CANTO XXXVIII.

Rugiero regresa á Arlés.--Marfisa y Bradamante se presentan á

Carlomagno: la primera abraza la fé cristiana.--Astolfo se aleja de

las regiones celestiales y devuelve la vista al Rey de Nubia. Despues

entra con los suyos en el reino de Agramante.--Este monarca hace

un pacto con el emperador Cárlos, mediante el cual confian á dos

guerreros la decision de sus contiendas.

En vuestros ojos leo, ¡oh amables damas! que os dignais escuchar

benévolas mis versos, el disgusto que os causa la nueva y repentina

separacion de Rugiero y Bradamante; observo que sentís casi la misma

pena que sintió esta última al ver alejarse al guerrero, y tal vez

llegais á sospechar que en el corazon de este no debia arder con mucha

intensidad la llama del amor. Tambien yo participaria de vuestra

opinion, si la razon que tuvo para abandonar á su amada contra su

expresa voluntad hubiera sido otra, aun cuando esperara alcanzar un

tesoro mucho más valioso que los que Craso y Creso[138] poseyeron,

pues un gozo tan puro, un contento tan inefable no puede comprarse

con oro ni con plata; pero se trataba de salvar su honor, y en este

caso, no tan solo es digno de disculpa, sino de elogios: portándose

de otro modo, se habria hecho acreedor al mayor baldon é ignominia, y

si Bradamante se hubiese empeñado en detenerle por más tiempo, habria

dado pruebas evidentes de amarle poco ó de tener poco discernimiento;

pues si bien es verdad que la mujer enamorada debe tener la vida del

hombre á quien ama en tanta ó en más estima que la suya propia (me

refiero á aquellas en cuyo corazon han penetrado profundamente las

flechas del amor), tambien lo es que á la felicidad de verle, debe

anteponer siempre el honor de su amante; el honor, más preciado que

la misma vida, por más que prefiramos esta á todos cuantos placeres

existen. Volviendo al lado de su soberano, hizo Rugiero lo que debia;

porque no podia abandonar su servicio sin incurrir en una ignominiosa

bajeza. Si Almonte habia hecho morir á su padre, Agramante era

completamente ajeno á este crímen, aparte de que habia enmendado las

faltas de sus ascendientes con las atenciones que de contínuo prodigó

á Rugiero. El jóven guerrero cumplió, pues, con su deber yendo á

reunirse con el monarca sarraceno, así como Bradamante cumplió con

el suyo, no procurando detenerle á su lado, como hubiera podido, con

sus insistentes ruegos. Tiempo vendrá en que á Rugiero le sea posible

satisfacer los deseos de su amada y los suyos propios, si ahora no los

ha atendido: pero el que empaña su honor, aunque no sea más que un

momento, no puede borrar la mancha en él producida, aun cuando viva

cien y cien años.

[138] Triumviro romano el primero y rey de Lidia el segundo,

célebres por sus inmensas riquezas.

Rugiero volvió á Arlés, donde Agramante habia reunido las tropas que

le quedaban. Mientras tanto Marfisa y Bradamante, que unidas casi por

los vínculos del parentesco, habian contraido una estrecha amistad,

llegaron al sitio en que Cárlos, apelando á todos los medios de que

disponia, reunia un numeroso ejército, con la esperanza de terminar en

una sola batalla ó en un asalto general aquella guerra, tan prolongada

como enojosa. Bradamante fué conocida en cuanto se presentó en el

campamento, y acogida con las mayores muestras de alegría y solicitud.

Todos la saludaron y honraron á porfía, mostrándose ella á su vez

afable y bondadosa con todo el mundo. Reinaldo corrió á su encuentro

apenas tuvo noticia de su llegada; Riciardo, Riciardeto, sus demás

parientes, todos, en fin, se apresuraron á felicitarla por su regreso.

No bien circuló la noticia de que su compañera era Marfisa, aquella

guerrera tan famosa por sus hechos de armas y que tan preciados

laureles habia conquistado desde el Catay hasta las fronteras de

España, todos los guerreros, desde el más poderoso hasta el más

humilde, salieron de sus tiendas: la multitud, deseosa de ver

aquellas dos hermosas guerreras, acudia por todas partes á su paso,

y se agolpaba, se empujaba y se oprimia en tropel en su afan por

contemplarlas. Presentáronse á Carlomagno con gran reverencia. Segun

dice Turpin, aquel fué el primer dia que se vió á Marfisa arrodillada;

pues el hijo de Pepino le pareció el único mortal digno de semejante

homenaje, entre cuantos reyes ó emperadores, así cristianos como

sarracenos, eran celebrados por sus virtudes ó sus riquezas. Cárlos las

acogió benignamente; salió á recibirlas fuera de su tienda, y quiso

que se sentaran á su lado con preferencia á todos los reyes, príncipes

y señores de su corte. Ordenóse á la multitud que se retirara, y en

presencia de lo más selecto del séquito del Emperador, de los paladines

y de los principales magnates, empezó Marfisa á hablar de esta suerte

con halagüeña voz:

--Excelso, invicto y glorioso Augusto, que desde los mares de la India

al Tirintio estrecho[139], y desde la nevada Escitia hasta la abrasada

Etiopía haces respetar tu cándida cruz; ¡oh tú, el más sábio y justo

de todos los reyes! sabe que vengo desde el más apartado confin de la

Tierra, atraida por el rumor de tu fama ilustre, para la que no hay

límite alguno. Hablándote con entera ingenuidad, te diré que únicamente

la envidia me obligó á emprender tan largo viaje, y que solo he venido

para luchar con tus guerreros, proponiéndome que no existiera en el

mundo un rey tan poderoso cuya religion fuera opuesta á la mia. Por

esta razon he enrojecido los campos con sangre cristiana, y estaba

dispuesta á darte otras y más terribles pruebas de mi cruel enemistad,

si no hubiera ocurrido una circunstancia que ha trocado en amistad mi

ódio. Cuando pensaba causar mayores daños á tus huestes, supe (más

adelante te diré cómo) que fué mi padre el bravo Rugiero de Ris,

engañado y vendido traidoramente por su pérfido hermano. Mi madre me

llevó en su seno á través de los mares, y dióme á luz en medio de la

mayor miseria. Fuí criada por un mágico, hasta que una horda de árabes

me arrebató de su lado, cuando apenas contaba siete años: mis raptores

me vendieron en Persia como esclava á un rey, á quien dí muerte cuando

llegué á la pubertad, por haber pretendido arrancarme mi virginidad.

Exterminé con él á todos sus secuaces; arrojé del reino á su perversa

estirpe, y me apoderé del trono. Fué tal mi buena estrella, que me hice

dueña de siete reinos, á pesar de que mi edad no pasaba uno ó dos meses

de los diez y ocho años. Envidiosa, como he dicho, de tu fama, formé el

decidido empeño de debilitar el brillo de tu ínclito renombre: tal vez

hubiera realizado mi propósito, ó quizás tambien me habria engañado.

Pero habiendo sabido, despues de estar en Francia, que me unen á tí los

lazos del parentesco, forzoso me ha sido domar mis insanos designios, y

hacer que mi furor plegara sus alas. Así como mi padre fué tu pariente

y servidor, tambien lo soy yo, por lo cual doy al olvido aquella

envidia y aquel ódio protervo que un tiempo sentí contra tí, ó más

bien lo reservo para hacerlo recaer sobre Agramante y sobre todos los

parientes de su padre y su tio, que con tanta perfidia asesinaron á mis

padres.

[139] El estrecho de Gibraltar, al que el poeta llama Tirintio,

aplicándole uno de los sobrenombres de Hércules, que, segun la

fábula, fué quien le abrió.

Marfisa continuó diciendo que queria abrazar la fé cristiana, y

regresar despues de haber inmolado al rey Agramante, y con el

beneplácito de Cárlos, á sus dominios de Oriente, con objeto de

bautizar á sus súbditos y empuñar sus armas contra todas las naciones

que adoraran á Mahoma y Trivigante, prometiendo que todas sus

conquistas serian para el imperio y en beneficio de la religion de

Cristo.

El Emperador, cuya elocuencia igualaba á su valor y sabiduría, prodigó

mil elogios á Marfisa, así como á su padre y á todo su linaje: contestó

con la mayor benignidad á cuanto habia dicho la guerrera, y concluyó

declarando que la acogia gustoso, no solo como á pariente, sino como á

su propia hija.

Al decir estas palabras, se levantó, abrazóla de nuevo y la besó en

la frente en señal de adopcion. Todos los caballeros de las casas de

Mongrana y Claramonte se adelantaron entonces á felicitar á Marfisa.

Fuera prolijo referir las consideraciones que le prodigó Reinaldo, el

cual habia tenido muchas veces ocasion de admirar sus proezas, cuando

fué con los suyos á asediar á Albracca. No lo seria menos manifestar

la alegría que al verla tuvieron Guido, Aquilante, Grifon y Sansoneto,

que pelearon con ella en la ciudad de las mujeres homicidas, así como

Malagigo, Viviano y Riciardeto, para quienes habia sido tan fiel é

intrépida compañera, cuando los dos primeros escaparon de las manos

de los pérfidos maguntinos y de los impíos moros españoles que iban á

venderlos.

Dispúsose para el dia siguiente, cuidando el mismo Cárlos de todos los

preparativos, un paraje lujosamente adornado, donde Marfisa recibiera

el bautismo. El Emperador llamó á los obispos y á los doctores de la

religion cristiana, encargándoles que instruyesen á la doncella en

los misterios de nuestra Santa Fé. El arzobispo Turpin, revestido

de pontifical, derramó sobre su cabeza las purificadoras aguas del

bautismo, siendo Carlomagno su padrino en la sagrada ceremonia.

Pero ya es tiempo de llenar el cerebro vacío del insensato Orlando

con el contenido de la botella, de que el duque Astolfo iba provisto

al descender en el carro de Elias desde el cielo más bajo[140]. Al

descender Astolfo de la luciente esfera, se posó en la montaña más alta

de la Tierra, llevando el precioso frasco que debia sanar el juicio

del valiente entre los valientes. San Juan indicó en aquella montaña

al Duque de Inglaterra una yerba de propiedad maravillosa, con la cual

quiso que frotara los ojos del rey de Nubia y le devolviera la vista,

á fin de que dicho rey, en agradecimiento de este inmenso favor y de

los ya recibidos, le proporcionara tropas suficientes para asaltar á

Biserta. El santo anciano le enseñó despues punto por punto el medio

de armar y disciplinar á aquellas tropas inexpertas, para que pudiera

atravesar sin peligro los desiertos de arena que tan funestos eran á

los hombres.

[140] Segun el sistema astronómico de Ptolomeo, el cielo más

próximo á la Tierra, y por lo tanto el más bajo, era el de la

Luna.

Montando de nuevo en el caballo alado que fué primero de Atlante y de

Rugiero despues, dejó el Paladin aquellas regiones bienaventuradas,

despidiéndose de San Juan, y siguiendo las orillas del Nilo, llegó en

breve al país de los Nubios, y descendió en la capital, pasando en

seguida á visitar á Senapo. Extraordinario fué el júbilo que causó al

Rey su regreso, pues no habia podido olvidar el gran beneficio de que

le era deudor por haberle librado de las molestas arpías; pero cuando

Astolfo hizo desaparecer de sus ojos aquel espeso humor que le privaba

de la luz, y le devolvió la vista, le adoró y reverenció como si fuera

un dios, y no solo le proporcionó la gente que le pedia para llevar

la guerra al reino de Biserta, sino que puso á sus órdenes cien mil

hombres más, ofreciéndose tambien él á marchar con la expedicion. El

ejército era tan numeroso, que apenas cabia en una llanura extensa;

estaba formado exclusivamente de infantería, porque en aquel país

hay mucha escasez de caballos, aunque los camellos y elefantes se

encuentran en gran abundancia. Durante la noche que precedió al dia en

que debia emprender la marcha el ejército de Nubia, montó el Paladin

en su hipogrifo, se dirigió con raudo vuelo hácia el Mediodia hasta

llegar al monte donde tiene su orígen el viento austral que sopla

contra las Osas, y encontró la caverna, por cuya estrecha boca se

escapa furioso aquel viento, siempre que se despierta. Siguiendo las

órdenes de su maestro, habia llevado un odre vacío, que colocó tácita

y cautelosamente en el respiradero del antro donde dormia fatigado el

fiero Noto; el cual cayó tan bien en aquel lazo, para él desconocido,

que cuando al dia siguiente quiso salir de la caverna, quedó cautivo y

encadenado en el odre.

Contento el Paladin con tal presa, volvió á la Nubia, y en el mismo dia

emprendió la marcha al frente de aquel ejército negro, seguido de un

gran convoy de provisiones. El glorioso Duque llegó al pié del Atlas

con toda felicidad y sin haber perdido un solo hombre; pues aunque tuvo

necesidad de atravesar los desiertos de arena, no pudo molestarle

el viento, puesto que lo llevaba aprisionado. Cuando hubo traspuesto

la montaña, y llegado á un sitio desde el que se descubria una

extensa llanura y las costas, eligió las tropas más escogidas y mejor

disciplinadas de su ejército, y formando con ellas dos cuerpos, las

colocó á uno y otro lado de la falda del monte. Dejándolas allí, subió

á la cumbre, absorto al parecer en elevados pensamientos; y cayendo de

rodillas, dirigió á su santo maestro una ferviente oracion, seguro de

que sus ruegos serian atendidos; despues de lo cual se puso á arrojar á

la llanura una gran cantidad de piedras.

¡Oh! ¡cuánto le es dado hacer al que deposita toda su confianza en

Jesucristo! Aquellas piedras, al rodar por la montaña, iban creciendo

de un modo sorprendente y extraordinario; formaban vientres, patas,

cuellos y hocicos, y á medida que se alejaban de la cumbre, se las

oia relinchar clara y distintamente: en cuanto llegaban á la llanura,

sacudian las grupas, y quedaban convertidas en caballos bayos,

castaños ó tordos. Los soldados que estaban apostados á la entrada

del valle, se apoderaban inmediatamente de ellos; de suerte que en

pocas horas estuvieron todos perfectamente montados, pues cada caballo

habia aparecido con su silla y su freno correspondiente. Así fué como

Astolfo en un dia convirtió á ochenta mil ciento dos infantes en otros

tantos ginetes, con los cuales recorrió toda el África, talándolo é

incendiándolo todo á su paso y haciendo innumerables prisioneros.

Agramante habia confiado la custodia del país, hasta su regreso, al

rey Brancardo y á los de Fez y de los Algazeres, los cuales acudieron

á oponerse á las correrías del Paladin; pero antes despacharon al Rey

de África un mensajero embarcado en una nave lijera, con encargo de

que hiciera fuerza de remo y velas, á fin de informar á Agramante de

los ultrajes y daños que sufria su reino por parte del Rey de Nubia. El

enviado navegó dia y noche sin descanso, hasta llegar á las costas de

Provenza, donde encontró á su Rey cercado en Arlés por Carlomagno, que

estaba acampado á una milla de distancia. Al tener noticia el monarca

africano del peligro á que dejaba expuesto su reino por conquistar

el de Pepino, reunió en un consejo general á los reyes y príncipes

del pueblo sarraceno, y despues de fijar atentamente sus excrutadoras

miradas en Marsilio y en Sobrino, los dos reyes más ancianos y

prudentes de cuantos habian acudido á su llamamiento, se expresó en

estos términos:

--Por más que esté convencido del mal efecto que produce el oir

lamentarse á un general en jefe de su falta de prevision, no tendré

reparo en confesar la mia, mucho más cuando mi sinceridad puede servir

de legítima excusa á un error, orígen de males que no estaban al

alcance de la inteligencia humana. Confieso, pues, ingénuamente que

cometí un error al dejar el África indefensa sin prever que el ejército

nubio podia invadirla. Pero ¿quién, sino Dios, único que conoce el

porvenir, hubiera podido pensar que viniese á talar nuestros Estados

el ejército de un país tan apartado del nuestro, y del que nos separan

inmensos desiertos de movediza arena? Sin embargo, nada más cierto:

aquella nacion enemiga ha puesto sitio á Biserta, despues de dejar el

África despoblada en su mayor parte. Ahora bien: deseo saber vuestra

opinion sobre tan importante asunto. ¿Debo alejarme de aquí sin recoger

el fruto de nuestros trabajos, ó proseguir esta empresa hasta llevarnos

á Cárlos prisionero? ¿Creeis que sea posible salvar mi trono de África

y destruir el imperial á un tiempo mismo? Si alguno de vosotros lo

cree así, le ruego que hable, á fin de adoptar el mejor partido, y

ponerlo en ejecucion sobre la marcha.

Así dijo Agramante, y fijó su vista en el Rey de España, que estaba

sentado junto á él, como si quisiera darle á entender que esperaba su

respuesta á cuanto habia dicho. Marsilio dobló la rodilla, inclinó la

cabeza en señal de reverencia, volvió á ocupar su elevado asiento, y

pronunció estas palabras:

--Señor: la fama acostumbra exajerar todas las noticias que propaga, ya

sean buenas ó malas Persuadido de esta verdad, jamás me abandono á la

desesperacion ni redoblo mi audacia ó me entusiasmo más de lo que es

debido, por malos ó buenos que sean los casos en que la fama me haya

puesto: por el contrario, siempre temo ó espero que su importancia sea

menor, y nunca creo que sucedan del modo cómo llegan á nuestros oidos

á través de tantas bocas. Cuanta menos verosimilitud haya en lo que se

nos anuncia, tanto mayor debe ser nuestra incredulidad. Ahora bien:

¿es siquiera presumible que un rey de tan apartada nacion haya sentado

su planta en la belicosa África, seguido de un innumerable ejército y

teniendo que atravesar las arenas por las que Cambises hizo marchar

á su ejército con funesto presagio?[141] Más bien estoy dispuesto á

creer que sean árabes bajados de las montañas, que se hayan puesto á

talar y saquear el país, cometiendo algunas muertes aisladas y haciendo

algunos cautivos, por haber encontrado poca ó ninguna resistencia,

y que Branzardo, lugarteniente y virey de aquellos países, haya

abultado los sucesos á fin de hacer más disculpable su falta de celo

y actividad. Pero quiero conceder más: doy por supuesto que sean en

efecto los nubios, milagrosamente llovidos del cielo, ó trasladados

ocultamente entre las nubes, como lo hace creer el no haberles visto

nunca por el camino. ¿Puedes recelar que una gente como esa saquee el

África, aun cuando no envies tropas en su socorro? ¡Menguado por demás

seria el valor de tus súbditos, si temieran á un pueblo tan pusilánime!

Bastará que envies algunas naves, y que se vean los colores de tus

banderas, para que esos insensatos, ya sean nubios ó árabes, á quienes

la circunstancia de encontrarte aquí con nosotros, separado por el mar

de tu reino, ha infundido el atrevimiento de declararte la guerra,

huyan de nuevo á sus guaridas tan pronto como aquellas zarpen de estas

costas. Aprovecha, pues, la ocasion que te ofrece para vengarte la

ausencia del sobrino de Carlomagno. No estando Orlando aquí, ni un

solo cristiano podrá resistir tu acometida. Mas si por negligencia ó

imprevision dejas perder la honrosa victoria que te espera, puedes

tener por cierto que la fortuna te volverá las espaldas, con gran

vergüenza y eterno baldon para nosotros.

[141] Cambises, rey de Persia y vencedor del Egipto, marchó

contra Libia y destacó 50,000 hombres de su ejército, para

destruir el templo de Júpiter Ammon: á los siete dias de marcha

llegaron á un Oásis, y desde allí continuaron su camino á través

de los desiertos, sin que volviera á tenerse noticia de ellos,

por lo que se supone que todos perecieron sepultados en las

arenas.

Con estas y otras razones se esforzaba el rey Marsilio en persuadir

al Consejo que no salieran de Francia los sarracenos hasta arrojar á

Carlomagno de sus estados. Pero el rey Sobrino, que conocia claramente

la intencion del de España, y sabia que hablaba en pró de su interés

personal y no en el de sus aliados, respondió así:

--¡Ojalá hubiera sido un falso adivino, cuando te aconsejaba, Señor,

que no rompieras la paz! ¡Ojalá hubieras creido á tu fiel Sobrino, ya

que mis presentimientos no me engañaban, en vez de escuchar al soberbio

Rodomonte, á Marbalusto, á Alzirdo y á Martasino, á los cuales

quisiera tener ahora frente á frente, pero en especial al primero,

para recordarle su presuntuosa promesa de romper la Francia cual si de

frágil vidrio fuera, y de seguir al Cielo ó al Infierno tus banderas, ó

más bien, la de abrirles el camino de la victoria. Y ahora, ¿qué es lo

que hace? En el momento en que más necesaria es su ayuda, se entrega á

un ócio indigno y despreciable, mientras yo, que fuí entonces tachado

de cobarde por predecirte la verdad, no te he abandonado un momento,

como no te abandonaré hasta perder esta vida, que, aunque agobiada por

el peso de los años, arriesgaré uno y otro dia en tu favor, combatiendo

contra todo el que de francés lleve el nombre. Ninguno, sea quien

fuere, se atreverá á decir que he cometido una sola accion villana:

antes bien, muchos que se han jactado más que yo, no han hecho más ni

siquiera tanto como tu leal Sobrino. Hablo de este modo para demostrar

que lo que dije entonces, y lo que voy á decirte, no debe atribuirse á

perfidia ni á cobardía, sino que es fruto de una verdadera amistad y de

una sincera adhesion.

»Yo te aconsejo que vuelvas á los estados de tu padre sin demora

alguna, pues el que pierde lo propio por conquistar lo ajeno no da

pruebas de tener el juicio sano. Si esto puede llamarse conquista,

harto lo sabes. Treinta y dos reyes feudatarios tuyos salimos contigo

de las costas africanas: si intentas ahora contarlos, los verás

reducidos á una tercera parte: los demás han perecido. Plegue al Dios

Todopoderoso que no caigan más; porque si intentas proseguir la guerra,

mucho temo que no quede la cuarta ni siquiera la quinta parte, y que

tu pueblo sea exterminado completamente. Es indudable que la ausencia

de Orlando redunda en beneficio nuestro; porque, si él estuviera con

los suyos, tal vez no quedáramos los pocos que aun vivimos; pero esta

circunstancia no aleja de nosotros el peligro, por más que prolongue

nuestra triste suerte. Acaso ¿no está contra nosotros Reinaldo, cuyas

hazañas le colocan á tanta altura como á su primo? ¿No tenemos que

combatir contra todos sus parientes y contra los paladines, terror

eterno de nuestros soldados? ¿No cuentan con el apoyo de ese segundo

Marte (y advierte que alabo á mis enemigos bien á pesar mio), con el

valeroso esfuerzo de Brandimarte, tan intrépido como Orlando, y cuya

pujanza he tenido ocasion de esperimentar en parte, y en parte la

he conocido á costa de otros? Muchos dias hace que ha desaparecido

Orlando, y sin embargo, hemos perdido más de lo que hemos ganado.

»Y si hasta aquí llevamos la peor parte, temo que en adelante nuestros

reveses sean mayores. Mandricardo ha perecido; Gradasso nos ha privado

de su auxilio; Marfisa nos ha abandonado en la ocasion más crítica, y

lo mismo ha hecho el Rey de Argel, del cual puedo decir que si fuese

tan leal como valiente, poco nos importaria la pérdida de Gradasso ó de

Mandricardo. Mientras nos hemos quedado sin auxiliares tan poderosos, y

los nuestros han perecido á millares, y nuestras provincias, haciendo

el último esfuerzo, nos han enviado todos sus guerreros y no esperamos

ya naves con refuerzos, han venido á colocarse bajo las banderas de

Cárlos cuatro campeones, tenidos, y con razon, por tan valientes como

Orlando ó Reinaldo; pues desde aquí hasta Batrun[142], con dificultad

se encontrarán otros cuatro que se les igualen. Ignoro si sabeis

quiénes sean Guido el Salvage, Sansoneto y los hijos de Olivero;

en cuanto á mí, me inspiran más admiracion y más recelo que todos

los príncipes y caballeros que de Alemania ó de otro cualquier país

extranjero han venido á militar á las órdenes del Emperador en contra

nuestra. Por lo mismo, no creo que estemos en el caso de tener en poco

los refuerzos que llegan sucesivamente al campamento cristiano.

[142] Ciudad de Siria, al S. de Trípoli cerca del mar.

»Cuantas veces salgas al campo, otras tantas llevarás la peor parte

ó serás derrotado. Si África y España tuvieron con frecuencia que

ceder cuando eran diez y seis contra ocho, ¿qué sucederá despues que

la Italia y la Alemania se han unido con la Francia y el ejército

anglo-escocés, y cuando tengamos que pelear seis contra doce? ¿Qué

otra cosa podemos esperar sino baldon y daño? Si pretendes continuar

obstinado esta empresa, perderás al mismo tiempo tus soldados aquí,

y allá tu corona; pero si te decides á regresar, salvarás nuestros

intereses y tambien tu trono. Comprendo que seria una cosa indigna de

tí abandonar á Marsilio, y que si tal hicieras todos te calificarian de

ingrato; pero queda un remedio: ajusta la paz con Cárlos, cosa que debe

agradarle, si á tí te agrada. Si te avergüenzas de pedir la paz, tú que

has sido el primero en recibir la ofensa, y no desistes de combatir,

á pesar del resultado que estás viendo, procura á lo menos quedar

vencedor; lo cual podrá suceder, si me das crédito, si confias á uno

de tus caballeros el cuidado de dirimir tus querellas, y si el elegido

es Rugiero. Bien sabes, como yo, que nuestro Rugiero con las armas en

la mano vale tanto como Reinaldo ú Orlando ó cualquier otro caballero

cristiano; pero si te empeñas en dar una batalla general, por más que

el valor de ese jóven sea sobrehumano, él no será nunca más que uno

solo, al paso que tus enemigos serán muchos. Mi opinion es la de que

envies á decir al Rey cristiano, si así te parece, que para terminar de

una vez la guerra, y con objeto de que cese el derramamiento de sangre

de uno y otro ejército, le propones un combate entre el más valeroso

de sus caballeros y uno de los tuyos, y que reasuman ambos en sí toda

la guerra, hasta que el uno venza y el otro sucumba; pero con la

condicion de que el rey del vencido haya de ser tributario del rey del

vencedor. No creo que Cárlos rechace esta condicion, aun cuando conozca

la ventaja. Fio tanto en el vigoroso denuedo de Rugiero que espero que

salga vencedor; y como por otra parte nos asiste la razon, estoy seguro

de que vencerá, aunque tuviese que pelear con el mismo Marte.»

Con estas y otras razones no menos eficaces, logró Sobrino que se

adoptara su parecer, nombrándose acto contínuo los intérpretes, que

pasaron en el mismo dia á llevar á Cárlos la embajada. El Emperador,

que contaba con tantos guerreros intrépidos, dió por suya la victoria,

y nombró para llevar á cabo aquella empresa al paladin Reinaldo, en

quien, despues de Orlando, tenia mayor confianza. Uno y otro ejército

acogieron con júbilo este acuerdo, pues ambos estaban ya cansados y

pesarosos de una guerra que fatigaba á la vez su cuerpo y su espíritu.

Cada cual se habia propuesto pasar en el reposo el resto de sus dias, y

cada cual maldecia interiormente la ira y el furor que tantas riñas y

contiendas habian suscitado.

Reinaldo, que se veia tan enaltecido por la preferencia con que el

monarca cristiano le habia honrado sobre todos los demás campeones, se

aprestó gozoso al combate: tenia en poco á Rugiero, y estaba persuadido

de que no podria resistirle, ni siquiera hacerle frente, por más que

hubiera dado muerte á Mandricardo en el palenque. En cuanto á Rugiero,

si bien le envanecia el honor de haber sido elegido por su rey para tan

importante empresa como el mejor de todos los guerreros mahometanos,

se mostraba triste y apenado, no por efecto del temor; pues ni

retrocederia ante Reinaldo, ni ante él y Orlando reunidos, sino por la

idea de que su adversario era hermano de su adorada y fiel prometida,

la cual le dirigia en sus cartas contínuas quejas, mostrándose cada

vez más contrariada y resentida. Pensaba, y con razon, que si á las

anteriores ofensas añadia la de salir á combatir y tal vez á matar á

su hermano, el amor que por él sentia hasta entonces se convertiria en

un ódio tan violento, que con dificultad podria aplacarle. Mientras

Rugiero se lamentaba á sus solas por verse obligado á sostener muy

á pesar suyo aquella lucha, su amada derramaba copiosas lágrimas

por haber llegado á las pocas horas tan funesta nueva á sus oidos.

Golpeábase el pecho, mesaba sus dorados cabellos, heria sus inocentes

y llorosas mejillas, y acusando al destino de cruel, llamaba á Rugiero

ingrato y despiadado. Cualquiera que fuese el resultado del combate,

no podria menos de ser terriblemente doloroso para ella. Se le partia

el corazon solamente al pensar que Rugiero pudiera sucumbir en la

contienda; pero si el Dios de los cristianos, haciéndoles sentir el

peso de su enojo, permitia que la Francia fuese vencida y humillada,

resultaria para Bradamante un daño más transcendental y lamentable;

porque no solo perderia á su hermano, sino que le seria ya de todo

punto imposible, á no ser que arrostrara la vergüenza, el baldon y

la enemistad de todos los suyos, reunirse á su prometido esposo tan

públicamente como deseaba, y tal como se habia propuesto muchas veces,

pensando en ello dia y noche: aunque por otra parte, los lazos de amor

y los juramentos que unian á los dos amantes eran tan terminantes y

formales, que no habia medio de retractarse ó arrepentirse.

En medio de su desesperacion, acudió á socorrerla aquella que jamás la

abandonaba en la adversidad: me refiero á la mágica Melisa, que no pudo

menos de estremecerse al oir los lamentos y sollozos de Bradamante. Se

esforzó en consolarla, y le ofreció que en la ocasion oportuna pondria

remedio á sus cuitas, é impediria aquella lucha futura, causa de su

llanto y de sus desvelos.

Entre tanto Reinaldo y Rugiero aprestaban sus armas para el combate:

concedióse la eleccion de estas al campeon del Romano imperio, y

Reinaldo, que desde la pérdida de Bayardo no habia vuelto á montar á

caballo, quiso que la pelea fuese á pié, y que sus armas consistiesen

en coraza, cota de malla, hacha y puñal. Ya fuera efecto de la

casualidad, ó consejo de su cauto y perspicaz Malagigo, el cual sabia

que para los tajos de Balisarda no servian de nada las armaduras,

convinieron los dos guerreros, como he dicho, en que no harian uso de

la espada. En cuanto al sitio del combate, lo señalaron en una gran

llanura próxima á los antiguos muros de Arlés.

Apenas salió la vigilante Aurora del palacio de Titon para dar

principio al dia prefijado y anunciar la hora designada para el

combate, cuando se adelantaron los heraldos de uno y otro campo, y

levantaron pabellones en los extremos del palenque, cerca de los

cuales establecieron dos altares. Al poco rato se vió salir, escuadron

por escuadron, al ejército pagano, y en medio de él al Rey de África

cubierto con una magnífica armadura, y rodeado de toda la pompa y

suntuosidad orientales. A su lado cabalgaba Rugiero sobre un caballo

bayo, de negras crines, frente blanca y patas traseras de igual color:

el arrogante Marsilio no se desdeñaba de servir de escudero al jóven

campeon, llevando el casco que Rugiero ganara poco antes con tanto

trabajo al Rey de Tartaria, aquel casco, inmortalizado ya por otros

versos, y que mil años antes habia usado el troyano Héctor. Otros

príncipes y señores de la corte se habian repartido las restantes

armas, incrustadas de piedras preciosas y admirablemente cinceladas de

oro.

Carlomagno salió casi al mismo tiempo de sus atrincheramientos con sus

tropas cuidadosamente formadas en órden de batalla. Rodeábanle sus

famosos Pares; y junto á él marchaba Reinaldo, cubierto con todas sus

armas, menos el yelmo que fué de Mambrino, confiado á la sazon á Ogiero

el dinamarqués, uno de los paladines. Llevaban las dos hachas de armas,

una el duque Namo, y otra, Salamon, rey de Bretaña.

Cárlos reunió á todos los suyos á un lado del palenque: los moros

africanos y españoles se formaron al otro lado. Entre uno y otro

ejército quedaba un gran espacio vacío: cualquiera que se atreviese á

entrar en él, seria castigado con la muerte, segun mútuo acuerdo de

los dos monarcas. Despues de conceder la segunda eleccion de armas al

campeon del ejército pagano, se adelantaron dos sacerdotes de una y

otra religion con un libro en la mano: en el del uno estaba escrita

la perfecta vida de Jesucristo; en el del otro el Coran: el emperador

acompañaba al sacerdote del Evangelio, y Agramante acompañaba al otro.

Acercóse Cárlos al altar levantado por los suyos, y elevando las manos

al cielo, exclamó:

--¡Oh Dios eterno, que quisiste morir por redimir nuestras almas! ¡Oh

Vírgen sacratísima, cuya virtud fué tan grata al Supremo Hacedor, que

Dios tomó en tus entrañas la forma humana, y le llevaste nueve meses en

tu santo seno, conservando siempre tu inmaculada pureza! Sed testigos

de que prometo, si sucumbe mi campeon en la pelea, que yo y todos

mis sucesores pagaremos al rey Agramante, ó á quien le suceda en el

gobierno de sus estados, veinte cargas anuales de oro puro, y prometo

tambien empezar la tregua, que se convertirá en paz perpétua: si falto

á mi promesa, inflámese en el acto vuestra formidable cólera, y caiga

sobre mi cabeza y la de mis hijos, de modo que se comprenda desde luego

que la hemos merecido por no haber cumplido nuestra palabra: solo os

suplico que mi pueblo se libre de vuestro justo castigo.

Mientras Cárlos hablaba así, tenia la mano puesta sobre el Evangelio y

los ojos fijos en el cielo.

Aproximóse entonces Agramante al altar que los paganos habian adornado

espléndidamente, y juró que regresaria al África con todo su ejército,

y pagaria á Cárlos un tributo igual, si Rugiero quedaba vencido aquel

dia, añadiendo que desde luego existiria entre ellos una tregua con

las condiciones enunciadas antes por el Emperador. Imitando á este,

puso por testigo á Mahoma, con la mano colocada sobre el libro que le

presentaba su sacerdote, de que prometia observar fielmente cuanto

habia ofrecido. Los dos monarcas se separaron en seguida con presteza,

volviendo cada cual á ponerse al frente de sus tropas. Adelantáronse

acto contínuo entrambos campeones, para prestar su respectivo

juramento. Rugiero prometió que, si su rey le ordenaba por sí mismo

ó por cualquier otro conducto la suspension del combate, abandonaria

su servicio y pasaria á militar á las órdenes del Emperador. Reinaldo

juró á su vez que, si Carlomagno era causa de que se interrumpiera el

combate, mientras no quedara vencido ninguno de los dos campeones, se

uniria al ejército de Agramante.

Una vez terminadas las ceremonias preliminares, pasó cada cual al lado

de los suyos, y á los pocos momentos dieron los clarines la señal del

combate. Los animosos guerreros salieron á encontrarse con paso lento

y estudiado. Inmediatamente empezó el ataque, y se oyó resonar el

ruido de las armas, que esgrimian con sin igual presteza. Con el hacha

ó con el puñal se descargaban furiosos golpes en la cabeza y en las

piernas con tal destreza y agilidad, que solo viéndolo podia creerse.

Rugiero, que combatia contra el hermano de la que poseia su destrozado

corazon, procuraba herirle con tal miramiento, que le creyeron menos

valiente que su adversario: más atento á la defensa que al ataque, él

mismo no sabia lo que deseaba; pues al paso que le hubiera disgustado

profundamente dar muerte á Reinaldo, no queria tampoco perder su vida.

Pero he llegado á un punto en que es preciso suspender este relato. En

el canto siguiente oireis su conclusion, si quereis venir á escucharla.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 14 / 22 章