--¡Que la libertad reina!--dijo, dado a los diablos, el ginovés--.

Tú debes de estar loco, y como no has sido repúblico, no sabes

sus miserias y esclavitudes. No bastará toda la razón de Estado a

concertarnos. Yo, que soy ginovés, hijo de aquella República, que por

la vecindad y emulación os conoce a vosotros, vengo a persuadir a

vuestro Duque, con la asistencia de nosotros los plebeyos[586], se haga

Rey de Génova, y si él no lo aceta, he de ir a persuadir esta oferta

al Rey de España, y si no, al francés, y de unos Reyes en otros, hasta

topar con alguno que se apiade de nosotros. Dime, malcontento del bien

que Dios te hizo en que nacieses sujeto a príncipe, ¿has considerado

cuánto mayor descanso es obedecer a uno solo que a muchos, juntos en

una pieza y apartados, y diferentes en costumbres, naturales, opiniones

y desinios? Perdido, ¿no adviertes que en las repúblicas, como es

anuo y sucesivo por las familias el gobierno, es respectivo, y que

la justicia carece de ejecución, con temor de que los que otro año u

otro trienio mandarán se venguen de lo que hizo el que gobernó? Si

el Senado repúblico se compone de muchos, es confusión; si de pocos,

no sirve sino de corromper la firmeza y excelencia de la unidad:

ésta no se salva en el Dux, que, o no tiene absoluto poder, o es por

tiempo limitado. Si mandan por igual nobles y plebeyos, es una junta

de perros y gatos, que los unos proponen mordiscones con los dientes,

ladrando, y los otros responden con araños y uñas. Si es de pobres y

ricos, desprecian a los pobres los ricos y a los ricos invidian los

pobres[587]. Mira qué compuesto resultará de invidia y desprecio. Si

el gobierno está en los plebeyos, ni los querrán sufrir los nobles

ni ellos podrán sufrir el no serlo. Pues si los nobles solos mandan,

no hallo otra comparación a los súbditos sino la de los condenados,

y éstos somos los plebeyos ginoveses, y si se pudiera sin error

encarecerlo más, me pareciera haber dicho poco. Génova tiene tantas

repúblicas como nobles y tantos miserables esclavos como plebeyos. Y

todas estas repúblicas personales se juntan en un palacio a sólo contar

nuestro caudal y mercancías, para roérnosle o bajando o subiendo la

moneda, y como malsines de nuestro caudal, atienden siempre a reducir

a pobreza nuestra inteligencia. Usan de nosotros como de esponjas,

enviándonos por el mundo a que, empapándonos en la negociación,

chupemos hacienda, y, en viéndonos abultados de caudal, nos exprimen

para sí. Pues dime, maldito y descomulgado saboyano: ¿qué pretendes con

tu traición y tu infernal intento? ¿No conoces que nobles y plebeyos

transfieren su poder en los reyes y príncipes, donde, apartado de

la soberbia[588] y poder de los unos y de la humildad de los otros,

compone una cabeza asistida de pacífica y desinteresada majestad, en

quien ni la nobleza presume ni la plebe padece?

Embistiéranse los dos, si no los apartara el mormullo[589] de una

manada de catredáticos, que venía retirándose de un escuadrón de

mujeres, que, con las bocas abiertas, los hundían a chillidos y los

amagaban[590] de mordiscones. Una dellas, cuya hermosura era tan

opulenta que se aumentaba con la disformidad de la ira, siendo afecto

que en la suma fiereza de un león halla fealdad que añadir, dijo:

--Tiranos, ¿por cuál razón (siendo las mujeres de las dos partes del

género humano la una, que constituye mitad) habéis hecho vosotros

solos las leyes contra ellas, sin su consentimiento, a vuestro

albedrío? Vosotros nos priváis de los estudios, por invidia de que

os excederemos; de las armas, por temor de que seréis vencimiento de

nuestro enojo los que lo sois de nuestra risa. Habéisos constituido

por árbitros de la paz y de la guerra, y nosotras padecemos vuestros

delirios. El adulterio en nosotras es delito de muerte, y en vosotros,

entretenimiento de la vida. Queréisnos buenas para ser malos, honestas

para ser distraídos. No hay sentido nuestro que por vosotros no esté

encarcelado; tenéis con grillos nuestros pasos, con llave nuestros

ojos; si miramos, decís que somos desenvueltas; si somos miradas,

peligrosas, y, al fin, con achaque de honestidad, nos condenáis a

privación de potencias y sentidos. Barbonazos, vuestra desconfianza,

no nuestra flaqueza, las más veces nos persuade contra vosotros lo

propio que cauteláis en nosotras. Más son las que hacéis malas que las

que lo son. Menguados, si todos sois contra nosotras _privaciones_,

fuerza es que nos hagáis todas _apetitos_ contra vosotros. Infinitas

entran en vuestro poder buenas, a quien forzáis a ser malas, y ninguna

entra tan mala a quien los más de vosotros no hagan peor. Toda vuestra

severidad se funda en lo frondoso y opaco de vuestras caras, y el que

peina por barba más lomo de javalí, presume más suficiencia, como si el

solar del seso fuera la pelambre prolongada de quien antes se prueba

de cola que de juicio. Hoy es día en que se ha de enmendar esto, o

con darnos parte en los estudios y puestos de gobierno, o con oírnos

y desagraviarnos de las leyes establecidas, instituyendo algunas en

nuestro favor y derogando otras que nos son[591] perjudiciales.

Un dotor, a quien la barba le chorreaba hasta los tobillos, que las vió

juntas y determinadas, fiado en su elocuencia, intentó satisfacerlas

con estas razones:

--Con grande temor me opongo a vosotras, viendo que la razón

frecuentemente es vencida de la hermosura, que la retórica y dialéctica

son rudas contra vuestra belleza. Decidme, empero: ¿qué ley se os podrá

fiar, si la primera mujer estrenó su ser quebrantando la de Dios[592]?

¿Qué armas se pondrán con disculpa en vuestras manos, si con una

manzana descalabrastes toda la generación de Adán, sin que se escapasen

los que estaban escondidos en las distancias de lo futuro[593]? Decís

que todas las leyes son contra vosotras; fuera verdad si dijérades

que vosotras érades contra todas las leyes. ¿Qué poder se iguala al

vuestro, pues si no juzgáis con las leyes estudiándolas, juzgáis a las

leyes con los jueces, corrompiéndolos? Si nosotros hicimos las leyes,

vosotras las deshacéis. Si los jueces gobiernan el mundo, y las mujeres

a los jueces, las mujeres[594] gobiernan el mundo y desgobiernan[595]

a los que le gobiernan, porque puede más con muchos la mujer que aman

que el texto que estudian. Más pudo con Adán lo que el diablo dijo a la

mujer que lo que Dios le dijo[596]. Con el corazón humano muy eficaz

es el demonio si le pronuncia una de vosotras. Es la mujer regalo que

se debe temer y amar, y es muy difícil temer y amar una propia cosa.

Quien solamente la ama, se aborrece a sí; quien solamente la aborrece,

aborrece a la naturaleza. ¿Qué Bártulo no borran vuestras lágrimas?

¿De qué Baldo no se ríe vuestra risa[597]? Si tenemos los cargos y

los puestos, vosotras los gastáis en galas y trajes. Un texto solo

tenéis, que es vuestra lindeza: ¿cuándo le alegastes que no os valiese?

¿Quién le vió que no quedase vencido?[598] Si nos cohechamos, es

para cohecharos; si torcemos las leyes y la justicia, las más veces

es porque seguimos la dotrina de vuestra belleza, y de las maldades

que nos mandáis hacer cobráis los intereses y nos dejáis la infamia

de jueces detestables. Invidiáisnos la asistencia y los cargos en la

guerra, siendo ella a quien debéis el descanso de viudas y nosotros el

olvido de muertos. Quejáisos de que el adulterio es en vosotras delito

capital y no en nosotros. Demonios de buen sabor, si una liviandad[599]

vuestra quita las honras a padres y hijos y afrenta toda una

generación, ¿por qué se os antoja riguroso castigo la pena de muerte,

siendo de tanto mayor estimación la honra de muchos inocentes que la

vida de un culpado? Estemos al aprecio que desto hacen vuestras propias

obras. Vosotras, por infinitos, no podéis contar vuestros adulterios,

y nosotros, por raros, no tenemos qué contar de los degüellos; el

escarmiento sigue a la pena[600]: ¿dónde está éste? Quejaros de que os

guardamos es quejaros de que os estimemos: nadie guardó[601] lo que

desprecia. Según lo que he discurrido, de todo sois señoras, todo está

sujeto a vosotras; gozáis la paz y ocasionáis la guerra. Si habéis de

pedir lo que os falta a muchas, pedid moderación y seso.

¿_Seso_ dijiste? No lo hubo pronunciado cuando todas juntas se

dispararon contra el triste dotor en remolino de pellizcos y repelones,

y con tal furia le mesaron, que le dejaron lampiño de la pelambre

graduada, que pudiera, por lo lampiño, pasar por vieja en otra parte.

Ahogáranle si no acudiera mucha gente a la pelazga[602] y mormullo que

habían armado un francés monsiur y un italiano monseñor.

Habíanse ya pronunciado el enojo con algunos sopapos y dádose

_sanctus_[603] en las jetas, con séquito de coces y bocados[604].

El francés se carcomía de rabia y el monseñor se destrizaba de

cólera[605]. Concurrieron por una y otra parte italianos y bugres.

Pusiéronse en medio los alemanes, y, sosegándolos con harta

dificultad, los preguntaron la causa. El francés, arrebañándose con

entrambas manos las bragas, que con la fuga se le habían bajado a las

corvas, respondió:

--Hoy hemos concurrido aquí todos los súbditos para tratar del alivio

de nuestras quejas. Yo estaba comunicando con otros de mi nación el

miserable estado en que se halla Francia, mi patria, y la opresión

de los franceses so el poder de Armando, cardenal de Richeleu.

Ponderaba con la maña que llamaba servir al Rey lo que es degradarle;

cuánta raposa vestía de púrpura, cómo con el ruido que inducía en la

cristiandad disimulaba el de su lima, que agotaba en su astucia la

confianza del Príncipe, que había puesto en manos de sus parientes

y cómplices el mar y la tierra, fortalezas y gobiernos, ejércitos y

armadas, infamando los nobles y engrandeciendo los viles. Acordaba a

los de mi nación de las tajadas y pizcas en que resolvieron al mariscal

de Ancre; acordábalos de Luínes y cómo nuestro Rey no se limpiaba de

privados, y que esto sólo hacía bien a esotros dos a quien acreditaba.

Advertía que en Francia, de pocos años a esta parte, los traidores

han dado en la agudeza más perniciosa del infierno, pues, viendo que

levantarse con los reinos se llama traición y se castiga como traidor

al que lo intenta, para asegurar su maldad se levantan con los reyes

y se llaman privados, y en lugar de castigo de traidores, adquieren

adoración de reyes de reyes. Proponía[606], y lo propongo, y lo

propondré en la junta, que para la perpetuidad de la sucesión y de los

reinos y extirpar esta seta de traidores, se promulgue ley inviolable

e irremisible, que ordenase que el Rey que en Francia se sujetare a

privado, _ipso jure_, él y su sucesión perdiesen el derecho del reino,

y que desde luego fuesen los súbditos absueltos del juramento de

fidelidad, pues no previene tan manifiesto peligro la ley Sálica, que

excluye las hembras, como ésta, que excluye validos[607]. Decía que

juntamente se mandase que el vasallo que con tal nombre se atreviese a

levantarse con su rey, muriese infamemente[608] y perdiese todas las

honras y bienes que tuviese, quedando su apellido siempre maldito y

condenado[609]. Pues sin más consideración, ese desatinado bergamasco,

ni acordarme[610] de los nepotes de Roma, me llamó hereje _pezente y

mascalzón_, diciendo[611] que en detestar los privados, detestaba los

nepotes[612], y que privado y nepote eran dos nombres y una cosa. Y no

habiendo yo tomado en la boca disparate semejante, me embistió en la

forma que nos hallastes.

Los alemanes quedaron, con los demás oyentes, suspensos y pensativos.

Encamináronlos a cada uno a su puesto, no sin dificultad, y dispusieron

en auditorio pacífico aquellas multitudes para la propuesta que en

nombre de todos hacía un letrado bermejo, que a todos los había

revuelto y persuadido a pretensiones tan diferentes y desaforadas.

Mandaron el silencio dos clarines, cuando él, sobre lugar eminente[613]

que en el centro del concurso los miraba en iguales distancias, dijo:

--La pretensión que todos tenemos es la libertad de todos, procurando

que nuestra sujeción sea a lo justo, y no a lo violento; que nos mande

la razón, no el albedrío; que seamos de quien nos hereda, no de quien

nos arrebata; que seamos cuidado de los Príncipes, no mercancía, y

en las Repúblicas compañeros, no esclavos; miembros y no trastos;

cuerpo y no sombra. Que el rico no estorbe al pobre que pueda ser

rico, ni el pobre enriquezca con el robo del poderoso. Que el noble

no desprecie al plebeyo, ni el plebeyo aborrezca al noble, y que todo

el gobierno se ocupe en animar a que todos los pobres sean ricos y

honrados los virtuosos, y en estorbar que suceda lo contrario. Hase de

obviar que ninguno pueda ni valga más que todos, porque quien excede

a todos, destruye la igualdad, y quien le permite que exceda le manda

que conspire. La igualdad es armonía, en que está sonora la paz de

la república, pues en turbándola particular exceso, disuena y se oye

rumor lo que fué música. Las repúblicas han de tener con los reyes la

unión que tiene la tierra, en quien ellas se representan, con el mar,

que los representa a ellos. Siempre están abrazados, mas siempre ésta

se defiende de las insolencias de aquél con la orilla, y siempre aquél

la amenaza, la va lamiendo y procurando anegarla y sorbérsela, y

ésta, cobrar de sí, por una parte, tanto como él la esconde por otra.

La tierra, siempre firme y sin movimiento, se opone al bullicio y

perpetua discordia de su inconstancia; aquél, con cualquier viento se

enfurece; ésta, con todos se fecunda. Aquél se enriquece de lo que ésta

le fía; ésta, con anzuelos, y redes, y lazos, le pesca y le despuebla.

Y de la manera que toda la seguridad del mar y el abrigo está en la

tierra, que da los puertos, así en las repúblicas está el reparo de

las borrascas y golfos de los reinos. Éstas siempre han de militar con

el seso, pocas veces con las armas; han de tener ejércitos y armadas

prontas en la suficiencia del caudal, que es el _luego_ que logra las

ocasiones. Deben hacer la guerra a los unos reyes con los otros, porque

los monarcas, aunque sean padres y hijos, hermanos y cuñados, son como

el hierro y la lima, que siendo, no sólo parientes, sino una misma

cosa y un propio metal, siempre la lima está cortando y adelgazando

al hierro. Han de asistir las repúblicas a los príncipes temerarios

lo que baste para que se despeñen, y a los reportados, para que sean

temerarios. Harán nobilísima la mercancía, porque enriquece y lleva

los hombres por el mundo ocupados en estudio práctico, que los hace

doctos de experiencias, reconociendo puertos, costumbres, gobiernos

y fortalezas y espiando desinios. Serán meritorios al útil de la

Patria los estudios políticos y matemáticos, y a ninguna cosa se dará

peor nombre que al ocio más ilustre y a la riqueza más vagamunda. Los

juegos públicos se ordenarán del ejercicio de las armas[614], conforme

a la disposición de las batallas, porque sean juntamente de utilidad y

entretenimiento, juntamente fiestas y estudios, y entonces será decente

frecuentar los teatros cuando fueren academias. Hase de condenar por

infame ostentación en trajes[615], y sólo ha de ser diferencia entre

el pobre y el rico que éste dé el socorro y aquél le reciba, y entre

noble y plebeyo, la virtud y el valor, pues fueron principio de todas

las noblezas que son. Aquí se me caerán unas palabrillas de Platón:

quien las hubiere menester, las recoja, que yo no sé a qué propósito

las digo, mas no faltará quien sepa a qué propósito las dijo en el

diálogo 3 _de Republica, vel de Justo_. Son éstas: _Igitur rempublicam

administrantibus praecipuè, si quibus aliis, mentiri licet, vel

hostium, vel civium causa, ad communem civitatis utilitatem: reliquis

autem à mendacio abstinendum est_. “Si a algunos es lícito mentir,

principalmente es lícito a los que gobiernan las repúblicas, o por

causa de los enemigos, o ciudadanos, para la común utilidad de la

ciudad: todos los demás se han de guardar de mentir”. Pondero que,

condenando la Iglesia católica esta doctrina de la república de Platón,

hay quien se precia y blasona de ser su república.

“Pasemos a la propuesta de los súbditos de los reyes. Éstos se quejan

de que ya todos son electivos, porque los que son y nacen hereditarios

son electores de privados, que son reyes por su elección. Esto los

desespera, porque dicen los franceses que los príncipes que para

mejor gobernar sus reinos se entregan totalmente a validos, son como

los galeotes, que caminan forzados, volviendo las espaldas al puerto

que buscan, y que los tales privados son como jugadores de manos,

que, cuanto más engañan, más entretienen, y cuanto mejor esconden el

embuste a los ojos y más burlas hacen a las potencias y sentidos, son

más eminentes y alabados del que los paga los embelecos con que le

divierten. La gracia está en hacerle creer que está lleno lo que está

vacío, que hay algo donde no hay nada, que son heridas en otros lo

que es mellas en sus armas, que arrojan con la mano lo que esconden

en ella. Dicen que le dan dinero, y cuando lo descubre, se halla con

una inmundicia o la muela de un asno. Las comparaciones son viles:

válense dellas a falta de otras; por esto afirman que igualmente son

reprehensibles el rey que no quiere ser lo que el grande Dios quiso que

fuese y el que quiere ser lo que no quiso que fuera. Osan decir que el

privado total introduce en el rey, como la muerte en el hombre, _nova

forma cadaveris: nueva forma de cadáver_, a que se sigue corrupción

y gusanos, y que, conforme[616] a la opinión de Aristóteles, en el

Príncipe _fit resolutio usque ad materiam primam_; quiere decir: _no

queda alguna cosa de lo que fué, sino la representación_. Esto baste.

“Pasemos a las quejas contra los tiranos y a la razón dellas. Yo no sé

de quién hablo ni de quién no hablo: quien me entendiere, me declare.

Aristóteles dice _que es tirano quien mira más a su provecho particular

que al común_. Quien supiere de algunos que no se comprehenden en

esta difinición, lo venga diciendo, y le darán su hallazgo[617][618].

Quéjanse de los tiranos más los que reciben beneficios que los

que padecen castigos, porque el beneficio del tirano constituye

delincuentes y cómplices, y el castigo, virtuosos y beneméritos; tales

son, que la inocencia, para ser dichosa, ha de ser desdichada en

sus dominios. El tirano, por miseria y avaricia, es fiera[619]; por

soberbia, es demonio; por deleites y lujuria, todas las fieras y todos

los demonios. Nadie se conjura contra el tirano primero que él mismo;

por esto es más fácil matar al tirano que sufrirle. El beneficio del

tirano siempre es funesto: a quien más favorece, el bien que le hace

es tardarse en hacerle mal. Ejemplo de los tiranos fué Polifemo, en

Homero: favoreció a Ulises con hablar con él sólo, y con preguntarle

supo sus méritos, oyó sus ruegos, vió su necesidad, y el premio que

le ofreció fué que, después de haberse comido a sus compañeros, le

comería el postrero[620]. Del tirano que se come los que tiene debajo

de su mano, no espere nadie otro favor sino ser comido el último. Y

adviértase que, si bien el tirano lo concede por merced, el que ha de

ser comido no lo juzga en la dilación sino por aumento de crueldad.

Quien te ha de comer después de todos, te empieza a comer en todos

los que come antes; más tiempo te lamentas vianda del tirano cuanto

más tarda en comerte. Ulises duraba en su poder manjar y no huésped.

Detenerle en la cueva para pasarle al estómago, más era sepultura que

hospedaje. Ulises con el vino le adormeció: su veneno es el sueño.

Pueblos, daldes sueño, tostad las hastas, sacadles los ojos, que

después ninguno hizo lo que todos desearon que se hiciese. _Ninguno_

decía el tirano Polifemo que le había cegado, porque Ulises, con

admirable astucia, le dijo que se llamaba _Ninguno_. Nombrábale para su

venganza y defendíale con la equivocación del nombre: ellos disculpan a

quien los da muerte, a quien los ciega. Libróse Ulises disimulado entre

las ovejas que guardaba. Lo que más guarda el tirano, guarda contra él

a quien le derriba.

“Esto supuesto, digo que hoy nos juntamos los sugetos a tratar de la

defensa nuestra, contra el arbitrio de los que nos gobiernan mediata

o inmediatamente. En las repúblicas y en los reinos, los puntos

sustanciales[621] sean perpetuos en sus consejos, sin poder tener ni

pretender ascenso a otros, porque pretender uno y gobernar otro, no da

lugar al estudio ni a la justicia, y la ambición de pasar a tribunal

diferente y superior le tiene caminante, y no juez, y con lo que

gobierna granjea lo que quiere gobernar, y, distraído, no atiende a

nada: a lo que tiene, porque lo quiere dejar, y a lo que desea, porque

aún no lo tiene. Cada uno es de provecho donde los años le han dado

experiencia y estorbo donde empieza la primera noticia, porque pasan

de las materias que ya sabían a las que aún no saben. Las honras que

se les hicieren, no han de salir del estado de su profesión, porque no

se mezclen con las militares, y la toga y la espada anden en ultraje:

aquélla embarazada y extraña y ésta quejosa y confundida[622].

“Que los premios sean indispensables; que, no sólo no se den a los

ociosos, sino que no se permita que los pidan, porque si el premio de

las virtudes se gasta en los vicios, el príncipe o república quedará

pobre de su mayor tesoro, y el metal del precio, vil y falsificado. No

le han de aguardar el benemérito ni el indigno: aquél, porque se le han

de dar luego; éste, porque nunca se le han de dar. Menos mal gastado

sería el oro y los diamantes en grillos para aprisionar delincuentes

que una insignia militar y de honor en un vagamundo y vicioso. Roma

entendió esto bien, que pagaba con un ramo de laurel u de roble más

heridas que daba hojas, vitorias de ciudades, provincias y reinos. Para

consejeros de Guerra y Estado sólo sean suficientes y admitidos[623]

los valientes y experimentados: sea prerogativa la sangre, o vertida o

aventurada; no la presuntuosa[624] en genealogías y antepasados. Para

los cargos de la guerra se han de preferir los valientes y dichosos.

Gran recomendación es la de los bienafortunados sobre valientes: Lucano

lo aconseja[625]:

..._Fatis accede, Deisque,

Et cole felices, miseros fuge._

“Siempre he leído esto de buena gana, y a este admirable poeta,

niegúeselo quien quisiere[626], con atención en lo político y militar,

preferida a todos después de Homero.

“Para las judicaturas se han de escoger los doctos y los

desinteresados. Quien no es codicioso, a ningún vicio sirve, porque

los vicios inducen el interés a que se venden. Sepan las leyes, empero

no más que ellas; hagan que sean obedecidas, no obedientes. Éste es

el punto en que se salvan los tribunales. Yo he dicho. Vosotros diréis

lo que se os ofrece y propondréis los remedios más convenientes y

platicables”.

Calló. Y como era multitud diferente en naciones y lenguas, se armó

un zurrido de gerigonzas tan confuso, que parecía haberse apeado allí

la tabaola de la torre de Nembrot: ni los entendían ni se entendían.

Ardíase en sedición y discordia el sitio, y en los visajes y acciones

parecía junta de locos u endemoniados. Cuando el gremio de los

pastores, que con ondas ceñían los pellejos de las ovejas, que les

eran más acusación que abrigo, dijeron que “los oyesen luego y los

primeros, porque se les habían rebelado las ovejas, diciendo que

ellos las guardaban de los lobos, que se las comían una a una, para

trasquilarlas, desollarlas, matarlas y venderlas todas juntas de una

vez, y que pues los lobos, cuando mucho, se engullían una, u dos, u

diez, u veinte, pretendían que los lobos las guardasen de los pastores,

y no los pastores de los lobos, y que juzgaban más piadosa la hambre

de sus enemigos que la codicia de sus mayorales, y que tenían hecha

información contra nosotros con los mastines de ganado”.

No quedó persona que no dijese:

--Ya entendemos: no son bobas las ovejas si lo consiguen.

En esto, los cogió la _hora_, y, enfurecidos, unos decían: “Lobos

queremos”; otros: “Todos son lobos”; otros: “Todo es uno”; otros: “Todo

es malo”. Otros muchos contradecían a éstos. Y viendo los letrados que

se mezclaban en pendencia, por sosegarlos, dijeron que el caso pedía

consideración grande, que lo difiriesen a otro día y, entre tanto,

se acudiese por el acierto a los templos sagrados. Los franceses, en

oyéndolo, dijeron:

--En siendo necesario acudir a los templos, somos perdidos, y tememos

nos suceda[627] lo que a la lechuza cuando estaba enferma, que,

consultando a la zorra, a quien juzgó por animal más graduado, su mal,

juntamente con la picaza, a quien, por verla[628] sobre mulas matadas,

juzgó por médico, la respondieron que no tenía remedio sino acudir a

los templos, la cual lechuza, en oyéndolo, dijo:

--Pues yo soy muerta si mi remedio es acudir a los santuarios, pues mi

sed los tiene a escuras, por haberme bebido el aceite de las lámparas,

y no hay retablo que no tenga sucio.

El monseñor, levantando la voz, dijo:

--Monsiures lechuzas: se os otorga esa comparación y se os acuerda

a vosotros y a cuantos coméis de lo sagrado lo que Homero refiere de

los ratones cuando pelearon con las ranas, que, acudiendo a los dioses

que los favoreciesen, se excusaron todos, diciendo unos que les habían

roído una mano, otros un pie, otros las insignias, otros las coronas,

otros los picos de las narices, y ninguno hubo que en su imagen o bulto

no tuviese algo menos y señales de sus dientes. Aplicad ahora, ratones

calvinistas, luteranos, hugonotes y reformados, y veréis en el cielo

quién os ha de ayudar[629].

--¡Oh, inmenso Dios! cuál zacapella[630] y turbamulta armaron los

bugres con el monseñor. La discordia del campo de Agramante, en su

comparación, era un convento de vírgines vestales; para sosegarlos se

vieron todos en peligro de perderse. En fin, detenidos y no acallados,

se fueron todos quejosos de lo que cada uno pasaba y rabiando cada uno

por trocar su estado con el otro.

Los Sueños, Volume II · 第 10 / 15 段