último seno del golfo a que da nombre, yace en el dominio del Emperador
de Constantinopla, hoy llamada Estambol[513], convocados en aquella
sinagoga los judíos de toda Europa por Rabbi[514] Saadías, y Rabbi
Isaac Abarbaniel[515], y Rabbi Salomón, y Rabbi Nissin[516], se
juntaron: por la sinagoga de Venecia, Rabbi Samuel y Rabbi Maimón; por
la de Raguza, Rabbi Aben Ezra[517]; por la de Constantinopla, Rabbi
Jacob; por la de Roma, Rabbi Chamaniel[518]; por la de Ligorna[519],
Rabbi Gersomi; por la de Ruán, Rabbi Gabirol[520]; por la de Orán,
Rabbi Asepha[521]; por la de Praga, Rabbi Mosche; por la de Viena,
Rabbi Berchai; por la de Amsterdán, Rabbi Meir Armahah[522]; por
los hebreos disimulados, y que negocian[523] de rebozo con traje y
lengua de cristianos, Rabbi David Bar Nachman[524], y, con ellos,
los _Monopantos_[525], gente en república, habitadora de unas islas
que entre el mar Negro y la Moscovia, confines de la Tartaria, se
defienden sagaces de tan feroces vecindades, más con el ingenio que
con las armas y fortificaciones. Son hombres de cuadruplicada malicia,
de perfecta hipocresía, de extremada disimulación, de tan equívoca
apariencia, que todas las leyes y naciones los tienen por suyos. La
negociación les multiplica caras y los manda los semblantes[526], y el
interés los remuda las almas. Gobiérnalos un príncipe a quien llaman
Pragas Chincollos[527]. Vinieron por su mandado a este sanedrín[528]
seis, los más doctos en carcomas y polillas del mundo: el uno se
llama Philárgyros[529], y el otro, Chrysóstheos[530]; el tercero,
Danipe[531]; el cuarto, Arpiotrotono[532]; el quinto, Pacas Mazo[533];
el sexto, Alkemiastos[534][535]. Sentáronse por sus dignidades,
respectivamente, a la preeminencia de las sinagogas, dando el primer
banco por huéspedes a los _Monopantos_[536]. Poseyólos[537] atento
silencio, cuando Rabbi Saadías, después de haber orado el psalmo _In
Exitu Israel_, dijo tales palabras:
--“Nosotros, primero linaje del mundo, que hoy somos desperdicio de
las edades y multitud derramada que yace en esclavitud y vituperio
congojoso, viendo arder en discordias el mundo, nos hemos juntado a
prevenir advertencia desvelada en los presentes tumultos, para mejorar
en la ruina de todos nuestro partido. Confieso que el captiverio, y
las plagas, y la obstinación en nosotros son hereditarias; la duda y
la sospecha, patrimonio de nuestros entendimientos, que siempre fuimos
malcontentos de Dios, estimando más al que hacíamos[538] que al que
nos hizo. Desde el primer principio nos cansó su gobierno, y seguimos
contra su ley la interpretación del demonio. Cuando su omnipotencia nos
gobernaba, fuimos rebeldes; cuando nos dió gobernadores, inobedientes.
Fuénos molesto Samuel, que, en su nombre, nos regía, y juntos en
comunidad ingrata, siendo nuestro Rey Dios, pedimos a Dios otro Rey.
Diónos a Saúl con derecho de tirano, declarando haría esclavos nuestros
hijos, nos quitaría las haciendas para dar a sus validos, y agravó
este castigo con decir no nos le quitaría aunque se lo pidiésemos.
Él dijo a Samuel que a él le despreciábamos, no a Samuel ni a sus
hijos. En cumplimiento desto, nos dura aquel Saúl siempre, y en todas
partes, y con diferentes nombres. Desde entonces, en todos los reinos y
repúblicas nos oprime en vil y miserable captividad, y para nosotros,
que dejamos a Dios por Saúl, permite Dios que sea un Saúl cada rey.
Quedó nuestra nación para con todos los hombres introducida en culpa,
que unos la echan a otros, todos la tienen y todos se afrentan de
tenella. No estamos en parte alguna sin que primero nos echasen de
otra; en ninguna residimos que no deseen arrojarnos, y todas temen que
seamos impelidos a ellas.
“Hemos reconocido que no tienen comercio nuestras obras y nuestras
palabras y que nuestra boca y nuestro corazón nunca se aunaron en
adorar un propio Dios. Aquélla siempre aclamó al Cielo[539], éste
siempre fué idólatra del oro y de la usura. Acaudillados de Moisén
cuando subió por la Ley al monte, hicimos demonstración de que la
religión de nuestras almas era el oro y cualquier animal que dél se
fabricase: allí adoramos nuestras joyas en el becerro y juró nuestra
codicia, por su deidad, la semejanza de la niñez de las vacadas.
No admitimos a Dios en otra moneda, y en ésta admitimos cualquiera
sabandija por dios. Bien conocía la enfermedad de nuestra sed quien
nos hizo beber el ídolo en polvos. Grande y ensangrentado castigo se
siguió a este delito; empero, degollando a muchos millares, escarmentó
a pocos, pues, haciendo después Dios con nosotros cuanto le pedimos,
nada hizo de que luego no nos enfadásemos. Extendió las nubes en
toldo, para que en el desierto nos escondiese a los incendios del día.
Esforzó con la coluna de fuego los descaecimientos de las estrellas y
la luna, para que, socorridas de su movimiento relumbrante, venciesen
las tinieblas a la noche, contrahaciendo el sol en su ausencia. Mandó
al viento que granizase nuestras cosechas, y dispuso en moliendas
maravillosas las regiones del aire, derramando guisados en el maná
nuestros mantenimientos, con todas las sazones que el apetito desea.
Hizo que las codornices, descendiendo en lluvia, fuesen cazadores
y caza todo junto, para nuestro regalo. Desató en fuga líquida la
inmobilidad de las peñas, y que las fuentes naciesen aborto de los
cerros, para lisonjear nuestra sed. Enjugó en senda tratable a nuestros
pies los profundos del mar[540], y colgó perpendiculares los golfos,
arrollando sus llanuras en murallas líquidas, detiniendo en edificio
seguro las olas y las borrascas, que a nuestros padres fueron vereda
y a Faraón sepulcro y tumba de su carro y ejército. Hizo su palabra
levas de sabandijas, alistando por nosotros, en su milicia, ranas,
mosquitos y langostas. No hay cosa tan débil de que Dios no componga
huestes invencibles contra los tiranos. Debeló con tan pequeños
soldados los escuadrones enemigos, formidables y relucientes en las
defensas del hierro, soberbios en los blasones de sus escudos, pomposos
en las ruedas de sus penachos. A tan milagrosos beneficios, que nuestro
rey y profeta David cantó en el psalmo, según la división nuestra,
105, que empieza _Hodu la-Adonäi_[541], respondió nuestra dureza e
ingratitud con hastío y fastidio en el sustento, con olvido en el paseo
abierto sobre las ondas del mar. Pocas veces quien recibe lo que no
merece, agradece lo que recibe. Muchas veces castiga Dios con lo que da
y premia con lo que niega. Tales antepasados son genealogía delincuente
de nuestra contumacia.
“Comúnmente nos tienen por los porfiados de la esperanza sin fin,
siendo en la censura de la verdad la gente más desesperada de la
vida. Nada aborrecemos, y hemos aborrecido tanto los judíos como la
esperanza. Nosotros somos el extremo de la incredulidad, y _esperanza_
y _incredulidad_ no son compatibles[542]: ni esperamos ni hay qué
esperar de nosotros. Porque Moisén se detuvo un poco en el monte no
quisimos esperarle, y pedimos dios a Aarón. La razón que dan de que
somos tercos en esperanza perdurable es que aguardamos tantos siglos ha
al Mesías; empero nosotros ni le recibimos en Cristo ni le aguardamos
en otro. El decir siempre que ha de venir no es porque le deseamos ni
le creemos: es por disimular con estas largas que somos aquel ignorante
que empieza el psalmo 13, diciendo en su corazón: 'No hay Dios[543]'.
Lo mismo dice quien niega al que ya vino y aguarda al que no ha de
venir. Este lenguaje gasta nuestro corazón, y, bien considerado, es
el _Quare_, del psalmo 2, _fremuerunt gentes, et populi meditati sunt
innania... adversùs Dominum, et adversùs Christum ejus_? De manera
que nosotros decimos que esperamos siempre por disimular que siempre
desesperamos.
“De la ley de Moisén sólo guardamos el nombre, sobrescribiendo con
él y con ella las excepciones que los talmudistas han soñado para
desmentir las Escrituras, deslumbrar las profecías, y falsificar los
preceptos, y habilitar las conciencias a la fábrica de la materia de
estado, dotrinando para la vida civil nuestro ateísmo en una política
sediciosa, prohijándonos de hijos de Israel a hijos[544] del siglo.
Cuando tuvimos ley no la guardábamos; hoy, que la guardamos, no es ley
sino en la breve pronunciación de las tres letras.
“Ha sido necesario decir lo que fuimos para disculpar lo que somos
y encaminar lo que pretendemos ser, creciéndonos en estos delirios
rabiosos, en que parece está frenético todo el orbe de la tierra,
cuando no solamente los herejes toman contra los católicos las armas
enemigas, sino los católicos, unos mueven contra otros los escuadrones
parientes. Los protestantes de Alemania ha muchos años[545] que
pretenden que el Emperador sea hereje. A esto los fomenta el Rey
Cristianísimo, haciendo como que no lo es y desentendiéndose de Calvino
y Lutero. Opónese a todos el Rey Católico, para mantener en la Casa
de Austria la suprema dignidad de las águilas de Roma. Los olandeses,
animados con haber sido traidores dichosos, aspiran a que su traición
sea monarquía, y de vasallos rebeldes del gran Rey de España, osan
serle competidores. Robáronle lo que tenía en ellos y prosiguen en
usurparle lo que tan lejos dellos tiene, como son el Brasil y las
Indias, destinando sus conquistas sobre sus coronas[546]. No hemos sido
para todos estos robos la postrera disposición nosotros, por medio
de los cristianos postizos, que, con lenguaje portugués, le habemos
aplicado para minas, con título de vasallos. Los potentados de Italia
(si no todos, los más) han hospedado en sus dominios franceses, dando
a entender han descifrado en este sentir los semblantes[547] del Summo
Pontífice, y la tolerancia muda han leído por _motu proprio_. El Rey
de Francia ha usado contra el Monarca de los españoles estratagema
nunca oída, disparándole por batería todo su linaje, con achaque de
malcontentos y huidos, para que, en sueldos[548] y socorros y gastos
consumiese las consignaciones de sus ejércitos. ¿Cuándo se vió un Rey
contra otro hacer munición de dientes y muelas de su madre y de su
hermano, próximo heredero, para que se le comiesen a bocados? Ardid es
mendicante, mas pernicioso. Militar con el mogollón[549], más tiene
de lo ridículo que de lo serio. Nosotros tenemos sinagogas en los
Estados de todos estos príncipes, donde somos el principal elemento
de la composición desta cizaña. En Ruán somos la bolsa de Francia
contra España, y juntamente de España contra Francia, y en España[550],
con traje que sirve de máscara a la circuncisión[551], socorremos a
aquel Monarca con el caudal que tenemos en Amsterdán en poder de sus
propios enemigos, a quienes importa más el mandar que le difiramos las
letras que a los españoles cobrarlas. ¡Extravagante tropelía servir y
arruinar con un propio dinero a amigos y a enemigos y hacer que cobre
los frutos de su intención el que los paga del que los cobra[552]! Lo
mismo hacemos con Alemania, Italia y Constantinopla, y todo este enredo
ciego y belicoso causamos con haber tejido el socorro de cada uno en
el arbitrio de su mayor contrario; porque nosotros socorremos como el
que da con interés dineros al que juega y pierde, para que pierda más.
No niego que los _Monopantos_ son gariteros de la tabaola de Europa,
que dan cartas y tantos, y entre lo que sacan de las barajas que meten
y de luces, se quedan con todo el oro y la plata, no dejando a los
jugadores sino voces y ruido, y perdición, y ansia de desquitarse a
que los inducen, porque su garito, que es fin[553] de todos, no tenga
fin. En esto son perfecto remedo de nuestros anzuelos. Es verdad que
para la introducción nos llevan grande ventaja en ser los judíos del
Testamento Nuevo, como nosotros del Viejo, pues así como nosotros no
creímos que Jesús era el Mesías que había venido, ellos, creyendo que
Jesús era el Mesías que vino, le dejan pasar por sus conciencias: de
manera que parece que jamás llegó para ellos[554] ni por ellas. Los
_Monopantos_ le creen (como de nosotros dice que le esperamos un grave
autor: _Auream et gemmatam Hierusalem espectabant_) en Hierusalén[555]
de oro y joyas. Ellos y nosotros, de diferentes principios y con
diversos medios, vamos a un mesmo fin, que es a destruir, los unos, la
cristiandad que no quisimos; los otros, la que ya no quieren, y por
esto nos hemos juntado a confederar malicia y engaños.
“Ha considerado esta sinagoga que el oro y la plata son los verdaderos
hijos de la tierra que hacen guerra al Cielo, no con cien manos solas,
sino con tantas como los cavan, los funden, los acuñan, los juntan,
los cuentan, los reciben y los hurtan. Son dos demonios subterráneos,
empero bienquistos de todos los vivientes; dos metales, que cuanto
tienen más de cuerpo, tienen más de espíritu. No hay condición que les
sea desdeñosa, y si alguna ley los condena, los legistas e intérpretes
della los absuelven. Quien se desprecia de cavarlos se precia de
adquirirlos; quien de grave no los pide al que los tiene, de cortesano
los recibe de quien los da, y el que tiene por trabajo el ganarlos,
tiene el robarlos por habilidad, y hay en la retórica de juntarlos un
_no los quiero_[556], que obra _dénmelos_, y _nada recibo de nadie_,
que es verdad, porque no es mentira _todo lo tomo_. Y como mentiría el
mar si dijese que no mata su sed con tragarse los arroyuelos y fuentes,
pues bebiéndose todos los ríos que se los beben, en ellos se sorbe
fuentes y arroyos, de la misma manera mienten los poderosos que dicen
no reciben de los mendigos y pobres, cuando se engullen a los ricos,
que devoran a los pobres y mendigos. Esto supuesto, conviene encaminar
la batería de nuestros intereses a los reyes y repúblicas y ministros,
en cuyos vientres son todos los demás repleción que, conmovida por
nosotros, o será letargo o apoplejía en las cabezas. En el método de
disponerlo sea el primer voto el de los señores _Monopantones_”.
Los cuales, habiéndose conficionado los unos con los chismes de
los otros, determinaron que Pacas Mazo[557], como más abundante de
lengua[558] y más caudaloso de palabras, hablase por todos, lo que hizo
con tales razones:
--Los bienes del mundo son de los solícitos; su fortuna, de los
disimulados y violentos. Los señoríos y los reinos, antes se arrebatan
y usurpan que se heredan y merecen. Quien en las medras temporales es
el peor de los malos, es el benemérito sin competidor, y crece hasta
que se deja exceder en la maldad, porque en las ambiciones, lo justo
y lo honesto hacen delincuentes a los tiranos. Éstos, en empezando
a moderarse, se deponen; si quieren durar en ser tiranos, no han
de consentir que salgan fuera las señas de que lo son. El fuego que
quema la casa, con el humo que arroja fuera, llama a que le maten con
agua. Deste discurso cada uno tome lo que le pareciere a propósito. La
moneda es la Circe, que todo lo que se le llega u de ella se enamora,
lo muda en varias formas: nosotros somos el _verbi gratia_. El dinero
es un dios de rebozo[559], que en ninguna parte tiene altar público y
en todas tiene adoración secreta; no tiene templo particular, porque
se introduce en los templos. Es la riqueza una seta universal en que
convienen los más espíritus del mundo, y la codicia, un heresiarca
bienquisto de[560] los discursos políticos y el conciliador de todas
las diferencias de opiniones y humores. Viendo, pues, nosotros que
es el mágico y el nigromante[561] que más prodigios obra, hémosle
jurado por norte de nuestros caminos y por calamita[562] de nuestro
norte[563], para no desvariar en los rumbos. Esto ejecutamos con tal
arte, que le dejamos para tenerle y le despreciamos para juntarle:
lo que aprendimos de la hipocresía de la bomba, que con lo vacío se
llena, y con lo que no tiene atrae lo que tienen otros, y sin trabajo
sorbe y agota lo lleno con su vacío. Somos remedos de la pólvora, que,
menuda, negra, junta y apretada, toma fuerza inmensa y velocidad de la
estrechura. Primero hacemos el daño que se oiga el ruido, y como para
apuntar[564] cerramos un ojo y abrimos otro, lo conquistamos todo en un
abrir y cerrar de ojos. Nuestras casas son cañones de arcabuz, que se
disparan por las llaves y se cargan por las bocas. Siendo, pues, tales,
tenemos costumbres y semblantes que convienen con todos, y por esto no
parecemos forasteros en alguna seta o nación. Nuestro pelo le admite
el turco por turbante, el cristiano por sombrero, y el moro por bonete
y vosotros por tocado. No tenemos ni admitimos nombre de reino ni de
república, ni otro que el de _Monopantos_: dejamos los apellidos a las
repúblicas y a los reyes, y tomámosles el poder limpio de la vanidad
de aquellas palabras magníficas; encaminamos nuestra pretensión a que
ellos sean señores del mundo y nosotros de ellos. Para fin tan lleno
de majestad no hemos hallado con quien hacer confederación igual, a
pérdida y ganancia, sino con vosotros, que hoy sois los tramposos de
toda Europa. Y solamente os falta nuestra calificación para acabar de
corromperlo todo, la cual os ofrecemos plenaria, en contagio y peste,
por medio de una máquina infernal que contra los cristianos hemos
fabricado los que estamos presentes. Ésta es que, considerando que la
triaca se fabrica sobre el veloz veneno de la víbora (por ser el humor
que más aprisa y derecho va al corazón, a cuya causa, cargándola[565]
de muchos simples de eficacísima virtud, los lleva al corazón para que
le defiendan de la ponzoña, que es lo que se pretende por la medicina),
así nosotros hemos inventado una contratriaca para encaminar al corazón
los venenos, cargando sobre las virtudes y sacrificios, que se van
derechos al corazón y al alma, los vicios y abominaciones y errores,
que, como vehículos, introducen[566] en ella. Si os determináis a esta
alianza, os daremos la receta con peso y número de ingredientes, y
boticarios doctos en esta confación, en que Danipe y Alkemiastos[567] y
yo hemos sudado, y no debe nuestro sudor nada a los trociscos[568] de
la víbora. Dejaos gobernar por nuestro Pragas[569], que no dejaréis de
ser judíos y sabréis juntamente ser _Monopantos_.
A raíz destas palabras los cogió la _hora_, y levantándose Rabbi
Maimón, uno de los dos que vinieron por la sinagoga de Venecia, se
llegó al oído de Rabbi Saadías, y rempujando con la mano estado y medio
de pico de nariz, para podérsele llegar a la oreja, le dijo:
--Rabbi, la palabrita _dejaos gobernar_, a roña sabe; conviene abrir el
ojo con éstos, que me semejan Faraones caseros y mogigatos.
Saadías le respondió:
--Ahora acabo de reconocerlos[570] por maná de dotrinas, que saben a
todo lo que cada uno quiere: no hay sino callar, y, como a ratones de
las repúblicas, darles qué coman en la trampa.
Chrysóstheos[571], que vió el coloquio entre dientes, dijo a
Philárgyros y a Danipe[572]:
--Yo atisbo la sospecha destos perversos judíos: todo _Monopanto_ se
dé un baño de becerro enjoyado, que ellos caerán de rodillas.
Recociéronse en lazos y embelecos unos contra otros, y para deslumbrar
a los _Monopantos_[573], Rabbi Saadías dijo:
--Nosotros os juzgamos exploradores de la tierra de promisión y la
seguridad de nuestros intentos; para que nos amásemos en un compuesto
rabioso, será bien se confiera[574] el modo y las capitulaciones y se
concluyan y firmen en la primera junta, que señalamos de hoy en tres
días.
Pacas Mazo[575], compuniendo su rapiña en palomita[576], dijo que el
término era bastante y la resolución providente, empero que convenía
que el secreto fuese ciego y mudo. Y sacando un libro encuadernado en
pellejo de oveja, cogida con torzales de oro en varios labores la lana,
se le dió a Saadías, diciendo:
--Esta prenda os damos por rehenes[577].
Tomóle, y preguntó:
--_¿Cúyas son estas obras?_
Respondió Pacas Mazo[578]:
--_De nuestras palabras._ El autor es Nicolás Machiavelo, que escribió
el canto llano de nuestro contrapunto.
Mirándole con grande atención los judíos, y particularmente la
encuadernación en pellejo de oveja, Rabbi Asepha[579], que asistía por
Orán, dijo:
--Esta lana es de la que dicen los españoles que vuelve trasquilado
quien viene por ella.
Con esto se apartaron, tratando unos y otros entre sí de juntarse,
como pedernal y eslabón, a combatirse y aporrearse y hacerse pedazos
hasta echar chispas contra todo el mundo, para fundar la nueva seta del
dinerismo, mudando el nombre de _ateístas_ en _dineranos_[580].
XL. Los pueblos y súbditos a señores, príncipes, repúblicas y reyes
y monarcas se juntaron en Lieja, país neutral, a tratar de sus
conveniencias y a remediar y a descansar sus quejas y malicias y
desahogar su sentir, opreso en el temor de la soberanía. Había gente
de todas naciones, estados y calidades. Era tan grande el número,
que parecía ejército y no junta, por lo cual eligieron por sitio la
campaña abierta. Por una parte, admiraba la maravillosa diferencia
de trajes y de aspectos; por otra, confundía los oídos y burlaba la
atención la diferencia de lenguas. Parecía romperse el campo con
las voces: resonaba a la manera que cuando el sol cuece las mieses,
se oye importuno rechinar con la infatigable voz de las chicharras;
el más sonoro alarido era el que encaramaban, desgañitándose, las
mujeres con acciones frenéticas. Todo estaba mezclado en tumulto ciego
y discordia[581] furiosa: los republicanos querían príncipes, los
vasallos de los príncipes querían ser republicanos.
Esta controversia[582] empelazgaron[583] un noble saboyano y un ginovés
plebeyo. Decía el saboyano que su Duque era el movimiento perpetuo y
que los consumía con guerras continuas[584] por equilibrar su dominio,
que se ve anegado entre las dos coronas de Francia y España, y que
su conservación la tenía en revolver, a costa de sus vasallos, los
dos Reyes, para que, ocupado el uno con el otro, no pueda el uno ni
el otro tragársele, viendo que sucesivamente entrambos príncipes,
ya éste, ya aquél, le conquistan y le defienden, lo cual pagan los
súbditos, sin poder respirar en quietud. Cuando Francia le embiste,
España le ayuda, y cuando España le acomete, Francia le defiende. Y
como ninguno de los dos le ampara por conservarle, sino porque el otro
no crezca con su Estado y le sea más formidable y próximo vecino, de la
defensa resulta a sus pueblos tanto daño como de la ofensa, y las más
veces, más. El Duque recata en su corazón disimulada la pretensión de
libertador de Italia, blasonando, para tener propicia la Santa Sede,
toda la historia de Amadeo, a quien llamaron _Pacífico_[585], por haber
sospechado algunos impíamente maliciosos que pensaba en reducir al Sumo
Pontífice a sólo el caudal de las gracias y indulgencias. Padece el
Duque achaques de Rey de Chipre, y es molestado de recuerdos de señor
de Ginebra, y adolece de soberanía desigual entre los demás potentados.
Todas estas cosas son espuelas que se añaden a los alientos, que en
él necesitan de freno; que por estas razones viene a tratar que la
Saboya y el Piamonte se confederen en República, donde la justicia y el
consejo mandan y la libertad reina.