Oye Astolfo la lamentable historia de Lidia en la gruta infernal:
casi consumido por el fuego que sale del subterráneo, sube en su
caballo alado, y llega al Paraiso terrenal. Recorre despues el Cielo,
acompañado de S. Juan, é informado detalladamente por él de cuanto
ve, coge el juicio de Orlando y parte del suyo propio: visita á las
que hilan el estambre de nuestra vida, y se aleja de allí.
¡Oh famélicas, inícuas y fieras Arpías, enviadas por la justicia divina
á todas las mesas de la ciega y extraviada Italia[97], para castigar
tal vez nuestros antiguos pecados!
[97] Es decir, á todas las comarcas de Italia.
¡Ah! ¡Cuántas criaturas inocentes, cuántas tiernas madres perecen de
hambre y de miseria, mientras contemplan cómo devoran esos mónstruos en
una sola cena lo que bastaria para sostener su existencia! ¡Maldicion
al que abrió las cavernas en donde habian permanecido encerradas por
espacio de muchos años, dando lugar á que se esparciera por Italia la
fetidez y la estúpida gula, causa de sus males presentes! La paz y las
buenas costumbres desaparecieron desde entonces, y á la bienhechora
tranquilidad que se disfrutaba han sucedido guerras incesantes,
miseria, zozobra y ansiedad, cuyo término no es dado prever, como no
llegue un dia en que tirando de los cabellos á sus perezosos hijos, les
arroje de las orillas del Leteo, exclamando:--«¿No habrá ninguno entre
vosotros, cuyo valor iguale al de Calais y Cethes[98], y sea capaz
de librar á la Italia de sus garras y pestilencia, devolviéndole su
halagüeña y perdida pulcritud?»
[98] Hermanos gemelos, hijos de Bóreas y de Oritia: formaron
parte de la expedicion de los argonautas, y arrojaron á las
arpías, que atormentaban á su cuñado Fineo robando los manjares
de su mesa é infestando cuanto tocaban; cuyo castigo impusieron
los dioses á Fineo por haber sacado los ojos á sus dos hijos, á
consecuencia de falsas acusaciones hechas por su madrastra.
El Paladin hizo con las arpías que molestaban al Rey etíope lo mismo
que hicieron aquellos dos hermanos con las que tan desesperado tenian
á Fineo. Segun dije antes, Astolfo habia ido persiguiendo á aquel
tropel de mónstruos con los sonidos de su trompa, hasta que se detuvo
al pié de un monte, á la entrada de la cueva donde aquellos se habian
refugiado. Púsose á escuchar atentamente, y llegó á sus oidos un
discordante rumor de alaridos, ayes y lamentos sin fin, señal evidente
de que allí estaba el Infierno. Resolvió penetrar en la gruta y
contemplar á los que habian dejado de existir, con intencion además de
llegar hasta el centro de la Tierra, recorriendo todos los círculos
infernales.
--¿Qué puedo temer, decia para sí, entrando en esa caverna, mientras
conserve en mi poder esta trompa? Con ella haré huir á Pluton, á
Satanás y al Cancerbero.
Esto diciendo, se apeó prontamente del alígero corcel y le dejó atado
á un árbol: en seguida se hundió en el antro, empuñando préviamente
el cuerno en que cifraba toda su esperanza. Pocos pasos habia andado,
cuando sintió sus narices y sus ojos ofendidos por un humo insoportable
y más denso que el de la pez ó el azufre; á pesar de lo cual siguió
adelante. Pero á medida que avanzaba, iban condensándose los espesos
vapores y aumentándose las tinieblas, de suerte que empezó á temer que
no podria ir más allá y le seria forzoso retroceder. De pronto vió
sobre su cabeza un objeto cuyas formas no pudo distinguir, pero que se
parecia mucho al cadáver de un ahorcado movido por el viento despues
de haber estado muchos dias expuesto al Sol y á la lluvia. Tan escasa
era la claridad que habia en aquel ahumado y lóbrego camino, que el
Duque no acertaba á comprender en qué consistia aquel objeto que iba
por los aires: para averiguarlo, se decidió á pegarle dos veces con
su espada, y dedujo que debia ser un espíritu, pues sus golpes no
encontraron mayor resistencia que si los hubiera descargado sobre la
niebla. Entonces oyó que una voz afligida le dirigia estas palabras:
--Sigue descendiendo, sin hacer daño á nadie. ¡Demasiado me atormenta
el negro humo del fuego del Infierno que inunda este recinto!
El Duque se detuvo sorprendido, y dijo á la sombra:
--¡Así Dios rompa las alas de ese humo para que no pueda subir hasta
tí, como yo desearia que me dijeras cuál es tu suerte! Y si quieres que
lleve noticias tuyas á la Tierra, habla; estoy dispuesto á complacerte.
La Sombra replicó:
--Me halaga tanto la idea de volver, aunque solo sea en memoria, á ese
mundo de luz radiante y esplendorosa, que el deseo de alcanzar tal don
desata forzosamente mi lengua, y me obliga á revelarte mi nombre y mi
historia, por más que su relato me sea penoso[99].
[99] Todo este pasaje es una imitacion de Dante.
La Sombra hizo una pausa, y luego prosiguió:
--Me llamo Lidia, Señor, y nací en elevada cuna, pues soy hija del
poderoso Rey de Lidia. Por haber sido ingrata y desdeñosa mientras viví
con el más fiel de los amantes, el alto juicio de Dios me ha condenado
á permanecer eternamente en medio de este humo. Esta caverna está
llena de un número infinito de mujeres, condenadas á la misma pena
por la misma falta. La cruel Anaxareta[100] se halla más abajo, donde
el humo es más denso y el tormento mayor. Su cuerpo quedó en el mundo
convertido en piedra, mientras que su alma pasó á estas profundidades,
por haber mirado con indiferencia el suicidio de su desesperado amante.
No muy lejos de aquí se encuentra Dafne, arrepentida, aunque tarde, de
haber hecho correr tanto á Apolo[101]. Seria harto prolijo enumerar
uno á uno los infieles espíritus de las mujeres ingratas que aquí se
hallan: son tantos, que llegan hasta lo infinito; pero seria mucho más
largo designarte el número de hombres que hoy deploran su ingratitud, y
que en castigo de ella han sido precipitados á un sitio más profundo,
donde el humo les ciega y les devoran las llamas. Siendo las mujeres
más crédulas y fáciles de engañar, sus seductores se han hecho dignos
de mayor suplicio. Harto lo saben Teseo[102], Jason[103], el que turbó
el antiguo reino latino[104], el que suscitó el sanguinario enojo de
su hermano Absalon por causa de Tamar[105], y otra inmensa multitud
de infieles de ambos sexos, unos por haber abandonado á sus mujeres y
otros á sus maridos.
[100] Hermosa y noble doncella de Salamina, transformada en
estátua de mármol por haberse manifestado insensible á las
súplicas de su amante Iphis, que se ahorcó de desesperacion.
[101] Dafne, hija de Ladon ó del rio Peneo, fué amada de Apolo.
Un dia que este dios perseguia á su amada, y que iba ya á
alcanzarla á orillas del Peneo, Dafne imploró el socorro de su
padre, quien, para salvarla, la convirtió en laurel.
[102] Rey de Atenas, que tuvo por querida á Ariadna, hija de
Minos, y la abandonó durante su sueño en la isla de Naxos cuando
se cansó de ella.
[103] Jefe de los argonautas. Habiendo pasado á la Cólquide con
objeto de conquistar el vellocino de oro, venció los obstáculos
que se oponian á su empresa con el auxilio de la hechicera
Medea, hija del rey Eetes, á la que habia inspirado una viva
pasion, y con la que se casó. Enamorado despues de diez años
de union con Medea, de Creusa, hija de Creon, rey de Corinto,
repudió á su mujer para casarse con su nueva amante. Medea
asesinó á su rival, al padre de esta, y degolló en presencia de
Jason á los dos hijos que habia tenido de Creusa.
[104] Este fué Eneas, que despues de la ruina de Troya, pasó al
Lacio, siendo causa de la guerra que se suscitó entre Lavino,
rey del Lacio, y Turno, rey de los rútulos, por haber disputado
á este la mano de Lavinia, hija del rey Latino, con la que casó
por último. Algunos autores suponen que Eneas, hastiado de
Casandra, hija de Priamo, su primera mujer, la abandonó en una
selva.
[105] David tuvo de Aquinoe un hijo llamado Amnon, y de Mancha
otro hijo y una hija, Absalon y Tamar. Enamorado Amnon de
Tamar, se le ocurrió como medio para conseguirla el de fingirse
enfermo, y pidió á su padre como gracia especial que le
asistiese su hermana. Concedióselo David, y apenas quedó Amnon
solo con ella, realizó sus deseos á la fuerza, y despues arrojó
de su lado á Tamar. Esta acudió llorosa á su hermano Absalon,
dándole cuenta de su afrenta. Absalon meditó durante dos años
su venganza, y al cabo de este tiempo, convidó á su hermano
Amnon á un banquete, en el que le hizo degollar por mano de sus
servidores. (_Libro de los Reyes_, c. XIII.)
»Mas como debo hablarte de mí con preferencia á los demás, y confesar
la falta que aquí me trajo, te diré que fuí en vida tan bella y
orgullosa, que no sé si ha habido otra mujer que pudiera igualárseme:
tampoco podré decir cuál de estas dos cosas sobresalia más en mí,
aunque la belleza que á todos cautivaba, engendró el orgullo y la
fastuosidad. En aquel tiempo vivia en Tracia un caballero, reputado
como el más valiente del mundo, el cual oyó ponderar mi belleza y mis
atractivos por más de un conducto fidedigno; y en consecuencia, formó
el designio de concederme todo su amor, esperando que su valor le
haria digno de que yo aceptase con gratitud su corazon. Pasó á Lidia,
y apenas me hubo visto, cuando quedó sujeta su voluntad por un lazo
mucho más fuerte. Ocupó un distinguido lugar entre los caballeros de
la corte de mi padre, en la cual acrecentó su fama. Seria prolijo
ponderarte su heróico valor, las increibles proezas que llevó á
cabo, y los merecimientos de que se hubiera hecho digno si hubiese
dado con un hombre más agradecido. Merced á él, mi padre sometió á
la Panfilia, la Caria y la Cilicia; y tanto era así, que jamás se
decidió á acometer con su ejército á los enemigos, sino cuando á él
le parecia conveniente. Por fin, un dia se atrevió á pedir al Rey mi
mano en recompensa de tantas victorias, persuadido de que sus méritos
le daban derecho para obrar así; pero el monarca se negó desdeñoso á
tal demanda, porque queria unir á su hija con un príncipe poderoso y no
con un caballero particular, que no tenia más bienes que su valor: mi
padre, guiado tan solo por el interés y la avaricia, orígen de todos
los vicios, apreciaba la honradez ó admiraba el valor, lo mismo que un
asno los melodiosos acordes de la lira.
»Alcestes (que este era el nombre del caballero de quien te hablo),
al verse desdeñado por el mismo que le era deudor de las mayores
recompensas, se alejó de la corte, amenazándole al marchar con que
le haria arrepentirse de no haberle concedido la mano de su hija.
Pasó en seguida al servicio del Rey de Armenia, antiguo émulo del de
Lidia y su enemigo capital; y tanto le estimuló, que le dispuso á
tomar las armas y declarar la guerra á mi padre. En atencion á sus
ínclitas y famosas acciones, obtuvo el mando del ejército armenio,
y manifestó que todas sus conquistas serian para el Rey de Armenia,
excepto la de mi persona, que reservaba para sí como recompensa de su
valor en cuanto se apoderase de todo. Imposible me seria manifestarte
los inmensos perjuicios que Alcestes ocasionó á mi padre en aquella
guerra. Destrozó cuatro ejércitos, y en menos de un año le redujo á
tal extremo, que de todos sus estados no le quedó más que un castillo,
cuya elevada posicion le hacia casi inexpugnable, en el cual se encerró
el Rey con sus más fieles servidores y los tesoros que pudo reunir
precipitadamente. Alcestes fué á sitiarnos allí, y al poco tiempo nos
colocó en tan desesperada situacion, que mi padre habria consentido
en entregarme á él, no como mujer, sino como esclava, juntamente con
la mitad de su reino, con tal de salir en libertad y sin sufrir más
daños; pues estaba seguro de perder sus riquezas y de morir cautivo.
Antes de arrostrar este terrible golpe, quiso valerse de todos los
medios que estuvieran en su mano; y á este fin, me ordenó que saliera
del castillo para conferenciar con Alcestes, puesto que yo era la causa
de tantos males.
Me puse en camino con la intencion de ofrecer al vencedor por precio de
la paz mi persona, y de rogarle que conservase la parte que quisiera
de nuestro reino. Al tener noticia Alcestes de mi llegada, salió á mi
encuentro pálido y tembloroso: á juzgar por su semblante, parecia más
bien un vencido cargado de cadenas que un vencedor. Adivinando yo en
su turbacion la intensidad de su ardiente pasion hácia mí, desistí de
hablarle tal como estaba dispuesta á hacerlo, y en vista de aquella
oportunidad, modifiqué mi opinion en consonancia con el estado en que
le veia. Empecé por maldecir su amor y dolerme de su crueldad, que le
habia incitado á oprimir tan inicuamente á mi padre, y á apoderarse
de mí por medio de la fuerza, asegurándole que otra hubiera sido á
los pocos dias su suerte, si hubiese sabido continuar portándose
del modo cómo empezó, y que tan grato nos habia sido á mi padre y á
todos. Le añadí que, si bien mi padre se habia opuesto al principio
á su recta demanda, consistia en su rudeza natural, que le impedia
acceder á la primera peticion, lo cual no debió haberle servido de
pretexto para dejar de prestarle sus buenos servicios y para vengarse
tan precipitadamente; cuando si hubiera obrado mejor, podria haber
alcanzado de seguro la recompensa que anhelaba. Díjele además que, aun
suponiendo que mi padre hubiese insistido en su negativa, mis súplicas
hubieran sido tan incesantes, que al fin habria accedido á hacer de
mi amante mi esposo; y en último resultado, si persistiera en su
resolucion, yo me habria portado de tal modo, que Alcestes se hubiera
envanecido de poseerme; pero ya que creyó mejor intentar otros medios,
yo por mi parte estaba resuelta á no amarle, y al ir á entregarme á
él, lo hacia solo por salvar á mi padre. Terminé diciéndole, que no
contara con disfrutar por mucho tiempo el placer que bien á pesar mio
le proporcionaba; pues estaba decidida á derramar mi sangre en el mismo
momento en que yo hubiera satisfecho con mi persona todo cuanto sus
impúdicos deseos le hicieran obtener por medio de la violencia.
»Estas y otras parecidas frases empleé conociendo mi dominio sobre
Alcestes, y le dejé más arrepentido por lo que habia hecho que lo
estuviera el mayor santo en su solitario yermo. Cayó á mis plantas,
y suplicóme encarecidamente, presentándome un puñal y empeñándose
tenazmente en que lo cogiera, que me vengase de su enorme crímen.
Aprovechando la disposicion en que le veia, formé el propósito de
seguir obrando del mismo modo hasta sujetarle á mi albedrío; y á este
fin, le dí esperanzas de que aun podria hacerse digno de obtener mis
favores, si enmendando su falta, conseguia que se restituyeran á mi
padre las provincias conquistadas, y si andando el tiempo procuraba
merecer mi mano, no por medio de las armas, sino sirviéndome y
amándome. Alcestes prometió obedecerme, y me dejó regresar al castillo
tan incólume como habia salido de él, y sin atreverse siquiera á darme
un beso: ved cuán sujeto le tenia el yugo que supe ponerle, y si era
profunda la llaga que por mí le habia infligido Amor para no tener
necesidad de aguzar nuevas saetas.
»Alcestes se presentó en seguida al Rey de Armenia, á quien, en
virtud del pacto formado de antemano, correspondia todo el país que
se conquistase; y del mejor modo que le fué posible, le rogó que
regresara á Armenia, restituyendo á mi padre las tierras que habia
sometido y devastado. El monarca, encendido de ira, dijo á Alcestes que
alejara tal pensamiento de su mente; pues estaba decidido á no envainar
su espada mientras mi padre conservara un solo palmo de terreno:
añadióle que, si las palabras de una vil mujerzuela le habian hecho
variar de propósito, sufriese él solo las consecuencias: en cuanto á
él, no estaba dispuesto á sacrificar por tan leve causa las conquistas
que eran fruto de un año de trabajos y peligros. Alcestes insistió en
sus súplicas, lamentándose de que no tuvieran el efecto deseado: por
último, montó en cólera y exigió del Rey con amenazas que hiciera de
grado ó por fuerza lo que le pedia. Llegó á tal extremo su ira, que de
las palabras irrespetuosas pasó á vias de hecho; y desenvainando la
espada, se arrojó sobre el monarca, y le quitó la vida, á pesar de los
esfuerzos de los numerosos soldados que le rodeaban. En seguida llamó
en su auxilio á los Cilicios y á los Tracios, que estaban á su sueldo,
y á otros de sus secuaces, y derrotó aquel mismo dia á los Armenios.
Continuando sus triunfos, á sus solas expensas, y sin recurrir á mi
padre, en menos de un mes le restituyó todas sus provincias; y para
indemnizarnos de las enormes pérdidas que nos hiciera sufrir su rencor,
nos entregó un botin abundante y valioso, exigió un fuerte tributo á la
Armenia y á la Capadocia, su limítrofe, y taló toda la Hircania hasta
las orillas del mar.
»Volvió á nuestra corte; pero en lugar de ofrecerle los honores del
triunfo, resolvimos darle la muerte, aun cuando por entonces nos
detuvo la consideracion de que estaba rodeado de muchos amigos fieles,
que podian vengarle con daño nuestro. Fingí, pues, corresponder á su
pasion, y procuré de dia en dia avivar sus esperanzas de alcanzar
mi mano, exigiendo antes de él que diera nuevas pruebas de su valor
venciendo á otros enemigos nuestros. Le mandé luego con frecuencia
que acometiera por sí solo, ó acompañado de un número reducido de
soldados, empresas extraordinarias, tan peligrosas algunas, que más de
mil campeones hubieran encontrado en ellas irremisiblemente la muerte;
pero lograba siempre un éxito tan feliz, que volvia victorioso, aun
despues de luchar muchas veces con seres horribles y monstruosos, con
gigantes y con lestrigones[106] que infestaban nuestros estados. El
invencible Alcides no tuvo que arrostrar tantos peligros, por órden
de su madrastra ó de Euristeo, en Lerna, en Nemea, en Tracia, en
Erimanto, en la Numidia, en los valles de Etolia, en las orillas del
Tíber, en las del Ebro y en otras partes[107], como los que arrostró mi
amante siempre que yo se lo rogaba con fingidas súplicas y designios
homicidas; pues mi intento no era otro que el de librarme de su
presencia. No pudiendo conseguirlo por estos medios, puse por obra
otros de más seguro efecto: supe inducirle á que infiriera los más
graves ultrajes á sus mejores amigos, y suscité de este modo el ódio de
todos contra él: Alcestes, cuya dicha mayor consistia en anticiparse
á mis deseos, los satisfacia prontamente, sin que le detuviera
consideracion alguna y sin oponer la más mínima dificultad.
[106] Pueblo mitológico de la Sicilia oriental, compuesto de
gigantes y antropófagos.
[107] Alusion á los doce trabajos de Hércules, tan conocidos,
que creemos excusado detallarlos.
»Cuando, merced á estos indignos manejos, conocí que habia exterminado
á todos los enemigos de mi padre, y ví que Alcestes, supeditado á mi
voluntad, no contaba con un solo amigo, le declaré explícitamente lo
que hasta entonces le habian ocultado mis fingimientos, diciéndole
que me inspiraba un ódio tan mortal, que me habia propuesto hacerle
perecer; pero considerando despues que una accion semejante podria
acarrearme la execracion pública, porque sabiéndose demasiado cuánto
le debia, me tacharian de cruel, me daba por satisfecha con prohibirle
que volviera á presentarse ante mi vista.--Desde entonces no quise
verle ni hablarle más, y me negué á recibir sus cartas ó recados.
Causóle tal tormento mi negra ingratitud, que abrumado al fin por
el dolor, y viendo que eran inútiles sus constantes súplicas, cayó
enfermo y murió. En castigo de mi crímen estoy condenada á sufrir las
molestias de ese humo que me hace llorar y me ennegrece el rostro: así
estaré eternamente, pues no hay misericordia para los que gimen en el
Infierno.»
Luego que la desdichada Lidia cesó de hablar, procuró Astolfo seguir
adelante para saber si allí habia otros condenados; pero aquel humo,
vengador de la ingratitud, fué haciéndose tan denso, que no le permitió
avanzar un solo paso; fuerza le fué retroceder y salir de aquel recinto
con paso presuroso, antes de exponerse á perecer entre tan densos
vapores. Se dirigió hácia la salida con tal rapidez, que al poco rato
divisó la entrada de la caverna, pudo ver la luz del dia á través del
aire tétrico y caliginoso de esta, y por último, á fuerza de trabajo y
de cansancio, salió del antro, dejando el humo á sus espaldas.
Con objeto de cerrar para siempre el camino á aquellos mónstruos de
insaciable estómago, fué amontonando piedras y derribando árboles, con
los cuales construyó del modo que mejor pudo una especie de reducto
á la entrada de la caverna, cerrándola tan bien, que las Arpías no
pudieron volver nunca á la Tierra.
El negro humo de la pez no solo ennegreció é infestó los vestidos del
Duque mientras estuvo en la tétrica caverna, sino que, abriéndose paso
á través de ellos, le ensució todo el cuerpo; por lo cual fué buscando
algun tiempo un sitio en donde hubiera agua, hasta que al fin encontró
en una floresta un manantial que brotaba de entre las hendiduras de
una roca, en el cual se lavó de piés á cabeza. Montó luego sin perder
tiempo en el Hipogrifo, y se elevó por el aire para llegar á la cumbre
de aquella montaña que juzgaba próxima al círculo de la Luna. En su
deseo de contemplar lo que allí existiera, atravesó veloz la inmensidad
del espacio, sin dignarse dirigir una mirada á la baja tierra; y tan
rápidamente hendió los aires, que al fin llegó á la cúspide del monte.
Las flores que por aquellas placenteras regiones matizaban las
auras podrian compararse al zafiro, al rubí, al oro, al topacio, al
crisólito, y á las perlas, diamantes y jacintos. Las yerbas eran de un
verde tan admirable, que si las poseyéramos aquí abajo, desdeñaríamos
por ellas las esmeraldas: igual belleza reunian las ramas de los
árboles, cargadas siempre de frutas y flores: entre el frondoso ramaje
cantaban preciosos pájaros de plumaje azul, blanco, verde, rojo y
amarillo: los murmurantes arroyuelos y tranquilos lagos vencian al
cristal en transparencia, y una brisa suave, de soplo dulce, igual y
apacible, producia en el aire un estremecimiento á propósito para que
no molestase el calor del dia, y desprendia los diferentes aromas de
las flores, de los frutos y de las hojas, formando con todos ellos una
mezcla que inundaba el alma de embalsamada suavidad. En medio de la
meseta del monte se elevaba un palacio, que parecia encendido por las
más refulgentes llamas: tan grande era el esplendor que irradiaba en
torno suyo, que desde luego se conocia no ser obra de ningun mortal.
Astolfo refrenó su corcel, dirigiéndolo á paso lento hácia el
palacio, que tenia más de treinta millas de circunferencia, y se puso
á contemplar extasiado la belleza de aquellos contornos. El mundo
fétido y deleznable que habitamos le pareció entonces, comparado con
la suavidad, magnificencia y delicioso aspecto de aquel país, una
mansion miserable y ruin, objeto del desprecio y de la ira del Cielo
y de la naturaleza. Cuando llegó cerca del refulgente edificio, se
quedó extático de asombro, al ver que todo su recinto estaba formado
por una sola piedra preciosa, más roja y brillante que el carbúnculo.
¡Obra sublime de un arquitecto superior á Dédalo! ¿Cuál de nuestros
más afamados edificios podrá compararse á tí? ¡Enmudezca á tu lado la
gloria de las siete maravillas del mundo, tan ponderadas por nosotros!
En el luciente vestíbulo de aquella morada dichosa se presentó al Duque
un anciano, cubierto con un manto más rojo que el minio y una túnica
más blanca que la leche. Sus cabellos eran blancos, y blanca asimismo
la suelta barba que hasta el pecho le llegaba: por su aspecto venerable
parecia uno de los bienaventurados elegidos del Paraiso. Dirigiéndose
con agradable rostro al Paladin, que acababa de apearse respetuosamente
de su corcel, le dijo:
--¡Oh, noble caballero, que por la voluntad del Cielo te has elevado
hasta el Paraiso terrestre! Aun cuando ignoras la causa de tu viaje,
y desconoces el fin de tus deseos, ten, sin embargo, entendido que no
sin misterio has llegado hasta aquí desde el hemisferio ártico. Has
atravesado inconscientemente ese vasto espacio, para oir mis consejos
y saber cómo has de socorrer á Cárlos, y librar á la Santa Fé del
peligro en que se encuentra; pero guárdate, hijo mio, de atribuir tu
presencia en estos sitios á tu ciencia ó á tu valor, pues de nada
te hubieran servido tu trompa ni tu caballo alado, si Dios no te lo
hubiese permitido. Más tarde trataremos de este asunto detenidamente, y
te diré cuanto debes hacer: ahora ven á recrearte con nosotros, pues tu
prolongado ayuno debe serte ya molesto.
El anciano prosiguió hablando con Astolfo, y le dejó sumamente
maravillado cuando, revelándole su nombre, le dijo que era uno de los
evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras
hicieron creer á sus hermanos que la muerte no pondria fin á sus
dias, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera á Pedro:--«¿Por qué
te inquietas, si quiero que él se quede hasta mi vuelta[108]?»--Y
aun cuando no dijo:--«No debe morir,» ellos lo supusieron así. Fué
transportado á aquellos lugares, donde encontró á Enoch juntamente con
el gran profeta Elias, á quien habia precedido, los cuales no han visto
aun llegar su última hora, y gozarán de una primavera eterna, lejos de
una atmósfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas angélicas
anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.
[108] Sic eum volo manere donec veniam, quid ad te?--S. JUAN,
XXI, 22.
Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le
ofrecieron una habitacion en el palacio. El Hipogrifo encontró en otro
departamento pienso excelente y abundante. Sirviéronle al Paladin
diversos frutos de tan delicioso sabor, que consideró disculpables
á nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les obligó á
desobedecer las órdenes del Eterno Padre. Luego que el Duque venturoso
hubo satisfecho la necesidad inherente á su naturaleza humana,
tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo,
pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades
y atenciones, dejó el lecho cuando la Aurora habia salido ya de los
brazos de su anciano esposo, á quien ama á pesar de su edad avanzada,
y vió que se dirigia hácia él el discípulo más querido del Señor, el
cual le tomó de la mano, y empezó á tratar con él de muchas cosas que
deben permanecer en silencio. Despues le dijo:
--Tal vez ignoras, hijo mio, lo que en Francia sucede, aun cuando
vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado
su deber, ha sido castigado por Dios, á quien ofenden doblemente las
faltas de sus hijos más queridos que las de los que niegan su santa
ley. Orlando, que recibió de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un
denuedo extraordinario, y alcanzó el don no concedido á mortal alguno
de ser invulnerable, porque el Señor quiso constituirle en defensa
y escudo de su santa Fé, como constituyó á Sanson en defensa de los
Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos
beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandonó al pueblo
cristiano en los momentos en que más necesitaba de su auxilio, y
arrastrado de su amor criminal hácia una infiel, por dos veces ha
intentado, cruel é impío, quitar la vida á uno de sus primos. Para
castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de
razon y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia,
que no le es dado conocer á nadie, ni aun á sí mismo. Segun se lee en
los libros santos, Nabucodonosor sufrió un castigo semejante: el Señor
hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete años privado
de juicio y apacentándose de yerba y heno como un buey; pero como el
delito del Paladin ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad
divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgándolo.
Así, pues, el único objeto que el Redentor ha tenido para permitirte
llegar hasta aquí, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de
restituir su juicio á Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro
viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al círculo
de la Luna, que es de todos los planetas el que más próximo está de
nosotros; porque solo en él existe la medicina que ha de curar á
Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz
sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.
Durante el resto del dia, trató el Apóstol de estas cosas y otras
muchas; pero tan luego como el Sol se sepultó en el mar y asomó sus
cuernos la Luna, preparóse un carro que estaba destinado para recorrer
las regiones celestiales: era el mismo en que desapareció en otro
tiempo Elias de ante la vista de la asombrada multitud en las montañas
de la Judea. El santo Evangelista unció á él cuatro corceles más
resplandecientes que las llamas; Astolfo se colocó en él, empuñó las
riendas y lo lanzó hácia el Cielo. Remontóse el carro por los aires con
tanta velocidad, que llegó en breve á la region del fuego eterno; pero
el Santo amortiguó milagrosamente su ardor mientras la atravesaron.
Despues de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde
ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como
un acero bruñido y sin mancha, y lo encontraron igual, ó poco menos,
contando en su tamaño los vapores que le rodean, á nuestro globo
terráqueo con los mares que lo circundan y limitan.
Astolfo consideró allí con doble asombro que aquel astro, el cual nos
parece un reducido círculo cuando le examinamos desde aquí abajo, era
inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detencion sus
miradas cuando queria distinguir la tierra y el mar que la rodea,
pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde
aquella elevada altura sus contornos. Descubrió en la Luna rios, lagos
y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles,
otras montañas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras
casas de una elevacion cual nunca habia visto el Paladin: allí existen
además extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en
dar contínua caza á las fieras.
Como la causa de la ascension del Duque á las regiones de la Luna
no habia sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse
á apreciar su conjunto, y siguió al santo Apóstol, que le condujo
á un valle encerrado entre dos montañas, en el cual se hallaban
admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa
nuestra, por causa del tiempo ó por los reveses de la fortuna: en una
palabra, todo cuanto aquí se pierde va á parar allí. No hablo de los
reinos ó de las riquezas que la suerte prodiga ó arrebata, sino de lo
que esta no tiene facultades para dar ó quitar. Allí se encuentran
muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y
concluye por destruir: allí se hallan infinitos ruegos y votos que los
pecadores dirigen á Dios: las lágrimas y suspiros de los amantes, el
tiempo que se pierde inútilmente en el juego, la ilimitada ociosidad
de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan á ejecutarse, los
deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte
de aquel valle: en resúmen, allí arriba podreis encontrar todo cuanto
aquí abajo habeis perdido.
Conforme iba pasando el Paladin por entre aquellos montones de cosas
perdidas, dirigia preguntas á su guia con respecto á ellos: llamóle,
sobre todo, la atencion uno de estos formado por vejigas hinchadas, en
cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que
eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas y los
griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Despues
vió una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos
que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen á los reyes, á los
príncipes y á los poderosos. Vió unas guirnaldas, entre las que habia
redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oyó que eran las
lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates
estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los
amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de
pedrería. Reparó en un monton de garras de águila, y supo que eran el
emblema de la autoridad que los reyes dan á sus ministros: los fuelles
que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaña, eran las
promesas y los favores que los príncipes conceden á sus Ganimedes, y
que se disipan con la edad florida de estos. Además vió Astolfo ruinas
de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: preguntó á su guia
por ellas, y supo que eran tratados ó conjuraciones mal encubiertas.
Vió serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los
ladrones y monederos falsos; y vió bocas destrozadas de diferentes
maneras, resultado de la triste condicion de los cortesanos. Reparó
en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y preguntó al
Apóstol lo que aquello significaba.--«Es la limosna, le dijo, que deja
alguno para que se reparta despues de su muerte.» Atravesó despues
una montaña cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo
exhalaban un olor agradable, convertido á la sazon en un insoportable
hedor: era la donacion (si es lícito decirlo) que Constantino hizo al
buen Silvestre. Vió una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que
eran ¡oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.
No acabaria nunca, si hubiera de enumerar en mis versos todas las
cosas que allí vió Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se
encuentra allí reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni
en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. Allí
contempló Astolfo los dias que habia malgastado en su vida y sus
acciones inútiles: pero no habria podido conocerlos en sus distintas
formas, si su guia no le hubiera llamado la atencion sobre ellos.
Despues llegó donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que
jamás se nos ocurre pedir á Dios que nos lo conserve; hablo del juicio,
el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas
las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un líquido sutil y
húmedo, pronto á evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba
contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados á tal
objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del señor
de Anglante, y le encontraron fácilmente entre tantos, porque llevaba
esta inscripcion: «Juicio de Orlando.» Los demás frascos tenian escrito
tambien el nombre de aquellos cuyo juicio contenian. El Duque vió que
su correspondiente frasco estaba vacío en gran parte; pero observó con
sorpresa que muchos de los que él suponia en el pleno uso de su razon,
no tenian mucha, á juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos
respectivos. A unos se la habia hecho perder el amor; á otros el deseo
de honores; á otros el afan de atesorar riquezas, que les obligaba
á cruzar la vasta extension de los mares: estos la habian perdido
por tener demasiada confianza en sus señores; aquellos por ir tras
las farsas de la mágia; varios por su pasion por las alhajas, ó los
cuadros; y otros, en fin, por aquello que más anhelaban. Los sofistas,
los astrólogos y aun los poetas tenian allí como en depósito gran parte
de su juicio.
Mediante la vénia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se
apoderó del suyo: aproximó á sus narices el cuello de la botella que
lo contenia, y creyó sentir que la parte de juicio que habia perdido,
volvia á colocarse en su primitivo asiento; lo cual seria así, puesto
que Turpin confiesa que Astolfo se portó durante mucho tiempo con la
mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometió, le trastornó
otra vez el cerebro.
El Paladin cogió tambien la botella más grande y más llena, donde
estaba el juicio que solia hacer prudente y sábio al Conde; la cual
no era tan lijera como presumió al verla reunida á las otras en la
montaña. Antes que el Paladin descendiese de aquella esfera llena de
luz, el santo Apóstol le condujo á un palacio situado á orillas de
un rio: todas sus estancias estaban llenas de copos de lino, seda,
algodon y lana, teñidos de variados colores, unos vivos y brillantes,
y otros súcios y oscuros. En la primera galería, una mujer entrada en
años iba formando madejas con sus hilos en unas devanaderas, cual se
ve á las aldeanas en el Estío devanar la seda de los capullos mojados,
durante la época de la recoleccion. Cuando se concluia un copo, otra
anciana acudia con uno nuevo, y se llevaba á otra parte lo ya devanado,
mientras que una tercera se ocupaba en separar los hilos más finos de
los más toscos, que la primera devanaba sin hacer esta separacion.
--¿Qué trabajo se hace aquí, preguntó Astolfo á Juan, que no lo puedo
comprender?
--Esas viejas son las Parcas, respondió el Apóstol, y con esos
estambres van hilando las vidas de vosotros los mortales. La vida
humana dura tanto como uno de esos copos; ni un momento más. La Muerte
y la Naturaleza tienen sus ojos fijos aquí constantemente, para saber
la hora en que cada cual debe dejar de existir. Aquella anciana se
cuida de escoger los hilos más hermosos, porque se tejen despues para
servir de adorno al Paraiso: con los más toscos se hacen fuertes
ligaduras para los condenados.
Todos los copos que habian pasado ya por las devanaderas, y estaban
preparados para otros trabajos, tenian puestas unas pequeñas planchas
de hierro, de oro ó de plata con los nombres de aquellos á quienes
correspondian. Despues se iban haciendo con ellos compactos montones,
y un anciano se los iba llevando, sin darse punto de reposo, sin
cansarse nunca y volviendo siempre en busca de otros nuevos. Aquel
viejecillo era tan listo y ágil, que parecia haber nacido para correr
constantemente; y recogiendo aquellas madejas en su manto, se las
llevaba á otra parte con la mayor diligencia. En otro canto os diré
dónde se dirigia y el objeto de su trabajo, si me indicais que teneis
placer en ello, prestándome la halagüeña atencion que acostumbrais.