El apóstol San Juan elogia á los autores y poetas.--La bella hija
de Amon, defendiendo á Flor-de-lis, desafía y vence á Rodomonte, y
se apodera del buen Frontino. Llega á Arlés, y envia su caballo á
Rugiero, desafiándole al mismo tiempo: mientras el guerrero forma
distintas conjeturas para adivinar quién puede haberle devuelto su
caballo, Bradamante derriba á Grandonio, Serpentino y Ferragús.
¡Ah, señora de mis pensamientos! ¿Quien querrá apiadarse de mí y subir
al Cielo para recoger en él mi perdida razon que va extraviándose sin
cesar, desde el momento en que salió de vuestros hermosos ojos el
dardo que me atravesó el corazon? No me quejaria, sin embargo, de esta
pérdida, si estuviera seguro de conservar el poco juicio que ahora
tengo; pero mucho me temo llegar á ser tal cual he descrito á Orlando,
si continúa debilitándose progresivamente. Creo, no obstante, que para
recobrar mi razon no tendria necesidad de remontarme hasta el círculo
de la Luna ó el Paraiso, pues no la supongo colocada en tan elevadas
regiones: antes al contrario, la veo vagar errante por vuestros
bellos ojos, por vuestro rostro sereno, por ese seno de marfil y esos
turgentes pechos, en donde de buen grado la recogeria con mis lábios,
si me permitiéseis recobrarla.
El Paladin iba recorriendo los anchurosos departamentos de aquel
palacio, contemplando las generaciones futuras, despues de haber visto
cómo daban vueltas en las fatales devanaderas las que ya estaban
hiladas, cuando llamó su atencion un copo más resplandeciente que si
fuera de oro puro: si las piedras preciosas pudieran triturarse é
hilarse despues con cierto arte, no podrian resistir la comparacion con
aquel copo: al ver su belleza asombrosa é incomparable, sintió Astolfo
un vehemente deseo de saber á quién perteneceria tal vida y cuándo
disfrutaria de ella. El Evangelista satisfizo su curiosidad diciéndole
que tendria principio veinte años antes de que con la M y con la D se
designase el año corriente de la encarnacion del Verbo divino[109]; y
así como aquel copo no tenia igual ó semejante en brillo y en belleza,
tampoco lo tendria la afortunada edad en que deberia existir en el
mundo aquel sin par varon, porque todas las cualidades más preciosas y
raras que la Naturaleza, la Fortuna ó el estudio pueden conceder al
hombre, las reuniria aquel en sí, cual dote perpétua é infalible.
[109] Es decir, el año 1480 de Jesucristo.
--Entre los arrogantes deltas del rey de los rios, le decia el Apóstol,
se asienta hoy humilde una pequeña aldea; ante sí tiene el Pó, y por
detrás la defiende un nebuloso abismo de pantanos extensos. Andando el
tiempo, llegará á ser esa aldea la más ilustre de todas las ciudades de
Italia, no por la solidez de sus murallas, ni la magnificencia de sus
suntuosos edificios, sino por la cultura de las ciencias y artes, y por
sus esclarecidas costumbres. Tanta y tan rápida exaltacion no será obra
de la casualidad, sino que así lo ha dispuesto el Cielo para que sea
digna cuna del hombre de quien te hablo, del mismo modo que el labrador
atiende con esmero al tierno arbolillo que ha de producir frutas
esquisitas y el artífice suele afinar el oro en que ha de engastar
piedras preciosas. Nunca hubo en aquel reino terrestre un alma que
estuviera revestida de cuerpo más hermoso y agradable: con dificultad
ha bajado ó bajará de estas esferas celestiales un espíritu tan
digno como el que la Suprema Sabiduria, en sus altos designios, hará
descender para animar á Hipólito de Este. Tal será el nombre del varon
á quien Dios concederá tan inestimables dones. Todas esas prendas, que
distribuidas entre muchos, á muchos bastarian para hacerlos ilustres,
las reunirá para su eterna gloria el príncipe de quien has querido
que te hable. Las virtudes, los estudios serán ensalzados por él, y
si hubiera de describirte todas sus brillantes cualidades, acabaria
tan tarde, que Orlando esperaria inútilmente la restitucion de su
juicio[110].
[110] Debiósele ocurrir más tarde al Autor, que estas y otras
alabanzas que contiene su poema, pertenecen al número de las
_cigarras_ que colocó en la Luna entre las _cosas perdidas_.
De este modo iba hablando con el Duque el imitador de Cristo, y
cuando hubieron visitado todas las estancias del extenso palacio donde
se trabajaban las vidas de los mortales, se dirigieron hácia el rio,
cuyas aguas, mezcladas con arena, se deslizaban súcias y enturbiadas,
encontrando en la orilla á aquel anciano á quien vimos recogiendo
las madejas con sus inscripciones. No sé si le recordareis: hablo
de aquel hombre de quien me ocupaba en el fin del otro canto, viejo
de rostro; pero de miembros tan ágiles, que superaba al ciervo en
velocidad. Se llenaba el manto con los nombres de otros, cercenando el
monton de madejas que jamás se acababan, y se alijeraba de su peso en
aquel rio que se llama Leteo, ó más bien, perdia en él su rica carga.
Quiero decir que en cuanto llegaba á la orilla del rio, aquel viejo
pródigo sacudia su manto lleno, y precipitaba en las turbias ondas
todas las planchas que contenian las inscripciones mencionadas. Un
número infinito de ellas llegaba al fondo, de suerte que ya no podian
utilizarse para otro uso; y de cada cien mil de las que quedaban
sepultadas en el arenoso lecho, apenas salia una á flor de agua. A lo
largo y en torno de aquel rio iban revoloteando bandadas de cuervos,
buitres, cornejas y otras aves, que producian un discordante rumor
con sus graznidos estridentes; y en cuanto veian al viejo arrojando
aquel número prodigioso de chapas, se lanzaban en tropel sobre ellas,
cogiéndolas con el pico ó las encorvadas garras; pero no se las
llevaban muy lejos, porque al querer remontar su vuelo por el espacio,
se quedaban sin fuerzas para sostener su peso, de modo que el Leteo
devoraba la memoria digna de preciados nombres.
Mas á pesar de los malignos propósitos del viejo, que queria
sepultarlas todas en el rio, las bienhechoras aves lograban salvar
algunas: el resto yacia para siempre sumido en el olvido: los cisnes
sagrados, ora se alejaban nadando con su presa, y ora agitando sus
alas por los aires, se dirigian á un collado próximo, donde existia un
templo consagrado á la Inmortalidad, y en él una Ninfa que descendia
hasta las márgenes del Leteo implacable, y cogia los nombres del pico
de los cisnes, los llevaba al templo y los fijaba en torno de una
columna que se elevaba en su centro con este objeto.
Astolfo deseaba conocer los profundos misterios y enigmáticos
significados que estaban representados en aquel viejo, en su afan de
precipitar en el rio, sin fruto alguno, todos aquellos nombres, en
aquellas aves, y en el sagrado recinto desde donde la Ninfa habia
bajado al Leteo, acerca de lo cual dirigió algunas preguntas al hombre
de Dios, que le respondió de esta suerte:
--Debes saber, que no se mueve una sola hoja en el universo sin
que aquí se ordene su movimiento. Todo efecto ha de corresponder
exactamente entre el Cielo y la Tierra, pero de distinto modo. Aquel
viejo, cuya barba inunda el pecho y cuya velocidad nada detiene,
desempeña aquí arriba el mismo trabajo y produce iguales efectos
que el Tiempo allá abajo. En cuanto los hilos han concluido aquí
de dar vueltas en derredor de la rueda, allá llega á su término la
existencia humana. Allí queda el recuerdo, aquí la nota; ambos divinos
é inmortales, si no fuera porque allí el Tiempo, y el viejo de luenga
barba aquí, se apoderan de ellos y los desvanecen: este los arroja,
como ves, en el rio; aquel los sepulta en las tinieblas del olvido.
Así como aquí arriba los cuervos, los buitres, las cornejas y otras
varias aves se esfuerzan en sacar fuera del agua los nombres que les
parecen más bellos, del mismo modo abajo los rufianes, los aduladores,
los bufones, los favoritos, los delatores y cuantos viven en las
cortes y merecen más distinciones que los hombres virtuosos y buenos,
apellidándoles cortesanos gentiles, porque saben imitar al asno y al
cerdo, cuando la justa Parca, ó más bien Venus y Baco, ha cortado el
hilo de la vida de sus señores, esos seres de que te hablo, inertes,
viles y nacidos tan solo para llenar sus estómagos ó sus bolsas á costa
agena, repiten durante algunos dias el nombre de los difuntos; despues
los dejan caer en los abismos del olvido como una pesada carga. Pero
así como los cisnes, que cantando alegres, ponen en salvo las medallas
en el templo, de igual suerte los poetas salvan á los hombres dignos de
inmortalidad de un olvido mucho peor que la misma muerte.
«¡Oh Príncipes discretos y prudentes que seguís el ejemplo de César!
Al distinguir á los escritores con vuestra amistad, poco temor deben
infundiros las aguas del Leteo. Los poetas verdaderamente dignos de
este nombre son tan raros como los cisnes, ya porque el Cielo no
consiente que en el mundo existan los hombres esclarecidos en gran
número, ya tambien por culpa de la avaricia de los señores, que dejan
mendigar su sustento á los más ilustres ingenios, y oprimiendo la
virtud y galardonando los vicios, arrojan de su lado las artes y las
ciencias. Cree firmemente que Dios ha privado á tales ignorantes
de su inteligencia y les ofusca los sentidos: no les ha permitido
comprender las dulzuras de la poesía, á fin de que al morir no quede
de ellos ni aun el recuerdo. Si hubiesen sabido granjearse la amistad
de Sciras[111], no solo saldrian vivos del fondo de sus sepulcros
aun cuando todos hubieran observado las peores costumbres, sino que
exhalarian un perfume más grato que el del nardo ó de la mirra. No fué
Eneas tan piadoso, ni Aquiles tan fuerte, ni tan terrible Héctor,
como supone la fama y como han sido otros mil y mil que con más
justicia deben anteponérseles; pero la munificencia y generosidad de
los descendientes de aquellos héroes les han hecho merecer los honores
sublimes é infinitos con que los escritores supieron conservar su
memoria. No fué Augusto tan santo y tan benigno cual nos ha indicado
la trompeta de la fama puesta en boca de Virgilio: el buen gusto que
demostró por la poesía no puede perdonarle sus inícuas proscripciones.
Nadie sabria si Neron fué injusto, ni su fama seria tal vez menos
buena, aunque hubiese sido enemigo implacable del Cielo y de la Tierra,
si hubiera sabido captarse la amistad de los escritores. Homero
cantó las victorias de Agamenon, pintó á los troyanos como viles y
pusilánimes, y nos hizo saber que Penélope[112], fiel á su esposo,
habia tenido que sufrir mil ultrajes de los suyos; pero si quieres
saber la verdad desnuda, vuelve toda esa historia al contrario, y verás
que los griegos salieron derrotados, los troyanos vencedores y que
Penélope fué una meretriz. Recuerda por otra parte la fama que de sí
ha dejado Elisa[113], aquella pudorosa doncella, á quien se calificó
de prostituta, solo porque Maron no fué muy amigo suyo. Por lo demás,
no debe sorprenderte mi exaltacion ni verme tratar tan difusamente
este asunto; pues, aparte de que amo á los escritores, cumplo con mi
deber defendiéndolos, porque en vuestro mundo yo tambien fuí escritor,
y supe adquirir mejor que todos los demás una gloria que no podrá
arrebatarme el tiempo ni la muerte: mi alabado Cristo se ha dignado,
en su justicia, concederme un galardon de tan envidiable naturaleza.
¡Cuánto compadezco á los infortunados que viven en la triste época en
que la hidalguía tiene cerrada su puerta, á la cual llaman dia y noche
inútilmente con rostro pálido, demacrado y moribundo! De aquí resulta
(volviendo á lo que anteriormente trataba), que los poetas y los
hombres estudiosos sean pocos; pues hasta las mismas fieras abandonan
los sitios en que no hallan abrigo ni alimento.»
[111] Uno de los sobrenombres de Minerva, diosa de la Sabiduria.
[112] Mujer de Ulises. Se hizo célebre por la tenaz resistencia
que opuso á los que pretendian su mano durante la ausencia de
su marido, que duró 20 años, y por las estratagemas con que
aplazaba su resolucion indefinidamente. Una tradicion contraria
negaba esta perseverante fidelidad.
[113] Nombre con que algunos historiadores designan á Dido,
reina de Cartago, á quien Virgilio Maron, apartándose de la
opinion general, pintó en la _Eneida_ como entregada á amorosos
devaneos.
Al pronunciar el bendito anciano estas palabras, brillaban sus ojos
como si despidieran fuego; pero recobrando en el acto la serenidad de
su rostro, se volvió hácia el Duque con dulce sonrisa. Quédese por
ahora Astolfo con el escritor del Evangelio: en cuanto á mí, no puedo
permanecer más tiempo en aquellas regiones elevadas, y quiero dar el
salto necesario para pasar desde el Cielo á la Tierra, y volver á
hallar á la hermosa doncella á quien hirieron los celos con su dardo
emponzoñado.
Dejé á Bradamante en el momento en que, tras breve lucha, acababa de
derribar sucesivamente á tres reyes, y dije que, habiendo llegado á un
castillo situado en el camino de Paris, supo que Agramante, derrotado
por Reinaldo, se habia refugiado en Arlés. Convencida de que su
Rugiero debia estar con aquel rey, en cuanto apareció en el cielo la
nueva luz, se puso en camino hácia Provenza, donde Cárlos se disponia
á perseguir á su enemigo. Durante este viaje, que procuró hacer por
la via más corta, encontró á una jóven bella y agraciada, aunque su
rostro estaba triste y lloroso. Era la doncella enamorada del hijo de
Monodante; aquella dama gentil que habia dejado en el puente fatal á su
amante cautivo de Rodomonte. Iba buscando á un caballero que estuviera
acostumbrado á combatir en la tierra y en el agua, y tan valiente que
se atreviera á hacer frente al Pagano. Cuando la desconsolada amiga de
Rugiero encontró á aquella jóven no menos desconsolada que ella, la
saludó cortesmente y le preguntó la causa de sus cuitas. Flor-de-lis la
examinó un breve espacio, y creyendo hallar en ella el caballero que
buscaba, le refirió la aventura del puente cuyo paso interceptaba el
rey de Argel, y en el que habia hecho prisionero á su amante, no por la
superioridad de su valor, sino porque sabia prevalerse astutamente del
auxilio que le proporcionaban el rio y la angostura de aquel paso.
--Si eres, le dijo Flor-de-lis, tan audaz y cortés como se adivina en
tu aspecto, véngame, por Dios, del que me ha privado de mi amante, cuya
esclavitud es causa de mi incesante angustia, ó al menos dime en qué
país podré hallar un caballero tan capaz de resistir al Pagano y tan
ejercitado en los combates y las armas, que haga inútil el auxilio del
rio y del puente. Si así lo haces, además de portarte cual corresponde
á todo hombre bien nacido y á todo caballero andante, prestarás tu
apoyo al más fiel de todos los amantes fieles: no soy yo quien debe
mencionar sus demás virtudes, pues son tantas y tantas que el que de
ellas no tenga noticia, bien puede decirse que carece de la vista y del
oido.
La magnánima Bradamante, que acogia con placer cualquier empresa que
pudiera hacerla digna de alabanza é inmarcesible gloria, no vaciló un
solo instante en dirigirse al puente con tanta mayor voluntad cuanto
que entonces estaba desesperada y dispuesta hasta á perder la vida;
pues creyéndose abandonada de su Rugiero, le era odiosa la existencia.
--Enamorada jóven, respondió á Flor-de-lis: me ofrezco en cuanto
valgo á acometer esa empresa peligrosa: aparte de otras razones que me
impulsan á hacerlo así, existe en particular, la de que, segun dices,
tu amante es tan leal como son muy pocos hombres; pues creia y te lo
juro, á fé mia, que en amor todos eran perjuros.
Dijo estas últimas palabras exhalando un suspiro que salia de lo más
profundo de su corazon, y añadió: «¡Marchemos!». Al dia siguiente
llegaron al rio y á la entrada del temible puente. Descubiertas por
el vigía que solia avisar á su señor resonando una trompa, se armó
el Pagano, y segun su costumbre, salió á esperarlas á la orilla del
rio. En cuanto vió aparecer á aquella guerrera, prorumpió en amenazas
de muerte, ordenándola que dejara en el sepulcro, cual ofrenda
expiatoria, sus armas y el corcel en que montaba. Bradamante, informada
por Flor-de-lis de la lamentable historia de Isabel, que yacia allí
inmolada por mano del infiel, respondió al altivo Sarraceno:
--¿Por qué pretendes, hombre bestial, que los inocentes expíen tu
delito? Solo tu sangre es la que debe aplacar los manes de tu víctima,
pues tú la asesinaste, como es bien notorio; por lo cual, la muerte
que espero darte por mi mano en venganza suya, será para ella una
oblacion y una víctima mucho más gratas que todas las armas y arneses
de tantos caballeros como has derribado del caballo. Y este don que le
ofrecerá mi mano, lo agradecerá con tanto mayor motivo cuanto que soy
mujer, como ella: y si he venido hasta aquí, ha sido con el deseo, con
el único objeto de vengarla; pero antes de medir nuestras fuerzas, es
preciso que arreglemos las condiciones de la pelea. Si soy vencida,
harás conmigo lo que has hecho con los demás prisioneros; pero si es
mia la victoria, como creo y espero, me pertenecerán tu caballo y tus
armas; colgaré estas en el sepulcro, quitando de sus mármoles los
demás trofeos, y tus cautivos quedarán en libertad.
Rodomonte respondió:
--Me parece justo que sea como dices; pero no podré entregarte los
prisioneros, porque no los tengo aquí. Los he enviado á mi reino
de África; mas te prometo, y te lo juro por mi fé, que si por caso
inopinado sucede que continúes en la silla y yo me quede á pié, haré
que todos sean puestos en libertad en el tiempo que se necesita para
enviar un mensajero que ejecute rápidamente mis órdenes. Pero si te
toca caer debajo, que es lo más regular y lo que yo creo, no pretendo
que dejes las armas, ni que tu nombre figure grabado entre el de los
vencidos: tu hermoso rostro, tus bellos ojos, tus rizados cabellos que
respiran amor y gentileza, serán el premio de mi victoria, y me bastará
que sustituya el amor á tu cólera. Mi valor y mi fuerza son tales, que
no deberás avergonzarte de tu derrota.
En los lábios de la jóven se dibujó una sonrisa, pero una sonrisa
amarga, señal evidente de su ira; y sin responder una palabra al
arrogante infiel, se dirigió á la cabeza del puente, aguijó á su
caballo, y con la lanza de oro en ristre, corrió al encuentro del
orgulloso moro. Rodomonte, por su parte, se aprestó á la lucha, y
avanzó á todo escape, haciendo resonar el puente con un estrépito tan
terrible, que era capaz de atronar los oidos de cuantos estuvieran á
una larga distancia. La lanza de oro produjo su efecto acostumbrado;
arrancó de la silla á aquel pagano, invencible hasta entonces, lo
suspendió en el aire, y le hizo caer de cabeza en el puente. Como aquel
estrecho paso apenas dejaba espacio suficiente para que el corcel de
la guerrera fijara la planta, la jóven corrió un riesgo inminente de
caer precipitada en el rio; pero Rabican, á quien el viento y el fuego
habian engendrado, era tan ágil y diestro, que pasó fácilmente por la
margen derecha, y hubiera sido capaz de pasar tambien por el filo de
una espada.
Bradamante se volvió, dirigiéndose hácia el vencido Pagano, al cual
dijo con irónico acento:
--Ya puedes ver cuál de los dos ha perdido, y á quién ha tocado quedar
debajo.
Rodomonte quedó mudo de asombro al contemplarse derribado por una
mujer, y no pudo ó no quiso responder á sus palabras, permaneciendo
algun tiempo semejante á un hombre poseido de estupor ó á un idiota.
Se levantó, por fin, triste y silencioso, y así que hubo andado cuatro
ó seis pasos, se quitó el escudo, el yelmo y las armas restantes y las
arrojó contra las peñas. En seguida se alejó de aquellos sitios solo
y á pié, despues de haber ordenado á uno de sus escuderos, que fuera
á poner en libertad á sus cautivos, con arreglo á lo pactado, y pasó
mucho tiempo sin que se tuviera de Rodomonte más noticia sino la de que
se habia retirado á una oscura caverna.
[Ilustración: Bradamante vence á Rodomonte.
(Canto XXXV.)]
Despues de la partida del Sarraceno, Bradamante colgó sus armas en el
elevado sepulcro; hizo quitar de él todas las que habian pertenecido á
los caballeros de la corte de Cárlos, conociéndolas por sus respectivas
inscripciones, y no descolgó ni permitió que se descolgasen las de
los sarracenos vencidos. Además de la armadura del hijo de Monodante,
encontró allí las de Sansoneto y Olivero, que habian llegado al puente
buscando las huellas del señor de Anglante: allí fueron vencidos,
hechos prisioneros y enviados al África la víspera del combate de
Bradamante con el orgulloso infiel: la jóven ordenó que se quitaran
aquellas armaduras del sitio en que estaban suspendidas, y que se
guardaran dentro del sepulcro. En cuanto á las pertenecientes á los
caballeros paganos, quedaron, como ya he dicho, colgadas de las peñas.
Entre ellas estaban las de un rey, cuyos esfuerzos por apoderarse de
Frontino fueron tan multiplicados como infructuosos: me refiero al rey
de Circasia, que despues de andar vagando mucho tiempo por montes y
llanuras, fué á perder en aquel sitio su segundo corcel, y se marchó
aligerado del peso de sus armas.
Aquel Rey pagano se habia alejado del peligroso puente, desarmado y
á pié, pues Rodomonte dejaba en libertad á todos los guerreros que
pertenecian á su secta; pero no tuvo valor para regresar de nuevo al
campamento, porque despues de tantas fanfarronadas como en él habia
propalado, consideraba muy afrentoso volver vencido y desarmado.
Entonces sintió renacer en su corazon el deseo de buscar á su
inolvidable Angélica, y por fortuna suya tuvo noticia (no se por qué
conducto) de que habia regresado á su patria: excitado, pues, por su
inextinguible amor, se apresuró á seguir sus vestigios.
Pero volvamos á la hija de Amon. En cuanto puso en aquel sitio una
inscripcion para recuerdo de su victoria, preguntó con dulzura á
Flor-de-lis, cuyo corazon estaba oprimido, é inundado de lágrimas su
abatido rostro, dónde queria encaminarse al abandonar aquel país.
Flor-de-lis respondió:
--Deseo ir al campamento sarraceno, que está bajo las murallas de
Arlés, donde espero encontrar un buque y un buen guia que me conduzca á
las playas de África. No me detendré mientras no consiga reunirme con
mi esposo y señor, y haré todos los esfuerzos imaginables para romper
sus cadenas; porque si no se realiza la promesa de Rodomonte, quiero
tener á uno y otro cerca de mí.
--Me ofrezco á acompañarte durante una parte de tu viaje, dijo
Bradamante: pero tan pronto como lleguemos á la vista de Arlés, deseo
que, en obsequio á mí, vayas á buscar en el campo de Agramante á ese
Rugiero, cuyo nombre resuena en todo el mundo, y que le devuelvas este
excelente caballo del que he derribado al arrogante africano: quiero
además que le repitas estas mismas palabras: «Un caballero que espera
probar á la faz del mundo entero que has faltado á la fé que le debias,
me ha confiado este corcel, encargándome que te lo entregara, á fin de
encontrarte dispuesto y preparado. Dice que apercibas todas tus armas
y que le esperes para luchar con el.» No añadas una palabra más, y si
quisiere saber por tí quien soy yo, dile que lo ignoras.
Flor-de-lis respondió con su amabilidad acostumbrada:
--Siempre me hallarás dispuesta á prodigar en tu servicio, no ya las
palabras, sino hasta la vida, en justa reciprocidad de lo que has hecho
por mí.
Bradamante le dió las gracias, cogió á Frontino, y presentó sus riendas
á la doncella.
Las dos jóvenes y hermosas viajeras emprendieron su marcha por la
orilla del rio, y caminaron con tanta rapidez que no tardaron en
distinguir los muros de la ciudad de Arlés y en oir el rumor producido
por las olas al estrellarse en las costas vecinas. Bradamante se detuvo
á la entrada de los arrabales, con el fin de dejar á Flor-de-lis el
tiempo suficiente para que pudiera entregar á Rugiero su caballo.
Adelantóse Flor-de-lis; atravesó el rastrillo, el puente y la puerta, y
se proporcionó un guia que la acompañara hasta la posada donde residia
Rugiero; apeóse del caballo al llegar á ella, y desempeñó su embajada
en los mismos términos que le habia encargado Bradamante, devolviendo
el excelente Frontino al jóven guerrero: despues, sin aguardar
respuesta, se marchó presurosa, para poner por obra el designio que
habia formado.
Rugiero quedó confuso y sumamente pensativo, no pudiendo adivinar quién
le enviaba aquel reto, precedido de tan grave ultrage, y seguido al
mismo tiempo de una accion tan cortés y delicada: no podia comprender
cómo habia un hombre capaz de motejarle de falta de fé: de todos
sospechaba menos de Bradamante, y atribuia principalmente aquel paso al
irreconciliable Rodomonte, si bien no atinaba con el motivo que este
pudiera tener para obrar así. Exceptuando al rey de Argel, no recordaba
que en todo el mundo hubiera nadie con quien tuviera una cuestion
pendiente. Entre tanto la doncella de Dordoña hacia resonar su trompa
en señal de desafío.
Llegó á noticia de Agramante y de Marsilio que á las puertas de la
ciudad habia un caballero que pedia el combate. Serpentino, que
casualmente se hallaba con ellos, les pidió licencia para cubrirse
con sus armas y salir á castigar á aquel guerrero temerario. Corrió
el pueblo en tropel á las murallas: no quedó niño ni anciano que no
acudiera á ver quién seria el vencedor. Serpentino de la Estrella se
presentó en el terreno de la lucha, cubierto con una magnífica armadura
y una rica sobrevesta; pero al primer encuentro midió el suelo, y su
caballo huyó cual si tuviera alas. La galante guerrera se lanzó en pos
de él, y trayéndole de la brida, se lo presentó al Sarraceno diciéndole:
--Monta, y haz que tu señor me mande un caballero mejor que tú.
El Rey africano, que estaba presenciando el combate desde las murallas,
rodeado de todos sus cortesanos, quedó sorprendido al ver la accion
cortés que habia usado la doncella para con Serpentino. «Tenia derecho
para retenerlo cautivo, y no lo ha hecho,» exclamó Agramante en alta
voz y en presencia del pueblo sarraceno. Llegó Serpentino, y cumpliendo
el encargo de Bradamante, pidió al rey de su parte que enviara contra
ella un caballero mejor. Grandonio de Volterna, el caballero más
orgulloso de España, hizo con sus ruegos de modo que le designaran para
suceder á Serpentino: salió furibundo y amenazador al campo, diciendo á
la doncella:
--De muy poco ha de servirte tu cortesanía, porque cuando quedes
vencido por mí, he de llevarte prisionero á la presencia de mi señor;
pero probablemente morirás, si mi brazo hiere con su habitual pujanza.
La jóven le respondió:
--La grosería de tus palabras no impedirá que me muestre cortés
contigo, aconsejándote que vuelvas á la ciudad antes de que tus huesos
se resientan de la dureza del suelo. Vuélvete y dí de mi parte á tu
Rey, que no me he tomado el trabajo de venir hasta aquí para combatir
con adversarios de tu jaez; sino que he pedido el combate, para medir
mis armas con guerreros de mayor valimiento.
Estas palabras desdeñosas é insultantes excitaron una furiosa cólera
en el corazon del Sarraceno, el cual, sin ser dueño de replicar una
sola palabra, revolvió iracundo su corcel. La guerrera lo revolvió á su
vez, y embistió á Grandonio con Rabican y con su lanza de oro: apenas
el asta fatal tocó el escudo del infiel, cuando hizo caer á este del
caballo con los piés hácia arriba. La magnánima doncella se apoderó del
corcel del vencido, y exclamó:
--Demasiado te advertí que te hubiera valido más llevar al Rey mi
mensaje, que empeñarte á todo trance en combatir conmigo. De nuevo te
ruego que digas á tu señor, que de entre todos sus guerreros elija uno
digno de hacerme frente, y que no pretenda malgastar mis fuerzas con
hombres tan poco ejercitados como vosotros en el manejo de las armas.
Los caballeros aglomerados en las murallas no podian adivinar quién
era aquel guerrero que tan firme permanecia en los arzones, é iban
recordando los nombres de los campeones que tantas veces les habian
hecho temblar en las batallas. Muchos suponian que fuese Brandimarte;
la mayor parte se fijaba en Reinaldo; otros hubieran presumido que
seria Orlando, si no tuvieran noticia de su triste suerte.
Deseoso el hijo de Lanfusa de sostener el tercer encuentro, lo reclamó
para sí, advirtiendo que lo pedia, no porque esperara vencer, sino por
hacer más disculpable, con su derrota, la de los otros dos guerreros.
Se proveyó de todas las armas que para tales casos se requerian, y de
los cien caballos que tenia en una cuadra, escogió uno, cuya carrera le
parecia más veloz y más á propósito. Salió en busca de la doncella para
empezar el combate, pero antes la saludó cortesmente.
--Si es que puedo saberlo, le dijo Bradamante contestando á su saludo,
desearia que me dijéseis quién sois.
Ferragús satisfizo esta curiosidad, pues rara vez solia ocultar su
nombre á sus adversarios. Bradamante añadió:
--No me desdeño de pelear con vos; pero hubiera deseado encontrar otro
enemigo.
--¿Quién es? preguntó Ferragús.
--Rugiero, replicó la jóven, pudiendo apenas pronunciar este nombre,
que al salir de sus lábios esparció por su bellísimo rostro los vivos
colores de la rosa. En seguida añadió:
--La esclarecida fama de ese guerrero me inspiró el deseo de venir á
medir mis armas con las suyas. Ni anhelo otra cosa, ni nada me importa,
como no sea el conocer hasta donde llega su valor en los combates.
Dijo con la mayor sencillez estas palabras, que alguno habrá
interpretado tal vez maliciosamente. Ferragús le contestó:
--Primeramente hemos de ver cuál de los dos es más experto en el manejo
de las armas; y si tongo la misma suerte que mis antecesores, entonces
vendrá á aliviar mi tristeza ese gentil caballero con quien tienes
tantos deseos de pelear.
Bradamante habia tenido alzada la visera mientras hablaba. Admirando
Ferragús su hermoso rostro, se sintió ya medio vencido, y decia entre
sí:--«No parece sino que mi adversario sea un ángel del Paraiso; y
aunque no me toque con su lanza, me tienen ya abatido sus bellos ojos.»
Tomaron terreno, y al encontrarse, Ferragús saltó, como los otros,
fuera de la silla. Bradamante sujetó su caballo, y le dijo:
--Vuélvete, y cumple lo que me has prometido.
Ferragús se alejó avergonzado, y acercándose á Rugiero que se hallaba
con el rey Agramante, le hizo saber que su vencedor deseaba luchar con
él. Ignorando quién fuese el caballero que le retaba, y casi seguro de
vencerle, pidió Rugiero sus armas, poseido de la mayor alegría, sin que
los terribles botes de lanza que habian derribado á sus amigos pudieran
debilitar el ánimo de su esforzado corazon. Dejo para el otro canto el
relato de cómo se armó Rugiero, cómo salió de la ciudad y lo demás que
sucedió.