CANTO XXX.

Orlando continúa haciendo cosas asombrosas durante su

marcha.--Rugiero mata á Mandricardo.--Bradamante espera impaciente

y angustiada en Montalban la llegada de su amante, que por hallarse

herido se ve imposibilitado de cumplir su promesa.--Reinaldo va á

socorrer al Emperador acompañado de sus hermanos.

Cuando permitimos que la impetuosa cólera venza á nuestra razon, sin

oponer resistencia alguna, y nos dejamos arrastrar por los impulsos de

un insensato furor, hasta el extremo de que nuestra lengua ó manos no

respeten á nuestros amigos, de poco nos sirven luego los lamentos y

los suspiros, pues no consiguen borrar nuestra falta. ¡Necio de mí! En

vano será que me aflija y me arrepienta de cuanto dije, obedeciendo á

un irascible arrebato, al terminar el canto anterior. Soy semejante á

un enfermo, que despues de agotar su paciencia y su sufrimiento, para

resistir al dolor, si cree que este no tiene ya remedio, se abandona á

la desesperacion y prorrumpe en horribles blasfemias; pero en cuanto

llega á calmarse, van cediendo poco á poco los impulsos de la cólera

que habian desatado su lengua de un modo tan reprensible, y entonces

reconoce su falta, y se acusa y se arrepiente de haberla cometido; mas

ya no le es posible retirar las inícuas palabras proferidas.

¡Oh mujeres virtuosas! De vuestra inextinguible bondad espero el perdon

que humilde os imploro. ¿No es cierto que disculpareis mi delirante

frenesí, al confesarme vencido por una pasion contrariada? Preciso

es que culpeis á aquella cuyos rigores me tienen en un estado cual

no puede haber peor, y que me obliga á decir lo que tanto me pesa

despues. Bien sabe Dios cuán poca razon la asiste; y harto conoce ella

mi acendrado amor.

No estoy menos fuera de mí de lo que Orlando estaba, ni soy menos digno

de lástima que el desgraciado Paladin, el cual vagando por montes ó

llanuras recorrió una gran parte del reino de Marsilio, arrastrando

por espacio de muchos dias el cadáver de la yegua, sin abandonarlo un

momento; pero al fin se vió precisado á dejarlo á la orilla de un rio

que desembocaba en el mar: él se arrojó al agua, y sabiendo nadar como

una anguila, salió en breve á la orilla opuesta, donde encontró á un

pastor que se encaminaba hácia el rio para abrevar en él al caballo en

que iba montado: aunque el pastor vió á Orlando corriendo hácia él, no

creyó necesario retroceder al observar que iba solo y desnudo.

--Quisiera hacer un cambio con mi yegua y tu caballo, le dijo el loco.

Te la enseñaré desde aquí, si quieres, pues la he dejado en la otra

orilla: verdad es, que está muerta; más para mí no tiene otro defecto,

y luego tú le podrás dar alguna medicina. Como me gusta tu caballo,

espero que me hagas el favor de apearte de él, y aceptar el cambio que

te propongo, dándome algo encima.

El pastor, por toda respuesta, echóse á reir, se apartó del loco y

continuó su camino hácia el vado.

--Yo quiero tu caballo: ¿no me oyes?--repuso Orlando; y siguió

encolerizado tras el pastor. Llevaba este un palo grueso y lleno de

nudos, con el cual dió un golpe al Paladin. La rabia y el furor que

de Orlando se apoderaron entonces fueron tales, que, más terrible

que nunca, descargó un terrible puñetazo en la cabeza del pastor,

haciéndole pedazos el cráneo y tendiéndole muerto á sus piés. Montó

en seguida á caballo, y continuó recorriendo diferentes caminos,

señalando su paso con los lamentables efectos de su locura, sin dar al

animal descanso ni alimento alguno, de suerte que en pocos dias murió

como el otro. No por esto quiso el Conde resignarse á caminar á pié,

ni á carecer de cabalgaduras, por lo cual fué apoderándose de cuantas

encontraba, despues de matar á sus dueños.

Llegó por fin á Málaga, en cuya ciudad hizo más daños que cuantos hasta

entonces habia cometido; pues además de saquear toda la poblacion,

en términos de no bastar dos años para reponerse de sus pérdidas,

mató tan gran número de habitantes y arrasó ó incendió tantas casas,

que destruyó la tercera parte del país. Saliendo de allí, pasó á

otra ciudad llamada Algeciras, situada en el estrecho de Gibraltar ó

Gibelterra, pues con ambos nombres se le designa; y al llegar á ella

vió que se apartaba de la playa una barca llena de bulliciosos jóvenes,

que iban á solazarse paseando embarcados por aquellas ondas tranquilas

y oreadas por las frescas auras matutinas. Deseando el loco participar

de aquel esparcimiento, empezó á gritar:--«Esperad, esperad;»

pero sus gritos fueron de todo punto inútiles, porque nadie carga

voluntariamente su buque con una mercancía semejante. El esquife seguia

cortando las aguas con una rapidez igual á la de la golondrina cuando

hiende el espacio: Orlando entonces hostigó á su caballo, y le impelió

hácia el mar pegándole con una vara. En vano se encabritó y resistió el

corcel cuanto le fué posible: al fin no tuvo más remedio que entrar en

el agua metiendo poco á poco las patas, luego el vientre y la grupa, y

el cuello despues, hasta que apenas se le distinguia en la superficie:

no podia ya retroceder á la orilla, mientras sintiera entre sus orejas

la amenazadora vara: no le quedaba al desgraciado más alternativa que

la de ahogarse en el camino, ó atravesar á nado el estrecho hasta las

playas africanas.

Ya habia perdido Orlando de vista la tierra y la barca que le hiciera

abandonar la enjuta playa, pues una y otra estaban muy lejanas, y las

elevadas y movibles ondas las ocultaban á sus miradas, á pesar de lo

cual seguia excitando á su caballo, dispuesto á atravesar el mar de

una á otra costa; mas el corcel, lleno de agua y vacío de alma, dejó

de vivir y de nadar á un tiempo mismo, yéndose al fondo, donde habria

precipitado á su ginete, si Orlando no tuviera los brazos fuera del

mar. El Paladin empezó á agitar las piernas y las manos, sosteniéndose

á flor de agua, y apartando con sus vigorosos resoplidos las olas

que iban á estrellarse en su rostro. El aire era muy suave y el mar

estaba tranquilo: harto necesitaba el Paladin de aquella tregua que los

elementos le concedian; pues á poco que el primero hubiese agitado al

segundo, probablemente habria perecido sepultado en el abismo; mas la

Fortuna, protectora de los locos, le hizo arribar á una playa situada

á unos dos tiros de flecha de las murallas de Ceuta. Durante algunos

dias fué recorriendo á la ventura y con su ordinaria rapidez toda la

costa en direccion de Levante, hasta que se encontró con un innumerable

ejército de guerreros moros formado en la playa.

Dejemos al Paladin vagando errante, pues ya tendremos tiempo de

volver á ocuparnos de él. En cuanto á lo que fué de Angélica despues

de haberse librado tan oportunamente de las manos del Conde y de

proporcionarse un buen bajel, que con un tiempo bonancible la

transportó á su patria, en donde dió á Medoro el cetro de la India, tal

vez lo cantará otro con mejor plectro que yo. Por lo que á mí hace,

tengo tantas otras cosas que referiros, que no pienso tratar ya de

esta.

Necesito pulsar las cuerdas de mi lira cantando los hechos del Tártaro,

el cual, una vez ahuyentado su rival, disfrutaba contento de la

posesion de la mujer más encantadora que existia en Europa desde que

partió Angélica y subió al cielo la casta Isabel. Pero el altanero

Mandricardo no pudo gozar por mucho tiempo de los deleites que le

ofrecia la predileccion demostrada hácia él por Doralicia, porque aun

tenia dos contiendas pendientes: la una con el jóven Rugiero, que no

le cedia el águila blanca; y la otra con el famoso rey de Sericania,

que pretendia arrebatarle la espada Durindana. Agramante y Marsilio

se esforzaban inútilmente por hacerles llegar á un acomodo; pero

lejos de lograr de ellos que renovaran su antigua amistad, no podian

siquiera conseguir que Rugiero cediese á Mandricardo el escudo del

héroe troyano, ni que Gradasso renunciara á sus pretensiones sobre la

famosa espada: el primero estaba decidido á impedir que el Tártaro se

sirviera de su escudo en una nueva lid, y el segundo se negaba asimismo

á consentir que hiciese uso del acero tan gloriosamente manejado por

Orlando, como no fuera combatiendo con él. Al fin dijo Agramante:

--Basta ya: la fortuna decidirá esta cuestion: sometámonos á ella

y aceptemos lo que prefiera. Y si deseais complacerme y merecer mi

gratitud eterna, echad suertes para saber quién de los dos debe

combatir el primero; mas con la condicion de que el favorecido se

encargará de sostener ambas contiendas, de suerte que al ganar su

causa, ganará tambien la de su compañero, y si la pierde, se entenderá

que ha perdido por los dos. Poca ó ninguna diferencia creo que haya

entre el valor de Rugiero y el de Gradasso, y estoy persuadido de que

cualquiera de los dos á quien designe la suerte, enaltecerá el lustre

de sus armas. La victoria recaerá despues en quien disponga la divina

Providencia: y el vencido no será objeto de censura, porque todo se

atribuirá á la veleidosa fortuna.

Rugiero y Gradasso escucharon en silencio la proposicion de Agramante,

y convinieron despues en que cualquiera de ellos que fuese designado,

deberia sostener sus respectivas contiendas. Escribieron en seguida sus

nombres en dos papeletas de igual forma y tamaño, las echaron en una

urna que agitaron algun tiempo, y luego un niño metió la mano en ella,

sacando uno de los dos billetes, el cual contenia el nombre de Rugiero,

quedando por lo tanto dentro el del Sericanio. No es posible decir la

alegría que sintió Rugiero al oir su nombre, ni el dolor que su mala

suerte causó á Gradasso; mas le era fuerza someterse á los designios

del cielo. Desde el mismo momento cifró todo su conato en ayudar y

favorecer á Rugiero, dándole uno por uno todos los consejos que le

suministraba su experiencia, ya diciéndole el modo de cubrirse con el

escudo ó de parar los golpes con la espada, ya designándole cuáles

debian ser los ataques falsos y cuáles los seguros, y ya tambien en qué

casos era conveniente aventurar un golpe ó abstenerse de darlo.

Pasó el resto de aquel dia aconsejándole, mientras los amigos de

Mandricardo hacian lo mismo con respecto á este, segun era uso y

costumbre. El pueblo, ávido de presenciar la lucha, se agolpó presuroso

en torno del palenque, y no contentos muchos con tomar puesto desde

antes del amanecer, pasaron en él toda la noche. Aquella muchedumbre

insensata gozaba de antemano con la pelea de dos valerosos caballeros;

pues como siempre acontece al populacho, no comprendia ni veia más

allá de lo que tenia delante de los ojos; pero Sobrino, Marsilio y

otros jefes más expertos y prudentes, que sabian distinguir entre lo

útil y lo perjudicial, censuraron ágriamente aquella lucha, y sobre

todo á Agramante, porque toleraba que se llevase á cabo. No cesaban de

recordarle los graves perjuicios que causaria al ejército sarraceno

la muerte de Rugiero ó del Tártaro, cualquiera que fuese el designado

por su mala estrella, asegurándole que más necesidad tendrian de uno

solo de los dos guerreros para hacer frente á los soldados del hijo de

Pepino, que de otros diez mil mahometanos, entre los cuales costaria

trabajo encontrar uno bueno. Harto conoció el rey Agramante la razon

que asistia á los que así le aconsejaban; pero ya era tarde para

retirar su consentimiento. Suplicó, no obstante, á Mandricardo y á

Rugiero que le devolviesen la palabra empeñada, con tanto mayor motivo,

cuanto que su querella no tenia importancia alguna, y por lo mismo,

no era digna de que empuñasen las armas para resolverla; añadiéndoles

que, si á pesar de estas reflexiones se negaban á complacerle, debian

por lo menos diferir la lucha por cinco ó seis meses, más ó menos,

hasta el momento en que consiguieran arrojar á Cárlos de sus estados,

despojándole del cetro, de la corona y del manto. Aun cuando tanto

uno como otro deseaban ardientemente obedecer á su rey, los dos

permanecieron inflexibles, temiendo el baldon que recaeria sobre el

primero que accediese á ajustar la tregua propuesta por Agramante.

La hermosa hija de Estordilano unió sus ruegos á los del Rey,

esforzándose con la mayor vehemencia en aplacar la furia de su amante,

y gastando inútilmente sus palabras, sus súplicas, sus lamentos y sus

lágrimas. Le rogaba que consintiera en lo propuesto por el monarca

africano, y que quisiera lo que todo el ejército queria, y se lamentaba

de que su tenacidad la hacia arrastrar una existencia llena de

angustia y de zozobras.

--¡Triste de mí! exclamaba: ¿cómo he de hallar remedio á mi constante

inquietud, si siempre os veo dispuesto á vestir la armadura y empuñar

la espada contra unos ú otros? ¿Qué consuelo puede haber proporcionado

á mi afligido corazon el gozo de ver terminada la querella que por

mí se suscitó entre vos y Rodomonte, si va á estallar el incendio de

otra más terrible? ¡Ay de mí! ¡Cuán necia fuí en mostrarme orgullosa

al ver que un rey tan digno, un caballero tan fuerte, exponia su

vida en peligrosa y sangrienta lid por alcanzar mi posesion, cuando

hoy le veo arrostrar la misma suerte por un motivo tan frívolo! ¡La

ferocidad innata en vuestro corazon fué la que entonces os inspiró,

y no el amor que por mí sintierais! Pero si es verdad que vuestro

amor sea tan grande como habeis pretendido manifestarme siempre, por

él os ruego, y por el insufrible martirio que me lacera el alma y me

despedaza el corazon, que no os cuideis de si Rugiero ostenta todavía

en su escudo el águila blanca; pues no se me alcanza el perjuicio ó la

utilidad que podeis reportar de que se desprenda de tal enseña ó que

continúe usándola. De la batalla que estais dispuestos á llevar á cabo,

no puede resultar ninguna ventaja, y sí un inmenso daño. Suponiendo

que despues de mucho trabajo arranqueis el águila á Rugiero, ¿qué

recompensa esperais obtener? En cambio, si os vuelve el rostro la

Fortuna, á la que no teneis por cierto asida de su cabello, causareis

un daño tan enorme, que solo al pensar en él siento que el corazon se

me parte de dolor. Si teneis en tan poco la vida, que no vacilais en

exponerla por un águila pintada, deberíais apreciarla, aunque solo

fuera porque vuestra vida es la mia; porque no se extinguirá la una sin

que se extinga la otra, y porque, como no me será doloroso morir con

vos, estoy dispuesta á seguiros en muerte lo mismo que en vida os he

seguido; pero no quisiera que mis últimos momentos fueran tan amargos

como lo serán si pereceis antes que yo.

Con estas y semejantes palabras, acompañadas de lágrimas y suspiros,

no cesó Doralicia en toda la noche de incitar á su amante á la paz.

Mandricardo, aspirando el dulce llanto que brotaba de los húmedos ojos

de la jóven, así como las enamoradas quejas que exhalaban aquellos

lábios más encendidos que la rosa, respondió, dando á su vez libre paso

á las lágrimas:

--Por piedad, vida mia, no os atormenteis así por una cosa tan

insignificante; pues aunque Carlomagno y el rey de África con sus

ejércitos de sarracenos y franceses reunidos desplegasen sus banderas

en contra mia, no deberíais abrigar el más ligero temor. En poco

estimais mi esfuerzo y mi denuedo si un solo Rugiero os hace temblar

por mi suerte. ¿Habeis olvidado, por ventura, que solo, sin espada

ni cimitarra, y sin tener más armas que el asta de una lanza, me

abrí paso á través de una multitud de guerreros armados? Aunque

con vergüenza y dolor, no tiene Gradasso inconveniente en referir

á cuantos se lo preguntan, que le retuve cautivo en uno de mis

castillos de Siria. Y sin embargo, la fama de Gradasso aventaja á la

de Rugiero. Tampoco niega este mismo rey, ni vuestro Isolier, ni el

rey circasiano Sacripante, ni los famosos Grifon y Aquilante, ni otros

cien guerreros, así moros como cristianos hechos prisioneros el dia

anterior, que únicamente á mí debieron su libertad. Aun no ha cesado

el asombro que les causó la extraordinaria hazaña que llevé á cabo

aquel dia, mucho mayor de lo que pudiera serlo la destruccion del

ejército moro y del cristiano por mi solo esfuerzo. ¿Y ahora podrá

Rugiero, jóven inexperto, causarme algun daño ó la menor afrenta,

luchando conmigo frente á frente? ¿Y ahora que poseo á Durindana y

la armadura de Héctor, ha de infundirme miedo ese Rugiero? ¡Ah! ¿Por

qué me habeis impedido demostrar si yo era capaz de obtener vuestra

posesion por medio de las armas? Si así hubiera sido, estoy seguro de

que conoceríais mi valor lo bastante para prever el fin que le espera

á Rugiero. Enjugad, por Dios, esas lágrimas: no me hagais tan tristes

presagios, y estad persuadida de que mi honor, y no el águila pintada

en un escudo, es el que me obliga á batirme mañana.

En estos términos se expresó el Tártaro; pero su tristísima amada opuso

tales razonamientos á los suyos, que no solo eran capaces de hacerle

mudar de propósito, sino tambien de conmover á una roca. Iba ya á

vencer su resistencia, por más que solo pudiera oponer sus débiles

atavíos mujeriles á la armadura de Mandricardo, y ya le habia arrancado

la promesa de complacerla en el caso de que el Rey volviera á hablar

de nuevo acuerdo, como indudablemente lo habria hecho; pero tan pronto

como brilló la risueña aurora, precursora del Sol, el animoso Rugiero,

deseoso de demostrar á los ojos de todos que llevaba el águila con

justo derecho, y por no oir hablar más de treguas ni de aplazamientos,

cuando lo que anhelaba era abreviar la lucha, se presentó haciendo

resonar su trompa en el palenque, en cuya estacada se agolpaba una

numerosa muchedumbre.

No bien llegó á los oidos del orgulloso Tártaro el arrogante sonido

que le retaba á singular batalla, cuando saltó del lecho negándose á

escuchar una palabra más de paz, y pidió sus armas, con tan terrible

aspecto, que la misma Doralicia no se atrevió á insistir en sus

súplicas, dando ya por inevitable la pelea. Mandricardo se armó

apresuradamente, esperando con la mayor impaciencia que sus escuderos

concluyeran de servirle; saltó en seguida sobre el excelente corcel que

perteneció en otro tiempo al bravo defensor de París, y partió á escape

hácia el terreno elegido para terminar con las armas en la mano la

contienda, llegando á él al mismo tiempo que el monarca; de suerte que

no se hizo esperar mucho la señal del ataque.

Colocaron á los dos adversarios sus lucientes yelmos en la cabeza, les

entregaron sus respectivas lanzas, y el agudo sonido de los clarines,

que resonó acto contínuo, demudó los semblantes de mil espectadores.

Los caballeros pusieron la lanza en ristre; clavaron los acicates en

los hijares de sus corceles, y se acometieron con tal ímpetu, que no

parecia sino que el Cielo iba á hundirse y á abrirse la Tierra.

Por una y otra parte se veia acudir la blanca ave que sostiene á Jove

por la region del aire, como todavía se la ve volar por la Tesalia, si

bien con distinto plumaje. Al verles blandir sus macizas entenas, se

conocia la nobleza y ardimiento de uno y otro campeon, y mucho más al

verles resistir ese choque terrible, tan vigorosamente como las torres

resisten el huracan, ó los escollos á los furiosos embates de las

olas. Las lanzas volaron hechas pedazos hasta el Cielo, y segun afirma

Turpin, verídico en este punto, dos ó tres de aquellos fragmentos

volvieron á caer en la Tierra encendidos, por haber penetrado en la

esfera del fuego.

Los caballeros desnudaron inmediatamente sus espadas, y sin que su

corazon diera cabida al más mínimo temor, volvieron á acometerse,

dirigiendo cada uno la punta de su acero al rostro de su adversario.

Hiriéronse en la visera al primer encuentro; y aun cuando ambos

intentaban derribarse mútuamente, no quisieron matar los caballos, lo

cual fuera una cosa censurable, porque los pobres animales no tienen la

culpa de las luchas de sus señores. El que suponga que habian convenido

de antemano en respetar la vida de sus corceles, ignora la costumbre

antigua y se equivoca mucho; porque sin necesidad de pacto alguno, se

consideraba como un acto vergonzoso y digno de vilipendio el de herir

al caballo del enemigo. Hiriéronse en las viseras, que, á pesar de

ser muy dobles, apenas resistieron la violencia del golpe: estos se

renovaban sin cesar, cayendo sobre las armaduras más espesos que el

granizo cuando destroza las ramas, las hojas, los frutos y destruye

las codiciadas mieses. Ya sabeis si Durindana y Balisarda tenian buen

temple, y lo que valian manejadas por tales manos.

Mas aun no se habian dado ningun golpe digno de su brazo: ¡tan sobre

aviso estaban uno y otro! Mandricardo fué el primero en causar daño

á su enemigo, poniendo á Rugiero á punto de perecer. Uno de esos

mandobles tremendos que solo aquellos campeones sabian dar, partió

por la mitad el escudo de Rugiero, le abrió la coraza é hizo penetrar

el cruel acero hasta la carne viva. Aquella terrible sacudida heló de

espanto á los circunstantes, temerosos de la suerte de Rugiero, hácia

quien se mostraban favorablemente dispuestos todos ó la mayor parte de

ellos; y si la Fortuna se mostrara propicia á los deseos de la mayoria,

ya hubiera sido muerto ó aprisionado Mandricardo: hé aquí la causa de

que aquel golpe alcanzara á todos los presentes. Yo creo que algun

ángel se interpuso para salvar entonces al caballero.

Rugiero, más terrible que nunca, correspondió dignamente y sin demora á

tan cruel acometida, descargando otro golpe más violento con su espada

en la cabeza del Tártaro; pero su impetuosa cólera le hizo obrar con

demasiada precipitacion, por lo cual le disculpo si entonces no hirió

de corte á su adversario. Si Balisarda le hubiera alcanzado de filo,

de nada habria servido el yelmo de Héctor, á pesar de estar encantado.

Tan aturdido dejó aquel golpe á Mandricardo, que se le escapó la brida

de la mano, y osciló tres veces en la silla, próximo á caer de cabeza,

mientras iba corriendo al rededor del palenque aquel Brida-de-oro; cuyo

nombre ya conoceis, que soportaba mal de su grado el peso de su nuevo

señor. La serpiente que se siente pisada ó el leon herido, no sienten

una cólera y un furor semejantes al del Tártaro en cuanto se rehizo del

golpe que le habia privado de sentido: á medida que crecian su ira y su

despecho, crecian tambien su fuerza y su valor. Hizo dar á Brida-de-oro

un salto hácia Rugiero, levantó la espada, empinóse en los estribos,

y dirigiendo el tajo al almete, creyó rajarle aquella vez desde la

cabeza al pecho; pero Rugiero fué más diligente, porque aprovechando

el momento en que su enemigo tenia el brazo levantado para herirle,

le introdujo la punta de su cortante espada en el sobaco derecho,

defendido tan solo por la cota de malla; hizo en esta un gran boquete,

y retiró de nuevo su Balisarda teñida en roja y humeante sangre. De

este modo impidió que Durindana cayera impetuosa sobre él con inminente

riesgo de su vida; mas no pudo evitar por completo el golpe, que le

obligó á caer sobre la grupa con los ojos cerrados por el dolor: si el

yelmo de Rugiero hubiera sido de peor temple, aquella cuchillada habria

dejado eterna memoria de sus funestos efectos.

Incansable Rugiero, atacó otra vez á Mandricardo, alcanzándole con

su acero en el costado derecho: de nada sirvió la escogida calidad

del metal, ni lo perfecto de su temple, contra aquella espada que

jamás caia en vano; pues estaba encantada con el único objeto de que

no pudieran resistirle ni las corazas, ni las mallas encantadas.

Rajó cuanto encontró á su paso, y causó una nueva herida en el

costado del Tártaro, el cual prorumpió en blasfemias contra el Cielo,

manifestándose tan furiosamente irritado, que el tempestuoso mar es

menos pavoroso. Para hacer un esfuerzo supremo y decisivo, arrojó lejos

de sí el escudo azul en que campeaba el águila blanca, y empuñó el

acero con ambas manos.

--¡Ah! exclamó Rugiero: basta esta accion para probar que eres indigno

de llevar esa enseña: la abandonas ahora y antes la cortaste; ya no

podrás sostener que te es necesaria.

Al decir estas palabras, sintió caer á Durindana sobre su cabeza con

tanta furia, que le habria parecido menor el peso de una montaña. El

acero le partió por medio la visera, y fué una suerte para él que se

hallase separada del rostro: desde allí bajó hasta el arzon, que á

pesar de estar forrado con dos chapas de hierro no opuso resistencia; y

llegó al fin al arnés, abriéndole cual si fuese de cera, juntamente con

la mantilla que le cubria, é hirió tan gravemente á Rugiero en un muslo

que su curacion fué despues larga y penosa.

Dos regueros de sangre teñian ya las armas de ambos combatientes:

los circunstantes no podian calcular quién llevaba la mejor parte

en aquella lucha. Pero Rugiero disipó pronto esta duda por medio de

su espada, tan funesta para muchos; pues esgrimiéndola de punta, la

dirigió hácia el sitio que el Tártaro dejó en descubierto despues de

haber arrojado su escudo. El acero atravesó la coraza por el lado

izquierdo, en donde penetró más de un palmo, abriéndose paso hasta el

corazon; por lo cual Mandricardo tuvo que renunciar á sus pretendidos

derechos sobre el águila blanca y sobre la famosa espada de Orlando,

renunciando al mismo tiempo á su vida, que le era mucho más preciosa

que la espada ó el escudo. Pero no expiró sin venganza: en el momento

en que recibia el golpe mortal, descargó precipitadamente la espada,

que tan sin derecho estaba en su poder, sobre Rugiero, al cual habria

partido la cabeza, si este jóven guerrero no le hubiese privado

antes de su fuerza y debilitado su vigor. Sin embargo, Mandricardo

pudo herir á Rugiero en el momento mismo en que este le arrancaba

la vida, rompiendo con su Durindana un círculo de hierro bastante

grueso y una cofia de acero: la espada del Tártaro desgarró la piel

y traspasó los huesos, penetrando más de dos dedos en la cabeza del

amante de Bradamante que cayó aturdido en la arena, vertiendo un rio

de sangre por su herida. Rugiero fué el primero en medir el suelo: su

adversario tardó aun algunos instantes en caer, por lo cual creyeron

todos los circunstantes que Mandricardo era el vencedor; y hasta la

misma Doralicia, que todo aquel dia habia pasado por mil distintas

alternativas de afliccion y alegría, participó del error comun, y elevó

las manos al Cielo en accion de gracias al Eterno por que hubiese

tenido tal término la pelea. Pero cuando por algunas señales harto

manifiestas apareció vivo el que vivia y sin vida el muerto, sustituyó

la satisfaccion á la tristeza en el pecho de los amigos de Rugiero.

El Rey, los príncipes y los caballeros más nobles corrieron á abrazar

al jóven héroe, que se levantaba penosamente, y le felicitaron

ensalzando su victoria hasta lo infinito: todos se alegraban del

triunfo de Rugiero, expresando sus lábios lo que su corazon sentia,

menos Gradasso que pensaba de un modo muy diferente de como se

expresaba, y si en su rostro se veia retratado un fingido gozo,

envidiaba en su interior tan gloriosa victoria, y maldecia el destino ó

la casualidad que hizo salir de la urna el nombre de Rugiero.

¿Cómo podré describir los plácemes y los innumerables agasajos, llenos

de cariño y sinceridad, que el monarca africano prodigó aquel dia á

Rugiero, sin cuyo auxilio no habia querido desplegar al viento su

banderas, ni salir de África, ni arrostrar los azares de la guerra, á

pesar de las numerosas huestes con que contaba? Pero despues de haber

dado muerte al hijo del rey Agrican, tenia á su vencedor en más que á

todos los guerreros del mundo reunidos. Y no eran solamente los hombres

los que celebraban á porfía la intrepidez de Rugiero, sino tambien las

hermosas damas que habian acudido al territorio franco desde África y

España con los ejércitos sarracenos: hasta la misma Doralicia, que,

bañada en llanto, se dolia de su afliccion junto al helado cadáver de

su amante, hubiera tal vez imitado á las demás, si no la contuviera

la vergüenza. Esto lo supongo, más no lo afirmo, aun cuando es muy

posible; porque además de que la belleza, los méritos, el noble aspecto

y los atractivos de Rugiero rendian todos los corazones, sabemos por

experiencia que Doralicia era tan veleidosa, que por no verse privada

de amor, habria fijado sin dificultad su pensamiento en el jóven

guerrero. Mandricardo le convenia mientras estaba vivo; pero ¿qué habia

de hacer de él despues de muerto? Forzoso seria sustituirle con otro

amante apuesto, vigoroso y dispuesto á calmar el ardor de sus deseos.

En el ínterin habia llegado con presteza el médico más hábil de la

corte, el cual, despues de examinar todas las heridas de Rugiero,

declaró que no eran mortales. Agramante hizo llevar á su tienda

al herido, deseando tenerle á su lado dia y noche para demostrarle

su afecto y sus solícitos cuidados. Suspendió por su propia mano á

la cabecera de su lecho, el escudo y todas las armas que fueron de

Mandricardo, excepto Durindana, que entregó al rey de Sericania.

Juntamente con dichas armas puso á disposicion de Rugiero á

Brida-de-oro, aquel arrogante corcel que Orlando abandonara al ser

acometido por su delirante furor. Rugiero, deseoso de ofrecer al

afectuoso monarca un obsequio que no podia menos de serle grato,

le regaló este mismo caballo. Pero cesemos por ahora de hablar del

héroe, y volvamos á ocuparnos de quien por él gime y suspira en vano.

Fuerza me será describir los amorosos tormentos que aquella prolongada

expectativa hacia sufrir á Bradamante.

Al regresar Hipalca á Montalban, se apresuró á comunicar á la jóven

las noticias que con tan viva impaciencia esperaba, refiriéndole

primeramente cuanto le sucedió con Rodomonte por causa de Frontino;

despues le manifestó cómo habia encontrado á Rugiero en la fuente con

Riciardeto y los hermanos de Agrismonte, y cómo se alejó en compañía

del jóven guerrero con la esperanza de encontrar al Sarraceno y

castigarle por la felonía que habia cometido con una dama al apoderarse

del corcel que llevaba: añadióle que se habia frustrado su designio por

haberse marchado Rodomonte por otro camino, y le dió cuenta por último

de la causa que impedia á Rugiero ir á Montalban, sin olvidar ninguna

de las palabras que en su descargo le habia encomendado el jóven que

trasmitiera á Bradamante. Despues se sacó del seno la carta que para

ella le habia dado su amante, y se la entregó.

Bradamante, con rostro más bien turbado que sereno, leyó aquella carta,

que le habria satisfecho mucho más, si no estuviese de antemano

consentida en ver á Rugiero. El temor, el despecho y la tristeza que

le causó la recepcion de una simple misiva, en vez del amante á quien

esperaba, turbaron la serena tranquilidad de su rostro, á pesar de lo

cual besó cien y cien veces la carta, dirigiendo su corazon al que la

habia escrito. Sus ardientes suspiros habrian abrasado aquel papel, á

no haberlo impedido las lágrimas que sobre él derramó. Leyó cinco ó

seis veces su contenido, é hizo que Hipalca le repitiera otras tantas

todos los detalles de su entrevista con Rugiero. Las lágrimas no la

abandonaban un momento, y es de creer que no hubiera tenido término su

llanto, si no lo calmara la esperanza y el consuelo de ver pronto á su

amado. Este habia prometido ir á Montalban en el término de quince á

veinte dias, y así se lo habia asegurado á Hipalca, jurándole que no

dejaria de cumplir su promesa.

--¿Y quién me asegurará, exclamaba Bradamante, que no le puede

sobrevenir alguno de esos accidentes que ocurren en todas partes, y

mucho más en medio de los azares de la guerra, y le aparte tanto de su

propósito que le impida para siempre su regreso? ¡Ay de mí! Rugiero,

¡ay de mí! ¿Quién podria creer que amándote yo más que á mí misma, no

tuvieras reparo en sacrificar mi amor por dedicarlo á tus enemigos

más irreconciliables? Das tu generosa ayuda á los mismos que debieras

oprimir: y en cambio oprimes á los que debes auxiliar. Al ver que tan

ciegamente premias ó castigas, dudo si es baldon ó es alabanza lo que

crees merecer. Tu padre fué inmolado por Trojano; debes saberlo, porque

hasta las piedras tienen noticia de esta muerte; y tú, sin embargo,

procuras que el hijo de Trojano no tenga que sufrir daño ni deshonra.

¿Es así como vengas á tu padre, Rugiero? ¿Toda la recompensa que á tus

ojos merecen los que le han vengado, consiste en hacerme morir de pena

y de dolor, á mí, que soy de la misma sangre de sus vengadores?

Tales reconvenciones dirigia la afligida Bradamante, no una, sino

muchas veces, á su ausente Rugiero, con voz ahogada por su llanto.

Hipalca procuraba consolarla, asegurándole que el guerrero guardaria

eternamente sus juramentos, y aconsejándole que le esperase, ya que

no podia hacer otra cosa, hasta el dia fijado por él mismo para su

regreso. Las consoladoras palabras de Hipalca, y la esperanza que

jamás abandona á los amantes, lograron calmar el temor, el llanto y la

afliccion de Bradamante. Decidiose, pues, á permanecer en Montalban

hasta que terminara el plazo designado por Rugiero y tan mal observado

por él, aunque si faltó á su promesa, no tuvo por cierto la culpa;

pues juguete de acontecimientos diversos, se vió obligado á aplazar el

término pactado. Por otra parte, sus heridas exigieron que yaciese más

de un mes tendido en el lecho á las puertas de la muerte: tanto fué lo

que se agravaron despues de su lucha con el Tártaro.

La enamorada jóven le esperó ansiosa é inútilmente todo el dia, sin

tener otras noticias de Rugiero que las suministradas por Hipalca y

despues por su hermano, que le dió cuenta del desinteresado auxilio

que le prestó el jóven y de la libertad devuelta por él á Malagigo y

Viviano. Estas noticias, en extremo gratas para su corazon, produjeron

en él cierta amargura. Riciardeto le habia ponderado el gran valor y

la belleza de Marfisa, y le habia añadido que Rugiero se marchó en

su compañía, diciendo que debian dirigirse á auxiliar á Agramante,

acorralado y sin fuerzas para sostenerse ya en su campamento.

Bradamante aprobó que Rugiero fuera tan dignamente acompañado; pero

ni pudo aplaudirlo ni alegrarse, por lo mismo que oprimia su pecho

una cruel sospecha. Si Marfisa era tan bella como pregonaba la fama,

y hasta aquel dia habian viajado siempre juntos, seria un milagro que

Rugiero no la amase ya. Desechaba despues esta idea, y esperaba y

temia al mismo tiempo, aguardando con zozobra el dia que debia hacerla

dichosa ó desventurada, sin alejarse un solo momento de Montalban.

Sucedió por entonces que el Señor del castillo, el primero de sus

hermanos (no por la edad, pues habia dos mayores que él, sino por su

ilustre fama), Reinaldo, en fin, cuya gloria y esplendor se reflejaban

en su familia como los rayos del Sol en las estrellas, llegó un dia

al castillo á la hora de nona[34], no llevando más que un paje en

su compañía. La causa de su venida consistió en que, al regresar un

dia desde Brava á Paris, camino que, segun he dicho, recorria con

frecuencia por ver si lograba dar con las huellas de Angélica, llegó

á sus oidos la fatal noticia de que Malagigo y Viviano iban á ser

entregados al de Maguncia, por lo cual se encaminó á Agrismonte. Allí

supo que se habian salvado con la destruccion y muerte de todos sus

adversarios; que á Marfisa y Rugiero se debia tan heróica y humanitaria

accion, y que sus hermanos y primos estaban ya de vuelta en Montalban.

Impaciente entonces por estrecharlos contra su pecho, le parecia un

año cada hora que pasaba sin verlos, y voló hácia el castillo, donde

tuvo el placer de abrazar á su madre, su mujer, sus hijos y sus

hermanos, así como á los primos que habian gemido hasta entonces en la

cautividad, asemejándose, cuando se vió rodeado de todos sus parientes,

á la golondrina que regresa al nido de sus hambrientos hijuelos

llevándoles el alimento en el pico.

[34] Una de las horas en que los romanos dividian el dia, y

equivale á las tres de la tarde.

[Ilustración: Regreso de Reinaldo á su castillo.

(Canto XXX.)]

Habiendo descansado un dia ó dos en el castillo paterno, se ausentó

de nuevo haciendo que le acompañaran sus hermanos Riciardo, Alardo,

Riciardeto y Guiciardo el mayor de ellos, así como Malagigo y Viviano,

todos los cuales tomaron las armas y siguieron al valiente Paladin.

Bradamante, esperando que se aproximara el tiempo que tan lentamente

transcurria para su anhelante deseo, dijo á sus hermanos que se hallaba

indispuesta, y se excusó de ir con ellos. Con harta razon les manifestó

que estaba enferma; pero no por causa de la fiebre ó de algun dolor

físico, sino por el deseo que excitaba su alma y la hacia padecer una

languidez amorosa.

Reinaldo no quiso detenerse más en Montalban, y se llevó consigo la

flor de los guerreros de su familia. El canto siguiente os dirá cómo se

acercó á Paris, y cuánto auxilio dió á Carlomagno.

Orlando Furioso, Tomo II · 第 6 / 22 章