Isabel se hace cortar la cabeza por no satisfacer los lúbricos deseos
del Pagano; el cual, advertido de su error, procura en vano aplacar
su doliente espíritu.--Construye un puente en el que se apodera de
los despojos de cuantos lo atraviesan.--Lucha con Orlando y caen
ambos al rio.--Maravillosos hechos del Paladin.
¡Oh imaginacion calenturienta y mudable del hombre, cuán grande es tu
inconstancia! ¡Con qué facilidad variamos de designios, sobre todo si
son hijos de un amoroso despecho! No hace mucho, ví al Sarraceno tan
profundamente irritado contra las mujeres y tan exajerado en su ódio,
que llegué á figurarme, no solo que fuera inextinguible, sino que jamás
llegaria á entibiarse. ¡Oh sexo encantador! Es tanto lo que me han
ofendido los indebidos ultrajes que ese impío os ha prodigado, que no
he de perdonarle su temeridad hasta demostrarle, por su mal, el grosero
error en que ha incurrido. Con mi pluma y mi papel, haré de modo que
todos convengan en que le hubiera sido más conveniente no desplegar los
lábios, ó morderse la lengua antes que hablar mal de vosotras. Que se
produjo como un necio ó como un insensato, harto os lo habrá demostrado
vuestra clara inteligencia; pues desnudó el acero de su ira contra
todas, sin hacer la menor distincion. Y sin embargo, ha bastado una
sola mirada de Isabel, para dar al traste con todos sus propósitos, y
apenas la ha visto, cuando, sin conocerla siquiera, desea que ocupe en
su corazon el sitio abandonado por Doralicia.
Abrasado repentinamente el Pagano por aquel amor naciente, intentó
desvanecer con algunas fútiles razones el propósito firme y ardoroso
que habia formado Isabel de dedicar su vida al Señor de todo lo
creado; pero el eremita, que le servia de escudo y de defensa, acudió,
como he dicho, en auxilio de la jóven, empleando los argumentos más
terminantes é irrefutables para hacerla perseverar en sus piadosos
intentos. Cansado Rodomonte de sufrir impaciente la enojosa locuacidad
de aquel anciano, despues de haberle advertido que podia volverse á
su soledad sin la doncella cuando quisiera; exasperado al ver que se
oponia francamente á sus designios, y que no estaba dispuesto á cejar
en su oposicion, le agarró de la barba con tal furia, que le arrancó
una gran parte de ella. Excitada más y más su cólera, concluyó por
asir al monje del cuello tan fuertemente, que sus dedos parecian unas
tenazas, y haciéndole dar una ó dos vueltas en el aire, lo lanzó con
tal ímpetu, que fué á parar al mar. No sé ni puedo decir lo que fué de
él, porque las versiones son muy contradictorias. Unos dicen que se
hizo pedazos contra una roca, de tal suerte, que no se podia distinguir
los piés de la cabeza: otros, que fué á caer en el mar, distante más de
tres millas, y que se ahogó en él por no saber nadar, á pesar de sus
muchos ruegos y oraciones: otros, que acudió un Santo en su socorro, y
le sacó á la orilla con mano visible. Alguna de esas versiones debe de
ser la verdadera; pero mi libro no vuelve á ocuparse de él.
Despues que el cruel Rodomonte se hubo desembarazado del locuaz
eremita, se acercó con aspecto menos fiero á la atribulada doncella, y
empezó á decirle, con la fraseología peculiar á los amantes, que era
su vida, su corazon, su consuelo, su esperanza más querida, y todas
esas expresiones que siempre van juntas, esforzándose en aparecer
tan comedido, que no dió el menor indicio de violencia. El rostro
gentil que le enamoraba parecia extinguir ó refrenar su acostumbrada
arrogancia; y aun cuando era árbitro de cojer el fruto desde luego,
no le pareció oportuno pasar de la corteza, suponiendo que no estaria
bastante sazonado hasta que ella se decidiera á ofrecérselo como
presente: el insensato se figuraba que de esta suerte iria disponiendo
poco á poco á Isabel á que accediera á sus deseos.
Isabel, que se veia en aquel sitio solitario y salvaje, como el raton
entre las zarpas del gato, hubiera preferido hallarse en medio de las
llamas, y no cesaba de buscar en su imaginacion algun partido, algun
camino por donde le fuese posible escapar intacta é inmaculada. Estaba
firmemente resuelta á darse la muerte por su propia mano, antes que
someterse á la voluntad del bárbaro Sarraceno, y ultrajar de este
modo la memoria del amante, cuya suerte cruel y despiadada le habia
llevado á morir en sus brazos, y á quien jurara fidelidad eterna. Sin
embargo, no sabia qué hacer; y mientras tanto crecia por momentos el
lascivo apetito del Rey pagano: le veia ya decidido á abusar de ella
torpemente, destruyendo sus castos propósitos, cuando á fuerza de
pensar, se le ocurrió á Isabel el medio de salir ilesa y de salvar su
virtud, haciendo su nombre ilustre y glorioso.
Al ver que el Sarraceno la hostigaba con palabras y ademanes muy
distintos de las atenciones que le habia guardado anteriormente, le
dijo:
--¡Oh, señor! Si me asegurais no atentar contra mi honor, si me
prometeis que puedo permanecer sin temor al lado vuestro, os ofreceré
en cambio una cosa que tendrá para vos mucho más valor que abusar de mi
honestidad. No desprecieis una dicha eterna, una satisfaccion verdadera
y sin par, por un placer harto pasajero, que tanto abunda en el mundo.
Os será fácil encontrar otras mil mujeres hermosas que correspondan á
vuestra pasion; pero no existe en la Tierra, ó son por lo menos muy
contados, los que puedan proporcionaros lo que os ofrezco. Conozco una
yerba, que he visto al venir aquí y podria encontrarla á pocos pasos de
este sitio, que cocida con hiedra y ruda en un fuego de leña de ciprés,
y exprimida despues por manos inocentes, suelta un jugo cuya virtud es
tan grande, que basta mojarse tres veces el cuerpo con él, para que se
endurezca hasta el punto de hacerse inpenetrable al hierro y al fuego.
Práctica, como estoy, en el modo de preparar ese líquido, hoy mismo
puedo hacerlo y ofreceros hoy tambien una prueba de su maravillosa
eficacia, estando segura de que la apreciareis en más que la conquista
de la Europa entera. En recompensa del secreto que os ofrezco, solo
deseo que me jureis por vuestra fé de caballero respetar mi castidad,
así en vuestras palabras como en vuestras acciones.
Esta proposicion produjo el efecto apetecido, haciendo que Rodomonte
refrenara sus lascivos ímpetus, y que, deseoso de verse invulnerable,
prometiera á Isabel más aun de lo que ella exigia. El Sarraceno ofreció
á la jóven respetarla hasta ver los resultados de tan admirable
líquido, y esforzarse en reprimir todo acto ó todo conato de violencia;
si bien en su interior formaba el propósito de no cumplir su palabra,
porque no respetaba ni temia á Dios ni á los Santos, y en cuanto á
falta de fé dejaba muy atrás á sus infieles compatriotas. Así es que
dió á Isabel las mayores seguridades de que no la molestaria, con tal
de que ella se pusiera desde luego á extraer el filtro que le habia de
conceder el don que en otro tiempo disfrutaron Cygno y Aquiles[31].
[31] Hijo de Marte el primero, y conocido héroe griego el
segundo, ambos invulnerables.
Isabel empezó á explorar los valles y las sombrías cañadas, lejos de
las ciudades y aldeas, recogiendo una gran cantidad de yerbas, mientras
el Sarraceno no se separaba un solo momento de su lado. Despues de
haber recogido por muchos sitios las yerbas que creyó suficientes, unas
con raices y otras sin ellas, regresaron tarde á su vivienda, donde
la desolada jóven, modelo de continencia y recato, pasó toda la noche
cociéndolas con mucho cuidado, en tanto que el rey de Argel examinaba
curiosa y atentamente todos aquellos preparativos. Rodomonte púsose
despues á jugar con los pocos criados que le acompañaban, y el calor
del fuego que viciaba la atmósfera de aquel estrecho recinto les dió
tal sed, que de libacion en libacion, llegaron á vaciar dos barriles de
vino griego, robados por los escuderos, uno ó dos dias antes, á unos
transeuntes.
Rodomonte no estaba acostumbrado á beber vino, por prohibírselo
su religion; pero en cuanto lo probó, le pareció un licor divino,
preferible al néctar y al maná. Burlándose del rito mahometano,
continuó bebiendo á tazas y aun á botellas enteras; lo cual, unido á
lo espirituoso del vino y á su falta de costumbre, hizo que pronto
perdieran la cabeza todos los bebedores.
Cuando Isabel juzgó que aquellas yerbas estaban bastante cocidas,
apartó la caldera del fuego, y dijo á Rodomonte:
--Para que te convenzas de que no he lanzado mis palabras al viento,
y para que veas la distancia que hay de la verdad á la mentira, voy á
ofrecerte una prueba capaz de convencer á los más incrédulos; y esta
prueba no se ha de hacer en otros, sino en mí misma. Quiero ser la
primera en experimentar los preciosos efectos de ese líquido divino,
á fin de que no vayas tal vez á figurarte que contiene un veneno
mortífero. Me mojaré con él la cabeza, el cuello y el seno, y en
seguida ensayarás en mi cuerpo la fuerza de tu brazo y el filo de tu
espada, y veremos si el uno tiene bastante vigor y si la otra se mella.
Bañóse como dijo en aquel agua, y acto contínuo presentó con aire
tranquilo y risueño su cuello desnudo al incauto pagano, que estaba
turbado quizás por los efectos del vino, y ante cuyo vigor, de
nada servian los yelmos ni los escudos. Aquel hombre bestial dió
entero crédito á las palabras de Isabel, y le descargó tan terrible
cuchillada, que separó de los hombros la hermosa cabeza en que Amor
tenia su deliciosa morada.
Tres veces saltó el ensangrentado busto de la jóven, y de sus lábios
yertos salió claramente pronunciado el nombre de Zerbino: por volar á
su lado y por librarse del poder del Sarraceno, habia elegido Isabel
tan extraordinario camino.
¡Oh alma pura, que no titubeaste en sacrificar tu vida y tu florida
juventud, antes que faltar á la fé y á la castidad, á esa rara virtud
que en nuestro tiempo apenas se conoce de nombre! ¡Descansa en paz,
alma hermosa y bienaventurada! ¡Quisiera que mis versos tuviesen
la fuerza y el poder de que desearia dotarlos con todo el arte de
la florida elocuencia y todas las galas de la divina poesía, para
hacer que tu preclaro nombre viviera mil y mil años en la memoria de
los mortales! ¡Vuela en paz al sólio del Eterno, legando á las demás
mujeres un alto ejemplo de tu fidelidad!
Ante una accion tan incomparable y asombrosa, el Creador dirigió
aquí abajo sus miradas, y exclamó:--«Eres más digna de alabanza, que
aquella cuya muerte costó el trono á Tarquino[32]: por esta causa
quiero instituir una ley que resista, como todas las mias, á la accion
destructora del tiempo, y juro por las sagradas ondas, que nada podrá
jamás alterarla. Quiero que toda mujer que en adelante lleve tu
nombre, esté dotada de sublime ingenio, de belleza, gracias, bondad y
prudencia; que sea un acabado modelo de pureza, de modo que todos los
poetas celebren á porfía tu nombre, y que las cumbres del Parnaso, del
Pindo y del Helicon resuenen sin cesar con el ínclito y digno nombre de
Isabel.»
[32] Habiendo sido deshonrada Lucrecia, esposa de Colatino, por
Sexto, hijo de Tarquino el Soberbio, rey de Roma, confesó su
desgracia á su marido y á su padre, y se dió la muerte. Este
sucoso fué causa de que el pueblo romano, acaudillado por L.
Junio Bruto y Colatino, derribara la monarquía y estableciera la
república.
Así exclamó el Eterno, y acto contínuo serenóse el aire y aquietóse
el mar más de lo que nunca lo habian estado. El alma casta de Isabel
volvió al tercer cielo, pasando á disfrutar en los brazos de su Zerbino
de las delicias de los bienaventurados, y dejando en la tierra,
confundido de vergüenza y de estupor, á aquel nuevo Breusse feroz
é impío, que maldijo su error y quedó como anonadado en cuanto se
disiparon los vapores del vino. Presa de un verdadero remordimiento,
creyó aplacar, ó satisfacer los manes de Isabel, dando vida á su
memoria, ya que habia dado muerte á su cuerpo: el medio más á propósito
que se le ocurrió con este objeto, fué el de convertir la capilla que
habia escogido por morada y en que inmoló á Isabel en un sepulcro, y hé
aquí de qué modo.
Por medio de promesas ó de amenazas, reunió en aquel sitio todos los
obreros de los alrededores, en número de unos seis mil: hizo que
arrancaran enormes peñascos de los montes vecinos, y colocándolos
unos sobre otros, formó con ellos una gran masa, que desde la base á
la cúspide media noventa brazas: este monumento, muy parecido á la
soberbia mole construida por Adriano á las orillas del Tíber[33],
contenia en su interior la capilla, dentro de la cual reposaban los
cuerpos de los dos amantes. Al lado del sepulcro levantó una elevada
torre, donde determinó residir por algun tiempo, y construyó además un
puente de unas dos brazas de anchura sobre el rio cuyas aguas lamian la
falda de aquella colina. El puente era largo, pero tan estrecho, que
apenas podian pasar por él dos caballos, ya marcharan ambos de frente ó
en direccion encontrada, y como carecia de pretil ó parapeto, era muy
fácil caer al agua por todas partes. El rey de Argel se propuso hacer
pagar caro el paso de este puente á todos los guerreros, ya fuesen
infieles ó cristianos, por haber jurado adornar con mil trofeos la
tumba de Isabel y Zerbino.
[33] El sepulcro de Adriano, que hoy es el castillo de Santo
Angelo en Roma.
En menos de diez dias quedó terminada la construccion del puentecillo;
mas no pudo llevarse tan de prisa la del sepulcro ni la de la torre.
Concluyéronse al fin todos los trabajos, y en la cima de la torre
colocó un centinela que hacia constantemente el servicio de vigía, y en
cuanto divisaba un caballero dispuesto á pasar el puente, hacia con
una trompa la señal convenida de antemano. Entonces se armaba Rodomonte
y salia al encuentro del recien llegado, ora por una orilla, ora por
la otra; de suerte que si el guerrero se presentaba por el lado de la
torre, el rey de Argel le cortaba el paso por la orilla opuesta. El
puentecillo era el campo de batalla, y en tan reducido espacio, el
corcel que traspasaba un poco los bordes, caia irremisiblemente al rio,
que estaba muy por debajo del puente y era profundo. En todo el mundo
no ha existido un paso más peligroso. Habia reflexionado el Sarraceno,
que exponiéndose con frecuencia á caer de cabeza desde el puentecillo
al rio, donde forzosamente deberia beber mucha agua, llegaria á expiar
el error en que le habia hecho incurrir el exceso del vino. ¡Como si
el agua pudiera borrar las faltas que el vino nos hace cometer con la
lengua ó con las manos!
En pocos dias llegaron muchos guerreros á aquel sitio; los unos para
dirigirse á España ó Italia, por ser aquel camino el más directo y el
más frecuentado; los otros para probar su valor y alcanzar un renombre
que tenian en más que la vida; pero en vez de obtener la palma de la
victoria, veíanse obligados á quedarse sin armas, y algunas veces
sin existencia. Si los vencidos eran paganos, contentábase Rodomonte
con despojarles de sus armas, y las colocaba en el sepulcro como un
trofeo, con una inscripcion que indicaba el nombre de los caballeros á
quienes habian pertenecido: si eran cristianos, los retenia cautivos, y
sospecho que los enviaba despues á Argel.
Todavía no estaban concluidas las obras, cuando llegó por casualidad el
loco Orlando á la orilla del rio, donde, como he dicho, hacia construir
Rodomonte el sepulcro y la torre que no habia llegado á su fin, y el
puente que apenas estaba terminado. En el momento en que Orlando se
presentó cerca del rio y del puente, se hallaba el Pagano cubierto con
todas sus armas, pero sin casco. El Conde, impelido por su habitual
furor, saltó la valla y echó á correr por el puente; mas Rodomonte
quiso ahuyentarle con torva faz desde el pié de la torre en donde á
la sazon se encontraba, diciéndole con tono amenazador, aunque sin
dignarse desenvainar la espada:
--Indiscreto villano, temerario, importuno y arrogante, detente: este
puente solo se ha hecho para caballeros nobles, y no para un bruto como
tú.
Pero Orlando, que tenia distraida su imaginacion por una profunda
idea, seguia adelante, sin hacer caso de tales voces.--«Fuerza será
castigar á ese insensato,» exclamó el pagano; y se dirigió hácia él
con intencion de precipitarlo en el rio, sin sospechar siquiera que el
Conde pudiera hacerle frente.
En aquel momento, una gentil doncella, de rostro hermoso y noble porte,
vistosamente engalanada, llegó á la orilla del rio con objeto de pasar
el puente. Era, Señor, si no la habeis olvidado, aquella jóven que iba
buscando las huellas de su adorado Brandimarte por todas partes, menos
por París, donde precisamente se encontraba. En el momento en que llegó
á aquel puente Flor-de-lis (que tal era el nombre de la doncella),
aferróse Orlando á Rodomonte que queria arrojarle al rio. La doncella,
acostumbrada á ver al Conde en la corte, le conoció al momento; pero se
quedó estupefacta al reparar en aquella locura que le hacia ir desnudo
por todas partes. Detúvose para ver el resultado de la lucha trabada
entre dos adversarios tan vigorosos, que hacian uso de toda su fuerza
para arrojar el uno al otro del puente abajo.
--¿Cómo es posible que un loco resista tanto?--decia entre dientes
el irritado pagano: y se volvia y revolvia á uno y otro lado, lleno
de enojo, de soberbia y de ira, buscando el sitio más á propósito
para sujetar al Conde. Tan pronto adelantaba un pié como otro para
hacerle tropezar, ó bien procuraba mañosamente echarle la zancadilla
para derribarle, semejante al estólido oso que se empeña en arrancar
el árbol de que ha caido, y al que acomete con rabia como si tuviera
la culpa de su caida. Orlando, cuya imaginacion vagaba no sé por
dónde, y que en semejante lucha tan solo hacia uso de aquella fuerza
extraordinaria que no conocia igual en el universo, se dejó caer de
espaldas al rio arrastrando al Pagano tras de sí. Ambos llegaron
abrazados al fondo de las aguas, que saltaron hasta el cielo, haciendo
resonar ambas orillas con el estrépito que produjo la caida. Al
verse en aquel húmedo lecho, desasiéronse precipitadamente los dos
adversarios. Orlando, que estaba desnudo y nadaba como un pez, dió tres
ó cuatro brazadas, salió á la orilla fácilmente, y echó á correr de
nuevo sin esperar á conocer el resultado de su lucha, ni cuidarse del
elogio ó la censura que pudiera haber merecido. El Pagano, embarazado
con el peso de sus armas, salió más tarde y más trabajosamente á la
orilla.
Flor-de-lis habia pasado entre tanto con toda seguridad el rio y
el puente, y reconocido por todas partes el sepulcro, para ver si
encontraba en él cualquier vestigio de Brandimarte: no viendo allí ni
sus armas ni su manto, pasó á buscarlo á otra parte. Pero volvamos á
ocuparnos del Conde, que se alejaba de la torre, del rio y del puente.
Seria locura en mí pretender referiros una por una todas las que
cometió Orlando; pues fueron tantas, que no sabria cuando acabar; pero
me ocuparé de alguna que otra de las más extraordinarias y á propósito
para celebrar en mis versos, así como más conveniente para mi historia,
y sobre todo no omitiré el hecho milagroso que llevó á cabo en los
Pirineos cerca de Tolosa.--Habia ya recorrido el Conde muchos países,
siempre impulsado por su furioso delirio, cuando llegó á la cumbre
de los montes que separan al Franco del Tarraconense: encaminábase
entonces hácia Occidente, y seguia un estrecho sendero que dominaba
un valle profundo. Toparon con él en tan reducido paso dos montañeses
jóvenes, que llevaban delante un asno cargado de leña, y como en el
semblante de Orlando conocieron ambos que estaba privado de razon,
empezaron á gritarle con voz amenazadora que se hiciera atrás ó á un
lado y les dejara el paso libre. El loco no les respondió una palabra;
pero descargó en el pecho del asno un tremendo puntapié con aquella
fuerza que excedia á cualquier otra, y le lanzó por el espacio á tan
considerable altura, que parecia un pajarillo hendiendo los aires,
yendo á caer en la cima de un monte, distante más de una milla á la
otra parte del valle. Arremetió despues á los dos jóvenes, uno de los
cuales, impelido por el miedo y con más suerte que prudencia, se arrojó
al fondo del precipicio, que tendria más de sesenta brazas de altura,
y tropezando en su caida con el espeso ramaje de un matorral lleno
de espinas, agarróse á él y logró salvarse á costa no más de algunos
arañazos en el rostro. El otro procuró encaramarse á un peñasco que
salia fuera del monte, esperando librarse de los golpes del loco, si
lograba trepar á su cima; pero Orlando, decidido á matarle, lo agarró
por un pié mientras se esforzaba en subir, y extendiendo cuanto pudo
los brazos, lo desgarró dividiendo en dos trozos su cuerpo, del mismo
modo que vemos dividir una garza ó un pollo, cuando el halconero quiere
dar sus entrañas á un halcon ó á un azor. Hizo muy bien en no morirse
el compañero que estuvo á punto de romperse el cuello; pues refiriendo
á otras personas esta aventura, dió lugar á que llegara á oidos de
Turpin, y que este la dejara consignada en sus escritos.
Orlando continuó haciendo otras cosas tan estupendas como la que
acabo de manifestar, mientras atravesaba aquellos montes. Despues
de dar muchas vueltas, bajó por el Mediodia hácia las llanuras de
España, y siguió caminando por la orilla del mar que baña las costas
de Tarragona. Inspirado por su misma insensatez, quiso detenerse en
aquella playa; y para preservarse de los rigores del Sol, se sepultó
en la menuda y estéril arena. Mientras allí descansaba, la casualidad
llevó á aquel sitio á la bella Angélica y su esposo, que á la sazon
bajaban desde los Pirineos á la costa de España, segun os dije más
atrás. Angélica llegó casi al lado de Orlando sin conocerle siquiera.
¡Y cómo presumir que aquel ser repugnante fuese el célebre Paladin, si
le veia tan variado y tan diferente de lo que siempre habia sido! Desde
que su razon estaba sometida al imperio de su insensato furor, siempre
iba enteramente desnudo, así al Sol como á la sombra; de suerte que
aun cuando hubiera nacido en la abrasada Siena, ó en el país de los
Garamantas, ó en los montes donde nace el Nilo, su piel no estaria más
tostada. Sus ojos estaban hundidos en las órbitas, sus mejillas enjutas
y descarnadas, sus cabellos enmarañados y súcios, y su barba larga,
erizada y asquerosa.
En cuanto Angélica le vió, retrocedió temblando de espanto, y dando
un grito penetrante, corrió á ponerse bajo la salvaguardia de Medoro.
Mas apenas observó el loco su presencia, se levantó de un salto para
apoderarse de la jóven, cuyo rostro le agradó en extremo y cuyos
atractivos le inspiraron los más fogosos deseos. No conservaba ya en
su imaginacion el menor recuerdo de su antiguo amor, pero persiguió
entonces á Angélica del mismo modo que un perro perseguiria á una
fiera. Al ver Medoro la intencion del loco, le echó encima su caballo,
y empezó á darle tajos y estocadas por la espalda, con el propósito de
cortarle la cabeza; pero tropezó con una piel más dura é impenetrable
que el hueso ó el acero, porque el cuerpo de Orlando, como he dicho,
era invulnerable y encantado. Al sentir este que le pegaban por detrás,
volvióse y descargó un puñetazo descomunal sobre el caballo que el
sarraceno le echaba encima. El noble animal cayó instantáneamente
muerto, con la cabeza destrozada, cual si hubiera sido de vidrio, y
Orlando, sin ocuparse más de Medoro, volvió á emprender nuevamente
la persecucion de su fugitiva. Angélica seguia lanzando su yegua á
todo escape, excitándola con el acicate y el látigo, y aun cuando
el excelente bruto excedia en rapidez á la flecha desprendida del
arco, la jóven se lamentaba de su desesperante lentitud: acordándose
entonces de que podia salvarla el anillo que llevaba en el dedo, se lo
puso en la boca; y aquel talisman, que no perdia nunca su virtud, la
hizo desaparecer como á impulso de un soplo desaparece la luz. Bien
fuese efecto del temor ó bien del movimiento que hizo al quitarse el
anillo del dedo, ó quizá por haber tropezado la yegua, pues no puedo
afirmar una cosa ú otra, lo cierto es que en el momento mismo en que
Angélica se puso su talisman en la boca y ocultó á la vista de todos
su agradable presencia, levantó las piernas, salió de la silla, y cayó
tendida en la arena cuando no la separaban de Orlando ni siquiera
dos dedos de distancia: á no ser así, hubiera caido tropezando con
él, y probablemente el choque producido por la violenta carrera del
loco le habria quitado la vida: una casualidad feliz pudo tan solo
salvarla. Fuerza le será ahora buscar por medio de otro hurto una nueva
cabalgadura, porque no volverá á ver más á la que oprimia la arena
huyendo del paladin.
[Ilustración: ...Y echó á correr tras la fugitiva Angélica.
(Canto XXX.)]
Mas como, segun presumireis, no le será difícil proporcionarse
otra, dejémosla y sigamos á Orlando, cuya impetuosidad y rabia no
pudo mitigar la desaparicion de Angélica. Continuó persiguiendo á
la yegua por la desnuda arena, acortando cada vez más la distancia
que de ella le separaba; y alcanzándola al cabo, pudo cogerla luego
de la crin, de la brida despues, y por último, la sujetó y detuvo,
considerándose entonces tan feliz como el hombre que consigue hacer
suya á una doncella: arreglóle las riendas y el freno, y dando un
salto, se colocó en la silla. Así que estuvo montado, la obligó á
galopar muchas millas seguidas en todas direcciones, sin permitirle
el menor reposo, sin quitarle nunca el freno ni la silla, y sin
dejarla probar alimento alguno. Al intentar saltar una zanja, cayeron
pesadamente en ella la caballería y el ginete: este no se hizo daño,
ni siquiera sintió la sacudida; pero la mísera bestia se dislocó una
pata. No viendo el Paladin otro medio mejor de sacarla de allí, se la
echó á cuestas, subió con ella al camino y la llevó de este modo hasta
la distancia de unos tres tiros de flecha, no obstante lo mucho que
pesaba. Resintiéndose entonces sus hombros de tanto peso, la dejó en
tierra y quiso hacerle andar, tirándole de las riendas; mas la yegua
le seguia con paso tardo y cojeando. «Anda, anda,» le decia Orlando,
pero era inútil: aun cuando le hubiera seguido á galope, siempre seria
lenta su marcha, comparada con los insanos deseos del loco. Por último,
cogió el Paladin una de las riendas, y atándola á la pata derecha de
la yegua, empezó á tirar de ella, arrastrando tras sí al pobre animal
y asegurándole que de este modo podria caminar con más comodidad;
cuando es lo cierto que iba dejando las crines y la piel pegadas á los
guijarros del escabroso camino, hasta que por fin murió de cansancio,
de dolor y de hambre; en tanto que Orlando proseguia su marcha sin
reparar en ella y sin ver que arrastraba un cadáver, dirigiéndose con
su velocidad acostumbrada hácia Occidente. Siempre que el loco se
sentia estimulado por el hambre, saqueaba las aldeas y las cabañas para
satisfacerla; se apoderaba de los frutos, de la carne y del pan que en
ellas encontraba, y arremetia á cuantos intentaban oponérsele, matando
á unos, lisiando á otros, y siguiendo siempre adelante sin detener un
momento su asoladora marcha. Igual ó semejante suerte hubiera sufrido
Angélica, á no haber tenido la precaucion de ocultarse; porque el loco
no distinguia lo blanco de lo negro, y creyendo hacer un favor á sus
semejantes, cometia con ellos mil violencias.
¡Ah! ¡Maldito sea el anillo encantado y el caballero que se lo dió á
Angélica! A no ser por él, Orlando se hubiera vengado á sí mismo y
habria vengado á otros mil amantes al propio tiempo. Y no era aquella
veleidosa mujer la única que debiera caer en manos del furioso paladin,
sino cuantas hoy existen, cuya ingratitud se echa de ver en todas
sus acciones y cuya maldad excluye de su corazon todo lo bueno y lo
virtuoso. Pero antes de que las aflojadas cuerdas de mi lira produzcan
un sonido discordante, será oportuno suspender aquí mi canto, para
hacerlo menos enojoso al que me escucha.