Nota del Transcriptor:
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LOS GRANDES POEMAS.
JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL.
PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE
D. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.
TOMO III DE LA COLECCION.
ORLANDO FURIOSO
POEMA ESCRITO EN ITALIANO
POR
LUDOVIGO ARIOSTO
Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO
POR
D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.
TOMO II.
BARCELONA.
EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 4.
1872.
ES PROPIEDAD.
BARCELONA.
ESTABLECIMIENTO TIPOGRAFICO DE JAIME JEPÚS.
CALLE DE PETRITXOL, NÚM 9, BAJOS.
1872.
ORLANDO FURIOSO.
CANTO XXV.
Rugiero libra á Riciardeto del suplicio de las llamas, á que le habia
condenado el rey Marsilio.--Riciardeto refiere minuciosamente á
Rugiero la causa de haber sido condenado á muerte.--Los dos jóvenes
pasan luego al castillo de Aldigiero, que los recibe poseido de una
gran tristeza, y á la mañana siguiente salen armados á impedir que
Malagigo y el buen Viviano caigan en poder de Bertolagio.
¡Cuán violenta es la lucha que sostienen en un corazon juvenil los
deseos de gloria y los impulsos del amor! Tan pronto vencedor como
vencido uno ú otro sentimiento, todavía se ignora cuál de ellos ejerce
un dominio más absoluto. Mucho influyó sin duda alguna en el ánimo de
los dos adversarios el sentimiento del deber y del honor, para que
suspendieran su amorosa contienda á fin de volar en auxilio de los
suyos; pero pudo mucho más el amor, porque de no habérselo exigido
así la señora de sus pensamientos, aquella terrible lucha no habria
terminado hasta que uno de los dos contendientes alcanzara el laurel
de la victoria; y mientras tanto, Agramante y el resto de su ejército
estarian esperando inútilmente su auxilio. Bien podemos decir por esto,
que no siempre es funesto el amor; pues si con frecuencia perjudica,
otras veces es útil.
Habiendo convenido los dos caballeros paganos en diferir sus querellas,
se dirigieron juntamente con Doralicia hácia Paris para salvar al
ejército africano: con ellos iba tambien el diminuto enano que habia
ido siguiendo las huellas del Tártaro, hasta conseguir que el celoso
Rodomonte le alcanzara. Llegaron á un prado, donde estaban descansando
á orillas de un arroyo dos caballeros desarmados, y otros dos cubiertos
con los yelmos, acompañando á una dama de bello rostro. En otra parte
os diré quiénes eran estos personajes; pues antes es preciso que vuelva
á hablaros del buen Rugiero, á quien dejé en el momento en que arrojaba
su escudo en un pozo.
Apenas hubo andado una milla, cuando encontró uno de los correos que
el hijo del rey Trojano mandaba á todos los caballeros solicitando su
socorro. El mensajero le anunció tambien que Cárlos tenia puestos á
los sarracenos en tan apurado trance, que si no recibian sin la menor
tardanza auxilios, en breve perderian el honor ó la vida. Asaltado
Rugiero por una multitud de pensamientos, no sabia á cual dar la
preferencia, si bien es verdad que ni el sitio ni la ocasion eran los
más á propósito para que se formara maduramente su opinion. Por último,
dejó marchar al mensajero, y revolvió su caballo en la direccion que
le indicaba la afligida dama, la cual iba estimulándole incesantemente
para que acudiera en defensa del doncel, sin permitirle el menor reposo.
Siguiendo, pues, su marcha, llegaron á la caida de la tarde á una
ciudad situada en medio de la Francia, la cual estaba en poder del
rey Marsilio, quien la habia conquistado en aquella guerra. No se
detuvieron en el puente ni en las puertas; pues aun cuando en torno
del rastrillo y de los fosos se veia un gran número de soldados y de
aprestos belicosos, nadie les estorbó el paso. Como los soldados
conocian á la dama que iba en compañía de Rugiero, le dejaron pasar
libremente, sin preguntarle siquiera de donde venia. Llegó á la plaza,
encontrándola llena de una multitud cruel, apiñada en derredor de
una siniestra pira, sobre la cual divisó pálido y macilento al jóven
condenado á perecer entre sus llamas.
En cuanto Rugiero fijó sus miradas en aquel rostro abatido y lloroso,
creyó ver á la misma Bradamante; tal era la semejanza del jóven con
ella. Cuanto más detenidamente contemplaba su faz y su talante,
tanto más se convencia de que era ella, diciendo para sí: «Ó esa es
Bradamante, ó no soy yo el mismo Rugiero que antes. Arrastrada por su
audacia, habrá querido tal vez defender al cautivo, y teniendo mal
éxito su empresa, habrá quedado aprisionada, como estoy viendo. ¿Por
qué esa precipitacion que no le ha permitido esperarme para compartir
conmigo los peligros de esta aventura? ¡Ah! ¡gracias á Dios, he llegado
á tiempo de salvarla!»
Y sin vacilar un solo instante, desenvainó la espada (porque su lanza
habia quedado hecha pedazos junto al castillo de Pinabel), y lanzando
su caballo sobre aquella multitud inerme, empezó á describir círculos
con su acero, cortando frentes, rostros y gargantas. El populacho
emprendió la fuga, despidiendo gritos atronadores, quedando muchos
tendidos en el suelo, los más atropellados y los otros con la cabeza
rota. Cual bandada de pájaros que, revoloteando seguros por las orillas
de un estanque, en busca de su alimento, al ser acometidos de improviso
por el rapaz halcon que se apodera de uno de ellos, se dispersan todos,
abandonando al prisionero sin cuidarse siquiera de librarlo de las
garras de su enemigo, así hizo aquella multitud en cuanto el valiente
Rugiero dió tras ella. A cuatro ó seis de los que fueron más lentos en
huir les cortó la cabeza á cercen con la mayor limpieza; hendió á otros
tantos hasta el pecho, y á muchos más hasta los ojos ó los dientes.
Verdad es que ninguno de ellos llevaba casco, sino cofias de brillante
hierro; pero aun cuando hubiesen sido yelmos del temple más fino, los
habria partido del mismo modo, ó poco menos.
No se encuentra en ningun caballero moderno la fuerza de que estaba
dotado Rugiero; fuerza que superaba á la del oso, á la del leon, y á
la de cualquiera de los animales conocidos: tal vez podria compararse
á la de un terremoto, ó á la del Gran Diablo[1], no el del Infierno,
sino el de mi Señor; que con su fuego hace retroceder al cielo, á la
tierra y al mar. Cada uno de sus golpes derribaba por lo menos un
hombre; con frecuencia dos, y algunas veces hasta cuatro ó cinco: así
es que pronto dejó ciento tendidos á sus piés. Su centelleante espada
cortaba el más duro acero cual si fuese blanda cuajada. Falerina forjó
aquella espada terrible en el jardin de Orgagna, para dar con ella la
muerte á Orlando, pero harto le pesó haberla fabricado, pues vió su
jardin destrozado con su propia obra; y si entonces causó tanta ruina
y tal estrago, ¿qué no deberia hacer á la sazon, manejada por un héroe
cual Rugiero? Si alguna vez se sintió este guerrero poseido de furor;
si hizo alarde de su fuerza; si dió las más ostensibles pruebas de su
valor indomable, nunca como entonces lo sintió, lo hizo ó las dió,
creyendo batirse por su amada. Las turbas se defendian de él, ni más
ni menos que una liebre perseguida por galgos: muchos fueron los que
quedaron en el sitio; infinitos los que huyeron.
[1] Nombre bajo el cual se designaba vulgarmente una enorme
pieza de artillería que poseia el duque de Ferrara en tiempo de
Ariosto.
[Ilustración: Rugiero salva á Riciardeto, condenado á perecer en las
llamas.
(Canto XXV.)]
La dama habia desatado entre tanto las ligaduras que al jóven
sujetaban, y le armó como pudo, presentándole un escudo y una espada:
al verse libre el ofendido mancebo, procuró vengarse á su sabor de
aquella gente, y dió tan evidentes muestras de su vigoroso brazo, que
en breve fué tenido por valiente y esforzado. Ya habia sepultado el
Sol sus doradas ruedas en los mares de Occidente, cuando el victorioso
Rugiero salió con su protegido de la ciudad. Luego que el doncel se
halló en completa seguridad fuera de las puertas, dió á su libertador
una y mil veces las gracias, con palabras nobles y delicadas y gentil
donaire, por haberle socorrido, á pesar de no conocerle, arriesgando
para ello su vida, y terminó rogándole que le dijese su nombre, á fin
de saber á quién debia tanto agradecimiento.
--Esas son, decia entre sí Rugiero, las bellas facciones, la graciosa
apostura y el rostro encantador de Bradamante; pero su dulce voz no
es la que oigo, ni el modo de manifestarme su gratitud es el que ella
usaria con su leal amante. Pero si es en efecto Bradamante, ¿cómo ha
podido olvidar tan pronto mi nombre?
Para asegurarse de la verdad, Rugiero dirigió con cierta astucia al
mancebo esta pregunta:
--Estaba pensando en que os he visto en otra parte, y por más que
esfuerzo mi imaginacion, no sé ni puedo recordar en qué sitio: ¿quereis
decírmelo vos, si os acordais, y quereis decirme tambien vuestro
nombre, á fin de saber á quien ha salvado hoy de las llamas mi oportuno
socorro?
--Bien podrá ser que me hayais visto en otra parte, respondió el
jóven; pero á mi vez ignoro dónde y cuándo, porque tambien yo voy
recorriendo el mundo en busca de aventuras. Es posible asimismo que
hayais visto á una hermana mia, que viste armadura y ciñe espada:
somos mellizos, y nuestra semejanza es tal, que ni los individuos de
nuestra familia pueden distinguirnos á uno de otro. No sois el primero,
ni el segundo, ni el cuarto de los que han incurrido en este error,
tanto más disculpable, cuanto que caen con frecuencia en él nuestro
padre, nuestros hermanos y hasta nuestra madre. En lo único que me
diferenciaba de mi hermana era en los cabellos, que yo llevo cortos y
descuidados como hacen los demás hombres, al paso que ella los tenia
largos y trenzados en derredor de la cabeza; pero desde que recibió
en la cabeza una herida, cuyo motivo seria harto prolijo referir, y
un siervo de Dios le cortó la cabellera á la altura de la oreja para
curarla, no ha quedado una sola señal que nos distinga, excepcion hecha
del sexo y el nombre. Yo me llamo Riciardeto, ella Bradamante, y ambos
somos hermanos de Reinaldo. Y si no fuera por temor de molestaros,
os referiria una aventura que os dejaria asombrado, originada por mi
semejanza con mi hermana, y que si al principio me causó algun placer,
trocóse pronto en acerbo disgusto.
Rugiero, para cuyo oido no habia versos tan armoniosos ni historias tan
halagüeñas como cuanto tuviera relacion con su amada, dirigió las más
vivas instancias á Riciardeto para que le refiriera aquella aventura:
el jóven, accediendo á ellas, prosiguió hablando de esta suerte:
--Sucedió en aquel tiempo, que pasando mi hermana por uno de los
bosques próximos, fué herida por la saeta de un sarraceno, en ocasion
en que no llevaba puesto el yelmo, viéndose obligada á cortarse sus
largos cabellos para sanar de la peligrosa herida que recibiera en
la cabeza. Restablecida y rapada, como digo, volvió á internarse en
el bosque, y vagando por él, llegó á un manantial al que prestaban
los árboles grata sombra. Como estaba rendida y disgustada, se
apeó del caballo, quitóse el casco, y quedó en breve dormida sobre
la fresca yerba. No creo que pueda contarse una fábula más bella ni
extraordinaria que esta aventura. Mientras descansaba Bradamante,
acertó á pasar por allí Flor-de-Espina de España, que andaba cazando
por el bosque, y cuando tropezó con mi hermana que estaba completamente
armada, pero con la cabeza descubierta, y ceñia una espada en vez de
empuñar una rueca, creyó hallarse en presencia de un caballero. Tanto
tiempo estuvo contemplando su hermoso rostro y su varonil aspecto, que
quedó prendada de mi hermana; é invitándola á cazar, se alejó de sus
compañeras, y se ocultó con ella en lo más espeso del bosque.
»Así que hubo llegado á un sitio solitario en donde no temia que la
sorprendieran, con sus palabras y acciones fué poco á poco descubriendo
la aguda herida de su corazon traspasado; sus ojos ardientes, sus
abrasados suspiros no tardaron en descubrir el deseo que consumia
su alma; su rostro perdia el color y se encendia alternativamente,
hasta que por último, fuera de sí, se atrevió á darle un beso. Mi
hermana habia conocido desde luego la equivocacion que aquella dama
padecia; pero, imposibilitada de satisfacer sus deseos, se encontraba
en el mayor compromiso.--«Mejor será, decia entre sí, apresurarme á
deshacer su error, revelándole mi verdadero sexo, que consentir en que
me tenga por un caballero descortés.»--Y decia la verdad; porque era
una villanía, propia tan solo de un hombre hecho de estuco, dejarse
requebrar por tan linda doncella, llena de dulzura y de amorosa pasion,
y entretenerla con palabras vanas permaneciendo con las alas bajas como
un buho. Procuró, pues, con la mayor prudencia descubrirle la verdad,
manifestándole que era tambien una doncella, que buscaba la gloria
por medio de las armas, cual otra Hipólita ó Camila; añadiendo que
habia nacido á orillas del mar de África, en la ciudad de Arcilla, y
que desde su edad más temprana se habia ejercitado en el manejo de la
espada y de la lanza.
»Esta confesion no apagó una sola chispa del fuego que abrasaba á la
enamorada doncella: tanto era lo que Amor habia profundizado su dardo,
que este remedio fué demasiado tardío para su penetrante herida. A
pesar de tal revelacion, no le pareció menos bello el rostro, menos
bella la mirada, ni menos bellos los atractivos todos de mi hermana;
así como tampoco logró recobrar su corazon, que, separado de su pecho,
se solazaba en los amados ojos de Bradamante. Imaginó que, mientras
la viera cubierta con su armadura, tal vez podria conseguir que no
la consumieran sus mismos deseos; mas cuando consideraba que era una
mujer, suspiraba, gemia, y demostraba el dolor más vivo. Cuantos
hubiesen escuchado aquel dia sus querellas y sus llantos, habrian
llorado seguramente con ella.--«¡Qué tormentos, decia, ha habido tan
crueles que no lo sean más los mios! Fácil me habria sido alcanzar el
término deseado de cualquier otro amor, inocente ó culpable; habria
sabido separar la rosa de las espinas; solo á mi anhelo no hallaré fin.
¡Oh Amor! si has querido atormentarme, porque te pesaba mi feliz y
tranquilo estado, debieras contentarte con hacerme sentir los martirios
que impones á los demás amantes. Entre los hombres y los animales,
jamás he visto que la hembra ame á la hembra: nunca ha seducido la
belleza de una mujer á otra, así como la cierva no se ha enamorado
de otra cierva, ni la oveja de otra oveja. De cuantos seres existen
en la tierra, en el aire y en el mar, yo soy la única que padece tan
insoportable martirio: sin duda has pretendido que mi lastimoso error
sea el ejemplo más terrible de tu inmenso poder. La esposa del rey
Nino[2], al amar á su propio hijo, sintió deseos tan nefandos como
impuros: la pasion que concibió Mirra por su padre y la Cretense por
el toro[3] fué odiosa sin duda; pero la mia es más insensata que todas
ellas. La hembra se enamoró del varon, esperó el fin de sus deseos y lo
consiguió: Pasifae se metió en una vaca de madera para lograrlo, así
como otros lo realizaron por varios medios y de diferentes modos; pero
aunque me socorriese Dédalo[4] con todo su ingenio, no podria desatar
el nudo que formó con demasiada habilidad el poderoso Hacedor de cuanto
existe en la naturaleza.»
[2] Semíramis, reina de Babilonia.
[3] Pasifae, mujer de Minos, rey de Creta, que se enamoró, segun
la Fábula, de un toro, y segun algunos autores, de un general
llamado Taurus.
[4] Célebre mecánico ateniense, que construyó la vaca de madera
en que se encerró Pasifae para satisfacer sus bestiales deseos.
»Tales eran las quejas y lamentos de la hermosa doncella, que se
consumia interiormente, sin poder recobrar la perdida calma. Tan
pronto se golpeaba el rostro, como se mesaba los cabellos ó procuraba
vengarse de sí contra sí misma. Mi hermana no pudo menos de condolerse
de aquella afliccion y derramar algunas compasivas lágrimas, procurando
calmar tan loca como vana pasion; pero se esforzaba inútilmente
en consolarla. Flor-de-Espina, que deseaba auxilio y no consuelo,
continuaba lamentándose más y más, y exhalando incesantes sollozos.
Empezaban ya los últimos rayos del Sol á teñir de púrpura el Occidente,
y se aproximaba la hora de que buscara más seguro asilo todo el que no
quisiera pasar la noche en la selva, por lo cual la doncella ofreció á
Bradamante hospitalidad en esta ciudad, poco distante del bosque. Mi
hermana no pudo resistir á sus ruegos y llegó en su compañía al sitio
en que la muchedumbre perversa y cruel me habria arrojado á las llamas,
si no os hubiéseis presentado.
»Flor-de-Espina dispuso que acogiesen á mi hermana con el mayor
agasajo, é hizo además que trocara su férrea armadura por un rico
traje propio de su sexo, para que todos conocieran que era una mujer
la que la habia acompañado; pues comprendiendo que ninguna utilidad
le reportaria el aspecto varonil de mi hermana, deseaba por lo menos
evitar las malignas suposiciones que no dejarian de hacerse al verla
tan afectuosa con un caballero. Lo hizo tambien con el objeto de ver si
podia desechar totalmente de su imaginacion el error en que la habia
hecho incurrir el traje guerrero de Bradamante, contemplándola más
detenidamente vestida con el que le era adecuado y le revelaba toda
la verdad. Aquella noche participaron ambas del mismo lecho, pero su
reposo fué muy diferente; pues mientras la una dormia, la otra gemia
y lloraba, lamentándose de que su deseo fuera cada vez más ardiente.
Si el sueño cerraba por algunos momentos sus párpados, la atormentaban
imaginarios ensueños, figurándose ver que el cielo le concedia que
Bradamante trocara su sexo por otro mejor. Cuando un enfermo, devorado
por la sed, logra conciliar el sueño, mientras le abrasa la fiebre,
en medio de su agitado reposo se le aparecen las cristalinas aguas de
todos los manantiales que recuerda: Flor-de-Espina, lo mismo que el
sediento enfermo, veia entre sueños las imágenes más deliciosas y más
propicias á sus deseos; pero al despertarse, tropezaba siempre con la
triste realidad. ¡Cuántas súplicas, cuántas promesas hizo durante toda
la noche á Mahoma y á todos los Dioses para que por medio de un milagro
sorprendente y ostensible cambiaran á Bradamante en mejor sexo! Todos
fueron inútiles y quizás el cielo no hizo otra cosa sino reirse de ella.
»Pasó la noche, y Febo sacó del seno de las ondas su blonda cabellera,
iluminando el mundo. En cuanto apareció el dia y dejaron ambas el
lecho, sintió Flor-de-Espina aumentarse su dolor; pues Bradamante,
que anhelaba salir de tan embarazosa situacion, manifestó que debia
ausentarse. La bella princesa quiso que se llevara en memoria suya un
magnífico corcel, enjaezado con franjas de oro, y además una sobrevesta
ricamente tejida por sus propias manos. Despues de haberla acompañado
hasta una larga distancia, regresó á su palacio, derramando copiosas
lágrimas.
»Mi hermana caminó con tal rapidez, que aquel mismo dia llegó á
Montalban. Nuestra madre y todos nosotros la recibimos poseidos del
mayor júbilo; porque careciendo de noticias suyas estábamos con el
mayor cuidado por ella y llegamos á temer que hubiese muerto. Al
quitarse el casco, reparamos en que habian desaparecido las hermosas
trenzas que hasta entonces rodeaban su cabeza; examinamos tambien
maravillados la peregrina sobrevesta que llevaba, y entonces ella
nos refirió desde el principio al fin todo cuanto acabo de narraros,
diciéndonos cómo fué herida en el bosque; cómo se vió precisada á
permitir que le cortaran los cabellos para curar su herida; cómo la
sorprendió, mientras estaba durmiendo á la orilla de un arroyo, una
linda cazadora, á quien dejó prendada su falsa apariencia, y cómo se
retiró con ella á un sitio apartado. Nos habló tambien de la afliccion
de Flor-de-Espina, que nos conmovió sobremanera, y por último, nos
participó su permanencia en el castillo, y todo cuanto hizo hasta
regresar á nuestro lado.
»Yo conocia á Flor-de-Espina por haberla visto en Zaragoza y luego
en Francia: sus lindos ojos y sus tersas mejillas me habian agradado
en extremo; pero no dejé que tomaran cuerpo mis deseos, convencido de
que es un sueño ó una locura el amor sin esperanza. Al presentárseme
entonces aquella ocasion tan propicia, sentí de improviso que se
reavivaba en mi pecho la antigua llama. Amor se valió de esta esperanza
para tejer las redes en que de otra suerte no me hubiera prendido:
caí entonces en ellas, y él me inspiró medios más á propósito para
conseguir de aquella doncella lo que yo deseaba. Mi estratagema no
podria menos de tener buen éxito; pues así como mi semejanza con mi
hermana habia engañado á muchos, tal vez engañaria del mismo modo á
la apasionada jóven. Estuve por algunos momentos indeciso; pero al
fin me pareció que siempre es bueno procurarse lo que nos agrada. No
participé á nadie mi proyecto, ni quise que nadie me diese su parecer
con respecto á él. Durante la noche, fuí al sitio donde mi hermana
tenia recogidas sus armas; me las puse, y salí del castillo cabalgando
en el corcel de Bradamante, sin detenerme siquiera á esperar que
amaneciese. Guiado por el amor, fuí á buscar á la bella Flor-de-Espina,
y llegué á su palacio antes de que el Sol se ocultara de nuevo. Por
dichoso se tuvo el que consiguió antes que nadie anunciar á la Reina mi
llegada, esperando, en recompensa de tan buena noticia, obtener gracias
y favores: como todos participaban del error en que tambien vos habeis
incurrido, me habian tomado por Bradamante, con tanto mayor motivo,
cuanto que yo llevaba el traje y el caballo con que habia salido mi
hermana el dia anterior.
»A los pocos momentos salió Flor-de-Espina á recibirme, colmándome
de las más tiernas caricias, con rostro tan radiante de júbilo, que
no podia demostrarse más. Rodeó mi cuello con sus hermosos brazos,
y estrechándome suavemente, me besó en la boca. Podeis pensar si el
agudo dardo que entonces me disparó el amor dejaria traspasado mi
corazon. Cogióme de la mano, y me condujo presurosa á su cámara, donde
me quitó el yelmo, las espuelas y las armas, sin querer confiar á nadie
este cuidado. Ordenó despues que trajeran uno de sus trajes más ricos
y lujosos; lo desdobló por sí misma y se puso á vestirme como si yo
fuese en efecto una mujer, encerrando, por último, mis cabellos en una
redecilla de oro. Yo procuraba que en mis miradas y en mi expresion se
retratase la mayor modestia, lo que conseguí tan bien, que ninguno de
mis ademanes revelaba mi sexo; y como por la voz se me podia tal vez
conocer, procuré fingirla de modo, que nadie concibió la menor sospecha.
»Entramos despues en un salon, donde se hallaban reunidos muchos
caballeros y damas, de los cuales fuimos recibidos con los honores que
se conceden á las reinas y grandes señoras. Más de una vez tuve ocasion
de reirme de aquellos señores, que no sabiendo que bajo aquel traje
femenil se ocultaba un hombre gallardo y animoso, me enamoraban con
sus miradas lánguidas ó lascivas. Cerca ya de media noche, y despues
de levantar la mesa, que habia estado cubierta de los manjares más
exquisitos que ofrecia la estacion, no esperó Flor-de-Espina á que yo
solicitase de ella lo que habia sido causa de mi estratagema, sino que
me invitó galantemente á que durmiese aquella noche con ella. Despues
que nos hubieron dejado solos los pages, los escuderos, las doncellas y
las dueñas que nos servian, y cuando ya estuvimos desnudos en un lecho
iluminado por tantas luces que parecia de dia, dirigí á Flor-de-Espina
estas palabras:
--»No os maravilleis, señora, de haberme visto regresar tan pronto á
vuestro lado, cuando tal vez estaríais pensando en que no volveria
á hallarme en vuestra presencia sabe Dios hasta cuando. Os diré en
primer lugar la causa de mi marcha, y despues la de mi regreso. Si mi
permanencia aquí hubiese bastado para calmar vuestros ardorosos deseos,
habria consentido de buen grado en no separarme de vuestro lado un solo
momento, conceptuándome feliz con vivir y morir en vuestro servicio;
pero en vista que mi presencia solo servia para aumentar vuestra
afliccion, elegí, á falta de otro medio mejor, el de ausentarme. El
hado sin duda me apartó del camino recto, é hizo que me internara en
un bosque inextricable, en el que oí cercanos lamentos, cual si fueran
despedidos por una mujer en demanda de auxilio. Corrí hácia donde
resonaban, y á la orilla de un lago cristalino ví á un fauno, que
acababa de coger en sus redes á una doncella desnuda, á la que habia
sacado del agua con objeto de devorarla viva. Me precipité sobre él,
y con la espada en la mano, porque no me era dado socorrerla de otro
modo, arranqué la vida al infame pescador. La doncella se arrojó al
momento al agua y me dijo:--«Tu auxilio no quedará sin recompensa,
porque sabré premiarte espléndidamente: pídeme lo que quieras: soy
una Ninfa que vive en el seno de estas linfas transparentes, y tengo
suficiente poder para hacer las cosas más asombrosas, y hasta para
que obedezcan á mi voz los elementos y la naturaleza. Pídeme todo
aquello á que se extienda mi valimiento, y despues deja á mi cuidado la
satisfaccion de tus deseos. A mis cánticos baja la Luna desde el Cielo,
se hiela el fuego y se solidifica el aire, y más de una vez han bastado
mis más sencillas palabras para hacer temblar la Tierra y detener al
Sol en su curso.»--Yo no pedí, á pesar de tantos ofrecimientos, ni
los más preciados tesoros, ni dominar pueblos y naciones, ni brillar
doblemente por mi virtud y mi valor, ni vencer con honor en todos
los combates: únicamente solicité de ella que me allanara un camino
cualquiera para satisfacer vuestros deseos, sin indicarle este ó el
otro medio, sino dejándolo enteramente á su arbitrio. Apenas le hube
expuesto mi demanda, cuando se sepultó otra vez en el lago, y por
única respuesta me roció con algunas gotas de agua encantada. Apenas
me alcanzaron varias de ellas al rostro, me encontré, sin saber cómo,
enteramente transformada, y aun cuando lo veo y lo siento, no puedo dar
crédito á una metamórfosis, que de mujer me ha convertido en hombre.
Vos tampoco lo creeríais si no os fuera fácil convenceros ahora mismo
de ello. Como todo mi anhelo se cifra en complaceros, lo mismo ahora
que cuando pertenecia á otro sexo, mandad, y me encontrareis dispuesto
siempre á serviros y obedeceros.»
»Así le dije, y Flor-de-Espina no tardó en convencerse de la verdad de
mis palabras. Sucede con frecuencia al que ha perdido la esperanza de
alcanzar una cosa ardientemente deseada, que mientras más se lamenta
por verse privado de ella, más se aflige, se atormenta y encoleriza,
y si bien llega á conseguirla, es tanto el pesar que siente por haber
estado largo tiempo sembrando en la arena, y tan malos los resultados
de la desesperacion, que no puede dar crédito á sus ojos y permanece
en la mayor confusion. Esto mismo le aconteció á la jóven que, á pesar
de haberse persuadido de la realidad, temia aun ser presa de un sueño
halagador. Convencida, por último, exclamó fuera de sí: «¡Oh cielos,
si esto es tan solo un sueño, haced que no despierte nunca!»--No fué
necesario el agudo sonido de los clarines ni el ruido atronador de los
tambores para empezar el amoroso asalto; bastaron como señal para
darlo los besos que, cual amantes palomas, empezamos á cambiarnos, y
sin necesidad de saetas ni de hondas, me apoderé de la fortaleza en que
planté mi estandarte victorioso, humillando á mi dulce enemiga.
»Si el lecho de Flor-de-Espina habia sido la noche anterior testigo de
sus quejas y suspiros, en aquella lo fué de nuestras risas, fiestas y
suaves placeres. Los flexibles acantos no entrelazan más estrechamente
con sus nudos las columnas y los capitales, como pasamos toda la noche
Flor-de-Espina y yo en brazos uno de otro.
»Oculto entre ambos el secreto de nuestro amor, disfrutamos de
sus placeres por espacio de algun tiempo; mas no faltó quien lo
descubriera, y hasta llegó á oidos del Rey, por mi desgracia. Vos,
señor, que me habeis arrancado de las manos de los que encendieron la
hoguera en la plaza, comprendereis fácilmente el resto; pero solo Dios
conoce el desconsuelo en que he quedado.»
[Ilustración: Rugiero y Riciardeto llegan al castillo de Agrismonte.
(Canto XXV.)]
En tales términos refirió Riciardeto sus aventuras á Rugiero, haciendo
con este relato menos pesada su nocturna marcha, mientras subian por
un monte rodeado de peñascos y precipicios. Un escarpado sendero,
angosto y lleno de rocas, les abria camino con fatigosa llave. En la
cima de aquel monte se asentaba el castillo de Agrismonte del que era
gobernador Aldigiero de Claramonte: este era hijo bastardo de Buovo
y hermano de Malagigo y de Viviano, aunque algunos, con temerario
aserto, han asegurado que era hijo legítimo de Gerardo. Pero fuese
lo que quiera, lo cierto es que era valeroso, prudente, liberal,
cortés y humano, y guardaba dia y noche cuidadosamente el castillo
fraternal. Aldigiero, que amaba en extremo á su primo Riciardeto,
dispensó á Rugiero la cortés acogida que le era debida, y Rugiero
le correspondió del mismo modo por respetos á su jóven compañero. Sin
embargo, no salió á su encuentro tan alegremente como solia, sino que
los acogió con triste semblante, por haber recibido aquel dia una
noticia que anubló la ordinaria serenidad de su corazon y de su rostro.
En vez de saludar á Riciardeto, le dijo:
--Primo mio, tenemos malas noticias: he sabido hoy por conducto de
un mensajero de toda confianza, que el infame Bertolagio de Bayona
ha convenido con la cruel Lanfusa en que le haria presentes de gran
valor, con tal que ella le entregara á nuestros dos hermanos Malagigo
y Viviano. Desde el dia en que Ferragús los hizo prisioneros, los ha
tenido Lanfusa encerrados en un sitio malsano y privado de la luz
del dia, hasta el momento en que ha ajustado con Bertolagio el pacto
bárbaro y desleal de que te hablo. Mañana los debe entregar al de
Maguncia en uno de sus castillos, situado en los confines de Bayona. Él
mismo debe ir en persona á pagar el precio de la sangre más ilustre que
existe en Francia. Acabo de avisar á nuestro Reinaldo lo que ocurre,
por medio de un mensajero diligente; pero no creo que pueda llegar á
tiempo, porque el camino es largo y penoso. No cuento con bastante
gente para salir de estas murallas, y si bien mi deseo es grande, los
medios no me acompañan. Si aquel traidor logra tenerlos en su poder,
los inmolará sin remedio: así es que no sé qué hacer ni qué decir.
Mucho afligió á Riciardeto tan triste nueva; y Rugiero, al ver pesaroso
á su amigo, se contristó tambien; mas observando que uno y otro
guardaban silencio, y que no se les ocurria ningun medio para evitar
aquel conflicto, les dijo con su decision habitual:
--Calmad vuestra inquietud; que yo solo me encargo de esta empresa:
este acero que veis valdrá por mil, tratándose de libertar á vuestros
hermanos. No necesito más gente ni más ayuda; pues me considero
bastante para cumplir yo solo lo que ofrezco: únicamente os pido un
guia que me conduzca al sitio donde debe tener efecto el cange, y en
cambio os prometo que desde aquí habeis de oir los gritos de cuantos
presencien tan impía accion.
Así exclamó, y por cierto que no dijo una cosa nueva para Riciardeto,
que ya habia tenido ocasion de ser testigo de sus proezas; pero
Aldigiero le oia como se suele escuchar á un hombre que habla mucho y
sabe poco. Riciardeto le llamó aparte y le refirió cómo, merced á él,
acababa de librarse de las llamas, asegurándole que cuando llegara la
ocasion sabria hacer mucho más de lo que prometia. Entonces Aldigiero
le escuchó con mayor atencion, formó de él el concepto que por su
valor merecia, y le ofreció una cena abundante y espléndida en la
cual le dispensó los mismos honores que si fuese su señor. Habiendo
convenido, por último, en que era posible rescatar á los dos hermanos
sin necesidad de más ayuda, se retiraron á descansar, y pronto cerró
el sueño los párpados de todos los moradores del castillo, excepto
los de Rugiero, que permaneció despierto, molestado por una punzante
idea Pesaba cual una losa sobre su corazon la noticia del peligro
en que se hallaba Agramante, segun le habia participado aquel mismo
dia el mensajero de dicho rey. Veia claramente que la menor demora
en socorrerle redundaba en su deshonor, y consideraba con espanto la
infamia, el escarnio que sobre él recaerian, yendo con los enemigos
de su señor. ¡Y cuán grande no seria su falta, y el desprecio con
que todos le mirarian, si escogiera tal momento para bautizarse! En
cualquiera otra circunstancia hubiérase creido que su conversion era
inspirada por una verdadera fé; pero entonces, cuando más necesitaba
Agramante de su auxilio para romper el cerco en que le tenian
estrechado, todos hubieran creido que la cobardía y la pusilanimidad,
y no la conviccion de abrazar una creencia más pura, eran los móviles
verdaderos de su determinacion.
Esta idea fatal traspasaba el corazon de Rugiero, aunque tampoco dejaba
de atormentarle la de tener que ausentarse sin despedirse de su amada.
Asaltado sin cesar por tan encontrados pensamientos, tan pronto se
decidia su vacilante corazon por unos como por otros. Por mucho tiempo
tuvo formado el designio de ir á buscar á Bradamante al castillo de
Flor-de-Espina, adonde debian haberse dirigido los dos para salvar
á Riciardeto. Acordóse despues de que le habia prometido esperarla
en Valleumbroso, y consideraba cuál seria el asombro de la doncella
al encontrarse en el monasterio sin su amante. ¡Si al menos pudiera
enviarle un mensajero ó una carta, á fin de que ella no tuviese que
lamentarse de la poca obediencia de su Rugiero y de que él se hubiese
alejado sin decirle una palabra!
Despues de haber forjado mil distintos pensamientos, se decidió á
escribir á Bradamante cuanto le ocurria, y aun cuando no sabia cómo
enviarle la carta de modo que llegara á sus manos con toda seguridad,
no quiso dejar de hacerlo, esperando que por el camino podria
fácilmente encontrar algun mensajero fiel. Sin más tardanza, saltó
del lecho y pidió papel, tinta, plumas y luz. Los cautos y discretos
escuderos del castillo facilitaron á Rugiero cuanto les habia pedido,
y él se puso á escribir, empezando su carta por los cumplimientos de
costumbre: en seguida hizo la relacion del mensaje que habia recibido
de Agramante reclamando su auxilio y asegurándole al propio tiempo
que si no se apresuraba á prestárselo quedaria muerto ó en poder de
los enemigos. Continuó luego haciendo ver á su amada el baldon eterno
que caeria sobre él si se negaba á prestar á su rey el auxilio que le
pedia en su peligro inminente, y añadió que, debiendo ser su esposo
tarde ó temprano, le era forzoso preservar su honor de toda mancha,
que le haria indigno de ella, modelo de virtud y lealtad. Procuró
despues persuadirla de que, si habia dedicado su vida entera á adquirir
un ilustre renombre por medio de sus acciones virtuosas, y si, una
vez conseguido tan levantado objeto, lo tenia en mucho y anhelaba
conservarlo á toda costa, ahora lo procuraba más y más á fin de hacerla
partícipe de él, puesto que cuando les uniera el dulce yugo de himeneo
no formarian sino una sola alma unida en dos distintos cuerpos.
Reprodujo en su carta la promesa que hiciera verbalmente á Bradamante,
ofreciéndole de nuevo que en cuanto finalizara el plazo durante el
cual estaba obligado á servir lealmente á su rey, y dado caso de que
no muriese, se convertiria á la fé cristiana tan ostensiblemente como
en secreto y por su voluntad habia creido siempre en ella, y que
inmediatamente pediria su mano á Reinaldo, á su padre y á sus demás
parientes.
«Te suplico, añadió, que me concedas permiso para salvar al ejército
de mi Señor, á fin de sellar los lábios del vulgo ignorante, que no
dejaria de decir, para vergüenza y baldon mio:--«Mientras la fortuna se
mostró favorable á Agramante, Rugiero no le abandonó un solo momento;
pero ahora que ha pasado á favorecer á Cárlos, él se ha puesto al lado
del vencedor!»--Solo te pido quince ó veinte dias de término; el tiempo
necesario para presentarme en el campamento sarraceno, y poder romper
el grave asedio que le oprime. Una vez libres los africanos, buscaré un
pretexto justo y conveniente para volver á tu lado. A esto se reduce
cuanto solicito de tí para salvar mi honor; despues te consagraré el
resto de mi vida.»
Con estas ó semejantes frases fué Rugiero expresando en su carta
cuantos pensamientos se agolpaban á su imaginacion, los cuales fueron
tantos que no me es posible reproducirlos. Baste decir que no dió fin
á su epístola sino cuando hubo escrito todo el pliego. Despues de
concluida, la cerró y guardó en su pecho despues de sellarla, esperando
encontrar al dia siguiente quien la entregara en secreto á su dama.
Cuando tuvo cerrada la carta, cerró más tranquilo los ojos en el lecho,
hasta que acudió el sueño, rociando su cuerpo con las ramas empapadas
en el licor del Leteo: durmió hasta la hora en que se ven vagar esas
nubecillas blancas y sonrosadas, que van esparciendo por todos los
risueños límites del Oriente las más brillantes y matizadas flores.
No tardó en salir el dia de su áurea morada, y en cuanto los pájaros,
ocultos en la enramada, empezaron á saludar á la nueva aurora, saltó
del lecho Aldigiero, deseoso de servir de guia á Rugiero y á su primo,
para conducirlos cuanto antes al sitio en que debian arrancar á sus dos
hermanos del poder del infame Bertolagio. Al oirlo sus huéspedes, se
levantaron tambien con la mayor presteza. Luego que estuvieron vestidos
y bien armados, se puso Rugiero en marcha con los dos primos, despues
de haberles rogado en vano repetidas veces que le confiaran á él solo
el cuidado de aquella empresa; pero ellos, ardiendo en deseos de salvar
á sus hermanos, y no pareciéndoles decoroso abandonar á Rugiero, se
negaron á ello más firmes que las rocas, y no quisieron consentir en
que partiese solo.
Llegaron en el mismo dia al sitio en que debian ser vendidos los dos
hermanos: era una vasta llanura, abrasada por los ardientes rayos del
Sol: no se descubrian en ella mirtos, laureles, cipreses, fresnos ni
hayas: tan solo se veian plantas raquíticas ó alguno que otro humilde
arbusto, jamás molestado por el azadon ó por el arado. Los tres audaces
guerreros hicieron alto en un sendero que atravesaba la llanura y
vieron venir hácia ellos un caballero, que llevaba una armadura
con adornos de oro, y por enseña, en campo verde, el ave hermosa y
peregrina que vive más de un siglo. Pero basta ya, Señor; que he
llegado al final de este canto, y necesito descansar algunos momentos.