Agramante rompe el pacto; pero derrotado su ejército, se ve obligado
á retirarse al África.--El valiente Astolfo persigue al enemigo hasta
Biserta, cuya ciudad asedia. Orlando llega allí casualmente, y el
Duque, instruido de lo que debia hacer, le devuelve el juicio.--Dudon
encuentra á Agramante en alta mar, y le pone en grave aprieto.
La situacion en que se encontraba Rugiero era en verdad de las más
penosas y duras que puedan existir, por lo cual no es extraño que
padeciera física y moralmente, al considerar que no podia librarse
de una de las dos muertes que ante sí tenia. Si se mostraba menos
vigoroso que Reinaldo, se exponia á perecer: si daba muerte al paladin,
cansarian la suya los desdenes de su amada, en cuyo ódio, más temible
que la misma muerte, incurriria sin remedio.
Reinaldo, á quien no preocupaba idea alguna, hacia todos los esfuerzos
imaginables por alcanzar la victoria, y esgrimia altivo y terrible su
hacha de armas, descargando tremendos golpes en la cabeza y brazos de
su adversario. Rugiero se servia de su arma para parar los golpes,
echándose á un lado ó á otro, y cuando á su vez procuraba herir á
Reinaldo, era en el sitio en que menos daño pudiera hacerle. A la mayor
parte de los señores sarracenos empezó á parecerles muy desigual el
combate: pues observaban la poca animacion de Rugiero á quien tenia
casi acorralado su enemigo. El monarca africano contemplaba la lucha,
cubierto de palidez su rostro, lanzando fuertes suspiros y acusando en
su mente á Sobrino, de quien procedia aquel fatal error, puesto que lo
habia aconsejado.
Entonces fué cuando Melisa, versada en todas las supercherías del arte
de los encantadores ó de los magos, trocó su aspecto femenino en la
figura del gran Rey de Argel. Por su rostro, por sus movimientos, era
el vivo retrato de Rodomonte, y llevaba la piel escamosa del dragon,
la espada y el escudo que acostumbraba usar el sarraceno. Montada en
un espíritu infernal que habia tomado la forma de caballo, se dirigió
hacia el desanimado hijo del rey Trojano, y le dijo con acento terrible
y fruncido entrecejo:
--Señor, habeis cometido una gran falta oponiendo á un franco tan
fuerte y tan famoso un adversario jóven é inexperto, en una ocasion en
que se trata de la suerte del reino y del honor de África. Apresuraos
á interrumpir ese combate, cuyo resultado ha de ser desastroso para
nosotros. Confiadlo á Rodomonte, sin que os importe violar el pacto
y el juramento hecho de antemano. En momentos tan críticos como los
presentes, cada cual debe demostrar hasta dónde alcanza su esfuerzo,
y mientras esté yo aquí, tened por seguro que cada uno de vuestros
soldados valdrá por ciento.
Estas palabras pesaron tanto en el ánimo de Agramante, que, sin
reflexionar en lo que hacia, lanzóse contra el enemigo. La confianza
que le inspiraba el Rey de Argel fué causa de que se cuidara muy
poco de su juramento: el auxilio que en aquella ocasion hubieran
podido prestarle mil caballeros lo habria tenido en menos que el
del solo Rodomonte. En un momento se vieron por todas partes las
lanzas enristradas y los caballos lanzados á todo escape contra los
cristianos. Melisa desapareció tan luego como, merced á sus ficciones,
vió empeñada la batalla.
En el momento en que los dos campeones vieron interrumpido tan
bruscamente su combate, contra todo acuerdo y contra toda promesa,
dejaron de herirse; y deponiendo su mútua enemistad, se dieron
palabra de no volver á dirigir sus armas uno contra otro, hasta haber
averiguado con certeza cuál de los dos reyes habia sido el primero en
violar el pacto, si el anciano Cárlos ó el jóven Agramante: al propio
tiempo renovaron su juramento de declararse enemigos del perjuro.
Mientras tanto, los dos ejércitos habian llegado á las manos: pronto
se vió quién avanzaba y quién retrocedia; quiénes eran los cobardes y
quiénes los más valientes: todos corrian con la misma ligereza, solo
que los primeros huian al paso que los segundos perseguian.
Marfisa habia permanecido hasta entonces inactiva en compañía de
su cuñada; pero tan contrariada é impaciente como el lebrel que ve
correr en torno suyo á la fugitiva fiera, y no pudiendo perseguirla
al mismo tiempo que los demás perros por tenerle sujeto el cazador,
se agita irritado, se atormenta, se aflije, se desespera, lanza
penetrantes é infructuosos ladridos, y forcejea por desasirse de la
mano que le detiene. Durante todo el dia habian estado contemplando
con cierta sanguinaria envidia á los sarracenos formados en la estensa
llanura; pero contenidas por el respeto á lo pactado, se habian
limitado á lamentar su inaccion, exhalando frecuentes suspiros. Mas
no bien observaron la violacion del pacto y de la tregua, cuando se
precipitaron gozosas en medio de las filas africanas. Marfisa atravesó
con su lanza el pecho del primero que encontró, haciéndola salir más
de dos brazas por la espalda: desnudó en seguida su acero, y en menos
tiempo del que se necesita para referirlo, rompió cuatro yelmos como
si fueran de vidrio. Bradamante no le fué en zaga: si su lanza de
oro producia distinto efecto, en cambio tiraba del caballo á cuantos
alcanzaba: no mató á nadie, pero derribó doble número de guerreros que
Marfisa. Las dos heroinas llevaron á cabo estas proezas sin separarse
hasta entonces, por lo cual fueron testigos de sus mútuas hazañas; pero
arrastradas luego por el ardor del combate, se fué cada una por su lado
haciendo sentir el peso de su ira á los aterrados sarracenos. ¿Quién
podria contar el número de guerreros que derribó aquel dia la lanza de
oro? ¿Quién podria calcular el número de cabezas que segó la terrible
espada de Marfisa?
Así como al soplo de tranquilos vientos, cuando las cumbres de los
Apeninos se cubren de verdura, se precipitan á un mismo tiempo dos
torrentes que al caer siguen distinto curso, y van arrancando las peñas
y los copudos árboles de sus elevadas márgenes, arrastrando hácia el
valle los frutos y las mieses, como si compitiesen ambos en el deseo
de dejar huellas más desastrosas de su paso, así tambien las dos
magnánimas guerreras, recorriendo el campo en direccion distinta, iban
causando horrorosos estragos en las filas africanas, la una con su
lanza, y la otra con su espada.
Agramante apenas podia contener á sus soldados, que empezaban á
abandonar sus banderas. En vano preguntaba por Rodomonte, en vano
le buscaba con la vista por todos lados: nadie sabia donde estaba.
Por instigacion del Rey de Argel (segun creia) habia roto el pacto
solemnemente estipulado, poniendo á Dios por testigo; y sin embargo,
este rey habia desaparecido de repente. Tampoco veia á Sobrino, que
se habia retirado á Arlés, rehuyendo toda responsabilidad, y deseando
permanecer extraño al perjurio, cuyo inmediato y terrible castigo
esperaba presenciar aquel mismo dia. Marsilio se habia alejado tambien,
dominado por iguales sentimientos: así es que Agramante no pudo
resistir á las tropas de Cárlos, á los italianos, alemanes é ingleses,
todas gentes aguerridas y denodadas, entre las cuales iban confundidos
los paladines, cual piedras preciosas engarzadas en oro, y cerca de
ellos algunos caballeros sin rival en el mundo, como el intrépido Guido
el Salvaje y los dos hijos de Olivero, y aquellas dos guerreras, cuyas
proezas creo inútil recordar, y que seguian exterminando un número
infinito de moros.
Mas, suspendiendo por algun tiempo el relato de esta batalla, me
propongo ahora atravesar los mares sin auxilio de bajel; pues no es
justo que olvide á Astolfo por ocuparme exclusivamente de las cosas de
Francia.
Ya os he hablado de las mercedes que recibió del Santo Apóstol, y
creo haberos dicho tambien que el rey Branzardo y el de los algaceres
aprestaban sus ejércitos para oponérsele. Estas tropas, reunidas con
la mayor precipitacion, se componian casi de niños, ancianos y hasta
mujeres; porque Agramante, obstinado en su vengativa empresa, habia
dejado por dos veces al África exhausta de hombres: así es que habian
quedado en ella muy pocos en estado de tomar las armas, y por lo
tanto, formaban un ejército cobarde é indisciplinado. No tardaron en
demostrarlo así, pues en cuanto descubrieron á los nubios á lo lejos,
huyeron desordenadamente. Astolfo lanzó tras ellos á sus soldados
mucho más aguerridos, y los fué persiguiendo como si fueran un rebaño
de carneros, dejando el campo sembrado de cadáveres: algunos pocos
consiguieron encerrarse en Biserta con el rey Branzardo; pero el rey
Bucifar quedó prisionero, causando al primero más dolor su pérdida que
si hubiera visto destruido todo su ejército. Siendo Biserta una ciudad
grande, era preciso fortificarla considerablemente, y sin Bucifar
no podia llevar á cabo los trabajos necesarios. Deseoso Branzardo
de rescatarle, buscaba en su imaginacion un medio cualquiera para
conseguirlo, cuando se acordó de que, muchos meses hacia, tenia en su
poder al paladin Dudon, á quien el Rey de Sarza habia cautivado en la
costa de Mónaco, en el primer viaje que hizo á Francia: desde entonces
Dudon, descendiente de Ogiero el danés, habia permanecido encerrado en
una prision.
Branzardo quiso cangearlo por el Rey de los algaceres, y con este
objeto envió un mensajero al jefe de los nubios, sabiendo que Astolfo
era un paladin, y que por lo tanto aceptaria gustoso la proposicion
de salvar á otro paladin. El gallardo Duque accedió en efecto á lo
propuesto por el sarraceno, y rescató á Dudon, el cual le dió infinitas
gracias por su libertad, y se puso á su disposicion para ayudarle en
aquella guerra, tanto por tierra como por mar. Contando Astolfo con un
ejército tan numeroso, que no hubieran podido resistirle siete países
tan extensos como el África, y recordando que el santo Anciano le
habia recomendado muy eficazmente que expulsara á los sarracenos de las
costas de Provenza y Aguasmuertas de que se habian apoderado, eligió
nuevamente de entre sus soldados aquellos que más aptos le parecieron
para los trabajos del mar, y habiéndose llenado las manos tanto como
pudo de hojas de laureles, cedros, olivos y palmas, se dirigió á la
playa y las arrojó á las olas. ¡Oh almas felices y queridas del cielo!
¡Oh efecto sublime de un poder que el Señor concede raras veces á
los mortales! ¡Milagro prodigioso! Apenas tocaron el agua, aquellas
hojas empezaron á crecer de un modo increible; encorváronse y se
hicieron gruesas, largas y pesadas; las venas que las atravesaban
se convirtieron en duras grapas de hierro y sólidos maderos, y
conservando la forma aguda de sus extremidades, quedaron en un momento
transformadas en naves de diferentes clases, y tantas cuantas habian
sido las hojas arrancadas de los árboles.
Fué en efecto un espectáculo asombroso el que ofrecieron aquellas
hojas convertidas milagrosamente en fustas, galeras y otros bajeles.
No menos milagroso fué verlas provistas de velas, remos, obenques y de
todo el aparejo indispensable en un buque. Astolfo encontró bien pronto
quien supiera gobernar su flota á través de los mares y de los vientos
embravecidos; pues las cercanas costas de la Córcega y la Cerdeña le
suministraron excelentes pilotos, timoneles, marineros y patrones. La
expedicion, compuesta de veintiseis mil hombres de todas clases, tuvo
por jefe á Dudon, caballero de gran experiencia, é igualmente valeroso
en mar y tierra.
Aun estaba la flota anclada en la costa de África, esperando un
viento favorable, cuando se presentó en ella un navio cargado con
los prisioneros que Rodomonte habia hecho en el peligroso puente,
donde, segun he dicho varias veces, era tan reducido el espacio para
combatir. Entre dichos prisioneros estaban el cuñado del Conde, el
fiel Brandimarte, Sansoneto y otros muchos caballeros de Alemania, de
Francia y de Gascuña, cuyos nombres creo ocioso recordar. El piloto,
que no sospechaba la presencia del enemigo, echó el ancla en aquella
playa, dejando muchas millas atrás el puerto de Argel donde se habia
propuesto fondear, á no habérselo impedido un fuerte vendabal que
impelió la popa más de lo que debia. Creia llegar con toda seguridad
entre los suyos, como Progne á su bullicioso nido; pero así que vió
el águila imperial, las lises de oro y los leopardos, perdió el
color, como suele perderlo el que pone inadvertidamente su pié sobre
la serpiente venenosa dormida entre la yerba, y se retira pálido y
aterrado huyendo del reptil henchido de rabia y de veneno. No pudiendo
ya el piloto huir, ni sabiendo cómo ocultar á sus cautivos, tuvo
que resignarse á saltar en tierra, y fué conducido con Brandimarte,
Olivero, Sansoneto y otros muchos á la presencia de Astolfo y del
hijo de Ogiero, que manifestaron su alegría al ver á sus amigos: en
recompensa de su trabajo, fué condenado el patron á remar en las
galeras de Astolfo.
El hijo del rey Oton recibió, como os digo, á los caballeros cristianos
con señaladas muestras de placer, é hizo que les prepararan un banquete
en su pabellon, y que les proveyeran de armas y de cuanto necesitasen.
Dudon difirió su salida del puerto accediendo á los deseos de los
recien llegados, cuya conversacion le era sumamente grata, y cuyas
noticias le sirvieron mucho más que si se hubiera hecho á la mar uno ó
dos dias antes. Por ellos vino en perfecto conocimiento del estado en
que á la sazon se hallaban los asuntos de Francia y de Carlomagno, y
supo tambien dónde podria fondear con más seguridad y obtener mejores
resultados. Mientras estaba escuchándolos atento, se oyó un rumor que
iba creciendo por momentos, y unas voces de alarma tan terribles, que
obligaron á los caballeros á hacer mil distintas suposiciones. El duque
Astolfo y sus compañeros se apresuraron á montar á caballo y á empuñar
sus armas, y se dirigieron al sitio en que más fuertemente resonaba
la gritería, inquiriendo por uno y otro lado el motivo del tumulto,
cuando vieron á un hombre tan feroz, que á pesar de ir solo y desnudo,
causaba grandes estragos en el campamento. Iba esgrimiendo un palo tan
duro, tan pesado y tan macizo, que derribaba sin sentido á cuantos
alcanzaba. Ya habia hecho más de cien víctimas, sin que se atrevieran á
contenerle, como no fuera arrojándole saetas desde lejos, pues no habia
nadie tan animoso que osara aproximarse á él.
Dudon, Astolfo, Brandimarte y Olivero, que habian acudido presurosos
al oir aquel estrépito, estaban considerando con asombro la inmensa
fuerza y el valor inusitado de aquel hombre feroz, cuando vieron venir
á una doncella, vestida de negro, que corrió hácia Brandimarte y le
saludó, echándole al mismo tiempo los brazos al cuello. Era la donosa
Flor-de-lis, la doncella que tan viva pasion sentia por Brandimarte, y
que estuvo á punto de volverse loca de dolor cuando dejó á su amante
cautivo en el estrecho puente. Habiendo sabido por el mismo Rodomonte
que Brandimarte habia sido enviado á Argel en compañía de los demás
cautivos, resolvió atravesar los mares para reunirse á él, y se embarcó
en Marsella en una nave de Levante, que pertenecia á un caballero
anciano de la familia del rey Monodante, el cual habia recorrido muchos
países, así por mar como por tierra, para encontrar á Brandimarte,
teniendo por último noticia de que lo hallaria en Francia. Conoció
la jóven al momento á Bardino, que así se llamaba aquel caballero, el
cual habia criado á Brandimarte en la Roca Silvana, despues de haberle
sustraido niño aun al Rey su padre. Cuando Bardino supo la causa del
viaje de Flor-de-lis y el modo cómo su protegido habia pasado al
África, puso su bajel á disposicion de la doncella, y quiso acompañarla
en su travesía. Al llegar á la costa africana, supieron que Astolfo
tenia puesto sitio á Biserta, y les anunciaron que quizás Brandimarte
estaria con él.
Al ver la jóven á su amante, corrió á abrazarle con tanta mayor
alegría, cuanto que sus pasados sinsabores contribuian á aumentarla.
No fué menor el júbilo que sintió el gentil caballero al contemplar
allí á su adorada y constante compañera, á quien amaba más que á todo
en el mundo: le prodigó las más dulces caricias, la estrechó infinitas
veces contra su corazon; sus apasionados besos se sucedian sin poder
saciar su amoroso fuego, y hubieran continuado así largo tiempo, si
Brandimarte, alzando los ojos, no hubiera reparado en Bardino, que
habia venido acompañando á la jóven. Extendió las manos con intencion
de abrazarle y de preguntarle al propio tiempo el motivo de su venida;
pero se lo impidió la multitud de soldados que huian desordenadamente
ante aquel palo que el desnudo loco volteaba en torno suyo, abriéndose
ancho paso.
Flor-de-lis miró atentamente á aquel insensato, y exclamó dirigiéndose
á Brandimarte:--«¡Es el Conde!»--Astolfo conoció tambien á Orlando por
el retrato que de él le hiciera el Santo Evangelista en el Paraiso
terrestre: de otra suerte, nadie hubiera podido sospechar siquiera que
fuese el cortés Paladin aquel ser súcio, insensato, maltrecho y que por
su aspecto se asemejaba más bien á una fiera que á un hombre.
Movido Astolfo á compasion, se volvió á Dudon y Olivero que estaban
cerca de él, y con lágrimas en los ojos les dijo:--«Ahí teneis á
Orlando.»--Los dos caballeros le consideraron con atencion algunos
momentos, quedando mudos de asombro y de estupor al verle en tan
aflictivo estado. La mayor parte de los circunstantes derramaban
lágrimas que arrancaba á sus ojos la piedad y el sentimiento, pero
exclamando Astolfo:--«No es ocasion de llorar, sino de pensar en
curarle,»--saltó del caballo, y lo propio hicieron Brandimarte,
Sansoneto, Olivero y Dudon, rodeando simultáneamente al sobrino de
Carlomagno con intencion de sujetarle. Al verse Orlando encerrado en
aquel círculo, empezó á esgrimir su palo insensata y desesperadamente,
é hizo sentir la fuerza de su brazo á Dudon, el cual, cubriéndose la
cabeza con el escudo, pretendió acometerle, y á no haber sido porque
la espada de Olivero se interpuso amortiguando la fuerza del golpe, el
terrible palo del loco hubiera hecho pedazos el escudo, el yelmo, el
cráneo y la cabeza del hijo de Ogiero. A pesar de esto, destrozó el
escudo, y cayó con tal furia sobre el almete, que el caballero quedó
tendido en el suelo. Sansoneto descargó tambien un tajo sobre el palo,
con tal vigor, que le cortó en redondo más de dos brazas. Brandimarte
cogió entonces á Orlando por detrás, oprimiéndole vigorosamente con
sus brazos, mientras que Astolfo le sujetaba por las piernas; pero
dando el loco una furiosa sacudida, lanzó de espaldas al Duque inglés
á más de diez pasos de distancia, y aunque no pudo soltarse de los
brazos de Brandimarte que le tenia fuertemente asido por mitad del
cuerpo, descargó en seguida tan tremendo puñetazo sobre Olivero, que
lo tendió á sus piés pálido é inanimado y vertiendo sangre por nariz y
ojos. A no ser por el excelente temple del casco que llevaba Olivero,
aquel puñetazo le hubiera quitado la vida, á pesar de lo cual cayó el
caballero cual si su alma hubiese volado al Paraiso.
Astolfo y Dudon se habian levantado, aunque este con la cara hinchada,
y uniendo sus esfuerzos á los de Sansoneto, cuyo golpe habia sido tan
certero, acometieron nuevamente á Orlando. Dudon le sujetó tambien por
detrás, procurando echarle una zancadilla para derribarle; Astolfo y
los demás le cojieron los brazos, y ni aun así podian refrenar sus
violentos ímpetus. El que haya visto á un toro perseguido, cuyas
orejas sujetan con los dientes los perros de presa, y que corre
mugiendo y arrastrando consigo á los tenaces canes de quienes no puede
desprenderse, podrá formarse una idea del espectáculo que presentaba
Orlando arrastrando consigo á todos aquellos guerreros.
Algun tanto repuesto Olivero del puñetazo que tan mal parado le dejara,
levantóse del suelo, y viendo que el sistema seguido por Astolfo
no produciria el resultado que se deseaba, arbitró un medio más á
propósito para derribar á Orlando, lo puso inmediatamente por obra y
surtió el efecto apetecido. Ordenó que le trajeran algunas cuerdas
fuertes, en cuyos extremos hizo lazos corredizos, y logró echarlos á
las piernas, á los brazos y al cuerpo del Conde: en seguida encargó á
cada uno de los guerreros que sostuvieran fuertemente las cuerdas por
el extremo opuesto al lazo, y valiéndose de este medio, consiguieron
tirar al suelo á Orlando como si fuera un buey ó un caballo.
En cuanto le vieron caer en tierra, se arrojaron todos sobre él, y le
ataron más sólidamente de piés y manos: en vano forcejeaba Orlando
desesperado y furioso; sus esfuerzos eran ya impotentes. Astolfo
dispuso acto contínuo que le trasladaran de aquel sitio, manifestando
que queria curarle de su locura; y como Dudon era el de mayor estatura
de todos aquellos guerreros, cargó con él y le llevó hasta la misma
orilla del mar. Astolfo ordenó que le lavaran el cuerpo siete veces,
y que le metieran otras tantas en el agua, hasta hacer desaparecer
de su rostro y de sus miembros la endurecida mugre que los cubria:
despues le tapó la boca, que despedia fuertes resoplidos, con ciertas
yerbas cogidas á este efecto, de modo que solo pudiera respirar por
las narices: destapando en seguida la redoma en que estaba encerrado
el juicio de Orlando, se la aplicó tan cerca de la nariz, que al hacer
Orlando una fuerte aspiracion la vació completamente. ¡Oh prodigio
admirable! El Conde recobró en el acto la razon, y sintió renacer
su inteligencia con mayor claridad y lucidez que nunca. Sucedióle á
Orlando, en cuanto Astolfo hizo desaparecer su locura, lo que al hombre
que despierta de un sueño profundo y penoso: no duerme ya, está en
la plenitud de sus sentidos, y sin embargo, todavía cree contemplar
asombrado las formas horribles de desmesurados mónstruos, que ni
existen ni pueden existir, y se le figura estar haciendo aun las cosas
extrañas é inusitadas que su imaginacion le representaba durante su
sueño.
El Paladin permaneció algunos momentos absorto y estupefacto; miró sin
pronunciar una palabra á Brandimarte, al hermano de la hermosa Alda
y al que le restituyó el juicio, y estuvo largo rato pensando cómo y
cuándo habia ido á parar á aquellas playas. Despues paseó sus miradas
en todas direcciones, sin poder conocer el sitio en que se encontraba,
ni adivinar el motivo de hallarse desnudo y atado de piés á cabeza con
tantas cuerdas. Por fin, dijo, como Sileno á los que le tenian sujeto
en una caverna: «Desatadme,» con rostro tan sereno, con mirada tan
segura y tan distinta de lo que hasta entonces habia sido, que sus
amigos le complacieron, apresurándose á vestirle un traje que mandaron
traer, y esforzándose en consolarle del dolor que le causaba su pasada
locura.
Al volver Orlando á su primitivo estado, más prudente y varonil que
nunca, se sintió tambien emancipado de su funesto amor, hasta el
extremo de que la misma mujer cuyas gracias y perfecciones admiraba
antes, y á quien tan frenéticamente habia amado, le parecia ya un ser
envilecido é indigno de su estimacion, y cifró desde entonces todos sus
deseos y conatos en recobrar cuanto aquel amor le habia arrebatado.
Mientras tanto Bardino participó á Brandimarte la muerte de Monodante,
su padre, y le anunció que venia á ofrecerle la corona, en primer
lugar, de parte de su hermano Giliante, y despues, de la de los
habitantes del archipiélago que se extiende en las más apartadas
regiones del Oriente, país el más rico, más populoso y más placentero
del mundo. Para determinarle á aceptar, adujo, entre otras varias
razones, la de que tal era su deber; le pintó las dulzuras del suelo
pátrio, y le aseguró que en cuanto las hubiera disfrutado, aborreceria
para siempre su vida errante. Brandimarte le contestó que estaba
decidido á permanecer al lado de Orlando, sirviendo á Cárlos mientras
durara la guerra, y que si lograba ver el término de esta, pensaria más
detenidamente en sus propios asuntos.
Al dia siguiente, se hizo á la vela la escuadra mandada por el hijo
del Danés con rumbo á las costas de Provenza. Orlando, sabedor por
Astolfo del estado en que se hallaba la guerra, se unió á él, y ambos
se dedicaron á estrechar el cerco de Biserta, concediendo, sin embargo,
al Duque inglés los honores del mando, á pesar de que este no hacia
más que lo aconsejado por el Conde. Si por ahora no me ocupo de su
plan de ataque, ni de cómo, cuándo y por qué lado se dió el asalto á
la gran Biserta, ni de la batalla que precedió al asalto, ni de los
que compartieron con Orlando la gloria de aquel dia, no os dé cuidado
alguno, porque pronto volveremos á encontrarlos. Dignaos, entre tanto,
escuchar el relato de la derrota que los francos hicieron sufrir á los
moros.
El rey Agramante se vió casi abandonado en lo más fuerte del peligro;
pues los reyes Marsilio y Sobrino se retiraron con muchos paganos á la
ciudad de Arlés, y despues se embarcaron en sus respectivas escuadras,
temerosos de no poder salvarse en tierra: un gran número de gefes y
caballeros del ejército moro imitó en breve su ejemplo. Agramante
continuó resistiendo, á pesar de esta defeccion; pero cuando ya no pudo
más, volvió las espaldas y corrió á encerrarse en la ciudad que estaba
próxima. Bradamante se lanzó en su seguimiento, estimulando á su veloz
Rabican, pues anhelaba darle muerte por haberla privado tantas veces
de su querido Rugiero. Marfisa, á quien animaba el mismo deseo, por
vengar, aunque algo tarde, la muerte de su padre, excitaba á su corcel
con el acicate, comunicándole en cuanto le era posible la misma prisa
que ella tenia. Pero ninguna de las dos pudo llegar á tiempo de impedir
que el Rey penetrase en la ciudad murada, y se salvase luego á bordo de
sus naves.
Cual dos sabuesos esbeltos y valientes, que soltados al mismo tiempo de
la trailla, regresan tristes y pesarosos por haber seguido inútilmente
á los ciervos ó á las cabras monteses, pareciendo como avergonzados
de su lentitud, así retrocedieron las dos doncellas, suspirando al
ver al Pagano en salvo. Sin embargo, no permanecieron ociosas, y
precipitándose en lo más espeso de la fugitiva multitud, hicieron caer
á los botes de su lanza, para no volver á levantarse, á un crecido
número de contrarios. En mala ocasion habian sido derrotados los
moros, pues ni aun huyendo podian salvarse; porque Agramante, para
mayor seguridad suya, mandó cerrar las puertas de la ciudad que daban
al campo y cortar todos los puentes que habia sobre el Ródano. ¡Ah
infelices pueblos! ¡Siempre que los tiranos creen reportar alguna
utilidad, os tratan como rebaños de carneros ó de cabras! Muchos de
los fugitivos se arrojaron al rio; otros al mar; otros enrojecieron
la tierra con su sangre. Pereció la mayor parte de ellos; solo unos
cuantos quedaron prisioneros, porque los demás no podian ofrecer un
buen rescate.
Aun quedan vestigios en Arlés de las espantosas pérdidas que ambos
ejércitos sufrieron en aquella batalla, si bien fué mayor la que en los
Sarracenos causaron Bradamante y Marfisa: no lejos de la ciudad y donde
el Ródano se estanca, se ve todo el campo cubierto de sepulcros.
El rey Agramante habia hecho entre tanto cortar las amarras y dirigir á
alta mar los navios mayores de su flota, dejando los más lijeros cerca
de la costa para recoger á los que á su bordo querian salvarse. Estuvo
dos dias á la vista del puerto para socorrer á los fugitivos, y porque
los vientos le eran contrarios: al llegar el tercero se dió á la vela,
con la esperanza de regresar en breve al África.
Temeroso el rey Marsilio de que entonces le tocara á su España pagar el
desquite de aquella guerra, y de que se desencadenara sobre sus estados
tan negra y deshecha tempestad, hizo rumbo á Valencia, y se dedicó
solícito á poner sus fortalezas en estado de defensa, aprestándose para
la lucha que fué causa de su ruina y de la de sus aliados.
Agramante bogaba en tanto hácia las costas de África en buques mal
armados y peor tripulados; tan exhaustos de hombres, como llenos de
quejas y reconvenciones. Como habian perecido en Francia las tres
cuartas partes del ejército, unos acusaban al monarca de orgullo, otros
de crueldad, otros de insensatez, y cual suele suceder en semejantes
casos, todos le maldecian interiormente; pero contenidos por el temor,
permanecian quietos á la fuerza. Dos ó tres hubo, sin embargo, que
siendo amigos y teniendo más confianza entre sí, se atrevieron á
despegar los lábios y á desahogar su cólera y su despecho; mientras el
mísero Agramante, no viendo en torno suyo más que fingidos semblantes,
y oyendo sin cesar palabras aduladoras, falsas y engañosas, estaba
todavía persuadido de que todos le amaban y le compadecian. El Monarca
africano habia resuelto no desembarcar en las playas de Biserta, porque
sabia positivamente que estaban en poder de los nubios; y por lo tanto
dispuso que su flota fondeara en un punto bastante lejano de la ciudad
sitiada, y á propósito para saltar en tierra con toda seguridad:
una vez logrado esto, pensaba dirigirse en derechura á socorrer á
su afligido pueblo. Mas no correspondiendo su destino adverso á
aquella intencion justa y prudente, quiso que la escuadra formada tan
milagrosamente en las costas africanas con hojas de árboles, que iba
surcando las olas con rumbo á Francia, encontrara á la suya durante la
noche, con un tiempo nebuloso, oscuro y triste, para que fuese mayor el
desórden producido por tan inesperado encuentro.
Agramante ignoraba de todo punto que Astolfo enviara contra él una
flota tan numerosa, y aun cuando se lo hubiesen dicho, tampoco hubiera
creido que una sola rama pudiese producir cien naves; por lo cual
seguia su derrotero sin desconfianza alguna, y sin cuidarse de poner
centinelas ni vigías en las gabias para que le dieran parte de lo que
descubrieran. Las naves cuyo mando confió Astolfo á Dudon, tripuladas
por gente resuelta y animosa, habian divisado la flota mora al ponerse
el Sol; dirigieron las proas en su demanda, abordaron de improviso á
los desprevenidos enemigos, y en cuanto se convencieron por su lenguaje
de que eran moros y por lo tanto adversarios suyos, echaron los ganchos
de abordaje y los garfios encadenados. Fué tan rudo el choque y tan
impetuoso, que muchos buques sarracenos fueron echados á pique por los
grandes navios de Dudon, á los que impelía además un viento favorable.
En seguida trabóse una lucha desesperada, lloviendo sobre los bajeles
de Agramante, el hierro, el fuego y piedras enormes, con tanta furia,
que parecia aquello una tempestad más terrible que cuantas el mar habia
presenciado.
Los soldados de Dudon, á quienes el cielo infundia entonces más pujanza
y denuedo que de ordinario, porque habia sonado la hora de castigar
los infinitos crímenes de los sarracenos, sabian dirigir desde cerca
ó desde lejos tan certeros golpes, que Agramante no encontraba sitio
donde guarecerse: caia sobre él una verdadera lluvia de saetas, y por
todas partes se veia amenazado de espadas, garfios, picas y hachas. Las
máquinas de guerra y los tormentos[143] vomitaban sin cesar piedras
enormes y pesadas, que destrozaban los bajeles de popa á proa, y abrian
en ellos ancho paso á las olas; pero el mayor daño lo causaban las
materias inflamables, produciendo en los buques el incendio tan fácil
de prender como difícil de apagar.
[143] Dábase este nombre en lo antiguo á ciertas máquinas de
guerra, que servian para disparar piedras y otros proyectiles.
La infortunada chusma sarracena, por evitar un peligro se lanzaba
en otro más inmediato, pues los unos, huyendo del acero enemigo, se
arrojaban al mar, donde perecian ahogados; los otros, moviendo á un
tiempo piés y brazos, intentaban salvarse en las lanchas; pero los
que las tripulaban, temerosos de zozobrar por verlas excesivamente
cargadas, rechazaban á los fugitivos. Cuantos se agarraron á los botes
para subir á ellos, dejaron la mano clavada en su borde, yendo su
cuerpo á enrojecer las agitadas olas. Muchos de los que habian contado
con la probabilidad de salvar á nado su vida ó de perderla al menos
de un modo menos doloroso, al ver su esperanza burlada, empezaban á
desfallecer; y para librarse de perecer en el agua, volvian á los
buques que abandonaran por temor al incendio: al llegar junto á
ellos, se abrazaban á un madero ardiendo, y por escapar á dos géneros
de muertes, hallaban en ambos á un mismo tiempo el término de su
existencia. Algunos, aterrados por las saetas ó las hachas que veian en
torno suyo, se precipitaban en el mar, pero en vano; porque no tardaba
en alcanzarles una piedra ó un venablo que impedia su fuga.
Pero será tal vez más útil y conveniente suspender mi canto, puesto
que todavía lo escuchais con deleite, antes de que os llegue á causar
fastidio ó hastío si lo prolongo demasiado.