CANTO XXXI.

Guido combate con Reinaldo; pero conociéndose despues mútuamente,

suspenden la lucha y se prodigan las mayores muestras de

cariño.--Siguen su marcha á Paris, y derrotan á las gentes de

Agramante.--Brandimarte encuentra á Rodomonte mientras iba

en busca de Orlando, y se bate con él, saliendo vencedor el

Sarraceno.--Reinaldo sostiene una lucha más terrible con el rey de

Sericania, por haberse empeñado este en arrebatar al Paladin su

caballo Bayardo.

¿Qué otro estado puede haber más dulce y más placentero que el de un

corazon enamorado? ¿Qué otra existencia más feliz y más envidiable

que la del que está sujeto al yugo del amor, si el hombre no se

viera excitado continuamente por esa cruel sospecha, ese temor, ese

martirio, ese frenesí, esa rabia, en fin, que llaman celos? Cualquiera

otra amargura que se interponga entre los suavísimos deleites del

amor no hace más que aumentar, perfeccionar y purificar, si cabe, su

exquisita delicadeza. La sed hace que el agua nos parezca sabrosa y

agradable, y el hambre permite que apreciemos mejor los manjares que

la satisfacen: el que no ha experimentado los desastres de la guerra,

desconoce el inapreciable valor de la paz. Aun cuando los ojos no ven

lo que nunca se aparta del corazon, el de todo amante se resigna á la

ausencia del objeto amado; pero al regresar este, la alegría es tanto

mayor cuanto más prolongada ha sido la ausencia. Puede soportarse el

yugo del amor cuando este no es correspondido, si nos queda algun

indicio de esperanza; pues tarde ó temprano se alcanza la recompensa

que la constancia merece. Los desdenes, las negativas, todas las

penas y los martirios que el Amor ocasiona, redundan en su mismo

beneficio; porque el placer que más nos ha costado conseguir, es el

que se disfruta con mayor deleite. Pero si el contagio infernal de los

celos derrama su mortífero veneno en un alma agitada y predispuesta á

recibirlo, no logra el amante destruir sus perniciosos efectos, aun

cuando su presencia devuelva la alegría y el consuelo á aquella alma

atormentada. Los celos producen la más cruel y emponzoñada de las

heridas, contra la que no valen medicinas, ni emplastos, ni exorcismos,

ni hechicerías, ni la prolongada observacion de los astros, ni todos

los experimentos que durante su vida pudo hacer Zoroastro, el inventor

del arte mágica: herida terrible, que hace sentir al hombre todos los

dolores conocidos, y le mata de desesperacion.

¡Oh llaga incurable, tan fácilmente impresa en el corazon de un amante

por la más leve sospecha, falsa ó verdadera! ¡Llaga que se apodera

del hombro hasta el punto de ofuscarle la razon y la inteligencia y

alterar por completo su primitivo aspecto! ¡Oh celos inícuos, que

tan injustamente habeis arrebatado á Bradamante todo consuelo! No me

refiero ahora precisamente á lo que Hipalca y Riciardeto le dijeron, y

que tan amargamente impreso quedó en su corazon, sino á otra noticia

infausta y desconsoladora que recibió algunos dias despues. Todo cuanto

he dicho hasta ahora es nada en comparacion de lo que tengo aun que

referiros; pero lo aplazo para otra ocasion, pues antes es preciso que

volvamos á reunirnos con Reinaldo y sus compañeros, que se dirigian á

París.

Hacia la tarde del segundo dia de viaje, encontraron á un caballero,

cuya sobrevesta y escudo eran negros, si bien el segundo estaba

atravesado por una faja blanca. Aquel caballero iba acompañando á una

dama. En cuanto estuvo á corta distancia de Reinaldo y sus compañeros,

desafió á Riciardeto, que iba delante de todos, y que por su aspecto

parecia un animoso campeon: Riciardeto, pronto siempre á aceptar

tales proposiciones, volvió riendas, tomó el terreno necesario, y sin

decirse una sola palabra ni preguntarse siquiera su condicion, se

lanzaron de improviso uno contra otro. Reinaldo y los demás caballeros

se hicieron á un lado para ver el resultado de aquel encuentro.--«No

tardaré en derribar á mi adversario, si consigo que mi lanza tropiece

donde acostumbro á dirigir el bote», decia para sí Riciardeto; pero el

efecto no correspondió á su intencion: el caballero le dió una lanzada

en la visera del casco con tal violencia, que lo arrancó de la silla

y lo echó á rodar por el camino á bastante distancia de su caballo.

Alardo quiso encargarse en el acto, de vengarle, y á su vez midió el

suelo, aturdido y maltrecho: tan terrible fué aquel encuentro, del que

salió además con el escudo hecho pedazos. Guiciardo enristró sin demora

la lanza, en cuanto vió á sus hermanos por el suelo; á pesar de que

Reinaldo gritaba: «Detente, detente, que ahora me toca á mí.» Aun no

se habia puesto el casco, cuando ya Guiciardo se precipitaba sobre su

adversario; pero no supo sostenerse mejor que los dos anteriores, y sin

saber cómo se encontró tendido á su lado.

Riciardo, Viviano y Malagigo quisieron hacer frente al guerrero

desconocido; mas Reinaldo, armado ya completamente, interrumpió su

generosa porfía, exclamando:

--Necesitamos estar pronto en París, y llegaríamos demasiado tarde,

si tuviese que esperar á que cada uno de vosotros fuese derribado

sucesivamente.

Pronunció estas palabras de modo que no le oyeron los demás; pues de lo

contrario hubiera sido una injuria demasiado grave para ellos.

Reinaldo y su contendiente tomaron el terreno necesario, y se

acometieron con sin igual violencia. Rudo fué el choque; pero el

Paladin, que valia por sí solo tanto como todos sus compañeros juntos,

permaneció firme en la silla: las lanzas se hicieron añicos, como

si fueran de vidrio; mas ninguno de los combatientes se inclinó una

sola línea hácia atrás. Los corceles chocaron uno contra otro con tal

fuerza, que se vieron obligados á doblar los cuartos traseros: Bayardo

se rehizo al momento, de modo que apenas interrumpió su carrera; pero

el caballo del guerrero negro salió con la columna vertebral rota,

y cayó sin vida. El caballero, al ver muerto á su corcel, dejó los

estribos y se puso rápidamente en pié, diciendo al hijo de Amon, que se

dirigia hácia él sin empuñar otra arma:

--Señor: el sentimiento que me ha causado la muerte de este corcel,

á quien tuve en grande estima mientras vivió y del que acabas de

privarme, no me permite dejarle sin venganza, porque va en ello mi

honra: así, pues, prepárate á empezar de nuevo el combate; pero te

aconsejo que eches mano de toda tu bravura para defenderte de mí.

Reinaldo le respondió:

--Si la pérdida de ese caballo es el único motivo que tienes para

renovar la lucha, te daré uno de los mios no menos excelente que el

tuyo, y de este modo quedará aquella recompensada.

--Equivocado estás, replicó el desconocido, si me crees tan cuidadoso

por la carencia de caballo. Veo que no has comprendido bien mi idea,

por lo cual me explicaré con más claridad. Quiero decir que creeria

cometer una gran falta al retirarme sin haber experimentado tu valor

espada en mano, y sin llevar la seguridad de que tu esfuerzo es igual

al mio, ó si vales más ó menos que yo. Continúa á caballo ó apéate de

él: lo dejo á tu albedrío; pues con tal que sostengas la lucha, estoy

dispuesto á concederte toda clase de ventajas, segun lo que me estimula

el deseo de conocer por mí mismo si sabes manejar la espada.

Reinaldo le respondió al momento, y sin la menor vacilacion:

--Acepto el desafío; y á fin de que combatas sin recelo, y no puedas

desconfiar de mis compañeros, haré que se alejen hasta que me reuna con

ellos, y únicamente quedará conmigo un paje para guardar mi caballo.

Al decir esto, previno á sus compañeros que le dejasen solo. Esta

muestra de delicadeza del Paladin lo enalteció sobremanera en el

concepto del guerrero incógnito. Reinaldo se apeó, entregó las riendas

de Bayardo á uno de sus escuderos, y en cuanto hubo perdido de vista

á sus parientes, embrazó el escudo, desnudó el acero y se puso á las

órdenes de su adversario. Inmediatamente se trabó entre ellos la lucha

más terrible que pudiera haberse visto, quedando ambos asombrados

de hallar una resistencia tan tenaz y prolongada en su adversario

respectivo: mas así que conocieron su mútuo denuedo, dejaron á un lado

el orgullo ó el furor que pudiera perjudicarles, y procuraron conservar

su sangre fria para aprovechar todas las ventajas que les concedia su

experiencia en los combates. Resonaban á gran distancia con horrible

fragor los golpes despiadados y crueles que se daban: cada cuchillada

hacia volar fragmentos de sus recios escudos, desgarraba sus cotas

de malla ó arrancaba los clavos de sus corazas. Persuadidos ambos de

que el más lijero descuido podia ocasionarles un daño inmenso, y no

queriendo ceder una pulgada de terreno, ponian tanto cuidado en herir

como en parar los golpes.

Más de hora y media duraba ya el combate: el Sol se habia ocultado bajo

las olas; las tinieblas de la noche se extendian hasta los límites del

horizonte, y sin embargo, los combatientes no se daban tregua ni reposo

alguno, como si el ódio ó la venganza, y no el deseo de gloria, fuera

el único motivo de su ruda pelea. Reinaldo no cesaba de pensar en quién

podria ser aquel caballero tan esforzado, que se defendia de sus golpes

con tanto vigor y audacia, que más de una vez habia puesto su vida en

peligro, y cuyos ataques le tenian ya rendido y fatigado, hasta el

extremo de inspirarle alguna inquietud el resultado del combate, y de

desear que este terminara pronto, con tal de sacar ileso su honor. El

guerrero desconocido, por su parte, no sospechaba siquiera que fuese

el señor de Montalban, tan famoso entre todos los guerreros del mundo,

aquel con quien luchaba por un motivo de tan escasa importancia: solo

sabia que era imposible hallar un hombre más sobresaliente en el manejo

de las armas. Se arrepentia ya de haber acometido la empresa de vengar

la muerte de su caballo, y de buen grado pondria fin á aquella danza,

si no le resultara algun baldon.

Era ya tan densa la oscuridad, que erraban casi todos sus golpes: no

sabian donde descargarlos ni cómo pararlos, y apenas se distinguian

sus espadas en la mano. Por fin, el señor de Montalban se decidió á

proponer que no continuaran batiéndose á oscuras, y que valia más

diferir la contienda para cuando el soñoliento Arcturo[35] se hubiese

alejado con la noche. Invitó en seguida á su rival á que pasara á

descansar en su tienda, ofreciéndole que estaria en ella tan seguro,

honrado y agasajado como en el mejor castillo á cuya puerta hubiera

pedido hospitalidad. El caballero incógnito aceptó la oferta sin

hacerse rogar mucho, y ambos se dirigieron al sitio en que habian

plantado sus tiendas los compañeros de Reinaldo. El Paladin cogió

entonces el caballo de uno de sus escuderos, y regaló á su cortés

adversario aquel corcel, que era un animal soberbio, ricamente

enjaezado y á propósito para toda clase de combates.

[35] Nombre griego dado á la constelacion conocida con el nombre

de _Osa menor_.

El caballero negro habia oido á Reinaldo pronunciar su propio nombre

antes de reunirse con sus parientes, y conociendo entonces que el

guerrero con quien acababa de pelear era su propio hermano, sintió su

corazon conmovido por la más dulce y afectuosa solicitud, y derramó

lágrimas de gozo y de ternura. Aquel guerrero era Guido el Salvaje;

el mismo que, segun recordareis, habia viajado por mar mucho tiempo

en compañía de Marfisa, Sansonetto y los hijos de Olivero. El traidor

Pinabel le impidió ver más pronto á su familia, por haberle tenido

cautivo y obligado á defender la inícua costumbre establecida por él.

Al oir Guido que aquel caballero era Reinaldo, el más famoso de los

héroes conocidos, á quien habia deseado ver con mayor vehemencia que el

ciego la perdida luz, exclamó lleno de júbilo:

--¡Ah Señor! ¿qué fatalidad me ha arrastrado á pelear con vos, á quien

por espacio de tanto tiempo he amado y amo, y á quien deseo manifestar

mi inmenso respeto? Yo soy Guido, descendiente, como vos, de la sangre

ilustre del generoso Amon. Constanza fué mi madre, y nací en las

lejanas costas del mar Euxino[36]. La causa de mi venida á este país

no es otra que el ardiente deseo de conoceros y de conocer asimismo á

mis demás parientes; y sin embargo, en vez de honraros, como era mi

intencion, veo que os he causado una grave injuria. Sírvame de excusa

para tan lamentable error la circunstancia de no haberos conocido:

decidme cómo podré borrar mi falta, pues á todo estoy dispuesto para

lograrlo.

[36] Antiguo nombre del mar Negro.

Despues de abrazarse y de darse recíprocamente las mayores muestras de

cariño, Reinaldo le respondió:

--No teneis por qué arrepentiros del combate que habeis sostenido

conmigo; pues para probarme que sois un digno vástago del árbol de

nuestro linaje, no podíais haberme ofrecido mejor testimonio que el

gran valor de que habeis dado tan arrogantes muestras. No mereceríais

tanto crédito, si vuestras costumbres hubieran sido más tranquilas y

pacíficas; pues el leon no engendra al gamo, ni el águila ó el halcon á

la paloma.

Hablando de esta suerte, llegaron á la tienda, donde Reinaldo manifestó

á sus compañeros que aquel caballero era Guido á quien deseaban conocer

tanto tiempo hacia. Todos le acogieron con sumo gozo, y á todos les

pareció que se asemejaba á su padre. No me detendré en explicar la

acogida que le hicieron Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos,

así como Viviano, Aldigiero y Malagigo, sus primos, ni repetiré tampoco

las cariñosas frases que mútuamente se dirigieron; solo diré, en

conclusion, que fué cordialmente recibido por todos ellos.

Si en todo tiempo hubiera sido grata á sus hermanos la presencia de

Guido, lo fué para ellos mucho más en aquella ocasion en que tan

útiles podian serles sus auxilios. Apenas el nuevo Sol salió del seno

de las aguas, coronado de luminosos rayos, cuando Guido emprendió la

marcha con sus hermanos y primos bajo el estandarte de Montalban. Tan

rápidamente caminaron por espacio de dos dias, que llegaron á la orilla

del Sena, á unas diez millas de las asediadas murallas de Paris, donde

su buena fortuna hizo que encontráran á Grifon el blanco y Aquilante el

negro, los dos guerreros de impenetrable armadura, hijos de Gismunda

y de Olivero. Estaban conversando con una doncella que por su aspecto

no parecia de condicion humilde, pues vestia un rico traje blanco,

adornado con franjas de oro: su rostro era plácido y bello; aun cuando

lo anublaba algun tanto el llanto y la tristeza: en la expresion de

sus facciones y en sus ademanes se conocia que hablaba de cosas muy

importantes.

Guido conoció al instante á entrambos caballeros, y fué conocido

tambien por ellos, en atencion á que no hacia muchos dias que se habian

separado.

--Hé ahí, dijo á Reinaldo, dos guerreros á quienes pocos aventajan en

valor: si llegaran á reunirse con nosotros en defensa de Cárlos, seguro

estoy de que los sarracenos no se atreverian á hacernos frente.

Reinaldo confirmó la opinion de Guido, manifestando que los dos

hermanos eran unos perfectos campeones. Tambien él los habia conocido

en el esmerado adorno de sus personas y en las sobrevestas, blanca

la del uno y negra la del otro, que llevaban constantemente sobre

la armadura. Grifon y Aquilante se apresuraron á saludar á Guido, á

Reinaldo y sus hermanos, y olvidando antiguas disensiones, estrecharon

amistosamente al señor de Montalban entre sus brazos. En otro tiempo

se batieron con encarnizamiento por culpa de Trufaldin, cuya aventura

seria larga de contar; pero á la sazon se acogieron con cariño

fraternal, dando su rencor al olvido. Reinaldo se volvió despues á

Sansonetto, que habia tardado un poco más en reunirse con ellos, y le

saludó con la reverencia debida á su reconocido valor, del que estaba

ya plenamente informado.

En cuanto la doncella vió llegar á Reinaldo y le hubo conocido (pues

trataba á todos los paladines), le comunicó una noticia harto triste.

--Señor, le dijo, tu primo Orlando, á quien tanto deben la Iglesia

y el Imperio; ese héroe tan famoso y tan prudente hasta ahora, ha

perdido el juicio y vaga errante por el mundo. Ignoro las causas de un

suceso tan extraordinario como deplorable; pero sí puedo asegurarte

que he visto su espada y sus demás armas esparcidas por el campo; y he

visto además cómo un caballero cortés y compasivo las fué recogiendo

una á una, y formó con ellas un hermoso trofeo, colgándolas en un

arbusto, de donde el hijo de Agrican arrancó aquel mismo dia la espada,

quedándose con ella. ¡Gran desgracia ha sido para los cristianos el que

Durindana haya vuelto otra vez á poder de los infieles! Mandricardo

se apoderó asimismo de Brida-de-oro, que vagaba libremente en derredor

de las armas de su dueño. Aun no hace muchos dias, que ví á Orlando

correr desnudo por los montes, sin rubor y sin conocimiento, lanzando

gritos y aullidos espantosos: en resúmen, te afirmo que está loco, y

nunca hubiera podido dar crédito á un acontecimiento tan cruelmente

deplorable, á no verlo por mis propios ojos.

Despues refirió cómo le habia visto caer del puente abajo, luchando á

brazo partido con Rodomonte.

--Hablo de estos sucesos, añadió la doncella, con todos aquellos á

quienes creo amigos de Orlando, para ver si entre tantos hay alguno

que, movido á compasion, procure traerlo á Paris ó á otro sitio seguro,

donde permanezca hasta recobrar la razon.

Aquella dama era la bella Flor-de-lis, á quien Brandimarte amaba más

que á sí mismo, la cual se dirigia á París por ver si allí lograba

encontrar á su amante. Puso tambien en conocimiento de Reinaldo las

disputas y combates sostenidos entre el Sericanio y el Tártaro por la

posesion de Durindana; diciéndole por último, que á causa de la muerte

de Mandricardo, habia pasado á poder de Gradasso.

Al recibir una noticia tan extraordinaria como triste, Reinaldo

prorumpió en desconsoladores lamentos, sintiendo que su corazon se

deshacia en llanto, lo mismo que el hielo se deshace al calor de los

rayos del Sol. Al instante formó la incontrastable resolucion de buscar

á Orlando, donde quiera que se hallara, lisonjeándose de antemano

con la esperanza de obtener su curacion si llegaba á encontrarle;

pero ya que por la voluntad del cielo, ó por efecto la casualidad se

habia reunido en aquel sitio un grupo de guerreros tan escogidos, no

quiso alejarse de allí sin poner antes en fuga á los sarracenos, y

obligarles á levantar el asedio de París. Creyó, no obstante, oportuno

diferir el ataque hasta que se hiciera completamente de noche, lo cual

redundaria en ventaja suya, y resolvió por lo tanto acometer al enemigo

hácia la tercera ó cuarta vigilia, cuando el agua del Leteo hubiera

esparcido el sueño por todos los párpados.

Hizo que sus compañeros se retiraran á un bosque, donde permanecieron

ocultos durante el resto del dia; pero en cuanto el Sol, dejando á

la Tierra envuelta en la oscuridad, regresó al seno de su antigua

nodriza, y los osos, cabras, serpientes y otras fieras[37], que

habian estado ocultas mientras brillaba el más resplandeciente de los

astros, adornaron el cielo, Reinaldo puso en movimiento su silenciosa

hueste, y seguido de Grifon, Aquilante, Viviano, Alardo, Guido y

Sansonetto, se adelantó cosa de una milla á sus demás compañeros, con

paso cauteloso y sin proferir una sola palabra. Halló dormidos á los

guardias de Agramante; los pasó á cuchillo sin perdonar á uno solo

la vida, y llegó en seguida hasta el centro del campamento moro con

tanto sigilo, que no fué visto ni oido. Tan destrozada dejó Reinaldo

la primera guardia que encontró en el campo de los infieles, que

no quedó un solo guerrero con vida; de suerte que los sarracenos,

soñolientos, aterrados é inermes, no pudieron oponer gran resistencia

al choque irresistible de sus impetuosos acometedores. Para infundir

mayor espanto en los sorprendidos mahometanos, hizo Reinaldo que sus

compañeros lanzaran penetrantes gritos, mezclando con los sonidos de

sus trompas y clarines su nombre invencible y famoso. Lanzó al combate

á su Bayardo, y el noble bruto, animado del mismo ardor que su dueño,

traspuso de un salto las barreras, derribó ginetes, aplastó peones,

y destrozó pabellones y barracas. Al oir resonar por el aire los

formidables nombres de Reinaldo y Montalban, no hubo un solo soldado en

el ejército pagano, por valiente que fuese, á quien no se le erizaran

los cabellos. Españoles y africanos empezaron á huir en confuso tropel,

sin perder tiempo en recoger sus armas y equipages; pues ninguno queria

detenerse á probar los crueles efectos del impulso asolador de sus

enemigos. Guido iba en pos de Reinaldo, y tanto él como los dos hijos

de Olivero, Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, imitaban las

heróicas acciones del Paladin: Sansoneto se abria ancho camino con su

espada, y Aldigiero y Viviano daban evidentes pruebas de su destreza en

el manejo de las armas: todos, en fin, competian en denuedo y bizarría,

agrupándose en torno del estandarte de Claramonte.

[37] Alusion á las constelaciones llamadas _Osa mayor y menor_,

las _cabrillas_, etc.

Reinaldo tenia en Montalban y en las aldeas inmediatas setecientos

soldados acostumbrados á soportar en todo tiempo las fatigas de la

guerra, aunque no tan malos como los mirmidones de Aquiles[38]. Cada

uno de por sí era tan ardoroso en el combate, que mil contrarios no

hubieran podido hacer huir á un centenar de ellos, y puede asegurarse

que muchos de tales soldados competirian ventajosamente con los

caballeros más afamados. Aun cuando Reinaldo no poseia grandes riquezas

en tesoros ni en ciudades, su generosidad, sus modales francos y su

sencillez le habian granjeado la estimacion y el cariño de aquellos

soldados, en términos de que ni uno solo quiso abandonar jamás su

bandera, á pesar de las más brillantes ofertas. El Paladin no alejaba

nunca de Montalban á su pequeño ejército, excepto cuando á ello le

obligaba una necesidad imperiosa; pero entonces, deseando prestar á

Carlomagno un eficaz auxilio, se decidió á dejar en su castillo una

guarnicion muy reducida, y acudió con sus tropas á atacar á Agramante.

Los pocos centenares de hombres, de quienes acabo de ocuparme, hicieron

en los sarracenos el mismo estrago que causa el lobo voraz en los

rebaños de ovejas que pastan en las orillas del falanteo Galeso[39],

ó el terrible leon en los de cabras que se apacientan junto á las

márgenes del bárbaro Cinifio[40].

[38] Los mirmidones habitaban una comarca de la Tesalia que

componia parte del reino de Aquiles. Tambien habia mirmidones,

en la isla de Egína, y segun cuenta la fábula, Júpiter convirtió

las hormigas de la isla en hombres despues del diluvio.

[39] Pequeño rio del reino de Nápoles que desagua en el golfo

de Tarento, cuyo golfo debe su nombre á la ciudad fundada por

Falanto, de quien se ha hecho mencion en otra nota del canto XX.

[40] Nombre antiguo de un rio de África, en el estado de

Trípoli, hoy llamado Guad-Quaham.

Reinaldo habia dado al Emperador aviso prévio de su llegada á las

inmediaciones de París, y de su intencion de asaltar por la noche de

improviso el campamento mahometano: en virtud de dicho aviso, hizo

Carlomagno los preparativos convenientes, y cuando llegó el momento

oportuno, acudió en auxilio del Señor de Montalban con sus Paladines

y con el hijo del rico Monodante, el prudente y leal amante de

Flor-de-lis, á quien esta jóven habia ido buscando en vano durante

tantos dias por casi toda la Francia. La doncella conoció á Brandimarte

desde lejos por la enseña que acostumbraba llevar, y en cuanto él la

conoció á su vez, dejó el combate, y lleno de gozo, corrió á abrazarla

estampando en sus mejillas mil cariñosos besos. En los tiempos antiguos

se tenia tal confianza en la virtud de las doncellas y de las mujeres,

que las dejaban viajar sin compañía alguna por montes y llanuras y por

los países extranjeros: á su regreso las tenian por tan buenas y puras

como al partir, sin que en el corazon de los amantes ó de los maridos

se albergara la más lijera sospecha en contra de su honestidad.

Flor-de-lis se apresuró á participar á su amante que Orlando se habia

vuelto loco. Parecióle á Brandimarte tan increible y desconsoladora

aquella noticia, que á haberla oido de otros lábios, la habria tenido

por una calumnia; pero no pudo dudar de la veracidad de la hermosa

Flor-de-lis, á quien solia dar crédito en cosas más graves. Afirmóle

la doncella, que no habia oido, sino visto por sus propios ojos tan

lamentable desgracia, y que conocia perfectamente al Conde á quien

solia tratar con alguna intimidad: le dijo el sitio y el momento en que

le vió, y le describió el puente peligroso donde Rodomonte se oponia al

paso de todos los caballeros, si no le entregaban sus ropas y sus armas

para engalanar con ellas un sepulcro suntuoso construido por su órden.

Añadió que habia presenciado la furiosa locura de Orlando, viéndole

llevar á cabo cosas horribles y prodigiosas, y concluyó describiendo

la lucha del Paladin con el Pagano, que estuvo á punto de perecer

sepultado en las aguas.

Brandimarte, que amaba al Conde cuanto es posible amar á un compañero,

á un hermano ó á un hijo, se dispuso á buscarlo, arrostrando si

necesario fuese las mayores fatigas y peligros para lograr que el

arte de la medicina ó el de los encantamientos restituyera la razon

á aquel cerebro enfermo; y armado á caballo, como estaba, se puso en

camino, acompañado de Flor-de-lis. Dirigieron su ruta hácia el sitio

en que la doncella habia visto al Conde, y de jornada en jornada,

llegaron al puente guardado por el rey de Argel. El vigía hizo la

señal acostumbrada: los escuderos presentaron las armas y el caballo

á Rodomonte, el cual terminó sus preparativos bélicos en el momento en

que Brandimarte se presentaba en la entrada del puente. El Sarraceno le

gritó con su ferocidad habitual:

--Quien quiera que seas, tú, á quien un extravío del camino ó de la

mente ha hecho que la suerte dirija hasta aquí tus pasos, apéate del

caballo, abandona tus armas y tributa homenaje á este sepulcro, si no

quieres que te inmole y te haga servir de víctima propiciatoria á los

manes de la que en él yace. Yo sabré obligarte á ello, si así no lo

haces, y entonces no tendré consideracion contigo.

Brandimarte no se dignó responder al arrogante Sarraceno sino

enristrando su lanza. Clavó el acicate á Batoldo, su excelente corcel,

y se lanzó sobre el infiel con una bizarría digna de competir con la

de los campeones más formidables. Rodomonte, á su vez, atravesó el

puente á rienda suelta y lanza en ristre. Acostumbrado el caballo del

infiel á recorrer aquel estrecho paso, y á hacer caer con frecuencia

desde él ya á uno, ya á otro caballero, avanzaba con entera seguridad;

pero el de Brandimarte se adelantaba vacilante, espantado y tembloroso.

Extremecióse el puente: al peligro que ofrecia su angostura y la falta

de pretiles, añadióse el riesgo de un inminente hundimiento.

Los dos caballeros, diestros en toda clase de combates, empezaron á

descargarse golpes nada suaves con sus lanzas, que parecian vigas, y

conservaban el mismo espesor que tenian al ser cortadas de sus troncos

silvestres. El vigor y la agilidad de sus respectivos caballos no

pudieron contrastar la violencia de los golpes; por lo cual ambos

corceles cayeron sobre el puente, revueltos en confuso monton con

sus ginetes. Al quererse levantar con la precipitacion á que los

excitaba la aguda é insistente punta del acicate, les faltó el

terreno necesario para afirmar la planta, y cayeron ambos en el agua,

produciendo un estrépito que resonó en los Cielos, lo mismo que en otro

tiempo resonó en ellos el estruendo producido por nuestro rio cuando se

precipitó en él el inexperto conductor de la luz[41].

[41] Alusion á la caida de Faeton, hijo de Apolo, en el Eridano,

rio de Italia, cuando se empeñó en regir los caballos del carro

del Sol.

Los caballos fueron á parar con todo el peso de sus ginetes, que

permanecieron firmes en la silla, hasta el fondo del rio, con intencion

sin duda de ver si encontraban alguna ninfa bella. No era aquel el

primero ni el segundo salto que el Pagano habia dado en aquellas ondas

con su intrépido corcel, por lo cual sabia cómo estaba el fondo, dónde

se hallaba el terreno firme ó blando, y los sitios en que las aguas

eran más ó menos profundas: así fué que sacó inmediatamente fuera

del rio la cabeza y los brazos, y procuró alcanzar á Brandimarte,

valiéndose de todas sus ventajas. Este se vió al principio arrastrado

por la corriente; pero despues su caballo se hundió en la arena, y no

pudiendo salir de ella, puso al ginete en inminente peligro de perecer.

Asaltóles despues una ola con tal fuerza, que elevándolos á una

considerable altura, los hizo rodar por donde habia mayor profundidad,

quedando Brandimarte debajo de su caballo.

Flor-de-lis, pálida y afligida, presenciaba desde el puente aquella

lucha; y al ver el peligro de su amante, recurrió á las lágrimas, á los

ruegos y á los votos.

--¡Ah, Rodomonte! exclamaba: en nombre de aquella cuya memoria quieres

honrar, no seas tan cruel que dejes perecer ahogado á tan valiente

caballero. Si has amado alguna vez, generoso guerrero, apiádate de mí,

que tanto amo á tu adversario. Conténtate, por favor, con hacerle

prisionero, y con que sus armas adornen ese sepulcro; porque esas armas

serán el trofeo más brillante de cuantos has formado en él con los

despojos de tantos caballeros.

Tan penetrantes al par que expresivas fueron las súplicas de la

atribulada doncella, que conmovieron al Rey pagano, á pesar de su

crueldad, haciendo que se apresurara á socorrer á Brandimarte, á quien

tenia su corcel sepultado en el abismo, y estaba próximo á perecer

á causa de tanta agua como habia tragado. Sin embargo, antes de

auxiliarle, le quitó el Sarraceno la espada y el casco, despues de lo

cual le sacó del rio, é hizo que le condujeran á la torre con los demás

cautivos.

Cuando Flor-de-lis vió á su amante sepultado en una prision, perdió

toda esperanza; sin embargo, antes que verle perecer en el rio,

preferia mil veces aquel triste resultado del que se culpaba á

sí misma, y á nadie más; pues ella habia sido causa del viaje de

Brandimarte, por haberle referido su encuentro con el Conde en el

peligroso puente. Alejóse de allí con la esperanza de llevar á

Reinaldo, Guido el Salvaje, Sansoneto ú otro caballero de la corte

de Pepino, famoso por sus hazañas en Mar y Tierra, á propósito para

hacer frente al Sarraceno y si no más valiente, más feliz al menos de

lo que Brandimarte habia sido. Muchos dias anduvo sin encontrar un

caballero que por su aspecto le pareciera capaz de luchar con Rodomonte

y salvar á su amado. Despues de buscar con insistencia un guerrero tal

como lo deseaba, tropezó por fin con uno, que llevaba una sobrevesta

rica, lujosa y recamada de ramas de ciprés. Más adelante os diré quién

era este caballero, pues antes me es forzoso regresar á París, para

continuar refiriéndoos el destrozo que en los moros causaron Reinaldo y

Malagigo.

Imposible de todo punto me seria contar el número de los fugitivos

y mucho menos el de los que fueron á parar á los rios del Infierno.

Turpin, que se habia tomado el trabajo de contarlos, no logró terminar

por haberle sorprendido en su tarea las sombras de la noche[42].

[42] Turpin, de quien tantas veces hace mencion el Autor, fué un

monje de San Dionisio, y despues arzobispo de Reims, secretario,

amigo y compañero de armas de Carlomagno. Se le atribuyó

indebidamente un libro titulado: _De vita Caroli Magni et

Rolandi_, más conocido con el nombre de _Crónica del arzobispo

Turpin_.

Entregado al primer sueño estaba en su tienda el rey Agramante, cuando

despertó sobresaltado al oir á un caballero, que le gritaba que huyera

cuanto antes, si no queria caer prisionero. Tendió el monarca una

mirada en torno suyo, y quedó asombrado al ver el desórden de sus

gentes, que huian á la desbandada en todas direcciones, sin pensar

en hacer frente al enemigo, desarmados y desnudos, pues ni tiempo

habian tenido para embrazar sus rodelas. Turbado, confuso y sin saber

qué partido tomar, hizo Agramante que le pusieran la coraza, cuando

se presentaron Falsiron, su hijo Grandonio, Balugante y los demás

capitanes, participándole el peligro que corria de quedar muerto ó

prisionero; añadiendo que, si lograba salvar su persona, bien podia

decir que le era propicia la suerte. Esta fué la opinion unánime de

Marsilio, Sobrino y todos los demás jefes sarracenos; los cuales

aseguraron al monarca que su ruina no pendia más que de la llegada de

Reinaldo, el cual avanzaba rápidamente, y que si esperaba á que viniese

el Paladin con toda su gente, podia tener por cierto que él y sus

amigos perderian la vida ó serian hechos prisioneros por el enemigo.

Aconsejáronle en tan apurado trance que reuniera los escasos restos de

su ejército, y se retirara con ellos á Arlés ó Narbona, plazas fuertes

ambas y capaces de mantener un sitio prolongado: de este modo lograria

dos cosas: poner en salvo su persona, y vengar tarde ó temprano aquella

afrenta, rehaciendo de una vez sus tropas, que tomando nuevamente la

ofensiva, conseguirian á no dudarlo aniquilar á las de Carlomagno.

Agramante aceptó el parecer unánime de sus capitanes, por más que lo

creyese muy duro, y emprendió la retirada hácia Arlés, marchando,

ó mejor dicho, volando por el camino que más seguro le pareció,

favorecido en su fuga por las tinieblas nocturnas y por los excelentes

guias que llevaba. Entre españoles y africanos, apenas pudieron

escapar veinte mil hombres de la bien urdida emboscada de Reinaldo.

El que pudiera contar los infieles que acuchilló el Paladin, los que

degollaron sus hermanos y los dos hijos del señor de Viena, los que

mordieron el polvo á los golpes de los setecientos hombres de armas de

Reinaldo, y los que, en su desatentada fuga, se ahogaron en el Sena,

contaria tambien las hojas que esparcen Favonio y Flora en el mes de

Abril.

Hay quien supone que á Malagigo se debió en gran parte aquella victoria

nocturna, no porque hubiese cortado muchas cabezas, ni enrojecido

el campo con la sangre de sus enemigos, sino porque con el poder de

su arte hizo que saliera de las profundas cavernas del Tártaro una

inmensa multitud de espíritus infernales con tantas banderas y tantas

lanzas, que en toda la extension de la Francia no podria colocarse

otro ejército igual al que formaron. Supónese tambien que hizo resonar

tantos clarines, tantos tambores y tan discordantes ruidos, tantos

relinchos de caballos, tantos gritos y tal tumulto y confusion, que

sus ecos vibraron en las llanuras, montes y valles de las comarcas más

lejanas, infundiendo de este modo un pánico irresistible en los moros,

que no pudieron menos de buscar su salvacion en la fuga.

No olvidó el Rey de África á Rugiero, que continuaba enfermo de

gravedad á consecuencia de sus heridas; hizo que le colocaran lo más

cómodamente posible en un corcel de suave andadura, y cuando llegó á un

sitio en que ya no habia peligro, lo mandó trasladar á una nave que le

condujo hasta Arlés, en cuya ciudad debia reunirse todo su ejército.

Los que á Reinaldo y á Carlomagno volvieron las espaldas (cien mil, ó

poco menos, segun creo), procuraron escapar de manos de los franceses,

dispersándose por los campos, los bosques, los montes y los valles;

pero la mayor parte de ellos encontró el paso interceptado, y enrojeció

con su sangre lo que era verde y blanco.

No corrió igual suerte el rey de Sericania, cuya tienda estaba

bastante apartada del campamento. Al llegar á su noticia que el señor

de Montalban era el que atacaba á sus amigos, inundó tal júbilo su

corazon, que se entregó á los más vivos arrebatos de alegría, dando

gracias á su Dios por haberle proporcionado aquella noche la deseada

ocasion de conquistar á Bayardo, aquel incomparable corcel. Creo

haberos dicho ya en otra parte, que el rey Gradasso habia anhelado

durante largo tiempo dos cosas: ceñir la excelente Durindana, y

cabalgar en el sin par Bayardo. Con este objeto pasó á Francia á la

cabeza de un ejército de cien mil hombres, y habia desafiado á Reinaldo

para disputarle la posesion de su caballo, acudiendo á la orilla del

mar donde esperaba efectuar la pelea; pero Malagigo echó por tierra

sus planes, haciendo que su primo se alejara á pesar suyo de aquellas

costas á bordo de un bajel. Seria prolijo referir esta historia; pero

sí debo hacer constar que desde entonces tuvo Gradasso por cobarde y

vil al esforzado Paladin. Por este motivo se alegró tanto el Sericanio

al oir que Reinaldo era quien atacaba el campamento sarraceno. Púsose

sin demora sus armas, montó en su alfana, y se dirigió en busca del

señor de Montalban á través de la oscuridad. Fué tendiendo á sus piés

sin vida á cuantos encontraba: sin cuidarse de si los que le salian

al paso eran soldados franceses ó africanos, vibraba indistintamente

contra ellos su temible lanza. Recorriendo el campo en todas

direcciones, cuidaba tan solo de buscar á Reinaldo, llamándole muchas

veces por su nombre con estentórea voz: poco á poco se fué acercando al

sitio en que eran más espesos los cadáveres de los combatientes, hasta

que al fin logró hallarse frente á frente con el Paladin, y del primer

choque volaron sus lanzas hechas astillas hasta el estrellado carro de

la noche.

Cuando Gradasso conoció al Paladin, no por que viera en él enseña

alguna, sino por sus horribles golpes, y por Bayardo que parecia dueño

absoluto del campo, no tardó en echarle en cara lo indignamente que en

otro tiempo faltó á su palabra, dejando de presentarse en el terreno el

dia en que debia batirse con él.

--Esperabas sin duda, añadió, que porque entonces pudiste escapar

de mis manos, no volveríamos á encontrarnos nunca: bien ves ahora

que tus esperanzas han quedado defraudadas. Debes estar persuadido

de que, aun cuando te ocultaras en las profundidades de la laguna

Estigia ó te remontaras hasta el cielo, lo mismo te seguiria á través

de las tinieblas eternas, que á través de la luz celestial, mientras

conservaras en tu poder ese caballo. Si tu corazon no te proporciona

el ánimo suficiente para contrarestarme; si estás convencido de que no

puedes igualarte á mí, y prefieres la vida al honor, fácilmente puedes

salvarla, con tal que me entregues en paz tu palafren. De este modo

podrás vivir, ya que te es tan cara la vida; pero vivirás á pié, porque

serás indigno de montar á caballo, ya que tan mal cumples con las

reglas de caballería.

Riciardeto y Guido el Salvaje estaban presentes cuando el Sarraceno

dirigió los anteriores reproches al Paladin, é irritados al ver tanta

insolencia, desenvainaron á un tiempo sus aceros para castigarle

por ella; mas Reinaldo se opuso á su resolucion, y no toleró que se

infiriese el menor ultrage á Gradasso, exclamando:

--¿Por ventura, no soy yo solo suficiente para escarmentar al que se

atreve á ultrajarme?

Dirigiéndose despues hácia el Pagano, añadió:

--Escucha, Gradasso: quiero ante todo probarte, si me prestas atencion,

que fuí á la playa con objeto de llevar á cabo nuestro combate,

despues de lo cual sostendré con las armas en la mano la verdad de

mis palabras: por de pronto te diré, que mientes como un villano al

acusarme de haber faltado á las reglas de caballería. Ruégote, sin

embargo, que antes de empezar esta nueva lucha, dés oidos á mi legítima

y verdadera excusa, á fin de que no vuelvas á dirijirme injustas

reconvenciones: en seguida disputaremos á pié la posesion de Bayardo,

frente á frente, y en sitio apartado, tal como en tu primer desafío

deseaste.

El rey de Sericania era cortés, como suelen serlo todos los que

tienen un corazon magnánimo, y accedió á oir las excusas del Paladin.

Encaminóse con él á la orilla del rio, donde Reinaldo, en breves

frases, expuso claramente los motivos de su ausencia, poniendo al cielo

por testigo de la veracidad de sus asertos: llamó despues al hijo

de Buovo, el único que estaba completamente informado de todas las

circunstancias que para aquella mediaron, el cual explicó, sin añadir

ni quitar una sílaba, el encanto de que se habia valido para impedir la

realizacion del combate.

--Lo que acabo de probarte por medio de testigos, concluyó diciendo

al Paladin, quiero demostrártelo tambien con las armas, y espero que

ellas te servirán de testimonio más convincente en este mismo momento ó

cuando te plazca.

El rey Gradasso, que no queria dejar por la segunda su primera

querella, escuchó tranquilamente las disculpas de Reinaldo, aunque

dudando si eran falsas ó verdaderas. Designaron para teatro de su

segundo combate, no ya la playa de Barcelona, donde debió efectuarse

el primero, sino una llanura regada por una fuente cercana, á la

que convinieron en acudir á la mañana siguiente. Reinaldo prometió

llevar allí su caballo, que seria colocado á igual distancia de ambos

contendientes, con la condicion de que si el Rey mataba al Paladin,

ó le hacia prisionero, quedaba el corcel por suyo; pero si Gradasso

resultaba muerto, ó se entregaba á su adversario, Durindana pasaria á

poder de este. Segun dije antes, Reinaldo habia oido de los lábios de

Flor-de-lis, con gran asombro y mayor desconsuelo, que su primo habia

perdido la razon, así como la contienda que se suscitó despues por

causa de sus armas, y finalmente que Gradasso logró quedarse con aquel

acero que tantos laureles proporcionara á Orlando.

Una vez puestos de acuerdo, volvió el rey de Sericania á reunirse

con sus escuderos, á pesar de que el Paladin le dirigió las más

vivas instancias para que aceptara su hospitalidad. Apenas despuntó

el alba, armóse el Rey pagano: Reinaldo hizo otro tanto, y ambos

llegaron simultáneamente cerca de la fuente, donde debia decidirse

quién seria el dueño de Bayardo y Durindana. Los amigos de Reinaldo

parecian temerosos por el éxito del combate que debia llevarse á cabo

sin testigos entre este y Gradasso, y de antemano se lamentaban de la

decision del Paladin: Gradasso unia á su extraordinaria sagacidad una

audacia y un vigor incomparables, y como además, á la sazon ceñía la

espada del hijo del gran Milon, su temor por Reinaldo era hasta cierto

punto natural. Pero á quien tenia especialmente inquieto y desasosegado

aquel desafío, era al hermano de Viviano, que de buena gana hubiera

hecho lo posible por dejarlo sin efecto; mas no se atrevió á arrostrar

por segunda vez el enojo y la cólera que le habia demostrado su primo,

cuando impidió que se realizara el primer combate arrebatando al

Paladin á bordo de una nave.

Mientras que todos estaban temerosos, inquietos y angustiados, Reinaldo

se alejó alegre y tranquilo esperando librarse del baldon que una

sospecha injuriosa habia hecho recaer sobre él, para sellar eternamente

los lábios de los señores de Hautefeuille y Poitiers. Caminaba, pues,

con celeridad, seguro y confiado en alcanzar los honores del triunfo.

Cuando Reinaldo por un lado y Gradasso por otro llegaron casi al mismo

tiempo junto á la cristalina fuente, se saludaron con suma cortesía,

y se trataron con tan amistosa cordialidad cual si les unieran los

estrechos vínculos del cariño y de la sangre. Creo oportuno dejar para

otra ocasion el relato del combate que se siguió entre ambos.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 7 / 22 章