Los tres guerreros paganos y el valiente Rugiero obligan á Carlomagno
á refugiarse en Paris.--Cunden las rencillas en el campamento
africano, hasta tal extremo que el Rey se reconoce impotente para
calmar los ánimos.--El rey de Argel, despechado al ver que su dama se
ha decidido por Mandricardo, abandona el campamento.
La mayor parte de las determinaciones de las mujeres producen mejor
resultado cuando son efecto del primer arranque de su viva imaginacion,
que si son fruto de una reflexion detenida; lo cual no deja de ser
un don especial con que, entre tantos y tantos, las ha favorecido
pródigamente el Cielo: no sucede lo mismo con respecto á las decisiones
de los hombres; pues suelen salirles mal cuando no las han meditado con
madurez, cuando no han pesado detenidamente todas las circunstancias
que pueden acompañarlas, ó no han empleado mucho tiempo y mucho estudio
antes de ponerlas por obra.
En el primer momento pareció excelente la estratagema de Malagigo; mas
desgraciadamente no fué así, por más que, como he dicho, se librara
merced á ella de un inminente peligro su primo Riciardeto. Al evocar
Malagigo al espíritu infernal, lo hizo con el objeto de alejar de
aquel sitio á Rodomonte y al hijo del rey Agrican; pero no tuvo en
cuenta que el demonio los conduciria á causar gran daño en el ejército
cristiano. Si hubiese tenido tiempo para reflexionar en lo que iba á
hacer, debe suponerse que habria podido salvar con la misma facilidad
á su primo, sin causar el menor perjuicio á las tropas cristianas.
¿No podia haber ordenado al espíritu que se llevara á la doncella
hácia Oriente ú Occidente, y alejarla tanto, que no se volvieran
á tener noticias suyas en Francia? Sus amantes la habrian seguido
hácia cualquier otro punto, lo mismo que la seguian hácia Paris; pero
esta consideracion pasó desapercibida á Malagigo por causa de su
precipitacion, y el Ángel rebelde arrojado del Cielo, ansioso siempre
de estrago, sangre y ruina, emprendió el camino más á propósito para
afligir á Carlomagno, por lo mismo que el mágico no le prescribió la
direccion que debia seguir.
El palafren que tenia el demonio en el cuerpo, continuó llevándose á
la aterrada Doralicia, sin que los rios, los fosos, los bosques, las
lagunas, las montañas ni los precipicios fueran un obstáculo para
detenerle en su desatentada carrera. Atravesó con ella del mismo modo
por en medio de los campos francés é inglés, y por entre todas las
tropas agrupadas en torno de la enseña de Cristo, y no paró hasta
llegar á la tienda del rey de Granada, padre de Doralicia.
Rodomonte y el hijo de Agrican pudieron seguirla algun tiempo durante
el primer dia, pues no dejaron de divisarla, aunque á lo lejos; pero de
pronto la perdieron de vista, y entonces fueron en pos de sus huellas,
como el sabueso acostumbrado á seguir el rastro de la liebre ó del
cabritillo, y no cesaron de andar hasta que hubieron llegado al campo
sarraceno, donde supieron que Doralicia estaba ya en poder de su padre.
¡Mucho cuidado necesitas ahora, oh Cárlos; pues se amontona tanta
cólera sobre tí, que no sé cómo podrás librarte de ella! Y no solo
debes precaverte de esos dos guerreros tan temibles, sino tambien del
rey Gradasso, que avanza con Sacripante, dispuestos ambos á volver sus
armas contra tí. Mientras tanto la veleidosa Fortuna, para aumentar tu
martirio, te priva al mismo tiempo de las dos brillantes antorchas de
ciencia y de valor, que hasta ahora te habian acompañado, dejándote
sumido en las tinieblas más profundas. Me refiero á Orlando y á
Reinaldo: el primero, enteramente loco y además furioso, vaga desnudo
por montes y llanuras, soportando del mismo modo la lluvia, el frio
y el calor: el segundo, cuyo juicio no está mucho más sano, se aleja
de tí precisamente cuando su auxilio es más necesario, y camina á la
ventura por ver si halla el menor vestigio de su adorada Angélica.
Recordareis que al principio de esta historia os dije, que un viejo y
fementido encantador habia hecho creer á Reinaldo que Angélica huia
con Orlando, y herido entonces su corazon por los celos más terribles
que ha podido sentir amante alguno, se dirigió á Paris, en cuya
ciudad le tocó por suerte el encargo de pasar á Bretaña en demanda de
socorro. Terminada la batalla en que le correspondió el honor de haber
encerrado á Agramante en su campo, regresó á Paris, y registró todos
los conventos de monjas, las casas y recintos fortificados, siendo
tan minuciosas sus pesquisas, que de seguro habria encontrado á su
Angélica, como no estuviese emparedada. No viendo en ningun sitio á su
amada ni á Orlando, prosiguió con nuevo ardor sus investigaciones por
fuera de Paris.
Sospechó que su rival se la habria llevado á Anglante ó á Brava[24],
donde estaria gozando tranquilamente de sus encantos entre fiestas
y placeres, y marchó á uno y otro punto sin obtener mejor resultado.
Volvió de nuevo á Paris, creyendo que no podria menos de encontrar
al Paladin en el camino, porque su ausencia no dejaba de tener
inconvenientes. Permaneció uno ó dos dias en aquella ciudad, y viendo
que Orlando no llegaba, dirigióse otra vez á Anglante y á Brava, donde
procuró adquirir noticias suyas; y cabalgando dia y noche, así en
las frescas horas de la mañana, como en las ardientes del medio dia,
lo mismo á la luz del Sol, que á la claridad de la Luna, recorrió el
camino de Paris á dichas ciudades, no ya una, sino doscientas veces.
[24] Antiguas ciudades de Francia, llamadas hoy Angers y Blaye.
Entre tanto, el antiguo adversario del género humano, el que incitó
á Eva á arrancar con mano culpable la manzana prohibida, fijó sobre
Cárlos sus torvas miradas, un dia que el valiente Reinaldo se hallaba
ausente; y viendo el estrago que en aquella ocasion podia causar en el
pueblo cristiano, concitó contra él todos los guerreros más escogidos
con que contaban los sarracenos. Inspiró á Gradasso y Sacripante, que
caminaban juntos desde que salieron del palacio encantado de Atlante,
la idea de acudir en auxilio del asediado monarca sarraceno, y destruir
el ejército del emperador Cárlos, sirviéndoles de guia al través de
países desconocidos, y haciendo de este modo más corto su viaje. Dió á
otro de los demonios que estaban á sus órdenes el encargo de apresurar
la marcha de Rodomonte y Mandricardo, siguiendo la ruta por donde su
otro colega obligaba á ir al caballo de Doralicia. Envió además otro
demonio para que Marfisa y Rugiero no permaneciesen ociosos; pero
el que guió á estos dos guerreros, procuró refrenar sus corceles,
haciendo de modo que llegaran al campamento con posterioridad á los
otros. Por esta razon, Marfisa y Rugiero se presentaron á Agramante
media hora despues que sus compañeros; pues queriendo el Ángel negro
y astuto causar la mayor pesadumbre á los cristianos, hizo lo posible
para impedir que la querella ocasionada por la posesion de Frontino
se reprodujese, estorbando sus planes, como indudablemente se habria
reproducido si hubiesen llegado Rugiero y Rodomonte al mismo tiempo.
Los cuatro primeros llegaron juntos á un sitio, desde el que podian
reconocer perfectamente las posiciones del ejército opresor y del
oprimido, y las banderas que ondeaban á merced del viento: celebraron
consejo, y resolvieron de comun acuerdo auxiliar á Agramante, á
pesar de Cárlos, y librarle del asedio que le tenia encerrado en su
campamento. Formaron en seguida un grupo compacto, y penetraron en
medio de los reales cristianos, gritando sin cesar: «¡África y España!»
y presentándose arrogantemente como enemigos. Las tropas francesas
empezaron á gritar á su vez: «¡A las armas, á las armas!» pero antes
sintieron los terribles golpes de los moros, y una gran parte de la
retaguardia huyó aun sin ser atacada, poseida de un terror pánico. El
resto del ejército cristiano, puesto en conmocion, se desordenó sin
saber la causa, que en concepto de muchos consistia en alguna disputa
trabada entre suizos ó gascones, segun su costumbre; mas como para la
mayor parte era todavía un misterio lo que pasaba, los soldados de cada
nacion se fueron agrupando en torno de sus banderas, á los toques de
los clarines ó los tambores, produciendo todo esto un estruendo que
retumbaba en el Cielo.
El gran Emperador, completamente armado, aunque con la cabeza
descubierta, estaba rodeado de sus paladines, y preguntaba en vano
el motivo del desórden que observaba en su ejército: con aspecto
amenazador, detuvo á los fugitivos, y vió con sorpresa que muchos
estaban heridos en el rostro ó en el pecho, que acudian otros con la
cabeza ó el cuello ensangrentados, y alguno con una mano ó un brazo
menos. Avanzó algun tanto, y halló un considerable número de sus
soldados tendidos en tierra, revolcándose horriblemente en un rojo
lago de su propia sangre, y sin que nadie los auxiliara en su agonía:
encontró el campo sembrado de cabezas, brazos y piernas separadas de
los cuerpos, y en fin, por donde quiera que fué, observó estremecido
los mismos estragos. El reducido grupo de los cuatro sarracenos,
digno de eterna y explendente fama, habia dejado una memorable y
sangrienta huella de su paso. Cárlos iba contemplando aquella espantosa
carnicería, tan asombrado como lleno de ira y de despecho, semejante á
aquel en cuya morada ha caido un rayo y va examinando con dolor todos
los destrozos que ha hecho en su camino.
Acababa de llegar apenas este primer auxilio á los parapetos del
campamento de Agramante, cuando por otro lado se presentó el animoso
Rugiero en compañía de Marfisa. Despues de haber recorrido una ó dos
veces con la vista la situacion de sitiados y sitiadores, y conocido
cuál era el camino mas breve para socorrer al monarca sarraceno,
embistieron con denuedo á los cristianos. Así como cuando se da fuego
á una mina, la llama devoradora recorre el largo surco de la negra
pólvora con una rapidez tal que la vista apenas puede seguirla, y se
oye despues el estruendo producido por los muros ó peñascos al ser
arrancados violentamente de su base, del mismo modo cayeron Rugiero
y Marfisa sobre los franceses, produciendo igual estrépito en su
embestida. Empezaron á dar tajos á diestro y siniestro, hendiendo
cabezas y cortando brazos y hombros de cuantos no se apresuraban á
dejarles el camino libre y expedito. El que haya observado el paso de
una tormenta, que, mientras hace sentir sus destructores efectos en
una parte de un valle ó de un monte, deja libre de ellos á la otra,
podrá figurarse el paso de Rugiero y de Marfisa por el campamento
cristiano.
Muchos de los que habian huido del furor de Rodomonte y sus tres
compañeros, daban gracias á Dios por haberles concedido unas piernas
tan ligeras; pero encontrándose luego por su desgracia con Rugiero y
Marfisa, conocian, al ver su esperanza burlada, que el hombre, tanto
si huye como si permanece firme, no es dueño de evitar su buen ó mal
destino; pues el que se escapa de un peligro cae bien pronto en otro,
y paga su merecido á costa de su cuerpo, pareciéndose entonces á la
tímida zorra, que al sentirse sofocada por el humo y el fuego colocado
por el cazador á la entrada de su madriguera, sale de ella con sus
hijuelos esperando salvarse, y va á parar entre los dientes de los
perros que la aguardan para despedazarla.
Marfisa y Rugiero, despues de atravesar el campo cristiano, llegaron
ilesos al de los sarracenos, donde todos elevaron al Cielo sus ojos,
dándole gracias por tan feliz acontecimiento. Desapareció como por
encanto el temor que les infundian los paladines; el infiel más
acobardado se mostraba ya dispuesto á combatir con un centenar de
enemigos, y resolvieron unánimemente renovar las hostilidades sin
dilacion alguna.
Pronto atronaron el espacio con sus bélicos sonidos las trompas, las
bocinas y las chirimías moriscas; y se vieron tremolar á impulsos
del viento las banderas y estandartes africanos. Los capitanes de
Cárlos reunian tambien á los alemanes, britanos, franceses, italianos
é ingleses, trabándose á los pocos momentos una pelea espantosa y
sangrienta. La fuerza del terrible Rodomonte, la del furibundo
Mandricardo, la del animoso Rugiero, modelo de bravura, la del rey
Gradasso, tan famoso en el mundo, la de la intrépida Marfisa y la del
rey de Circasia, que á nadie cedia en denuedo, obligaron al rey de
Francia á implorar el favor de San Juan y San Dionisio, y á guarecerse
bajo los muros de Paris.
El ardor invencible y la admirable actitud de estos caballeros y de
Marfisa fueron tales, Señor, que no es posible imaginarlos, cuanto
menos describirlos: por esto podreis suponer qué multitud tan inmensa
de cristianos caeria bajo sus golpes, y cuán grande seria el descalabro
que sufrió Cárlos. Ferragús y otros muchos caballeros moros corrieron
á unirse con los vencedores. No bastando el puente para dar paso á
todos los fugitivos, se precipitaron muchos de estos en el Sena, donde
se ahogaron: otros varios, al verse amenazados de una muerte segura
por delante y por detrás, hubieran deseado poseer las alas de Ícaro.
Casi todos los paladines franceses cayeron prisioneros, excepto Ogiero
y el marqués de Vienne, si bien el primero salió del combate con la
cabeza rota, y el segundo herido en un hombro. Si Brandimarte hubiese
abandonado á Paris, como Reinaldo y Orlando, Cárlos se habria visto
obligado á huir de la ciudad, en el caso de que le fuera posible
escapar con vida de tan gran incendio. Brandimarte hizo todo lo que
estuvo en su mano; y cuando ya no pudo más, cedió ante el furioso
ataque de los moros. La Fortuna sonrió á Agramante de tal suerte, que
el monarca sarraceno volvió á sitiar de nuevo á Carlomagno en su misma
capital.
Los gritos y los lamentos de las viudas, de los tiernos huérfanos y
de los ancianos ciegos, se elevaron desde nuestra atmósfera sombría
hasta las puras regiones celestiales en que reside Miguel, llamando
su atencion hácia á los pueblos leales de Francia, de Inglaterra y de
Alemania, cuyos cadáveres, abandonados, á la voracidad de los lobos y
de los cuervos, cubrian la llanura. Enrojecióse el rostro del Ángel
bienaventurado, al ver que el Creador habia sido tan mal obedecido,
y se creyó engañado y vendido por la pérfida Discordia, quien, sin
embargo de habérsele encargado reiteradamente que suscitara incesantes
querellas entre los sarracenos, se veia claramente por la muestra que
habia hecho todo lo contrario de lo que se le ordenara. Así como un
criado fiel, más falto de memoria que de buena voluntad, al observar
que ha olvidado un encargo que debia haber tenido tan en cuenta como
su vida y su propia alma, procura diligente enmendar su falta, y no se
atreve á presentarse ante la vista de su amo hasta haberla reparado,
del mismo modo se negaba Miguel á remontarse hasta el sólio del Eterno,
mientras no quedaran cumplidas sus órdenes.
Dirigióse con raudo vuelo al monasterio en que la otra vez habia
hallado á la Discordia, y la vió sentada en medio de los monjes
reunidos en capítulo para la eleccion de los prelados, contemplando
con deleite cómo se arrojaban aquellos buenos padres los breviarios á
la cabeza. Asióla el Ángel por los cabellos y le dió un sin número de
golpes con las manos, con los piés y con el cuento de una cruz que le
rompió en la cabeza y las costillas. La mísera prorumpió en estridentes
gritos, pidiendo misericordia y abrazándose á las rodillas del divino
mensajero, el cual no la dejó tomar aliento hasta verla dispuesta á
volar al campamento del rey de África, diciéndole al marcharse: «Cuenta
con otro castigo peor, si te veo un solo instante separada de los
sarracenos.»
La Discordia, que habia salido con la cabeza y los brazos rotos,
temiendo volver á sufrir aquellos rudos golpes, aquel furor tremendo,
cogió presurosa los fuelles de que se servia para atizar su llama, y
añadiendo nuevo pábulo á las hogueras cuyo fuego permanecia latente,
encendió otra más terrible que comunicó en breve su voracidad á muchos
corazones. De tal modo inflamó á Rodomonte, Mandricardo y Rugiero,
que les obligó á acudir á la presencia de Agramante, aprovechando la
oportunidad de que Cárlos se habia retirado y el campo quedaba por
ellos. Expusieron al monarca africano sus mútuos resentimientos, así
como las causas que los produjeron, y sometieron á la consideracion
del Rey que decidiera cuáles de ellos habian de ser los primeros
en combatir. Marfisa habló tambien de su cuestion con Mandricardo,
manifestando que estaba resuelta á terminar su interrumpida pelea con
él, que fué el primero en provocarla, y que no se hallaba dispuesta
á tolerar ni un dia, ni una sola hora de retraso, para dar lugar á
que los otros se batieran. En su consecuencia, dirigió las más vivas
instancias á Agramante para que consintiera en su inmediata lucha con
el Tártaro.
Rodomonte no se manifestaba menos decidido que ella á ser el primero en
terminar con su rival la empresa que habia suspendido hasta entonces
para socorrer á los sarracenos. Interrumpióle Rugiero diciendo, que
no podia sufrir por más tiempo que Rodomonte estuviese en posesion de
su caballo, ni que combatiera con otro antes que con él. Para agriar
más la cuestion, adelantóse Mandricardo, y sostuvo que Rugiero no
tenia el menor derecho para ostentar en su blason el águila blanca:
arrastrado por su insensato furor, queria terminar á un tiempo sus
tres contiendas, desafiando á la vez á todos sus contrincantes, y los
habria atacado simultáneamente, si Agramante accediera á tal pretension.
El rey de África empleó toda clase de súplicas y reflexiones para
reconciliarlos; pero viéndolos al fin sordos á su voz y firmes en su
resolucion, paróse á discurrir el modo de ponerlos de acuerdo para que
consintiesen en combatir uno tras otro, y por último adoptó como mejor
partido el de fiarlo á la suerte. Hizo escribir sus nombres en cuatro
papeletas: en una iban juntos los de Mandricardo y Rodomonte; en otra
los de Rugiero y Mandricardo; en otra los de Rodomonte y Rugiero y
finalmente, en la última, los de Marfisa y Mandricardo. Despues hizo
sacar una de las papeletas al arbitrio de la voluble diosa: la primera
que salió contenia los nombres del rey de Sarza y Mandricardo: la
segunda, los de este y Rugiero: la tercera, los de Rugiero y Rodomonte,
quedando en el fondo la en que estaban escritos los de Marfisa y
Mandricardo; lo cual causó el mayor despecho á la doncella. Tampoco se
mostró muy contento Rugiero, porque conocia demasiado el vigor de los
dos primeros para presumir que saldrian tan mal parados de la pelea que
se verian imposibilitados de luchar despues con él ó con Marfisa.
No lejos de Paris se extendia un terreno de una milla de circunferencia
próximamente; estaba rodeado de un margen algun tanto elevado que
hacia de él una especie de anfiteatro. En otro tiempo, existió allí un
castillo, cuyos muros habian sido arruinados por medio del hierro y
del fuego: en el camino de Parma á Borgo puede verse uno semejante á
él. En dicho sitio se preparó el palenque, rodeándole de una estacada
de mediana altura, y formando un recinto cuadrado á propósito para el
objeto, con dos puertas bastante capaces, segun se acostumbraba.
Llegado el dia prefijado por el Rey para que se efectuara el desafío
de los pertinaces adversarios, se levantaron á uno y otro extremo del
palenque dos grandes pabellones cerca de la empalizada y al lado de
las puertas. El pabellon que estaba hácia Poniente era el destinado al
gigantesco rey de Argel: el audaz Ferragús y Sacripante le ayudaban á
cubrirse con la piel escamosa de la serpiente. El rey Gradasso y el
vigoroso Falsiron ocupaban la tienda que miraba á Levante, poniendo
por sí mismos la armadura troyana al sucesor del rey Agrican. Los
monarcas de África y de España estaban sentados en un palco anchuroso
y elevado, y á su alrededor se agrupaban Estordilano y los principales
capitanes del ejército sarraceno. Por dichosos podian tenerse los que
lograban colocarse en alguna eminencia ó en la copa de un árbol, que
les permitiera descubrir el sitio de la lucha. La muchedumbre que
acudió á presenciarla era inmensa, apiñándose por todos lados en torno
de la extensa empalizada. Acompañaban á la reina de Castilla otras
muchas reinas, princesas y nobles damas de Aragon, de Sevilla y de
Granada, y de las demás naciones que se extienden hasta las columnas
de Hércules: entre ellas figuraba la hija del rey Estordilano, cuyo
suntuoso traje estaba formado de dos telas: la una de un color de rosa,
tan desvaido que casi habia perdido su matiz, y la otra verde. Marfisa
vestia un traje adecuado á su doble carácter de mujer y de guerrera:
el Termodonte[25] vió más de una vez en sus orillas á Hipólita y las
amazonas adornadas de un modo semejante.
[25] Rio del Asia, llamado hoy Thermeh, que bañaba las llanuras
en que acampaban las amazonas, una de cuyas reinas fué Hipólita.
No tardó en presentarse en medio del palenque un heraldo, ostentando en
su cota de armas la divisa del rey Agramante, y publicó en alta voz
las leyes del combate; y la prohibicion impuesta á los espectadores
de dar ninguna clase de señal ó auxilio á los campeones. La compacta
muchedumbre esperaba impaciente la señal de la lucha, y se quejaba
ya de la lentitud de los dos famosos caballeros, cuando de pronto se
oyó en el pabellon de Mandricardo un gran rumor que iba creciendo por
momentos. Sabed, Señor, que el rey de Sericania y el Tártaro eran los
que lo producian. El primero habia armado ya completamente al segundo
é iba á ceñirle la famosa espada que fué de Orlando, cuando leyó el
nombre de Durindana, grabado en su empuñadura, y vió además en ella el
blason usado por Almonte, á quien Orlando, muy jóven todavía, habia
arrebatado aquella arma en Aspromonte. Examinóla con más detencion, y
se cercioró de que era la misma del Señor de Anglante; la espada por
cuya conquista se decidió á levantar el mayor y más excelente ejército
que jamás saliera de los países orientales, con el cual habia subyugado
el reino de Castilla y vencido á los franceses pocos años antes; pero
por más que reflexionaba, no podia calcular cómo habia pasado á poder
de Mandricardo.
Preguntóle dónde y cuándo habia adquirido aquel acero, y si se hallaba
á la sazon en su poder por haberlo conquistado á la fuerza, ó mediante
algun convenio hecho con el Conde; á lo cual respondió Mandricardo
que, por apoderarse de él, habia sostenido un reñido combate con
Orlando, y que el paladin se habia finjido loco, esperando de este modo
encubrir el miedo de tener que luchar continuamente con él, mientras
no le cediera su espada, imitando así al castor que se arranca sus
órganos genitales, al verse hostigado por el cazador, por saber que su
persecucion solo consiste en el deseo de apoderarse de tal presa.
Apenas oyó Gradasso semejante explicacion, cuando exclamó:
--No, no quiero cedértela ni á tí, ni á nadie: he consumido tanto oro,
tanto afan, y tanta gente por alcanzar la posesion de esa arma, que no
puede menos de pertenecerme con justo motivo. Procura proporcionarte
otra espada: yo quiero esta, lo cual no debe asombrarte. Que Orlando
esté loco ó cuerdo, poco me importa: hallo su espada, y me apodero de
ella donde la encuentro. Tú la usurpaste en medio de un camino sin
tener testigo alguno: yo espero obtenerla por medio de un combate. La
cimitarra que empuño será mi última razon: vamos, pues, á decidir esta
cuestion en la palestra. Antes de dirijir contra Rodomonte ese acero
tan mal adquirido por tí, habrás de conquistarlo: es costumbre antigua
la de comprar las armas de uno ú otro modo antes de utilizarlas en la
batalla.
--No hay melodía tan grata á mis oidos, replicó el Tártaro, irguiendo
soberbio la cabeza, como la voz del que me provoca al combate; pero haz
de modo que Rodomonte consienta en el que me propones; procura que te
ceda la preferencia que le corresponde para pelear conmigo, y no temas
verme rehusar tu reto ni el de cuantos se presenten.
Rugiero exclamó entonces:
--Jamás consentiré en que se falte á lo acordado, ni en que se altere
el órden establecido para los combates. Ó Rodomonte entra primero en
la liza, ó habrá de acceder á batirse despues que yo. Si prevalece la
razon alegada por Gradasso, de que es forzoso adquirir las armas antes
de servirse de ellas, tampoco debes usar tú el águila blanca de mi
blason mientras no la hayas ganado: pero ya que consentí en someterme
á la decision de la suerte, no quiero apelar de mi sentencia: sea el
rey de Argel el primero en combatir, y yo el segundo. Como llegueis
á trastornar en parte el órden prefijado, os prometo que yo lo he de
trastornar por completo; pues no puedo consentir en que sigas haciendo
uso de mi blason, si en este momento no me lo disputas con las armas en
la mano.
--Aun cuando cada uno de vosotros fuese el mismo Marte, repuso
Mandricardo arrebatado por la cólera, ni el uno seria capaz de
arrancarme la espada, ni el otro el blason.
Y ciego de furor, lanzóse con los puños cerrados sobre el rey de
Sericania, y le descargó tan tremenda puñada en la mano derecha,
que le hizo soltar á Durindana. No creyendo Gradasso que el Tártaro
tuviese tan loca temeridad, quedó sorprendido un momento ante tan
brusco ataque, y Mandricardo se aprovechó de su estupor para recobrar
el disputado acero. Repuesto Gradasso de su sorpresa, sintió la más
viva indignacion al verse afrontado de aquella manera, y sobre todo en
un sitio tan público, que era lo que más le afligia y le irritaba: se
hizo atrás, ardiendo en deseos de venganza, y desenvainó su cimitarra.
Mandricardo confiaba tanto en sus fuerzas, que no solo se preparó á
empezar aquella lucha, sino que desafió tambien á Rugiero.
--Venid contra mí los dos juntos, les decia, y venga tambien Rodomonte,
y la España, y el África, y el género humano; que yo no dejaré nunca de
hacer frente.
Diciendo estas palabras, el indomable sarraceno esgrimia en todas
direcciones la espada de Almonte, embrazaba el escudo, é insultaba,
desdeñoso y soberbio, lo mismo á Rugiero que á Gradasso.
--Déjame el cuidado, decia á éste el rey de Sericania, de curar por mí
solo á ese loco.
--¡No he de consentirlo, vive Dios! exclamaba Rugiero; á mí me toca
castigarle: retírate; déjame solo con él.
Y continuaban ambos disputando de esta suerte, mientras atacaban á
su adversario. Tan desigual combate hubiera tenido un fin trágico, á
no haberse interpuesto entre los tres adversarios algunos guerreros
con demasiada impremeditacion; pues se vieron expuestos á saber por
experiencia lo que cuesta la pretension de salvar á los otros con
peligro propio; y sin embargo, aunque hubiera acudido el mundo entero,
no lograria contenerlos, si no se hubiese presentado el hijo del famoso
Trojano con el rey de España, ante los cuales todos dieron muestras de
reverencia y de respeto.
El rey Agramante hizo que le explicaran la causa de aquella nueva y
encarnizada lucha, y despues de muchos esfuerzos, logró que Gradasso
consintiese en ceder á Mandricardo la espada de Héctor por aquel dia
solamente y hasta que terminase la contienda que tenia pendiente con
Rodomonte. Mientras Agramante procuraba apaciguarlos, dirigiendo
tanto á unos como á otros todo género de reflexiones, se oyó en el
otro pabellon el rumor de una querella suscitada entre Rodomonte y
Sacripante.
El rey de Circasia, segun he dicho antes, ayudaba á Rodomonte á
cubrirse con las armas de su antepasado Nemrod, en cuya operacion le
auxiliaba Ferragús. Aproximáronse despues al sitio en que, tascando
el rico freno y llenándolo de espuma, se hallaba Frontino, aquel
caballo cuya usurpacion tenia tan indignado á Rugiero. Sacripante, que
servia de padrino al rey de Argel, empezó á examinar cuidadosamente
si el caballo estaba bien herrado, bien ensillado, y en una palabra,
dispuesto como era de rigor para la lucha que se preparaba. Fijándose
con más atencion en sus miembros esbeltos y proporcionados y en ciertas
señales particulares, conoció, sin que le cupiera ningun género de
duda, que aquel corcel era su Frontalate[26], á quien habia tenido en
tanta estima, y por el que hubo de sostener mil cuestiones: su pérdida
le afligió hasta el extremo de que, durante mucho tiempo, no quiso
caminar sino á pié. Brunel habia tenido la destreza de quitársele de
debajo en Albracca, el mismo dia en que robó á Angélica el anillo,
al conde Orlando su Balisarda y su trompa, y su espada á Marfisa; y
cuando el bribon regresó á África, regaló á Rugiero la espada Balisarda
juntamente con el caballo, al que el jóven guerrero puso despues el
nombre de Frontino.
[26] Frente de leche.
Cuando el rey de Circasia estuvo seguro de que no se equivocaba,
dirigióse al de Argel, diciéndole:
--¿Sabes, señor, que ese caballo es mio? Es el mismo que me robaron en
Albracca, segun podrian atestiguar muchas personas; pero como todas se
hallan muy lejos de nosotros, si acaso hubiere alguno que se atreviera
á contradecirme, le probaria la verdad de mi aserto con las armas en la
mano. Accedo gustoso, en atencion á la intimidad que en estos últimos
dias ha reinado entre nosotros, á que hagas hoy uso de mi caballo pues
bien veo que no podrias pasar sin él; pero ha de ser bajo la condicion
de declarar que me pertenece, y que te lo he prestado: de otro modo, no
pienses montar en él, á no ser que quieras disputarme su posesion por
medio de las armas.
Rodomonte, el más orgulloso de cuantos caballeros han ceñido espada, y
tambien, en mi concepto, el más fuerte y valeroso de cuantos héroes han
existido en la antigüedad, respondió:
--Sacripante, si otro se hubiera atrevido á hablarme en los términos
que tú lo has hecho, no tardaria en conocer, por su mal, que le
valdria más no haber nacido. Pero en obsequio á la intimidad que,
segun me has dicho, nos une de pocos dias á esta parte, me limitaré
á aconsejarte amistosamente, que aplaces la empresa que te propones
llevar á cabo, hasta ver el resultado del combate que voy á sostener
con el Tártaro, y entonces espero ofrecerte tal ejemplo, que no podrás
menos de decirme: «Por favor, quédate con el caballo.»
--La mejor cortesía con un hombre como tú es ser villano, exclamó el
Circasiano lleno de ira y de despecho; así, pues, te diré ahora lisa y
llanamente, que no debes contar con ese caballo, porque estoy resuelto
á prohibirte que hagas uso de él mientras mi mano pueda sostener este
vengador acero; y, aun cuando no tuviera más armas que las uñas y los
dientes para defenderlo, sabria mantener mi derecho.
De estas palabras pasaron ambos á las injurias, á los gritos, á las
amenazas, y por fin á las manos, trabándose entre ellos una lucha
encendida por su ira con mayor rapidez de la que el fuego enciende una
paja. Rodomonte estaba completamente armado: Sacripante no tenia coraza
ni cota de malla; pero era tan diestro en el manejo de la espada, que
se resguardaba perfectamente con ella de los golpes de su adversario.
Aunque el vigor y el denuedo de Rodomonte eran incomparables, no
prevalecian sobre la destreza y la agilidad con que Sacripante suplia
la desventaja de su fuerza. La muela que tritura el grano en un molino,
no ha girado nunca con tanta rapidez como Sacripante dando vueltas en
derredor de su enemigo, y colocándose con presteza en los puntos donde
podia atacar sin ser atacado. Al fin, Ferragús y Serpentino sacaron con
bastante atrevimiento sus espadas, y se lanzaron entre ellos, seguidos
del rey Grandonio y de otros muchos jefes del ejército mahometano.
Esta era la causa del rumor que oyeron en el otro pabellon los que á él
habian acudido para apaciguar, aunque en vano, al Tártaro, á Rugiero
y al rey de Sericania. No faltó quien llevase al rey de África la
noticia de que Rodomonte y Sacripante estaban batiéndose con extremada
furia por causa del corcel; y el Rey, confuso y atónito al ver tantas
querellas, dijo á Marsilio:--Permanece aquí para impedir que estos
guerreros se acometan de nuevo, mientras yo procuro apaciguar á los
otros dos.
Luego que entró Agramante en la tienda del Africano, refrenó este su
ira y se retiró con ademan respetuoso ante su rey y señor; el rey de
Circasia se retiró asimismo con iguales muestras de respeto. El jefe
del ejército les preguntó con severo rostro y grave entonacion la
causa de tanta cólera, y cuando la hubo conocido, procuró ponerlos
de acuerdo; mas sus esfuerzos fueron inútiles. El rey de Circasia
se negaba tenazmente á ceder por más tiempo su caballo al de Argel,
mientras no se humillase hasta el punto de suplicarle que se lo
prestara. Rodomonte, soberbio como siempre, le contestó:
--Ni el cielo ni tú podreis hacer que yo consienta en agradecer á
nadie, sino á mi mismo, cualquiera cosa que me sea fácil obtener por
medio de la fuerza.
El Rey preguntó al Circasiano cuáles eran sus derechos sobre el
caballo, y cómo le fué robado. Sacripante se lo refirió minuciosamente,
y no pudo menos de ruborizarse al confesar que el diestro ladron
habia aprovechado un momento en que se hallaba sumido en una profunda
meditacion, para sacarle el caballo de debajo, dejando la silla
sostenida con cuatro estacas.
Marfisa, que habia acudido como otros muchos al ruido de la pelea,
no bien oyó referir la historia del robo del caballo, se manifestó
indignada, por recordar que aquel mismo dia le robaron su espada;
y entonces reconoció el caballo en que habia visto huir al ladron,
que era el mismo del buen rey Sacripante, y en el cual no se habia
fijado hasta entonces. Los caballeros que la rodeaban habian oido
muchas veces á Brunel vanagloriarse de aquellos hurtos, por lo cual
no pudieron menos de fijar la vista en el astuto sarraceno, indicando
con sus ademanes que él habia sido su autor, en término de que Marfisa
concibió algunas sospechas, y preguntando á unos y á otros, averiguó
por último que el ladron de su espada era Brunel. Supo además que el
rey Agramante, en vez de hacerle ahorcar cual merecia por semejantes
hurtos, le habia sentado en el trono de Tingitania, dando un pernicioso
ejemplo.
[Ilustración: Marfisa asió á Brunel por en medio del cuerpo,
levantándole de su asiento...
(Canto XXVII)]
Sintiendo renacer su antigua cólera, resolvió Marfisa vengarse en el
momento mismo de Brunel, y castigar las burlas y las injurias que el
ladron de su espada le dirigiera por el camino mientras huia con su
espada. Hizo que su escudero le pusiera el yelmo, por estar ya cubierta
con sus armas restantes: no creo que se la hubiera visto diez veces sin
coraza, desde el dia en que se decidió á consagrarse á la carrera á que
la llamaba su vocacion y su ardimiento increible. Cubierta ya con el
yelmo, se dirigió á Brunel, que estaba colocado en la primera fila de
los espectadores, y en cuanto le tuvo al alcance de su mano, le asió
fuertemente por en medio del cuerpo, levantándolo de su asiento, con la
misma facilidad que el águila arrebata á un polluelo entre sus corvas
garras, y le llevó de este modo al sitio en que se hallaba el hijo
del rey Trojano ocupado en dirimir la nueva contienda: mientras tanto
Brunel no cesaba de lamentarse y de pedir misericordia, conociendo las
terribles manos en que habia caido. Eran tan penetrantes las quejas y
los alaridos lanzados por Brunel en demanda de piedad ó de socorro,
que á pesar del rumor, del estrépito y de los gritos que resonaban
por todos los ámbitos del campo, la muchedumbre acudió en torno suyo.
Así que llegó Marfisa á la presencia del rey de África, le dijo con
semblante altanero estas palabras:
--Quiero ahorcar por mis propias manos á este ladron, aunque sea tu
vasallo, por haber tenido la osadía de robarme la espada el dia mismo
en que se apoderó del caballo de Sacripante: si alguno se atreviera á
decir que miento, no tiene más que adelantarse y pronunciar una sola
palabra; que en tu misma presencia le probaré la verdad de mi acusacion
y su imprudencia. Pero como se me podria reconvenir por haber esperado
á dar este paso en el momento en que las cuestiones suscitadas entre
los guerreros más valientes de tu ejército les tienen harto ocupados,
demoraré por espacio de tres dias el castigo á que ese infame se ha
hecho acreedor: si durante este plazo no vienes en persona á buscarle,
ó no envias quien abrace su defensa, daré un buen rato á las aves de
rapiña, entregándoles su cuerpo, á no ser que haya quien me lo impida.
Voy á situarme en aquella torre que se levanta á la entrada de un
bosquecillo, á tres leguas de aquí, sin llevar conmigo más compañía que
la de una doncella y un escudero. Si hay alguien tan osado que quiera
ir á arrebatarme este ladron, vaya en buena hora, que allí le esperaré.
Así dijo, y colocó en el arzon delantero de la silla al mísero Brunel,
al que tenia aun agarrado de los cabellos, mientras el miserable
lloraba y gritaba, llamando por sus nombres á las personas de quienes
solia esperar auxilio. Agramante quedó tan confuso y aturdido al verse
abrumado por tantas cuestiones, que no se le ocurria ningun medio para
arreglarlas; sin embargo, le ofendió sobremanera la audacia de Marfisa,
pues aunque no apreciaba ni queria á Brunel, ó más bien, aunque le
odiaba hacia tiempo, y habia estado muchas veces á punto de ahorcarle,
sobre todo desde que se dejó arrebatar el anillo, no obstante, la
determinacion de la guerrera le pareció tan injuriosa para su honor,
que se le encendió el rostro de vergüenza. Se dispuso á perseguirla en
persona para hacerle sentir todo el peso de su poder y de su cólera;
pero el rey Sobrino, que estaba presente, procuró disuadirle de aquella
empresa, diciéndole que se avenia mal con su elevada dignidad, por más
que estuviese firmemente convencido de obtener la victoria; lo cual, en
último resultado, seria para él mengua más bien que honor, por lo mismo
que además de vencer con dificultad, saldria victorioso de una mujer.
Añadió que, siendo poco el honor, pero grande el peligro á que se
expondria luchando con Marfisa, le parecia más conveniente que dejara
ahorcar á Brunel, y aunque estuviese persuadido de que le bastaba
levantar la cabeza para librarlo del suplicio, no deberia hacerlo así
por no impedir que la justicia siguiera su curso.
--Podrás enviar un mensajero á Marfisa, le decia, para rogarle que
someta este asunto á tu justicia, prometiéndole echar el lazo al cuello
del ladron y dejarla cumplidamente satisfecha; y si en último caso se
negase obstinada á acceder á tu peticion, deja que le ahorque en buen
hora; pues con tal de conservar su amistad, no solo debes permitir que
castigue á Brunel, sino á todos los ladrones como él.
El rey Agramante siguió de buen grado el consejo discreto y prudente de
Sobrino, y desistió de perseguir á Marfisa, prohibiendo además á todos
sus caballeros que fueran á desafiarla. Tampoco quiso rogarle á ella
que le entregara á Brunel, y toleró, Dios sabe con cuánto esfuerzo,
que la guerrera se tomara la justicia por su mano, á fin de prevenir
mayores males y alejar de su ejército tantos motivos de disension.
La insensata Discordia reíase satisfecha, al ver que ya no podian
volver al campamento la tregua ó la paz. Recorriólo por todas partes,
sin encontrar un sitio donde reinara la alegría. La Soberbia saltaba
y triscaba al par de su compañera, añadiendo sin cesar nuevos
combustibles al incendio; y lanzó un grito tan horrible, que llegó
al alto reino donde residia Miguel, como nuncio de la victoria que
acababan de obtener. Tembló Paris, y turbáronse las aguas del Sena al
escuchar aquel grito horrendo: su sonido rimbombó hasta en los bosques
de las Ardennas, obligando á las fieras á abandonar precipitadamente
sus antros: lo oyeron los Alpes, y las cumbres de las Cevenas, las
playas de Arlés, de Blaye y de Ruan; lo oyó el Ródano, el Saona, el
Garona y el Rhin, y hasta las madres aterradas estrecharon contra su
pecho á sus hijuelos.
Cinco eran los caballeros que debian ser los primeros en resolver
con las armas en la mano sus querellas, tan ligadas las unas á las
otras, que el mismo Apolo no hubiera conseguido separarlas. Empezó
el rey Agramante á deshacer el nudo de la primera contienda sometida
á su decision, la cual era la suscitada entre el rey de Scitia y el
de Argel por la posesion de la hija del rey Estordilano. El hijo de
Trojano insistió nuevamente en ponerlos de acuerdo, esforzándose en
convencer ora á este, ora á aquel adversario, y dando pruebas tanto á
uno como á otro de su rectitud y amistad; mas encontrándolos igualmente
sordos á sus ruegos, y persistentes hasta la tenacidad en no querer
quedarse sin la dama, causa de su disension, adoptó al fin, como mejor
partido, el de proponerles que se sometieran al arbitrio de Doralicia,
la cual habria de pertenecer á aquel en quien recayese su eleccion;
pero con la condicion de que, una vez emitido su parecer, el desdeñado
deberia desistir de toda pretension. Los dos contendientes aceptaron
gustosos este compromiso, por abrigar cada cual la esperanza de ser el
favorecido.
El rey de Sarza, que amaba á Doralicia mucho tiempo antes de que la
conociera Mandricardo, á quien ella habia concedido todos los favores
compatibles con su honestidad, estaba persuadido de que recaeria en
él una eleccion que tan feliz debia hacerle; y esta opinion no era
únicamente la suya, sino la de todo el ejército mahometano. A todos
les constaba cuanto Rodomonte habia hecho por ella en las justas,
en los tronos y en las batallas, y todos suponian por lo mismo que
Mandricardo padecia un lamentable error, al fundar su esperanza en
aquella decision. Pero el Tártaro, que habia disfrutado más veces y más
tranquilamente de los encantos de Doralicia mientras el Sol dejaba de
iluminar la Tierra, y estaba seguro de lo que podia esperar, se reía
interiormente de la necia opinion del vulgo.
Los dos famosos campeones ratificaron en seguida su compromiso en manos
del Rey, y se dirigieron juntos adonde estaba la princesa: inclinó
esta sus ojos ruborosos, y concedió la preferencia á Mandricardo, lo
cual dejó absortos á los circunstantes, y tan atónito y consternado
á Rodomonte, que no se atrevia á levantar el rostro; mas no bien
desvaneció su acostumbrada ira el rojo color de la vergüenza que habia
teñido sus mejillas, tachó de injusta y falaz aquella sentencia; y
empuñando la espada, gritó en presencia del Rey y de toda su corte, que
continuaba resuelto á someter al acero la decision de la contienda, y
que rehusaba someterse al arbitrio de una mujer voluble, y como tal,
inclinada siempre á hacer lo que menos debia.
Adelantóse de nuevo Mandricardo hácia Rodomonte, diciéndole: «Sea como
quieras.» De modo que habria sido preciso surcar por largo tiempo una
vasta extension de mar, antes de que el bajel entrase en el puerto,
si Agramante, obligando á Rodomonte á amainar las velas de su nuevo
furor, no le hubiera quitado la razon, convenciéndole de que ya no
podria hostilizar á Mandricardo por aquella causa. Al verse Rodomonte
abrumado en presencia de aquellos señores por la doble afrenta que á un
mismo tiempo recibia de su amada y de su rey, á quien solo se sometia
por respeto, no quiso detenerse ni un momento más en aquel sitio, y
se alejó del campamento sarraceno, sin llevar en su compañía más que
dos escuderos de entre la multitud allí agrupada. Semejante al toro
enfurecido, que despues de haberse visto obligado á ceder su becerra al
vencedor, va buscando lejos de los fértiles prados, las selvas y los
parajes más solitarios ó algun estéril arenal, donde no cesa de mugir
dia y noche, sin desahogar por ello su amoroso furor, así se alejaba el
rey de Argel con el corazon lacerado por el dolor más vivo, despues que
se vió despreciado por su ingrata dama.
Iba Rugiero á seguirle para recobrar su corcel, á cuyo fin habia ya
apercibido sus armas, cuando se acordó de que entonces le tocaba
batirse con Mandricardo. Desistió, pues, de seguir al Africano, y
volvióse para entrar con el rey Tártaro en la palestra, antes de que se
le anticipase el de Sericania, que debia batirse asimismo con él por
la posesion de Durindana. Mucho le pesaba, en verdad, que le quitaran
á Frontino en su misma presencia; pero resignóse á ello, formando la
intencion de recobrarlo en cuanto terminara aquella empresa.
Sacripante, á quien no detenia como á Rugiero ninguna cuestion
pendiente, y estaba por lo tanto en libertad de perseguir al rey
de Argel, se lanzó veloz tras sus huellas; y le hubiera alcanzado
bien pronto, á no haberle ocurrido en el camino una aventura que le
entretuvo hasta la tarde y le hizo perder el rastro que seguia. Al
pasar por la orilla del Sena, vió á una mujer que acababa de caer
en él, y estaba próxima á perecer, si alguien no le daba un pronto
auxilio: Sacripante se arrojó al agua, y salvó la vida á aquella
desgraciada. Cuando quiso montar de nuevo á caballo, vió que se le
habia escapado su corcel, el cual le obligó á correr tras él toda la
tarde, por no dejarse cojer fácilmente. Logró al fin sujetarle, pero no
pudo acertar con el sitio de donde se habia apartado, y anduvo más de
doscientas millas por montes y llanos, antes de volver á encontrar á
Rodomonte.
No pienso referir ahora dónde le alcanzó, ni el combate que se siguió
entre él y el Africano, con harta desgracia para Sacripante, que perdió
el caballo y la libertad; pues antes debo ocuparme de la desgracia y
la ira que abrasaban á Rodomonte al partir del campamento, y de las
maldiciones que lanzó contra Doralicia y Agramante. Por donde quiera
que iba, inflamaba el aire con sus abrasadores suspiros, que repetia
Eco desde la profundidad de las cavernas, condolida de su afliccion.
--¡Oh, imaginacion femenil! exclamaba: ¡cuán fácilmente varías, dando
al olvido tus juramentos! ¡Cuán infeliz, cuán miserable es el que en tí
confia! ¡Ni la más prolongada sumision á tus caprichos, ni el inmenso
amor de que te dí innumerables y brillantes pruebas, han sido bastantes
para contener tu corazon, ó para hacer á lo menos que no cambiara tan
presto! No creo haber perdido tu amor por que yo te pareciera inferior
á Mandricardo, no; solo una causa encuentro para tu deslealtad, y
esta es, la de que eres mujer. ¡Oh sexo pérfido y malvado! Creo que
Dios y la Naturaleza te han puesto en el mundo para terrible castigo
del hombre, que, sin tí, seria feliz, así como han producido en la
tierra los lobos, los osos y las feroces serpientes, han poblado el
aire de moscas, abispas y cínifes, y han hecho nacer entre las doradas
espigas la ortiga y la zizaña. ¿Por qué esa vivificadora Naturaleza
no ha hecho que el hombre pudiera nacer sin tí, del mismo modo que se
reproducen ingertándolos el serval, el peral y el manzano? Pero ¡ah! la
Naturaleza no siempre hace lo más conveniente, lo cual no es extraño;
pues si considero cómo la nombro, me convenceré de que no puede hacer
nada perfecto, por lo mismo que lleva un nombre femenino. Y no os
envanezcais, mujeres despiadadas, por que el hombre sea vuestro hijo;
que tambien las rosas salen de las espinas, y la perfumada azucena de
un fétido tallo. Nacidas tan solo para eterna desgracia de la raza
humana, sois importunas, soberbias, desdeñosas, sin fé, sin piedad, sin
juicio, temerarias, crueles, inícuas é ingratas.
Con estas y otras infinitas quejas, iba Rodomonte exhalando su mortal
despecho, y lanzando las más terribles imprecaciones contra el sexo
débil, en voz baja unas veces, y otras prorumpiendo en gritos, que
se oian á larga distancia. Fácil era conocer que el dolor le hacia
desvariar; pues por una ó dos mujeres que sean en efecto malvadas,
debemos creer que otras ciento serán dignas de alabanza, y aun cuando
no he podido encontrar una sola verdaderamente fiel entre todas las
que he amado hasta ahora, no quiero llamar á las restantes pérfidas é
ingratas, sino culpar más bien á mi mala estrella. Muchas existen en
la actualidad, así como han existido infinitas, que no dan ni han dado
el menor motivo de queja á sus amantes; pero mi adversa fortuna hace
de modo que, si entre ciento se encuentra una sola perversa, he de ser
yo su víctima. A pesar de esto, pienso redoblar mis pesquisas antes
de morir, ó más bien, antes de que empiecen á blanquear mis cabellos,
hasta verme tal vez obligado á confesar que he dado con una que me
sea fiel. Si tal sucede, como me complazco en esperarlo, consagraré
toda mi existencia á ensalzarla con mi lengua, con mi prosa y con mis
versos, y desde mi humilde esfera, no cesaré un punto de trabajar para
proporcionarle un glorioso renombre.
No menos encolerizado estaba Rodomonte contra su rey que contra la
doncella; y en su insensato furor, maldecia tan pronto al uno como
á la otra. Deseaba que llovieran sobre el reino de Agramante tantos
daños y tantas calamidades, que se vieran destruidas sus ciudades,
sin que quedara piedra sobre piedra; deseaba tambien que el monarca
se viera despedido de sus estados, y viviera sumido en el llanto y
la desesperacion, mendigando su subsistencia; pero al mismo tiempo
anhelaba ser él quien le devolviera lo perdido, colocándole de nuevo en
su antiguo sólio, para darle una prueba de su lealtad, y hacerle ver
que un amigo verdadero, ya tenga ó no la razon de su parte, debe ser
siempre preferido á despecho del mundo entero.
De este modo iba el Sarraceno cabalgando á grandes jornadas y
maldiciendo alternativamente á su rey y á su dama, sin que se mitigara
su cólera, ni conceder apenas descanso á Frontino. Al dia siguiente ó
al otro, se encontró á orillas del Saona, y se encaminó directamente
hácia las costas de Provenza, con intencion de embarcarse para
regresar al África. El rio estaba cubierto de una orilla á la otra de
numerosas embarcaciones, que llevaban desde diferentes sitios víveres
y provisiones para el ejército sarraceno, por haber caido en poder de
los moros las comarcas que se extienden por la orilla izquierda del
rio, desde París á Aguasmuertas, y por la derecha, hasta los confines
de España. Las vituallas se trasbordaban desde las naves á los carros y
acémilas, y en seguida eran transportadas á donde no podian llegar los
bajeles, custodiadas por fuertes escoltas. Poblaban las orillas del rio
numerosos rebaños, procedentes de distintos países, y sus conductores
pasaban la noche en varias hosterías, situadas junto á las márgenes del
Saona.
Sorprendido Rodomonte por las densas tinieblas de la noche, al llegar
á aquel sitio, aceptó la invitacion de un hostalero del país, que le
instó para que se albergase en su posada. Despues que hubo dejado su
caballo en la cuadra, pasó á participar de una buena cena, en que le
sirvieron excelentes vinos de Córcega y de Grecia; pues el Sarraceno,
rígido observador en lo demás de las costumbres mahometanas, bebia,
sin embargo, á la francesa. El huésped se esforzaba en complacer á
Rodomonte, ofreciéndole buena mesa y mejor rostro, por haber adivinado
en su apostura, que era un guerrero ilustre, al par que valeroso; pero
el infiel, que tenia el alma separada del cuerpo, y aquella noche no
podia decir si conservaba el corazon, que volaba, á pesar suyo, al lado
de su adorada, dejaba pasar desapercibida la solicitud del hostalero, y
no le decia una palabra.
El buen hombre, que era uno de los más astutos y diligentes de que
en Francia se ha conservado memoria, y habia tenido la habilidad
suficiente para salvar su posada y sus bienes, á pesar de estar
rodeado de enemigos extranjeros, vivia con algunos parientes suyos, á
quienes habia llamado para que le ayudasen á servir con más prontitud
á Rodomonte; pero ninguno de ellos se atrevia á desplegar los lábios
al ver al Sarraceno silencioso y pensativo. Embebido este en un confuso
tropel de pensamientos, que le tenian profundamente abstraido y ajeno
á cuanto le rodeaba, estaba con la cabeza baja y sin fijar en nadie la
vista. Despues de haber permanecido inmóvil durante mucho tiempo, lanzó
un suspiro, como si despertara de un sueño abrumador, agitó todo su
cuerpo, y levantó los ojos, reparando entonces en el posadero y en su
familia.
Rompió despues su prolongado silencio, y con semblante más agradable y
expansivo, preguntó al huésped y á los que con él veia, si alguno de
ellos estaba casado. Le respondieron que todos los circunstantes lo
estaban, y entonces les exigió que le dijeran lo que cada cual creia
con respeto á la fidelidad de su esposa. Todos le contestaron, que
tenian á sus respectivas mujeres por buenas y honradas, excepto el
posadero, que exclamó:
--Haceis bien en creer lo que más os conviene; pero yo sé que estais
muy equivocados. Vuestra necia credulidad es causa de que os tenga por
insensatos, en cuya opinion debe abundar tambien este caballero, á no
ser que os quiera demostrar que lo negro es blanco. Así como en el
mundo no existe más que un ave fénix, tampoco puede existir más de un
solo hombre que consiga librarse de la infidelidad de la mujer. Cada
cual cree ser el único y feliz mortal que tal triunfo alcanza; pero
¿cómo es posible que todos lo sean, si en el mundo no puede haber más
que uno? Tambien yo, como vosotros, incurrí en el grosero error de
creer que era posible la existencia de más de una mujer casta; pero
llegó aquí, por mi buena suerte, un caballero de Venecia, el cual
presentándome las pruebas más irrefutables, desvaneció por completo mi
ciega ignorancia. Aquel caballero se llamaba Juan Francisco Valerio:
nunca he olvidado su nombre: sabia uno por uno todos los ardides
de que suelen echar mano todas las mujeres y las amantes, y además
de esto, conocia tan bien todas las historias antiguas y modernas
que venian en apoyo de su propia experiencia, que me dejó plenamente
convencido de que jamás existieron mujeres honradas, ya fueran pobres ó
ricas, y de que si alguna parecia más casta que las otras, era porque
tenia más destreza para ocultar sus devaneos. Entre las infinitas
historias que me contó, (y fueron tantas, que no recuerdo la tercera
parte de ellas), se fijó una de tal modo en mi memoria, que ni grabada
en mármoles se conservaria mejor. Estoy seguro de que todos cuantos
oyeran su relato, modificarian inmediatamente su opinion con respeto
á esas fementidas hembras, adhiriéndose á mi parecer; y si no os
desagradara prestarme unos momentos de atencion, valeroso caballero, os
referiria dicha historia para confusion del otro sexo.
El Sarraceno respondió:
--No puedes hacer nada que tanto me agrade y me deleite en estos
momentos, como referirme historias ó presentarme ejemplos que estén en
acuerdo con mis ideas: y á fin de que pueda oirte mejor, y tú contarme
más descansado esa historia, siéntate en frente de mí, para que pueda
verte el rostro.
En el canto siguiente os repetiré lo que el hostalero refirió á
Rodomonte.