emprendió acto
contínuo la marcha, despues de coger su perrito, el cual la habia ya
avisado del peligro que corria, aconsejándole, sin embargo, que á pesar
de él, no suspendiese su viaje, puesto que ya lo tenia todo previsto
y calculado para que no careciese de auxilio en el momento oportuno.
El criado se habia apartado del camino, y atravesando muchas sendas
extraviadas, llegó intencionalmente á la orilla de un rio que, bajando
de los Apeninos, desemboca en este que, surcamos, y corria por un
bosque espeso, oscuro y muy apartado de las ciudades y las aldeas.
»Parecióle aquel sitio el más solitario y á propósito para desempeñar
la criminal mision que se le habia confiado, y desenvainando la espada,
participó á Argía cuanto su señor le encargaba, previniéndole por
consiguiente, que antes de morir pidiese á Dios perdon de todas sus
faltas. No podré decirte cómo se ocultó la dama; pero lo cierto es que
cuando el criado fué á herirla, desapareció de su vista, y á pesar de
haberla buscado cuidadosamente por todas las inmediaciones, no pudo dar
con ella, quedando burlado. Regresó al lado de su señor, avergonzado,
confuso, absorto y aterrado, y le refirió aquella extraña aventura, de
la que no podia darse cuenta. Anselmo ignoraba que su mujer estuviese
protegida por la hada Manto; pues la nodriza, al descubrirlo todo, le
habia ocultado esta circunstancia, no sé por qué motivo.
»Al ver que no habia podido vengar su afrentoso ultraje ni mitigado
su pena, no sabia qué nueva resolucion tomar: lo que antes era una
débil paja, se habia convertido ahora en una enorme viga, cuyo peso
oprimia horriblemente su corazon: temia que llegara á oidos de todo
el mundo la noticia de su deshonra, conocida hasta entonces de unos
pocos; y así como antes podia ocultarla, su frustrada tentativa de
venganza daria lugar á que en breve circulara por todas partes. Harto
comprendia que su esposa, despues de conocer sus pérfidas intenciones,
haria lo posible por romper los lazos que á él la unian, entregándose
en manos de algun señor poderoso que la conservara en su poder con
ostensible menosprecio y vergüenza de su marido, ó yendo tal vez á
parar á manos de alguno que fuese bastante infame para explotar su
belleza. Para prevenir semejante desgracia, despachó mensajeros en
todas direcciones con encargo de buscarla, los cuales hicieron las más
minuciosas pesquisas por toda Lombardia, sin dejar de reconocer una
sola aldea. El mismo Anselmo salió en persona á registrar todo el país,
sin que quedase rincon que no visitara ó mandara explorar, pero no pudo
adquirir el menor indicio que le pusiera sobre las huellas de su esposa.
»Al fin llamó á aquel servidor, á quien habia encargado la criminal
accion que quedó sin efecto, é hizo que le condujera al mismo sitio en
que Argía desapareció de su vista, sospechando que tal vez se ocultara
durante el dia entre los matorrales y pasara las noches en alguna
cabaña. El criado le condujo adonde esperaba encontrar la oscura selva,
pero en su lugar halló un gran palacio.
»Mientras Anselmo practicaba las indagaciones de que me he ocupado, la
hada habia construido de improviso y por encanto, á ruegos de Argía, un
palacio de alabastro, enriquecido por dentro y por fuera con multitud
de adornos de oro. No es posible expresar, ni imaginar siquiera, la
riqueza que encerraba aquel edificio, ni su belleza arquitectónica.
El palacio de mi amo, que tan magnífico te pareció anoche, seria á su
lado una humilde choza. Los tapices más ricos, los cortinajes de más
admirable tejido y de distintas formas adornaban profusamente, no solo
los salones, las cámaras y las galerías, sino tambien las caballerizas
y bodegas. Veíanse por do quiera innumerables jarrones de oro y de
plata; piedras preciosas azules, rojas y verdes, talladas de modo que
servian de platos, copas y jarros, y una extraordinaria abundancia de
telas de seda y oro.
»Como iba diciendo, el Juez tropezó con aquel palacio, cuando no
pensaba encontrar ni una cabaña, y sí tan solo el bosque desierto y
solitario. Quedóse tan asombrado de lo que veia, que se creyó juguete
de una ilusion engañadora: no sabia si estaba ébrio, si soñaba ó
si habia perdido la razon. Vió en la puerta principal del palacio
un etíope de nariz y lábios abultados, y rostro tan hediondo y
desagradable, como no recordaba haber contemplado otro en toda su vida:
su aspecto, parecido al de Esopo, segun nos le pintan, seria capaz
de entristecer al Paraiso, si en él estuviera: su traje era súcio y
andrajoso como el de un mendigo: en fin, por más que diga, no podré dar
una idea aproximada de su repugnante fealdad.
»Como Anselmo no veia por allí más ser viviente que el etíope á
quien pudiera dirijirse, se le acercó preguntándole el nombre del
dueño de tan suntuoso edificio.--«Este palacio es mio,»--contestó
el interpelado. Anselmo estaba seguro de que el negro se burlaba de
él, ocultándole la verdad; pero este le afirmó bajo juramento que el
palacio era suyo, y que nadie podia disputarle su posesion; en prueba
de lo cual, le brindó á que entrara á visitarle, si en ello tenia
gusto, y que lo recorriera á su placer, añadiendo que si en él veia
alguna cosa que le agradara para sí ó para sus amigos, podia desde
luego quedarse con ella. Anselmo entregó las riendas del caballo á su
criado, se apeó al umbral de la puerta y fué recorriendo las diferentes
salas y cámaras, y examinando con prolija atencion los departamentos
inferiores y superiores del palacio. Contemplaba asombrado la forma, el
buen gusto y la situacion del edificio, así como sus ricos y acabados
adornos y la suntuosidad de sus muebles, dejando escapar con frecuencia
estas palabras:
--»Todo el oro que existe en la Tierra no seria suficiente para pagar
una morada tan espléndida.
»El asqueroso moro le contestó:
--»No es absolutamente imposible adquirirla, y si no á cambio de oro ó
plata, puede sin embargo pagarse con una cosa que no cuesta tanto.
»Y en seguida le hizo una proposicion semejante á la que Adonio dirigió
á Argía. Al oir Anselmo una propuesta tan súcia y repugnante, trató al
etíope de hombre bestial é insensato, y rechazó con energía por tres
ó cuatro veces sus instancias; pero el negro no cejó á pesar de las
terminantes negativas del Juez, y renovó con tanta perseverancia sus
ruegos, y tales medios de seduccion empleó, ofreciéndole siempre en
recompensa el maravilloso palacio, que al fin le redujo á acceder á sus
desenfrenados propósitos. Argía que estaba oculta cerca de allí, se
presentó de improviso en el momento en que su marido incurria en una
falta parecida á la suya, y le dijo con penetrante voz:
--»¡Oh espectáculo digno de un doctor tenido por sábio!
»Juzga, señor, cuál seria la vergüenza y la confusion de Anselmo
al verse sorprendido en medio de su depravada y repugnante accion:
en aquel momento hubiera deseado que la Tierra se abriese para
precipitarse en sus entrañas. Argía, á fin de atenuar su propia falta y
aumentar la vergüenza de su marido, empezó á dirigirle las más amargas
reconvenciones, gritándole:
--»¿Qué castigo mereces por lo que te he visto hacer con un hombre tan
soez, cuando por haberme dejado llevar de una pasion natural quisiste
darme la muerte, á pesar de que yo cedí á los ruegos de un amante
hermoso y gentil, que me habia ofrecido un presente á cuyo lado nada
vale este palacio? Si entonces me consideraste acreedora de una muerte,
debes conocer que ahora te has hecho digno de ciento. Sin embargo,
aunque en este recinto mis facultades son tales que puedo hacer
contigo lo que se me antoje, no pretendo vengarme más cruelmente de tu
perfidia. Iguala el debe y el haber, esposo mio, y perdóname, como yo
te perdono. Hagamos las paces, bajo la condicion de que olvidaremos
nuestras mútuas culpas y de que jamás nos echaremos en cara nuestro
pasado error.
»El marido aceptó con gusto este pacto, y se apresuró á perdonar á su
mujer; restablecióse la paz y la concordia entre ambos esposos, y desde
entonces vivieron en la mejor armonía.»
Calló el remero, y Reinaldo no pudo menos de sonreirse al oir el final
de su historia, aunque la accion vergonzosa del doctor tiñó de vivo
rubor su rostro: alabó, sin embargo, la determinacion de Argía, que
supo atraer á su marido á la misma red en que ella habia caido, aunque
no de un modo tan grosero como él.
Cuando el Sol estuvo algo adelantado en su carrera, el Paladin hizo
que le sirvieran algunos de los manjares de que el galante Mantuano le
habia provisto abundantemente la noche anterior. Huia entre tanto á su
derecha un país delicioso, y á su izquierda la inmensa laguna: apareció
y desapareció en seguida Argenta y su territorio, así como la playa
donde el Santerno desemboca.
Creo que entonces no estaba aun construida la fortaleza de la Bastia,
de cuya conquista no pudieron envanecerse mucho las tropas de España,
y que tan abundantes lágrimas hizo derramar á los romañoles. Desde
allí dirigieron la embarcacion en filo á la margen derecha del rio,
cuyas aguas surcaba como si volara por ellas, y entraron despues en un
lago tranquilo, que los condujo hácia el Sur cerca de Rávena. Aunque
Reinaldo solia estar con frecuencia escaso de dinero, no obstante, á la
sazon tuvo el suficiente para dar una buena propina á los remeros antes
de que le dejasen en tierra.
Mudando guias y caballos, pasó aquella misma noche por Rímini; no
quiso detenerse á pernoctar en Montefiore, y casi al romper el dia
llegó á Urbino. Aun no existian en esta ciudad ni Federico, ni Isabel,
ni el buen Guido, ni Francisco Maria, ni Leonor[173], cuya afable y
sencilla solicitud habria sabido decidir sin duda á tan famoso guerrero
á aceptar durante algunos dias la generosa hospitalidad, que ha tanto
tiempo vienen ofreciendo á cuantas damas y caballeros pasan por su
corte. Como nadie le detuvo en su marcha, siguió Reinaldo hasta Cagli
por el camino más recto; atravesó el Apenino por el monte que cruzan el
Metauro y el Gauno[174], dejándolo á la izquierda; pasó por la Umbría y
el país de los Etruscos, y descansó en Roma: desde esta gran ciudad se
encaminó al puerto de Ostia, y embarcándose allí, se trasladó por mar
á la ciudad en que el piadoso Eneas dió sepultura á los restos de su
padre Anquises[175].
En dicha ciudad cambió de bajel, y sin pérdida de momento bogó en
demanda de la pequeña isla de Lampedusa, que habian elegido para teatro
de su lucha Orlando y los otros cinco combatientes. Reinaldo no cesaba
de excitar al piloto, el cual aceleraba cuanto podia la marcha del
buque, haciendo fuerza de vela y remo; pero los vientos contrarios,
harto impetuosos por desgracia, no le permitieron llegar con la
oportunidad deseada.
[173] Duques soberanos de Urbino, descendientes de la familia
della Rovere.
[174] Rios de Italia, que naciendo en los Apeninos pasan por las
antiguas delegaciones de Urbino y Ancona, y desembocan en el
Adriático.
[175] Esta ciudad es Trápani, puerto de la isla de Sicilia.
Desembarcó en el momento en que el príncipe de Anglante acababa de
dar cima á su empresa, tan útil como gloriosa, arrancando la vida á
Gradasso y Agramante, por más que la victoria le costó cara. En aquel
combate habia perecido el hijo de Monodante, y Olivero yacia tendido
en la arena, sufriendo vivos dolores á consecuencia de su caida, que
le dislocó gravemente un pié. El Conde no pudo menos de derramar
abundantes lágrimas al abrazar á Reinaldo y al participarle la muerte
de Brandimarte, que le habia amado con tanto desinterés y firmeza.
Otro tanto sucedió al señor de Montalban cuando vió á su desgraciado
amigo con la cabeza horriblemente dividida por el acero de Gradasso:
en seguida corrió á abrazar á Olivero, que continuaba en tierra á
consecuencia de la dislocacion de su pié, é hizo cuanto le fué posible
para consolarle, aunque por su parte tambien necesitaba consuelos por
el pesar que le causaba el haber llegado á participar del banquete
cuando ya estaban levantados los manteles.
Los escuderos transportaron los cadáveres de Gradasso y Agramante á la
destruida ciudad de Biserta, entre cuyas ruinas les dieron ignorada
sepultura, y en seguida divulgaron el resultado del combate. Astolfo y
Sansoneto supieron la victoria obtenida por Orlando, con suma alegría,
turbada empero por la noticia de la muerte de Brandimarte. El triste
fin del magnánimo guerrero debilitó de tal modo la expansion natural de
su júbilo, que no pudieron impedir que en sus semblantes se retratara
la tristeza. ¿Y quién de ellos se atreveria á llevar á Flor-de-Lis la
noticia de tan inmensa desgracia?
Durante la noche que precedió á aquel dia, Flor-de-Lis habia visto
en sueños la sobrevesta que tejió y bordó por su mano, para que
Brandimarte se engalanara con ella, salpicada de gotas rojas á manera
de lluvia tempestuosa; figurábase haberla recamado de aquel modo y
sentia una gran afliccion, diciendo al parecer entre sí:--«¿Cómo es
que habiéndome recomendado mi dulce dueño que fuera toda negra, la
he recamado contra sus deseos de un modo tan extraño y raro?»--No
pudo menos de ver en aquel sueño un presagio funesto, cuya espantosa
confirmacion se recibió aquella misma noche; pero Astolfo procuró
ocultársela hasta que él y Sansoneto reunidos pasaron á ver á la
infeliz doncella.
Cuando llegaron á su presencia y observó Flor-de-Lis que en sus
semblantes no se retrataba esa expresion de alegría que debe inspirar
la victoria, adivinó desde luego, sin necesidad de más aviso, la triste
suerte que habia cabido á su Brandimarte. En el momento mismo sintió su
corazon tan oprimido, tan anublada su vista, y tan amortiguados todos
sus sentidos, que dió con su desmayado cuerpo en tierra. Al volver en
sí, sepultó las manos en su abundante cabellera, y empezó á herirse
desesperadamente el rostro, repitiendo en vano aquel adorado nombre;
siguió arrancándose y dispersando los cabellos, ora prorumpiendo en
agudos gritos, como si estuviera poseida de los demonios, ora dando
rápidas vueltas en derredor de la estancia, como, segun nos cuentan,
las daban en otro tiempo las Ménades errantes, á los ecos de las
bocinas[176].
[176] Las Ménades, cuyo nombre significa _furiosas_, eran
las sacerdotisas de Baco, que en la celebracion de los
misterios de este dios saltaban, bailaban, hacian contorsiones
extraordinarias y corrian como locas, á los sones de las bocinas
ó atabales, llevando los cabellos sueltos y un tirso en la mano,
y dando chillidos penetrantes y desentonados.
Tan pronto se dirigia suplicante á los caballeros, pidiéndoles un
puñal para sepultárselo en el corazon, como queria correr á la playa
donde habia anclado la nave conductora de los cadáveres de los dos
sarracenos, para mutilar los restos de uno y otro, y saciar en ellos su
furiosa y vengativa saña: otras veces pretendia atravesar el mar, para
tener la satisfaccion de exhalar su último suspiro al lado de su amante.
--¡Ah Brandimarte mio! ¿Por qué te dejé acometer tamaña empresa sin
ir en tu compañía? exclamaba. ¡Ni una sola vez dejó tu Flor-de-Lis
de seguirte á donde quiera que fuiste! Otra fuera tu suerte, si me
hubieras tenido á tu lado; porque mis ojos no se habrian apartado
un momento de tí, y en el caso de que el infame rey de Sericania te
atacara por la espalda, con un solo grito habria acudido en tu auxilio,
ó tal vez hubiera alejado de tu cabeza el golpe mortal, interponiéndome
rápidamente entre tí y tu cruel enemigo, y sirviéndote mi propio cuerpo
de escudo; pues mi muerte no ocasionaria una pérdida tan lamentable
como la tuya. Ahora moriré de todos modos; pero sin que mi muerte sea
provechosa para nadie. ¡Oh! Si al menos hubiese perecido en tu defensa,
¿de qué modo mejor podria haber sacrificado mi vida? Y aun cuando el
hado duro y hasta el mismo Cielo se hubiesen mostrado contrarios á
mis deseos, no expirarias al menos sin que yo te diese el ósculo de
despedida; habria inundado al menos tu rostro con mi llanto, y antes de
que tu alma, rodeada de espíritus bienaventurados, volase al seno de
su Creador, te habria dicho:--«¡Ve en paz, y espérame en la celestial
morada; pues donde quiera que vayas, estoy dispuesta á seguirte
presurosa!»--¿Era ese, Brandimarte, era ese el reino cuyo cetro debias
empuñar? ¿Es así como debia pasar contigo á Damogira? ¿Es ese el régio
trono que me tenias preparado? ¡Ah Fortuna cruel! ¡Cuánta ventura me
arrebatas! ¡Qué halagüeñas esperanzas has desvanecido! ¡Ah! Puesto que
he perdido tanto bien, ¿qué puede ya interesarme en el mundo?
Mientras así decia, su rabia y su furor iban aumentando en tales
términos, que volvia á arrancarse los cabellos, como si tuvieran la
culpa de su desdicha: se golpeaba y mordia las manos y se desgarraba
el pecho y los lábios con las uñas. Pero volveré á Orlando y á sus
compañeros, en tanto que la desdichada doncella se destroza y se
consume en estéril llanto.
Deseoso Orlando de aplicar á la dolencia de su cuñado los prontos
auxilios que su estado exigia, y anhelando al propio tiempo dar á
Brandimarte honrosa sepultura en un sitio más digno, embarcóse con
direccion á la montaña que ilumina la noche con su fuego, y oscurece
el dia con su denso humo[177]: el viento era favorable y la playa en
cuya demanda navegaban estaba bastante cerca hácia la derecha. Con un
viento fresco y favorable largaron las amarras al declinar el dia, y
se alejaron de Lampedusa, guiados en su derrotero por la pálida luz
de la diosa de la noche: al dia siguiente fondearon en la amena playa
que rodea á Agrigento, donde Orlando dispuso para la noche siguiente
los preparativos necesarios para inhumar con pompa los restos mortales
de Brandimarte. Cuando vió cumplidas fielmente sus órdenes, y el Sol
dió paso á las tinieblas nocturnas, rodeado el Paladin de un numeroso
séquito de caballeros que habian acudido á Agrigento respondiendo á su
invitacion, trasladóse á la orilla del mar que parecia abrasada por
la llama de infinitas antorchas, y volvió donde estaba depositado el
cuerpo del que vivo y muerto habia querido tanto, y cuya lamentable
pérdida arrancaba gemidos y lamentos á los circunstantes.
[177] El Etna.
Junto al fúnebre ataud estaba llorando el anciano Bardin, que debia
tener ya secos los ojos y los párpados á causa de las incesantes
lágrimas que habia derramado en el buque. Llamando al Cielo cruel, y
perversos á los astros, rugia como el leon acometido por la fiebre, y
con sus temblorosas manos se arrancaba las plateadas canas ú ofendia su
arrugada frente. Al presentarse Orlando, redoblaron con más fuerza los
gemidos y las lágrimas: aproximóse el Conde al cadáver, y permaneció
algun tiempo con los ojos fijos en él, sin desplegar los lábios y tan
pálido como el ligustro ó el flexible acanto arrancados de su tallo por
la mañana ó por la noche: por último exhaló un profundo suspiro, y sin
separar la vista del rostro de su amigo, exclamó:
--¡Oh valiente, leal y querido compañero, cuyo ensangrentado cadáver
contemplo, aunque sé que resides en el Cielo, y que has conquistado
una vida, que nada puede arrebatarte ya! Perdóname este llanto que me
hace derramar, no tanto la idea de que no estés á mi lado, como el
pesar que siento por haberme quedado en el mundo, y privado por tanto
de disfrutar contigo la felicidad que te rodea. Ahora me encuentro
solo: sin tí nada puede haber en la Tierra que me complazca. Si hemos
arrostrado juntos el furor de los elementos y los peligros de la
guerra, ¿por qué no he de participar tambien de tu reposo? ¡Grandes
deben de ser mis culpas, cuando no se me ha permitido salir de este
mundo impuro siguiendo tus huellas! Si no te abandoné en los trabajos,
¿por qué no ha de tocarme parte de la recompensa? Tú has ganado,
mientras que yo he perdido: para tí han sido los beneficios; para
mí las pérdidas.--El mismo dolor que siento ahora conmueve tambien
á la Italia, la Francia y la Alemania. ¡Oh! ¡Cuán inmenso será el
desconsuelo de mi Señor y tio! ¡Cuán grande la afliccion de todos
los paladines! ¡Cuán intenso el pesar del Imperio y de la Iglesia
cristiana, que han perdido en tí su principal sosten! ¡Oh! ¡Cómo
disminuirá con tu muerte el terror y el espanto de nuestros enemigos!
¡Cómo sentirán renacer los paganos su abatido espíritu, recobrando
nuevo vigor y nueva audacia! ¡Cuál debe ser en estos momentos el
quebranto de tu desdichada esposa! Desde aquí veo su llanto y oigo sus
desgarradores gemidos: sé que me acusa, y que tal vez me maldice al ver
que por mi causa ha muerto contigo toda su esperanza. ¡Oh Flor-de-Lis!
Al vernos privados de Brandimarte, nos queda al menos un consuelo; el
de que todos cuantos guerreros hoy existen deben envidiar su gloriosa
muerte. Aquellos Decios[178], aquel que fué tragado por la Tierra en el
Foro romano[179], el mismo Codro, tan alabado por los Argivos[180], no
fueron más útiles á su patria, ni se ofrecieron á la muerte con más
gloria que tu amante.
[178] Tres célebres romanos del mismo nombre y de igual familia.
En una batalla que el cónsul Manlio Torcuato dió á los latinos,
se consagró el primero á los dioses infernales á fin de asegurar
la victoria á los romanos, y se arrojó en medio de las filas
enemigas, donde pereció cubierto de heridas.--Su hijo hizo otro
tanto en la guerra que los romanos sostuvieron con los cimbros,
los samnitas y los toscanos, legando tambien la victoria á
los suyos.--Por último, su nieto imitó el heroismo de sus
ascendientes, sacrificándose por su patria en la guerra que esta
sostuvo contra Pirro, rey de Epiro.
[179] En el año 392 de Roma se abrió en medio de la plaza
pública una sima muy profunda, que no se pudo cegar, á pesar de
haber echado en ella una inmensa cantidad de tierra. Consultados
los augures, declararon que no se cerraria hasta arrojar en ella
cuanto Roma tuviese de más precioso. Marco Curcio, jóven romano,
célebre por sus hazañas, se precipitó á caballo y completamente
armado en el abismo, en cuyo momento aseguran que se cerró la
sima.
[180] Ultimo rey de Atenas, célebre por su heroismo. Habiendo
dicho el oráculo que en la guerra que sostenian los de Argos
contra los atenienses saldrian estos siempre vencidos, hasta que
su rey fuese muerto por los enemigos, los argivos lo supieron
y prohibieron que se atentara contra la vida del monarca
ateniense; pero Codro, decidido á sacrificarse por su patria,
se vistió de simple soldado, pasó al campo enemigo, mató un
soldado, por lo cual fué á su vez muerto por los argivos que no
le conocieron, y libró de este modo á su patria, que derrotó á
sus contrarios.
Mientras Orlando pronunciaba estas palabras, los monjes de hábitos
negros, blancos y grises, y una multitud de clérigos iban en procesion
formando dos prolongadas hileras y rogando á Dios que concediera
al alma del difunto eterno descanso entre los bienaventurados. Las
innumerables luces que brillaban por todas partes parecian haber
convertido la noche en dia. Alzaron el féretro, en cuya conduccion
turnaron condes é ilustres caballeros, é iba cubierto con un paño de
seda de purpúreo color, bordado de franjas de oro, que alternaban
con otras de grandes perlas: el cadáver de Brandimarte yacia sobre
espléndidos cogines de un trabajo elegante y delicado, y cubiertos de
piedras preciosas, y llevaba puesta una sobrevesta del mismo color y
tejido que aquellos.
A la cabeza del fúnebre cortejo marchaban trescientos pobres, todos
ellos cubiertos con unas túnicas negras que les llegaban hasta el
suelo: seguian luego cien pajes montados en otros tantos magníficos
caballos de batalla, y unos y otros llevaban luengos mantos de
luto que arrastraban por la tierra. Rodeaban el féretro numerosas
banderas desplegadas, en las que se veian pintadas diferentes divisas,
conquistadas todas ellas á mil vencidas huestes en favor del César y
de San Pedro, por aquel vigoroso brazo que pendia de un frio cadáver.
Al par de las banderas, se veian infinitos escudos, que llevaban
todavía los blasones de los esforzados guerreros á quienes habian sido
arrebatados. Doscientas personas destinadas á las diversas ceremonias
de tan suntuosas exequias seguian despues, llevando, como los demás,
hachas encendidas, y encerradas, más bien que vestidas, en negro
ropaje. Cerraban el cortejo Orlando, que de vez en cuando derramaba
copiosas lágrimas de sus ojos, tristes y encendidos, y Reinaldo, no
menos aflijido que él. Olivero no pudo asistir á causa del daño de su
pié.
Seria interminable si os hubiese de referir en mis versos todos los
pormenores de las exequias, enumeraros los mantos de color oscuro ó
turquí que se veian en la comitiva, ó contar las infinitas hachas que
se quemaron. El fúnebre acompañamiento se dirigió hácia la catedral,
haciendo que los habitantes de la ciudad vertieran tristes lágrimas á
su paso; pues las personas de todo sexo, edad y condicion no podian
menos de condolerse del desgraciado fin de un mancebo tan apuesto,
tan bueno y tan jóven. Colocaron el cadáver de Brandimarte en la nave
principal de la iglesia, y cuando las plañideras hubieron dado tregua
á sus inútiles llantos y gemidos, y los sacerdotes pusieron fin á los
abundantes eleisones y demás oraciones dedicadas á los difuntos, que
sobre él pronunciaron, lo depositaron en una caja sobre dos columnas,
cubriéndola por disposicion de Orlando con un rico paño de oro, hasta
que se le trasladara á un sepulcro más costoso.
Antes de salir de Sicilia, mandó Orlando que se acopiara una gran
cantidad de pórfidos y alabastros: quiso que se trazaran los planos
del mausoleo, y dedicó gruesas sumas para premiar los trabajos de
los arquitectos y escultores más afamados. Despues de la partida de
Orlando, pasó Flor-de-lis á Sicilia, en donde vigiló cuidadosa la
ereccion del sepulcro, presenciando la colocacion de las losas, y de
las grandes columnas que hizo traer desde la costa de África. Viendo
que sus lágrimas no tenian fin, que sus suspiros se obstinaban cada
vez más en salir del pecho, y que no podia calmar su violento dolor,
á pesar de todos los oficios y misas que mandaba decir continuamente,
resolvió no separarse de aquel sitio hasta que exhalara el alma, y se
hizo construir en el mismo sepulcro una celda, en la que se encerró,
pasando allí su vida.
Orlando le envió varias cartas y mensajes, que de nada sirvieron, por
lo cual pasó él mismo á Sicilia para inducirla á que saliera de allí,
asegurándole que si accedia á regresar á Francia, la llevaria á vivir
en compañía de Galerana, señalándole una fuerte pension: y si preferia
volver al lado de su padre, la acompañaría gustoso hasta Lizza, ó haria
que edificaran un monasterio para ella, en el caso de que le pareciera
más conveniente consagrarse al Señor. A pesar de todo, Flor-de-lis no
abandonó el sepulcro, y extenuada allí por la penitencia, y dedicada
dia y noche á la oracion, no pasó mucho tiempo sin que la Parca fiera
cortara el hilo de sus dias.
Los tres guerreros franceses habian abandonado ya la isla en que tenian
los cíclopes sus antiguas grutas, alejándose tristes y afligidos por
verse precisados á dejar en ella á su cuarto compañero. Les pesaba en
extremo abandonar á Olivero sin un médico que atendiera á su curacion,
la cual, descuidada al principio, se presentaba difícil y peligrosa.
Los lamentos del enfermo les tenian muy alarmados con respecto al
resultado de su dolencia, y en ocasion en que trataban entre ellos de
este asunto, se le ocurrió al piloto una idea, que les comunicó, y les
agradó sobremanera. Díjoles el marino que en un islote desierto que
se hallaba á corta distancia, vivia un eremita, á quien nadie habia
recurrido en vano en demanda de socorro ó de consejos, asegurándoles
que aquel solitario tenia la facultad sobrenatural de dar vista á los
ciegos, resucitar los muertos, contener el viento al hacer la señal de
la cruz y amansar el mar cuando más furioso estuviese; por lo cual les
aconsejaba que fueran en busca de aquel varon tan favorecido de Dios,
no abrigando la menor duda de que sabria devolver la salud á Olivero,
puesto que ya habia dado otras muestras más evidentes de su virtud.
Orlando acogió con marcada satisfaccion este consejo, y ordenó que
se hiciera rumbo á tan santo lugar, como en efecto lo hicieron sin
desviar la proa á uno ú otro lado hasta que al romper el dia divisaron
el escollo. Guiada la embarcacion por marinos expertos, abordaron á él
con toda seguridad; en seguida, los criados y algunos remeros ayudaron
á trasladar al Marqués á una lancha, que les condujo á través de las
espumosas olas al duro escollo; pasando acto contínuo á la santa morada
donde residia el anciano que bautizó á Rugiero.
El siervo del Señor del Paraiso recibió afablemente á Orlando y á sus
compañeros, les bendijo con plácido semblante, y les preguntó el motivo
que allí les conducia, á pesar de que los espíritus celestiales le
habian avisado con antelacion su llegada. Orlando le respondió, que el
objeto de su viaje no era otro que el de encontrar un remedio para su
Olivero, el cual habia sido peligrosamente herido peleando en defensa
de la Fé de Cristo. El santo anciano se apresuró á tranquilizarle,
prometiéndole una curacion pronta y radical. Ignoraba la ciencia de
la medicina, y carecia de toda clase de ungüentos y remedios; pero se
encaminó á la capilla, dirigió una fervorosa plegaria al Salvador, y
saliendo tranquilo y satisfecho, dió su bendicion á Olivero en nombre
de las tres personas eternas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Oh poder maravilloso que da el Señor á los que creen en él! De
repente desaparecieron todos los dolores del caballero, que sintió su
pié radicalmente curado y más fuerte y ágil que nunca. Sobrino tuvo
entonces ocasion de presenciar una cura tan prodigiosa. El monarca
sarraceno, cuyas heridas se agravaban más de dia en dia, apenas vió el
milagro maravilloso y evidente que el santo monje acababa de hacer,
se dispuso á abjurar los errores de la religion mahometana y abrazar
la Fé de Cristo verdadera, suplicando, con corazon contrito, que le
iniciaran en los misterios de nuestra sublime creencia. El justo varon,
accediendo á sus deseos, derramó sobre su cabeza las puras aguas del
bautismo, y le volvió, rezando, á su vigor primitivo.
Orlando y los demás caballeros se regocijaron de esta conversion casi
tanto como de ver á su Olivero completamente sano de su peligrosa
dolencia; pero fué mucho mayor el gozo que sintió Rugiero, cuya fé y
cuya devocion iban aumentando progresivamente. El jóven guerrero habia
permanecido en el escollo desde la noche en que llegó á él nadando.
El devoto anciano continuó conversando afablemente con los caballeros,
y exhortándoles con fervientes súplicas á que procuraran atravesar
limpios y puros esta oculta zanja, llena de cieno y de inmundicia, que
se llama vida, tan grata para los hombres frívolos y necios, y á que
tuvieran los ojos fijos en el camino que conduce al Cielo.
Orlando dispuso que uno de sus criados pasara á bordo del buque, y
que trajera pan y buen vino, caza y cecinas, é hicieron que el santo
varon, cuyo paladar acostumbrado á los sencillos frutos de la tierra
habia olvidado ya el sabor de las perdices, probara por caridad y
condescendencia la carne, bebiera vino, é hiciera, en fin, lo mismo
que todos. Cuando el alimento hubo restaurado sus fuerzas, empezaron
los caballeros á hablar de diferentes asuntos; y como suele suceder
que en la conversacion una cosa sirve de demostracion á otra, vinieron
á parar en que Reinaldo, Olivero y Orlando conocieron en Rugiero á
aquel campeon tan famoso por sus proezas, cuyo valor ensalzaban todos
á porfía. Reinaldo no sospechó que fuese aquel guerrero con quien
habia peleado en la estacada; y aunque el rey Sobrino le conoció desde
el momento en que le vió aparecer al lado del cenobita, quiso, sin
embargo, guardar silencio por temor de equivocarse.
Cuando todos se convencieron de que tenian ante sí á aquel Rugiero,
cuya audacia, cortesanía y sublime valor le habian granjeado un
nombre célebre en el orbe entero, y tuvieron noticia de que se habia
convertido al cristianismo, se le acercaron con semblante alegre y
placentero: uno le estrechó la mano; otro le besó con amistosa efusion,
y otro le abrazó estrechamente; pero sobre todos el señor de Montalban
se esforzó en acariciarle y en darle más vivas muestras de su cariñosa
solicitud.
En el otro canto, si teneis á bien escucharlo, os explicaré los motivos
de tan afectuosa deferencia.