El rey Agramante se ve obligado á huir, y contempla desde lejos el
incendio de Biserta. Habiendo conseguido saltar en tierra, encuentra
al Rey de Sericania, que le da nuevas pruebas de lealtad.--Gradasso
desafía á Orlando y á otros dos caballeros cristianos, jactándose de
que dará muerte al primero.--Rugiero combate con Dudon por librar á
siete reyes de la esclavitud.
Pecaria de difusa mi narracion, si quisiera referir todos los episódios
de aquel combate naval: relatarlos ante vos, ¡oh hijo magnánimo del
invicto Hércules! seria, como vulgarmente se dice, llevar jarros á
Samos, murciélagos á Atenas y cocodrilos á Egipto; porque no solo
habeis presenciado escenas semejantes á las que describo de oidas, sino
que las habeis hecho presenciar á otros con admiracion. Vuestro leal
pueblo fué testigo de un grandioso espectáculo, la noche y el dia que
estuvo contemplando en el Pó, como si fuera en un teatro, la escuadra
enemiga acosada por el hierro y el fuego. Entonces vísteis, y dísteis
á conocer á muchos todo el horror de los gritos y lamentos que pueden
oirse en un combate naval, el de las aguas enrojecidas por torrentes
de sangre, y el de los mil géneros de muertes que se encuentran en
semejantes luchas. Yo no pude verlo[144]; hacia seis dias que, viajando
de distintos modos y por diferentes caminos, habia ido con toda la
celeridad que me fué posible á echarme á los piés del gran Pastor para
impetrar socorros; pero no necesitásteis, Señor, ginetes ni peones para
romper mientras tanto los dientes y las garras del Leon de oro[145], ni
para humillarlo hasta el extremo de no haberse atrevido á molestarnos
más desde aquel dia. Supe entonces vuestro triunfo por Alfonso Trotto,
que se halló en la batalla; por Aníbal y Pedro Moro, Afranio, Alberto,
los tres Ariostos, el Bagno y el Zerbinatto, los cuales me dieron
tan minuciosos detalles, que no pude poner en duda aquella brillante
victoria, de la que me ofrecieron una prueba fehaciente las numerosas
banderas depositadas en el templo, y las quince galeras que, con una
multitud de bajeles de otros portes, fueron apresadas y conducidas á
nuestros puertos.
[144] Estando asediada Ferrara por la escuadra veneciana,
el Duque, temeroso de perder sus estados, envió á Ariosto
á suplicar al Pontífice que le proporcionara los socorros
necesarios para resistir al enemigo; pero entre tanto, el
cardenal Hipólito consiguió destrozar la armada enemiga,
segun se ha dicho en el canto III. Al regresar Ariosto de su
mision, supo por sus amigos la victoria conseguida, y vió, como
testimonio de ella, las banderas venecianas depositadas en la
iglesia mayor de Ferrara.
[145] El Leon dorado de S. Márcos, símbolo de la señoría de
Venecia.
Cuantos vieron aquellos incendios, aquellos naufragios, el apresamiento
de la escuadra enemiga, y las escenas de muerte y desolacion tan
variadas que acontecieron en venganza de los estragos causados en
nuestras ciudades, podrán formarse una idea de los destrozos y la
matanza que sufrieron los míseros africanos con su rey Agramante,
durante la noche oscura en que fueron atacados por Dudon.
Cuando se empeñó el combate, era ya de noche, y todo estaba rodeado de
profundas tinieblas; pero en cuanto el azufre, la pez y el alquitran,
lanzados en gran cantidad, comunicaron el fuego desde la proa á la
popa, y las voraces llamas empezaron á abrasar y consumir las galeras
y naves mal defendidas, se veian con tal claridad todos los objetos,
que no parecia sino que la noche hubiese dado paso á la luz del dia.
Mientras duró la oscuridad, no le inspiró gran cuidado á Agramante
el enemigo, ni le creia tan fuerte que, como lograra prolongar su
resistencia, no pudiera rechazarlo; pero en cuanto se disiparon las
tinieblas, y vió contra lo que esperaba, que las naves contrarias eran
dos veces más numerosas que las suyas, opinó de muy distinta manera.
Seguido de algunos de sus guerreros, saltó á una lancha, á la que
habian trasbordado á Brida-de-oro y sus objetos más preciados, y se
fué deslizando con el mayor silencio por entre las naves de su flota,
hasta llegar á un sitio más seguro y lejos de los suyos á quienes Dudon
seguia acosando con encarnizamiento y reduciéndolos al más lamentable
extremo. Mientras se escapaba el Monarca africano, causa principal de
tantos desastres, el fuego, el mar y el hierro abrasaba, absorbia y
exterminaba á sus infelices soldados. Sobrino acompañaba en su fuga á
Agramante, que se lamentaba con aquel prudente rey de no haberle dado
crédito, cuando previó con inspiracion profética y divina los males que
á la sazon le abrumaban con su doloroso peso.
Pero volvamos al paladin Orlando: comprendiendo este héroe la necesidad
de apoderarse de Biserta, para que no volviera á molestar con nuevas
guerras á la Francia, aconsejó á Astolfo que la arrasase, antes de
que que pudiera recibir auxilios; y en su consecuencia, se ordenó al
ejército que lo tuviera todo dispuesto para el amanecer del tercer
dia. El Duque inglés habia preparado muchos buques con este objeto,
pues no quiso que toda la escuadra siguiese á Dudon, y confió su mando
á Sansoneto, tan buen guerrero en el mar como en la tierra, el cual
fué á anclar frente á Biserta, á una milla de la entrada del puerto.
Cumpliendo cual verdaderos cristianos, que no se determinan á acometer
empresa alguna sin implorar la gracia de Dios, Astolfo y Orlando
dispusieron que el ejército dedicase á la oracion y al ayuno los dias
que faltaban para el ataque, y que al llegar el tercero, estuviesen
todos preparados para marchar á la primera señal sobre Biserta, que
una vez conquistada, deberia ser entregada al pillaje y al incendio.
Despues de haber cumplido con las prácticas piadosas ordenadas por
sus jefes, los parientes, amigos y conocidos pasaron reunidos á
disfrutar de los modestos banquetes que debian restaurar sus fuerzas,
y á su conclusion se abrazaron repetidas veces derramando lágrimas y
dirigiéndose las tiernas palabras de despedida que suelen usarse entre
personas amadas en el momento de una separacion.
Dentro de Biserta, los sacerdotes y el afligido pueblo sarraceno hacian
tambien oracion, golpeándose el pecho y llamando entre interrumpidas
lágrimas á su Mahoma, que no podia escucharlos. ¡Cuántos ayunos,
cuántas promesas, cuántos donativos se ofrecieron privadamente al falso
profeta, y cuántos templos, altares y estátuas se le prometieron como
recuerdo de aquel apurado trance! Despues de recibir la bendicion del
Cadí, el pueblo tomó sus armas y volvió á guarnecer las murallas.
Descansaba aun la bella Aurora en su lecho al lado de su esposo Titon,
y la oscuridad reinaba todavía por todas partes, cuando Astolfo por
un lado, y Sansoneto por otro, se apercibieron para el combate, y en
cuanto oyeron la señal dada por el Conde acometieron con irresistible
ímpetu á Biserta. Bañaba el mar dos lados de la ciudad: los otros dos
se asentaban sobre tierra firme, y estaban defendidos por elevados
muros de construccion antigua y singular. Estas eran sus únicas
fortificaciones; pues desde que el rey Branzardo se vió obligado á
encerrarse en ella, no pudo disponer de tiempo y brazos suficientes
para aumentar los medios de defensa.
Astolfo encargó al Rey de Nubia que causara en las almenas el mayor
daño posible con faláricas[146], hondas y ballestas, á fin de quitar á
los sitiados las ganas de asomarse á ellas, y de que pudieran circular
sin dificultad ninguna los ginetes y peones que llevaban al pié de
las murallas piedras, tablas, vigas y máquinas de guerra. Pasábanse
de mano en mano los materiales necesarios para cegar los fosos, cuya
agua se habia cuidado de cortar el dia antes, por lo cual en muchos
sitios quedaba descubierto su cenagoso fondo: los soldados de Astolfo
trabajaron con tal ardor, que en breve los dejaron obstruidos y llenos,
y completamente nivelado el suelo hasta el mismo muro. Astolfo, Orlando
y Olivero dieron entonces la señal del asalto.
[146] Arma enastada, arrojadiza, en cuyo hierro se ataban mechas
de estopa untadas con pez, y les pegaban fuego cuando las
arrojaban.
Los nubios, poseidos de una febril impaciencia, arrastrados por
la esperanza del saqueo, y sin hacer caso del peligro á que se
exponian, arremetieron los primeros contra la ciudad, cubiertos con
testudos[147], y llevando sus arietes y demás instrumentos bélicos á
propósito para destruir las torres ó derribar las puertas; pero no
hallaron desprevenidos á los sarracenos, que haciendo llover sobre
ellos, á manera de tempestad, hierro, fuego, piedras y enormes trozos
de almenas, desencajaban las tablas y las vigas de las máquinas de
guerra construidas en su daño. Mientras reinó la oscuridad y durante
las primeras acometidas, sufrieron dolorosas pérdidas los soldados
cristianos; pero en cuanto salió el Sol de su espléndido palacio, la
Fortuna volvió la espalda á los sarracenos.
[147] Máquina bélica á manera de concha de galápago con que se
cubrian los soldados para arrimarse á las murallas y defenderse
de las armas arrojadizas.
El conde Orlando hizo que se renovara el asalto con más furia, tanto
por mar como por tierra: Sansoneto, que habia permanecido hasta
entonces en alta mar con sus buques, entró en el puerto, se acercó
á la ciudad, y desde bordo molestaba al enemigo con hondas, arcos y
varios tormentos, y al propio tiempo hacia desembarcar lanzas, escalas,
pertrechos de guerra y marineros, que auxiliaran á los de tierra.
Olivero, Orlando, Brandimarte y Astolfo combatian valerosamente en la
parte de la ciudad que se extendia tierra adentro. Cada uno de ellos
iba al frente de uno de los cuatro cuerpos en que habian dividido sus
huestes, y llevaban á cabo las más brillantes proezas, ya en los muros,
ya en las puertas ó en varias partes á la vez. De este modo se podia
apreciar el valor de cada cual mucho mejor que si hubiesen estado
reunidos: de este modo podian conocer los numerosos testigos de sus
hazañas cuál de ellos era más digno de premio ó de alabanza.
Empujáronse hácia las murallas torres de madera construidas sobre
ruedas, é hicieron que se adelantaran los elefantes, llevando otras
torres sobre sus anchos lomos, las cuales llegaban á tanta altura, que
excedian en elevacion á las almenas. Acudió Brandimarte, apoyó una
escala contra el muro, y subiendo por ella, excitó á sus soldados á
imitar su ejemplo. Los más intrépidos se lanzaron tras él, bastándoles
para creerse seguros el tenerle en su compañía: nadie se tomó el
cuidado de reparar si la escala era ó no bastante sólida para soportar
tanto peso: en cuanto á Brandimarte, no se ocupaba más que del enemigo;
llegó combatiendo hasta lo alto de la escala, y al fin logró asirse
de una almena. Ayudándose con piés y manos, saltó á ella, y empezó
á esgrimir en torno suyo su terrible acero, y á hendir cráneos y
atravesar pechos, magullando y derribando á cuantos se le oponian,
y haciendo prodigios de valor: pero en aquel momento, no pudiendo
resistir la escala el enorme peso que gravitaba sobre ella, se rompió,
y excepto Brandimarte, fueron á caer en el foso unos sobre otros todos
cuantos subian.
A pesar de este contratiempo, ni perdió el intrépido paladin su
audacia, ni pensó en retroceder, por más que se encontraba solo y
siendo blanco de los sitiados. Sus compañeros le gritaban que volviese
atrás, pero no quiso hacerles caso; y dando un salto desde el muro,
que tendria más de treinta brazas de altura, cayó en el interior de
la ciudad, sin hacerse daño alguno y como si hubiese hallado el duro
terreno lleno de pluma ó paja. Acometiendo en seguida á cuantos vió
en su derredor, les hizo morder el polvo, atravesándolos ó rajándolos
con su acero, como se atraviesa ó corta un delgado paño. En su
incansable ardor, lo mismo embestia á unos que á otros, y tanto unos
como otros procuraban ponerse fuera de su alcance. Sus compañeros, que
le habian visto saltar al interior de la ciudad, temieron no poder
llegar bastante pronto para socorrerle. El rumor del riesgo que corria
circuló en breve de boca en boca por todo el campo; la Fama, con rápido
vuelo, fué difundiendo la noticia y acrecentando el peligro, y llegó
sin plegar un momento sus voladoras alas á los diferentes sitios en
que Orlando, el hijo de Oton y Olivero se hallaban combatiendo. Estos
guerreros, y en especial el Conde, que amaban á Brandimarte y le tenian
en singular estima, sabiendo que el menor retraso podria hacerles
perder tan excelente compañero, se abalanzaron á las escalas; subieron
á las murallas por distintos puntos á la vez, y rivalizando en audacia,
se mostraron tan resueltos y animosos á la par, que su solo aspecto
hizo temblar á los enemigos.
Así como en medio de una deshecha tempestad, acometen las olas á un
temerario bajel, procurando entrar por la proa ó por los costados
con rabia y con furor, mientras el piloto suspira, gime y pierde el
valor y las fuerzas en el momento en que deberia echar mano de todos
sus recursos, hasta que una ola más poderosa que las demás logra
penetrar en el buque, y da libre paso á las otras, que se precipitan
por donde entró aquella, así tambien, en cuanto escalaron los muros los
tres paladines, abrieron tan ancho camino, que sus soldados pudieron
seguirles con toda seguridad, subiendo por las mil escalas que habian
fijado al pié de las murallas. Entre tanto, los macizos arietes abrian
numerosas brechas con tan buen éxito, que por más de un sitio podian
acudir los sitiadores en socorro del animoso Brandimarte.
Con un furor igual al que anima al altivo rey de los rios, cuando
rompe sus márgenes y diques y se abre ancho paso á través de los
campos ocneos, arrastrando entre sus turbias ondas los feraces surcos,
las fecundas mieses, las cabañas, los rebaños, los perros y hasta
los pastores, y haciendo que los peces naden sobre las copas de los
olmos en donde poco antes solian revolotear los pajarillos, con un
furor semejante se precipitó la impetuosa hueste cristiana por las
distintas brechas de las murallas, entrando con la tea incendiaria y
con el hierro á destruir la mal defendida ciudad. El asesinato, el
saqueo, el incendio y todos los excesos imaginables consumaron en un
momento la ruina de la rica y triunfal Biserta, de aquella ciudad reina
de toda el África. El suelo estaba sembrado de cadáveres por todas
partes: la sangre derramada por infinitas heridas formaba un lago más
súcio y cenagoso que el que ciñe en torno la ciudad de Dite: el fuego,
comunicándose de unos edificios á otros, devoraba palacios, pórticos
y mezquitas: los lamentos, los alaridos y el rumor de los golpes
con que cada cual se heria el pecho en su desesperacion, resonaban
lúgubremente en las estancias vacías y saqueadas.
Veíase salir á los vencedores por las funestas puertas cargados de rico
botin; unos con vasos preciosos, otros con riquísimas telas y otros con
objetos de oro y plata dedicados desde tiempo inmemorial al servicio
de las mezquitas: muchos soldados se llevaban cautivos á los niños,
otros á sus madres desconsoladas; se cometieron, por fin, estupros,
violaciones y otros actos de barbarie, que ni Orlando ni el Duque
inglés pudieron evitar, á pesar de haber llegado á su noticia una gran
parte de ellos.
El bravo Olivero dió la muerte á Bucifar, rey de los algaceres:
Branzardo, reducido al último extremo y perdida ya toda esperanza, se
quitó la vida por su propia mano: el duque del Leopardo hizo prisionero
á Fulvo, que murió á consecuencia de las tres heridas que recibiera.
Tal fué la suerte de los tres guerreros á quienes el Rey de África
confió al partir la custodia de sus estados.
Entretanto Agramante habia abandonado su escuadra y huido con Sobrino:
al ver desde lejos el incendio que se extendia por la costa, lloró
y suspiró por su Biserta; pero cuando supo al saltar en tierra los
desastres que habian acontecido en su reino, quiso suicidarse,
y hubiera llevado á cabo su intento si Sobrino no lo impidiera,
diciéndole:
--No podrian alcanzar tus enemigos una victoria más grata que la de
saber que te habias dado la muerte, porque de este modo alimentarian la
esperanza de gozar tranquilamente de sus conquistas. Tu vida impedirá
semejante alegría, pues mientras existas tendrán siempre motivos de
temor: harto conocen que no pueden enseñorearse por mucho tiempo
del África, como no sea por muerte tuya. Al morir, privarias á tus
súbditos de la esperanza, único bien que nos queda. Si vives, confio
en que nos salvarás, alejando los males que pesan sobre nosotros,
y restituyéndonos la tranquilidad y la alegría. Muriendo tú, estoy
persuadido de que seremos esclavos del vencedor, y el África su
desolada tributaria. Vive, pues, Señor, si no para tí, á lo menos para
no agravar la desesperada situacion de los tuyos. Tienes la seguridad
de que el Soldan de Egipto, con cuyos estados confina tu reino, te
auxiliará con gente y dinero; pues nunca sufrirá que el hijo de Pepino
adquiera tal predominio en África: además, tu pariente Norandino vendrá
con todas sus fuerzas para devolverte lo perdido, y en cuanto llames á
los turcos, armenios, persas, árabes y medos, acudirán veloces en tu
socorro.
Con estas y parecidas frases procuraba el prudente anciano avivar
en el corazon de su señor la esperanza de reconquistar en breve el
África, por más que él mismo careciera de ella. Demasiado sabia cuánto
gime y suspira en vano y cuán apurada y extrema es la situacion del
que se deja arrebatar su reino y acude al auxilio de los Bárbaros
para rescatarlo. Una prueba de esta verdad nos la ofrecieron Annibal
y Yugurta en los tiempos antiguos[148]; y en los modernos, Luis el
Moro, cautivo de otro Luis. Escarmentado con tales ejemplos vuestro
hermano Alfonso (á vos me dirijo, Señor mio), ha considerado siempre
como un loco al que fia en los otros más que en sí mismo; y por esta
razon, cuando la cólera implacable de un pontífice irritado le declaró
la guerra, supo resistir á las promesas y á las amenazas, y no quiso
ceder á otros sus estados, aunque en sus escasos medios de defensa no
le fuera posible extenderse demasiado, y á pesar de ver arrojados de
Italia á sus defensores y dueños del reino á sus enemigos[149].
[148] Derrotado Annibal por Escipion el Africano, se refugió
en los estados de Prusias, rey de Bithinia. Habiendo pasado
Flaminio á la corte de Prusias, en calidad de embajador de Roma,
el rey de Bithinia, queriendo congraciarse con los romanos,
mandó prender á Annibal para entregárselo; pero advertido el
general cartaginés, se envenenó con un tósigo que llevaba
siempre en una sortija.
Yugurta, rey de Numidia, fué vencido dos veces por los romanos
y obligado á refugiarse en los estados de Boco, rey de Numidia,
que le entregó al dictador romano Sila.
[149] Como el duque Alfonso de Ferrara ayudó á los franceses
en la batalla de Rávena, se acarreó la enemistad del Papa, el
cual le declaró la guerra apoyado por los suizos; pero aunque
Alfonso veia entonces á Ferrara asediada por los venecianos, á
los españoles sus enemigos dueños de Nápoles, y expulsados de
la Península á los franceses sus aliados, no quiso apelar al
socorro de los alemanes, ni ceder el Estado á quien se lo pedia
ofreciéndole defenderle de aquellas injurias.
El rey Agramante habia mandado hacer rumbo hácia Levante, é iba
navegando por alta mar, cuando se vió sorprendido por una violenta
tempestad producida por un impetuoso viento de tierra. El piloto que
gobernaba el buque exclamó:
--Veo que se prepara una tormenta tan borrascosa, que la nave no podrá
resistirla. Si quereis seguir mi consejo, señores, será conveniente
arribar á una isla próxima que está á la izquierda, y en la que
podremos esperar á que pase el furor de la tempestad.
Consintió Agramante en ello, y se salvó de aquel peligro refugiándose
en la isla, que para abrigo de los navegantes está situada entre el
África y las fraguas del Vulcano[150]. No se veia habitacion alguna
en toda la isla, cuyo suelo estaba cubierto de humildes mirtos y de
enebros: retiro plácido y favorito de los ciervos, de los gamos,
liebres y cabritos, era conocida tan solo de los pescadores, que solian
tender y secar sus húmedas redes en las peladas zarzas, concediendo
mientras tanto algun reposo á los pescados en el fondo del mar.
[150] Esta isla es la de Lampedusa, situada en el Mediterráneo á
36 leguas S. E. de Sicilia y 20 E. de África.
Allí encontraron otro bajel que por fortuna suya habia podido
guarecerse de la tempestad: á su bordo se hallaba, procedente de
Arlés, el gran guerrero que ceñia la corona de Sericania. Cuando los
dos monarcas se vieron en la playa, corrieron á abrazarse con alegría
y deferencia, pues ambos eran muy amigos, y poco antes habian peleado
juntos ante los muros de París. Gradasso escuchó el relato de las
desventuras de Agramante con verdadero disgusto, y procuró consolarle,
ofreciéndose en persona á auxiliarle; pero le disuadió de ir al desleal
país de Egipto en demanda de socorro.
--Pompeyo enseña á los reyes fugitivos, le dijo, si es ó no peligroso
pasar á aquel país[151]; y como me has dicho que Astolfo ha venido á
arrebatarte el África con la ayuda de los etíopes, súbditos del rey
Senapo, que ha reducido á cenizas la capital, y que á su lado pelea
Orlando, cuya cabeza estaba hasta hace poco tan exhausta de razon, se
me ha ocurrido un magnífico remedio para hacerte salir de situacion
tan angustiosa. Acometeré en favor tuyo la empresa de retar al Conde á
combate singular; y aunque su cuerpo fuese de cobre ó de hierro, estoy
seguro de que no podrá resistirme.
[151] Vencido Pompeyo por César en la batalla de Farsalia, huyó
á Egipto, cuyo rey Tolomeo XII le hizo degollar y envió su
cabeza al vencedor.
»Muerto el Conde, las huestes cristianas huirán ante nosotros como los
corderillos ante un lobo hambriento: despues me será muy fácil obligar
á los nubios á que evacuen el África; haré que los otros nubios,
separados de tus enemigos por el Nilo y por la diferencia de religion,
y los árabes y macrobios, ricos de oro y de gente los primeros y de
caballos los segundos, los persas, los caldeos, pueblos todos á los
que con otros muchos alcanza mi cetro, lleven de tal modo la guerra á
la Nubia, que sus habitantes no permanecerán por mucho tiempo en sus
estados.»
Parecióle muy oportuno á Agramante el segundo proyecto del rey
Gradasso, y dió mil gracias á la Fortuna por haberle llevado á la isla
desierta; pero no quiso consentir bajo ningun concepto que Gradasso
peleara con Orlando por su causa, aunque la reconquista de Biserta
fuese el premio de su victoria, pareciéndole que su aquiescencia
menoscabaria su honor.
--Si se ha de desafiar á Orlando, respondió, soy yo quien debe pelear
con él: pronto me verás dispuesto á retarle; despues, haga Dios lo que
mejor le parezca de mí.
--Hagamos otra cosa mejor que se me ha ocurrido ahora, repuso Gradasso;
luchemos los dos á la vez con Orlando y con otro cualquiera de los
suyos.
--Con tal de que yo tome parte en el combate, replicó Agramante, poco
me importa ser el primero ó el segundo: por lo demás, confieso que no
podria encontrar en el mundo un compañero de armas mejor que tú.
--Y yo, ¿dónde me quedo? preguntó entonces Sobrino. Si os parezco
demasiado viejo, tengo en cambio más experiencia, y en el peligro, es
conveniente en alto grado unir la pericia á la fuerza.
Era Sobrino un anciano que, á pesar de su avanzada edad, conservaba
todo su vigor y robustez, y era capaz de llevar á cabo todavía famosos
hechos de armas: él mismo aseguraba que sentia circular la sangre por
sus venas con igual ardor que en sus verdes y juveniles años.
Admitieron su demanda como justa, y acto contínuo se procuraron un
mensajero que pasase á la costa africana á desafiar de su parte
al conde Orlando, el cual deberia pasar con otros dos caballeros
armados á Lampedusa, pequeña isla bañada en todo su derredor por el
Mediterráneo. El mensajero navegó sin cesar haciendo fuerza de vela y
remo, y llegó en breve á Biserta, donde encontró á Orlando ocupado en
repartir entre sus soldados el botin y los cautivos.
El enviado desempeñó públicamente la comision que le confiaran
Gradasso, Agramante y Sobrino, oyéndola con tanto júbilo el príncipe
de Anglante, que le colmó de espléndidos y honoríficos regalos. Habia
sabido por sus compañeros que Gradasso llevaba ceñida su excelente
Durindana, y en su afan de recobrarla, tenia resuelto ir hasta la
India, creyendo que el Rey de Sericania no podria estar en otra parte
despues de haberse ausentado de Francia. Al recibir la noticia de que
se hallaba tan cerca de él, se apresuró á aceptar el reto, esperando
recobrar su espada, la hermosa trompa de Almonte y el excelente
Brida-de-Oro, que, segun supo tambien, habia ido á parar á poder del
hijo de Trojano.
Eligió por compañeros de aquel combate al leal Brandimarte y á su
cuñado, cuyo valor habia tenido ocasion de conocer, y le constaba
asimismo que ambos le amaban en extremo. Dedicóse á buscar por todas
partes buenos caballos, buenas corazas, buenas mallas, y espadas y
lanzas para sí y para sus compañeros; pues segun debeis saber, no
contaban en África con sus armas habituales. Os he dicho muchas veces
que el señor de Anglante fué arrojando por el suelo todas las suyas
cuando se sintió acometido por su furor insensato, y que Rodomonte
se habia apoderado de las de los otros dos caballeros, que estaban
depositadas en la torre contigua al sepulcro de Isabel. En África no
podian proporcionarse muchas, tanto por haberse llevado Agramante todo
lo que era á propósito para combatir en Francia, como tambien porque
en aquel país siempre habia pocas. Sin embargo, Orlando ordenó que
se reunieran todas las que pudieran hallarse, bruñidas ó mohosas, y
mientras tanto paseaba por la playa hablando con sus compañeros de la
lucha futura.
Sucedió que habiéndose alejado del campamento más de tres millas, al
tender la vista por el mar, vió un buque que se dirigia á toda vela
hácia la costa de África. Aquel bajel se adelantaba solo, sin piloto ni
marineros, y á merced del viento ó de la suerte: así es que, al llegar
cerca de la costa, encalló en la arena.
Pero antes de seguir ocupándome de este asunto, el cariño que siento
por Rugiero me obliga á continuar su historia, ordenándome que prosiga
narrando lo que á él y al señor de Claramonte se refiere. Dejé á
entrambos guerreros en el momento en que suspendian su combate, al
ver rotos los convenios y los pactos y trabada la batalla entre
los dos ejércitos. En seguida procuraron inquirir por medio de sus
respectivos compañeros de armas quién habia sido el primero en violar
sus juramentos y dado lugar á tanto daño, si el emperador Cárlos ó el
rey Agramante.
En tanto, uno de los escuderos de Rugiero, jóven fiel, astuto y
perspicaz, que no habia perdido de vista á su señor á pesar de lo
confuso y encarnizado de la batalla, se llegó á él, presentándole su
espada y su caballo, para que pudiese socorrer á los africanos. El
héroe montó en su palafren, cogió la espada, y no queriendo tomar parte
en la pelea, alejóse del campo de batalla, despues de ratificarse en el
convenio que habia hecho con Reinaldo; esto es, de que si Agramante era
realmente el perjuro, le abandonaria con su infame secta.
Durante todo aquel dia no quiso Rugiero hacer uso de sus armas:
cuidóse tan solo de detener á unos y á otros, preguntándoles quién
fué el primero en acometer, si su monarca ó el de los cristianos.
Oyó confesar á todos que fué Agramante quien violó sus juramentos;
pero como el jóven guerrero amaba á su señor, creia cometer una grave
falta dejando su servicio por esta causa. He dicho antes que el
ejército sarraceno fué dispersado, deshecho y precipitado desde lo
alto de la voluble rueda de la Fortuna, como plugo á Aquel que hace
girar el mundo. Recogido en sí mismo Rugiero, se puso á reflexionar
en si deberia quedarse ó seguir á su señor: por una parte, el
amor de Bradamante refrenaba sus deseos de regresar al África, y
le incitaba á quedarse, amenazándole con una pena dolorosa, si no
observaba estrechamente el juramento y el pacto que habia hecho con
el paladin Reinaldo: por otra parte le estimulaba con no menos fuerza
la consideracion de que, si abandonaba á Agramante en situacion tan
crítica, podrian tacharle de vil y de cobarde, y de que si para muchos
seria buena la causa de su permanencia, otros muchos la admitirian
con dificultad, y no pocos dirian que no debe observarse un juramento
ilícito é injusto.
Todo aquel dia, la noche siguiente y el otro dia estuvo á solas, y sin
que su fatigada mente le sacara de aquella perplejidad. Por último,
resolvió reunirse á Agramante, y pasar al África con este objeto. Mucho
podia en él el amor conyugal; pero era mayor el imperio del deber y el
honor.
Volvió á Arlés, esperando encontrar todavía la armada que le
trasportara al África; pero no halló bajel alguno en el mar ni en el
rio, ni vió ningun sarraceno, como no fuesen los muertos en la batalla.
Agramante se llevó al partir todas sus naves mejores, é incendió en
el puerto las demás. Viendo Rugiero burlada esta esperanza, dirigióse
á Marsella, siguiendo el camino de la costa, y llevando el propósito
de apoderarse de un buque que de grado ó por fuerza le condujera á las
playas africanas. Ya habia llegado allí el hijo del danés con la armada
de los bárbaros cautiva: el inmenso número de embarcaciones ancladas en
el puerto y cargadas de vencedores y vencidos cubria de tal modo las
aguas, que no se hubiera podido echar en ellas un grano de mijo. Dudon
habia conducido á Marsella todas las naves de los paganos que pudieron
escapar del fuego y del naufragio aquella terrible noche, excepto unas
pocas que consiguieron huir: entre los cautivos figuraban siete reyes
de diferentes países de África, que al ver destrozada la flota, se
rindieron con sus siete navios, y estaban agobiados por un profundo
sentimiento, mudos y llorosos.
Dudon habia saltado en tierra con el objeto de ir aquel mismo dia á
presentarse al Emperador: desembarcó con toda pompa, seguido de los
cautivos y del botin conquistado, de modo que su entrada en Marsella
fué una marcha triunfal: despues colocó los prisioneros á lo largo
de la playa, en torno de los cuales circulaban alegres los nubios
vencedores, haciendo resonar el aire con el nombre glorioso de Dudon.
Rugiero, que se hallaba todavía á alguna distancia, supuso que aquella
era la armada de Agramante, y para saber la verdad, clavó el acicate
á su caballo; pero al llegar más cerca, conoció entre los cautivos al
Rey de los nasamones, á Bambirago, Agricalte, Farurante, Rimedonte,
Manilardo y Balastro, que tenian la cabeza inclinada derramando tristes
lágrimas. Rugiero sentia hácia ellos un afecto sincero, y por lo mismo
no pudo tolerar que estuvieran reducidos á tan miserable suerte:
comprendiendo que en aquella ocasion era preciso recurrir á la fuerza,
pues los ruegos serian completamente inútiles, bajó la lanza, acometió
á los guardias que los custodiaban, y empezó á hacer sus proezas
acostumbradas: empuñó en seguida la espada, y en un instante tendió á
más de cien contrarios á sus piés. Dudon oyó los gritos, vió el estrago
que en los suyos hacia Rugiero, aunque sin conocer al que lo causaba;
contempló á los nubios que huian sin aliento y sobrecogidos de temor
y de angustia, y requiriendo su escudo, su yelmo y su corcel, montó á
caballo, empuñó la lanza y voló animoso al combate, cual convenia á un
paladin de Francia. Ordenó á los suyos que se retirasen, y clavando los
acicates al caballo, llegó donde estaba Rugiero, que entre tanto habia
hecho otras cien víctimas y reanimado la esperanza de los cautivos: al
ver á Dudon que se dirigia hácia él, solo y á caballo, mientras que los
demás estaban á pié, juzgó que era el jefe de aquellas tropas, y le
embistió á su vez.
Al observar Dudon, en medio de su veloz carrera, que Rugiero le
acometia sin lanza, arrojó la suya, desdeñando la ventaja que le
proporcionaba sobre su adversario. Rugiero, comprendiendo toda la
delicadeza de aquella accion, dijo entre sí:--«Mi enemigo no puede
menos de ser uno de esos guerreros esforzados á quienes se llama
Paladines de Francia. Antes de pasar adelante, quiero saber su nombre,
si tiene á bien decírmelo.»--Preguntóselo así, y supo que era Dudon,
hijo de Ogiero el danés. Igual pregunta dirigió este á Rugiero, el cual
satisfizo su curiosidad con no menor cortesía. Una vez conocidos sus
nombres, se desafiaron y empezó el combate.
Dudon empuñaba la ferrada maza, que en mil empresas le habia dado
eterno renombre: al esgrimirla, demostraba claramente que era digno
hijo del valeroso danés. Rugiero desenvainó aquella espada que no
tenia rival en el mundo para abrir cascos y corazas, y en breve hizo
conocer que su valor en nada desmerecia al del paladin Dudon; pero,
como tenia constantemente fija en su imaginacion la idea de ofender á
su dama lo menos que le fuese posible, y le constaba que hiriendo á su
contrincante, la ofenderia (pues conocedor de las casas más ilustres de
Francia, sabia que la madre de Dudon era Armelina, hermana de Beatriz
y tia de Bradamante), procuraba por esta razon no herirle de punta, y
se limitaba á dirigirle escasísimas cuchilladas, y á defenderse de los
golpes de la maza, ya parándolos, ya esquivándolos.
Turpin es de opinion de que la victoria habria quedado por Rugiero,
pues á los pocos golpes le hubiera sido fácil dar muerte á Dudon; pero
todas las veces que este quedó al descubierto, se contentó con herirle
de plano. Rugiero podia usar tanto de plano como de filo su espada, que
era bastante gruesa; y en esta ocasion la vibraba con tanta fuerza y
agilidad, que deslumbrado y aturdido Dudon por el contínuo martilleo,
apenas podia sostenerse en la silla.
Pero á fin de ser más agradable al que me escucha, aplazaré mi canto
para otra ocasion.