CANTO XXXIII.

Bradamante ve representadas las guerras futuras en las pinturas

del castillo cuyas puertas le abrió su valor.--La fuga de Bayardo

interrumpe el combate de Reinaldo y el rey de Sericania.--Astolfo,

que daba la vuelta al mundo á través de los aires, llega á Nubia de

donde espulsa á las feroces arpías, que devoraban los manjares de la

mesa del rey, y las persigue hasta la boca del infierno.

Timágoras, Parrasio, Protógenes, Polignoto, Timante, Apolodoro,

el ilustre y universalmente conocido Apeles, Zeuxis[48], y todos

los pintores más famosos de la antigüedad, cuyo renombre (á pesar

de Cloto[49] que destruyó sus cuerpos y despues sus obras) vive y

vivirá en el mundo, mientras se lea ó escriba, merced á los poetas;

cuantos existieron ó aun existen en nuestro tiempo, como Leonardo de

Vinci, Andrés Mantegna, Juan Bellini, los dos Dossi, y el que pinta y

esculpe con igual talento, Miguel, más bien que mortal, Ángel divino;

Sebastiano del Piombo, Rafael, Ticiano, honra de Venecia y Urbino

los primeros y de Cadore el último, y todos aquellos cuyos trabajos

compiten con las obras maestras de la antigüedad; cuantos artistas,

en fin, gozan hoy de alguna fama ó la han tenido hace mil y mil años,

representaron con sus pinceles en lienzos ó edificios únicamente los

sucesos que ya acaecieron; pero jamás habreis oido decir que ningun

pintor antiguo ni moderno haya pintado los acontecimientos futuros, y

sin embargo, se han encontrado cuadros representando historias, que se

pintaron antes de que sucedieran.

[48] Célebres pintores de la antigüedad todos ellos. Timágoras,

de Calcio, fué el primero que desafió en su arte á otro pintor y

le venció: Parrasio, de Efeso, el primero que sujetó á reglas el

arte de la pintura, vivió hácia el año 420 antes de Jesucristo,

y estaba tan envanecido de su talento, que llevaba generalmente

un vestido de púrpura y una corona de oro, calificándose á sí

mismo de rey de los pintores: Polignoto, de Thasos, fué el

primero que retrató á las mujeres con vestiduras brillantes y

lujosas: Protógenes, de Rodas, consiguió tanta celebridad por

sus obras, que cuando Demetrio sitió á Rodas y se apoderó de

la ciudad, mandó que se respetase del saqueo el barrio en que

él trabajaba: Timante, de Cythnos, ó Sicion, fué contemporáneo

y rival de Parrasio Apolodoro, pintor griego, que excedió en

su arte á sus antepasados: Apeles, de Colophon el pintor más

célebre y conocido de la antigüedad, el único á quien Alejandro

el Grande permitió que le retratara: Zeuxis, otro pintor griego

de fama universal.

[49] Una de las tres Parcas: la que tiene la rueca é hila el

destino de los hombres.

No puede envanecerse de hacer otro tanto ningun artista, vivo ó

muerto; porque este arte pertenece tan solo á los encantadores, á

cuyos conjuros se estremecen los espíritus infernales. Valiéndose

Merlin de un libro que se proporcionó en el lago Averno[50] ó en las

grutas Nursinas[51], obligó á los demonios á construir en una sola

noche el salon de que he hablado en el canto anterior. El arte mágica

con que nuestros antepasados hicieron tales prodigios, se ha perdido

completamente.

[50] Lago de la Campania, á 3 leguas de Nápoles. Tiene la forma

de un pozo muy profundo, y exhalaba vapores fétidos, por lo cual

le consideraban los antiguos como la entrada de los Infiernos.

[51] Grutas situadas en la montaña de Norsia, cerca de

Nápoles, donde es fama que en la más profunda de ellas tenia

su residencia habitual la Sibila de Cumas. Acudian muchos á

ella para consultar el porvenir, para aprender el arte de

los encantamientos y para hacer sagrados á los demonios los

libros que llevaban; pero no podian salir de la gruta hasta que

transcurriera un año, un mes y un dia, y si se olvidaban de

efectuarlo en el término fijado, quedaban en ella para siempre.

Pero volviendo donde me estarán esperando los que ansiaban contemplar

las pinturas de aquella sala, diré que á una señal dada por el Señor

del castillo, trajo un escudero varias antorchas encendidas, cuya luz

disipó las tinieblas que en torno reinaban, produciendo tal claridad

que parecia de dia. El Castellano dijo entonces:

--Habeis de saber, que de todos los combates que aquí están

representados, son todavía muy pocos los que han acontecido, porque

se pintaron antes de que sucedieran; pero su autor supo tambien

adivinarlos. A la vista teneis las victorias ó derrotas que nuestros

soldados conseguirán ó tendrán que sufrir en Italia. El profeta

Merlin se esmeró en reproducir en esta sala todas las batallas

prósperas ó adversas que los franceses habian de dar al otro lado de

los Alpes, desde la época en que él vivió hasta mil años despues. El

rey de Bretaña envió á Merlin á disposicion del rey franco sucesor

de Marcomiro[52]: os diré en pocas palabras la causa de la venida de

Merlin, y por qué ejecutó este trabajo.

[52] Marcomiro V, rey franco, padre de Faramundo, á quien muchos

historiadores tienen por el primer rey de Francia.

»El rey Faramundo, que fué el primero que invadió la Galia atravesando

el Rin á la cabeza del ejército franco, despues de conquistar este

país, formó el designio de sojuzgar tambien la soberbia Italia, en

vista de que el Imperio romano iba decayendo de dia en dia; y con

este objeto quiso aliarse con el británico Arturo, contemporáneo

suyo. Arturo, que no emprendia cosa alguna sin consultar préviamente

el parecer de Merlin, del sábio encantador hijo del demonio, que

profundizaba los arcanos del porvenir, supo por él los peligros á que

expondria á sus soldados si penetraba en la region que dividen los

Apeninos y está limitada por el mar y los Alpes, cuya profecía se

apresuró á poner en conocimiento de Faramundo. Merlin anunció al Rey

franco que todos cuantos empuñaran el cetro de Francia despues de él,

verian sus ejércitos destruidos por el hierro, el hambre ó la peste,

y que sus pretensiones sobre Italia solo les reportarian alegrias

transitorias y prolongados lutos, pocas ventajas é interminables daños,

porque las lises no podrian arraigarse jamás en aquel país. Faramundo

dió tal crédito á los vaticinios del encantador, que dirigió hácia otra

parte sus armas; y Merlin, previendo los acontecimientos futuros como

si en realidad hubieran tenido efecto, accedió á los ruegos del Rey,

segun se cree, é hizo por medio de encantamientos esas pinturas que

representan todos los hechos de armas que deberian llevar á cabo los

franceses, como si ya se hubiesen realizado. El monarca francés quiso

dar á entender á sus sucesores que así como podria alcanzar triunfos y

honores todo el que abrazara la defensa de Italia contra cualquiera de

sus enemigos, del mismo modo deberia estar seguro de hallar abierta la

tumba en sus montañas si se dirigia á ella con intencion de saquearla ó

tiranizarla, haciéndole soportar el yugo de la esclavitud.»

Así dijo, y en seguida condujo á los circunstantes hácia el cuadro

donde empezaban las historias, mostrándoles á Sigeberto, que estimulado

por los cuantiosos donativos que le ofreciera el emperador Mauricio,

bajaba desde el monte de Jove á la extensa llanura regada por el Lambro

y el Tesino. Veíase en él á Autharis, no solo rechazando la invasion de

los franceses, sino desordenando y aniquilando su ejército[53].

[53] Deseoso Mauricio, emperador de Constantinopla, de arrojar

de Italia á los lombardos, incitó á Sigeberto, rey de Austrasia,

á que tomara las armas contra ellos, ofreciéndole en cambio

ricos presentes y donativos espléndidos. Sigeberto pasó los

Alpes á la cabeza de un numeroso ejército, y llegó á la Galia

Cisalpina. Autharis, rey de los lombardos, apenas supo su

venida, se fingió temeroso y se encerró dentro de los muros de

Milan; entonces los franceses, haciendo gala de mayor audacia y

seguridad de la que les convenia, descuidaron toda vigilancia, y

aprovechándose Autharis de este descuido, cayó sobre ellos y los

destrozó, causándoles una mortandad horrorosa.

En otro cuadro se veia á Clodoveo atravesando los Alpes á la cabeza

de un ejército de cien mil hombres; pero el Duque de Benevento, que

no contaba para hacerle frente más que con un número muy reducido de

tropas, fingia abandonar el campamento, á fin de que cayera el enemigo

en el lazo que se le tendia. La soldadesca francesa se lanzaba sobre el

vino lombardo para escarmiento y baldon suyo, quedando prendida en él,

como las moscas en la miel[54].

[54] Clodoveo, rey de Francia, pasó con un numeroso ejército á

Italia, con objeto de destruir el poder de los lombardos. Como

Grimoaldo, duque de Benevento, á quien correspondia la corona de

Lombardia, estaba á la sazon ocupado en pelear con los hermanos

Pertarita y Gondiberto, que se la disputaban, se conoció

impotente para resistir á los franceses, y determinó valerse

de la astucia. Con las escasas fuerzas de que disponia simuló

un ataque contra Clodoveo, y huyendo despues atrajo al enemigo

al campamento lombardo, que estaba abundantemente provisto de

víveres y vino. La intencion de Grimoaldo tuvo cumplido efecto,

porque abalanzándose los franceses sobre los barriles de vino,

no tardaron en embriagarse, y cuando Grimoaldo los vió por la

noche ébrios y soñolientos, cayó sobre ellos y los derrotó de

tal suerte, que no quedó uno solo que pudiera llevar á su país

la noticia de su derrota.

En el cuadro siguiente se veia á Childeberto enviando á Italia una

inmensa multitud de capitanes y guerreros franceses; pero sin poder

envanecerse, más que Clodoveo, de haber saqueado ó vencido al lombardo;

porque cayó sobre su ejército la espada del Cielo produciendo en él

tal estrago, que todos los caminos estaban sembrados de cadáveres

franceses, muertos de calor ó de disentería, en términos que de cada

diez no volvió uno sano[55].

[55] Queriendo vengar Childeberto, sucesor de Clodoveo, la

derrota que á este hiciera sufrir Grimoaldo, envió á Italia

una poderosa hueste dividida en tres cuerpos: el jefe de la

primera fué atravesado por una saeta delante del castillo de

Milan, por cuya causa sus soldados se desbandaron, pasando

algunos á reunirse con los otros dos cuerpos: el segundo anduvo

recorriendo y devastando la Venecia y la Lombardia. El tercero

puso sitio á Milan, donde pasó algun tiempo esperando socorros

del emperador de Oriente, y como estos no llegaran y el ejército

francés sufriera entre tanto una pestilente mortandad, los pocos

soldados que quedaban regresaron á sus hogares.

El Castellano les mostró despues á Pepino y en seguida á Cárlos, que

bajaban uno tras otro á Italia, consiguiendo ambos ver coronada su

empresa de un éxito feliz, por lo mismo que no la habian llevado á

cabo con objeto de asolar el país, sino con el de defender el primero

al oprimido Pastor Esteban, y el segundo á Adriano y á Leon despues.

El uno conseguia domeñar al belicoso Astolfo, y el otro vencer y hacer

prisionero á su sucesor, reponiendo al Papa en su honorífico puesto[56].

[56] Exaltado Esteban II al sólio pontificio, Astolfo, rey de

Lombardia, empezó á vejarle de diversos modos, llegando hasta

á apoderarse de Rávena, á pesar de los dones que el Papa le

ofrecia para contenerle. En su consecuencia, Esteban II pidió

auxilio á Pepino, rey de Francia, el cual atacó á Astolfo, le

venció y le obligó á restituir á la Santa Sede cuanto le habia

usurpado. En cuanto Pepino regresó á Francia, empezó de nuevo

Astolfo sus ataques contra Roma, por lo cual, llamado otra vez

el monarca francés, obligó tambien al lombardo á cejar en sus

persecuciones. Muerto Astolfo, le sucedió su hijo Desiderio,

que fué vencido y encerrado en Lyon por Carlomagno, segun se ha

dicho en el canto III.--Al papa Adriano sucedió Leon III, el

cual fué acometido una mañana mientras celebraba los divinos

oficios por sus competidores Pascual Primicerio y Gíampdo

Preste, que arrancaron al Papa sus vestiduras, lo arrojaron

al suelo, le quisieron sacar los ojos y la lengua, y se le

llevaron por fin prisionero. El Papa pudo escaparse, merced á

su camarero Albino, y fué á pedir auxilio á Carlomagno, que

á la sazon estaba en guerra con los sajones. No pudiendo el

Emperador acompañarle, le envió á Roma con una numerosa escolta

y le restableció en su trono. En agradecimiento, Leon III puso

en la cabeza de Carlomagno la corona imperial. Los dos culpables

fueron despues aprehendidos y llevados á Francia, donde murieron

en el cautiverio.

Mostróles á continuacion al jóven Pepino, que con su ejército parecia

cubrir todo el territorio que se extiende desde el Pó hasta las costas

orientales. A fuerza de gastos y de mucho trabajo, establecia un puente

en Malamocco, cuyo extremo llegaba á Rialto, para combatir sobre él.

Despues estaba representado en actitud de huir, dejando á los suyos

sepultados bajo las aguas, por haberle destruido el puente las olas y

el viento[57].

[57] Pepino, hijo de Carlomagno y coronado rey de Italia por

el Papa Leon III, declaró la guerra á los venecianos por

apoderarse de la Dalmacia. Despues de haberse hecho dueño de la

campiña de Venecia y de muchas islas cercanas, intentó asaltar

el palacio de Rialto, adonde se habia trasladado el Dux desde

el de Malamocco, y no pudiendo conseguir su objeto por tierra,

construyó un puente de tablas sobre toneles vacíos en el canal

de Orfano que es muy profundo, para que sus soldados, poco

acostumbrados á los combates navales, lucharan sobre él con más

comodidad. Pero los venecianos, defendiéndose en sus lanchones,

y auxiliados por un viento impetuoso que agitó fuertemente

las aguas, hicieron pedazos el puente, precipitando á los

franceses en el canal, y Pepino tuvo que abandonar la empresa, á

consecuencia de las pérdidas que sufrió.

Seguia á continuacion Luis de Borgoña, que descendia á la llanura en

que debia quedar vencido y prisionero, obligándole su vencedor á jurar

que nunca volveria las armas contra él. Por haber cumplido mal su

juramento, caia de nuevo en el lazo que se le habia tendido, y dejando

en él los ojos, le trasladaban los suyos como un topo al otro lado de

los Alpes[58].

[58] Reinando Berengario I en Italia, Luis III de Francia, hijo

de Boson, rey de Borgoña, quiso disputarle la corona; pero

vencido por Berengario, le juró que no volveria á tomar las

armas contra él. Olvidando á los cuatro años su juramento, le

declaró de nuevo la guerra, pero fué sorprendido en Verona por

su competidor, el cual se apoderó de él, hizo que le sacaran los

ojos, y le envió á Francia, donde desde entonces le apellidaron

el _Ciego_.

Representaba la pintura siguiente las portentosas hazañas de Hugo de

Arlés, arrojando de Italia á Berengario, y derrotándole dos ó tres

veces seguidas, á pesar del auxilio de los hunos y de los bávaros.

Obligado despues á ceder al número, capitulaba con el enemigo; pero

no sobrevivia mucho tiempo á esta afrenta, y su sucesor, no menos

infortunado que él, se veia precisado á ceder á Berengario todos sus

estados[59].

[59] Reinaba en Italia Berengario II, en cuyo tiempo Rodolfo,

rey de Borgoña, pasó á Italia, llamado por muchos señores que

odiaban á aquel, le venció y le privó de la corona. Berengario

solicitó el auxilio de los hunos, los cuales pasaron á Italia

y la devastaron. Viendo esto los italianos, é irritados con la

pusilanimidad de Rodolfo, llamaron á su vez á Hugo, conde de

Arlés, que despues de expulsar á los hunos y á Rodolfo, reinó

diez años. Por entonces entraron en Italia los bávaros con un

grande ejército; pero fueron vencidos por Hugo. Berengario

III, sucesor de su padre, intentó recobrar despues sus estados

hereditarios; y auxiliado por los hunos y los bávaros, obligó á

Hugo á pedir la paz, bajo condicion de que él saldria de Italia

dejando en rehenes á su hijo Lotario. Al poco tiempo Hugo murió

en Arlés, y su hijo, que estaba encerrado en Pavía, solo le

sobrevivió dos años.

Más allá contemplaron á otro Cárlos, que para consuelo del buen Pastor,

encendia en Italia el fuego de la guerra, y en dos terribles batallas

daba muerte á dos reyes: á Manfredo, primero, y á Conradino despues.

Su gente, que tenia el reino oprimido con toda clase de vejámenes, se

diseminaba por las ciudades, y al poco tiempo toda ella era degollada

al toque de vísperas[60].

[60] El buen Pastor á que se refiere Ariosto fué Urbano IV,

á quien llama bueno por ironía; pues en vez de practicar

obras santas, llamó á Cárlos de Anjou para encender la guerra

en Italia. Este príncipe pasó en efecto á la Península con

un ejército francés y derrotó á Manfredo, rey de Nápoles,

que murió en la batalla. En cuanto á su sobrino y sucesor

Conradino, logró escaparse; pero vendido por algunos de los que

protegian su fuga, fué entregado á Cárlos, el cual, cediendo á

las sugestiones del Papa, le hizo decapitar en la plaza de la

Anunziata de Nápoles.--Poco tiempo despues fué exterminado el

ejército francés por los sicilianos, cuya matanza es bastante

conocida con el nombre de _Vísperas sicilianas_.

El Castellano les enseñó despues (dejando en claro una larga série

de años, y aun de lustros), un capitan francés que descendia de los

Alpes para hacer la guerra á los ilustres Viscontis, el cual sitiaba á

Alejandría con un numeroso ejército, compuesto de infantes y ginetes:

el Duque de Milan reforzaba la guarnicion de la plaza sitiada, y al

mismo tiempo preparaba no lejos de allí una emboscada, á la que con

astucia y maña sabia atraer á los imprudentes franceses. El Conde

de Armañac perecia en ella con la mayor parte de sus gentes, cuyos

cadáveres yacian esparcidos por toda la llanura, y los restos del

ejército caian prisioneros en Alejandría: aumentado el caudal del

Tánaro con la sangre derramada en la batalla, se precipitaba en el Pó

enrojeciendo sus aguas[61].

[61] Molestados los florentinos y boloneses por Galeas Visconti,

duque de Milan, se conjuraron contra él con la mayor parte de

los príncipes italianos, é hicieron que pasara desde Francia

á auxiliarles el conde de Armagnac con un ejército de 20,000

hombres, que pusieron sitio á Alejandría: entonces Galeas,

dejando una fuerte guarnicion en la ciudad, salió con el resto

de sus tropas, y dando un gran rodeo, cayó sobre la retaguardia

del enemigo, mientras los sitiados hacian una salida vigorosa,

de suerte que los franceses, cogidos entre dos fuegos, quedaron

muertos ó prisioneros. El conde de Armagnac murió á consecuencia

de sus heridas.

Mostróles á continuacion un señor de la Marca y tres condes de Anjou,

diciendo:

--Ved cuán molestos son estos guerreros á los habitantes de la Daunia y

de los Abruzzos, á los Marsos y á los Salentinos[62]; pero de nada les

valdrán los auxilios que reciban de Roma ó de Francia para conseguir

afirmar su planta en aquellos países; y si no, ved cómo Alfonso y

Fernando les arrojan del reino cuantas veces intentan penetrar en

él[63].

[62] Daunia: region de la Italia meridional, que hoy forma,

poco más ó menos, la Capitanata.--Marsos: pueblo de la Italia

antigua, que habitaba en las montañas que rodean el lago Fucino,

en el reino de Nápoles.--Salentinos: pueblo antiguo de la Italia

meridional, al que se coloca en la costa de Calabria.

[63] Casado Jacobo, conde de la Marca y descendiente de los

reyes de Francia, con Juana II, reina de Nápoles, olvidó lo

prometido al casarse, é intentó gobernar con exclusion de su

esposa. Juana, auxiliada por Francisco Sforza, duque de Milan,

obligó á su marido á huir á Francia.--Alfonso, hijo adoptivo

y sucesor de Juana, tuvo que combatir contra los condes Luis

y Renato de Anjou, los cuales le disputaban la corona por

descender de Cárlos III; pero Alfonso los venció y se hizo dueño

del reino. A la muerte de Alfonso, Renato de Anjou declaró la

guerra á su sucesor Fernando, inducido á ello por muchos señores

italianos; pero el nuevo rey alcanzó la victoria y se estableció

en el trono, á pesar de que los franceses ayudaron á Renato con

hombres y dinero.

»Ahí teneis á Cárlos VIII, que desciende de los Alpes, llevando

consigo la flor de los guerreros franceses: atraviesa el Liris[64] y

se apodera de todo el reino sin desenvainar la espada ó enristrar la

lanza, excepto del escollo que se extiende por los brazos, el pecho y

el vientre de Tifeo[65], en donde no pudo vencer la resistencia del

valeroso Iñigo del Vasto, descendiente de la estirpe de Ávalo[66].»

[64] Rio de Italia, que desagua al E. de Gaeta. Hoy se llama el

Garigliano.

[65] Este escollo es la isla de Ischia, situada á la entrada

del golfo de Nápoles, bajo la cual suponian algunos poetas que

estaba sepultado el gigante Tifeo, uno de los que intentaron

asaltar el Olimpo.

[66] Cárlos VIII de Francia quiso conquistar el reino de

Nápoles, haciendo valer ciertos derechos que los príncipes de la

casa de Anjou habian legado á su familia. En cinco meses llevó á

cabo dicha conquista, contando con el auxilio de muchos magnates

italianos; pero no pudo apoderarse de la fortaleza levantada en

la isla de Ischia, que defendió valerosamente Iñigo del Vasto,

en favor de Fernando II de Nápoles.

El señor del castillo, que iba describiendo aquellas historias á

Bradamante, añadió al mostrarle la isla de Ischia:

--Antes de seguir más adelante, quiero referiros lo que solia contarme

mi abuelo cuando yo era niño: es un suceso que él habia oido relatar á

sus padres ó abuelos, y estos á los suyos, remontándose de esta suerte

la tradicion hasta aquel de mis ascendientes que oyera la historia de

los propios lábios del que hizo sin necesidad de pincel las variadas

imágenes que aquí veis. Cuando Merlin mostró al Rey el castillo

edificado sobre la empinada roca que os estoy designando, le dijo lo

que vais á escuchar:--«Esa isla llegará á ser defendida un dia por un

caballero, cuya audacia despreciará las llamas que hasta el mismo Faro

le han de rodear por todas partes; y por aquella época ó poco despues

(le designó el dia y el año) deberá nacer de su sangre un guerrero,

que dejará muy atrás á todos los más valientes que existan ó hayan

existido. No fué tan grande la belleza de Nireo[67], ni el valor de

Aquiles, ni la audacia de Ulises, ni la velocidad de Lada[68]; no

fué tan prudente Néstor, que tanto supo y vivió tanto[69], ni César

tan liberal y magnánimo como la antigua fama nos lo representa, que,

comparados con el varon ilustre que debe nacer en Ischia, no queden

oscurecidas todas las virtudes que los han hecho famosos. Y si se

envaneció la antigua Creta cuando vió nacer en ella al nieto del

Cielo[70]; si Hércules y Baco hicieron á Tebas gloriosa[71]; si Delos

se alabó de haber llevado á los dos gemelos[72], no dejará esa isla de

estremecerse de gozo y de adquirir un renombre que por todo el orbe

resuene, cuando nazca en ella aquel gran Marqués[73] á quien el Cielo

prodigará todos sus dones.»--Así le dijo Merlin, y repitió muchas veces

que estaba reservado para ver la luz primera en el instante en que

más oprimido se viera el romano Imperio, á fin de que, merced á él,

recobrara su libertad.--Pero como os he de enseñar más adelante algunas

de sus hazañas, no quiero hablaros de ellas prematuramente.

[67] Rey de Naxos: era despues de Aquiles el más hermoso de

todos los griegos que fueron al sitio de Troya.

[68] Lada, segun los historiadores, fué tan veloz en la carrera,

que cuando corria no dejaba la huella de sus plantas en el suelo.

[69] Néstor, rey de Pylos, es celebrado entre los poetas por su

sabiduría y elocuencia, y llegó á una edad tan avanzada, que,

segun Homero, vivió tres edades de hombre.

[70] Júpiter, fué hijo de Saturno, el cual lo fué del Cielo,

segun la fábula, por cuya razon Ariosto llama á Júpiter, nieto

del Cielo. Este dios fué criado secretamente en la isla de

Creta, adonde le envió su madre Rhea para impedir que su padre

lo devorase, como hacia con todos sus hijos varones.

[71] Por haber nacido en ella.

[72] En Delos, una de las islas Ciclades, nacieron Diana y

Apolo, hijos de Júpiter y Latona. Segun la fábula, la celosa

esposa de Júpiter obligó á la Tierra á no dar refugio á Latona

mientras estaba encinta; pero Neptuno, movido á compasion,

hizo salir del fondo del mar la isla de Delos, donde Latona se

refugió. Esta isla estuvo fluctuando sobre las aguas, hasta que

Latona dió á luz á los dos gemelos, y entonces se fijó entre las

demás del archipiélago griego.

[73] Fernando Francisco de Ávalos, marqués de Pescara, de quien

se ha hablado ya en el canto XV.

Así dijo el Castellano, y volvió á ocuparse del cuadro en que estaban

representadas las ínclitas proezas de Cárlos.

--Ved ahí, les decia, cómo se arrepiente Luis de haber hecho que Cárlos

acuda á Italia; pues su intencion al llamarle solo será la de que le

preste auxilio contra su inveterado rival, y no la de que le despoje de

sus estados. Por esta razon se aliará á los venecianos, y al regreso de

Cárlos, intentará apoderarse de él. Mirad cómo baja la lanza el animoso

Rey, se abre un camino sangriento y se aleja, á pesar de los esfuerzos

de sus enemigos. Mas las tropas que habrá dejado para conservar el

nuevo reino, sufrirán una suerte bien distinta; pues Fernando, ayudado

por el Señor mantuano, reunirá tantas fuerzas en su contra, que en

pocos meses no dejará un francés vivo, lo mismo en el mar que en la

tierra. Sin embargo, la pérdida de un solo hombre muerto á traicion,

hará desaparecer todo el júbilo de la victoria[74].

[74] Habiendo muerto Galeas Sforza, duque de Milan, dejó un hijo

de corta edad llamado Juan Galeas, en cuyo nombre gobernaba el

estado su tio Luis Sforza, llamado el _Moro_, á causa de su

color moreno. Intentando este usurpar á su sobrino la corona

ducal, y contrariado en sus propósitos por Alfonso, rey de

Nápoles, indujo á Cárlos VIII de Francia á que pasara á Italia

con objeto de conquistar el reino de Nápoles, cuya conquista

llevó Cárlos á cabo, segun se ha dicho en una nota precedente.

No tardó el francés vencedor en publicar sus propósitos de

apoderarse de toda la Italia, y recelosos por esta causa los

príncipes italianos, y en especial Luis Sforza, que era ya

duque de Milan por muerte de su sobrino y estaba arrepentido

de haber llamado á Cárlos VIII, formaron entre los milaneses,

los venecianos y los mantuanos una alianza para oponerse á las

pretensiones del nuevo rey de Nápoles. Los ejércitos de ambas

partes vinieron á las manos en las márgenes del Taro, y despues

de combatir con indecisa fortuna, lograron los franceses abrirse

paso. Mientras tanto el rey Fernando, sucesor de Alfonso salió

de Ischia y entró en Nápoles, cuyos habitantes, cansados del

orgullo é insolencia de los franceses, le recibieron con los

brazos abiertos, y auxiliado por los venecianos, exterminó á

todos los enemigos que quedaban en el reino.

Así diciendo, les mostró al marqués Alfonso de Pescara, y prosiguió:

--Despues que los lauros alcanzados en mil empresas hayan hecho brillar

á ese guerrero más que el resplandeciente rubí, caerá en una asechanza

que le tenderá un malvado etíope por medio de un tratado doble, y ahí

podeis ver cómo cae el mejor caballero de aquella edad con la garganta

traspasada por una saeta[75].

[75] Quedaba aun en poder de los franceses el castillo nuevo

de Nápoles, cuando un esclavo moro que estaba á su servicio,

prometió á las tropas napolitanas y aragonesas que en una noche

dada incendiaria la armada francesa, y les abriria las puertas

de la iglesia de Santa Cruz. Alfonso de Pescara, llamado á media

noche por aquel malvado, acudió á conferenciar con él desde el

pié de las murallas del castillo, y entonces el moro le lanzó

una saeta lunada que le dejó muerto en el acto.

En seguida les enseñó al rey Luis XII atravesando los montes al frente

de un ejército italiano, el cual, venciendo al Moro, plantaba la flor

de lis en el terreno fecundo propiedad de los Viscontis. Desde allí

enviaba sus soldados por el mismo camino que ya habia seguido Cárlos,

á fin de que echaran un puente sobre el Garellano; pero no tardaban en

ser derrotados, y en quedar muertos ó ahogados en el rio[76].

[76] Poco despues de su advenimiento al trono de Francia,

intentó Luis XII recobrar el Milanesado, y á este fin se alió

con el Papa Alejandro VI y los venecianos contra Luis Sforza

el Moro, á quien desposeyó de sus estados obligándole á pedir

auxilio al emperador Maximiliano. Aliado despues Luis XIII con

el rey de España acometieron juntos á Federico de Aragon, rey de

Nápoles, le vencieron y se repartieron su reino; pero habiéndose

suscitado algunas disensiones entre los españoles y franceses á

causa de esto reparto, acudieron á las armas para dirimirlas, y

encontrando Gonzalo de Córdoba al ejército francés en el momento

en que intentaba pasar el Garigliano, le causó una sangrienta

derrota.

--Contemplad, decia el Señor del castillo, esa nueva y terrible matanza

del ejército francés, obligado á emprender la fuga; el español Gonzalo

Fernandez es el que por dos veces le ha hecho caer en la trampa. Ved,

sin embargo, cómo la Fortuna, que tan adversa se mostrara entonces al

rey Luis, le sonríe despues más benigna en las ricas llanuras que el Pó

divide entre los Apeninos y los Alpes, hasta donde se oyen los bramidos

del Adriático[77].

[77] Despues de la derrota del Garigliano, los españoles

consiguieron vencer á los franceses en Ceriñola, ciudad del

reino de Nápoles, en cuya batalla pereció el Duque de Nemours,

generalísimo del ejército francés; y á consecuencia de estas

dos victorias, los franceses, que ya solo conservaban la plaza

de Gaeta, tuvieron que abandonarla, y con ella el reino.--La

victoria que consiguió el rey Luis XII posteriormente fué la de

Rávena, mencionada ya en otro canto.

Al decir estas palabras, se reconvino á sí mismo por haber olvidado

lo que debia referir de antemano; y volviendo atrás, les designó un

traidor que vendia al enemigo el castillo que su señor le confiara; el

pérfido suizo, que más adelante cargaba de cadenas al mismo que pagaba

sus servicios: traiciones ambas que concedian el triunfo al rey de

Francia sin necesidad de combatir[78].

[78] En cuanto Luis XII entró en Milan, abandonada por su duque

Luis el Moro, se fueron rindiendo á sus armas todas las ciudades

del ducado, incluso Génova, cuyo castillo vendió por dinero su

gobernador, que era suizo, al ejército francés. Apenas regresó

Luis XII á sus estados, ocurrieron algunos choques entre los

milaneses y la guarnicion francesa y aprovechando Luis el Moro

esta circunstancia, recuperó en breve su patrimonio, auxiliado

por un ejército suizo. A los pocos dias volvieron los franceses,

le atacaron, y los suizos que auxiliaban al Duque de Milan,

ganados por el oro francés, se pasaron al enemigo, entregando á

Luis el Moro, que fué llevado cautivo á Francia, donde murió á

los diez años de cautiverio.

A continuacion les hizo reparar en César Borgia, que con el auxilio de

aquel Rey, aumentaba su poderío en Italia, y desterraba de Roma á su

albedrío cuantos grandes y señores le eran molestos[79]. Despues les

indicó el mismo Rey, que hacia desaparecer de Bolonia la sierra, la

reemplazaba con el roble, ponia luego en fuga á los genoveses que se le

habian rebelado, y subyugaba su ciudad[80].

[79] César Borgia, hijo natural de Rodrigo Borgia, que despues

fué Papa con el nombre de Alejandro VI, se hizo célebre por

sus crímenes y sus perfidias. Su padre le hizo cardenal, y en

seguida le obligó á abandonar la púrpura para tomar la espada.

Casó con una hija de Juan de Albret, rey de Navarra y pariente

de Luis XII de Francia, el cual le ayudó á apoderarse en 1501

de la Romanía, Urbino, Camerino y Sinigaglia, envenenando á

la mayor parte de los pequeños príncipes de estos países, y

cometiendo inauditas crueldades con los nobles.

[80] Ayudado el Papa Julio II por los franceses, arrojó de

Bolonia en 1508 á la familia Bentivoglio, que llevaba por enseña

ó blason una sierra, redujo á la ciudad á su obediencia y puso

en ella el Roble, que era su blason.

--Mirad ahí, continuó diciendo, cuán cubierta de cadáveres está la

campiña de Giaradadda: todas las ciudades abren sus puertas al Rey, y

ni aun la misma Venecia puede resistirle. Mirad cómo este no consiente

al Papa que, pasados los límites de la Romanía, arrebate la ciudad

de Módena al Duque de Ferrara; pues por el contrario, obligando al

Pontífice á detener su invasion y á respetar los estados de aquel

duque, le despoja de la ciudad de Bolonia, y se la entrega á la familia

de los Bentivoglio. Contemplad más allá al ejército francés saqueando

á Brescia despues de apoderarse de nuevo de ella, y ved cómo socorre á

Felsina, y dispersa casi á un tiempo mismo al ejército papal.--El uno y

el otro se encuentran luego frente á frente en las llanuras que riega

el Chiese. Por un lado el ejército francés, y por el otro el del Papa,

reforzado con un numeroso cuerpo de españoles, traban una sangrienta

batalla. Caen sin cesar combatientes de ambas partes, enrojeciendo el

suelo; todos los fosos y zanjas están llenos de sangre humana. Marte

no sabe á quien conferir la palma de la victoria; pero merced á la

intrepidez de un Alfonso, ceden los españoles, y los franceses quedan

dueños del campo: á consecuencia de esta batalla, es saqueada la ciudad

de Rávena, y el Papa, mordiéndose los lábios de desesperacion, hace

que una multitud de alemanes descienda á modo de tempestad, desde las

montañas vecinas, los cuales, arrollando en todos los encuentros á los

franceses, les arrojan al otro lado de los Alpes, y colocan despues un

vástago del Moro en el jardin de donde arrancan las lises de oro[81].

Ved cómo vuelve el francés, y cómo le derrota el suizo desleal, llamado

por el jóven en su auxilio, á pesar del riesgo á que se exponia por

haber sido el mismo que vendiera y aprisionara á su padre[82]. Pero

mirad cómo ese mismo ejército, que habia caido debajo de la rueda de la

Fortuna, se prepara á vengar la derrota de Novara, guiado por un nuevo

rey, y pasa á Italia bajo mejores auspicios[83]. Ahí teneis á Francisco

I destrozando á los suizos de tal modo, que casi los extermina

completamente, y haciéndoles además perder para siempre el título de

domadores de príncipes y defensores de la Iglesia cristiana, con que

aquellos villanos mal nacidos se engalanaban. Mirad cómo, á pesar de

la Liga, se apodera de Milan, y pensiona al jóven Sforza. Ved á Borbon

que defiende la ciudad por el rey de Francia contra el furor aleman.

Ved despues cómo, mientras está ocupado el monarca francés en empresas

de mayor importancia, y sin sospechar el orgullo y la crueldad de que

hacen gala los suyos, le arrebatan á Milan.

[81] Habiendo quitado los venecianos al Papa Julio II muchos

pueblos al Norte de Italia, el Pontífice formó en 1508 con Luis

XII de Francia, Fernando V de España y el emperador Maximiliano

la liga de Cambrai, y obligó á Venecia á aceptar condiciones

desventajosas. Cuando no necesitó de los socorros de Luis XII

le suscitó enemigos, y á este fin se alió nuevamente en 1511

con los españoles y con los mismos venecianos, y declaró la

guerra á Alfonso, duque de Ferrara. Acudió Luis XII en auxilio

de este; venció al Papa en Bolonia, de cuya ciudad le despojó

restituyéndola á la familia Bentivoglio, saqueó á Brescia

y alcanzó una nueva victoria en Rávena, de la que ya se ha

hablado. Irritado el Papa con estos reveses, hizo entrar en

la liga, que se llamó _Liga Santa_ á los ingleses, alemanes y

suizos; y todos juntos causaron á los franceses en Cuinegatte

una espantosa derrota, que les obligó á retroceder hácia el

Piamonte, donde quisieron hacer frente, pero fueron vencidos

segunda vez y abandonaron la Italia. A consecuencia de todo

esto, Maximiliano Sforza, hijo de Luis el Moro, fué repuesto en

el trono de Milan.

[82] Despues de abandonar la Italia, Luis XII hizo la paz

con los venecianos, y aliándose con ellos, envió otra vez su

ejército al mando de La Tremouille. Maximiliano Sforza, al

saberlo, pidió auxilio al Papa y á los suizos, á pesar de

haber sido estos los que vendieron á su padre. Encontrando los

milaneses y suizos al ejército francés en Novara le causaron una

derrota espantosa; por lo cual confió el Papa á los segundos

la defensa de la bandera eclesiástica, y les dió el título de

defensores de la libertad de la Iglesia contra los Príncipes

soberbios.

[83] En el canto XXVI queda dicho cómo pasó Francisco I de

Francia los Alpes, destrozó á los suizos en Marignan, vengando

la derrota de Novara, y se apoderó de Milan, concediendo una

pension al jóven Sforza en cambio de su perdida corona.

»Fijad la vista en ese otro Francisco, que tanto se parece al abuelo,

no solo en el nombre, sino tambien en el valor, el cual, despues de

expulsar á los franceses, recobra con el favor de la Iglesia el suelo

pátrio[84]. Ved cómo vuelve Francia, pero conteniendo sus ímpetus, y

sin recorrer con rápido vuelo la Italia, cual solia; pues el bravo

Duque de Mantua sale á oponérsele en el Tesino y le corta el paso.

Federico, en cuyo rostro no apunta todavía el bozo de la pubertad, se

hace digno de eterna gloria, por haber sabido defender á Pavía del

furor de Francia y desbaratar los proyectos del Leon del mar, haciendo

uso de su diligencia y sagacidad más bien que de las armas[85].

[84] El emperador Cárlos V aliado con el Papa Leon X, determinó

arrojar á los franceses de Milan para colocar en su trono á

Francisco Sforza, nieto del primero de igual nombre é hijo

segundo de Luis el Moro. Los españoles mandados por el marqués

de Pescara derrotaron á los franceses, que lo estaban por

Trivulcio, el cual fué hecho prisionero, y Sforza restituido en

el trono de Milan.

[85] El Rey de Francia envió un nuevo ejército á las órdenes

del Duque de Saboya para recobrar á Milan, cuya ciudad asedió

tan infructuosamente, que se vió obligado á levantar el sitio.

El Duque de Saboya pasó á Pavía, de cuya plaza era gobernador

Federico Gonzaga, duque de Mantua, el cual á pesar de su corta

edad, supo resistir y rechazar á los franceses y venecianos

coaligados.

»Reparad en esos dos marqueses, ambos terror de nuestras gentes y

honor de Italia; ambos de una misma estirpe, y nacidos en un mismo

nido. El primero es hijo de aquel marqués Alfonso, con cuya sangre

vísteis enrojecido el suelo, por haber caido en las asechanzas que

un negro le tendiera. Ved cuántas veces son arrojados de Italia los

franceses, merced á sus consejos. El otro cuyo aspecto es tan benigno y

apacible, es señor del Vasto, y se llama Alfonso. Este es el valiente

caballero de quien os hablaba cuando os enseñé la isla de Ischia, y con

respecto al cual dijo tantas cosas Merlin á Faramundo, profetizando

que aplazaria su nacimiento para cuando más necesidad tuviesen de su

ayuda la afligida Italia, la Iglesia y el Imperio contra los ultrajes

de los bárbaros. Mirad cómo, puesto á las órdenes de su primo el

de Pescara, y bajo los auspicios de Próspero Colonna, hace que los

suizos y especialmente los franceses conserven un terrible recuerdo de

Bicocca[86]. Ved cómo Francia se apresta de nuevo á vengar las afrentas

recibidas, bajando su rey con un ejército á Lombardia y enviando otro á

talar el reino de Nápoles; pero la Fortuna, que juega con los mortales

como el viento con el árido polvo, al cual hace describir rápidos

remolinos, lo remonta hasta el Cielo, y de improviso lo precipita en

la Tierra de donde lo ha elevado, alimenta las ilusiones del Rey que

cree tener reunido en torno de Pavía un ejército de cien mil hombres,

cuando á pesar de ver los que desertan continuamente, no sabe si sus

gentes aumentan ó disminuyen: así es que por culpa de algunos ministros

avaros, y por la bondad del Rey que de ellos se fia, son muy pocos

los que acuden á reunirse bajo sus banderas, al resonar por la noche

el toque de llamada para rechazar el ataque del sagaz español, que

sostenido por los dos ilustres descendientes de Ávalos, seria capaz

de abrirse paso hasta el Cielo ó el Infierno. Ved lo más selecto de

la nobleza de Francia llenando con sus cadáveres el campo; ved á su

Rey animoso, que á pesar de rodearle un bosque de lanzas y espadas, y

de estar muerto su caballo, no quiere rendirse ni suponerse vencido,

aun cuando todo el ejército enemigo se precipita sobre el, y hácia

él solo dirige sus ataques, en tanto que el Rey no tiene quien le

socorra. El valeroso monarca empapado en sangre enemiga se defiende á

pié; pero preciso es que el valor ceda al fin á la fuerza. Ved al Rey

prisionero, y védlo luego en España, y mirad cómo se concede el laurel

de la victoria y de la prision del monarca al Marqués de Pescara y á

su inseparable compañero el del Vasto. Queda un ejército deshecho en

Pavía: el otro que se dirigia á invadir á Nápoles, se queda á su vez

como una luz cuando le falta la cera ó el aceite. Contemplad al Rey,

que deja á sus hijos en la prision ibera, y vuelve á sus estados: ved

cómo, mientras combate de nuevo en Italia, le ataca otro en su propio

país. Mirad cuántos homicidios y rapiñas afligen á Roma por todos sus

ámbitos, siendo mancilladas con estupros é incendios lo mismo las cosas

divinas que las profanas. El ejército de la Liga contempla de cerca

el estrago, y escucha distintamente el llanto y los gemidos; pero en

vez de oponerse á él, retrocede, consintiendo que el sucesor de Pedro

caiga prisionero[87]. El Rey envia á Lautrec con nuevas tropas, no ya

para apoderarse de Lombardia, sino para arrancar de manos impías y

criminales, la cabeza y demás miembros de la Iglesia; pero Lautrec

retrasa tanto su marcha, que al llegar á Roma encuentra ya al Padre

Santo en libertad, por lo cual sigue adelante, poniendo sitio á la

ciudad donde está sepultada la Sirena[88], y recorre todo el reino[89].

Ved cómo desplega sus velas la armada imperial para dar socorro á

la ciudad asediada, y ved á Doria cuál le sale al encuentro, y la

destroza, incendía ó echa á pique. Pero mirad cómo la Fortuna, hasta

aquí tan propicia á los franceses, les retira sus favores, y les hace

perecer, no por medio del hierro, sino de la peste, en términos que de

cada mil hombres apenas vuelve uno á su amada Francia[90].»

[86] Ciudad de Lombardia, donde los franceses, mandados por

Lautrec, fueron derrotados en 1522 por los imperiales. Defendian

á dicha ciudad, además de los españoles, los milaneses y los

suizos, mandados por Próspero Colonna. Estos últimos habian

prometido al general francés que quitarian á los españoles toda

la artillería, y mientras estaban efectuándolo así durante la

batalla, fueron sorprendidos por Colonna, el cual les obligó á

llevarla sobre las espaldas para servirse de ella, ocasionando

de este modo la muerte de un gran número de suizos.

[87] Habiéndose aliado el Papa Clemente VII con Francisco I

de Francia, el Rey de Inglaterra y varios príncipes italianos

contra el emperador Cárlos V, este monarca envió á Italia un

ejército á las órdenes del Condestable de Borbon, el cual se

apoderó de Roma, la saqueó cruelmente, y redujo á prision al

Papa que permaneció cautivo siete meses, obteniendo su rescate

á cambio de 400 mil ducados y doce rehenes. Los príncipes

italianos no se atrevieron á acudir en defensa del Papa su

aliado.

[88] Esta Sirena fué Parténope, que enamorada de Ulises, no pudo

resistir los desdenes de este héroe, y se arrojó al mar, cerca

del sitio donde existe la ciudad de Nápoles, que se llamó al

principio como la Sirena.

[89] Francisco I envió á Lautrec con un numeroso ejército para

salvar al Papa y á los cardenales de la cautividad en que los

tenia Cárlos V; pero cuando el general francés llegó á Italia,

ya estaba el Pontífice en libertad, por lo cual tuvo la audacia

de querer apoderarse de todo el reino con la gente que llevaba,

y sitió á Nápoles, devastando todo el país con incendios y

rapiñas.

[90] Hugo de Moncada, el Marqués del Vasto y Ascanio Colonna

acudieron con tres galeras y dos fustas en socorro de los

napolitanos sitiados por Lautrec; pero fueron atacados por ocho

galeras que mandaba Doria, que á la sazon estaba al servicio de

la Francia, derrotados y hechos prisioneros. Los napolitanos,

reducidos al último extremo, inundaron la campiña con las aguas

del rio que entraba en la ciudad; estas aguas se unieron á

las de las lagunas próximas á Nápoles, infestaron el aire y

produjeron en el ejército francés una mortal pestilencia, de

la que murió Lautrec y tan gran número de soldados, que apenas

volvieron á Francia dos mil.

Todas estas historias y otras muchas que seria prolijo enumerar,

pintadas con los más vivos y variados colores, estaban representadas en

aquel salon, cuya capacidad era tanta, que bastaba para contenerlas.

Bradamante y su compañera quisieron verlas dos ó tres veces, porque no

se cansaban de admirarlas, y de leer las inscripciones que en letras

doradas se veian al pié de cada una de ellas; y despues de pasar

algunos momentos comentando lo que acababan de ver, fueron á ocupar

las habitaciones que el señor del castillo, acostumbrado á tratar á

sus huéspedes con toda clase de consideraciones, les designó para

que se entregaran al reposo. Cuando todos dormian ya tranquilamente,

Bradamante se decidió á acostarse; pero no hizo más que dar vueltas en

su lecho á uno y otro lado, sin poder conciliar el sueño. Al acercarse

la aurora, consiguió dormir algunos momentos, y le pareció ver en

sueños la imágen de Rugiero que le decia:--«¿Por qué te consumes dando

crédito á una falsedad? Antes retrocederán los rios en su curso,

que deje yo transcurrir un solo instante sin dedicarte todos mis

pensamientos. Si no te amara, tampoco podria amar á mi propio corazon

ni á las pupilas de mis ojos.»--Y parecia añadir:--«He venido á recibir

el bautismo y á cumplir lo que te he ofrecido: si he tardado tanto, ha

sido por haberme detenido una herida muy distinta de las que produce

el Amor.»--Al llegar aquí desapareció el sueño, y con él, la imágen de

Rugiero: la guerrera se entregó de nuevo á su afliccion, profiriendo

mentalmente estas quejas entre llantos y suspiros:

--¡Ay mísera de mí! Solo fué un sueño lo que era grato á mi corazon, y

en cambio lo que me atormenta es una realidad harto positiva. El bien

fué un sueño demasiado rápido en desvanecerse; pero no es sueño, no,

este terrible martirio. ¡Ah! ¿Por qué mis sentidos despiertos no ven

y oyen lo que creyó ver y oir mi pensamiento? ¡A qué condicion habeis

quedado reducidos, ojos mios, que cerrados veis el bien, y abiertos,

el mal! El dulce sueño me prometia paz; pero el amargo despertamiento

renueva mis torturas: el dulce sueño ha sido, por mi mal, harto falaz;

pero el amargo despertamiento no se equivoca. Si la verdad me mata, y

me consuelan las ilusiones, permita el Cielo que no vuelva yo á oir

ni á ver la verdad en la Tierra: si durmiendo soy feliz, y velando

desgraciada, ¡ojalá me sea dado dormir sin despertar jamás! ¡Cuán

felices son los animales que permanecen seis meses enteros sin abrir

los ojos, entregados á un sueño profundo! Poco me importa que un sueño

semejante se parezca á la muerte, que permaneciendo en vela se viva más

tiempo; pues mi aciaga suerte, contraria á la de todos los humanos,

encuentra la muerte velando y la vida durmiendo; y si la muerte á tal

sueño se asemeja, ¡oh Muerte, ven cuanto antes á cerrar mis párpados!

Empezaba el Sol á teñir de púrpura los límites del horizonte, las

nubes se disipaban, y el naciente dia prometia ser menos borrascoso

que el anterior, cuando la guerrera, despierta ya, tomó sus armas para

continuar sin perder tiempo su camino, dando las gracias al Señor del

castillo por su hospitalidad y por las consideraciones que le habia

guardado. Al salir del castillo, vió que la embajadora se le habia

anticipado, y que llegaba con sus doncellas y sus escuderos al sitio

en que la estaban esperando los tres reyes á quienes la guerrera

derribara la noche anterior con su lanza de oro: habian pasado estos

una noche cruel, sufriendo el agua, el viento y el frio, á cuyos males

debia añadirse el de que tanto ellos como sus caballos habian tenido

que resignarse á un completo ayuno, rechinando los dientes y pisando

el lodo; pero lo que sobre todo les mortificaba, era la idea de que la

mensajera pusiera en conocimiento de su señora, aparte de las demás

circunstancias, la de que habian sido derribados por la primera lanza

que en Francia se volvió contra ellos.

Resueltos á perecer ó á tomar una pronta venganza del ultraje recibido,

á fin de que Ulania rectificara el juicio que de su valor habia

formado, retaron á nueva lid á la hija de Amon, en cuanto esta acabó de

pasar el puente levadizo, sin presumir que desafiaban á una doncella,

pues los ademanes de Bradamante no eran los de tal. La jóven, que

iba de prisa y no queria perder tiempo, rehusó al pronto el combate;

pero fueron tantas las provocaciones de los tres reyes, que no pudo

negarse ya sin mengua para ella; y enristrando la lanza, de tres botes

derribó á los tres en tierra, con lo cual terminó el combate: despues,

sin dignarse siquiera mirarlos, les volvió las espaldas, y se alejó

rápidamente.

Aquellos guerreros, que habian venido de tan apartadas regiones solo

por conquistar el escudo de oro, se levantaron sin pronunciar una

palabra, como si la voz se les hubiese extinguido al mismo tiempo

que el denuedo, y quedaron confusos, maravillados y sin atreverse

á levantar la vista hasta Ulania, recordando sin duda las muchas

veces que en su presencia se habian jactado por el camino de que no

habria caballero ni paladin capaz de hacer frente al menos valeroso

de los tres. Deseando la dama humillarles más y castigar su desmedida

arrogancia, les hizo saber que era una doncella, y no un paladin, quien

les habia arrojado de la silla.

--Si una mujer os ha hecho medir el suelo, les decia, ¿qué no debereis

pensar con respecto á la bravura de Orlando y de Reinaldo, que con

mayor motivo han alcanzado tan glorioso renombre? Si cualquiera de

ellos conquista el escudo, ¿sereis capaces por ventura de disputárselo

con más valor del que habeis demostrado contra una doncella? Yo por

mí no lo creo, y supongo que vosotros tampoco lo creeis. Podeis daros

ya por satisfechos; pues no teneis necesidad de ofrecer una prueba

más clara de vuestro valor: y si hay alguno de vosotros tan temerario

que desee hacer en Francia otra nueva experiencia de su esfuerzo,

solo conseguirá añadir el daño á la vergüenza que por dos veces habeis

encontrado en este país, á no ser que juzgue más útil y glorioso

recibir la muerte por mano de tales guerreros.

Luego que estuvieron plenamente convencidos de que era una doncella

la que habia mancillado su fama, tan brillante hasta entonces, cuya

circunstancia confirmaron no solo Ulania, sino las personas de su

séquito, se sintieron poseidos de tal dolor y tanta ira, que estuvieron

á punto de volver contra sí mismos sus aceros; y arrastrados por su

despecho furioso, se quitaron cuantas armas llevaban encima, sin

conservar siquiera la espada, y las arrojaron al foso del castillo,

jurando que, para reparar la afrenta que una mujer les habia causado,

haciéndoles medir vergonzosamente el suelo, estarian un año entero

sin usar armas de ninguna clase y sin caminar más que á pié por toda

clase de caminos, y añadiendo que hasta que hubiera transcurrido

el año, no vestirian otras armas ni montarian más caballos que los

que consiguieran ganar combatiendo. Para castigar, pues, su falta,

emprendieron de nuevo su viaje; ellos á pié y desarmados, y Ulania y su

servidumbre á caballo.

Bradamante llegó por la noche á un castillo que habia en el camino de

París, y supo allí que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno

y por su hermano Reinaldo. En aquel castillo encontró una cordial

hospitalidad y buena mesa; pero la guerrera, insensible á los solícitos

cuidados que le prodigaban, comia poco, dormia menos y no hallaba

reposo en parte alguna. Sin embargo, no debo ocuparme tanto de

Bradamante, que vaya por ella á descuidar á aquellos dos caballeros que

habian atado sus caballos cerca de la solitaria fuente.

El combate que voy á describir no tenia por objeto la conquista de una

ciudad, ni de una corona; sino el de ver cuál de los dos deberia quedar

en posesion de Durindana y de Bayardo. Sin que tuviesen necesidad de

clarin ó trompeta para dar la señal del combate; sin heraldo que les

recordase la defensa ó el ataque y excitase su valor, desnudaron al

mismo tiempo sus espadas, y se precipitaron uno contra otro. Pronto

resonó el aire con los golpes terribles y reiterados, y pronto tambien

empezó la ira á dominarles. Imposible seria hallar otras dos espadas,

por más firmes, sólidas y duras que fuesen, que no se hubiesen roto ó

mellado bajo la increible violencia de aquellos desmesurados golpes;

pero las de ambos guerreros eran tan sólidas y tal la seguridad que una

larga experiencia les prestaba, que bien podian chocar entre sí mil y

más veces sin peligro de romperse.

Reinaldo, cambiando de sitio con destreza, maña y arte, esquivaba

los tremendos tajos de Durindana, por constarle cuán bien hendia el

acero mejor templado. El rey Gradasso descargaba innumerables golpes

con ella, pero casi todos al aire; y si lograba acertar alguno, era

siempre en sitio donde podia hacer muy poco daño. Reinaldo calculaba

mejor sus ataques, y adormecia con frecuencia el brazo del pagano: su

acero penetraba á veces por los costados ó por las junturas del yelmo

y la coraza de Gradasso; pero tropezaba con la cota diamantina, y no

conseguia romper ó desunir una sola malla; porque, merced al arte de

los encantadores que la fabricaron, era sumamente dura y fuerte. Sin

concederse el menor reposo, habian estado mucho tiempo tan atentos á

herir ó parar los golpes, que las miradas de cada uno de ellos no se

separaban un solo instante de los ojos de su adversario, cuando una

nueva riña llamó su atencion y dió tregua á su furor.

[Ilustración: Suspendieron el combate, al ver á Bayardo en gran peligro.

(Canto XXXIII.)]

Volvieron ambos la cabeza simultáneamente al oir un grande estrépito,

y vieron á Bayardo riñendo con un mónstruo más grande que él y cuyas

formas eran de ave. Su cabeza tenia más de tres brazas de longitud; los

miembros restantes eran de murciélago; el plumaje negro como la tinta;

las garras enormes, agudas y encorvadas; los ojos de fuego; la mirada

torva y las alas tan enormes, que más bien parecian dos velas. Quizás

fuera un ave verdadera; pero no sé si en otro país se habrá hallado

otra igual, porque nunca he visto un animal semejante, ni he leido nada

con respecto á él, excepto lo que he encontrado en las obras de Turpin.

Esta consideracion me hace creer que el pájaro en cuestion seria un

espíritu infernal que Malagigo hizo aparecer bajo aquella forma, á fin

de impedir el combate. Reinaldo lo sospechó tambien así, y dirigió

despues las más ágrias reconvenciones á su primo, el cual rechazó

semejante imputacion; y para convencer á Reinaldo de su sinceridad, le

juró por la luz que da luz al Sol que era infundada aquella sospecha.

Fuese ave ó demonio, lo cierto es que el mónstruo cayó sobre Bayardo

y lo aferró con sus garras. El caballo, que era vigoroso en extremo,

rompió las riendas que le sujetaban, y lleno de rabia y cólera, se

volvió contra su acometedor á coces y mordiscos: el ave le soltó, y

remontándose velozmente por los aires, volvió á precipitarse sobre

él, clavándole sus punzantes uñas y hostigándole sin cesar. Herido el

corcel, é incapaz de resistir á su enemigo, huyó rápidamente hácia la

selva vecina, procurando ampararse de la espesura. No por eso cesó de

perseguirle la plumada fiera, procurando aprovecharse de los claros del

bosque para caer de nuevo sobre el caballo; pero tanto se internó este

en la enramada, que al fin logró guarecerse en una cueva. En cuanto el

mónstruo alado perdió sus huellas, remontóse al cielo, para buscar otra

presa.

Al ver Reinaldo y Gradasso que se les escapaba el caballo, causa de su

combate, convinieron en diferirlo hasta salvar á Bayardo de las garras

que le hacian huir por la oscura selva; pero con la condicion de que el

primero que lograra cogerle habia de volver con él á aquella fuente,

para terminar la interrumpida contienda. Se apartaron de la fuente,

siguiendo las huellas recientemente impresas en la tierra, pero Bayardo

se alejaba cada vez más de ambos adversarios, que no podian competir

con él en velocidad. Gradasso saltó sobre su Alfana, é internándose por

la selva, dejó muy atrás al Paladin, triste y en extremo descontento.

A los pocos pasos, perdió Reinaldo el rastro de su corcel, que en su

vertiginosa carrera, habia ido buscando los rios, los árboles, los

peñascos, los senderos más escabrosos y salvajes para librarse de las

terribles garras que, cayendo del cielo, se clavaban en sus lomos.

Convencido Reinaldo de la inutilidad de sus pesquisas, volvió á la

fuente á esperarlo, por si Gradasso le llevaba allí, tal como habian

convenido de antemano; mas cuando vió que esperaba en vano, se dirigió

de nuevo al campamento á pié y sumido en una profunda tristeza.

Pero volvamos al rey de Sericania, cuya suerte fué más propicia que

la del paladin; pues su buena estrella, más bien que su derecho, hizo

que oyera los relinchos de Bayardo, al cual encontró en la profunda

cueva, tan poseido de espanto todavía, que no osaba salir fuera de

ella; de cuya oportunidad se aprovechó el pagano para apoderarse de él.

Aunque Gradasso recordaba perfectamente su promesa de volver con él á

la fuente, no se mostró dispuesto á cumplirla, y se hizo el siguiente

razonamiento:

--Conquístelo en buen hora el que lo desee por medio de las armas: yo

prefiero apoderarme de él en paz. Tan solo por hacer mio á Bayardo he

venido de uno á otro extremo de la Tierra; ya que le tengo en mi poder,

harto loco será el que crea que pienso desprenderme de él. Si Reinaldo

quiere recuperarle, que haga un viaje á la India, como yo lo he hecho

á Francia: tan seguro estará en Sericania como yo lo he estado las dos

veces que he venido á este país.

Así diciendo, se dirigió por el camino más transitable hácia Arlés,

donde logró reunirse con el ejército sarraceno, y se embarcó en una

galera despalmada[91] con Bayardo y Durindana. En otra ocasion hablaré

de él; que ahora debo dejar atrás á Gradasso, á Reinaldo y á toda la

Francia, y ocuparme de Astolfo, que, merced á la silla y el freno,

hacia ir al Hipogrifo por los aires á guisa de palafren, con tan rápido

vuelo que no lo es tanto el del águila ó el halcon.

[91] Dícese así de los buques cuyos fondos acaban de limpiarse y

ensebarse.

Despues que Astolfo hubo recorrido toda la Galia de uno á otro mar

y desde los Pirineos al Rin, volvió hácia los montes que separan la

Francia de la España. Pasó por Navarra y luego por Aragon, maravillando

á todo el que le veia; dejó á Tarragona á la izquierda y á Vizcaya á

la derecha, llegó á Castilla y vió á Galicia y al reino de Lisboa:

despues dirigió su vuelo hácia Córdoba y Sevilla, sin que quedara en el

interior ó en las costas una ciudad que no visitara. Vió á Gades, y la

meta que puso el invencible Hércules á los primitivos navegantes[92].

En seguida se dispuso á recorrer el África desde el mar de Atlante

hasta los confines del Egipto; visitó las Baleares famosas, pasando

por encima de Ibiza, y volviendo las riendas, emprendió su vuelo en

demanda de Arzilla, sobre el mar que la separa de España.

[92] Los montes Calpe y Avila, que dividen el estrecho de

Gibraltar, y á los cuales se dió el nombre de columnas de

Hércules, por suponerse que este semidios los habia colocado

allí.

Vió á Marruecos, Fez, Oran, Hipona, Argel, Bugía, ciudades soberbias

que ciñen la corona de otras muchas ciudades, pero coronas de oro

y no de hojas ó yerbas. Adelantóse despues hácia Biserta y Túnez;

vió á Capisa, la isla de Alzerbe, Trípoli, Benghazzi y Tolemaida

hasta donde el Nilo dirige su curso al Asia. Despues recorrió todas

las comarcas situadas entre el mar y las pobladas cumbres del fiero

Atlas; y volviendo la espalda á los montes de Carena, se lanzó hácia

los Cireneos, atravesó los desiertos de arena y llegó á Halbay en

los confines de la Nubia, donde permaneció algun tiempo más allá del

sepulcro de Bato[93] y el gran templo de Ammon, que hoy se halla

destruido[94]. Desde allí se dirigió á la otra Tremecen sometida á

las leyes de Mahoma, y en seguida dirigió su raudo vuelo hácia la

parte de la Etiopía que está al otro lado del Nilo. Detúvose por fin

en la ciudad de Nubia, que está situada entre Dobada y Coalle, cuyos

habitantes son cristianos, mientras que sus vecinos adoran al falso

profeta, y tanto unos como otros están siempre con las armas en la mano

en los confines de sus respectivos territorios. A la sazon era Senapo

el emperador de Etiopía, el cual en lugar de cetro ostentaba una cruz:

sus riquezas y poderío eran inmensos, y sus dominios tan vastos, que

se extendian hasta la entrada del mar Rojo. Su religion era casi la

nuestra, la única que podia concederle la salvacion eterna, y en sus

estados, si no me equivoco, se empleaba el fuego para lavar la mancha

del pecado original.

[93] Fundador de Cirena en África, á cuyo país llevó una colonia

de griegos por órden del oráculo de Delfos.

[94] Templo dedicado á Júpiter por los egipcios, entre cuya

idolatría fué el nombre de Ammon el más famoso con que

designaban á este dios.

El duque Astolfo se apeó en la gran corte de Nubia, y visitó á Senapo.

El palacio donde tenia la residencia el soberano de Etiopía era mucho

más rico que fuerte: las cadenas de los puentes y de las puertas, los

goznes, las cerraduras, los cerrojos y todo cuanto en nuestros países

es de hierro, era allí de oro macizo; pero aunque este finísimo metal

abundaba tanto, sabian, sin embargo, apreciar su valor. Las galerías

del régio alcázar estaban formadas por columnatas de trasparente

cristal: bajo los ventanales del palacio lanzaba vivos destellos

un magnífico friso rojo, azul, amarillo, blanco y verde, hecho con

incrustaciones de rubíes, esmeraldas, zafiros y topacios, colocados con

la más admirable proporcion. Las paredes, los techos, los pavimentos

estaban tambien recargados de perlas y de piedras preciosas. Allí es

donde se recoge el bálsamo con una abundancia tal, que la de Jerusalen

no podia sostener la comparacion. El almizcle que se recibe en Europa,

de allí sale; de allí procede el ámbar, que se reparte por otras

marismas; en suma, de aquellas regiones recibimos las cosas que tanto

valor tienen en las nuestras.

Dícese que el Soldan de Egipto paga tributo á aquel rey y le presta

vasallaje, á fin de que no varíe el curso del Nilo, como podria

hacerlo si quisiera, lo cual seria para el Cairo y toda aquella

region una causa de terrible escasez y calamidades. Los etíopes

llaman Senapo á su monarca; nosotros le llamamos Preste, ó más bien

Preste Juan. De cuantos reyes existieron en Etiopía, aquel era el

más rico y poderoso; pero á pesar de todo su poder y sus tesoros,

habia perdido desgraciadamente la vista, y aun no era este el mayor

de sus males: mucho más molesto y enojoso se le hacia el de estar

atormentado de un hambre perpétua, á pesar de todas sus riquezas.

Cuando el infeliz monarca, excitado por su constante apetito, iba á

beber ó á comer alguna cosa, aparecia inmediatamente el infernal tropel

de las arpías[95], monstruosas, repugnantes y nefandas, y con sus

inmundas bocas ó sus rapaces uñas vaciaban los vasos y devoraban las

viandas: cuando sus estómagos voraces no podian contener más alimento,

infestaban y ensuciaban los manjares restantes.

[95] Mónstruos alados de la fábula, hijas de Neptuno y de la

Mar; eran tres: Aello, Ocypete y Celeno, aunque Ariosto hace

ascender su número á siete. Tenian cara de vieja, cuerpo de

buitre y uñas retorcidas. Habitaron primero en Tracia, pero

fueron arrojadas despues á las islas Strofades.

Tal era el castigo á que Senapo se habia hecho acreedor, porque

viéndose, cuando estaba en la flor de su edad, rodeado de tantos

honores y consideraciones, poseyendo inmensas riquezas, y siendo el más

vigoroso y osado de todos los etíopes, se apoderó de él la insensata

soberbia que perdió á Lucifer, y se atrevió á declarar la guerra á su

Hacedor. Con este objeto levantó un numeroso ejército, y se dirigió con

él á la montaña donde nace el rio de Egipto, porque habia oido decir

que en aquel monte salvaje, cuya cumbre se lleva á través de las nubes

y llega hasta el mismo Cielo, existia el Paraiso llamado terrenal donde

habitaron Adan y Eva. El arrogante monarca avanzaba á la cabeza de

un innumerable ejército, compuesto de infantes y ginetes montados en

caballos, camellos y elefantes, con el mayor anhelo, y jactándose de

someter á sus leyes á todos los habitantes del Paraiso. Dios reprobó

su temeraria audacia, y envió contra aquella muchedumbre á uno de sus

ángeles, el cual exterminó á más de cien mil hombres, y condenó á

Senapo á vivir en perpétua noche. Despues hizo que acudieran á su mesa

los mónstruos horrendos de las grutas infernales, que le arrebataban y

contaminaban todos los alimentos, sin permitirle que gustara ó bebiera

uno solo. Habia venido á aumentar su desesperacion un vaticinio, que le

anunciaba que sus manjares dejarian de ser arrebatados ó infestados,

cuando viera aparecer por el aire un caballero cabalgando en un caballo

alado; y como le parecia imposible esta maravilla, vivia triste y

melancólico y privado de toda esperanza.

Cuando, poseidos del mayor estupor, vieron los habitantes desde las

murallas y las torres á Astolfo montado en el Hipogrifo, acudieron

presurosos á avisar al rey de Nubia, que recordando entonces la

prediccion, y sin darse tiempo, en medio de su alegría, á coger el fiel

báculo que le servia de guia y apoyo, salió al encuentro del volador

caballero con los brazos extendidos y vacilante paso. Astolfo se posó

en la plaza del castillo, despues de haber descrito extensos círculos

en el aire al descender. Luego que el Rey estuvo en presencia del

Duque, arrodillóse y exclamó con las manos cruzadas:

--¡Oh, Ángel de Dios! ¡oh, nuevo Mesías! Si no merezco perdon por mis

pasadas faltas, considera que estas son fruto de la humana naturaleza,

y que á vosotros toca perdonar al pecador arrepentido. Convencido de

la enormidad de mi crímen, no te pido, no me atreveria á pedirte que

me devuelvas la perdida vista, si bien debo creer que puedes hacerlo,

porque eres uno de los bienaventurados espíritus á Dios tan gratos.

¡Ah! Date por satisfecho con el martirio que sufro no siéndome posible

contemplarte, y no permitas que el hambre me consuma eternamente.

Impide por lo menos que las fétidas arpías arrebaten todos mis

alimentos, y en accion de gracias prometo erigirte en mi capital un

templo de mármol, que tenga todas las puertas y los techos de oro, y

esté adornado interior y exteriormente de piedras preciosas; prometo

colocarle bajo la advocacion de tu santo nombre, y esculpir en él el

milagro que hayas hecho en favor mio.

Así decia el Rey, que nada veia, mientras procuraba en vano besar los

piés de Astolfo, el cual le respondió:

--Ni soy Ángel de Dios, ni nuevo Mesías, ni vengo del Cielo: soy tan

solo un mortal, pecador como tú, é indigno de las mercedes que el Señor

me prodiga. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para alejar de

tu reino á esos mónstruos malvados, ya ahuyentándolos, ó ya dándoles

muerte. Si así lo consigo, no debes darme las gracias, sino á Dios, que

dirigió mi vuelo hácia aquí para ayudarte en tus cuitas. Guarda tus

votos para el Omnipotente, á quien únicamente se deben, y á quien debes

consagrar la iglesia y los altares que me ofrecias.

Hablando de esta suerte, se dirigieron ambos á palacio, rodeados

de los personajes más ilustres de la corte. El Rey dió órden á sus

servidores de que preparáran inmediatamente una comida suntuosa,

esperando que aquella vez no le serian ya arrebatados de las manos los

manjares. Sirvióse á los pocos momentos un espléndido banquete en un

salon magnífico. Astolfo fué el único que se sentó á la mesa al lado

de Senapo, y apenas se colocaron en ella las viandas, cuando se oyó

resonar por los aires un discordante rumor, producido por las horribles

alas de las arpías fétidas y repugnantes, que acudian atraidas por el

olor de los manjares. Eran siete formando un solo grupo, y todas tenian

rostros de mujer, lívidos, enjutos y demacrados por una prolongada

abstinencia: su aspecto era más horrible que el de la misma muerte.

Sus alas eran inmensas, deformes y súcias: en vez de manos estaban

provistas de garras, terminadas en uñas encorvadas y retorcidas; sus

vientres enormes exhalaban un olor repugnante, y su larga cola se

enroscaba formando círculos como la de una serpiente.

Apenas se habia oido el rumor de su venida, cuando se las vió á todas

precipitarse simultáneamente sobre la mesa, derribando los vasos y

apoderándose de los manjares: de sus vientres se exhalaba tal fetidez,

que era preciso taparse las narices por no ser posible soportar aquel

hedor insufrible. Astolfo, arrebatado por la cólera, desnudó el acero

contra aquellas aves insaciables, y lo descargó sobre el cuello, la

espalda, el pecho ó las alas de unas y otras; pero como si pretendiera

herir á un saco de estopa, todos sus golpes se embotaban y quedaban

sin efecto. Mientras tanto, las arpías no dejaron una copa ni un plato

intactos, ni abandonaron el salon hasta despues de haber saciado su

voracidad ó contaminado cuanto no pudieron devorar.

El Rey habia estado firmemente persuadido de que Astolfo ahuyentaria á

las arpías; mas viendo luego su esperanza defraudada, empezó á gemir y

suspirar, volviendo á su acostumbrada desesperacion. Acordóse entonces

el Duque de la trompa que solia auxiliarle en los mayores peligros,

y calculó que no habia medio mejor que aquel para librar al Rey de

tales mónstruos. Hizo que el monarca y todos los señores de su corte

se taparan los oidos con cera caliente, para impedir una fuga general

cuando hiciera resonar su talisman. En seguida cogió las bridas del

Hipogrifo, se acomodó en la silla, empuñó su preciosa trompa, é indicó

por señas al mayordomo que mandara servir nuevos manjares. Siguiendo su

consejo, prepararon en una galería otra nueva mesa. En cuanto empezaron

á servirla, presentáronse las arpías, segun su costumbre; entonces

requirió Astolfo su trompa, y los mónstruos, que no tenian tapados

los oidos, no pudieron permanecer un momento más en la estancia, así

que oyeron aquel sonido aterrador, y huyeron á la desbandada, llenos

de espanto, sin cuidarse de la comida ni de nada. El Paladin clavó los

acicates en los hijares de su corcel, el cual salió volando fuera de

la galería; abandonó el castillo y la gran ciudad, y se remontó por

los aires persiguiendo á los mónstruos. Astolfo no daba tregua á sus

resoplidos en tanto que las arpías continuaban huyendo hácia la zona

del fuego, hasta que se encontraron en el elevadísimo monte en que el

Nilo tiene su orígen, si es que le tiene en alguna parte.

Casi en las mismas raices de la montaña, se encuentra una cueva

profunda que desaparece en las entrañas de la Tierra, la cual, segun se

dice, es la verdadera puerta por donde pasa todo el que quiere bajar

al Infierno. La turba inmunda corrió presurosa á guarecerse en aquella

gruta, como en el albergue más seguro, y descendió hasta las orillas

del Cocyto[96] y aun más allá, para no escuchar los sonidos de la

trompa.

[96] Rio cenagoso del Infierno.

El ínclito duque dió fin á sus insoportables resoplidos cuando llegó

á la infernal y caliginosa boca que da libre acceso á todo el que

abandona la luz, é hizo que su corcel plegara las alas. Pero antes de

llevar más lejos á nuestro héroe, y en vista de que he llenado el papel

por todos lados, descansaré un momento siguiendo mi costumbre, y daré

fin á este canto.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 9 / 22 章