CANTO XXXVII.

Atraidos Rugiero y las dos doncellas por los lamentos que se oian en

el valle inmediato, encuentran á Ulania y sus compañeras á quienes

Marganor habia cortado los vestidos.--Los dos amantes y Marfisa

acometen al infame y vengan aquella afrenta.--Marfisa hace cambiar la

ley que estaba establecida en el castillo de Marganor, y este perece

á manos de Ulania.

Si así como las mujeres ponen noche y dia todo su cuidado y diligencia

en obtener los dones que la Naturaleza no puede proporcionar sin el

arte, y como han practicado con buen éxito las acciones más sublimes,

se hubieran dedicado á aquellos estudios que inmortalizan las virtudes

humanas, y hubiesen podido cantar por sí mismas sus propias alabanzas

sin necesidad de mendigar el auxilio de los escritores, á quienes el

despecho y la envidia corroe el corazon de tal modo, que ocultan con

frecuencia el bien que de ellas pueden decir, y publican el mal por

todos los medios que están á su alcance, tan enaltecido se veria su

nombre, que tal vez llegaria á empañar la brillante fama de los varones

más eminentes. No contentos muchos poetas, en especial los antiguos,

con prodigarse mútuamente el incienso de la adulacion, estudian

asíduamente el modo de poner en relieve todas las imperfecciones de

la mujer, y para impedir que llegue á prevalecer sobre el hombre, se

esfuerzan cuanto pueden en oscurecer su mérito, cual si el esplendor

del sexo femenino pudiera amenguar el del nuestro, lo mismo que las

nubes disminuyen la intensidad de los rayos del Sol. Pero jamás ha

tenido bastante poder la lengua con sus discursos ni la mano con sus

escritos, por más que hayan cifrado todos sus conatos en aumentar el

mal y disminuir el bien, para destruir la gloria de la mujer hasta el

extremo de no dejar alguna parte de ella, aun cuando desgraciadamente

han logrado que no llegara ni con mucho á donde debiera.

Harpalice[118], Tomiris[119], las heroinas, que socorrieron á Turno y

á Héctor[120], la princesa que, seguida de Tirios y Sidonios, atravesó

los mares para establecerse en la Libia[121], Zenobia[122], la famosa

reina que llevó sus armas victoriosas por la Asiria, la Persia y la

India[123], y otras muchas, no fueron las únicas damas dignas de la

inmortalidad por sus esclarecidos hechos de armas. Y no tan solo

Roma y Grecia tuvieron el privilegio de dar al mundo mujeres fieles,

castas, prudentes y esforzadas: todos los países de la Tierra las

han producido, desde las márgenes del Indo hasta las playas de las

Hespérides, donde el Sol recoje su cabellera; pero los escritores

falsos, injustos y envidiosos de su tiempo apenas nos han dejado el

recuerdo de una por cada mil. Continuad á pesar de esto vuestro camino,

¡oh mujeres amantes de la virtud! sin que os detenga el temor de no

adquirir la honrosa fama que vuestras elevadas acciones merecen; pues

así como no hay cosa buena que dure siempre, tampoco se perpetúan las

malas, y si hasta ahora habeis carecido de escritores que enaltecieran

vuestras sublimes virtudes, en la época actual contais con ellos. Hoy

os dedican sus cantos Marullo, el Pontan, los dos Strozzi, padre é

hijo; el Bembo, el Cappel, el que ha hecho adquirir á sus cortesanos

el mismo gusto que siente por la poesía, Luis Aleman y esos dos

príncipes, tan queridos de Marte como de las Musas y descendientes de

los soberanos de la comarca que atraviesa el Mincio y está rodeada de

anchurosos lagos. El amor, la fé y el invencible y esforzado ánimo

que aun en presencia de los mayores peligros ha demostrado Isabel

por uno de estos príncipes, han hecho que él os pertenezca más que

á sí mismo, aun cuando ya era inclinado por instinto á honraros y

reverenciaros, y á hacer resonar el Pindo y el Cinthio con vuestras

alabanzas, elevándolas hasta el mismo Cielo: por esta razon se

manifiesta incansable en celebraros en sus versos llenos de fuego, y

por esta razon tambien está siempre dispuesto á tomar las armas para

castigar á los que os ultrajen. No existe en el mundo un caballero

más decidido que él á perder su vida en defensa de la virtud, y al

mismo tiempo que con sus acciones da á los poetas inagotable materia

para ensalzarle, eterniza la fama de los demás con sus escritos. Digno

es por lo tanto de que el Cielo le concediera una esposa dotada de

tan inestimables prendas como la que más de su sexo, una esposa de

constancia inalterable, y que haya sido para él una verdadera columna,

despreciando todos los reveses de la fortuna[124]. ¿Dónde se vieron

nunca dos esposos más dignos el uno del otro? Coloca nuevos trofeos

en la orilla del Oglio; pues entre el fragor de las armas, de los

carros, de los incendios y de las olas ha escrito versos tan sonoros y

melodiosos, que el cercano rio se manifiesta envidioso de su gloria.

[118] De esta guerrera se ha hablado en una nota del canto XX.

[119] Reina de los masagetas: marchó contra Ciro, que habia

invadido sus estados, le venció, le hizo prisionero y le mató

por vengar la muerte de su hijo.

[120] La primera fué Camila, y la segunda Pentesilea, reina de

las amazonas, de quienes ya se ha hablado.

[121] Dido, princesa de Sidon, y fundadora de Cartago en África.

[122] Reina de Palmira. El emperador romano Galieno quiso

apoderarse de sus estados, pero no pudo conseguirlo.

[123] Semíramis, reina de Babilonia.

[124] Esta dama era Victoria Colonna, hija de Fabricio Colonna,

gran condestable de Nápoles. Fué esposa del marqués de Pescara;

cultivó con éxito la poesía, y se hizo célebre por su ternura

conyugal.

Al par de ese ilustre príncipe, un Hércules Bentivoglio enaltece

vuestras virtudes en agradables poesías; Renato Trivulcio, mi querido

Guideto y Molza, favorito de Febo, segun vosotras mismas decís, os

dedican tambien sus versos, lo mismo que Hércules, duque de los

Carnutos é hijo de mi señor, el cual despliega sus alas, y cual canoro

cisne se remonta cantando por los aires y llevando vuestro nombre

hasta el cielo. El Marqués del Vasto, no contento con ofrecer, merced

á sus prodigiosas hazañas, suficientes asuntos en que se inspiraran

todos los antiguos poetas de Roma y Atenas, se ensaya asimismo en

inmortalizaros con sus escritos. Y aparte de estos y de otros muchos

que os han glorificado y os glorifican en sus canciones, vosotras

tambien sabeis dejar eterno recuerdo de vuestras virtudes; pues

abandonando por un momento la aguja y el hilo, habeis ido y vais aun

en número considerable á extinguir con las Musas vuestra sed en la

fuente de Aganipe[125], regresando de ella tan inspiradas, que más

bien necesitamos los hombres de vuestros auxilios que vosotras de los

nuestros. Si pretendiera recordar aquí los nombres de estas ilustres

poetisas, y ocuparme de cada una de ellas en particular, ponderando

cual merecen sus excelencias, me veria precisado á escribir más de un

pliego y dedicar hoy mi trabajo exclusivamente á este asunto. Si me

limito á pronunciar cinco ó seis nombres, podrán ofenderse ó enojarse

con razon las que no cite. ¿Qué haré pues? ¿Las pasaré á todas en

silencio, ó escogeré una sola entre tantas? Escogeré una sola; pero la

elegida será tal, que su nombre hará enmudecer á la envidia, y nadie

podrá llevar á mal que me calle con respecto á las demás y solo á ella

la celebre. La dama á quien me refiero, no solo se ha hecho inmortal

por ese estilo tan dulce cual no he oido otro alguno, sino que con

sus palabras ó escritos podria muy bien sacar de la tumba á cualquier

mortal, haciéndole vivir eternamente. Así como Febo derrama sobre

su cándida hermana rayos más luminosos que sobre Venus y Maya[126]

y cuantas estrellas giran con el cielo ó tienen movimiento propio,

así tambien la facundia y la elocuencia inspiran á la dama de que

os hablo más dulcemente que á todas las demás, y prestan tal vigor

á sus altos y luminosos pensamientos, que engalana con un nuevo sol

al cielo. Victoria es su nombre, perfectamente adecuado á la que ha

nacido entre los triunfos y á la que siempre está rodeada de laureles y

trofeos, y parece haber encadenado á la victoria. Semejante á la fiel

Artemisa[127], que tan celebrada fué en la antigüedad por el recuerdo

piadoso que dedicó á su Mausoleo, Victoria tiene sobre aquella reina

la ventaja de que en vez de haber sepultado á su esposo, ha conseguido

resucitarle en la memoria de los vivos, obra bastante más digna y

meritoria. Si Laodamia[128], si la mujer de Bruto[129], si Arria[130],

Argía[131], Evadne[132], y otras muchas merecieron alabanzas por

haber querido seguir á sus maridos en el sepulcro, ¿cuántas mayores

no deberán tributarse á Victoria por haber arrancado el nombre de su

esposo á las aguas del Leteo y á las del rio que rodea nueve veces

el tenebroso abismo, á pesar de las Parcas y de la Muerte? Si el

héroe macedonio envidió al fiero Aquiles la sonora trompa meónica que

celebró sus hazañas[133], ¿cuánta mayor envidia te tendria ¡oh invicto

Francisco de Pescara! si hubiese vivido en esta época, al ver que la

más casta de las esposas, tan adorada por tí, te tributa en sus versos

el honor que se te debe, y que merced á ella resuena tu ilustre nombre

por el universo hasta el extremo que pudieras desear? ¡Oh! Si quisiera

consignar en el papel todo cuanto pudiera ó desearia decir de tí,

ilustre Victoria, mi tarea seria por demás larga y prolija, aunque no

tanto que no me quedara una gran parte por manifestar, y en el ínterin

dejaria en suspenso la bella historia de Marfisa y sus compañeros, que

os prometí continuar si acudíais á oir este canto. Ya que estais aquí

para escucharme, y yo dispuesto á cumplir mi promesa, guardaré para

mejor ocasion mi propósito de cantar las alabanzas de tan esclarecida

dama, no por tener la pretension de que mis versos sean necesarios

á quien bastan y sobran sus propias y dulcísimas rimas, sino por

satisfacer mis deseos de honrarla y alabar su virtuoso corazon.

[125] Manantial al pié del Stelicon en Fceida, que estuvo

consagrado á las Musas, por cuya razon se les daba algunas veces

el nombre de Aganipedes.

[126] Nombre dado por los astrónomos á las siete pléyades, que

forman una constelacion septentrional.

[127] Reina de Halicarnaso, célebre por su amor conyugal.

Erigió á su esposo Mausoleo un sepulcro tan magnífico que fué

considerado como una de las maravillas del mundo.

[128] Hija de Acasto, rey de Yolcos, y mujer de Protesilao.

Para consolarse de la pérdida de su esposo, muerto en el sitio

de Troya, mandó hacer una estátua parecida á él, de la cual no

se separaba nunca. Su padre Acasto hizo quemar dicha estátua,

para quitar este triste espectáculo á su hija; pero Laodamia se

acercó á la hoguera, y arrojándose en las llamas, perdió la vida.

[129] Porcia, hija de Caton de Útica, y mujer de L. Junio Bruto.

Despues que su esposo, vencido por Octavio en la batalla de

Filipos, se dió desesperado la muerte, Porcia le imitó tragando

carbones hechos ascuas.

[130] Arria, dama romana, esposa de Cecina Poeto. Habiendo

conspirado su marido contra el emperador Claudio, fué condenado

al suplicio. Arria para decidirle á darse la muerte, hundió un

puñal en su pecho, y presentándolo en seguida á su esposo, le

dijo: «Toma, esto no hace ningun mal.» Poeto la imitó al momento.

[131] Argía, hija de Adrasto y mujer de Polinice. Cuando la

derrota de los siete jefes que perecieron delante de Tebas,

sepultó á su esposo, uno de los muertos, á pesar de las órdenes

del cruel Creonte que lo habia prohibido, y siendo sorprendida,

fué condenada á muerte.

[132] Evadne, hija de Marte y de Teba, y esposa de Capaneo, uno

de los jefes citados en la nota anterior. Fué á buscar el cuerpo

de su marido que yacia en el campo de batalla, le puso en la

hoguera como era costumbre, y se echó tambien en ella, muriendo

abrasada al par del cadáver de su esposo.

[133] Entiéndase: si Alejandro el grande, rey de Macedonia,

envidió la suerte de Aquiles, cuyas hazañas celebró Homero en la

_Iliada_, etc.

Concluyo, pues, adorables mujeres, afirmando que en todos los tiempos

han existido muchas de vuestro sexo dignas de figurar en la Historia;

pero cuyos nombres han quedado sepultados en el olvido por efecto de

la envidia de los escritores, lo cual no sucederá ya en adelante pues,

que vosotras mismas sabeis inmortalizar vuestras virtudes. Si las dos

cuñadas hubieran sabido hacer otro tanto, hoy conoceríamos con mayor

exactitud todas sus hazañas: me refiero á Bradamante y á Marfisa, cuyas

ínclitas proezas procuro sacar á luz, aunque me esfuerzo en vano, pues

solo he podido averiguar la décima parte de ellas: en cuanto á las que

conozco, ya veis cuán voluntariamente las canto, no solo porque es

un deber el descubrir toda heróica accion donde quiera que se halle

oculta, sino tambien porque mi mayor anhelo es el de hacerme agradable

á vuestros ojos, ¡oh encantadoras mujeres, á quienes amo y venero!

Como os decia, preparábase Rugiero á emprender su marcha, y se habia

despedido ya de sus compañeras y sacado su espada del ciprés sin que el

árbol se lo estorbara como anteriormente, cuando oyó gritos lastimeros

y cercanos que llamaron poderosamente su atencion; y seguido de las dos

jóvenes, se lanzó hácia el sitio de donde al parecer salian aquellos

gemidos, con objeto de prestar el auxilio que el caso requiriese.

Cuanto más avanzaba, más claras y distintas llegaban las quejas á

sus oidos: una vez en el valle, vieron tres mujeres desconsoladas y

llorosas y en una situacion algo extraña; pues una mano atrevida y

criminal les habia cortado las faldas de sus vestidos hasta el ombligo,

y no sabiendo cómo ocultar su desnudez, se mantenian sentadas sin

atreverse á levantarse. Así como aquel hijo de Vulcano que salió del

polvo sin auxilio de madre alguna, y fué despues confiado por Palas

á los cuidados de la curiosa Aglaura, ocultaba la deformidad de sus

piés permaneciendo constantemente sentado en el carro, del que fué

inventor[134], del mismo modo ocultaban aquellas tres jóvenes las cosas

que debian tener secretas, permaneciendo sentadas en el suelo.

[134] Erichtonio, rey de Atenas, fué hijo de Vulcano, el cual le

formó de barro, animándole con el fuego de que era dios. Palas,

hermana de Vulcano, apenas vió animado al pequeño Erichtonio, lo

metió en un canasto de mimbre perfectamente tapado, y lo confió

á las hijas de Cecrops, fundador de Atenas, llamadas Aglaura,

Hersé y Pandroso, prohibiéndoles que lo abriesen; pero las dos

primeras, no pudiendo resistir á la curiosidad, destaparon

el canasto y descubrieron á Erichtonio, haciendo público el

secreto: entonces Palas, irritada, llamó á las Furias é hizo

que se apoderasen del corazon de Aglaura y Hersé, las cuales,

perdida la razon, se arrojaron desde lo alto de la ciudadela de

Atenas. Cecrops, para aplacar á la diosa, adoptó á Erichtonio,

y le dejó heredero del trono de Atenas; pero al crecer el hijo

de Vulcano, observó que sus piernas eran muy deformes, no

atreviéndose á presentarse á sus vasallos, inventó un carro, en

el cual iba siempre, llevando escondida la parte inferior de su

cuerpo.

Aquel espectáculo increible y deshonesto hizo que en los rostros de

las dos magnánimas guerreras apareciera el color que suele tener en

la Primavera la rosa de los jardines de Pesto. Bradamante contempló

con alguna atencion á aquellas jóvenes y conoció en una de ellas

á Ulania, la embajadora que habia venido á Francia desde la isla

Perdida; y conoció tambien á las otras dos jóvenes por haberlas visto

en otra ocasion acompañando á la primera. Se dirigió, sin embargo,

á la embajadora, y le preguntó qué mano impía y menospreciadora de

toda ley y toda costumbre habia podido descubrir á los ojos de los

demás los secretos que la misma Naturaleza al parecer se esfuerza en

encubrir. Ulania que conoció al instante, por sus armas y por su voz,

á la guerrera que pocos dias atrás habia derribado de la silla á tres

campeones, le refirió que los moradores de un castillo próximo, gente

perversa y despiadada, además de inferirles la afrenta de cortarles

los vestidos, las habian azotado y causado otros daños: añadió que

ignoraba lo que habia sido del escudo de oro, y de los tres reyes que

la venian acompañando á través de tantos países, cuya suerte desconocia

por completo; y terminó diciendo que se dirigia por aquel camino, no

obstante lo mucho que le pesaba caminar á pié, para denunciar tal

ultraje á Carlomagno, con la esperanza de que no lo dejaria impune.

[Ilustración: Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos

cortados.

(Canto XXXVII.)]

Esta narracion, y la vista de aquella grave injuria, excitó la

indignacion de Rugiero y de las dos guerreras, cuyos corazones eran tan

compasivos como fuertes y valientes; y olvidando sus propios asuntos, y

sin aguardar siquiera á que la afligida Ulania les rogara que tomasen

á su cargo su venganza, emprendieron inmediatamente el camino del

inhospitalario castillo. Pero antes se quitaron de comun acuerdo las

sobrevestas con las cuales pudieron cubrir la desnudez de aquellas

desdichadas: Bradamante no quiso tolerar que Ulania siguiera caminando

á pié, y la hizo montar á la grupa de su caballo, y Rugiero y Marfisa

hicieron lo mismo con las otras dos jóvenes.

La embajadora indicó á Bradamante la via que más directamente

conducia al castillo, y en cambio la hija de Amon procuró consolarla,

asegurándole que castigaria al que la habia ofendido. Salieron

del valle, y empezaron á subir una montaña por un sendero largo y

tortuoso: el Sol se habia ocultado ya tras los mares, y nuestros

caminantes no se habian concedido aun el menor reposo, cuando en

la empinada cumbre de un monte de difícil acceso vieron una pequeña

aldea, en donde hallaron el mejor albergue y cena que era compatible

con las condiciones de aquel lugar. Examinaron atentamente cuanto les

rodeaba, y observaron que por todas partes habia mujeres, ya viejas,

ya jóvenes, pero no vieron el rostro de un solo hombre. No fué tan

grande el asombro de Jason y de los argonautas que con él iban, al ver

que en toda la extension de la isla de Lemnos no existian siquiera dos

varones, por haber dado muerte las mujeres de la misma á sus esposos,

padres, hijos y hermanos[135], como el que experimentaron en aquella

aldea Rugiero y sus compañeras.

[135] Habiendo pasado los habitantes de Lemnos á la Tracia

con objeto de asolar el país, robaron allí un gran número de

mujeres que llevaron á su isla, pero encolerizadas las esposas

de aquellos cuando supieron que iban á dejarlas por las recien

llegadas, se concertaron y en una sola noche asesinaron á todos

cuantos hombres habia en la isla excepto uno á quien su hija

Isifile pudo salvar.

Bradamante y Marfisa hicieron que se proporcionasen á Ulania y á las

doncellas de su servidumbre tres vestidos, si no tan lujosos como

los que llevaban, á lo menos completos. Rugiero llamó á una de las

mujeres que habitaban allí, y le manifestó sus deseos de saber dónde

estaban los hombres de aquella tierra, puesto que no veia ninguno. La

interrogada satisfizo su curiosidad de esta manera:

--Lo que tal vez es para vos un motivo de asombro, es una pena aguda

é intolerable para nosotras, que vivimos en la soledad más triste; y

como si sus rigores no fueran ya bastantes, nuestros padres, esposos

é hijos, á quienes tanto amamos, se hallan muy lejos de nosotras,

condenados á una triste separacion por un dueño tan tirano como cruel.

Este bárbaro señor nos ha relegado á los confines de sus tierras, donde

hemos nacido, y que apenas distan dos leguas de aquí, despues de

habernos hecho sufrir mil dolorosas injurias, amenazando con la muerte

y los suplicios más terribles á nuestros parientes y á nosotras mismas,

si ellos se atreven á venir á nuestro lado, ó si llega á su noticia que

nosotras nos permitimos recibirles. Hasta tal extremo nos ódia, que

no tolera nuestra proximidad á él, ni que se nos reuna alguno de los

nuestros, como si le emponzoñara el olor del sexo femenino. Dos veces

se han despojado los árboles de su verde cabellera, y otras dos se han

engalanado con ella, desde que ese infame señor se entrega impunemente

á su furor sombrío: sus vasallos le temen como á la misma muerte;

porque á su mal corazon ha añadido la naturaleza un vigor sobrenatural.

Su cuerpo, de estatura gigantesca, está dotado de más fuerza que cien

hombres juntos: y su crueldad no se limita á nosotras, que somos

sus vasallas, sino que se ensaña doblemente con las extranjeras. Si

apreciais vuestro honor y el de esas tres damas que os acompañan, os

será mucho más útil, bueno y seguro no pasar adelante y seguir otro

camino; pues este conduce al castillo del hombre de que os hablo, en

donde os será forzoso someteros á la infame ley que ha establecido, con

daño y vergüenza de las damas y caballeros que pasan por su territorio.

Marganor el felon (así se llama el señor, el tirano de aquel castillo)

supera en crueldad al mismo Neron y á cuantos se hayan hecho famosos

por sus iniquidades: su deseo de saciarse con sangre humana, y en

especial con la de las mujeres, es mayor que el del lobo ansioso de

beber la sangre del cordero; y cuantas damas llegan, por su mala

estrella, á su castillo, son arrojadas de él, despues de haber tenido

que soportar la afrenta más vergonzosa.

Rugiero y sus compañeras manifestaron deseos de conocer la causa de

aquel ódio implacable, y suplicaron á su huéspeda que les hiciera la

merced de continuar, ó más bien de relatarles la historia por completo.

--«El señor del Castillo, dijo la aldeana, fué siempre de instintos

crueles, inhumanos y feroces; pero durante algun tiempo supo ocultarlos

tan bien, que nadie los pudo adivinar. Mientras vivieron sus dos

hijos, cuya índole era muy distinta de la de su padre, pues acogian

benignamente á los extranjeros, y en su corazon no tenia entrada la

crueldad ni demás villanas inclinaciones, florecian en aquella mansion

la hidalguía, las suaves costumbres y las acciones honrosas. Su padre,

á pesar de su avaricia, jamás quiso privarles de cuanto les era grato.

Los caballeros y las damas que pasaban por este camino, recibian tan

halagüeña hospitalidad, que se alejaban prendados de la amabilidad y

galantería de los dos hermanos. Ambos habian recibido al mismo tiempo

las sagradas órdenes de caballería, y ambos eran gallardos, ardorosos

y de régio continente: llamábase el uno Cilandro, y Tanacro el otro.

Por sus hechos merecian toda clase de elogios y distinciones, como los

hubieran seguido mereciendo sin duda, á no haberse dejado dominar por

ese deseo que llamamos amor, por culpa del cual se apartaron del camino

recto y se intrincaron en el laberinto del error, mancillando de un

golpe la honrosa conducta de su vida entera.

»Llegó cierto dia al castillo de Marganor un caballero de la corte

del Emperador de Oriente con una dama de recatado porte, y tan bella

como pudiera anhelar el más exigente deseo. Cilandro se apasionó de

ella hasta tal punto, que temió morir, si no alcanzaba su posesion: le

parecia que, al alejarse aquella dama, se iria con ella su existencia.

Conociendo que por medio de los ruegos no conseguiria nada, se decidió

á hacerla suya por la fuerza. Armóse, y se emboscó á corta distancia

del castillo, por donde debian pasar al partir: su acostumbrada audacia

y el fuego que ardia en su corazon no le dieron tiempo para reflexionar

en lo que iba á hacer; así fué que en cuanto divisó al caballero, salió

á atacarle frente á frente. Creia poder vencerle al primer encuentro y

alcanzar de un solo golpe la victoria y la conquista de la dama; pero

el caballero, que era más diestro en el manejo de las armas, le hizo

pedazos la coraza, cual si fuera de vidrio. No tardó Marganor en saber

la triste nueva, y ordenó que trasladaran á su hijo en un féretro al

castillo: al contemplarle muerto, prorumpió en acerbo llanto, é hizo

que enterraran el cadáver en el sepulcro de sus antepasados.

»Esta desgracia no influyó para nada en la hospitalidad que se

concedia á los caballeros y damas transeuntes; porque Tanacro no era

menos galante ni menos gentil que su hermano. En el mismo año llegó

de lejanas tierras un magnate con su esposa; él maravillosamente

apuesto; ella tan donosa y bella cuanto es presumible, y digna de todo

encomio, lo mismo por su belleza, que por su honestidad y su esforzado

ánimo. Aquel caballero descendia de una estirpe ilustre y generosa;

era tan valiente como el guerrero de mayor fama, y bien necesitaba

reunir tan envidiables dotes quien poseia el amor de una dama de tan

excelentes y valiosas prendas. Olindro de Longueville era el nombre del

guerrero: Drusila el de su esposa. Tanacro sintió por ella una pasion

tan violenta como la que concibiera su hermano por la dama, causa

de su desastrosa muerte. Lo mismo que él, buscó todos los pretextos

imaginables para violar la sagrada y santa hospitalidad, antes que

resignarse á sufrir la muerte que indudablemente le ocasionarian sus

irresistibles deseos; pero recordando el triste ejemplo de su hermano,

víctima de su poco meditada resolucion, se propuso robar á la dama de

modo que Olindro no pudiera vengar su deshonra. Pronto se extinguió

en él aquel virtuoso y digno proceder que guiaba todos sus pasos, y

pronto tambien se vió envuelto en las cenagosas aguas del vicio, en

cuyo fondo habia permanecido constantemente su padre. Durante la noche

reunió sigilosamente veinte hombres armados, y se emboscó con ellos en

cierta gruta que habia en el camino del castillo y algo apartada de él.

Apenas se presentó Olindro al dia siguiente, le cerraron el paso, le

cortaron la retirada por todas partes, y á pesar de su heróica y tenaz

resistencia, perdió la vida y la mujer á un tiempo mismo.

»Muerto Olindro, Tanacro se llevó cautiva á la hermosa dama, cuya

desesperacion era tal, que se negaba resueltamente á vivir y pedia por

favor que le arrancasen la existencia.

»Decidida á no sobrevivir á su esposo, se arrojó al fondo de un

precipicio; mas no pudo conseguir su intento, aun cuando quedó herida

en la cabeza y lastimosamente magullada. Tanacro la hizo conducir al

castillo en unas parihuelas: mandó que se la asistiera cuidadosamente,

pues no queria perder tan codiciada presa, y en tanto que se acercaba

su restablecimiento, lo iba preparando todo para celebrar la boda,

resuelto como estaba á ofrecer el título de esposa á una tan bella y

honesta dama.

»En esto se cifraban los pensamientos, los deseos, los cuidados y las

conversaciones todas de Tanacro. Conociendo que la habia ofendido,

confesaba su culpa y hacia cuanto le era posible por enmendarla;

pero todo en vano: cuanto mayor era su cariño y más se esforzaba en

demostrárselo, mayor era y más intenso el ódio que Drusila le tenia,

y más firme su resolucion de vengarse de él matándole; pero este ódio

no la cegaba hasta el punto de desconocer que, si queria ver logrado

su propósito, le era fuerza disimular, apelar á la astucia, hacer ver

á Tanacro lo contrario de lo que sentia, y fingir haber olvidado su

primer amor, aceptando el que el asesino de su esposo le ofrecia. Su

rostro afectaba una completa calma, pero en su corazon hervia el deseo

de venganza, único que la animaba. Muchos planes formó: adoptó unos,

desechó otros y aplazó algunos. Por último, juzgó que realizaria mejor

su intento, sacrificando ella misma su existencia; porque ¿qué suerte

más venturosa podria apetecer que la de perder su vida por vengar

á su adorado esposo? Mostróse, pues, sumamente gozosa, fingiéndose

impaciente por efectuar el matrimonio proyectado: lejos de manifestar

repugnancia, procuraba allanar cuantos obstáculos podian demorarle,

y hasta se adornaba y engalanaba con cierta coquetería, ni más ni

menos que si hubiera entregado á su Olindro al más completo olvido.

Sin embargo, una condicion impuso: la de que las bodas se celebrasen

al uso de su país. Nada menos cierto que la costumbre que, segun

indicó, existia en su patria; pero no ocurriéndosele otro medio de

matar á Tanacro, imaginó un pretexto engañoso para conseguir el buen

éxito de su plan. Esta costumbre era la siguiente: La que vuelve á

contraer matrimonio, antes de unirse á su nuevo esposo, debe aplacar

los manes del difunto á quien ofende, haciendo celebrar misas y honras,

en remision de sus pasadas culpas, en el templo en que descansan los

restos de su primer esposo; y una vez terminado el sacrificio, recibe

el anillo nupcial de mano de su nuevo cónyuge; pero en el intermedio,

el sacerdote que celebra la ceremonia ha de pronunciar algunas

oraciones apropiadas al caso sobre el vino preparado á tal efecto; y

despues de bendecirlo y escanciarlo en una copa, lo ha de presentar

á la esposa, que debe ser la primera en beber, pasándolo despues al

esposo.

»Tanacro, á quien importaba muy poco que se hicieran las bodas como

ella deseaba, dijo:--«Con tal de acelerar el término venturoso de

nuestra union, consiento gustoso en cuanto quieras.»--El insensato no

podia sospechar que Drusila procuraba vengar por este medio la muerte

de Olindro, y que entregada á sus ideas de venganza, no hallaba cabida

en su mente otro pensamiento.

»Acompañaba á Drusila una anciana, que habia sido aprisionada al mismo

tiempo que ella: llamóla y le dijo recatadamente á fin de que nadie

pudiera enterarse:--«Prepárame un tósigo rápido y violento, de esos

que sabes componer, y tráemelo en un pomo; pues he hallado el medio de

quitar la vida al infame hijo de Marganor, y el de que ambas huyamos de

este castillo, medio que te explicaré cuando estemos más despacio.»--La

anciana salió, preparó el veneno, lo puso en un pomo y volvió al

palacio. Drusila vertió en un frasco de dulce vino de Candía aquel

jugo emponzoñado, y lo guardó para el dia de las bodas, que estaba ya

próximo.

»Vestida lujosamente y engalanada con ricas joyas, se dirigió al templo

el dia designado: siguiendo sus órdenes, se habia colocado sobre dos

columnas el ataud de Olindro. Inmediatamente se cantó un solemne oficio

con asistencia de una concurrencia numerosa. Marganor, más alegre que

de costumbre, formaba parte de ella, colocado al lado de su hijo y

rodeado de sus amigos. En cuanto terminaron las fúnebres exequias, el

sacerdote bendijo el vino con el tósigo que contenia, y lo echó en

una copa de oro, tal como Drusila habia dicho. Esta bebió cuanto era

compatible con su decoro y podia surtir el efecto deseado, y ofreció

en seguida la copa con rostro sereno á su nuevo esposo, el cual apuró

su contenido. Apenas Tanacro devolvió la copa al sacerdote, abrió los

brazos para estrechar entre ellos á Drusila; pero esta, abandonando

entonces su fingida dulzura y su apacible aspecto, le rechazó

violentamente, prohibiéndole que pusiera en ella sus manos. Inflamados

los ojos y el rostro por su furor, oculto por tanto tiempo, esclamó con

voz terrible y desentonada:

--»¡Traidor, apártate de mí! ¿Cómo has podido imaginar que te

concediera momentos de júbilo y placer en cambio de las lágrimas, de

las penas y martirios que me has ocasionado? Mi propósito ha sido otro:

el de que murieras á mis manos; porque has de saber que ese licor que

acabas de beber era un veneno. Lo que me pesa es que hayas tenido un

verdugo demasiado honroso para lo que tú mereces, y que tu muerte sea

tan rápida y fácil; pues tu delito es tan grande, que no sé dónde

pudiera hallar manos y penas bastante afrentosas para castigarlo.

Duéleme tambien no haber podido proporcionarte una muerte comparable

á mi sacrificio; pues si me hubiera sido dable matarte á medida de mi

deseo, mi venganza seria completa. ¡Perdóneme mi dulce esposo, si no

lo he hecho así, y ojalá acepte mi buena voluntad; bien ve que, si no

he podido hacerte morir como hubiera deseado, he empleado á lo menos

cuantos medios han estado á mi alcance! Pero me consuela la esperanza

de ver sufrir á tu alma en el otro mundo el castigo que en este no

he logrado imponerte segun mis deseos; y entonces, ¡con cuánto gozo

presenciaré tu tormento!»

»Despues añadió con alegre rostro y elevando al Cielo sus ojos

empañados por la proximidad de la muerte:

--»¡Acepta benigno, Olindro mio, esta víctima que te ofrece tu esposa

en venganza de tu muerte, é impetra del Eterno la gracia de que me

permita estar hoy contigo en el Paraiso! Si te dice que no pasa á

vuestro reino ningun alma que no haya contraido algun mérito especial,

dile que me he hecho acreedora á tal merced, ofreciéndole en su santo

templo los ópimos despojos de este mónstruo perverso y detestable, y

que no hay obra más meritoria que la de purgar la Tierra de seres tan

abominables é impíos.»

«Al decir estas palabras apagóse su voz y su vida al mismo tiempo: aun

despues de muerta, parecia brillar en su rostro la alegría de haberse

vengado del cruel que la privara de su esposo. No sé si Tanacro exhaló

su postrimer aliento antes ó despues que ella; aunque sospecho que

fué antes, por cuanto los efectos debieron ser más rápidos en él en

atencion á que habia bebido mayor cantidad. Marganor, que vió caer á

su hijo moribundo, y le contempló despues sin vida entre sus brazos,

estuvo próximo á expirar del inmenso dolor que laceró su corazon.

¡Tenia dos hijos, y á la sazon le rodeaba la más espantosa soledad!

Dos mujeres les condujeron á tan triste fin: la muerte del primero

habia sido causada por apoderarse de la una: la otra se la habia dado

al segundo por su propia mano. El amor, la compasion, el enojo, el

dolor, la ira, el desesperado deseo de muerte y de venganza producian

una violenta tempestad en el corazon del desgraciado y solitario padre,

que se estremecia como las furiosas olas agitadas por el viento. Fuera

de sí, se arrojó sobre Drusila sin tener en cuenta que era un cadáver

yerto; y arrebatado por la cólera, empezó á ultrajar aquel cuerpo

inanimado. Cual la serpiente que en vano muerde el hierro que la tiene

clavada en la arena, ó como el mastin que corre tras el guijarro

que le arroja el viandante, y mordiéndole inútilmente con rabia, se

resiste á alejarse sin venganza, así Marganor, más irritado que todas

las serpientes y los mastines juntos, procuraba saciar su furor en

el exánime cuerpo de Drusila; pero viendo que los destrozos que en

él ocasionaba no podian mitigar su vengativa saña, acometió á las

mujeres que habia en el templo, sin respetar á unas más que á otras,

y desnudando cruel é impío el acero, hizo con nosotras lo mismo que

el labrador hace en la yerba con su hoz. Nada pudo detenerle, y en un

momento mató á treinta é hirió á más de ciento. Marganor era y es tan

temido de sus vasallos, que ninguno se atrevia á afrontar su cólera:

así es que mujeres, grandes y pequeños, todos huyeron de la iglesia,

considerándose dichoso el que lograba escapar.

«Los amigos de Marganor lograron al fin con sus súplicas y sus

esfuerzos contener su furor insensato, y le hicieron entrar en su

castillo, situado en la cima de un peñasco, mientras en el valle

quedaba el pueblo poseido de la mayor consternacion. Duraba aun su

rabia contra nosotras, pero como sus amigos y sus vasallos le rogaban

que no nos inmolase, determinó espulsarnos á todas, y aquel mismo

dia hizo publicar un bando previniéndonos que abandonásemos el país

y pasáramos á habitar los confines de sus dominios. ¡Desgraciada de

la que en adelante intentara aproximarse al castillo! De este modo

fueron separadas las mujeres de sus maridos; las madres de sus hijos;

y si algunos son tan atrevidos que se arriesguen á venir á vernos,

deben procurar que no lo sepa quien pueda avisar á Marganor; pues ha

castigado con gravísimas multas á muchos de los que han infringido sus

órdenes, y á otros muchos les ha hecho perecer cruelmente.

«Además de ésta, ha establecido en su castillo otra ley, la más inícua

de que pueda haber noticia. Toda mujer á quien se encuentre en el

valle (y esto acontece algunas veces), debe ser azotada con mimbres

y arrojada ignominiosamente del país; pero antes han de cortársele

los vestidos, obligándola á ir enseñando lo que la naturaleza y la

honestidad ordenan que se oculte. Las que llegan acompañadas por

caballeros perecen irremisiblemente, porque el tirano las conduce

como víctimas propiciatorias al panteon donde yacen sus hijos, y las

degüella por su propia mano sobre sus tumbas. Los caballeros son

despojados vergonzosamente de sus armas y corceles, y sepultados en un

lóbrego calabozo. Tanto de dia como de noche tiene mil soldados á sus

órdenes: así es que siempre está en disposicion de cumplir tan impía

costumbre. Pero aun hay más: si por ventura deja á algun caballero en

libertad, le obliga á jurar préviamente sobre la hostia consagrada

que tendrá un ódio implacable al sexo femenino mientras dure su vida.

Si no os importa perder á esas damas, y perderos vosotros con ellas,

id enhorabuena á ver los muros en que se guarece el felon, y entonces

sabreis cuál es mayor, si su fuerza ó su crueldad.»

Este relato excitó en un principio la compasion de las guerreras; pero

luego sintieron tal indignacion, que si así como era de noche hubiera

sido de dia, habrian corrido al castillo, sin detenerlas consideracion

alguna. Pernoctaron, pues, en aquella aldea, y en cuanto la Aurora

apareció indicando á las estrellas que debian ceder su puesto al Sol,

tomaron las armas y montaron á caballo. En el momento en que iban á

emprender la marcha, oyeron resonar á sus espaldas un prolongado rumor

de pisadas de caballos, que les obligó á dirigir sus miradas hácia el

fondo del valle, y vieron á la distancia de un tiro de piedra un grupo

como de veinte hombres armados, unos á caballo y otros á pié, que se

adelantaban por un estrecho sendero conduciendo sobre un corcel á una

mujer, cuyo rostro indicaba su mucha edad, á la que llevaban del mismo

modo que si fuera un delincuente condenado á las llamas, al cepo ó á

la horca. A pesar de la distancia, todos conocieron á aquella mujer

por su aspecto y por su traje, y segun dijeron las de la aldea, era

la camarera de Drusila; la misma que, segun he dicho, fué aprisionada

con la desgraciada dama por el infame Tanacro, y á quien esta confió

el encargo de que le compusiera el veneno, tan cruel en sus efectos.

Sospechando lo que iba á suceder, no quiso entrar en el templo con las

demás mujeres, sino que, aprovechando la ocasion en que se celebraba el

matrimonio, salió de la ciudad, y fué á refugiarse donde creyó estar

con toda seguridad. Algunos espías dijeron despues á Marganor que se

habia retirado á Austria, y desde entonces el vengativo señor empleó

todos los medios imaginables para apoderarse de ella, con objeto de

quemarla viva ó empalarla.

Sus regalos y promesas sedujeron á un baron austriaco, en quien pudo

más la avaricia que el honor; el cual entregó á Marganor aquella

anciana, á pesar de haberle asegurado que nadie la molestaria en su

país. La envió hasta Constanza, atada sobre una acémila, como si fuera

un fardo de mercancías, y encerrada en una caja, con objeto de impedir

que hablara con sus conductores: obedeciendo estos las órdenes de un

hombre tan despiadado como Marganor, se la llevaban para que desahogara

en ella su desenfrenada rabia.

Así como el gran rio que nace en Vésulo[136], cuanto más avanza y más

se dirije hácia el mar, recibiendo en su curso las aguas del Lambra,

del Tesino, del Adda y de otros muchos afluentes, tanto más crece en

caudal é impetuosidad, así tambien Rugiero y las dos guerreras sentian

aumentar su ódio y enojo contra Marganor á medida que iban teniendo

noticia de sus contínuas crueldades. Bradamante y Marfisa ardian en

tanta cólera y tal ira contra el felon por sus incesantes delitos que

determinaron castigarle, á pesar del crecido número de sus satélites;

pero les pareció que una muerte rápida seria una pena harto dulce

é indigna de tantos crímenes, y por lo tanto resolvieron hacerle

sufrir un suplicio prolongado y doloroso. Sin embargo, se propusieron

salvar á la anciana antes de que aquellos esbirros la condujeran á

la muerte. Con la brida y el acicate excitaron de tal modo el ardor

de sus corceles, que en breve alcanzaron á los soldados de Marganor.

Jamás tuvieron que resistir los acometidos un choque tan impetuoso y

violento, y huyeron atemorizados, abandonando sus armas, sus escudos

y hasta la prisionera: así como el lobo que se dirije hácia su cueva

llevando la presa codiciada entre sus dientes, al ver que el cazador

y sus perros le cierran el paso cuando más seguro se creia, abandona

su carga, y huye presuroso por donde conoce que los matorrales son

más espesos, así los acometidos fueron tan prestos en huir como sus

acometedores en atacarles. No solo abandonaron su prisionera y sus

armas, sino tambien una porcion de caballos, y corrieron á ocultarse en

los torrentes y en las grutas, creyendo que huirian mejor cuanto más

desembarazados estuviesen.

[136] El Pó.

Rugiero y las dos jóvenes se alegraron sobremanera de aquella

dispersion, que les proporcionaba tres caballos para las tres damas,

á quienes el dia anterior habian tenido que llevar á la grupa de los

suyos. Libres ya de aquel cuidado, siguieron su camino hácia la infame

é inhospitalaria ciudad, haciendo que la anciana les acompañara para

que fuese testigo de su modo de vengar á Drusila: la vieja, temerosa de

que el éxito no correspondiera á sus esperanzas, se resistió cuanto

pudo, prorumpiendo en gritos, lamentos y chillidos; pero Rugiero la

colocó por fuerza á la grupa de Frontino, que partió en seguida á

galope.

Llegaron por fin á un valle, donde vieron un pueblo bastante grande y

accesible por todos lados, pues no estaba rodeado de muros ni de fosos.

En medio de él se levantaba una empinada roca, y sobre esta una elevada

fortaleza. Sabiendo que era el castillo de Marganor, se encaminaron

hácia él con gran decision. Apenas llegaron al pueblo, algunos soldados

que estaban de guardia en la entrada, cerraron una barrera que los

tres guerreros acababan de atravesar, mientras que otros acudian á

interceptarles todas las salidas: á los pocos momentos se presentó

Marganor, acompañado de algunos de los suyos á pié y á caballo, todos

completamente armados; y con frases breves, pero arrogantes, intimó á

los recien llegados que observaran la impía costumbre establecida en

sus dominios.

Marfisa, que habia concertado de antemano con Rugiero y Bradamante el

modo cómo habian de obrar, en vez de contestar á Marganor, lanzó su

caballo contra él; y desdeñando servirse de la espada ó de la lanza,

pues solo confiaba en su vigor y en su esforzado ánimo, le descargó en

el yelmo tan terrible puñetazo, que le hizo caer sin sentido sobre la

silla del caballo. Bradamante se precipitó al mismo tiempo que Marfisa

sobre sus adversarios; y Rugiero, imitando á las dos guerreras, empuñó

su lanza, y sin quitársela del ristre, atravesó con ella seis hombres;

uno herido en el vientre, dos en el pecho, otro en el cuello, otro en

la cabeza, y al sexto que huia le entró el agudo hierro por la espalda,

y le salió por el pecho, quedando rota el asta. La hija de Amon iba

derribando á cuantos tocaba con su lanza de oro, cuyos efectos eran tan

terribles como los de un rayo abrasador desprendido del Cielo, que

arrolla, destroza y anonada cuanto encuentra á su paso.

Mientras tanto Marfisa habia amarrado fuertemente á Marganor con los

brazos á la espalda, abandonándolo á la merced de la anciana camarera

de Drusila, que se mostró sumamente alborozada con tal presa. Los

vencedores trataron despues de incendiar el pueblo, á no ser que sus

habitantes prometieran enmendar su falta, aboliendo la impía ley de

Marganor y aceptando la que ellos se propusieron á su vez establecer.

Poco trabajo les costó obtener su asentimiento; porque aquella gente,

además de temer que Marfisa hiciera mucho más de lo que decia (y lo

que la guerrera pretendia, era nada menos que incendiar el pueblo y

exterminar á todos sus habitantes), odiaba profundamente á Marganor y

su cruel y fementida costumbre; pero le obedecia resignada, imitando

la conducta de muchos, que prestan mayor obediencia y sumision al que

más ódian: por otra parte, vivian en una desconfianza perpétua unos de

otros, y como nadie se atrevia á manifestar en alta voz sus deseos,

toleraban que Marganor desterrara á este, diera muerte á aquel, se

apoderara de los bienes de uno, y deshonrara á otro. Mas si su corazon

permanecia callado en la Tierra, las quejas secretas que de su fondo

salian se elevaban hasta el Cielo, implorando la venganza del Eterno y

de los santos; la cual, si bien es lenta en llegar, compensa despues

su tardanza con la intensidad del castigo. Ebrio entonces el pueblo de

furor y ódio, procuró vengarse del tirano llenándole de improperios

y de golpes, y realizando el proverbio que dice, que del árbol caido

todos hacen leña.

Sirva Marganor de saludable ejemplo á los que reinan; porque quien mal

anda, mal acaba. Chicos y grandes, todos se complacian en presenciar

el castigo de sus nefandos pecados. Muchos de los que lloraban

la pérdida de sus esposas, sus hermanas, sus hijas ó sus madres,

corrian á darle muerte, sin cuidarse de ocultar la intencion que los

guiaba. Rugiero y las dos magnánimas guerreras le arrancaron con sumo

trabajo de las manos del pueblo irritado, porque su intencion era la

de hacerle perecer de hambre, de angustia y de dolor. Entregáronlo

desnudo á aquella vieja que sentia hácia él todo el ódio de que es

susceptible el corazon de una mujer, y tan fuertemente atado, que no

podria romper sus ligaduras á pesar de todos sus esfuerzos: la anciana,

dando inmediato principio á su venganza, empezó á pincharle el cuerpo

con un penetrante aguijon que le proporcionó un campesino, espectador

de aquellos sucesos. Por su parte, la embajadora de Islandia y sus

dos doncellas, que no podian olvidar la vergonzosa afrenta recibida,

no quisieron permanecer inmóviles, y se precipitaron sobre él con

un encarnizamiento semejante al de la vieja; pero aquel género de

venganza no satisfacia por completo sus deseos, y aun cuando le herian

á pedradas, le arañaban, le mordian y le clavaban agujas, no veian

satisfecha su rencorosa saña. Así como el torrente que, hinchado por

las lluvias ó por el deshielo, emprende una marcha destructora, y

precipitándose desde las montañas, va arrastrando en su impetuoso curso

los árboles, los peñascos, las cosechas y las casas, pero inclinando

al fin su orgullosa frente, se debilita tanto, que una mujer, un niño,

lo pueden atravesar por todas partes, y muchas veces á pié enjuto; así

tambien Marganor, cuyo solo nombre habia hecho temblar hasta entonces á

cuantos lo oian, una vez abatida su soberbia arrogancia, quedó reducido

al extremo de que hasta los muchachos se burlaban de él, y se atrevian

á arrancarle las barbas y los cabellos.

Rugiero y sus jóvenes compañeras subieron en seguida al castillo,

situado en la cima del peñasco. Penetraron en él sin que opusieran

la menor resistencia los que le custodiaban, y permitieron que el

pueblo se apoderara de una parte de los ricos arneses que en él

habia, entregando la otra á Ulania y á sus ultrajadas doncellas.

Recobraron el escudo de oro, y pusieron en libertad á los tres reyes

aprisionados por el tirano, los cuales, al dirigirse al castillo,

iban á pié y desarmados, como creo haberos dicho; pues desde el dia

en que Bradamante los venció, habian caminado constantemente á pié y

sin armas, en compañía de la dama que desde tan apartadas regiones se

dirigiera á Francia. No sé si fué una felicidad ó una desgracia para

Ulania el que los tres reyes carecieran de armas; hubiera sido lo

primero, porque llevándolas habrian podido defenderla; pero si hubiesen

quedado vencidos en la demanda, su derrota habria causado la muerte de

la embajadora; pues Marganor, llevándola al panteon en que yacian los

dos hermanos, como solia llevar á cuantas damas iban protegidas por

caballeros armados, la hubiera ofrecido en sacrificio á los manes de

sus hijos. Preferible fué por lo tanto verse obligadas á enseñar lo que

el pudor manda tener oculto, antes que arrostrar la muerte; además de

que su oprobio quedaba disminuido en gran parte por la circunstancia de

haber tenido que ceder á la fuerza.

Antes de alejarse las guerreras, exigieron á los habitantes el

juramento de que los maridos confiarian á las mujeres el gobierno del

país y de todo en general, diciéndoles que seria castigado con las

penas más severas el que se atreviese á infringir esta disposicion.

En una palabra, los hombres deberian ceder á las mujeres todas las

prerogativas de que en otras partes disfrutaba el sexo viril. Despues

les hicieron prometer que no darian hospitalidad, ni permitirian que

traspasasen el umbral de una sola casa cuantos transitaran por aquel

país, fuesen nobles ó plebeyos, si no juraban por Dios y por los

Santos, ó por aquello que más pudiera obligarles, que serian siempre

leales defensores de las mujeres y enemigos de sus enemigos, y que si

tarde ó temprano estaban dispuestos á casarse, obedecerian sumisos los

menores caprichos de sus mujeres, á las cuales deberian permanecer

enteramente sujetos. Marfisa les anunció que volveria por allí antes de

que terminara el año y de que los árboles perdieran sus hojas, y les

amenazó con saquear y quemar el pueblo como no encontrase puesta en

vigor aquella costumbre.

No quisieron ausentarse de allí sin sacar antes el cadáver de Drusila

del sitio inmundo en que yacia, depositándolo juntamente con el de su

esposo en un sepulcro que hicieron construir lo más ricamente que fué

posible. La vieja no cesaba de acribillar el cuerpo de Marganor con su

inseparable aguijon, y se lamentaba de que su edad no le permitiera

continuar sin descanso en semejante tarea.

Las animosas guerreras vieron una columna erigida en la plaza del

pueblo, al lado del templo, en cuya columna habia hecho inscribir el

impío Marganor su ley insensata y cruel: en ella colocaron, á guisa de

trofeo, el escudo, la coraza y el yelmo del tirano, y debajo de este

trofeo hicieron grabar la ley cuya observancia previnieron á su vez,

no habiendo consentido Marfisa en alejarse hasta ver terminada esta

inscripcion, totalmente contraria á la anterior que ordenaba la muerte

y la deshonra de toda mujer.

Rugiero, Bradamante y Marfisa se separaron allí de la embajadora de

Islandia, la cual no quiso seguirles, con objeto de arreglarse otros

nuevos vestidos; pues no creia decoroso presentarse en la corte de

Carlomagno si no iba tan suntuosamente engalanada como de costumbre.

Quedóse, pues, Ulania, conservando á Marganor en su poder; pero

temerosa de que pudiera escaparse, y á fin de evitar en lo sucesivo que

llegara á ultrajar á otras damas, le hizo arrojar desde lo alto de una

torre. Este fué el mejor salto que dió en toda su vida.

Pero dejemos ya de hablar de Ulania y de sus compañeras, y volvamos á

los viajeros que se dirigian á Arlés. Caminaron todo aquel dia y el

siguiente hasta la hora de tercia[137], y cuando llegaron á un sitio

en que el camino se dividia en dos, conduciendo el uno al campamento

francés y yendo á terminar el otro al pié de las murallas de Arlés,

volvieron los amantes á abrazarse y á repetir su dura y triste

despedida. Por último, las doncellas se alejaron en direccion del

campamento, Rugiero en la de Arlés, y yo pongo aquí fin á mi canto.

[137] Una de las horas en que los romanos dividian el dia, y

corresponde á las nueve de la mañana.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 13 / 22 章