Orlando alcanza la victoria.--Bradamante y Reinaldo se lamentan
amargamente, la una por la ausencia de Rugiero, y por la de Angélica
el otro.--Decídese Reinaldo á ir en busca de su amada, y encuentra
en el camino al Desden que le protege.--A consecuencia de este
encuentro, se dirige hácia Italia, donde le acoge placenteramente un
caballero.
¿Qué duro freno, qué férreo nudo ó qué cadena de diamante, si forjarse
pudiera, será bastante á contener la impetuosidad de tu cólera, de modo
que su explosion no traspase los límites fijados de antemano, cuando
veas á la persona por quien más cariño ó amistad siente tu corazon
constante, expuesta á la deshonra ó á la muerte por efecto de la
violencia ó de la perfidia? Si una justa indignacion inclina entonces
tu ánimo á la crueldad y á la venganza, merece excusa, en este caso,
porque la razon no ejerce imperio alguno en el pecho. Al ver Aquiles
que Patroclo, llevando un falso almete, enrojecia el campo con su
sangre, no se satisfizo con dar muerte á su matador, sino que llevó su
venganza hasta el extremo de arrastrarle y hacerle pedazos[159].
[159] Cuando Aquiles, enemistado con Agamenon, formó el
propósito de no batirse á favor de los griegos, en el sitio de
Troya, su amigo Patroclo se esforzó en disuadirle; pero como
no pudiera lograrlo, le pidió sus armas tan conocidas de los
troyanos, y cubierto con ellas, puso en fuga al enemigo que le
tomó por Aquiles; sin embargo, fué muerto por Héctor. Al saber
esta infausta noticia, se armó Aquiles, y vengó la muerte de
su amigo en la sangre de Héctor, cuyo cadáver ató á la cola de
su caballo, y le arrastró siete veces en torno de los muros de
Troya, destrozándolo horriblemente.
Un furor parecido inflamó, invicto Alfonso, á vuestros soldados el dia
en que os hirió una piedra en la frente, y al veros tan mal parado,
creyeron que habíais exhalado el último aliento: fué tal el arrebato de
su cólera, que ni las murallas, ni los fosos, ni los parapetos pudieron
librar de ella á vuestros enemigos, todos los cuales perecieron á sus
manos, en términos de no quedar uno solo para anunciar la derrota[160].
Caísteis herido, y vuestra caida fué causa del dolor que movió á los
vuestros al furor y á la crueldad; si hubiérais permanecido á su
frente, tal vez habrian refrenado su rencorosa saña. Bastaba á vuestra
gloria haber recobrado la Bastia en menos horas que dias necesitaron
para arrebatárosla las tropas cordobesas y granadinas; pero quizás la
venganza divina permitió que en aquella ocasion os halláseis herido,
á fin de que no pudiérais oponeros al castigo de los criminales y
depravados escesos que aquellas tropas habian cometido poco tiempo
antes, cuando el desventurado Vestidel, herido, casi exánime y
desarmado, se entregó despues de vencido en manos de aquellos soldados,
moriscos en su mayor parte, los cuales le dieron una muerte cruel,
atravesándole con más de cien espadas. En resúmen, diré que no hay ira
semejante á la que uno siente al presenciar un ultraje inferido á su
señor, á su pariente, á su constante compañero. Por esta razon es justo
y natural que Orlando sintiera su corazon poseido por una repentina
cólera, al ver á su querido amigo Brandimarte tendido en el suelo sin
vida á consecuencia de la horrible cuchillada que le descargara el rey
Gradasso.
[160] Véase la nota 3.ª de la pág. 46.
Así como un pastor trashumante blande colérico y rabioso su cayado
contra la fugitiva y hórrida serpiente que le acaba de matar con sus
dientes ponzoñosos al hijo que jugueteaba por la arena, del mismo
modo blandió el señor de Anglante su cortadora espada, más temible
que otra alguna: el primero que encontró al alcance de su brazo fué
el rey Agramante, que ensangrentado, sin espada, con el escudo hecho
pedazos, desatado el yelmo y lleno de heridas, se habia librado de las
manos de Brandimarte, como se libra de las garras del azor el gavilan
medio muerto, despues de haber dejado, envidioso ó atontado, la cola
en poder de su enemigo. Atacóle Orlando, descargándole una cuchillada
en el sitio en que la cabeza se une al cuerpo; y como el yelmo estaba
desatado é indefenso el cuello, se lo cortó á cercen como si hubiera
sido un endeble junco. El pesado tronco del monarca africano cayó, y
fué á dar en la arena su última sacudida, mientras que su alma pasó
á las cenagosas aguas del Infierno, donde la recogió Caronte con un
garfio, pasándola á su barca.
Orlando se precipitó en seguida sobre el Sericanio, blandiendo su
Balisarda, sin cuidarse más de Agramante. Cuando Gradasso vió caer
al Rey de África con la cabeza separada del tronco, sintió lo que
no habia sentido hasta entonces: tembló su corazon y palideció su
rostro. Dominado por un triste presentimiento, se creyó ya vencido,
al ver venir hácia él al caballero de Anglante; y aun no habia podido
apercibirse á la defensa, cuando cayó sobre él el golpe mortal. Orlando
le hirió en el costado derecho por debajo de la última costilla; y el
acero, despues de atravesar las entrañas, salió más de un palmo por
el costado izquierdo, teñido en sangre hasta la misma empuñadura, y
demostrando claramente que la mano del guerrero más valeroso y audaz
del universo habia dirigido la estocada que arrancó la vida al más
fuerte y decidido de todos los paganos.
Poco satisfecho el Paladin con tal victoria, saltó rápidamente del
caballo, y con el rostro turbado y lloroso, acudió con prontitud
adonde yacia Brandimarte. La tierra estaba inundada de sangre en torno
suyo; el yelmo, que parecia abierto de un hachazo, tal vez le habria
defendido lo mismo si hubiese sido más quebradizo que una corteza.
Orlando se apresuró á quitar el casco á Brandimarte, y vió con horror
que este tenia la cabeza partida desde el cráneo hasta la boca entre
una y otra ceja: sin embargo, conservaba aun bastante aliento para
pedir hasta el último instante al Rey del Paraiso la remision de sus
pecados; para aconsejar al Conde, cuyas mejillas surcaba el llanto, que
tuviera paciencia, y para decirle:
--Orlando, tenme presente en tus oraciones, tan agradables á Dios; te
recomiendo tambien á mi Flor de...
No pudo concluir de pronunciar aquel nombre y expiró. Al mismo momento
se oyeron sonar en el espacio las gratas voces y armoniosos cantos de
los ángeles que recogian su alma, la cual, desligada de su corpóreo
velo, subió á las regiones celestiales entre dulcísimas melodias.
Aunque Orlando debia manifestarse contento por tan devoto fin, y estaba
seguro de que Brandimarte habia volado á más feliz morada, puesto que
vió el Cielo abierto para él, sin embargo, su condicion humana, frágil
por naturaleza, no le permitió contemplar, sin llanto en los ojos, la
pérdida del jóven guerrero, á quien queria más que á un hermano.
Entre tanto Sobrino yacia tendido en el suelo, derramando por sus
heridas tan copiosa sangre, que debia tener ya casi exhaustas las
venas. Olivero continuaba en su violenta posicion, sin haber logrado
levantarse ni sacar su pié, dislocado y casi roto por el peso del
caballo; y si su cuñado no acudiera á ayudarle á pesar del llanto y la
afliccion que le embargaba, no habria podido retirarlo por sí mismo,
pues sufria dolores tan crueles, que aún despues de levantarse, le fué
imposible apoyarse en él: tenia además la pierna tan entumecida, que
necesitaba apoyo para dar algunos pasos.
Una victoria semejante causaba poca satisfaccion á Orlando, pues vino
á amargarla la muerte de Brandimarte y la poca seguridad que ofrecia
la vida de su cuñado. Acercóse á Sobrino, que, si bien respiraba
todavía, estaba tan empapado en sangre propia, que el velo de la muerte
iba tendiéndose sobre sus ojos. El Conde hizo que le atendieran y
curaran esmeradamente sus heridas, y procuró consolarle con palabras
afectuosas, como si le hubieran unido á él los lazos del parentesco:
el bravo Paladin, tan terrible en los combates, se mostraba lleno
de clemencia y humanidad despues de la victoria. Recogió las armas
y caballos de los muertos, y abandonó á sus escuderos los restantes
despojos.
Federico Fulgoso manifiesta alguna duda con respecto á la veracidad
de esta parte de mi historia, y asegura que habiendo recorrido con su
armada todas las costas de Berbería, llegó á esta isla y la encontró
tan salvaje, tan montuosa y desigual, «que no existe, dice, en toda su
extension un solo sitio llano donde fijar la planta;» por lo cual cree
inverosímil que, en tan escabroso escollo, pudieran combatir á caballo
los seis mejores guerreros del mundo. Para semejante objecion solo
tengo una respuesta: en aquel tiempo existia en el interior de la isla
una plazoleta de las más á propósito para este género de luchas; pero
un temblor de tierra ocurrido poco despues hizo pedazos un peñasco,
cuyos fragmentos cubrieron por completo aquella llanura. Así, pues, ¡oh
luz radiante de la Fulgosa estirpe, antorcha serena y esplendorosa! si
por esto me has censurado tal vez en presencia de aquel invicto capitan
á quien debe vuestra patria su actual reposo, abandona tu malevolencia,
trocándola en cariño, y apresúrate á decirle, como te lo suplico, que
tampoco he faltado ahora á la verdad.
En aquella ocasion, dirigió Orlando sus miradas hácia el mar, y vió
que una embarcacion ligera se adelantaba rápidamente y á toda vela,
con intencion, al parecer, de fondear en la isla. En este momento no
os diré quien iba en ella, porque más de una persona me espera en otra
parte. Veamos si en Francia estaban contentos ó tristes despues de
haber expulsado á los sarracenos, y veamos lo que hace aquella fiel
amante al ver alejarse de ella á su adorado.
Me refiero á la acongojada Bradamante, que despues de haber presenciado
la violacion del juramento que Rugiero hizo pocos dias antes en
presencia de las huestes cristianas y sarracenas, no sabia ya en
qué fijar su esperanza, al ver que aquella le habia salido fallida.
Desesperada por esta nueva decepcion, reprodujo sus antiguos llantos y
querellas; volvió segun su costumbre á acusar de cruel á Rugiero y de
duro y despiadado á su destino, y dando rienda suelta á su dolor, tachó
al Cielo de injusto, débil é impotente, porque toleraba tal perjurio
sin dar muestras inequívocas de su desagrado. Prorumpió despues en
ágrias acusaciones contra Melisa, y maldijo tambien al oráculo de la
gruta, porque sus afirmaciones engañosas la habian sumergido en el mar
de los amores, en el cual se veia próxima á perecer. Haciendo á Marfisa
partícipe de su afliccion, volvió á lamentarse con ella amargamente
de la conducta de Rugiero, que tan impíamente habia faltado á sus
promesas, y con ella procuró desahogarse, pidiéndole auxilio contra su
propia desesperacion.
Marfisa se limitó á encogerse de hombros y á prodigarle los más tiernos
consuelos, única cosa que podia hacer, diciéndole que no creia á
Rugiero tan pérfido que prolongara mucho tiempo su ausencia; pero que
si no volvia, le daba su palabra de que no sufriria tan punible falta,
pues estaba dispuesta á hacerle cumplir lo prometido, ó á castigarle
con las armas en la mano. De este modo hizo que Bradamante refrenara un
poco su dolor; tan cierto es que las penas se mitigan cuando encuentran
un corazon amigo donde desahogarse.
Ya que hemos visto á Bradamante en medio de su afliccion llamando á
Rugiero perjuro, impío y soberbio, veamos ahora si era mejor la suerte
de su hermano, que no tenia en su cuerpo vena ó nervio, hueso ó médula
que no sintiera el hálito ardiente de la llama del amor. Me refiero
á Reinaldo, el cual, segun sabeis, estaba enamorado en extremo de
Angélica la bella, aunque no era tanto la hermosura de esta jóven como
la fuerza de los encantamientos lo que le habia hecho caer en las redes
de Cupido. Mientras los demás paladines disfrutaban tranquilamente
de un reparador sosiego despues de haber aniquilado las fuerzas de
los moros, él era el único de los vencedores que se entregaba á la
pesadumbre causada por su amoroso quebranto. Cien mensajeros habian
partido por órden suya en busca de Angélica, y él mismo hizo algunas
pesquisas con este objeto; pero al fin tuvo que recurrir á Malagigo,
cuyo auxilio le habia sido tan útil en distintas ocasiones, y le reveló
su amor con los ojos bajos y frente ruborosa, rogándole que le indicase
el punto donde á la sazon se encontraba su deseada Angélica.
Malagigo oyó con el mayor asombro esta confesion, pues sabia que
Reinaldo habia despreciado repetidas veces la posesion de la jóven con
que ella misma le brindara, y aun él mismo habia hecho y dicho entonces
cuanto pudo, empleando los ruegos y hasta las amenazas, para inducirle
á que correspondiera á los deseos de Angélica, sin haber podido
conseguirlo, á pesar de que de la aquiescencia de Reinaldo dependia la
libertad de Malagigo. A la sazon le veia anhelar lo mismo que habia
rechazado, cuando ni podia servir á nadie de utilidad, ni tenia un
motivo tan poderoso para ello: por esta causa le dijo, que recordara
cuán sin razon le habia ofendido en otro tiempo tratándose de este
mismo asunto, y cuán cerca estuvo de perecer en una oscura prision por
efecto de sus desdenes.
Sin embargo, cuanto más importunas parecian á Malagigo las súplicas
de Reinaldo, tanto más le patentizaban la intensidad de su pasion.
Los ruegos del Paladin no fueron inútiles, pues lograron que Malagigo
sepultara en el océano del olvido sus antiguos resentimientos, y que
se dispusiera á prestarle el auxilio reclamado: aplazó, sin embargo,
su respuesta decisiva, aunque le hizo más llevadera esta demora con la
esperanza de que le seria favorable, asegurándole que pronto le diria
la residencia de Angélica, bien fuese en Francia ó bien en otra parte.
Malagigo pasó en seguida á una gruta situada entre dos montañas
inaccesibles, donde solia conjurar á los demonios: abrió allí su libro,
evocó en tropel á los espíritus infernales, y al presentarse estos,
llamó al que estaba al corriente de los casos de amor, preguntándole
la causa de que Reinaldo, cuyo corazon era antes tan duro, le tuviera
entonces tan blando y asequible al amor. El demonio consultado le
explicó la virtud de aquellas dos fuentes, una de las cuales encendia
el fuego de la pasion, al paso que la otra lo extinguia, añadiendo
que el mal que causaba la una no podia remediarse de otro modo sino
bebiendo las aguas de la otra que corrian en direccion opuesta.
Malagigo supo por el mismo espíritu, que habiendo bebido Reinaldo en la
fuente que inspiraba la aversion, se mostró obstinado y reácio á los
incesantes ruegos de la hermosa Angélica; pero bebiendo despues, por su
mala estrella, el amoroso fuego de la otra, volvió á amar, en virtud
del influjo de aquellas aguas, á la misma que tan implacablemente habia
rechazado hasta entonces. Su mala estrella y peor destino le llevaron
á beber la llama de aquel helado manantial; pues acercándose Angélica
casi al mismo tiempo á apagar su sed en el otro, privado de dulzura,
sintió de improviso su corazon tan radicalmente curado de su amor, que
desde entonces huyó del Paladin como podria huir de una serpiente: en
cambio Reinaldo la amó con tanta vehemencia cuanto mayor era el ódio y
el despego que hasta entonces sintiera por ella.
Aquel espíritu instruyó perfectamente á Malagigo de cuanto tenia
relacion con el anómalo estado de Reinaldo, y le participó asimismo
que Angélica, despues de entregarse á un jóven africano, abandonó las
regiones de Europa, zarpando de las costas españolas á bordo de las
atrevidas naves catalanas, y dirigiendo su rumbo á la India á través de
las veleidosas olas.
Cuando Reinaldo se presentó á su primo en busca de la respuesta
prometida, esforzóse Malagigo en disuadirle de su amor hácia Angélica,
diciéndole que se habia convertido en esclava de los caprichos de un
vil pagano, y que á la sazon se hallaba tan lejos de Francia, que
era imposible seguir sus huellas, pues iba navegando en compañía de
Medoro con direccion á su país natal. La partida de Angélica no habria
parecido por sí sola una cosa muy grave á su animoso amante, ni le
habria turbado el sueño ó hecho desistir del propósito de ir hasta el
Oriente en su busca; pero al saber que un sarraceno habia cogido antes
que él las primicias de su amor, sintió tal pasion y desconsuelo, que
en toda su vida se vió tan desesperado.
No pudo contestar una sola palabra: un temblor convulsivo estremeció
su corazon y sus lábios: se le trabó la lengua, y sintió su boca
tan amarga como si hubiera apurado un ponzoñoso brevaje. Alejóse
bruscamente de Malagigo, y arrastrado por sus furiosos celos, determinó
pasar á Oriente, despues de haber derramado copioso llanto y de dar
libre curso á sus quejas y lamentos.
Pidió licencia al hijo de Pepino para emprender aquel viaje, alegando
como pretexto el deseo de recobrar su caballo Bayardo, que Gradasso
le habia robado menospreciando las reglas de caballería, por lo cual
su honor exigia que le persiguiera, á fin de impedir que el falaz
sarraceno llegara á alabarse de haberlo arrebatado, con las armas en la
mano, á un paladin francés. Cárlos le concedió la licencia que pedia
para ausentarse, á pesar del profundo sentimiento que tanto á él como
á toda la Francia causaba la partida del Paladin; pero como le pareció
justa y honrosa su demanda, no supo negarse á ella.
Dudon y Guido quisieron acompañarle; mas Reinaldo desechó la oferta de
uno y otro, y se alejó enteramente solo de Paris, exhalando contínuos
suspiros y entregado á su amoroso quebranto.
No podia apartar de su memoria el penoso recuerdo de las innumerables
veces que pudo haber disfrutado de los encantos de Angélica, mientras
que él, obstinado y loco, rechazó constantemente los halagos de tan
rara beldad; entonces desperdició las ocasiones más propicias de gustar
un placer que siempre rechazaba, y ahora se daria por muy satisfecho
con poder disfrutarlo un solo dia, aunque despues le costase la vida.
Constantemente le tenia preocupado la idea, que no se apartaba un
momento de su imaginacion, de cómo podia ser que un pobre soldado
borrase del corazon de Angélica el recuerdo del amor y del mérito de
sus primeros adoradores.
Agitado por tales pensamientos, que le destrozaban el pecho, tomó
Reinaldo el camino de Levante, y pasó por el Rin y Basilea, hasta
llegar á la gran selva de las Ardenas. Despues de haber andado muchas
millas por aquel bosque lleno de aventuras, lejos de ciudades y
castillos, y por donde el terreno era más áspero y peligroso, vió
que el cielo se cubria de improviso con negras nubes, que ocultaban
la luz del Sol, á tiempo que salia de una caverna oscura un mónstruo
extraordinario con figura de mujer. Tenia en la cabeza mil ojos
desprovistos de párpados; no podia cerrarlos, ni creo que durmiese
nunca: el número de sus oidos igualaba al de sus ojos; en vez de
cabellos, rodeaba su cabeza una multitud de serpientes; y por cola
ostentaba una serpiente mayor y más horrible, que despues de rodearle
el pecho, se enroscaba por el cuerpo, formando inextricables anillos.
Aquel sér espantoso habia salido al mundo, procedente de las regiones
infernales.
Sucedióle entonces á Reinaldo lo que no le habia sucedido en mil y
mil empresas: al ver que el mónstruo se preparaba á acometerle y se
adelantaba á su encuentro, sintió circular por sus venas un terror
tan desusado, que no podia siquiera compararse con el que sienten
los más cobardes en presencia del peligro: sin embargo, fingió un
ardimiento que estaba lejos de poseer, y empuñó la espada con mano
temblorosa. El mónstruo se lanzaba al combate de un modo que revelaba
su experiencia y su pericia en las luchas: vibró en sentido vertical
su venenosa serpiente, y embistió en seguida á Reinaldo, dando grandes
saltos y amenazándole por cien lados á la vez. En vano era que el
Paladin, indeciso y vacilante, le descargara numerosos tajos á diestro
y siniestro; ninguno de ellos podia herirle. Unas veces le aplicaba
el mónstruo su serpiente contra el pecho, haciéndole sentir su helado
contacto bajo la armadura y hasta en el mismo corazon: otras, la
introducia por la visera del casco, deslizándola por el cuello ó por el
rostro del guerrero, que renunciando á sostener aquella lucha, intentó
escapar clavando desaforadamente los acicates en los hijares de su
corcel; pero la furia infernal, que no parecia coja, de un solo salto
se lanzó sobre la grupa del caballo.
Por más que Reinaldo se revolvia á la derecha, á la izquierda y á todos
lados, no podia desprenderse de aquel sér maldito, ni sabia qué medio
arbitrar para alejarlo de su lado, viendo que de nada le servian los
saltos y carreras de su corcel. El corazon del Paladin temblaba como
la hoja en el árbol, no porque la serpiente le causara herida alguna,
sino porque le hacia sentir tal horror y tal aversion, que, á pesar
suyo, se estremecia, suspiraba y hasta se arrepentia de vivir. En tanto
iba atravesando desatentado y frenético los senderos más tenebrosos,
los sitios más agrestes de aquel intrincado bosque, por donde eran
más ásperas sus quebraduras, y por donde el terreno llano estaba más
cubierto de espinas y maleza y más profunda era la oscuridad, esperando
librarse de este modo de aquel mónstruo hediondo, abominable y hórrido,
y habria corrido un inminente riesgo de perecer, si no recibiera á
tiempo un pronto auxilio; pero lo socorrió oportunamente un caballero,
cubierto con una armadura tersa y brillante, que usaba por cimera un
yugo roto, y en cuyo escudo se veian pintadas encendidas llamas sobre
fondo amarillo, divisa que tambien ostentaba en su lujosa vestidura y
en la manta del caballo: llevaba empuñada su lanza, la espada al cinto,
y la maza de armas, despidiendo fuego, pendiente del arzon de la silla.
Aquella maza estaba llena de un fuego eterno, que ardia continuamente
sin consumirse nunca: el broquel más duro, la coraza de mejor temple, ó
el casco más reforzado no podian resistir sus golpes; por lo cual era
forzoso dejar el paso franco á aquel caballero por donde quiera que
girara su inextinguible antorcha, siendo su auxilio el más á propósito
para librar á nuestro guerrero de las manos del asqueroso mónstruo.
Cual convenia á un caballero de ánimo varonil, corrió el desconocido
á rienda suelta hácia el sitio de donde salia aquel rumor, hasta
que descubrió al mónstruo enlazando á Reinaldo con los anillos de
su serpiente y haciéndole sentir calor y frio á un tiempo mismo,
sin que el Paladin pudiera desembarazarse de él, á pesar de todos
sus esfuerzos. Lanzóse el caballero sobre aquel sér extraordinario,
y descargándole un golpe en el costado, le hizo caer sobre el lado
derecho; pero apenas tocó en el suelo, se irguió con presteza y
empezó á girar y vibrar de nuevo su temible serpiente. El caballero
renunció entonces á hacer uso de su lanza y apeló al fuego para
combatirle: empuñó la maza, y sacudiéndole con ella innumerables
golpes, más espesos que el granizo, no le dió tiempo siquiera para
que le acometiese á su vez. Mientras el guerrero incógnito obligaba á
retroceder ó mantenia á raya al horrendo animal, hiriéndole y vengando
de esta suerte mil injurias, aconsejaba al Paladin que se alejara por
el sendero que subia hasta la cumbre de la montaña: Reinaldo siguió el
consejo y el camino designado, y sin volver una sola vez la cabeza para
mirar atrás, no cesó de andar hasta perderle de vista, á pesar de lo
áspera y difícil que era la ascension de aquella eminencia.
Cuando el caballero hubo obligado al mónstruo infernal á guarecerse en
su oscura caverna, donde quedó royéndose y desgarrándose á sí mismo,
y vertiendo eterno llanto por sus mil ojos, subió por aquella cuesta
tras de Reinaldo, con objeto de servirle de guia, le alcanzó en la
cumbre y se reunió con él á fin de sacarle fuera de aquellos sitios
agrestes y sombríos. Apenas le vió el Paladin á su lado, se apresuró
á manifestarle su vivo agradecimiento, diciéndole que se consideraba
obligado á perder su vida por él donde quiera que se encontrase.
Despues le rogó que le dijera su nombre, á fin de conocer al que le
habia dado tan generosa ayuda, y de ensalzar cual merecia su bondad
sublime en presencia de Carlomagno y de los campeones franceses. El
caballero respondió:
--No lleves á mal que por ahora te oculte mi nombre; pero prometo
revelártelo antes de que la sombra haya crecido un paso, demora que no
debe parecerte larga.
Siguieron caminando juntos hasta llegar á un fresco manantial, cuyo
dulce murmullo solia atraer á los viandantes y pastores, que acudian
á beber en sus linfas transparentes el amoroso olvido. Aquellas eran,
Señor, las heladas aguas que apagaban el fuego del amor: al beberlas,
nació en el corazon de Angélica el ódio constante que desde aquel
momento tuvo á Reinaldo. Si Angélica le habia desagradado tanto
anteriormente y si encontró en él un ódio tan tenaz, no consistió,
Señor, en otra causa que en la de haber bebido Reinaldo aquellas aguas.
Al encontrarse el caballero que acompañaba á Reinaldo junto á la orilla
del manantial, detuvo su corcel jadeante de cansancio, y dijo:
--No haremos mal en reposar aquí un momento.
--No haremos sino muy bien, respondió Reinaldo; pues además de que
va apretando el calor del medio dia, me encuentro tan asendereado de
resultas de mi combate con aquel mónstruo, que disfrutaré con placer
algunos instantes de tranquilo reposo.
Apeáronse ambos de sus caballos, dejándoles pastar libremente por la
floresta: tan pronto como fijaron la planta entre las florecillas de
variados colores que esmaltaban el suelo, se quitó cada cual su yelmo,
y Reinaldo, abrasado por el calor y por una sed ardiente, corrió al
líquido cristal, apagando á la vez la sed y el amor que le devoraban,
al primer sorbo que dió en las heladas ondas.
Cuando el otro caballero vió que Reinaldo retiraba del agua sus
lábios, alejando arrepentido de su mente hasta el menor rastro de
aquel insensato deseo que le inspiraba Amor, se levantó erguido, y con
semblante grave y altanero le dijo lo que se negó á revelarle poco
antes.
--Sabe, Reinaldo,--exclamó--que me llamo el Desden, y que he venido tan
solo para romper un yugo indigno de tí.
Apenas pronunció estas palabras, desapareció de improviso, y su caballo
con él.
Reinaldo consideró como un milagro esta brusca desaparicion: dirigió
la vista á todas partes diciendo: ¿Dónde se halla? y quedó entregado
á la mayor indecision, sin poder adivinar si todo aquello habia sido
efecto de algun sortilegio, merced al cual Malagigo le habria enviado
uno de sus ministros infernales para que rompiera las cadenas que le
habian tenido aprisionado tanto tiempo, ó si consistiria en que Dios,
en su inefable bondad, le habria mandado desde las regiones celestiales
un ángel que le curara de su ceguera, como en otro tiempo envió al
arcángel á curar á Tobías.
Fuese ángel, demonio ú otra cosa el sér que le habia devuelto su
libertad, el Paladin no pudo menos de dar las gracias y alabar la
benéfica accion de aquel caballero, de quien solo sabia que acababa de
curar su corazon de sus amorosas ánsias. En el acto sintió renacer su
antiguo ódio hácia Angélica, pareciéndole sumamente indigna, no ya de
ir á buscarla hasta tan lejos, sino de andar siquiera media legua por
ella. Sin embargo, perseveró en su propósito de pasar á la India con
objeto de recobrar á su Bayardo en el reino de Sericania, tanto porque
su honor se lo exigia, cuanto porque así se lo habia anunciado al
Emperador.
Entró al dia siguiente en Basilea, donde poco tiempo antes habia
llegado la noticia del combate que debia sostener Orlando contra los
reyes Gradasso y Agramante. La noticia de esta lucha no se sabia por
aviso del Conde, sino por haberla circulado como verídica un viajero
procedente de Sicilia. Reinaldo, que deseaba hallarse al lado de
Orlando en aquella batalla, vió con disgusto la gran distancia que de
él le separaba, y por lo tanto, emprendió la marcha con toda premura,
cambiando de guias y caballos de diez en diez millas, y aumentando
la rapidez de su viaje tanto como le era posible. Pasó el Rhin por
Constanza, y sin detenerse un momento, atravesó volando los Alpes,
entró en Italia, dejó atrás á Verona y Mantua, y llegó á las orillas
del Pó, pasándolo con toda precipitacion.
Llegaba el Sol al término de su carrera y aparecia ya la primera
estrella en el Cielo, cuando, mientras estaba Reinaldo á la orilla del
rio, vacilando entre si deberia mudar de caballo, ó detenerse hasta que
las sombras huyesen ante la nueva aurora, vió que se llegaba á él un
caballero de bondadoso aspecto y agradable semblante, el cual, despues
de saludarle, le preguntó si era casado. Reinaldo respondió, bastante
sorprendido al oir tal pregunta:
--Estoy, en efecto, sometido al yugo de himeneo.
El caballero repuso:
--Me alegro mucho de que así sea.
Y con objeto de explicar la causa de su pregunta, añadió:
--Ruégote que te dignes aceptar la hospitalidad que para esta noche
te ofrezco en mi morada, y te haré ver una cosa que merece llamar la
atencion de todo el que viva con una mujer.
Reinaldo, ya fuese porque el cansancio producido por su precipitado
viaje le invitara el reposo, ó ya porque el deseo de ver y oir
contínuas aventuras era innato en él, aceptó la oferta del caballero y
echó á andar en su compañía.
Apenas se hubieron alejado un tiro de saeta del camino, se encontraron
delante de un gran palacio, de donde salió una multitud de escuderos
iluminando con antorchas sus inmediaciones. Entró Reinaldo en aquel
edificio, y dirigiendo la vista en torno suyo, quedó sorprendido ante
su magnificencia desusada, y ante sus bellas y bien entendidas formas
arquitectónicas; riqueza, lujo y dispendios que no correspondian á
un simple particular. Piedras combinadas de jaspe y pórfido formaban
el elegante arco de entrada: las puertas eran de bronce con figuras
cinceladas, que parecian moverse y respirar. Atravesábase despues un
pórtico formado de admirables mosáicos que recreaban la vista, y desde
él se pasaba á un patio cuadrado, que tenia en cada uno de sus lados
una galería de cien brazas de longitud. A cada una de estas galerías
daba acceso una puerta, y entre esta y la galería descollaba un arco,
desiguales todos en anchura, pero semejantes en cuanto á la variada
ornamentacion con que los habia engalanado un artista hábil y prolijo.
Desde cada arco se entraba en la respectiva galería por una rampa tan
suave, que una acémila cargada podria subir sin dificultad por ella: al
extremo de la rampa, se encontraba otro arco, y todos ellos precedian á
un salon. Los arcos superiores adelantaban tanto su bóveda, que cubrian
con ellas las anchurosas puertas, y cada uno de ellos estaba sostenido
por dos columnas, de bronce ó de mármol.
No acabaria nunca, si pretendiera describir en todos sus detalles las
suntuosas habitaciones de aquel palacio, ni cuanto, además de lo que
se veia, habia construido el hábil arquitecto debajo de tierra. Las
elevadas columnas, los capiteles de oro que servian de sostenimiento á
ricos artesonados, recargados de pedrerías, los mármoles más peregrinos
en que una diestra mano habia esculpido caprichosos adornos, las
pinturas, las molduras, y otros mil detalles, cuya mayor parte no podia
verse á causa de la oscuridad, probaban que los tesoros de dos reyes
juntos no habian bastado para costear la construccion de tan soberbio
edificio.
Entre los ricos, bellos y numerosos adornos que abundaban en aquella
deliciosa mansion, descollaba una fuente, cuyas aguas fresquísimas
y abundantes formaban una multitud de bulliciosos arroyuelos: allí
era donde los pajes habian colocado las mesas, pues estaba en medio
del patio á igual distancia de las galerías, y desde ella se veian
las cuatro puertas del magnífico palacio. Un artista diligente y
entendido habia construido aquella fuente, de un trabajo prolijo al
par que elegante: tenia la forma de un pabellon ó templete octogonal,
coronado por un cielo de oro, cuya parte interior estaba esmaltada
de variados colores; ocho estátuas de mármol blanco sostenian aquel
cielo con el brazo izquierdo. El ingenioso escultor habia puesto en la
mano derecha de cada estátua el cuerno de Amaltea, del cual caia el
agua con delicioso murmullo en un recipiente de alabastro. Aquellas
ocho estátuas representaban otras tantas matronas, y aun cuando
todas diferian en el rostro y en los trajes, eran iguales en gracia
y en belleza. Cada una de ellas tenia apoyados los piés en otras dos
bellas figuras de menor tamaño, que con la boca entreabierta daban á
entender el deleite que les causaba el canto y la armonía: su actitud
parecia indicar que cifraban todo su estudio y su trabajo en cantar las
alabanzas de las hermosas damas colocadas sobre sus hombros, como si
realmente fuesen aquellas cuyas facciones reproducian.
Las estátuas inferiores sostenian tambien grandes cartelones donde,
entre pomposas alabanzas, se leian los nombres de las figuras
superiores. Dichos cartelones contenian asimismo, aunque algun tanto
apartados de los otros, los de las figuras pequeñas trazados con
caractéres legibles. Reinaldo examinó á la luz de las antorchas
aquellas damas y caballeros uno por uno. La primera inscripcion en que
fijó la vista nombraba con mucho elogio á Lucrecia Borgia, cuya belleza
y honestidad deben anteponer sus compatriotas los romanos á las de la
antigua matrona del mismo nombre. Los dos caballeros que tenian á bien
sostener tan excelente y honrosa carga eran, segun la leyenda, Antonio
Tebaldeo y Hércules Strozza: émulo de Lino el primero, y rival de Orfeo
el segundo.
No menos airosa y bella era la estátua siguiente, en cuyo cartel se
leia: «Esta es Isabel, hija de Hércules; la ciudad de Ferrara se
considerará mucho más feliz por haberla visto nacer en su seno, que por
cualquier otro favor que, durante el rápido transcurso de los años,
deberá concederle la fortuna benigna, propicia y bienhechora.»--Los
dos caballeros que la servian de sosten, mostrando en su actitud
el vehemente deseo de que resonara siempre la gloria de Isabel, se
llamaban ambos Juan Jacobo, Calandra el uno y Bardelone el otro.
En el tercero y cuarto lados del octógono, donde el agua salia del
pabellon por estrechas canales, se elevaban dos damas, cuya patria,
estirpe y fama les era comun, así como eran iguales en belleza y
elevado ánimo. Llamábase la una Isabel; Leonor la otra, y segun
manifestaba la marmórea inscripcion, por ellas deberia adquirir tanta
gloria la tierra de Manto, que no se envanecerá tanto de haber sido la
patria de Virgilio, cuya circunstancia la honra en extremo, como de
haber visto nacer en su seno á estas princesas. Tenia la primera al pié
de la veneranda orla de su vestido á Jacobo Sadoleto y Pedro Bembo:
un elegante Castiglione y un culto Muzio Arelio servian de pedestal á
la segunda. Tales eran los nombres desconocidos entonces, y hoy tan
famosos, que se veian esculpidos en el bello mármol.
Vieron despues á aquella, á quien el Cielo dotará con tantas
perfecciones cuantas el próspero ó adverso destino haya prodigado
á dama alguna en el transcurso de los siglos. La inscripcion de
oro indicaba que aquella princesa era Lucrecia Bentivoglio, y
entre otras muchas alabanzas, afirmaba que el duque de Ferrara se
mostraria contento y orgulloso de ser su padre. Un Camilo cantaba sus
perfecciones con voz sonora y halagüeña, que escuchaban el Reno y
Felsina con tanta atencion y asombro, como en otro tiempo escuchó el
Anfriso[161] los cánticos de su pastor; y las cantaba tambien aquel
poeta por quien la comarca donde el Isauro derrama sus dulces aguas en
mayor vaso[162] será mucho más famosa desde la India á la Mauritania
y desde las regiones australes hasta las hiperbóreas, que por haberse
pesado en ella el oro romano cuya circunstancia le dió perpétuo nombre:
me refiero á Guido Postumo, á quien Palas y Febo ceñirán las sienes con
doble corona.
[161] Pequeño rio de Tesalia, en cuyas orillas apacentaba Apolo
los rebaños de Admeto.
[162] La comarca donde Isauro desemboca en el mar es la de
Pésaro, llamada Pesaurum por los romanos.
La dama que sigue en órden á las precedentes es Diana. «No la juzgueis
por la altivez de su semblante, decia la marmórea inscripcion; pues
su corazon será tan bondadoso como bello su rostro.»--El docto Celio
Calcagnin extenderá con armoniosos acentos la fama y el glorioso nombre
de esta princesa hasta el reino de Moneso y el de Juba, la India y la
España; al mismo tiempo que un Marco Cavallo hará brotar por ella en
Ancona un raudal de poesía tan abundante como el que hizo salir el
caballo alado en el monte, no sé si del Parnaso ó de Helicona.
Al lado de estos elevaba su magestuosa frente Beatriz, cuyo escrito
hacia su elogio en estos términos:--«Beatriz labrará la dicha de su
esposo mientras viva, pero la muerte de esta princesa ocasionará la
ruina de su consorte y la de toda la Italia, que siendo vencedora con
ella, gemirá sin ella en la esclavitud.»--Un señor de Correggio y
un Timoteo, honor de los Bendedei, parecian escribir las glorias de
Beatriz en cadenciosas rimas; los sonidos de las dulcísimas liras de
uno y otro obligarán á detener su curso para escucharlos al rio donde
sudaron los antiguos electros.
Entre el lado que ocupaban estas estátuas y el de la columna en que
estaba representada la Borgia, se veia esculpida en alabastro una gran
dama de tan noble y magestuoso porte, que, á pesar de estar velada
por un transparente tul, y de vestir un ropaje negro y sencillo, sin
ninguna clase de adornos, brocados de oro ni joyas, sobresalia por su
belleza entre las otras figuras más engalanadas, como sobresale entre
todas la estrella de Venus. Cuanto más fijamente se contemplaba su
rostro, menos se podia conocer lo que dominaba con preferencia en él;
si la gracia ó la belleza, la magestad ó el ingenio y la modestia.--«El
que pretenda cantar cual corresponde las virtudes de esta dama, decia
el tallado mármol, acometerá la más digna de las empresas, pero nunca
podrá alabarse de haberla llevado al término que se merece.»--A pesar
de la bondad y de la gracia que se veian impresas en su apacible y
perfecto continente, parecia desdeñosa de que se atreviese á celebrarla
con humilde canto un ingenio tan rudo como era el único que le servia
de pedestal, sin tener otro á su lado, ignoro por qué causa. Todas las
figuras anteriores tenian esculpidos sus nombres: la mano del artífice
habia suprimido tan solo los de estas dos últimas.
Aquellas estátuas dejaban en medio un espacio circular cuyo pavimento
era de coral finísimo; en dicho espacio reinaba constantemente un
ambiente fresco y agradable comunicado por el puro y líquido cristal
que por fuera de aquel recinto caia en un canal fecundo, el cual,
despues de regar un pequeño prado esmaltado de verde, azul, blanco y
amarillo, se dividia en varios arroyuelos, acogidos con placer por las
mórbidas yerbas y los delicados arbustos.
El Paladin, sentado á la mesa, sostenia una amistosa conversacion
con su atento huésped, recordándole con demasiada frecuencia el
cumplimiento de lo prometido; pero observaba con extrañeza que el
caballero estaba muy distraido por algun pesar oculto, pues apenas
transcurria un momento sin que exhalase ardorosos suspiros. Impulsado
por la curiosidad, estuvo Reinaldo muchas veces á punto de preguntarle
la causa de su tristeza; pero contenido por una modesta delicadeza, no
se atrevió á interrogarle. Al terminar la cena, un page que desempeñaba
las funciones de copero puso sobre la mesa una magnífica copa de oro
puro, llena de piedras preciosas por fuera y de vino por dentro. El
señor de la casa levantó entonces la cabeza, miró á Reinaldo con una
sonrisa, en la que un observador atento hubiera adivinado más amargura
que satisfaccion, y exclamó:
[Ilustración: Un page puso sobre la mesa una copa de oro puro
(Canto XLII.)]
--Ha llegado ya el momento de cumplir esa promesa que tanto me
recuerdas: voy á suministrarte una prueba que debe ser grata y
preciosa para todo hombre casado. En mi concepto, todo marido tiene
la obligacion de averiguar si su mujer le ama, de saber si le honra ó
le convierte en objeto de menosprecio, si hace que le respeten como
un hombre ó le comparen á un animal. El peso de los cuernos es el más
lijero que puede haber, á pesar de la infamia con que abruma al hombre:
todo el mundo lo ve, mientras el que los lleva no lo siente. Sabiendo á
ciencia cierta que tu mujer te es fiel, tendrás más razon para amarla
y respetarla, que el que conoce la perfidia de la suya ó el que da
cabida en su corazon á las sospechas y á los celos. Muchos maridos
están sin razon celosos de sus mujeres, á pesar de ser castas y buenas,
al paso que otros, ciegamente confiados en la lealtad de su consorte,
van por el mundo ostentando sus cuernos. Ahora bien: si deseas estar
persuadido de la fidelidad de tu esposa (como creo que crees y debes
creer, porque es trabajo inútil hacer creer lo contrario, á no ser que
tengas una prueba fehaciente de ello), tú mismo podrás cerciorarte
de su lealtad, sin necesidad de que nadie te la afirme, solo con que
acerques á tus lábios ese vaso que te he hecho traer con el único
objeto de mostrarte lo que te he prometido. Al beber en él, observarás
un efecto maravilloso, porque si llevas la cimera de Cornualles, se
derramará el líquido por tu pecho sin que llegue una sola gota á tu
boca; pero si tienes una mujer fiel, apurarás su contenido de un solo
trago. Haz, pues, la prueba.
Así diciendo, se puso á mirar atentamente si se derramaba el vino por
el pecho de Reinaldo.
El Paladin, casi convencido y deseoso de averiguar lo que tal vez no
le hubiera gustado saber despues, extendió el brazo, cogió el vaso
y estuvo á punto de hacer la prueba; pero se detuvo, pensando en lo
peligroso que era aproximar á él los lábios.
Permitid, señor, que descanse un momento, y en seguida os referiré la
respuesta de Reinaldo.