Dudon cede á Rugiero los siete reyes cautivos.--El campeon sarraceno
se embarca con ellos: una deshecha tempestad echa á pique su
nave.--Rugiero se salva á nado.--Un verdadero siervo de Dios le
convierte al cristianismo.--Combate de Orlando, Brandimarte y Olivero
con los tres reyes moros, en el que queda herido Sobrino y muertos
Gradasso y Agramante.
Los perfumes que un apuesto jóven ó una hermosa doncella, á quienes
el amor causa con frecuencia apasionado llanto, esparcen en sus
cabellos ó en sus elegantes trajes, exhalan y desprenden en derredor
sus aromáticos efluvios, y durante muchos dias conservan su fragancia,
dando un testimonio claro y evidente de su excelencia primitiva. El
benéfico licor que, por desgracia suya, hizo Icario probar á sus
pastores[152], y en cuya busca pasaron los Alpes en otro tiempo los
celtas y los boios sin sentir el cansancio[153], manifiesta que si al
principio es dulce, lo es mucho más pasado un año. El árbol que no
pierde sus hojas durante el rigor del invierno, demuestra que al llegar
la primavera conservaba todavía su verde ramaje. La ínclita estirpe que
de tan diversos modos se mostró siempre rodeada de la auréola de la
hidalguía, cuyo brillo y esplendor aumenta sin cesar, atestigua y hace
presumir claramente que el progenitor de la ilustre casa de Este debia
brillar, como el Sol entre las estrellas, por esas obras virtuosas y
laudables que remontan á los hombres hasta el Cielo.
[152] Icario, hijo de Ebalo y padre de Erigona, dió á
Baco hospitalidad en cierta ocasion, y queriendo el Dios
recompensarle, le regaló una cepa de viña, le enseñó á hacer el
vino y le dejó un odre lleno de este licor. Habiendo Icario dado
vino á algunos de sus pastores, se emborracharon, y creyendo que
les habia dado veneno, le mataron y arrojaron á un pozo.
[153] Los celtas, boios y otros pueblos de orígen galo
diseminados por la Galia y la Germania, atraidos por las
dulzuras del vino, atravesaron los Alpes para pasar á Italia, y
apoderándose de los cultivados campos de los etruscos, llevaron
á sus países muestras de vino para incitar á las demás gentes á
apoderarse totalmente de la Italia.
Acostumbrado Rugiero á imprimir en todas y cada una de sus notables
acciones el ostensible sello de su valor sublime y de su cortesía, y á
patentizar la magnanimidad siempre creciente de su corazon, se mostró
del mismo modo en su combate con Dudon, absteniéndose de emplear todo
su vigoroso esfuerzo por temor de darle muerte. Dudon sospechó con
verosimilitud que Rugiero no queria matarle, porque habiéndose quedado
más de una vez á descubierto, y estando tan cansado que apenas podia
resistir á su adversario, este renunció á hacer uso de su superioridad.
Cuando se persuadió de que Rugiero respetaba su vida y procuraba no
herirle, resolvió igualarle en delicadeza, ya que en fuerza y vigor era
muy inferior á él.
--Por Dios, le dijo, dejemos el combate, ya que la victoria no puede
ser mia. Así lo reconozco, y me confieso vencido y á merced de tu
generosidad.
Rugiero le respondió:
--Tambien yo deseo la paz, pero con la condicion de que me entregues en
libertad á esos siete reyes que tienes ahí encadenados.
Y le mostró los siete reyes que estaban cargados de cadenas y con la
frente inclinada, segun dije antes, exigiendo que no le estorbara su
regreso al África con ellos. El Paladin accedió á tal demanda, y le
concedió además que eligiese el buque que fuera más de su agrado para
pasar á su país. Rugiero lo hizo así; se desataron las amarras de la
nave, desplegáronse las velas y se entregaron á merced del viento,
que al principio impulsó con soplo favorable la hinchada lona con
gran contento del piloto. Fué huyendo la costa de la vista de los
navegantes, y al poco tiempo acabó por desaparecer de tal modo, que no
parecia sino que el mar se habia quedado sin límites ni orillas.
Hácia la caida de la tarde dió á conocer el viento claramente su
perfidia y sus malas artes: desde la popa saltó á la proa, en la que no
permaneció fijo mucho tiempo, sino que fué dando vueltas en derredor
del buque, y burlando los esfuerzos del piloto; pues tan pronto soplaba
por delante como por detrás ó por los costados: elevábanse las olas
arrogantes y amenazadoras, produciendo montañas de mugiente espuma:
cada una de ellas parecia mostrarse pesarosa ó indecisa de tantas
muertes como todas juntas iban á producir.
Los vientos continuaban encontrados: unos hacian avanzar la
embarcacion, otros la obligaban á retroceder y otros la acometian de
través, amenazándola todos con sumergirla. El piloto que dirigia la
maniobra, lanzaba fuertes suspiros; pálido y turbado gritaba ó indicaba
inútilmente por medio de señas que virasen ó amainasen las velas; pero
de poco le servian sus señas y sus gritos, pues la lluvia y las sombras
de la noche impedian que se distinguieran los más próximos objetos, y
la voz iba á perderse sin dejarse escuchar por el aire, herido entonces
con mayor fuerza por los gritos unánimes de los navegantes y por el
fragor que producian las olas al romperse, de suerte que en la popa, en
la proa ó en una y otra banda era absolutamente imposible oir las voces
de mando.
El viento despedia horribles silbidos al chocar contra el aparejo:
inflamaban el aire frecuentes relámpagos: en el Cielo rimbombaban
truenos espantosos. Corrian los marineros aterrados, unos al timon,
otros á los remos; otros se esforzaban en atar ó desatar las cuerdas,
segun la necesidad, y muchos se dedicaban á extraer el agua de la
embarcacion, devolviendo el mar al mar. El soplo incesante del Bóreas,
cada vez más furioso, daba nuevo aliento al fragor creciente de aquella
horrible tempestad: las velas azotaban á los mástiles, produciendo
estridentes sonidos: las olas se elevaban cada vez más, y casi llegaban
al Cielo: hiciéronse pedazos los remos, y la implacable borrasca desató
su impetuoso furor hasta tal extremo, que se inclinó el buque por la
proa, tocando en la superficie del mar su desarmada borda. Toda la
banda derecha fué á parar debajo del agua, y el buque estuvo á punto de
quedar con la quilla hácia arriba; al verse los tripulantes expuestos á
caer en el profundo abismo, lanzaron gritos de terror, encomendándose
al Todopoderoso. Juguetes de la Fortuna, libráronse de aquel peligro
para precipitarse en otro no menos terrible; pues la nave empezó á
abrirse por muchas partes, dando paso á las enemigas olas.
El impetuoso temporal no cedia en sus embates crueles y aterradores. A
veces veian los navegantes que avanzaban las olas tan desmesuradamente
elevadas, que parecian tocar con su espumosa cresta en los cielos:
otras veces se veian ellos mismos levantados á tanta altura, que al
mirar abajo creian ver los abismos infernales. Poca ó ninguna era ya
su esperanza, y si acaso les quedaba alguna, se desvanecia ante el
espectáculo de una muerte inevitable.
Toda la noche fueron recorriendo errantes los distintos mares
adonde les arrojó el viento, que, en vez de cesar, redobló su furia
al amanecer. De pronto descubrieron un pelado escollo: hicieron
desesperados esfuerzos para esquivarlo, pero no les fué posible, porque
el tempestuoso mar y el aquilon les echaban sobre él á pesar suyo. El
piloto, pálido de espanto, apeló tres ó cuatro veces á todo su vigor
para dar vuelta al timon; pero rompiéndose este, fué arrebatado por el
mar. El viento hinchaba las velas con tanta fuerza, que no era posible
calarlas poco ni mucho: próximos á estrellarse contra aquel fatal
peñasco, no tenian ya tiempo para deliberar ni para evitar su ruina.
Conociendo que no habia remedio para la irreparable pérdida de la
nave, cada cual se atuvo á su interés particular; cada cual atendió
exclusivamente á salvar su vida, y todos á porfía se precipitaron en
la lancha, que repentinamente cargada con el peso de tanta gente como
en ella procuraba refugiarse, amenazaba zozobrar. Rugiero, que vió
al cómitre, al contramaestre y al resto de la tripulacion abandonar
en tropel el buque, quiso asimismo salvarse en la frágil barquilla,
sin armas y en jubon como se hallaba; pero la encontró tan cargada
ya, y eran tantos los fugitivos que sucesivamente la invadian, que
fué hundiéndose por momentos hasta desaparecer enteramente bajo las
olas, sepultando en ellas á cuantos esperaron librarse de la muerte
abandonando el bajel. Entonces se oyeron angustiosos y lastimeros
gritos implorando el socorro del Eterno; pero estos gritos no llegaron
hasta las celestiales regiones, porque precipitándose el mar lleno
de furiosa rabia, cerró de improviso toda salida á los quejidos y
lamentos. La mayor parte de los náufragos quedó para siempre en el
fondo del abismo; los otros pudieron salir, flotando á merced de las
olas; otros sacaban la cabeza y procuraban salvarse á nado: por un lado
veíanse brazos luchando con la muerte; por otro piernas desnudas.
Rugiero, despreciando el furor de la tempestad, se remontó desde el
fondo á la superficie de las aguas, y vió á corta distancia el pelado
escollo de que él y sus compañeros habian procurado huir inútilmente.
Esperando hallar un refugio en la roca, se puso á nadar vigorosamente,
despidiendo fuertes resoplidos á fin de rechazar las importunas olas
que inundaban su rostro.
Mientras tanto el viento y la tempestad iban empujando la vacía
embarcacion, totalmente abandonada por aquellos que, en su afan de
salvarse, corrieron por desgracia suya á la muerte. ¡Cuán falaz es
la esperanza humana! Salvóse la nave que debia perecer, en cuanto el
piloto y los marineros la dejaron flotar sin rumbo ni gobierno. No
parecia sino que el viento hubiese cambiado de opinion al ver la fuga
de todos los tripulantes; pues apenas evacuaron estos el buque, hizo
que siguiera mejor rumbo, sin tocar tierra y deslizándose por mares más
tranquilos: mientras que bajo la direccion del piloto fué incierto su
derrotero, apenas careció de ella, lo enderezó directamente al África,
fué á parar cerca de Biserta, dos ó tres millas más hácia Egipto,
y faltándole el viento y el agua, quedó encallado en la estéril y
desierta arena.
La casualidad hizo que Orlando se paseara por aquella playa cuando varó
la nave. Deseoso el Paladin de saber si venia sola, vacía ó cargada,
saltó en un ligero esquife, acompañado de Brandimarte y Olivero, y
los tres pasaron á su bordo. Pusiéronse á registrar la embarcacion
por todas partes, y quedaron sorprendidos al no ver en ella ningun
ser humano: tan solo encontraron el caballo Frontino, la armadura y
la espada de Rugiero, el cual, en su precipitacion por salvarse del
naufragio, no habia tenido tiempo de recoger sus armas. Orlando conoció
en seguida aquella espada, llamada Balisarda, por haberle pertenecido
en otro tiempo. Tengo noticia de que habeis leido la historia en que
se manifiesta cómo se la arrebató á Falerina, cuando destruyó sus
magníficos jardines; cómo Brunel se la robó despues al Conde, y cómo la
regaló el astuto africano á Rugiero al pié del monte de Carena.
Orlando habia tenido frecuentes ocasiones de experimentar las
maravillosas propiedades de aquel acero: por eso se llenó de júbilo
al verle de nuevo en su poder, y dió fervorosas gracias al Eterno,
persuadido (como lo manifestó despues repetidas veces) de que Dios se
lo enviaba para que se sirviese de él en su próximo combate con el
señor de Sericania, que á su incontrastable valor, reunia la doble
ventaja de poseer á Bayardo y Durindana. En cuanto á la armadura, como
ignoraba su procedencia, no le pareció una cosa tan sublime como se lo
parecia al que acostumbraba á resguardarse con ella; y aun cuando la
creyó buena, admiró mucho más su adorno y su riqueza. Siendo su cuerpo
invulnerable, poca falta le hacian las armas defensivas: así es que
cedió todas aquellas á Olivero, menos la espada, que tuvo buen cuidado
de ceñirse: Brandimarte se quedó con el corcel. De esta suerte, quiso
el Conde que se repartieran entre los tres compañeros de armas los
objetos hallados en el buque.
Deseando todos ellos presentarse el dia de la batalla con
magnificencia, procuraron engalanarse con trajes nuevos y ricos.
Orlando hizo bordar en su divisa la torre de Babel destruida por el
rayo. Olivero quiso ostentar un perro de plata echado, con la trailla
sobre el lomo, y estas palabras: _Hasta que venga_: quiso además que
la veste fuese de oro y digna en un todo de él. Brandimarte determinó
vestir una sobrevesta oscura y triste, en señal de luto por la muerte
de su padre, y tambien por su propia dignidad. Flor-de-lis se esforzó
cuanto pudo en hacerla más bella y airosa, añadiéndole en derredor
una franja de paño sencillo entretejida de piedras preciosas, que
resaltaban sobre el color oscuro del ropaje.
La tierna amante hizo por su mano aquella sobrevesta, digna de armadura
más lujosa, que el caballero debia vestir sobre su coraza, é hizo
tambien la gualdrapa que habia de cubrir la grupa, el pecho y las
crines del caballo. Pero desde el dia en que empezó aquel trabajo hasta
el en que le terminó sin interrupcion y aun mucho despues, desapareció
de su rostro la alegría. Oprimia su corazon el temor, el continuado
tormento de que su Brandimarte fuese arrebatado á su cariño. Más de
cien veces le habia visto arrostrar los peligros de las batallas, y
sin embargo, nunca sintió el temor que entonces le helaba la sangre y
marchitaba los hermosos colores de su rostro. Esta zozobra, desconocida
para ella, redoblaba la angustia de su corazon.
Cuando los tres caballeros tuvieron listas sus armas y sus arneses,
se hicieron á la mar, dejando á Astolfo y Sansoneto encargados del
ejército y de la prosecucion de la conquista. Flor-de-lis, entregada
á la desesperacion y dirigiendo al Cielo sus querellas, fué siguiendo
con la vista el bajel hasta que desapareció en el horizonte. Astolfo
y Sansoneto no pudieron arrancarla de la playa sino á costa de mucho
trabajo, y la acompañaron al palacio, dejándola tendida en su lecho
temblorosa y desconsolada.
Mientras tanto una aura favorable impulsaba el bajel á cuyo bordo iban
los tres escogidos caballeros, que tardaron poco en llegar á la isla
en donde debia tener efecto el combate. El caballero de Anglante, su
cuñado Olivero y Brandimarte saltaron en tierra, y levantaron su tienda
hácia el lado oriental de la isla. Agramante llegó el mismo dia y
acampó en el lado contrario; pero como se acercaba la noche, aplazaron
la lucha para la siguiente aurora. Por una y otra parte se apostaron
centinelas armados que custodiaron las tiendas hasta el nuevo dia.
Durante la noche pasó Brandimarte, con permiso de Orlando, al
alojamiento de los sarracenos, con objeto de hablar al Rey de África,
de quien habia sido amigo, y bajo cuyas banderas pasó en otro tiempo
á Francia. Despues de haberse cambiado recíprocos saludos y muestras
de deferencia, procuró el leal caballero, con amistosas razones,
disuadir al Rey pagano del proyectado combate, prometiéndole en nombre
de Orlando que se le restituirian todas las ciudades situadas entre
el Nilo y las columnas de Hércules, con tal que creyese en el Hijo de
Maria.
--El cariño que siempre os he profesado y os profeso todavía, me induce
á daros este consejo; y podeis creer que lo considero excelente, cuando
yo mismo lo he adoptado. Por fortuna mia he conocido que Jesucristo es
el verdadero Dios, y Mahoma un insensato; y siendo así, me complacería
en extremo veros, merced á mis esfuerzos, en el camino que yo sigo, que
es el de la salvacion, y con vos á todos cuantos amo. En esto consiste
vuestro bien; la mejor determinacion que podeis tomar es esta, pues
cualquiera otra que adopteis no os valdrá tanto, y menos que todas la
de combatir con el hijo de Milon; porque la utilidad de la victoria
no podrá compararse con las desgracias que serán consecuencia de una
probable derrota. Si salís vencedores, vuestras ventajas serán muy
limitadas; al paso que si salís vencidos, os exponeis á sufrir mayores
pérdidas. Aun cuando mateis á Orlando y á los dos que hemos venido
á vencer ó morir con él, no creo que por esto logreis recobrar los
dominios perdidos. Tampoco debeis esperar que nuestra muerte varíe
el aspecto de las cosas; pues á pesar de ella, Cárlos no carecerá
de guerreros que sepan defender hasta la última torre del país
conquistado.
Así decia Brandimarte, y se manifestaba dispuesto á añadir otras
razones no menos poderosas, cuando le interrumpió el pagano, diciéndole
con voz airada y altivo rostro:
--En verdad que es temeridad ó locura la tuya y la de todo el que
se permita dar buenos ó malos consejos á quien ni los pide ni los
necesita. Hablando ingénuamente, debo decirte, que no sé cómo podré
persuadirme de que el consejo que me das proceda del cariño que me has
tenido y me tienes todavía, cuando te veo aquí en compañía de Orlando.
Antes bien creeré que eres presa de aquel dragon que devora las almas y
desea arrastrar contigo al mundo entero á la infernal mansion del dolor
eterno. Dios, en sus altos juicios, tiene ya determinado concederme
la victoria ó hacerme sufrir la derrota; reponerme en el trono de mis
antepasados ó condenarme á vivir desposeido de él; pero ni á tí, ni
á mí, ni á Orlando nos es dado prever lo que sobrevendrá. Suceda lo
que quiera, no podrá obligarme el liviano temor á cometer una accion
indigna de mi elevada alcurnia, y aun cuando estuviera seguro de morir,
prefiero perder la vida antes que deshonrar mi sangre. Puedes ya
retirarte, y si mañana no te muestras más experto en el manejo de las
armas de lo que hoy me lo has parecido como orador, pobre compañía será
la de Orlando!
Agramante pronunció estas últimas palabras con reconcentrada y
sarcástica ira. Separáronse en seguida, y se entregaron al descanso
hasta que el nuevo Sol salió de entre las olas. Apenas habia despuntado
la aurora, cuando en un momento estuvieron todos cubiertos con sus
armas y montados á caballo. Cambiaron entre sí muy escasas palabras,
y sin ninguna dilacion, sin que precediera el menor intervalo,
enristraron las lanzas para acometerse.
Pero me pareceria, Señor, cometer una falta imperdonable, si,
por querer ocuparme exclusivamente de ellos, dejara á Rugiero tan
abandonado en el mar, que al fin se ahogase. El esforzado jóven iba,
segun os dije, empujando con piés y brazos las horribles olas. El
viento y la tempestad se agitaban amenazadores en torno suyo, pero su
propia conciencia le agitaba mucho más. Le aterraba la justa venganza
de Jesucristo; pues como se habia cuidado tan poco de recibir el
bautismo en las aguas puras y cristalinas del templo, cuando dispuso
del tiempo necesario, temia á la sazon encontrarlo en aquellas aguas
amargas y salobres. Entonces recordaba las promesas que tantas veces
hizo á su amada, y el juramento que pronunció antes de empezar su
combate contra Reinaldo, todo lo cual habia dejado sin cumplimiento.
Arrepentido de sus culpas y lleno de remordimientos, rogó al Señor
varias veces que no le hiciera sufrir allí el merecido castigo,
ofreciéndole de todo corazon abrazar el cristianismo si fijaba en
tierra su planta, y no volver á esgrimir espada ni lanza contra los
fieles en favor de los moros, sino que regresaria presuroso á Francia
y prestaria homenaje á Carlomagno, cumpliendo además los ofrecimientos
hechos á Bradamante, y llegando cuanto antes al término honesto de sus
amores.
[Ilustración: Apenas hubo andado cien pasos cuando vió á un hermitaño.
(Canto XLI.)]
Apenas pronunció este voto, sintió como por milagro que se acrecentaban
sus fuerzas, al paso que decrecian las del viento. Al par de la fuerza
renació su abatido ánimo: continuó azotando y hendiendo las olas, que
se sucedian unas á otras sin intermision, y tan pronto le elevaban á
considerable altura, como le hacian adelantar con su violento empuje.
A fuerza de elevarse y descender alternativamente, y despues de mucha
fatiga, logró por último tocar la playa, y salió, empapado en agua,
á aquella parte del islote que se metia en el mar con inclinacion
más pronunciada. Todos los demás tripulantes del buque náufrago,
vencidos por la fuerza incontrastable de las olas, quedaron al fin
sepultados en ellas: Rugiero fué el único que se salvó en el solitario
escollo, merced á la bondad divina.
A los pocos momentos de encontrarse en aquel monte inculto y salvaje al
abrigo de los embates del mar, apoderóse de su alma un nuevo recelo,
producido por el temor de verse aislado en tan reducidos límites y
expuesto á perecer de hambre; sin embargo, se sobrepuso á aquel temor,
indigno de su corazon indomable, y dispuesto siempre á sufrir cuanto
el Cielo tenia prescrito, dirigió su intrépida planta por aquellas
duras peñas, subiendo en derechura hácia la cumbre del monte. Apenas
hubo andado cien pasos, cuando vió un hombre agobiado por la edad y la
abstinencia, que por su traje y su aspecto parecia un eremita digno de
respeto y veneracion. El anciano, al ver junto á sí á Rugiero, exclamó,
repitiendo las palabras que el Señor dijo á San Pablo cuando le hirió
con aquel golpe saludable:
--¡Saulo, Saulo! ¿por qué persigues mi fé?--Creiste pasar el mar sin
pagar flete, defraudando las esperanzas de los otros: ya ves que Dios,
cuya mano es muy larga, te ha alcanzado en el momento en que creias
estar más lejos de él.
Y continuó hablando en estos términos el santo eremita, el cual habia
tenido la noche anterior una vision, en que Dios le reveló que Rugiero
se salvaria en el escollo con su ayuda, haciéndole sabedor tambien de
la vida pasada y futura del jóven héroe, de la muerte funesta que le
estaba reservada, y el destino de todos sus descendientes. El ermitaño
estuvo algun tiempo reprendiendo severamente á Rugiero, pero despues le
dirigió palabras consoladoras. Le reprendia porque habia ido difiriendo
el momento de poner su cuello bajo el suave yugo de himeneo, y porque,
habiendo descuidado lo que debia hacer mientras era dueño de su
albedrío y Cristo le atraia suplicante hácia sí, lo habia hecho despues
de un modo menos meritorio, y solo cuando le vió venir amenazándole con
su terrible azote. Le consoló despues, asegurándole que Cristo concede
la gloria, tarde ó temprano, al que se la pide humilde; y le citó
la parábola de los obreros del Evangelio que recibieron todos igual
recompensa[154].
[154] S. Mateo, c. IX, v. 37 y 38.
Mientras se encaminaban á la celda del ermitaño, que estaba abierta en
el corazon de la roca, aquel santo varon fué iniciando á Rugiero, con
caridad y con ferviente celo, en los preceptos de nuestra Santa Fé.
Sobre la roca en que existia la celda, descollaba una pequeña capilla,
bastante cómoda y bella, que miraba hácia el Oriente. Al pié de la
capilla se veia un bosque, que iba á parar en descenso hasta la playa,
y estaba poblado de laureles, enebros, mirtos y palmeras fructíferas
y fecundas, regados siempre por una fuente cristalina, cuyas aguas
caian murmurando desde la cumbre de la roca. Cerca de cuarenta años
hacia que el ermitaño habitaba en aquel escollo, que le habia designado
el Salvador como el lugar más á propósito para dedicarse á la vida
contemplativa. Durante tanto tiempo su alimento consistió en las frutas
que cogia de una ú otra planta y en agua pura; así es que frisaba en
los ochenta años sin haber perdido su fuerza y su energía y exento de
todo achaque.
Cuando entraron en la celda, se apresuró el anciano á encender un buen
fuego, y puso en la mesa algunos frutos que Rugiero aceptó de muy
buen grado, despues de secar su ropa y sus cabellos. Fué aprendiendo
despues con más despacio todos los grandes misterios de nuestra Fé, y
al dia siguiente le bautizó el santo anacoreta con las aguas puras del
manantial.
Rugiero se encontraba todo lo contento que era posible en aquella
morada solitaria, y mucho más despues de haberle prometido el anciano
que le enviaria de allí á pocos dias adonde tanto deseaba volver. Entre
tanto pasaba agradables ratos hablando frecuentemente con el ermitaño,
ora del reino de los cielos, ora de los asuntos que con él tenian
relacion, y ora de su posteridad. El Señor, que lo sabe y lo ve todo,
habia revelado al santísimo eremita que Rugiero pereceria siete años
despues de haberse convertido á la fé cristiana; pues á consecuencia
de la muerte que Bradamante dió á Pinabel y que se atribuyó á Rugiero,
y á causa tambien de la de Bertolagio, le asesinarian los impíos
maguntinos, quedando tan oculto este crímen, que no llegaria á noticia
de nadie, porque sus matadores tendrian cuidado de enterrarle en el
mismo sitio del asesinato. Por esta causa no podrá ser vengado, hasta
transcurrido mucho tiempo, por su hermana y por su esposa, la cual,
á pesar de hallarse en cinta, le irá buscando por diferentes países.
Bradamante dará á luz un hijo en los bosques inmediatos al frigio
Ateste, entre el Adige y el Brenta, al pié de aquellos collados que
le parecieron al troyano Antenor tan amenos con sus minas sulfurosas,
sus rios transparentes, sus campos plácidos y sus deliciosas praderas,
que dejó por ellos voluntariamente el elevado Ida[155], el suspirado
Ascanio[156] y el querido Xanto[157]. El hijo de Bradamante, llamado
tambien Rugiero, crecerá adornado de belleza y de valor, y reconocido
por aquellos pueblos troyanos como descendiente de su propia raza,
le elegirán por su jefe. Jóven aun, prestará á Cárlos su apoyo y sus
útiles servicios en la guerra contra los lombardos, y en recompensa
obtendrá á justo título el dominio de aquel país que para él será
erigido en marquesado, y como Cárlos le dirá en latin:--_Este_ señores
aquí[158]--cuando le haga tal merced, aquella hermosa comarca tomará
con propicio augurio el nombre de Este en el futuro siglo, perdiendo
por consiguiente sus dos primeras letras el nombre de Ateste que
antiguamente llevara.
[155] Monte vecino de la antigua Troya.
[156] Hijo del troyano Eneas y de Creuss.
[157] Rio de Troya.
[158] _Sed_ señores aquí.
El Señor predijo tambien á su siervo los efectos de la terrible
venganza que sufririan los asesinos de Rugiero, el cual se apareceria
en sueños á su fiel consorte poco antes de despuntar el dia, para
indicarle el nombre de sus matadores, y mostrarle el sitio en que
se hallará sepultado, y entonces Bradamante y su cuñada destruirán
á sangre y fuego la ciudad de Poitiers. Su hijo Rugiero castigará
tambien á los maguntinos en cuanto llegue á la pubertad. El Eterno
habia hablado además al ermitaño de los Azzos, de los Albertos, de los
Obizzos y de su ilustre descendencia, así como de Nicolás, Leonelo,
Borso, Hércules, Alfonso, Hipólito é Isabel. Pero el santo anciano, que
no podia decir cuanto sabia, refirió á Rugiero lo que creyó oportuno,
guardando silencio sobre lo que no juzgó conveniente participarle.
Mientras tanto Orlando, Brandimarte y el marqués Olivero se
precipitaban lanza en ristre contra el sarraceno Marte (que de tal modo
se podia llamar á Gradasso) y contra los reyes Agramante y Sobrino,
que á su vez corrian rápidamente á su encuentro, resonando la playa
y el mar vecino con el estrépito producido por su carrera. Al primer
encuentro, las lanzas volaron hasta las nubes hechas astitillas; el
estruendo ocasionado por este choque hizo que el mar se hinchara, y que
resonaran sus ecos hasta en las costas de Francia. Orlando dirigió su
acometida contra Gradasso; por su valor eran dignos el uno del otro,
pero el segundo pareció más resuelto y aguerrido, merced á la ventaja
que le proporcionaba la posesion de Bayardo. El intrépido corcel chocó
tan vigorosamente contra el caballo de Orlando, cuya resistencia era
menor, que le hizo oscilar á uno y otro lado, y al fin cayó en el suelo
cuan largo era. Orlando se esforzó tres ó cuatro veces en levantarle,
castigándole con el acicate y con la mano; pero viendo la inutilidad de
sus esfuerzos, se apeó, embrazó el escudo y desenvainó á Balisarda.
Olivero y el Rey de África se embistieron, sin que de su encuentro
resultase ventaja para ninguno de ambos. Brandimarte derribó á Sobrino
del caballo, no pudiéndose averiguar si la culpa habia sido del ginete
ó del caballo, pues Sobrino no solia caer tan fácilmente; pero ya
tuviese la culpa el caballo, ya el ginete, el caso es que el sarraceno
quedó debajo de su corcel. Al ver Brandimarte á su contrario en el
suelo, no quiso renovar el ataque, sino que se lanzó contra Gradasso
que acababa de dejar desmontado á Orlando.
La lucha entre el Marqués y Agramante continuaba como al principio:
despues de haber roto sus lanzas contra los escudos, se acometieron
espada en mano. Orlando, que no veia á Gradasso dispuesto á embestirle
de nuevo, porque Brandimarte se lo impedia estrechándole y no
concediéndole un momento de reposo, volvió la vista y vió á Sobrino,
que estaba, como él, á pié y sin tener con quien luchar. Corrió á su
encuentro, y al precipitarse sobre él, hasta el mismo Cielo se asustó
de su terrible aspecto. Viéndose Sobrino atacado por un campeon tan
formidable, empuñó con más fuerza las armas para resistir su acometida,
y así como el nauta, contra el que se dirigen mugiendo las amenazadoras
olas, presenta la proa á sus embates, y al ver cómo se hincha el mar,
quisiera encontrarse en la tierra, del mismo modo opuso Sobrino su
escudo á los desastrosos golpes de la espada de Falerina; pero era
tan fino el temple de aquella Balisarda, que no habia armadura que le
resistiera, y mucho menos estando manejada por un guerrero tan valeroso
como Orlando, único en el mundo por su pujanza y denuedo. Aquel tajo
atravesó el escudo, sin que de nada le sirviera estar reforzado por un
círculo de acero: lo atravesó de parte á parte, y alcanzó el hombro
de Sobrino, resguardado por una doble chapa de hierro y la cota de
malla, á pesar de lo cual penetró en la carne causándole una profunda
herida. Revolvióse colérico el sarraceno, pero en vano procuraba herir
á Orlando, á quien el supremo Motor del cielo y de los astros habia
concedido la gracia de la invulnerabilidad. El valeroso Conde descargó
un nuevo tajo sobre su contrario, con intencion de separarle la cabeza
del cuerpo: conociendo ya Sobrino el vigor del de Claramonte, y lo
inútil que era parar sus golpes con el escudo, se hizo atrás, pero no
lo suficiente para evitar que Balisarda le alcanzara en la frente. El
golpe cayó de plano, pero fué tan tremendo, que le abolló el casco, le
atronó la cabeza, y le hizo caer sin sentido en tierra, pasando mucho
rato antes de que pudiera levantarse.
Creyendo el Paladin haber terminado la lucha con él, ó suponiendo que
yacia muerto, corrió á atacar á Gradasso para impedir que hiciera
sucumbir á Brandimarte; porque el pagano le aventajaba en armas, en
espada, en caballo, y quizá tambien en pujanza. Montado el audaz
Brandimarte en Frontino, aquel excelente corcel que perteneció á
Rugiero, se portaba tan bien en su lucha con Gradasso, que no se
advertia gran desventaja por su parte, y aun tal vez llevara lo mejor
de la pelea si hubiese poseido una coraza tan bien templada como la del
pagano; mas no siendo así, le era forzoso esquivar los golpes de su
adversario, haciéndose á uno ú otro lado. No ha existido otro caballo
que comprendiera mejor que Frontino los movimientos de su ginete: cual
si estuviera dotado de inteligencia, sabia inclinarse á la derecha ó á
la izquierda para evitar los tajos de Durindana. Agramante y Olivero
continuaban por su parte luchando con encarnizamiento, demostrando que
eran dos guerreros igualmente ejercitados en el manejo de las armas y
poco diferentes en cuanto á vigor.
Orlando habia dejado, segun he dicho antes, á Sobrino tendido en el
suelo, y deseando socorrer á Brandimarte en su combate parcial con el
rey Gradasso, se adelantaba á pié y con la celeridad posible, cuando,
próximo ya á acometer al pagano, vió vagar libremente por el campo el
caballo de que fué derribado Sobrino, y deseando servirse de él, corrió
á sujetarle. Lo consiguió sin dificultad; de un salto se acomodó en
la silla, y sosteniendo la espada con una mano, cogió con la otra las
lujosas riendas de aquel corcel. Gradasso vió la actitud de Orlando,
y desafiando su furor, le llamó por su nombre, haciendo alarde de
vencer por sí solo al Paladin, á Brandimarte y á su compañero. Dejando
á Brandimarte, volvióse hácia el Conde, y le tiró una estocada que
atravesó la armadura hasta tropezar en la carne, á tiempo que Orlando
le descargaba un tremendo mandoble con su Balisarda; y como donde esta
caia eran inútiles todos los encantos, bajó hendiendo el yelmo, el
escudo, la coraza, el arnés, y todo cuanto halló á su paso, dejando
herido al Rey de Sericania en el rostro, en el pecho y en el muslo,
lo cual no le habia sucedido nunca desde que llevaba aquella armadura:
por lo mismo le causó extrañeza, y sobre todo despecho y sobresalto,
que aquella espada cortase de tal modo, á pesar de no ser su Durindana:
si Orlando se hubiese hallado más cerca de su enemigo, era más que
seguro que le habria hendido desde el cráneo hasta el vientre. Gradasso
comprendió por semejante prueba, que no debia tener ya tanta confianza
en la bondad de su armadura; así es que en adelante procedió con más
prudencia y cautela de lo que solia, y estuvo más atento á parar los
golpes. Brandimarte, á quien la intervencion de Orlando habia dejado
sin adversario con quien combatir, se puso en medio de la liza para
acudir en auxilio del que lo necesitara.
Hallándose en tal estado la batalla, el rey Sobrino volvió en sí y se
levantó del suelo, donde habia permanecido hasta entonces, á pesar del
fuerte dolor que sufria en la cara y en el hombro. Tendió la vista en
todas direcciones, y observando el combate de su Señor, se dirigió
hácia él con objeto de ayudarle; pero tan cautelosamente, que nadie lo
notó. Colocóse detrás de Olivero, que tenia los ojos fijos en el rey
Agramante sin cuidarse de otra cosa, y de una terrible cuchillada le
desjarretó el caballo, que cayó en tierra instantáneamente. Olivero
cayó tambien, y como aquel ataque habia sido tan imprevisto, se quedó
con el pié izquierdo metido en el estribo y debajo del caballo, de
suerte que eran inútiles cuantos esfuerzos hacia para levantarse.
Sobrino le descargó otra cuchillada de través, creyendo cortarle la
cabeza; pero el acero quedó embotado en el yelmo terso y brillante,
fabricado por Vulcano, que Héctor usó en otro tiempo.
Brandimarte vió el peligro que corria su compañero, y se lanzó á toda
brida sobre el sarraceno, descargándole en la cabeza un mandoble
que le hizo medir el suelo; pero el animoso anciano se levantó con
prontitud, y volvió á acometer á Olivero con intencion de abrirle el
camino de la otra vida ó de no permitirle al menos que se levantara.
El campeon cristiano, que tenia expedito el mejor brazo y podia por lo
tanto defenderse con su espada, la empezó á esgrimir con tal rapidez,
que obligó á Sobrino á mantenerse á una respetuosa distancia: Olivero
esperaba salir pronto de situacion tan embarazosa, si conseguia tener
á raya un breve espacio á su enemigo, pues le veia tan empapado en
sangre, y era tanta la que seguia derramando, que á su parecer pronto
debia sucumbir, siendo tal su debilidad que apenas le permitia tenerse
de pié. Olivero continuaba entre tanto haciendo los mayores esfuerzos
para levantarse, pero su caballo permanecia inmóvil.
En el ínterin Brandimarte habia acometido al rey Agramante, cayendo
sobre él como una furiosa tempestad: montado en aquel Frontino, que
giraba como un torno, tan pronto le atacaba por delante, como por los
lados. Si bueno era el caballo del hijo de Monodante, no era peor el
del rey del Mediodia, que cabalgaba en Brida-de-oro, el soberbio corcel
que le regalara Rugiero despues de habérselo conquistado al arrogante
Mandricardo. La armadura de Agramante, buena y perfecta á toda prueba,
era de un temple superior á la que Brandimarte cogió al acaso y tan
precipitadamente como lo exigia la perentoriedad del tiempo, confiando
en su esfuerzo para trocarla pronto por otra mejor, aun cuando el Rey
africano le habia teñido en sangre el hombro derecho con una penetrante
cuchillada, despues de tener otra herida de alguna consideracion en el
costado, causada por la espada de Gradasso. El amante de Flor-de-lis
espió con tal cuidado los movimientos de su enemigo, que al fin halló
modo de descargarle un tajo, que destrozándole el escudo, penetró en el
brazo derecho, y le ocasionó una lijera herida en la mano; pero todo
esto no era más que un juego ó un pasatiempo en comparacion de la lucha
espantosa que sostenian Orlando y el rey Gradasso.
Este último habia casi desarmado al Paladin, cuyo casco estaba roto
por la cimera y los lados; el escudo hecho pedazos en la pradera;
la coraza y las mallas abiertas en muchos sitios; pero como era
invulnerable, no habia podido herirle. Sin embargo, el estado á que
Orlando tenia reducido á Gradasso era mucho peor; porque además de la
primera herida, le habia inferido otras en el rostro, en el cuello y
en medio del pecho. Desesperado el sarraceno al ver correr su sangre,
mientras Orlando se conservaba incólume á pesar de tantos golpes,
empuñó su espada con ambas manos, con el firme propósito de abrirle la
cabeza, el pecho, el vientre y todo el cuerpo: cayó el acero tan de
lleno y con tal furia sobre la frente del valiente Conde, que cualquier
otro que no fuera Orlando habria quedado hendido de arriba á abajo;
pero la espada volvió á levantarse tan luciente y tersa como si aquel
golpe hubiera sido dado de plano. El Paladin quedó aturdido con la
violencia del golpe, que le hizo ver mil estrellas en el suelo: soltó
la brida, y habria soltado tambien la espada, á no tenerla sujeta á la
muñeca por una cadenilla. Asustado el caballo que montaba Orlando con
el estrépito de aquel golpe, echó á correr por la arenosa playa dando
á conocer la velocidad de sus piernas, y sin que el Conde, privado
todavía de sentido, pudiera refrenarle. Persiguióle Gradasso, y le
habria alcanzado fácilmente á poco más que hubiese excitado á Bayardo,
cuando al volver la vista, vió en la situacion más apurada á Agramante,
á quien el hijo de Monodante tenia sujeto con la mano izquierda, y
despues de haberle desatado el casco, procuraba introducirle un puñal
por la garganta: el monarca africano no podia oponerle resistencia
alguna, por haber perdido su espada.
Dejando Gradasso la persecucion de Orlando, voló en auxilio de
Agramante, y mientras el incauto Brandimarte, no creyendo que el
Paladin dejara escapar al Rey de Sericania, estaba muy ajeno de que le
atacara, y atendia únicamente á degollar á Agramante, llegó Gradasso,
y empuñando su espada con ambas manos, descargó con toda su fuerza
un descomunal fendiente sobre el yelmo del descuidado Brandimarte.
¡Oh Padre celestial! ¡Dígnate conceder un lugar entre tus elegidos á
ese mártir de tu fé, que al llegar al término de su viaje borrascoso,
recoge sus velas para siempre en el puerto! ¡Ah Durindana! ¿Has podido
mostrarte tan cruel para con tu señor Orlando, que no tuviste reparo en
inmolar ante sus mismos ojos al compañero más leal y más querido que
tenia en el mundo? El círculo de hierro y de dos dedos de espesor que
ceñia el yelmo quedó roto y partido por tan vigorosa cuchillada: igual
suerte tuvo la cofia de acero que debajo de él estaba, y Brandimarte,
con rostro pálido y desencajado, cayó al suelo de espaldas, regando la
arena con el ancho raudal de sangre que se escapaba de su herida.
Al recobrar el Conde el sentido, volvió los ojos y vió á su Brandimarte
en el suelo y á Gradasso sobre él, en actitud que indicaba claramente
que habia sido su matador.
Ignoro si pudo más en Orlando el dolor ó la ira, pero como no tenia
tiempo para lamentarse, devoró su afliccion y dió rienda suelta á su
inmensa cólera.
Mas tiempo es ya de terminar este canto.