Malagigo explica á sus compañeros la significacion de las esculturas
que ven en una fuente.--Llegan Mandricardo y Rodomonte y emprenden
luchas parciales con unos y otros.--La Discordia vaga en torno de
ellos, y les infunde nuevos deseos de pelear.--El valiente Rey de
Sarza vuela en seguimiento de Doralicia, y Mandricardo tras él.
Hubo en la antigüedad mujeres dignas, que prefirieron la virtud á las
riquezas: en nuestros dias, por el contrario, se encuentran muy pocas
que no sobrepongan á todo el interés. ¡Cuán dignas son de alcanzar la
felicidad en esta vida y una fama gloriosa é imperecedera despues de
su muerte aquellas que, inspiradas por la pureza de su alma, rechazan
los ejemplos de avaricia de las otras! Digna de eterno renombre fué
Bradamante por no haber puesto su amor en las riquezas y poderío,
sino en la virtud, en el esforzado ánimo y en la sin par gallardía de
su Rugiero, mereciendo que tan valeroso jóven cifrara en ella todo
su cariño é hiciera en su obsequio cosas que pasmarán á las futuras
generaciones.
He dicho antes que Rugiero, acompañado de los dos vástagos de la casa
de Claramonte, Aldigiero y Riciardeto, se habia puesto en marcha para
rescatar á los dos hermanos prisioneros. Dije tambien que habian visto
dirigirse hácia ellos á un caballero de arrogante aspecto, el cual
llevaba por enseña la imágen del ave, única siempre en el mundo, que
renace de sus propias cenizas. En cuanto el recien llegado conoció,
por los ademanes de los tres caballeros, que estaban allí preparados
para combatir, deseó probarse con ellos, á fin de conocer si su valor
correspondia á su marcial apostura.
--¿Hay alguno de vosotros, dijo, que quiera probar si vale más que yo,
peleando á lanza ó espada, hasta que uno de los dos, firme en la silla,
arroje de la suya á su adversario?
--Aceptando tu reto, contestó Aldigiero, cruzaria de buena gana la
espada contigo ó romperia una lanza, si no fuera porque estamos
preparados para llevar á cabo otra empresa, de la cual podrás ser
testigo si te detienes un momento; y esta empresa reclama en tan alto
grado nuestra atencion, que apenas nos da tiempo, no ya para luchar
contigo, sino ni siquiera para dirigirte la palabra. Estamos esperando
seiscientos hombres ó quizá más, con los cuales hemos de medir nuestras
fuerzas, á fin de arrancar de sus manos á dos hermanos nuestros, á
quienes traerán cargados de cadenas por este mismo sitio. El cariño
fraternal y la compasion nos darán el valor que necesitamos.
Y prosiguió exponiendo los motivos que les hicieron venir apercibidos
para el combate.
--Es tan justa la razon que alegas, respondió el guerrero, que no
puedo menos de aceptarla; estando además persuadido de que sois tres
caballeros cual hay pocos. Yo deseaba cambiar dos ó tres golpes con
vosotros, para saber hasta donde alcanzaba vuestro esfuerzo; pero
desisto de ello por parecerme suficiente que lo demostreis á costa de
otros. Quisiera hacer más aun: desearia unir á los vuestros mi casco y
mi broquel, seguro de probaros, si en vuestro favor lucho, que no soy
indigno de tal compañía.
Me parece observar que alguno de mis lectores desea saber el nombre
del recien llegado, que ofrecia á Rugiero y á sus dos compañeros
participar de los peligros de tan arriesgada aventura. Aquella (ya no
debo decir aquel) era Marfisa, la guerrera que obligó al mísero Zerbino
á acompañar á la malvada vieja Gabrina. Los dos Claramonte y el buen
Rugiero la aceptaron gustosos en su compañía, creyendo que era un
caballero y no una doncella, y mucho menos una doncella cual Marfisa.
No tardó Aldigiero en descubrir y señalar á sus compañeros una bandera
que ondeaba al viento, en torno de la cual caminaba una muchedumbre
numerosa: cuando esta se fué aproximando y pudieron distinguir los
trajes árabes de los que se acercaban, vinieron en conocimiento de
que eran sarracenos: poco despues vieron en medio de ellos á los
prisioneros, á quienes conducian atados sobre dos malos caballos, para
entregarlos al de Maguncia á cambio de oro.
--¡Ya están ahí! exclamó Marfisa. ¿Qué esperamos para dar principio á
la funcion?
Rugiero respondió:
--No han llegado aun todos los convidados, y faltan los mejores.
Prepárase un magnífico baile, y debemos hacer todo cuanto esté de
nuestra parte para que sea más solemne. Ya no pueden tardar mucho.
Acababa de pronunciar estas palabras, cuando aparecieron los traidores
de Maguncia: ya faltaba poco para empezar la danza.
Llegaban por una parte los de Maguncia, conduciendo varios mulos
cargados de oro, de telas y otros preciosos objetos; por la otra parte,
se adelantaban, entre lanzas, espadas y ballestas, los dos hermanos,
tristes y macilentos, viéndose próximos á la muerte, mientras que
Bertolagio, su irreconciliable enemigo, cambiaba algunas palabras
con el jefe sarraceno. Al ver á aquel traidor, no pudieron contener
su furia el hijo de Buovo ni el de Amon, y colocando uno y otro la
lanza en el ristre, le acometieron á la vez. La lanza de uno de ellos
atravesó el arzon delantero y el vientre del de Maguncia; la del otro
le pasó el rostro de parte á parte. ¡Ojalá sufriesen igual castigo
todos los malvados!
La acometida de los dos primos fué la señal para que Marfisa y Rugiero
atacasen á su vez: la lanza de la primera no se rompió sino despues
de haber muerto, uno tras otro, á tres adversarios. Rugiero dirigió
su asta contra el jefe de los sarracenos, que cayó instantáneamente
sin vida; el mismo golpe hizo que otros dos le acompañaran en su viaje
á las regiones infernales. Esta brusca acometida produjo entre los
atacados un error que les condujo á su perdicion; pues mientras los de
Maguncia se creyeron vendidos por los sarracenos, estos, al verse de
tal modo heridos, empezaron á llamarles asesinos, trabándose en seguida
entre ambas partes una lucha terrible á lanza, espada y ballesta.
Rugiero se precipitaba, ora entre un bando, ora entre otro, derribando
tan pronto diez como veinte guerreros: la doncella inmolaba otros
tantos lo mismo de una que de otra parte. Las tajantes espadas hacian
saltar sin vida de la silla á todos cuantos alcanzaban; las corazas y
los yelmos les ofrecian menos resistencia que la leña seca de un bosque
á la accion devoradora de las llamas. Si recordais haber visto ú oido
referir alguna vez que, cuando las abejas abandonan su colmena y se van
combatiendo por los aires, suele suceder que la hambrienta golondrina
las acomete, y las devora, las mata ó las dispersa, podeis imaginar que
Marfisa y Rugiero hicieron otro tanto con aquella gente.
Riciardeto y su primo no imitaban á sus dos compañeros en cuanto á
sus alternativos ataques á uno ú otro bando: sin cuidarse de los
sarracenos, descargaban únicamente su ira sobre los de Maguncia.
El hermano del paladin Reinaldo unia á su esforzado ánimo un brazo
vigoroso, y en aquella ocasion redoblaba sus fuerzas el ódio que
abrigaba en su corazon contra los de Maguncia.
Por igual causa parecia un leon el bastardo de Buovo; el cual, sin
conceder el menor reposo á su espada, hendia todos los yelmos ó los
aplastaba como si fueran huevos. ¿Y quién no se mostraria atrevido, ó
no seria tenido por un nuevo Héctor, yendo acompañado por Rugiero y
Marfisa, que eran la flor y nata de todos los guerreros?
Marfisa, al mismo tiempo que combatia, observaba las acciones de sus
compañeros, y al ver que no la cedian en bravura, ensalzaba atónita
sus proezas; pero excitaba particularmente su asombro el increible
valor de Rugiero, tan extraordinario, en su concepto, que no creia
tuviera igual en el mundo, suponiendo tal vez que era el mismo Marte
que habia bajado á aquella llanura desde el quinto Cielo[5]. Admiraba
aquellas horribles estocadas; pero era mayor su asombro al ver que
nunca las descargaba en vano: no parecia sino que los fendientes de
Balisarda tropezaran con armas fabricadas de carton y no de duro metal.
Lo mismo partia los yelmos que las más recias corazas; hendia los
hombres de arriba á abajo hasta el caballo, ó los partia por medio en
dos pedazos, arrojándolos sobre la yerba de la pradera á uno y otro
lado. Algunas veces la misma cuchillada daba muerte al caballo y al
caballero; separaba con la mayor limpieza las cabezas de los hombros, y
con frecuencia tambien segaba los cuerpos por la cintura. Ocasion hubo
en que de un solo tajo mató cinco enemigos, y si no fuese por temor de
que no se diera crédito á una verdad, que revestiria cierta apariencia
de mentira, diria más; pero considero mejor limitarme á lo ya dicho. El
buen Turpin, persuadido de que dice la verdad, deja que cada cual crea
lo que juzgue conveniente; y refiere cosas tan admirables de Rugiero,
que si las oyéseis, diríais que son ficciones.
[5] Segun el sistema astronómico da Ptolomeo, el planeta Marte
ocupaba el quinto lugar entre los cielos que formaban dicho
sistema.
Marfisa, por su parte, parecia una antorcha inflamada, y de hielo todos
sus contrarios: así como ella admiraba las hazañas de Rugiero, este
contemplaba con estupor las de la doncella; y si Marfisa habia creido
ver en él á Marte, el jóven habria supuesto que se hallaba en presencia
de Belona[6], si hubiese podido adivinar que bajo aquella armadura
se ocultaba una mujer. Tal vez esta misma admiracion que uno á otro
se causaban, hacia nacer en ambos una emulacion fatal para aquella
desgraciada gente, de cuya sangre, carne, huesos y nervios, se servian
para probar quién de los dos tenia más pujanza.
[6] Diosa de la guerra, hermana y mujer de Marte.
Bastó el ánimo y valor de los cuatro para dispersar á los soldados de
uno y otro bando, los cuales, arrojando las armas, se declararon en
vergonzosa fuga. ¡Felices aquellos que poseian un caballo veloz, pues
á la sazon no era cosa de ir al paso ni al trote! ¡Desgraciados los
que de él carecian, porque á su costa comprendieron lo triste que es
practicar á pié la profesion de las armas!
Los vencedores quedaron dueños del campo de batalla y del botin por
no haber quedado un solo infante enemigo. Por un lado huyeron los
de Maguncia; por otro los moros, abandonando éstos los prisioneros,
y aquéllos las acémilas. Apresuráronse los caballeros á cortar, con
rostro placentero y más alegre corazon, las ligaduras que sujetaban á
Malagigo y á Viviano, mientras los escuderos, no menos diligentes que
ellos, se ocuparon en desatar los fardos y descargar las mulas. Además
de una abundante vajilla de plata, de algunos trajes de mujer del mayor
lujo y de esquisito trabajo, de magníficos tapices de oro y seda,
tejidos en Flandes y dignos de adornar una estancia real, y de otras
muchas cosas ricas y admirables, hallaron manjares suculentos, pan, y
frascos de vino.
Al quitarse los yelmos los cuatro campeones, conocieron por los
cabellos rubios y rizados de Marfisa y por su faz bella y delicada,
que era una doncella la que les habia dado tan generosa ayuda. La
colmaron de toda clase de atenciones, y le rogaron que no ocultase su
nombre, digno de imperecedera gloria: ella, que siempre fué cortés con
los amigos, se apresuró á satisfacer su deseo. No se podian cansar de
contemplarla, recordando las proezas que habia llevado á cabo; pero
ella solo hacia caso de Rugiero; tan solo á él dirigia la palabra,
teniendo al parecer en poco á los otros dos caballeros. Entre tanto,
vinieron los escuderos á anunciarles que podian participar de los
manjares abandonados por los fugitivos, con los cuales habian preparado
una comida al lado de una fuente, defendida por un montecillo de
los rayos del Sol. Esta fuente era una de las cuatro que Merlin
habia construido en Francia, rodeándola de mármoles tersos, finos y
brillantes, y más blancos que la leche. El encantador habia esculpido
en ellos diferentes imágenes de un trabajo admirable: parecia que
respiraban, y si no hubiesen carecido de voz, diríase que estaban vivas.
Estaba en aquella fuente representada una fiera de aspecto horrible,
feroz y repugnante, que parecia salir de la selva: sus orejas eran de
asno; la cabeza y los colmillos, de lobo, y estaba demacrada por el
hambre: tenia garras de leon; el resto de su cuerpo era de zorra, y
andaba al parecer recorriendo Francia, España, Inglaterra, Italia, y
en una palabra, el orbe entero[7]. Por todas partes habia ido hiriendo
y matando gente, desde las clases más humildes hasta las más elevadas,
y cebando especialmente su saña en los reyes, señores, príncipes y
magnates. En la corte romana fué donde hizo más estragos: pues inmoló
su furia papas y cardenales, mancilló la hermosa silla de Pedro, y
profanó escandalosamente la fé. Al menor contacto de aquella bestia
horrenda caian derribadas las murallas y fortalezas: no habia ciudad
que pudiera resistirle, ni castillo que no le abriera sus puertas.
Parecia que aspirara á los honores divinos, y que el vulgo necio le
prestara adoracion; diríase por último que se manifestaba orgullosa de
tener en su poder las llaves del Cielo y del profundo abismo.
[7] En esta fiera está representada la Avarícia.
En pos de ella se veia un caballero con los cabellos ceñidos por el
laurel imperial, acompañado de tres jóvenes, cuyas reales vestiduras
estaban sembradas de lises de oro: un leon adornado con las mismas
insignias marchaba con ellos contra el mónstruo. Unos llevaban
sus nombres escritos sobre la cabeza y otros bajo los piés. El
caballero que sepultaba su espada hasta el pomo en las entrañas de
la maligna fiera llevaba escrito: _Francisco I de Francia:_ á su
lado estaba Maximiliano de Austria: el emperador Cárlos V traspasaba
con su lanza el cuello del mónstruo, y Enrique VIII de Inglaterra
le habia atravesado el pecho con un dardo. El Leon que aferraba con
sus dientes las orejas de la fiera, llevaba escrita en el lomo la
palabra _Décimo_[8], y tenia tan abatido al mónstruo con sus violentas
sacudidas, que los caballeros pudieron aproximarse á él y herirle á
su sabor. Parecia hallarse ya el mundo libre de todo temor, y varios
hombres ilustres, aunque no muchos, acudian al sitio en que se quitaba
la vida á la fiera, para arrepentirse de sus pasados extravíos.
[8] Segun algunos comentadores, este leon representa al Papa
Leon X.
Marfisa y sus compañeros manifestaron vivos deseos de saber quiénes
eran los vencedores del terrible mónstruo que habia esparcido el
terror por todo el universo; pues aun cuando sus nombres estaban
grabados en la piedra, no les eran manifiestos; por cuya razon se
rogaban mútuamente que, si alguno de ellos sabia aquella historia, la
refiriese á los otros. Volvióse entonces Viviano hácia Malagigo, que
sin pronunciar una palabra, escuchaba á sus compañeros, y le dijo:
--A tí te toca narrar esa historia; pues, por lo que veo, no debes
ignorarla. ¿Quiénes son esos guerreros, cuyas lanzas, flechas y espadas
han dado muerte á tan horrible fiera?
Malagigo respondió:
--Ningun autor ha podido conocer todavía esa historia. Habeis de saber,
que los caballeros, cuyos nombres están grabados en el mármol, no han
visto aun la luz del dia; pero dentro de setecientos años serán honra
y prez de su siglo. Merlin, el sábio encantador de la Gran Bretaña,
hizo construir esta fuente en tiempo del rey Arturo, é hizo tambien
esculpir en ella por los más excelentes artífices los acontecimientos
venideros.
«Esa bestia cruel salió de las profundidades del Infierno en los
tiempos en que se pusieron límites en los campos, se empezaron á usar
pesos y medidas, y se hicieron los pactos por escrito[9]. Sin embargo,
al principio no recorrió todo el mundo, sino que dejó de visitar
bastantes países: mas hoy son ya muchos los pueblos en que ejerce su
perniciosa influencia, aun cuando solo ofende al populacho más abyecto
y soez. Desde su orígen hasta nuestros dias no ha cesado un punto de
crecer, y seguirá creciendo, hasta que con el tiempo llegue á ser el
mónstruo mayor y más horrible de cuantos haya visto el universo. La
serpiente Piton[10], tan celebrada por los poetas á causa de su tamaño
y ferocidad, no tenia la mitad de las dimensiones de aquel, ni era tan
abominable y repugnante. Además de sus crueles estragos, contaminará é
infestará todos los países; y en esas esculturas no estais viendo más
que un pálido reflejo de sus nefandos y terribles efectos. Cuando el
mundo esté ya ronco á fuerza de pedir socorro, aparecerán para auxilio
de la humanidad esos príncipes, cuyos nombres hemos leido, los cuales
brillarán más que el rubí por sus esplendorosas acciones.
[9] Porque hasta entonces no habian dado los humanos muestras
de la avaricia que empezaba á dominarles. La doctrina que aquí
asienta el Autor es comunista y absurda; porque, si se pusieron
límites á los campos, se usaron pesas y medidas, y se pactó por
escrito, fué para reprimir y contener los efectos de la codicia
y el afan de apoderarse de lo ajeno.
[10] Serpiente monstruosa que apareció en la Tierra cuando se
retiraron las aguas del diluvio de Deucalion. Apolo la mató á
flechazos.
«El que más ha de ensañarse con la fiera será Francisco, rey de
los franceses; y forzoso es que así suceda puesto que ninguno le
aventajará en valor, siendo muy contados los que en él le igualen;
por sus virtudes y su régia magnificencia oscurecerá el recuerdo de
los personajes que hayan alcanzado mayor renombre, lo mismo que todo
esplendor desaparece ante la radiante luz del Sol. En el primer año
de su venturoso reinado, y antes de que la corona esté bien ceñida
á sus sienes, atravesará los Alpes, desbaratando los proyectos del
que se proponga cerrarle el paso[11], é impulsado por una justa y
generosa indignacion, vengará los ultrajes, hasta entonces impunes, que
habrá inferido al ejército francés un pueblo arrastrado por su furor
lejos de sus rebaños y sus hogares. Descenderá desde allí á las ricas
llanuras de la Lombardia, rodeado de lo más selecto de sus guerreros,
y destrozará de tal modo al helvético[12], que en vano intentará
despues hacer resonar los instrumentos bélicos para llamar al combate
á sus soldados. Para vergüenza y baldon de la Santa Sede, de España y
de Florencia, se apoderará luego del castillo, tenido hasta entonces
por inexpugnable[13]. Para conquistar esta fortaleza, le servirá, con
preferencia á otras armas, la honrosa espada de que se habrá valido
antes para dar muerte al mónstruo corruptor de todas las naciones: ante
ella huirán ó quedarán abatidas las banderas de la Europa entera;
y ni los fosos más profundos, ni los reductos más fuertes, ni las
murallas más sólidas podrán defender á las ciudades de sus terribles
efectos. Ese príncipe estará dotado de cuantas virtudes deban adornar
al emperador más dichoso: al ánimo del gran César, reunirá la prudencia
demostrada por el vencedor de Trasimeno y Trebia, y la fortuna de
Alejandro, sin la cual los planes mejor formados se disipan como el
humo. Por último, será tan liberal y tan magnánimo, que no encuentro
con quien compararle dignamente.»
[11] Francisco I de Francia, poco despues de su advenimiento al
trono, resolvió apoderarse del ducado de Milan, ocupado á la
sazon por Maximiliano Sforza; á este efecto, reunió un numeroso
ejército, y despues de haberle dividido en tres cuerpos, pasó
los Alpes en tres dias, lo que realizó sin dificultad alguna
puesto que el ejército suizo no le esperaba más que en un punto
por donde el monarca francés procuró no pasar.
[12] En la batalla de Marignan, conocida con el nombre de
batalla de los Gigantes, que duró dos dias: perdida por los
suizos y milaneses, se vió obligado el duque Sforza á ceder
la corona ducal al monarca francés, mediante una honrosa
capitulacion.
[13] La ciudadela de Milan.
Así decia Malagigo, y su relato inspiró á sus oyentes el deseo de saber
el destino de algun otro de aquellos héroes, que, exterminando á la
fiera infernal, legaran un digno ejemplo á sus descendientes. Uno de
los nombres que allí sobresalían era el de Bernardo[14], ensalzado por
Merlin en su inscripcion, la cual manifestaba que, merced á él, seria
Bibiena tan conocida como su vecina Florencia ó como Siena. Pero nadie
lograria aventajar á Sigismundo Gonzaga[15], á Juan Salviati[16], ni á
Luis de Aragon[17], cada uno de los cuales se mostró irreconciliable
enemigo del mónstruo. Allí se veia á Francisco Gonzaga[18], y siguiendo
sus huellas á su hijo Federico: no muy lejos del primero iban su
cuñado y su yerno; aquel, duque de Ferrara, y este de Urbino. Guido
Ubaldo[19], hijo de uno de estos príncipes, se mostraba deseoso de
que su fama de justo y de valiente no desmereciera en nada de la de
su padre ó de cualquier otro héroe. Sinibaldo y Ottobon del Flisco,
animados de igual ardor, hostigaban á la fiera, mientras que Luis de
Gazzolo atravesaba su cuello con una saeta, despedida por un arco que
le regalara Febo, al mismo tiempo que Marte le ciñera su propia espada.
Dos Hércules, dos Hipólitos de Este, otro Hércules de Gonzaga y otro
Hipólito de Médicis, no se separaban de las huellas del mónstruo, hasta
conseguir rendirlo. Juliano no se dejaba sobrepujar por su hijo, ni
Fernando por su hermano; así como Andrés Doria se mostraba dispuesto
al combate, y Francisco Sforza no permitia que nadie avanzara más que
él. Los dos caballeros, en cuyo blason se veia pintado el monte que
oprime con su peso desde la cabeza á la cola de serpiente del impío
Tifeo, eran de la generosa, ilustre y esclarecida sangre de Ávalos[20].
No habia nadie que se adelantara tanto como ellos para exterminar
al mónstruo: el uno tenia escrito á sus piés el nombre del invicto
Francisco de Pescara, y el otro el de Alfonso del Vasto. Pero ¿dónde
dejo á Gonzalo Fernandez[21], honor y prez de España, tan encomiado
por Malagigo, que pocos de los citados llegaban á igualársele? Entre
los que habian dado muerte al feroz animal, se veia á Guillermo de
Montferrato; pero todos sus enemigos formaban un número insignificante
en comparacion de los mortales á quienes habia herido ó devorado.
[14] Bernardo Dovizi, natural de Bibbiena en Italia, cardenal y
literato, y maestro del Papa Leon X.
[15] Cardenal, hijo de Federico Gonzaga I; mandó las tropas de
su hermano Federico II, marqués de Mantua.
[16] Obispo de Ferrara y cardenal; fué sobrino del Papa Leon X:
desempeñó varias misiones diplomáticas; protegió las ciencias y
las artes y murió en 1553.
[17] Rey de Sicilia, cuyo país gobernó con prudencia y sabiduría
hasta su sentida muerte.
[18] Juan Francisco Gonzaga II, marqués de Mantua: escogido por
el Papa, los venecianos, la España y el duque de Milan para
mandar sus tropas reunidas contra Cárlos VII de Francia, cuando
este príncipe invadió la Italia, ganó algunas victorias sobre el
ejército francés.
[19] Guido Ubaldo I, duque de Urbino, hijo de Federico III.
[20] Los marqueses de Pescara y del Vasto, de quienes se ha
hecho mencion en dos notas del canto XV.
[21] Gonzalo Fernandez de Córdoba, generalmente conocido bajo el
nombre del Gran Capitan, por las increibles muestras de pericia
militar y de valor que dió en España y en Italia.
Entretenidos despues de tomar algun alimento con sabrosas pláticas ú
honestos pasatiempos, los cuatro compañeros dejaron transcurrir las
horas del calor, tendidos sobre finísimos tapices á la sombra de los
arbolillos de que estaba engalanada la orilla del arroyo. Malagigo
y Viviano tenian apercibidas sus armas á fin de que sus amigos se
entregaran con toda seguridad al reposo, cuando divisaron á una jóven
que se dirigia presurosa hácia ellos, enteramente sola. Esta era
Hipalca, á quien Rodomonte arrebató el excelente caballo Frontino.
Habia seguido durante una gran parte del dia anterior al Africano,
suplicándole unas veces y denostándole otras; mas viendo que no sacaba
partido de sus súplicas ni de sus denuestos, volvió atrás esperando
hallar á Rugiero en Agrismonte. Por el camino supo, ignoro cómo, que le
encontraria allí con Riciardeto; y siéndole conocido el país, por haber
estado en él otras veces, se encaminó en derechura á la fuente, y vió
junto á ella á Rugiero del modo que acabo de describir: mas como buena
y cauta mensajera, que sabe desempeñar una comision mucho mejor de lo
que le han encargado, así que vió al hermano de Bradamante, fingió no
conocer á Rugiero.
Aproximóse á Riciardeto, como si efectivamente fuese en su busca, y
en cuanto la conoció el jóven, salió á su encuentro, preguntándole el
objeto de su viaje. Hipalca, cuyas mejillas estaban todavía encendidas
por lo mucho que habia llorado, le contestó suspirando, pero en voz
bastante alta para que Rugiero, que estaba cerca de ella, pudiese oirla:
--Conducia de la brida, por órden de tu hermana, un magnífico y
maravilloso caballo, llamado Frontino, á quien ella tenia en mucha
estima: ya habia andado más de treinta millas en direccion á Marsella,
donde dentro de pocos dias debe encontrarse Bradamante, y donde me
encargó que esperara su llegada, y proseguia mi camino confiada, algo
temerariamente quizás, en que no habria un hombre de tan arrogante
corazon que se atreviese á arrebatármelo, como yo le dijese que
pertenecia á la hermana de Reinaldo; cuando un sarraceno feroz se
apoderó de él ayer, dejando burladas mis esperanzas, y por más que
le dije quién era el dueño de Frontino, no se mostró dispuesto á
devolvérmelo. Todo el dia de ayer y parte del de hoy le he seguido
rogándole y suplicándole; pero en vista de que tan inútiles eran mis
ruegos como mis amenazas, le he dejado, llenándole de injurias y
maldiciones, á poca distancia de aquí, donde reventando al caballo y
aun reventándose él mismo, procura resistir con las armas en la mano á
un guerrero, que no dudo me vengará bien pronto, segun lo acorralado
que tiene al infame sarraceno.
Rugiero, que á duras penas habia podido contener su impaciencia para
escuchar el fin de este relato, se puso en pié en cuanto calló Hipalca;
y dirigiéndose á Riciardeto, le pidió como un favor y como recompensa
del servicio que le habia prestado, que le permitiera ir solo con
Hipalca hasta encontrar al sarraceno, audaz raptor de aquel caballo.
Aun cuando el jóven no creia decoroso confiar á otro una empresa, que
á él, y á nadie más, correspondia, accedió sin embargo á los deseos
de Rugiero, el cual se despidió sin perder tiempo de los restantes
compañeros, y se alejó con Hipalca, dejándolos, no ya maravillados,
sino estupefactos al considerar su admirable valor.
Luego que Hipalca le hubo alejado algun tanto de la fuente, le
manifestó que la dama que tan impreso tenia su valor en el corazon
la habia enviado en su busca, y dejando toda reserva á un lado, le
siguió participando cuanto Bradamante le encargara, añadiendo que, si
antes habia dicho otra cosa, era por hallarse presente Riciardeto.
Manifestóle además, que el que le arrebató el caballo, habia contestado
á sus observaciones con suma arrogancia, exclamando:--«Puesto que este
caballo es de Rugiero, me apodero ahora de él con mayor júbilo; y por
si acaso pensara recobrarlo, hazle saber que no pretendo ocultarme,
y que soy aquel Rodomonte, cuyo valor ostenta su brillo por el mundo
entero.»
Mientras Hipalca hablaba de esta suerte, en el rostro de Rugiero se iba
pintando la cólera que hervia en su corazon, ya porque estimaba mucho
á su caballo Frontino, ya por la mano que se lo enviaba, y ya tambien
por parecerle que su robo era un ultraje sangriento, inferido á su
valor: además consideró que seria para él mengua y baldon no arrancarlo
inmediatamente del poder de Rodomonte, tomando una pronta y digna
venganza.
Entre tanto la doncella continuaba guiando á Rugiero, sin permitirse
el menor reposo, deseosa de ponerle con el pagano frente á frente:
así llegaron hasta un sitio en que el camino se dividia en dos; el
uno descendia al fondo de un valle y el otro subia á la cumbre de una
colina: ambos iban á parar al sitio en que la doncella habia dejado á
Rodomonte: el segundo era escabroso, pero más corto; el primero, aunque
más largo, era mejor. Hipalca, en su afan por recobrar á Frontino y ver
vengada su afrenta, se decidió á seguir el camino del monte, por donde
era el trecho más corto; pero en aquel momento el Rey de Argel iba
cabalgando por el otro en compañía del Tártaro y de los demás que he
referido, y como se adelantaban por la llanura, resultaba que Rugiero
se alejaba de ellos cada vez más.
Ya sabeis que habian diferido su pelea para acudir en socorro
de Agramante, y que les acompañaba Doralicia causa de todas sus
discordias. Escuchad ahora la continuacion de esta historia. Seguian
directamente el camino que conducia á la fuente donde descansaban
tranquilos y descuidados Aldigiero, Marfisa, Riciardeto, Malagigo y
Viviano. Accediendo á las instancias de sus compañeros, se habia puesto
la guerrera uno de aquellos trajes y adornos mujeriles que el traidor
maguntino creyó destinar á Lanfusa, y por más que casi nunca abandonara
la coraza y las demás piezas de su armadura, se las quitó aquel dia,
presentándose vestida con el traje de su sexo ante sus admirados
compañeros.
Apenas vió el Tártaro á Marfisa, se propuso apoderarse de ella,
creyendo que seria fácil lograrlo, con el objeto de ofrecerla á
Rodomonte en recompensa ó á cambio de Doralicia; como si Amor pudiese
consentir en que un amante vendiera ó permutara á su dama, ó fuera
fácil consolarnos de la pérdida de una con la adquisicion de otra.
Deseoso, pues, de proporcionar al rey de Argel una doncella, á fin
de no tener que desprenderse él de Doralicia, determinó entregarle
á Marfisa, cuya belleza y donosura le parecieron dignas del amor de
cualquier caballero, suponiendo sin duda que para su rival lo mismo
seria una mujer que otra; y en su consecuencia, retó á singular batalla
á todos los guerreros que acompañaban á Marfisa.
Malagigo y Viviano, que no habian abandonado sus armas á fin de velar
por sus compañeros, se levantaron del sitio donde estaban sentados,
dispuestos ambos al combate, porque creian tener que habérselas con los
dos paganos; pero el Africano, que no pensaba en tal cosa, permaneció
tranquilo; por lo cual, Mandricardo fué el único que tomó parte en
la lucha. El primero que se lanzó animosamente sobre su adversario
enristrando un grueso lanzon fué Viviano; el Rey pagano, por su parte,
le acometió con la pujanza y denuedo que le eran habituales. Ambos
dirigieron sus golpes al sitio donde creian herir con más ventaja:
Viviano alcanzó inútilmente en el yelmo á su enemigo; pues, lejos de
derribarle, ni siquiera logró moverle. El Rey pagano, cuya lanza era
más dura, atravesó el escudo de Viviano como si fuese de vidrio, y le
hizo saltar de la silla, arrojándole entre las yerbas y las flores de
la pradera. Acudió entonces Malagigo dispuesto á vengar sin tardanza
á su hermano; pero tuvo tal prisa de reunirse con él, que en vez de
vengarle, fué á hacerle compañía. Más rápido Aldigiero que su primo
para cubrirse con sus armas, saltó sobre el corcel, y desafiando al
Sarraceno, le embistió valerosamente á rienda suelta: el golpe que
descargó fué á dar un dedo más abajo de la visera del sarraceno; voló
la lanza al cielo hecha cuatro pedazos, pero Mandricardo permaneció
firme en la silla. El pagano le hirió en el lado izquierdo; y como el
golpe fué dirigido con terrible fuerza, de poco le valieron á Aldigiero
su escudo y su coraza, porque se abrieron cual si fuesen de delgada
corteza. El hierro cruel penetró en el hombro; se tambaleó el herido
caballero sobre el caballo, y por último fué á dar con su cuerpo en
tierra, quedando las armas enrojecidas con su sangre, y mortalmente
pálido su rostro. Riciardeto acudió en seguida con heróica audacia:
al enristrar su lanza, se echaba de ver, como lo habia demostrado
en diferentes ocasiones, que era un digno paladin de Francia:
probablemente habria hecho conocer al Tártaro que le igualaba en valor,
si no le hubiera impedido arremeterle la caida de su caballo, que
cogiéndole debajo, y no por culpa suya, le privó de todo movimiento.
Como no quedaba ya ningun caballero que hiciese frente al pagano,
supuso este que era ya suya la doncella, premio del vencedor, y
aproximándose á ella, le dijo:
--Hermosa jóven, sois nuestra, si no hay alguien que monte á caballo en
favor vuestro. No podeis excusaros ni negaros á ello; pues tales son
las leyes de la guerra.
Marfisa, levantando el rostro con ademan altivo, contestó.
--Tu opinion es harto errónea: podria concederte que tuvieses razon
al decir que te pertenezco por derecho de conquista, cuando fuese
mi señor ó mi caballero alguno de esos que has derribado. Pero no
soy suya, ni pertenezco á nadie más que á mí misma: por lo tanto,
el que desee poseerme debe conquistarme luchando conmigo. Tambien
yo sé manejar la lanza y el escudo, y he tendido á mis piés á más
de un caballero.--Dadme mis armas y mi corcel, exclamó en alta voz
dirigiéndose á sus escuderos, los cuales se apresuraron á obedecerla.
Quitóse sus vestidos femeniles, y lució más y más sus raras
perfecciones y su bien formado cuerpo: á no ser porque las delicadas
facciones de su rostro revelaban su sexo, hubiérasela tomado por el
mismo Marte. Así que tuvo puesta la armadura, ciñóse la espada, y
de un salto se colocó sobre el caballo, al que clavó tres veces el
acicate, haciéndole caracolear á uno y otro lado: luego, desafiando al
Sarraceno, empuñó la récia lanza, y comenzó una lucha que recordaba la
sostenida al pié de los muros de Troya por Pentesilea contra el tesalio
Aquiles[22]. Al primer choque, rompiéronse las lanzas hasta el regaton,
cual si fueran de vidrio; pero no se observó que ninguno de los dos
combatientes se plegara hácia atrás una sola línea. Marfisa, ansiosa
de conocer si combatiendo más de cerca le resistiria de igual modo el
sarraceno, se volvió contra él espada en mano. Mandricardo prorumpió
en blasfemias contra el cielo y los elementos, al ver á su enemiga
inmóvil en la silla, mientras esta, que habia esperado atravesarle el
escudo, increpaba no menos irritada al cielo: tanto el uno como la otra
descargaban recíprocamente terribles cuchilladas sobre sus armas; pero
en vano, porque las de ambos estaban encantadas, lo cual nunca fué más
necesario que aquel dia. Tan buenas eran sus mallas y corazas, que no
habia espada ó lanza que las atravesara; de modo que el combate podia
durar todo aquel dia y hasta el siguiente, si Rodomonte no se hubiera
interpuesto para interrumpirle, reconviniendo á Mandricardo por su
demora y diciéndole:
[22] Pentesilea, reina de las amazonas, figuró entre los aliados
de Priamo durante los últimos años del sitio de Troya. Pereció
en un combate que sostuvo con Aquiles.
--Si es que tanto deseo tienes de pelear, más vale que terminemos
nuestra propia lucha. Ya sabes que la suspendimos para acudir con
más prontitud en socorro de nuestro ejército, y que convinimos en no
acometer otro nuevo combate ó cualquiera otra empresa hasta haber
cumplido este deber.
Despues se dirigió con la mayor cortesía á Marfisa, participándole que
Agramante les habia enviado un mensajero para reclamar su inmediato
auxilio. Rogóle en seguida que se dignara, no solo renunciar á aquel
combate ó diferirlo para mejor ocasion, sino tambien partir en su
compañía para prestar su poderosa ayuda al hijo del rey Trojano,
añadiendo que de este modo podria adquirir una fama que hasta el cielo
se remontara, mejor que impidiendo un intento tan generoso con una
pelea ignorada y sin importancia.
Marfisa, que siempre habia tenido el ardiente deseo de medir sus
fuerzas con los paladines de Carlomagno, y cuyo único objeto, al pasar
á Francia desde las más remotas comarcas, era el de conocer por sí
misma si su glorioso renombre era ó no exagerado, aceptó la proposicion
de Rodomonte, en cuanto tuvo noticia de la apurada situacion de
Agramante.
Entre tanto Rugiero habia seguido en vano á Hipalca por el camino del
monte, y cuando llegó con ella al sitio designado, vió que Rodomonte
se habia marchado por el otro camino. Suponiendo que no podia hallarse
muy lejos, y que habria tomado el sendero que conducia directamente á
la fuente, volvió las riendas á su corcel, y siguió con paso veloz las
huellas recientemente impresas en la arena. Quiso que Hipalca regresara
á Montalban, de cuyo castillo solo les separaba una jornada; porque si
volvia de nuevo á la fuente, se alejaria demasiado del camino recto, y
le dijo que estuviese segura de que recuperaria en breve á Frontino,
como no tardaria en saberlo, bien en Montalban, ó bien en cualquier
otro punto en que se hallara. Dióle además la carta que escribió en
Agrismonte y que llevaba desde entonces en el pecho, y le dijo otras
muchas cosas, rogándole encarecidamente que le disculpara con su amada.
Hipalca fijó en su memoria todos los encargos de Rugiero; despidióse de
él, volvió riendas, y no cesó de andar hasta llegar á Montalban aquella
misma tarde.
A pesar de haber seguido Rugiero diligente las huellas del Sarraceno,
que aparecian en el camino de la llanura, no pudo alcanzarle hasta
que le vió con Mandricardo junto á la fuente. Los dos sarracenos se
habian prometido mútuamente que no se atacarian por el camino, ni antes
de socorrer el campamento africano tan estrechamente asediado por
Cárlos. Al llegar allí, Rugiero conoció á Frontino; por él conoció
al guerrero que le montaba, y enristró en el momento mismo su lanza,
desafiando al Africano con frases altaneras. Rodomonte hizo aquel
dia más que Job; porque consiguió domar su fiero orgullo y rehusó el
combate, él, que siempre habia tenido la costumbre de ser el primero en
buscarlo. Aquella fué la primera y última vez en su vida que se negase
á combatir; pero le parecia tan honroso el deseo de acudir en auxilio
de su Rey, que aun cuando hubiese tenido á Rugiero más aferrado entre
sus uñas que una liebre oprimida por las garras del ágil leopardo,
no habria querido sacrificar ni el tiempo indispensable para cambiar
con él una ó dos estocadas. Añádase á esto, que sabia que Rugiero,
con quien debia combatir por causa de Frontino, era un caballero tan
famoso, que su gloria no tenia rival; que Rugiero era el hombre con
quien siempre habia deseado batirse, para conocer por sí mismo hasta
dónde alcanzaba su denuedo; y á pesar de esto, no quiso aceptar aquel
reto: ¡tanto era lo que le inquietaba el peligro de su Rey! A no ser
por esta causa, hubiera ido hasta el confin de la Tierra, tan solo
por realizar tal combate; pero en aquel momento, aunque le hubiese
desafiado el mismo Aquiles, no dejara de hacer lo propio: tan oculta
estaba entonces la llama de su habitual furor. Manifestó á Rugiero la
causa que le impedia aceptar su reto, y aun le rogó que les prestara
su auxilio en aquella empresa; porque, de obrar así, haria lo que todo
caballero leal está en el deber de hacer en obsequio de su señor;
añadiendo que tan luego como se levantara el asedio, tendrian tiempo de
terminar sus querellas.
Rugiero le respondió:
--No tengo inconveniente en aplazar esta pelea hasta que Agramante
quede libre del poder de Cárlos, con tal de que me devuelvas desde
luego á Frontino. Si quieres que difiera para cuando estemos en la
corte el probarte la falta que has cometido, y la accion indigna de un
caballero valiente que has llevado á cabo arrebatando á una débil mujer
mi caballo, deja á Frontino y devuélvemelo. De lo contrario, harás mal
en suponer que yo renuncie á la contienda ni que te conceda una sola
hora de tregua.
Mientras Rugiero exigia al Africano la restitucion de Frontino ó
un inmediato combate, y mientras Rodomonte, negándose á combatir y
á devolver el caballo, aplazaba para más adelante una y otra cosa,
adelantóse Mandricardo y suscitó una nueva contienda al ver que Rugiero
llevaba por blason la reina de las aves. Rugiero ostentaba en su escudo
el águila blanca sobre campo azul, emblema de los troyanos, porque le
pertenecia de derecho como descendiente que era del esforzado Héctor,
pero como Mandricardo lo ignoraba, no quiso tolerar que otro usara
en su escudo el águila blanca del héroe troyano, teniéndolo á grave
injuria. Mandricardo llevaba tambien como enseña el ave que arrebató
en el monte Ida á Ganimedes: no dudo que sabreis cómo la conquistó
aquel dia que salió vencedor en el peligroso castillo, y cómo se la
dió aquella Hada juntamente con las preciadas armas que forjó Vulcano
para el guerrero de Troya. Mandricardo y Rugiero se habian ya batido
en otra ocasion por esta misma causa, y como ya sabeis el motivo que
tuvieron para separarse, escuso referirlo de nuevo. No habian vuelto
á encontrarse hasta entonces, así es que en cuanto Mandricardo vió el
escudo, prorumpió en amenazas con ademan arrogante, gritando á Rugiero:
--Te reto á singular pelea. ¿Todavía te atreves á usar, temerario,
la enseña que me pertenece? No es este el primer dia que te he
reconvenido por ello. ¡Insensato! ¿Has podido creer que, porque una vez
te perdoné, he de tolerarlo siempre? Pero ya que ni el perdon ni las
amenazas han sido bastantes para hacerte olvidar semejante locura, voy
á enseñarte cuánto más te hubiera valido obedecerme que desafiar mi
saña.
Así como un leño seco y bien caldeado se enciende al más pequeño soplo,
del mismo modo se inflamó la cólera de Rugiero desde la primera amenaza
que oyó de Mandricardo.
--¿Te has figurado, le dijo, que podrias dominarme á tu antojo, porque
me ves empeñado en otra contienda? Si así lo has creido, pronto te
demostraré que tan capaz soy de obligar á Rodomonte á que me devuelva
mi Frontino, como de quitarte el escudo de Héctor. No hace aun
mucho tiempo que combatimos por el mismo motivo; pero me abstuve de
arrancarte la vida porque no llevabas espada. Lo que entonces fueron
conatos, hoy serán hechos palpables y evidentes, pudiendo asegurarte
que esa águila blanca, antiguo blason de mi estirpe, será para tí
fatal: tú la has usurpado; yo la llevo con justo derecho.
--Tú eres el usurpador de mi divisa, exclamó Mandricardo, desnudando
el acero que Orlando, en su locura, habia abandonado poco antes en el
bosque.
El buen Rugiero, que jamás habia desmentido su generosidad, cuando
vió que el pagano desenvainaba la espada, dejó caer en el suelo su
lanza, y empuñando la excelente Balisarda, embrazó el escudo; pero
en aquel momento lanzó Rodomonte su caballo entre ellos, seguido por
la diligente Marfisa, procurando tanto el uno como la otra separar á
los contendientes, y rogándoles que no pasaran adelante. Rodomonte se
lamentó de que Mandricardo hubiese roto por dos veces el pacto entre
ellos estipulado; la primera, cuando combatió con varios caballeros,
creyendo conquistar á Marfisa, y la segunda por desposeer de su divisa
á Rugiero. Irritado por el poco interés que al Tártaro le inspiraba el
peligro de Agramante, le dijo:
--Si has de proceder siempre de esta manera, es preferible que
terminemos nuestro combate, mucho más justo y necesario que todos
cuantos despues has emprendido. Con esta condicion quedó establecida la
tregua que subsiste entre nosotros. Así que concluya contigo, me batiré
con Rugiero por el caballo que reclama; y tú, si conservas la vida,
podrás continuar la querella suscitada con él por causa de tu escudo;
aun cuando espero darte tanto qué hacer, que no se fatigará mucho
Rugiero.
--Padeces un error grosero, respondió Mandricardo: yo soy quien ha de
darte qué hacer más de lo que deseas, y quien te hará sudar de piés á
cabeza. No me faltarán vigor ni audacia, así como no falta el agua de
un manantial, para batirme despues con Rugiero, y no solo con él, sino
con otros mil que se presentaran, y hasta con el mundo entero, si se
atreviese á hacerme frente.
Por una y otra parte iban en progresivo aumento la cólera y las
amenazas. Mandricardo, ébrio de furor, queria pelear á un tiempo
mismo con Rodomonte y con Rugiero: este, poco acostumbrado á soportar
el menor ultraje, no queria ya escuchar palabras de conciliacion,
sino apelar á las armas. Marfisa iba de un lado á otro, procurando
calmar los ánimos; mas no teniendo quien la ayudara, se esforzaba
en vano. Así como un campesino, al ver salir de madre un rio, cuyas
turbulentas aguas se abren á través de los campos un nuevo camino,
acude presuroso á impedir que la inundacion destruya sus mieses y su
forraje, y mientras se ocupa en oponer un dique, y otro, y otro á las
aguas, observa consternado que si consigue cerrarles el paso por un
lado, no tardan en rebasar por otro los obstáculos que les ha puesto,
precipitándose entonces toda su masa con ímpetu más destructor, así
tambien, mientras Rugiero, Mandricardo y Rodomonte disputaban coléricos
entre sí, pretendiendo cada uno de ellos mostrarse más esforzado, y
exceder en denuedo á los otros dos, procuraba Marfisa apaciguarlos,
cansándose y perdiendo el tiempo y el trabajo; pues mientras conseguia
disuadir á uno de ellos de sus belicosos intentos, se denostaban los
dos restantes con creciente ira.
La guerrera, insistiendo en ponerlos de acuerdo, les decia:
--Caballeros, escuchad, por favor, mis consejos. Es de todo punto
necesario que aplaqueis todas vuestras querellas para cuando
Agramante esté fuera de peligro. Si cada uno de vosotros se empeña,
á pesar de esto, en seguir adelante con su contienda, haré á mi vez
uso del derecho que me asiste de continuar mi interrumpida lucha
con Mandricardo, y entonces veré si es tan capaz, como supone, de
conquistarme por medio de las armas. Pero si hemos de socorrer á
Agramante, hagámoslo sin dilacion, y no se hable ya de nuevas luchas
entre nosotros.
--Por mí no ha de quedar, exclamó Rugiero, desde el momento en que se
me devuelva el caballo. Una de dos; ó me restituye el corcel, ó de lo
contrario que lo defienda de mí: estoy firmemente resuelto á perecer en
este sitio, ó á regresar al campamento cabalgando en Frontino.
Rodomonte contestó:
--Probablemente será más fácil lo primero que lo segundo.--Y
añadió:--Por lo demás, protesto aquí de que si nuestro Rey padece algun
revés, tuya será la culpa; pues yo no habré sido causa de que no se
haga á tiempo lo que se debe hacer.
Rugiero no hizo caso alguno de tales protestas: arrastrado por la
cólera, desnudó el acero, y se arrojó como un javalí sobre el rey de
Argel, á quien empezó á golpear de tal modo con el escudo y con la
hombrera, que lo descompuso hasta el extremo de hacerle perder uno de
los estribos. Entonces Mandricardo le gritó:--«Suspende, Rugiero, ese
combate, ó lucha conmigo.»--Al decir esto, más cruel y felon de lo
que fuera hasta entonces, descargó un terrible cintarazo en el casco
de Rugiero, el cual se vió obligado á bajar la cabeza hasta el cuello
de su caballo, sin que pudiera enderezarse cuando lo intentó, porque
el hijo de Ulieno aprovechó aquel momento para darle un nuevo y más
tremendo golpe. Si el yelmo de Rugiero no hubiera sido de un temple
diamantino, aquel tajo le habria hendido la cabeza hasta las mejillas.
El dolor le hizo abrir ambas manos, abandonando la una la espada y la
otra las riendas: el caballo se lo llevó á través de los campos, y
Balisarda quedó abandonada en el suelo.
Marfisa, que habia sido aquel dia su compañera de armas, se sintió
abrasada por la ira, al ver que dos caballeros habian puesto en aquel
estado á uno solo: llevada de su natural magnánimo y generoso, se
arrojó sobre Mandricardo, y reuniendo todas sus fuerzas, le descargó
un tremendo mandoble en la cabeza. Rodomonte salió en persecucion de
Rugiero, persuadido de que si conseguia darle un nuevo golpe, quedaba
vencido el jóven guerrero y Frontino en su poder para siempre; pero
Riciardeto y Viviano, que lo observaron, corrieron á interponerse
entre su amigo y el Sarraceno. El primero acometió á Rodomonte, le
hizo retroceder, y le obligó á cesar en su persecucion; el segundo se
acercó á Rugiero, ya vuelto en sí, y le presentó su propia espada.
En cuanto el valiente Rugiero recobró los sentidos y empuñó la espada
que Viviano le ofrecia, no quiso demorar la venganza de su agravio, y
se precipitó sobre el rey de Argel como el leon que acaba de ser herido
por las astas de un toro y no siente el dolor de su herida: tanta era
la saña, el ímpetu y el furor que le estimulaban á tomar una sangrienta
venganza.
Cayó como un rayo su acero sobre la cabeza del Sarraceno, y si en vez
de haberle descargado aquel mandoble con la espada de Viviano, lo
hubiese dado con su Balisarda, que, como he dicho, se le escapó de las
manos al principio de esta lucha á causa de una cobarde felonía, creo
que el yelmo de Rodomonte no bastara á proteger su cabeza, por más que
dicho yelmo fuese el que se mandó fabricar el rey de Babel[23] cuando
intentó declarar la guerra á las estrellas.
[23] Nemrod, nieto de Cham, fundador del imperio de Babilonia,
quien se supone que aconsejó la construccion de la torre de
Babel.
Convencida la Discordia de que allí no podia haber más que contiendas y
riñas, que alejarian para siempre de entre los cuatro caballeros toda
esperanza de paz y tregua, dijo á su hermana, la Soberbia, que podian
regresar con toda confianza al lado de sus buenos frailes. Dejémoslas
marchar, y volvamos á Rugiero, que acababa de dar un tremendo golpe en
la frente de Rodomonte.
El golpe de Rugiero fué tan terrible, que el Sarraceno tocó en la grupa
de Frontino con su yelmo y con aquella piel impenetrable y escamosa
que cubria sus espaldas; tres ó cuatro veces se le vió oscilar con
el cuerpo inclinado para caer en tierra, y hubiérasele escapado la
espada, á no tenerla atada á la muñeca.
Entre tanto Marfisa atacaba con tal insistencia á Mandricardo, que
el Tártaro tenia bañados en sudor la frente, el rostro y el pecho;
otro tanto le sucedia á la guerrera; pero la armadura de ambos era
tan impenetrable, que no conseguian atravesarlas por ninguna parte:
hasta entonces no se llevaban la menor ventaja; pero un paso en falso
dado por el caballo de Marfisa, fué causa de que la jóven necesitara
el auxilio de Rugiero. Al dar el corcel una vuelta harto brusca,
en un sitio donde la yerba estaba mojada, resbaló de tal suerte,
que la guerrera no pudo impedir que cayera sobre el lado derecho;
y en el momento en que procuraba levantarse precipitadamente, el
descortés pagano lanzó sobre ella á Brida-de-oro, que atropellándola
de través, la hizo caer de nuevo. Al ver Rugiero á la doncella en tan
crítica situacion, se apresuró á socorrerla, ya que en aquel momento
podia hacerlo, porque Frontino se llevaba á Rodomonte privado de
conocimiento: el jóven guerrero descargó un golpe tan violento en el
casco del Tártaro que de seguro le habria partido la cabeza como un
troncho, si hubiese empuñado á la sazon á Balisarda, ó si Mandricardo
se hallara cubierto con otro yelmo.
Vuelto en sí el rey de Argel durante este corto intervalo, miró en
su derredor, vió á Riciardeto, y recordando que habia salido á su
encuentro para impedirle que hiriera nuevamente á Rugiero, lanzóse
sobre él, é indudablemente le habria dado una recompensa poco
envidiable por el oportuno auxilio que proporcionara á su enemigo,
á no haberlo estorbado Malagigo por medio de nuevos encantamientos.
Malagigo conocia el arte de los encantos tan bien como el mágico más
preeminente; y aun cuando á la sazon no tenia el libro, merced al
cual le era fácil detener al Sol en mitad de su carrera, recordaba sin
embargo los conjuros con que solia hacerse obedecer de los espíritus
infernales: inmediatamente obligó á uno de ellos á penetrar en el
cuerpo del caballo de Doralicia, que se encabritó furioso. Pocas
palabras bastaron al hermano de Viviano para que entrara uno de los
ángeles de Minos en el manso palafren que montaba la hija del rey
Estordilano; y aquel caballo, que no se movia nunca como á ello no le
obligara la mano que le guiaba, dió súbitamente un salto de treinta
piés de largo y diez y seis de altura. Grande fué el salto, pero no
tan violento que derribara de la silla á la que en ella iba montada.
La jóven, al verse hendiendo los aires, se tuvo por muerta y lanzó
gritos penetrantes, mientras que el caballo, conducido por el diablo,
emprendió una carrera tan vertiginosa, que no le hubiera alcanzado una
saeta, llevando consigo á la jóven, la cual no cesaba de pedir socorro.
El hijo de Ulieno fué el primero en suspender la lucha, al oir aquellas
voces, y se lanzó á escape tras el desbocado palafren, con objeto de
auxiliar á la doncella: Mandricardo no tardó en imitarle; y cesando en
sus ataques contra Rugiero y Marfisa, voló en seguimiento de Rodomonte
y Doralicia, sin pedir á sus adversarios tregua ó paz.
Entre tanto la guerrera se levantó del suelo, y ardiendo en iracunda
saña, iba á vengarse de su afrenta, cuando echó de ver que su enemigo
estaba harto lejos para alcanzarle. El inesperado fin de la pelea, no
solo hizo suspirar á Rugiero, sino rugir como un leon herido: aumentaba
su desesperacion el convencimiento de que con sus caballos no era
posible dar alcance á Brida-de-oro ni á Frontino.
El jóven no hacia ánimo de renunciar al combate hasta que el rey de
Argel le devolviera el caballo; la doncella, por su parte, no queria
terminar aun su contienda con el Tártaro, por no haber probado su valor
á su entera satisfaccion: dejar en suspenso la querella les parecia á
ambos deshonroso; por lo cual resolvieron, de comun acuerdo, seguir las
huellas de los que tanto les habian ofendido. Tenian la seguridad de
encontrarlos en el campamento sarraceno, si antes no lograban hallarse
de nuevo frente á frente, suponiendo que acudirian á él para hacer
levantar el asedio antes de que el rey de Francia se apoderara de todo.
Emprendieron, pues, la marcha hácia donde creian hallar otra vez á sus
enemigos; pero entonces no se alejó Rugiero tan precipitadamente que se
olvidara de despedirse de sus compañeros.
Acercóse al hermano de su adorada Bradamante, y se le ofreció como un
verdadero amigo, lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna; le
suplicó despues, con la mayor galantería, que saludara en su nombre á
su hermana, empleando para ello frases tan convenientes y oportunas
que ni Riciardeto ni sus compañeros concibieron la menor sospecha.
Dirigió el último adios á este jóven, á Viviano, á Malagigo y al herido
Aldigiero, los cuales á su vez se manifestaron en extremo agradecidos
á sus servicios, y le aseguraron que los tendria á su disposicion en
cualquier parte que se hallasen.
Marfisa estaba tan deseosa de ir á Paris que se olvidó de despedirse de
los amigos: así es que Malagigo y Viviano se vieron obligados á correr
tras ella para poderla saludar desde lejos. Lo mismo hizo Riciardeto:
tan solo Aldigiero no pudo imitarles por tenerle postrado su herida.
Rodomonte y Mandricardo habian seguido ya el camino de Paris, y á la
sazon lo emprendian Rugiero y Marfisa. En el otro canto os referiré,
Señor, los hechos maravillosos y sobrehumanos que los cuatro guerreros
de que os hablo llevaron á cabo con grave daño de los soldados de
Carlo-Magno.