CANTO XXXVI.

Mientras Bradamante hace sentir á Marfisa todo el peso de su furor,

los ejércitos cristiano y sarraceno vienen á las manos.--Rugiero

y Bradamante se aprestan despues á combatir, pero les interrumpe

Marfisa, que pelea de nuevo con la guerrera cristiana; conociendo

luego que Rugiero es su hermano, olvida todas sus querellas para

entregarse á la más viva alegría.

Todo caballero dotado de gentileza y cortesanía ha de demostrarse

forzosamente gentil y cortés en todas partes, y no puede menos de ser

así, porque á nadie le es dado alterar el carácter que han formado

su naturaleza y sus costumbres. Del mismo modo, todo caballero de

alma vil ha de darse á conocer por sus bajezas; pues sus instintos

le inclinan al mal, y los hábitos contraidos difícilmente se

modifican. Muchos ejemplos de cortesanía y gentileza nos han legado

los guerreros antiguos: los modernos nos ofrecen muy pocos; pero en

cambio, presenciamos y tenemos noticia diariamente de las acciones

más villanas. Como prueba de ello citaré, ilustre Hipólito, aquella

guerra en que adornásteis nuestros templos con las banderas cogidas á

los enemigos y trajísteis á las costas de nuestra patria sus galeras

cargadas de rico botin[114]. Entonces se cometieron los excesos

más crueles é inhumanos de que hayan dado ejemplo los tártaros, los

turcos ó los moros, aunque no los llevaron á cabo los venecianos,

modelo siempre de justicia, sino sus impíos soldados mercenarios.

No me refiero precisamente á los numerosos incendios que devoraron

nuestras ciudades y nuestros amenos campos, por más que aquella fuera

una venganza indigna, especialmente tratándose de vos que, siendo

aliado del César cuando este tenia asediada á Padua, impedísteis más

de una vez que se prendiera fuego á las ciudades y apagásteis más de

un incendio despues de haber estallado en los templos y en las aldeas,

obedeciendo tan solo á los generosos impulsos de la magnanimidad

innata en vos. No me refiero á estos ni á otros hechos, no menos

atroces y crueles; sino á lo que es capaz de arrancar lágrimas de las

mismas peñas, siempre que de ello se trate. Aquel dia, Señor, en que

enviásteis á vuestros servidores en persecucion de los enemigos que,

abandonando sus buques, se habian retirado á una fortaleza, merced á

importunos auxilios, ví á un Hércules y á un Alejandro[115] arrastrados

por el mismo ardor que animó á Héctor y Eneas cuando se precipitaron

en las olas para incendiar las naves griegas; los cuales, espoleando

sus corceles, hostilizaron al enemigo en sus reductos, y tan adelante

les llevó su audacia, que el segundo volvió con mucho trabajo, pero el

primero quedó allí.

[114] En el canto III se ha hablado ya del orígen de la guerra

entre los venecianos y el duque de Ferrara, y del apresamiento

de las galeras enemigas por el cardenal Hipólito. Habiendo

conseguido este la victoria, colgó en la iglesia mayor de

Ferrara 70 banderas cogidas á los enemigos, los cuales habian

incendiado y asolado las comarcas ferraresas, no obstante de

que cuando Hipólito estuvo aliado al emperador Maximiliano y

quiso este apoderarse de Padua sin conseguirlo, se opuso á que

los soldados alemanes saquearan las ciudades y asolaran el

territorio.

[115] Hércules Cantelmo, hijo del duque de Sora, y Alejandro

Ferrufino, cuyo ardor en el combate les hizo precipitarse en

medio de los venecianos, quedando prisionero el primero, y

logrando escapar el segundo á costa de grandes esfuerzos.

Salvóse el Ferruffino; mas el Cantelmo fué hecho prisionero. ¡Oh

desgraciado Duque de Sora! ¡Cuál debió ser tu dolor y tu cólera al

ver á tu hijo rodeado de mil aceros, conducido á una nave, despojado

de su yelmo y decapitado! No me habria sorprendido que tan terrible

espectáculo fuera capaz de darte la muerte lo mismo que el hierro á tu

hijo.

Y tú, cruel esclavon, ¿dónde has aprendido las leyes de la guerra? ¿En

qué region de la bárbara Escitia has oido decir que deba inmolarse

al que, despues de hecho prisionero, rinde las armas y renuncia á

defenderse? ¿Y has podido darle muerte tan solo porque defendia á su

patria? ¡Oh siglo cruel! ¡Qué mal hace el Sol en iluminarte con sus

resplandores, cuándo tanto abundan en tí los Tiestes, los Tántalos

y los Atridas! Cortaste la cabeza, bárbaro inhumano, al jóven más

valeroso que existia de un polo al otro polo y desde las apartadas

regiones de la India hasta aquellas en que el Sol se oculta: su

gentileza y juvenil edad hubieran movido á compasion á un Antropófago,

á un Polifemo, pero no á tí, que fuiste más perverso é implacable

que cualquier cíclope ó lestrigon. No creo que se halle un ejemplo

semejante entre los guerreros antiguos, que cifraron todos sus conatos

en dejar memoria de magnanimidad y de hidalguía, y eran humanos despues

de la victoria. Bradamante no solo no trataba con rigor á los que

arrancaba de la silla tocándolos con su lanza, sino que llevaba su

galantería hasta el extremo de sujetar sus caballos mientras volvian á

montar.

Os dije, hablando de esta jóven valerosa y bella, que habia vencido

á Serpentino de la Estrella, Grandonio de Volterna y Ferragús, y que

despues les ayudó á montar á caballo: dije tambien que el tercero

de estos habia ido á participar á Rugiero el reto que le dirigia la

doncella, en quien todos creian ver un caballero. Rugiero aceptó gozoso

el desafío, y mandó que le trajeran sus armas. Mientras se las estaba

poniendo en presencia del Rey, volvieron los cortesanos á hacer

conjeturas sobre quién podria ser aquel guerrero incomparable que

sabia dar tan soberbios botes de lanza, y preguntaron á Ferragús si lo

conocia, puesto que habia hablado con él. El interpelado respondió:

--Tened por cierto que no es ninguno de los que habeis nombrado. Al ver

su rostro, me pareció que era el hermano más jóven de Reinaldo: pero

despues de haber experimentado su indomable valor, estoy seguro de que

Riciardeto no puede igualársele. Más bien estoy dispuesto á creer que

sea una hermana suya que, segun noticias, se le parece mucho, y goza la

fama de igualar en fuerza y destreza á Reinaldo y á todos los paladines

franceses. Pero despues de lo que he visto hoy, la creo superior á su

hermano y á su primo.

Cuando Rugiero oyó estas palabras, sintió que su corazon se estremecia;

tiñóse su rostro de ese rojo color que la aurora esparce por los aires,

y quedó turbado é indeciso. Estimulado, al escuchar aquella noticia,

por su siempre abierta y amorosa herida, sintió que se deslizaba por

sus venas un fuego abrasador al mismo tiempo que circulaba por sus

huesos un frio glacial, producido por el temor de que algun nuevo enojo

pudiera haber extinguido el grande amor que Bradamante le dedicaba.

En esta incertidumbre no sabia si salir al encuentro de su amada ó

permanecer quieto en la ciudad.

Encontrándose allí Marfisa, que tenia grandes deseos de tomar parte

en aquella lucha, y estaba cubierta con sus armas de las que rara

vez se desprendia así de dia como de noche, apenas vió que Rugiero

se armaba, pensó que perderia la ocasion de alcanzar la palma del

triunfo, si dejaba que el guerrero saliera antes que ella; por lo cual

se le adelantó, confiada en la victoria. Montó á caballo, y salió á

escape al sitio donde la hija de Amon, palpitante de impaciencia,

estaba esperando á Rugiero, deseosa de retenerlo cautivo, y pensando

cómo dirigiria su lanza contra él de modo que menos daño le hiciera.

Marfisa apareció fuera de las puertas de la ciudad, llevando en la

cimera de su casco un fénix, emblema que lo mismo podia indicar su

orgullosa presuncion de ser la única en el mundo en fortaleza, como

su honesto propósito de permanecer siempre vírgen. Bradamante la miró

con atencion, y viendo que no era Rugiero, le preguntó su nombre, y

supo que tenia ante sí á la que le arrebataba su amor, ó mejor dicho,

á la que creia su rival, á la que tanto ódio é ira le habia inspirado,

á la que seria en fin causa de su muerte, si no tomaba una inmediata

venganza de las lágrimas que por su causa derramaba.

Revolvió su corcel y se precipitó sobre Marfisa, no ya con la intencion

de derribarla, sino con la de atravesarla de parte á parte con su

lanza, y librarse así de sus crueles sospechas. Fuerza le fué á Marfisa

medir el duro suelo al primer bote: esta afrenta, que no estaba

acostumbrada á recibir, le causó tanta cólera, que estuvo á punto de

volverse loca de furor. Apenas se vió en el suelo, sacó la espada,

ardiendo en deseos de vengarse de su caida. No menos furiosa la hija de

Amon, exclamó:

--¿Qué intentas? ¡No sabes que eres mi prisionera? Si me he mostrado

cortés y generosa con los demás, no quiero ser lo mismo contigo,

Marfisa, y estoy resuelta á castigar tus instintos villanos y

orgullosos.

Estas palabras hicieron estremecerse á Marfisa como un escollo azotado

por un viento impetuoso. Quiso contestar, pero el furor embargaba su

voz hasta el extremo de que solo pudo articular un rugido. Empezó á

esgrimir su espada en todas direcciones, amenazando con ella lo mismo á

Bradamante que á su corcel; pero la guerrera cristiana le revolvia con

destreza, y lograba esquivar los golpes de su enemiga. Enfurecida en

extremo, arremetió á su vez lanza en ristre contra Marfisa, y apenas la

tocó, cuando la hizo rodar por el polvo. Levantóse Marfisa nuevamente y

continuó descargando cuchilladas sobre su adversaria, la cual le asestó

un tercer bote que produjo el mismo efecto que los otros. Aun cuando

Bradamante era esforzada, no habria triunfado con tanta facilidad de

Marfisa, que no la cedia en valor y denuedo, á no ser por la lanza

encantada.

Entre tanto, algunos guerreros del ejército cristiano, que estaba

acampado á cosa de milla y media de distancia, se habian ido

aproximando al campo en que tenia lugar la lucha, con objeto de

admirar la bizarría del caballero cristiano, en quien veian á uno de

los suyos, aunque ignoraban quién fuese. Al observar el generoso hijo

de Trojano la proximidad de tales guerreros, no quiso encontrarse

desprevenido; y á fin de evitar cualquier sorpresa peligrosa, ordenó

que una buena parte de sus tropas tomara las armas y se formara fuera

de las murallas. Rugiero, á quien el ardor de Marfisa le privó de

pelear, salió con dichas tropas. El enamorado jóven estaba contemplando

la lucha, lleno de temor y de inquietud por su amada; pues harto

conocia el valor de Marfisa. Lleno de temor, como digo, las vió

dirigirse una contra otra; pero al observar que Bradamante derribaba

á su rival, quedó maravillado y estupefacto: al reparar despues en

que la lucha de ambas guerreras no terminaba al primer encuentro,

como las anteriores, sintió su corazon profundamente contrariado y

temeroso de alguna desgracia. Hacia votos por la dicha y el bien de

ambas doncellas; pues amaba á las dos, aunque el afecto que por ellas

sentia era muy diferente: Bradamante le inspiraba un amor ardiente

y frenético; Marfisa, benevolencia más bien que amor. De buen grado

habria interrumpido aquella lucha, si hubiese podido dejar á ambas en

buen lugar; pero los guerreros que con él estaban se le adelantaron,

interponiéndose entre las dos guerreras, para impedir que venciera

el campeon cristiano, el cual llevaba la mejor parte en la pelea.

Avanzaron á su vez los caballeros cristianos, y se empeñó al instante

un terrible combate, oyéndose resonar por todas partes el grito de «¡A

las armas!» cosa que sucedia casi todos los dias. «¡A caballo! ¡Pronto,

á armarse! ¡Agrúpese cada cual en derredor de su bandera!» decia con

claro y belicoso sonido más de un clarin, recorriendo el campamento,

y así como estos llamaban á los ginetes, los tímpanos y los atabales

llamaban á los infantes.

Pronto se generalizó la pelea, que fué horrorosa y sangrienta. La

valerosa doncella de Dordoña, sumamente encolerizada por no haber

podido inmolar á Marfisa aquel dia en que tanto lo deseaba, empezó á

recorrer el campo de batalla en todas direcciones, con la esperanza de

encontrar á Rugiero, por quien suspiraba sin cesar. Por fin le conoció

en el águila de plata que sobre fondo azul llevaba en su escudo, y

se detuvo para contemplar con los ojos y la imaginacion aquel pecho,

aquellos hombros, aquella agradable apostura y aquella gracia que

embellecia todos los movimientos de su amante; pero recordando despues

con gran despecho que otra mujer reinaba en su corazon, exclamó poseida

de cólera:

--¿Con que otra, y no yo, ha de besar esos hermosos lábios? ¡Ah! no,

no; es imposible que ames á otra, Rugiero; de nadie has de ser, sino

mio. Antes que verme obligada á morir de rabia, has de perecer á mis

manos; pues si te pierdo en este mundo, por lo menos el Infierno me

devolverá tu alma, y estarás á mi lado eternamente. Ya que me haces

expirar de dolor, justo es que me concedas el dulce consuelo de la

venganza; porque, segun todas las leyes, el que da á otro la muerte

debe perecer. A pesar de esto, nuestro suplicio nunca será igual;

pues tú morirás con justo motivo, al paso que yo muero sin razon. Al

arrancarte la vida, haré morir ¡ay de mí! al que desea mi muerte; pero

tú, cruel, sacrificas á la que te ama y adora!... Mas ¿por qué vacila

mi mano en desgarrar con su acero el corazon de mi enemigo que tantas

y tantas veces me ha herido de muerte, confiado en la impunidad que

Amor le daba, y ahora presencia, frio é indiferente, mi agonía, sin

conmoverle mi dolor profundo? ¡Despierta denodado, ánimo mio, y venga

con la muerte de ese infame las mil y mil que me ha hecho sufrir!

Al decir esto, precipitóse sobre Rugiero; pero antes le gritó:

--Defiéndete, pérfido. ¡Si mi brazo secunda á mi furor, no lograrás

pisotear los ópimos despojos del corazon altivo de una doncella!

Cuando Rugiero oyó estas palabras, creyó conocer la voz de su amada,

como así era; pues la tenia tan impresa en la memoria, que la hubiera

distinguido entre mil. Harto comprendió que en aquellas palabras iba

envuelta una amarga reconvencion por no haber cumplido la promesa que

á Bradamante hiciera, y deseoso, por lo mismo, de justificarse, le

indicó con un ademan que deseaba hablarle; pero la jóven, arrastrada

por su dolor y por su ira, se dirigia hácia él con la visera calada,

con intencion de ponerle tal vez donde no hubiera arena. Cuando Rugiero

la vió caer sobre él tan frenética, se afirmó en la silla, y enristró

su lanza; pero la tuvo suspendida é inclinada de modo que no la pudiera

herir. La jóven, que le embestia con ánimo implacable y dispuesta á

herirle, al llegar junto á él, no pudo resolverse á hacerle sufrir la

vergüenza de una caida. Sus lanzas, pues, no produjeron efecto alguno;

pero en cambio el amor vibró contra entrambos sus armas, y les atravesó

el corazon de una amorosa lanzada.

Conociendo Bradamante que no podria resolverse nunca á causar una

afrenta á Rugiero, corrió á desahogar en otra parte la cólera que le

abrasaba el pecho, y llevó á cabo tales proezas, que serán famosas

mientras el cielo gire. En pocos instantes hizo morder el polvo con

su lanza de oro á más de trescientos guerreros: á ella solamente se

debió aquel dia la victoria: ella sola puso en fuga á todo el ejército

moro. Rugiero no cesaba de dar vueltas por todas partes buscándola, y

consiguiéndola al fin, se le acercó y le dijo:

--¡Preciso es que te hable ó muera! ¿Qué te he hecho, para que así

huyas de mí? Detente, por Dios, y escúchame.

Así como al soplo de los templados vientos meridionales, que aspiran

del mar su tibio hálito, se derriten las nieves y los hielos de los

torrentes que poco antes eran tan sólidos, así tambien, al oir aquellos

ruegos, aquellos breves lamentos, el corazon de la hermana de Reinaldo

se ablandó compasivo, cuando poco antes la ira le habia endurecido como

el mármol. Sin embargo, no quiso ó no pudo responderle; pero clavó el

acicate en un costado de Rabican, y se alejó cuanto pudo del campo de

batalla, indicando con un ademan á Rugiero que la siguiera. Llegó á un

solitario valle, donde habia una pequeña llanura, en medio de la cual

se veia un bosquecillo de cipreses, que parecian vaciados todos en un

mismo molde. En aquel bosquecillo se levantaba un gran sepulcro de

mármol blanco, recientemente construido. Una breve inscripcion indicaba

á los curiosos el nombre del que en él yacia sepultado, pero Bradamante

no paró mientes en ella. Rugiero excitó la carrera de su corcel, y á

los pocos momentos llegó al bosque y al sitio en que se hallaba la

doncella.

Pero volvamos á Marfisa, que en el ínterin habia vuelto á montar á

caballo, y procuraba buscar á la guerrera que la derribara al primer

encuentro: la habia visto alejarse del campo de batalla, y vió tambien

cómo Rugiero se alejaba á su vez, yendo en pos de Bradamante: muy

lejos de pensar que el amor le hacia seguir sus huellas, creyó que la

perseguia para terminar con las armas en la mano sus mútuas querellas.

Espoleó su caballo, y siguió su pista, llegando al bosquecillo casi

al mismo tiempo que ellos. Todo el que viva amando, comprenderá sin

necesidad de que yo lo escriba, lo molesta que fué para ambos amantes

su llegada. Al ver á Marfisa, causa de todo su mal, Bradamante no pudo

permanecer tranquila; porque ¿quién podria impedir que no creyera

como una cosa cierta, que su amor por Rugiero la hacia volar tras él?

Afirmándose en esta creencia, empezó á prodigar á su amante los nombres

de traidor y perjuro, exclamando además:

--¿No te bastaba, pérfido, que me trasmitiera la fama tu perfidia,

sino que has querido tambien presentarme tu nueva amante? Veo que

anhelas arrojarme de tu lado: pues bien, para satisfacer por completo

tus deseos inícuos é infames, estoy decidida á morir; pero no será sin

hacer lo posible para que perezca conmigo la que es causa de mi muerte.

Al terminar estas palabras, se precipitó más irritada que una víbora

sobre Marfisa, dándole en el escudo una lanzada con tal fuerza, que

la derribó de espaldas y le hizo clavar casi la mitad de su casco en

la tierra: no se puede decir que Marfisa estuviera desprevenida, antes

bien se preparaba á combatir é hizo lo que pudo por resistir el choque;

pero á pesar de esto dió de cabeza contra el suelo. La hija de Amon,

que queria morir ó dar muerte á su enemiga, estaba poseida de tan

iracunda saña, que no quiso ya servirse de su lanza para derribarla

de nuevo, sino que intentó separar del tronco la cabeza de Marfisa,

medio sepultada en la arena; y arrojando lejos de sí la lanza de oro,

desenvainó la espada y se apeó rápidamente del caballo: pero llegó

ya tarde; porque Marfisa se habia puesto en pié y se preparaba á

acometerla, tan excesivamente encolerizada al ver que en aquella nueva

lucha tambien habia sido vencida, que de nada le servian á Rugiero las

súplicas, ni los gritos con que procuraba estorbar un espectáculo que

le afligia vivamente: tan poseidas de furor estaban ambas guerreras

que luchaban hasta con desesperacion. Poderosamente atraidas por su

mútuo ódio, fueron acercándose hasta el extremo de no serles posible

manejar los aceros ni luchar de otro modo más que aferrándose una

á otra con las manos. Dejaron caer las espadas por no necesitarlas

en aquel extraordinario género de lucha, y buscaron nuevos modos de

ofenderse, mientras Rugiero se esforzaba en calmarlas con sus palabras;

pero viendo que eran completamente estériles sus ruegos, se resolvió á

separarlas empleando la fuerza, y á este fin, les arrebató los puñales

de las manos arrojándolos al pié de un ciprés: cuando no tuvieron

hierro alguno con que herirse, renovó sus súplicas y aun sus amenazas,

pero siempre en vano, porque no pudiendo de otro modo, se ofendian

con los puños y los piés. Rugiero insistía, y tan pronto sujetaba á

la una como á la otra por los brazos ó las manos, separándola de su

adversaria: por último, hizo tanto, que atrajo sobre sí todo el ódio

y furor de Marfisa. Acostumbrada esta guerrera á despreciarlo todo,

olvidó la amistad que á Rugiero la unia; y dejando á Bradamante, corrió

á recoger su espada, y se lanzó sobre él.

--Cometes una accion villana y descortés, le dijo, viniendo á

interrumpir nuestro combate; pero esta mano, que basta á vencer á

entrambos, castigará tu audacia.

En vano procuró Rugiero apaciguar á Marfisa, empleando las frases más

conciliadoras; tan irritada la veia contra él, que conoció que era

tiempo perdido el empleado en aplacarla. Al fin, enrojecido á su vez de

cólera, se vió obligado á desenvainar la espada. No creo que Atenas,

ó Roma, ú otro país del mundo ofrecieran á los que lo contemplaban

un espectáculo más agradable, que lo que este combate lo fué para la

celosa Bradamante, por lo mismo que venia á echar por tierra todas sus

sospechas. Habia recogido del suelo su espada, y se mantenia apartada

observando las peripecias de aquella nueva lucha: creia ver en Rugiero

al Dios de la guerra, por su pujanza y destreza; y si este le parecia

el mismo Marte, veia en Marfisa una furia infernal, escapada del Averno.

El gallardo jóven estuvo por espacio de algun tiempo sin hacer uso de

todo su vigor, pues conocia demasiado el poder de su espada, tantas

veces puesto á prueba: donde caia aquel acero, quedaban rotos ó perdian

su virtud todos los encantos, por cuya causa procuraba descargar sus

golpes de plano, y no de filo ó de punta, á fin de no ocasionar daño

á Marfisa. Largo rato combatió de aquel modo; pero al fin perdió la

paciencia, al dirigirle su adversaria una terrible cuchillada con

intencion de dividirle la cabeza: levantó el escudo con objeto de parar

el golpe, y aun cuando por estar encantado su broquel no quedó rajado

ó hendido, la violencia del tajo fué tal, que le dejó adormecido el

brazo: á no haber poseido las armas de Héctor, hubiera perdido el brazo

izquierdo y quizá tambien la cabeza, cumpliendo así el cruel deseo de

la doncella. Al sentir el guerrero este golpe, olvidó toda compasion;

despidieron rayos sus ojos, y asestó á su adversaria una estocada con

toda su fuerza. ¡Desgraciada de tí, Marfisa, si te hubiera alcanzado el

acero!

No podré deciros cómo, pero el caso fué que la espada penetró más de

palmo y medio en el tronco de uno de los muchos cipreses que allí habia

plantados. En el mismo momento, un gran terremoto sacudió el monte y la

llanura, y se oyó una voz estentórea, superior á la de todo mortal, que

saliendo del sepulcro que habia en medio del valle, exclamaba:

--¡Deteneos! Suspended ese terrible combate; pues seria inhumano é

injusto que el hermano diera muerte á su hermana ó esta matara á aquel.

Tú, Rugiero, y tú, Marfisa mia, dad crédito á mis palabras que no son

fingidas: concebidos los dos en un mismo seno por obra de un mismo

padre, vísteis juntos la luz primera. Rugiero II os engendró: llamóse

vuestra madre Galaciela, cuyos hermanos, despues de haber quitado

la vida á vuestro desdichado progenitor, la expusieron en un débil

leño al furor de las olas, sin tener en cuenta que se hallaba grávida

de vosotros, ni que procedíais de su mismo tronco. Pero el destino,

que aun antes de nacer os reservaba para llevar á cabo las empresas

más gloriosas, hizo que la barquilla llegase felizmente á las costas

deshabitadas que en frente de las Sirtes se encuentran, desde donde

subió al Paraiso el alma bienaventurada de Galaciela, despues de daros

á luz: tal fué la voluntad de Dios y tal vuestro destino. Testigo yo

de aquel suceso, dí á vuestra madre una sepultura tan honrosa como

era posible en aquella playa desierta, y envolviéndoos en mi manto,

os llevé al monte de Carena. Hice salir una leona de las guaridas del

bosque, la amansé, la obligué á abandonar á sus cachorros, y durante

veinte meses os alimentó cuidadosamente con su leche. Un dia en que se

me ocurrió alejarme de vuestra morada para recorrer el país, os vísteis

sorprendidos por una horda de árabes, segun tal vez recordareis, los

cuales se apoderaron de tí, Marfisa; pero Rugiero pudo salvarse merced

á la celeridad de sus piernas. Tu pérdida me afligió profundamente,

y desde entonces redoblé mi vigilancia para custodiar á tu hermano.

Demasiado sabes, Rugiero, los cuidados que tu maestro Atlante te

prodigó durante su vida. Las estrellas fijas me predijeron que

perecerias á traicion entre los cristianos, y para apartar de tu cabeza

su funesto influjo, consagré todos mis esfuerzos á mantenerte alejado

de ellos: viéndome al fin impotente para contrarestar tus deseos,

caí enfermo y perecí de dolor; pero antes de expirar pude prever que

vendrias á luchar con Marfisa en este sitio, é hice que los espíritus

infernales me construyeran con enormes piedras el sepulcro que estais

viendo: al mismo tiempo dije á Aqueronte con penetrante voz: «No quiero

que, despues de mi muerte, arrebates mi espíritu de este bosque, hasta

que llegue á él Rugiero para batirse con su hermana.» Esta es la razon

de que mi espíritu haya estado esperando vuestra venida bajo esta verde

enramada por espacio de muchos dias. Desecha, pues, esos terribles

celos que sientes por nuestro Rugiero, á quien tanto amas, Bradamante.

Pero me es forzoso ya abandonar la region de la luz y pasar á la

mansion de las tinieblas.

Calló la voz, dejando en extremo asombrados á Marfisa, á Rugiero y á la

hija de Amon. Los dos primeros, llenos de júbilo, se reconocieron como

hermanos, y se arrojaron uno en brazos de otro, sin que Bradamante se

manifestara ya ofendida por estas muestras de cariño. Ambos hermanos

empezaron á recordar con gran placer algunas de las circunstancias de

su edad juvenil, acabando de conocer así la verdad de las palabras

proferidas por el espíritu de Atlante. Rugiero no quiso ocultar á

su hermana el amor que á Bradamante tenia; le refirió con palabras

afectuosas todos los grandes favores que debia á su amada, y no cesó

hasta conseguir que sucediera el afecto á la cólera en el corazon

de ambas jóvenes é hizo que se abrazaran mútuamente en señal de

reconciliacion.

Marfisa dirigió despues algunas preguntas á Rugiero con respecto á la

patria y clase de su padre; deseaba sobre todo saber quién le habia

muerto; si su muerte ocurrió en palenque cerrado ó en el campo de

batalla, y quiénes eran los que habian intentado sepultar en las olas

á su desgraciada madre; todo lo cual se habia borrado de su memoria,

dado caso de que hubiera llegado á su noticia cuando niña. Rugiero

satisfizo su justa curiosidad diciéndole que eran de orígen troyano, y

que descendian directamente de Héctor.

--Cuando Astyanax[116], prosiguió diciendo, se escapó de las manos

de Ulises y de los lazos que le habia tendido, dejando en lugar suyo

otro jóven de su misma edad, salió de aquel país, y despues de haber

vagado mucho tiempo por los mares, llegó á Sicilia y reinó en Messina.

Sus descendientes pasaron al otro lado del Faro, y se establecieron

en una parte de la Calabria; y despues de una larga série de años

fueron á habitar en la ciudad de Marte. Varios emperadores é ilustres

reyes de su raza dominaron en Roma y en otras partes, desde Constante

y Constantino hasta Carlomagno, hijo de Pepino el Breve. Entre ellos

se distinguieron Rugiero I, Gianbaron, Buovo, Rambaldo, y por último

Rugiero II, que fué, segun acabais de oir á Atlante, el que fecundizó

el seno de nuestra madre. La historia ha inmortalizado los preclaros

hechos de nuestros progenitores.

[116] Hijo de Héctor y Andrémaca, á quien encerró esta en el

sepulcro de su padre cuando fué tomada Troya, para librarlo

del furor de los vencedores. Ulises lo descubrió y le hizo

precipitar desde lo alto de una torre.

Rugiero continuó refiriendo que el rey Agolante habia ido á Francia con

Almonte y el padre de Agramante, llevando en su compañía una doncella

hija suya, tan valerosa que venció en combate singular á muchos

paladines: cediendo al poco tiempo al amor que Rugiero le inspiraba,

desoyó las amonestaciones de su padre, recibió el bautismo y se casó

con su amante: pero abrasado el traidor Beltran de un incestuoso amor

hácia su cuñada, vendió á su patria, á su padre y á sus dos hermanos

con la esperanza de poseerla, entregó la ciudad de Ris[117] á los

enemigos, y aquellos quedaron á merced del vencedor. Terminó el jóven

guerrero diciéndoles que tan pronto como Agolante y sus despiadados

hijos se apoderaron de Galaciela, que se hallaba en cinta de seis

meses, la abandonaron al furor del mar tempestuoso, en medio de un

riguroso invierno y en una barquilla sin timon.

[117] Poblacion de Francia en el departamento del Sena y Oise.

Estaba Marfisa escuchando con profunda atencion todas las palabras de

su hermano, y mientras tanto brotaban de sus hermosos ojos copiosas

lágrimas de júbilo, al pensar en que circulaba por sus venas la sangre

de los Mongrana y los Claramonte, cuyos descendientes habian sabido

brillar por luengos años en el mundo, sobrepujando en bizarría á los

varones más ilustres. Cuando Rugiero le reveló que el abuelo, el padre

y el tio de Agramante dieron muerte á traicion á Rugiero y trataron de

un modo cruel á Galaciela, no pudo Marfisa contenerse y le interrumpió

diciendo:

--¡Ah, hermano mio! Perdóname que te diga que has cometido una gran

falta dejando sin venganza la muerte de tu padre. Si no pudiste

derramar la sangre de Almonte y de Trojano, por estar ya muertos,

¿no debias hacer recaer tu cólera sobre sus hijos? ¿Es posible que

Agramante viva, viviendo tú? Mancha es esa de la que tu rostro no se

verá libre jamás, porque, despues de tantas injurias, no solo no has

inmolado á ese rey, sino que permaneces en su corte admitiendo un

sueldo suyo. Pero juro á Dios, (á ese Cristo, Dios verdadero, á quien

deseo adorar como lo adoró mi padre) que no he de despojarme de esta

armadura hasta dejar vengados á Rugiero y á mi madre. Me lamento y me

lamentaré de tu conducta, mientras te vea entre las tropas de Agramante

ó de cualquier otro monarca mahometano, esgrimiendo ese acero que

debieras bañar en su aborrecida sangre.

¡Con cuánta satisfaccion levantó su rostro la hermosa Bradamante al

escuchar estas palabras, que la llenaban de júbilo! La hija de Amon

se esforzó en persuadir á Rugiero á que pusiera inmediatamente por

obra los consejos de Marfisa, y á que fuera á reunirse con Carlomagno,

dándose á conocer á aquel monarca, que tenia en tanta veneracion y

aprecio el recuerdo de las ínclitas proezas de su padre Rugiero, que

aun le consideraba como el más valiente de todos los guerreros. Rugiero

le respondió acertadamente, que tal debia haber sido su conducta

desde un principio, pero que habia perdido un tiempo precioso por no

haber tenido un conocimiento tan exacto de la historia de sus padres

como despues lo tuvo, y que habiéndole ceñido Agramante la espada

de caballero, cometeria una accion indigna y una traicion infame si

le diera la muerte, despues de haberle rendido pleito homenaje. Sin

embargo, prometió á Marfisa, como se lo habia prometido en otro tiempo

á Bradamante, aprovechar la menor oportunidad que se le presentase y

emplear todos los medios que á su alcance estuviesen para acceder á

los deseos de ambas sin faltar á las leyes del honor. Añadió que si

no lo habia hecho ya, no era suya la culpa, sino del Rey de Tartaria,

que le dejó tan mal parado despues de su combate con él, como era

bien notorio, y como podia atestiguar la misma Marfisa mejor que otra

persona cualquiera, puesto que entonces le visitaba diariamente.

Largo rato debatieron los tres este importante asunto, y por último

convinieron en que Rugiero volviera al lado de Agramante, hasta que se

le presentara una ocasion propicia para pasar al servicio de Carlomagno.

--Déjale que se vaya, dijo Marfisa á Bradamante, y desecha todo temor;

yo te prometo hacer de modo que dentro de pocos dias no obedezca las

órdenes de Agramante.

Así dijo; pero se guardó de revelar el propósito que al efecto habia

fraguado en su imaginacion.

Rugiero se despidió al fin de ellas, y volvia ya riendas á su corcel

para regresar al lado de Agramante, cuando llamaron la atencion de los

tres unos lamentos que salian del valle inmediato.

Escucharon más atentamente y creyeron percibir el llanto y los gemidos

de una mujer. Pero deseo que este canto termine aquí y que secundeis

benévolos este deseo, prometiendo por mi parte narraros cosas más

interesantes en el canto siguiente, si acudís á escucharlo.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 12 / 22 章