CANTO XXXII.

Mientras Bradamante esperaba á Rugiero, recibe noticias que le

oprimen el corazon. Dícenle que Marfisa ha conquistado su amor, por

lo cual se entrega al dolor y al llanto.--Aléjase enteramente sola

de Montalban para dar muerte á Marfisa, y en el camino encuentra á

Ulania con tres reyes, á los que desafía y vence.

Recuerdo ahora que debia hablaros de una sospecha que asaltó la

imaginacion de la hermosa dama del herido Rugiero (y á decir verdad,

aunque os lo habia prometido, se me olvidó despues); de una sospecha

mucho más desagradable y cruel que la primera, y tambien más aguda y

emponzoñada que la que le atravesó el corazon con su acerado dardo, á

consecuencia de las noticias que Riciardeto le diera. Debia ocuparme

de ella y empecé, sin embargo, á hablar de otra cosa, por haberse

interpuesto Reinaldo, y porque luego Guido me dió bastante qué hacer,

cuando entretuvo algun tiempo al Paladin en su camino. Pasando así de

uno á otro asunto, resultó que me olvidé de Bradamante; pero ya que

ahora he refrescado mi memoria, seguiré mi interrumpido relato antes

de referir la pelea de Reinaldo y Gradasso. Sin embargo, antes de

proseguir, os diré algunas palabras acerca de Agramante, que se ocupaba

en reunir en Arlés el resto de las tropas que habian podido librarse de

la matanza nocturna.

La ciudad de Arlés era un lugar muy á propósito para servir de punto de

reunion, y para aguardar refuerzos y proveerse de víveres, teniendo la

España próxima, el África en frente, y bañándola un rio que desemboca

en el mar. Marsilio hizo que se reunieran bajo sus banderas todos

los hombres de sus estados aptos para el combate, así infantes como

ginetes, y dispuso además que se armaran en Barcelona, de grado ó por

fuerza, todos los buques á propósito para sostener una batalla naval.

Agramante celebraba diariamente consejo con sus capitanes; no perdonaba

gasto ni fatiga alguna, y agoviaba con ruinosos impuestos y exacciones

á todas las ciudades de África. A fin de obtener, aunque en vano, de

Rodomonte que regresara á su lado, hizo que le ofrecieran en su nombre

la mano de una prima suya, hija de Almonte, prometiéndole en dote el

hermoso reino de Oran. El arrogante sarraceno se negó á alejarse del

puente, donde habia vencido á cuantos caballeros llegaron al peligroso

paso, y habia reunido ya tantas armas y despojos, que el sepulcro casi

desaparecia bajo ellos.

Marfisa no quiso observar la conducta de Rodomonte: apenas supo que

Agramante habia sido derrotado por Carlomagno; que sus gentes habian

quedado muertas, prisioneras ó fugitivas, y que él mismo se habia visto

en la dura necesidad de retirarse á Arlés con los escasos restos de

su ejército, sin esperar otro aviso, acudió presurosa á su lado para

prestarle el apoyo de su brazo, y ofrecerle su vida y hacienda. Llevó

consigo á Brunel, y se lo restituyó sano y salvo al monarca, despues

de haberle tenido diez dias y diez noches en medio de las angustias

que le causaba la cruel espectativa de verse ahorcado de un momento

á otro; pero como la guerrera vió que nadie abrazaba su defensa ni

lo reclamaba, le devolvió la libertad por no manchar sus manos con

sangre tan ruin y despreciable. Perdonóle, pues, todas sus antiguas

injurias, y le llevó consigo á Arlés, ofreciéndolo á Agramante.

Fácilmente supondreis el júbilo que al monarca causaria el inesperado

auxilio de la doncella: para demostrarle de un modo evidente la gran

estimacion que de él hacia, quiso valerse de Brunel, como de la prueba

más terminante, y dió órden de que le impusieran el mismo suplicio con

que le habia amenazado la guerra: Brunel fué ahorcado, y su cadáver,

abandonado en un sitio inculto y yermo, sirvió de pasto á los cuervos y

á los buitres. La justicia divina hizo entonces que Rugiero estuviese

enfermo y no pudiera interceder por el ladron, ó quitarle del cuello

el lazo mortal, como ya lo hizo en otra ocasion: cuando lo supo, ya

se habia llevado á cabo la ejecucion, de suerte que Brunel pereció

abandonado de todos.

Bradamante se lamentaba entre tanto de la lentitud con que transcurrian

los siete dias, término fijado para que Rugiero regresara á su lado

y abrazase la verdadera fé: su impaciencia solo era comparable á la

de los que gimen en la esclavitud ó en el destierro, los cuales creen

que no llega nunca el dia en que han de recobrar su libertad ó han

de disfrutar de la vista siempre anhelada y agradable de la patria

querida. Más de una vez pensó, en medio de su abrumadora espectacion,

que Eton ó Pirous[43] se habrian quedado cojos, ó que las ruedas del

carro del Sol estarian estropeadas, cuando tardaban en girar mucho

más tiempo del acostumbrado. Cada dia que pasaba le parecia más

largo que aquel en que el justo Hebreo, lleno de fé santa, produjo

un entorpecimiento en el cielo[44], y cada noche más prolongada que

aquella en que Hércules fué concebido[45]. ¡Ah! ¡Cuántas veces envidió

la suerte de los osos, de los lirones y de los tejones soñolientos!

Hubiera querido pasar durmiendo, sin despertar un momento, todo el

tiempo que faltaba para que Rugiero se presentase, y sin poder oir

otra cosa hasta que su amante la sacara de su sueño con su grata voz;

pero no solo no le era posible hacerlo así, sino que ni siquiera

lograba conciliar el sueño por lo menos una hora cada noche. Agitábase

continuamente en el lecho; huia de ella el reposo; á cada momento se

levantaba á abrir la ventana para ver si la esposa de Titon empezaba á

esparcir sus blancas azucenas y encarnadas rosas á los primeros albores

del Sol naciente. Y sin embargo, en cuanto aparecia este con todo su

fulgor, ansiaba ya ver el cielo cubierto de estrellas.

[43] Nombres de dos de los cuatro caballos del carro del Sol.

Los dos restantes se llamaban Eos y Flegon.

[44] Cuando Josué, lleno de fé santa, detuvo el curso del Sol

para terminar su combate con los Jebuseos.

[45] Enamorado Júpiter de Alcmena, esposa de Anfitrion,

aprovechóse de la ausencia del marido que estaba en la guerra

para presentarse á Alcmena bajo el aspecto de Anfitrion.

Engañada ella por este ardid, acogió alegremente á Júpiter y

durmió con él, quedando en cinta de Hércules. Como el amor que

el Dios tenia á Alcmena era infinito, dícese que no se contentó

con pasar una noche, sino que reunió tres en una para dedicar

más tiempo á su placer.

Cuando solo faltaban tres ó cuatro dias para que expirara el plazo,

aguardaba llena de esperanza á cada momento que se presentara un

mensajero diciéndole: «Ya está aquí Rugiero.» Subia con frecuencia á

una elevada torre, desde la que se descubrian á lo lejos los bosques,

los campos y el camino que conducia de París á Montalban. Si veia

brillar una armadura, ó divisaba á alguno que por su aspecto le

pareciera un caballero, creia conocer en él á su deseado Rugiero, y se

despejaba su frente y sus radiantes ojos. Si veia algun transeunte á

pié ó desarmado, creia ver en él al mensajero de su esperanza; y aun

cuando resultaban siempre defraudados sus deseos, reproducíanse en

ella, no obstante, las mismas alternativas de esperanza y contrariedad.

Esperando encontrarle, cubríase algunas veces con sus armas, bajaba del

monte y recorria la llanura: como no le veia por ninguna parte, suponia

que habria llegado ya á Montalban por otro camino, y entonces regresaba

al castillo con la misma ansiedad con que de él habia salido, sufriendo

una nueva decepcion. De este modo pasó dias y dias á cual más tristes,

y entre tanto expiró el plazo tan esperado por ella. Pero transcurrió

otro dia, dos, tres, seis, ocho y veinte sin ver á su esposo ni

recibir la menor noticia suya: entonces, convertida su angustia en

desesperacion, prorumpió en quejas tales, que hubieran sido capaces de

enternecer á las mismas Furias coronadas de serpientes en sus antros

infernales; se golpeó el seno y se mesó los dorados cabellos.

--¿Será posible, exclamaba, que me vea obligada á perseguir con mi

amor al ingrato que huye y se aparta de mí? ¿Habré de adorar al que

me desdeña? ¿Debo suplicar al que se muestra sordo á mis quejas? ¿He

de tolerar que reine en mi corazon el que así me ódia, al que tan

envanecido está de sí mismo, que solo una diosa inmortal descendida

del Olimpo podria encender en su pecho la llama del amor? ¡Ay! ¡Harto

sabe ese guerrero altivo que le amo y le adoro con toda mi alma, y sin

embargo, no me quiere ni por amante ni por esclava: convencido está de

que por él padezco y me muero, y probablemente espera para socorrerme

á que la muerte haya cerrado mis ojos! Teme ver mis lágrimas y oir el

relato de mi contínuo sufrimiento, que bastaria para obligarle á ceder

en su proterva tenacidad, y se oculta de mí, como puede ocultarse

el áspid para conservar su venenosa ira cuando teme oir sonidos

armoniosos. Amor, deten por piedad á ese rebelde, que huye libre y

velozmente de mi lenta persecucion, ó vuélveme al feliz estado del

que me hiciste salir cuando no estaba sojuzgada por tí ni por nadie.

Pero ¡cuán necia soy al confiar en tí! Demasiado sé que no te ablandan

los ruegos ni las súplicas, y que te deleitas, ó más bien que vives y

te alimentas tan solo de las lágrimas que haces brotar á raudales de

los ojos de tus víctimas. Mas ¡ah! ¡Desgraciada! ¿A quién he de acusar

sino á mi insensata pasion, que me remonta á tanta altura á través de

los aires, que llega hasta la region donde se abrasan sus alas, y no

pudiendo sostenerse, me precipita desde el Cielo á la Tierra? ¡Y si

á lo menos concluyeran aquí mis males!... Pero no; es forzoso que mi

pasion vuelva á remontarse y arder de nuevo, para que el dolor que

sufro no tenga nunca fin! Mas, en vez de lamentarme de mi pasion, ¿no

debo culpar más bien á mi propia insensatez, que me obligó á darle

entrada en mi corazon y dejarla adquirir un dominio tan grande sobre

él, que ha arrancado á la razon de su asiento, viéndome ya sin fuerza

para resistir á su poder? Ya no es tiempo de vencerla ni dominarla,

aunque me lleva constantemente de mal en peor, y estoy segura de que

bajaré pronto al sepulcro, porque esta ansiedad aumenta por momentos

mi martirio.--Pero ¿por qué me acrimino de este modo? ¿En qué ha

consistido mi falta sino en amarle? ¿Y es esto de extrañar cuando su

hermosura se apoderó de improviso de mis sentidos, dominados por la

debilidad natural de mi sexo? ¿Por qué habia de resistir y defenderme

de su extremada belleza, de su noble apostura y de sus expresivas

frases? ¡Ah! ¡Cuán desgraciado es el que se niega á ver la luz del

Sol! Y además de que así lo quiso mi destino, ¿no consiguieron vencer

mi resistencia otras palabras dignas de crédito? ¿No se me pintó con

los colores más vivos la felicidad que debia ser la recompensa de este

amor? Si los acentos persuasivos de Merlin fueron finjidos, si sus

consejos fueron engañosos, deberé lamentarme de su falacia, pero no

dejar de amar á Rugiero. De Merlin, y aun tambien de Melisa me quejo y

me quejaré eternamente; pues si hicieron que los espíritus infernales

me ofrecieran á la vista los descendientes de mi estirpe, fué tan solo

para tenerme en una esclavitud perpétua por medio de una esperanza

engañosa, aun cuando no comprendo la razon que les instigó á obrar así,

como no fuera la de estar envidiosos de mi dulce, segura y tranquila

felicidad.

Tanto abrumaba el dolor á Bradamante, que hacia inaccesible su corazon

á todo consuelo; y sin embargo, á pesar de su intensidad, no pudo

impedir que se abriera paso hasta su pecho un rayo de esperanza,

trayendo á su memoria las tiernas frases con que Rugiero se habia

despedido de ella, cuyo recuerdo, venciendo á los contrarios afectos

que á la doncella agitaban, hizo que esperara de hora en hora el

regreso de su amante con más resignacion. Esta esperanza la sostuvo por

espacio de un mes, despues de transcurridos los veinte dias, é hizo más

llevadera su cruel y continuada angustia.

Un dia que, segun su costumbre, iba recorriendo el camino por donde

esperaba que vendria Rugiero, llegó á sus oidos una noticia que

disipó la débil esperanza que aun la sostenia. Encontró casualmente

á un caballero gascon, procedente del campamento africano, donde

habia permanecido prisionero desde el dia en que se dió la gran

batalla delante de Paris. Despues de dirigirle varias preguntas sobre

diferentes asuntos, Bradamante entró de lleno en la cuestion, causa

de su constante inquietud, y le pidió noticias de Rugiero, limitando

á él desde entonces toda su conservacion. El caballero le suministró

las noticias que deseaba, pues estaba perfectamente enterado de

cuanto habia ocurrido en la corte de Agramante, y le describió el

combate personal que Rugiero sostuvo con Mandricardo, diciendo que el

Tártaro habia quedado muerto en el campo; pero que su vencedor salió

tan mal herido, que permaneció más de un mes postrado en el lecho,

inspirando su vida sérios temores. Si el caballero hubiese terminado

aquí su narracion, esta sola hubiera bastado para disculpar á Rugiero;

mas luego añadió que se encontraba en el campo africano una doncella

llamada Marfisa, tan valiente como hermosa, y experta en el manejo

de las armas, la cual amaba á Rugiero de quien era correspondida, en

términos que rara vez se les veia separados, por lo cual todos estaban

en la persuasion de que se habian prometido eterna fé, y de que, en

cuanto Rugiero estuviera completamente restablecido, celebrarian

públicamente sus desposorios con gran placer de todos los reyes y

príncipes paganos que conocian el valor sobrehumano de uno y otro,

y esperaban que de su union saldria una raza de guerreros la más

esforzada que jamás hubiese existido.

Motivos tenia el Gascon para creer lo que decia, pues tal era la

version más acreditada y unánime en el campamento africano, y tal lo

que públicamente se decia. Dieron orígen á estos rumores las repetidas

muestras de benevolencia que mediaban entre Rugiero y Marfisa; y ya

sabemos que la Fama, al difundir una noticia, buena ó mala, se complace

en abultarla conforme va pasando de boca en boca. La circunstancia de

haberse presentado la guerrera con Rugiero para pelear en favor de

los moros y de vérseles siempre juntos, apoyaba hasta cierto punto

esta sospecha, que tomó mayor incremento al observarse que, habiéndose

ausentado Marfisa llevando consigo á Brunel, como ya he dicho, regresó

sin que nadie la llamara, solo por ver á Rugiero. Unicamente por

visitarle, cuando sus heridas le tenian postrado en el lecho del dolor,

habia ido al campo, no una, sino muchas veces: permanecia á su lado

durante el dia, y se separaba de él al hacerse de noche, dando con su

conducta mucho que hablar á los sarracenos; pues suponiéndola todos

tan altiva y desdeñosa, que apenas encontraba un caballero digno de

aprecio, solo con Rugiero se la veia humilde y bondadosa.

Luego que el Gascon terminó su relato, asegurando á Bradamante que

era la historia fiel de lo ocurrido, apoderóse de la doncella tanta

pena y tan cruel desesperacion, que estuvo próxima á caer del caballo.

Volvió riendas sin decir una palabra, henchida de ira, de rabia y de

furiosos celos, y regresó á su castillo furibunda y sin el menor resto

de esperanza. Armada como estaba se dejó caer en el lecho, apoyando su

rostro y sus lábios en las almohadas, á fin de ahogar el rumor de los

sollozos que podrian descubrir el estado de su alma. Repitiendo las

palabras del caballero Gascon, cayó en tal desaliento y dolor, que no

le fué posible contenerlo, y se vió obligada á exhalarlo de esta suerte:

--¡Ay mísera de mí! ¿A quién podré dar crédito en lo sucesivo? Fuerza

será decir que todos los hombres son pérfidos y crueles, si lo eres

tambien tú, Rugiero mio, ¡á quien yo creia tan tierno y tan leal! ¿Se

vió nunca una crueldad, una traicion más odiosa? ¡Cualquiera otra es

insignificante, si se compara con el pago que has dado á los beneficios

que me debias! Ya que no existe un solo caballero que pueda igualarse

á tí en ardor, en belleza, en varonil denuedo, en costumbres y en

bizarría, ¿por qué no añades, Rugiero, á tan ilustres y virtuosas

dotes, la de la constancia? ¿Por qué no se ha de decir tambien que es

inviolable tu firmeza y tu lealtad, esa virtud ante la cual ceden

todas las demás? ¿Ignoras, por ventura, que si la lealtad no existe,

pierden todo su esplendor el valor más heróico y las proezas más

brillantes, lo mismo que sin la luz no puede verse ningun objeto, por

hermoso que sea? Harto fácil te fué engañar á una doncella de quien

eres señor, árbitro y dios, y á la que podias haber hecho creer con

tus palabras que el Sol era oscuro y frio, si así te lo hubieses

propuesto. ¡Pérfido! Si ahora no te arrepientes de dar muerte á la que

tanto te ama, ¿qué cosa habrá capaz de hacerte sentir remordimientos?

Si la falta de fé y lealtad es para tí una cosa tan leve ¿qué otro

peso podrá oprimir tu corazon? ¿Qué suplicios guardas para los que

te aborrecen, cuando á mí, que tanto te amo, me haces sufrir estos

tormentos? ¡Ah! ¡Si no consigo una pronta venganza, afirmaré que en

el Cielo no hay justicia! Si la ingratitud es el pecado que grava con

mayor peso la conciencia del hombro, y por ella fué precipitado el más

hermoso de los ángeles desde el Cielo á los profundos Infiernos, y si

todo crímen encuentra un castigo proporcionado, cuando una cumplida

enmienda no lava las culpas del corazon, procura guardarte del castigo

que te espera como merecida recompensa de tu ingratitud para conmigo,

ya que no quieres reparar tu falta. Tambien debo acusarte, cruel, de

otro vicio más infame; del de ladron: y no porque me hayas arrebatado

el corazon, pues voluntariamente te absuelvo de este robo, sino porque

habiéndote entregado á mí, te me has sustraido contra toda razon y

justicia. ¡Restitúyeme tu corazon, impío, pues harto sabes que no hay

salvacion para el que guarda lo que no le pertenece! Me has abandonado

Rugiero; yo no quiero, y aunque quisiera, no podria abandonarte: mas,

para poner término de una vez á mis torturas y sufrimientos, puedo y

quiero arrancarme la existencia. Un solo pesar me atormenta: el de no

morir poseyendo tu cariño; pues si los dioses me hubiesen concedido

la gracia de exhalar el último suspiro cuando me amabas, jamás muerte

alguna fuera tan agradable.

Al decir estas palabras, saltó del lecho dispuesta á morir, y

arrebatada por la cólera, dirigió contra su corazon la punta de la

espada; pero la armadura que llevaba impidió la realizacion de su

criminal propósito. Entonces se abrió paso en su turbada mente una idea

más digna, y deslizó en su corazon estas palabras:--«¡Oh! doncella

nacida de una estirpe esclarecida: ¿por qué intentas poner fin á tus

dias de un modo tan innoble y bochornoso? ¿No vale más, acaso, que te

lances en medio de los combates, donde á todas horas se puede encontrar

una muerte gloriosa? Podrá muy bien suceder que expires á la vista de

Rugiero, que tal vez derramará algunas lágrimas á tu memoria; y si

llegases á sucumbir bajo sus golpes, ¿qué otra muerte más apetecible

podrias esperar? Razon será que el mismo Rugiero te arranque la vida,

ya que es causa de que vivas en un perpétuo tormento. Podrá tambien

suceder que, antes de morir, encuentres una ocasion oportuna para

vengarte de aquella Marfisa, que con sus pérfidos y deshonestos amores

te ha conducido al borde de la tumba, privándote de tu Rugiero.»

Estas reflexiones parecieron mejores y más razonables á la guerrera,

y en seguida añadió á sus armas una divisa, que era el emblema de su

desesperacion y de sus deseos de morir. Su sobrevesta era del color

amarillento que toman las hojas cuando las han arrancado de sus ramas,

ó cuando al árbol que las hojas sostenia llega á faltarle la sávia que

le daba vida: en la orla estaba recamada de troncos de ciprés, cual si

estuviera marchito despues de haber sentido el filo de la dura hacha.

Con este traje, tan adecuado á su dolor, saltó sobre el caballo que

solia montar Astolfo, y cogió aquella lanza de oro, cuyo solo contacto

bastaba para lanzar de la silla á los caballeros más valientes. No creo

necesario repetir ahora por qué, dónde ni cuándo se la entregó Astolfo,

ni de qué modo habia pasado á manos del duque inglés. Bradamante se

armó con ella, ignorando, sin embargo, su prodigiosa propiedad.

[Ilustración: Vió venir una dama con un escudo pendiente del arzon.

(Canto XXXII.)]

Sin escudero y sin compañía alguna, bajó del monte y se dirigió por

el camino más corto para llegar á París y al sitio en que poco antes

se hallaba establecido el campamento sarraceno; pues aun no habia

circulado por Montalban la noticia de que el paladin Reinaldo, ayudado

de Carlomagno y de Malagigo, habia obligado á los moros á levantar el

asedio de París. Ya habia dejado á sus espaldas á Quercy, la ciudad de

Cahors y las montañas donde nace el Dordoña, y descubria las comarcas

de Clermont y Montferrand, cuando vió venir por el mismo camino una

dama de benigno aspecto, que lleva un escudo pendiente del arzon de

la silla: á su lado iban tres caballeros, y la acompañaba además un

séquito numeroso de doncellas y escuderos.

La hija de Amon preguntó el nombre de aquella dama á un escudero que

pasó por su lado, y este le contestó:

--Es una embajadora, enviada al Rey del pueblo franco desde un país

situado más allá del polo Artico, la cual ha venido tras una larga

navegacion desde una isla que unos llaman Perdida y otros Islandia,

cuya reina, admirable por su belleza sin igual en el mundo, belleza que

solo á ella, y á nadie más, ha concedido el Cielo, envia á Cárlos el

escudo que veis; pero con la condicion expresa de que ha de entregarlo

al mejor caballero que, segun su opinion, exista en el mundo. Como ella

se tiene, y con razon, por la más hermosa de las mujeres, quisiera

encontrar un caballero que á su vez fuese el más audaz y valiente de

los hombres; porque ha formado el incontrastable designio, al que nada

podrá hacerle faltar, de no entregar su corazon y su mano, sino al

que descuelle sobre todos por sus señaladas proezas. Espera encontrar

en Francia, y entre los famosos paladines de Carlomagno, el caballero

que haya dado mayores pruebas de ser más fuerte y denodado que otro

cualquiera. Los tres señores que veis al lado de esa embajadora son

tres reyes: el uno de Suecia, el segundo de Gocia, y de Noruega el

tercero; en valor pocos, ó ninguno, les igualan. Esos tres, cuyos

estados son los menos lejanos de la Isla Perdida, así llamada porque

sus costas son muy poco conocidas de los navegantes, eran y son

todavía amantes de la Reina: por obtener su mano, cuya posesion se

disputan mútuamente, y por hacerse agradables á sus ojos, han llevado

á cabo tales proezas, que durará su memoria mientras la bóveda celeste

gire sobre sus ejes: pero ella no quiere á ninguno de los tres, como

desdeñará á todo aquel que no esté reconocido por el primer guerrero

del mundo.--«Poco me importan, suele decirles, los triunfos que

consigais en estos países. Si uno de vosotros sobrepuja á los otros

dos, como el Sol sobrepuja á las estrellas, reconoceré su mérito, y no

podré menos de ensalzarle por él; pero no creo que eso baste para que

tenga la pretension de ser el mejor caballero que haya ceñido espada.

Pienso enviar un rico escudo de oro á Carlomagno, á quien estimo y

venero como el monarca más sábio que existe en el mundo, con el encargo

de que lo entregue al caballero que consiga la palma del valor y de la

bizarría. Que sea el vencedor vasallo suyo ó de otros, poco me importa:

me someteré gustosa al parecer de aquel rey. Si despues de haber

llegado ese escudo á poder de Carlomagno y de darlo al caballero de

más ardor y fortaleza que, segun su opinion, exista en su corte ó en

otra cualquiera, es uno de vosotros el que con el auxilio de su valor

trae el escudo, cifraré en él todo mi amor, todo mi anhelo, y ese será

mi esposo y mi dueño.»--Esta promesa ha hecho venir hasta aquí á estos

tres reyes, cuyos estados se encuentran muy remotos de la Francia, con

el firme propósito de conquistar el escudo ó perecer en la demanda.

Bradamante escuchó con la mayor atencion la respuesta del escudero,

el cual se despidió de ella, y lanzando su caballo á galope, se

reunió en breve á sus compañeros. La guerrera no siguió tras él, sino

que continuó su camino tranquilamente, vaticinando en su interior

diferentes cosas que sobrevendrian, á no dudarlo, y especialmente

la de que aquel escudo seria un manantial inagotable de rencillas

y discordias entre los paladines y demás caballeros de la Francia,

si Carlomagno se decidia á declarar cuál de ellos fuese el mejor y

entregárselo á él. Esta idea oprimia su corazon, pero mucho más y de

peor manera se lo destrozaba el recuerdo del abandono en que la habia

dejado Rugiero por entregar su amor á Marfisa. Tan fija y tenazmente

estaba grabado en su imaginacion este pensamiento, que caminaba á la

ventura, sin saber donde iria á parar, ni si encontraria un cómodo

asilo donde albergarse durante la noche. Así como la nave separada de

la orilla por los vientos ó por cualquier otro accidente, boga privada

de piloto ó timonel por donde quiere llevarla la corriente, así la

guerrera, preocupada constantemente con la idea de Rugiero, se dejaba

llevar por Rabican, del que no se cuidaba en lo más mínimo.

Alzando por fin los ojos, vió que el Sol habia vuelto la espalda á

las ciudades de Bocco[46], y se habia sepultado, como un pez, en el

seno de su anciana nodriza, más allá de Marruecos. No podia pensar en

cobijarse bajo la enramada, porque soplaba un viento frio, y el Cielo

encapotado anunciaba de un momento á otro lluvia ó nieve. Apresurando

el paso de su corcel, no tardó mucho en ver á un pastor que estaba

recogiendo sus ganados: preguntóle con mucho interés si habia por allí

cerca algun albergue bueno ó malo donde pudiera recogerse, pues como

quiera que fuese, de seguro estaria en él bastante mejor que expuesta á

la lluvia. El pastor respondió:

[46] Rey de Mauritania, en África.

--No conozco otro sitio que poder indicaros, como no sea un castillo

llamado la Roca de Tristan, que está á cuatro ó seis millas de aquí:

pero no es muy fácil encontrar asilo en él, porque todo caballero tiene

que conquistar su hospitalidad con las armas en la mano, y defenderla

despues de los que acuden nuevamente á pedirla. Si cuando se presenta

algun guerrero, está desocupada la estancia, el Castellano le recibe

sin ninguna dificultad; pero le exige la promesa formal de que ha de

salir á pelear contra todos los que vayan llegando posteriormente. Si

no se presenta nadie, el caballero pasa tranquilamente la noche; pero

si llega algun viajero, está obligado á requerir sus armas y á luchar

con él, debiendo el vencido ceder su puesto al vencedor, y resignarse

á pasar la noche á la intemperie. Si dos, tres, cuatro ó más guerreros

juntos hallan vacío el castillo, se albergan en él con toda paz y

sosiego: el que llega despues, tiene peor suerte, porque ha de combatir

con todos los primeros. Por el contrario, si es uno solo el que ha

recibido hospitalidad, bien necesita de todo su vigor y destreza;

porque está obligado á pelear con dos, tres, cuatro, ó con cuantos se

presenten despues que él. Una costumbre análoga rige con respecto á

las damas ó doncellas que llegan solas ó acompañadas al castillo: la

hospitalidad corresponde de derecho á la más hermosa, y la que lo sea

menos, tiene que cederle el puesto y quedarse fuera de la fortaleza.

Bradamante preguntó dónde estaba situado aquel castillo, y el buen

pastor, en vez de contestarle, se limitó á designárselo con el dedo

á una distancia de cinco ó seis millas. A pesar de la rapidez de

Rabican, no pudo Bradamante hacerle caminar de prisa por aquel terreno

pantanoso y difícil á causa de lo lluvioso del tiempo, y llegó despues

que la noche hubo tendido su espeso manto. Halló cerrada la puerta del

castillo, y dijo al que lo custodiaba, que deseaba alojarse en él. Le

contestaron que estaban ya ocupadas las habitaciones por algunas damas

y guerreros que habian llegado antes que ella, y estaban esperando en

torno de un buen fuego que terminaran los preparativos de la cena para

sentarse á la mesa.

--Como no se la hayan comido ya, exclamó la doncella, no creo que

el cocinero la haya guisado para ellos. Ve, pues, y diles que aquí

les espero; que conozco la costumbre que rije en este castillo, y me

propongo observarla.

Corrió el centinela á llevar á los caballeros esta embajada,

tanto menos agradable para ellos, cuanto que estaban descansando

cómodamente, y se veian obligados á salir fuera del castillo con un

tiempo borrascoso, y cayendo la lluvia á torrentes. Se levantaron,

sin embargo; cogieron sus armas con mucha calma, y se dirigieron con

bastante lentitud á donde les estaba esperando la guerrera. Aquellos

tres caballeros valian tanto, que muy pocos podian igualárseles en el

mundo: eran los mismos á quienes habia encontrado Bradamante durante

el dia al lado de la embajadora; y habian venido á Francia desde

Islandia para conquistar el escudo de oro. Como habian caminado con

más rapidez, llegaron al castillo antes que la guerrera. Muy pocos les

aventajaban en el manejo de las armas; pero Bradamante era una de estos

pocos, y además, por ningun concepto se resignaba á permanecer fuera

del castillo aquella noche, mojándose y sin tomar alimento.

Los habitantes de la fortaleza se asomaron á las ventanas y galerías

para ver la lucha á la incierta y débil claridad que la Luna esparcia,

á pesar de las nubes y de la copiosa lluvia. Deseosa Bradamante de

medir sus armas con los tres caballeros, así que oyó abrir las puertas

y bajar el puente levadizo, y vió salir por él á sus tres adversarios,

sintió una alegría semejante á la de un amante apasionado, que procura

entrar furtivamente en la estancia de su amada, cuando despues de mucho

esperar, oye por fin la silenciosa llave dando vuelta á la cerradura.

En cuanto vió á los tres guerreros salir á un tiempo ó con poca

diferencia fuera del puente levadizo, retrocedió para tomar terreno,

y lanzó en seguida su excelente corcel á rienda suelta, enristrando

la lanza que le confiara su primo, aquella lanza que derribaba

indefectiblemente del caballo á todo campeon, aun cuando fuera el mismo

Marte. El rey de Suecia, que fué el primero en acometer, fué tambien el

primero en quedar tendido en el campo: ¡con tanta violencia dió contra

la visera de su yelmo aquella lanza que nunca se habia enristrado en

vano! Embistió despues el rey de Gocia, y encontróse sin saber cómo

lejos de su corcel con los piés en el aire: el tercero, por fin, midió

asimismo el suelo con sus espaldas, quedando medio enterrado en el agua

y el barro.

En cuanto Bradamante hubo derribado á sus tres contendientes con otros

tantos botes de su lanza, se dirigió al castillo, donde debia recibir

la hospitalidad que habia conquistado: mas antes de entrar en él,

le hicieron jurar que saldria á combatir con todo caballero que se

presentara. El señor del castillo, que acababa de apreciar su valor, le

prodigó toda clase de atenciones: por su parte, hizo lo mismo la dama

que habia llegado á la fortaleza con los tres vencidos, la mensajera

enviada al rey de Francia desde la isla Perdida. Saludó cortesmente á

la jóven, y con el agrado y afabilidad, naturales en ella, salió á su

encuentro, la cogió de la mano, é hizo que se sentara á su lado cerca

del fuego.

Bradamante empezó á desarmarse, y ya se habia quitado el escudo y el

yelmo, cuando salió unida á este una cofia de oro en que acostumbraba

recoger sus cabellos, los cuales cayeron en ondulantes rizos sobre sus

hombros, y descubrieron que aquel guerrero era una doncella tan hermosa

como valiente. A la manera que al levantarse el telon suele aparecer

la escena, iluminada con mil luces, y adornada con arcos y soberbios

monumentos llenos de oro, de estátuas y de magníficas pinturas, ó

como cuando el Sol, al rasgar una nube, ostenta su disco refulgente y

esplendoroso, así tambien, al quitarse Bradamante el yelmo, pareció

mostrar el Paraiso abierto á los ojos atónitos de los circunstantes.

Habian crecido los hermosos cabellos que le cortara el monje, y eran ya

tan largos, que podia sujetarlos trenzados en la parte posterior de la

cabeza, si bien todavía no tenian su primitiva longitud. El señor del

castillo habia visto otras veces á Bradamante: así es que la conoció en

seguida, y redobló su solicitud y sus cuidados para con ella.

Sentados al rededor del fuego, entretuvieron sus oidos con agradables

al par que honestas pláticas, mientras preparaban otro alimento, que

proporcionara un placer semejante á sus cuerpos. La doncella preguntó

á su huésped si la costumbre que veia establecida en el castillo para

albergar á los transeuntes era de fecha reciente, ó si contaba ya

algunos años de antigüedad; así como cuándo y quién la estableció. El

Castellano satisfizo su curiosidad en los siguientes términos:

--En el reinado de Faramundo, su hijo Clodion amaba á una jóven, donosa

y bella, que por sus atractivos no tenia rival en aquella época remota.

Tan enamorado estaba de ella, que continuamente se le veia á su lado

con una asiduidad igual á la que, segun es fama, empleaba para guardar

á Io su pastor[47]; pues en el corazon del príncipe dominaban por igual

el amor y los celos. La tenia en este mismo castillo que le habia

regalado su padre, y rara vez salia de él: vivian aquí con Clodion diez

de los mejores caballeros que por entonces habia en Francia. Cierto

dia llegó á esta fortaleza el valiente Tristan, acompañando á una

dama, á quien pocas horas antes acababa de arrancar de las manos de un

gigante feroz. Presentóse Tristan cuando el Sol habia ya vuelto las

espaldas á las playas de Sevilla; y como no habia otro albergue en un

rádio de diez millas, pidió aquí hospitalidad. Clodion, que, segun he

dicho, estaba tan furiosamente enamorado como celoso, habia resuelto

negar la entrada en su castillo á todo caballero indistintamente,

mientras permaneciera en él su amada. Viendo Tristan que á pesar de sus

repetidos ruegos no encontraba la hospitalidad que pedia, esclamó:

[47] Celosa Juno de la ninfa Io, amada de Júpiter, la convirtió

en vaca, y confió su custodia á Argos, príncipe que tenia

todo su cuerpo lleno de ojos y no los cerraba sino sucesiva y

alternativamente.

--»Yo sabré obligarte á hacer, á pesar tuyo, lo que no han conseguido

mis instancias.

»Y desafió á Clodion y á los diez caballeros que con él estaban,

diciéndoles con arrogante voz, que con su lanza y su espada les daria

una leccion de cortesía y nobleza; mas habia de ser con la condicion de

que si los derribaba á todos ellos, y él permanecia firme en la silla,

deberia quedar dueño del castillo por aquella noche, mientras que los

vencidos estarian obligados á pasarla fuera de él. El hijo del rey de

Francia corrió un inminente peligro de muerte por no sufrir tal baldon;

pues fué derribado violentamente de su caballo: igual suerte cupo á sus

diez compañeros; y el vencedor Tristan, dejándolos á la puerta, entró

en el castillo, donde halló á aquella jóven tan amada de Clodion: la

naturaleza, tan avara en repartir los dones de la hermosura, parecia,

sin embargo, haberse complacido en adornar á la linda dama con toda

clase de atractivos. Tristan empezó en seguida á hablar con ella,

mientras que el insoportable torcedor de los celos martirizaba fuera

del castillo á su amante, el cual no tardó en dirigir al caballero las

súplicas más ardientes, rogándole que le restituyera su amada.

»Aun cuando Tristan no estaba muy prendado de la jóven, pues la

pocion encantada que en otra ocasion habia bebido no le permitia amar

á ninguna mujer más que á Isota, deseoso, sin embargo, de vengarse

de la ruda y descortés acogida de Clodion, le contestó que creeria

incurrir en una imperdonable falta, si consintiera en que una dama tan

bella saliese del castillo.--«Si Clodion se lamenta de dormir solo á

la intemperie, añadió al mensajero, y desea compañía, le enviaré una

jóven que tengo conmigo, fresca, sonrosada y bella, aunque no tanto

como su amada. Accederé á que la doncella que le ofrezco pase á su lado

la noche y obedezca todos sus mandatos; en cuanto á la más bella, me

parece justo y conveniente que quede á disposicion del más vigoroso.»

»Despechado Clodion con tal respuesta, é inflamado de cólera, anduvo

toda la noche dando vueltas en torno del castillo, como si estuviera

encargado de velar por el reposo de los que dentro de él dormian á

sus anchas; lamentándose de que le hubieran privado de su dama mucho

más que del frio y del viento. A la mañana siguiente, se la devolvió

Tristan, condolido de su tristeza, librándole al mismo tiempo del

doloroso peso que le oprimia el corazon; pues le aseguró clara y

firmemente que se la entregaba tal cual la habia encontrado, y que

aun cuando la dureza del príncipe para con él le hacia acreedor del

mayor ultraje, se daba por satisfecho con haberle tenido toda la noche

á la intemperie. Clodion intentó disculpar su conducta, diciendo que

el amor le habia hecho incurrir en tan grave falta; pero Tristan no

quiso aceptar tal disculpa, replicándole que el amor debe excitar en el

corazon del hombre sentimientos generosos, y nunca actos tan villanos.

»Clodion no permaneció mucho tiempo en este castillo despues de la

partida de Tristan, sino que cambió de morada, regalando esta á un

caballero á quien tenia en grande estima, con la expresa condicion

de que, tanto él como sus sucesores habrian de observar, siempre que

se les pidiese hospitalidad, la costumbre siguiente: el caballero

más valiente y la dama más hermosa deberian ser los preferidos para

albergarse aquí, y el que resultara vencido estaria obligado á

abandonar el puesto, y á dormir en el prado ó donde más le agradara.

Tal es la ley cuya observancia se ha conservado hasta nuestros dias.»

Mientras el Señor del castillo entretenia á sus oyentes refiriéndoles

esta historia, el mayordomo habia estado disponiendo la mesa en

el gran salon, pieza notable por su asombrosa suntuosidad, al cual

pasaron los convidados á la luz de las antorchas. Al entrar en dicho

salon Bradamante y su jóven y donosa compañera, lo recorrieron con

la vista y observaron que sus soberbias paredes estaban cubiertas

de pinturas magníficas. Maravilladas al ver aquella estancia tan

lujosamente adornada, casi se olvidaban de disfrutar de los manjares

por contemplarla, á pesar de que necesitaban restaurar sus fuerzas,

casi aniquiladas por las fatigas de aquel dia, y á pesar tambien de que

el mayordomo y el cocinero se impacientaban al ver que las viandas se

enfriaban en los platos, atreviéndose á decir estas palabras: «Mejor

será que ante todo deis alimento á vuestros estómagos, pues tiempo os

quedará para dárselo á los ojos.»

Estaban ya sentados á la mesa, é iban á empezar la cena cuando el

Señor del castillo reparó en que faltaba á la ley si permitia que se

alojaran dos damas en la fortaleza; preciso era que la más hermosa

continuara en ella y saliera la otra á pesar de la lluvia y de la

violencia del huracan; pues como no habian llegado las dos al mismo

tiempo, la costumbre exigia que se hiciera así. Llamó á dos ancianos y

algunas dueñas de la casa, que servian de árbitros en tales casos, y

designándoles ambas doncellas, les ordenó que dieran su parecer sobre

cuál de las dos era la más hermosa. Quedó resuelto por unanimidad que

la más bella era la hija de Amon, la cual sobrepujaba en gracias á la

otra dama del mismo modo que en valor habia sobrepujado á los tres

reyes. El Castellano dijo entonces á la embajadora de Islandia, que

presenciaba la deliberacion no sin algun recelo:

--No debe pareceros descortesía que observemos la ley cual corresponde.

Forzoso os será, pues, buscar otra morada donde albergaros, puesto

que todos hemos convenido en que esa jóven os aventaja en belleza y

donosura, por más que esté despojada de todo adorno.

Cual se ve de improviso á una negra nube subir desde un húmedo valle

hasta el cielo, cubriendo con su tenebroso crespon la faz del Sol poco

antes radiante y esplendorosa, del mismo modo se demudó el semblante de

la dama, al oir la dura sentencia que la obligaba á arrostrar la lluvia

y el frio fuera del castillo, en términos de que ya no parecia la misma

jóven plácida y serena que pocos momentos antes.

Cubrióse su rostro de una palidez mortal, muestra evidente del

desagrado que le causaba tan inhumana sentencia; pero observándolo

Bradamante y conmovida por una tierna compasion, quiso oponerse á que

saliera aquella dama diciendo:

--No puede parecerme justo ni bien meditado todo fallo que se prenuncie

sin oir de antemano cuantas razones quiera alegar en su defensa la

parte condenada. Yo, aceptando la defensa de esta causa, y haciendo

abstraccion completa de si mi belleza es superior ó inferior á la de

esta dama, diré que no he venido aquí como mujer, ni quiero tampoco

que se me considere como á tal. ¿Y quién se atreverá á asegurar, como

no consienta en desnudarme de mis vestidos, que soy, ó no soy, lo que

esa jóven es? Lo que no se sabe, no debe afirmarse, y mucho menos

cuando tal afirmacion puede perjudicar á otro. Muchos conozco que

tienen los cabellos largos como yo, y sin embargo, no son mujeres.

Si he conquistado la hospitalidad que me concedeis, como caballero ó

como mujer, harto claramente lo habeis visto. ¿Por qué pues habeis de

calificarme de mujer, si todas mis acciones son de hombre? Vuestra ley

tan solo establece que las damas han de ser vencidas por las damas,

y no por los guerreros. Supongamos, sin embargo, admitiendo vuestro

parecer, que yo fuese mujer (lo cual no concedo en manera alguna), pero

que mi belleza no llegara á igualar á la de esa dama: no creo que por

esta causa os resolvierais á dejarme sin la recompensa de que mi valor

me hiciese acreedora, por más que mi rostro no la mereciese; porque

seria una punible injusticia negarme por falta de atractivos lo que

mi valor me hubiera hecho conquistar por medio de las armas. Y aunque

la costumbre dispusiera que el que pierde en punto á belleza debe

abandonar el puesto, yo querria permanecer en él á todo trance. Por lo

tanto, no siendo iguales las circunstancias que concurren entre esa

dama y yo, debo inferir que, sentada la cuestion bajo el punto de vista

de la belleza, puede perder mucho y no ganar nada conmigo, y donde

las pérdidas y las ganancias no son iguales en todo, no puede tampoco

establecerse una competencia honrosa: por consiguiente, ya sea favor ó

justicia, no prohibireis á esa dama que pase la noche en este castillo.

Si hay alguno que se atreva á decir que mi opinion no es justa y

razonable, pronta estoy á sostener como guste, que su parecer es falso,

y verdadero el mio.

La hija de Amon, compadecida de que tan sin razon se viese aquella dama

obligada á salir al campo, donde caia una copiosa lluvia y no habia

un solo abrigo donde guarecerse, supo persuadir al señor del castillo

con sus razonables y sensatas palabras, y especialmente con su última

proposicion, á que se estuviera quieto, y conviniera con ella en cuanto

habia expuesto. Así como durante el ardiente calor del estío, cuando

más sedientas están las agostadas plantas, se reanima la flor, próxima

á marchitarse por falta de aquel jugo que la sostenia, en cuanto

siente la anhelada lluvia, así tambien la embajadora, al verse tan

brillantemente defendida, ostentó en su rostro la apacible belleza que

la adornaba anteriormente.

Preparáronse entonces á disfrutar de los placeres de aquella cena que

aun no habian tocado, y no fué ya turbado su contento por la llegada

de ningun caballero andante. Todos hicieron honor al banquete, excepto

Bradamante, que continuaba triste y afligida como siempre; pues aquel

temor, aquella terrible sospecha que la oprimia sin cesar, le quitaba

el gusto para todo. Una vez terminada la cena (que se habria prolongado

más, si no lo hubiera impedido el deseo de satisfacer la curiosidad),

se levantó Bradamante, imitándole la mensajera. Por órden del

Castellano, encendió un paje una multitud de bugías, que esparcieron la

más viva claridad en todo el salon. En el canto siguiente diré lo que

ocurrió.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 8 / 22 章