--Esos cristianos sean libres; válgales por rescate su generosa bondad:

vestidlos y socorreldos para su navegación con grande abundancia de las

haciendas de todos los moriscos, y a ese perro quemaréis vivo, porque

propuso novedades, y se publicará por irremisible la propia pena en

los que le imitaren. Yo elijo ser llamado bárbaro vencedor y renuncio

que me llamen docto vencido: saber vencer ha de ser el saber nuestro,

que pueblo idiota es seguridad del tirano. Y mando a todos los que

habéis estado presentes que os olvidéis de lo que oístes al morisco.

Obedezcan mis órdenes las potencias como los sentidos y acobardad con

mi enojo vuestras memorias.

Dió con esto la _hora_ a todos lo que merecían: a los bárbaros

infieles, obstinación en su ignorancia; a los cristianos, libertad y

premio, y al morisco, castigo.

XXXVI. Dió una tormenta en un puerto de Chile con un navío de

olandeses, que, por su sedición y robos, son propiamente dádiva de

las borrascas y de los furores del viento. Los indios de Chile que

asistían a la guarda de aquel puerto, como gente que en todo aquel

mundo vencido guarda belicosamente su libertad para su condenación en

su idolatría, embistieron con armas a la gente de la nave, entendiendo

eran españoles, cuyo imperio les es sitio y a cuyo dominio perseveran

excepción. El capitán del bajel los sosegó, diciendo eran olandeses y

que venían de parte de aquella República con embajada importante a sus

caciques y principales, y acompañando estas razones con vino generoso,

adobado con las estaciones del norte, y ablandándolos con butiro[486]

y otros regalos, fueron admitidos y agasajados. El indio que gobernaba

a los demás fué a dar cuenta a los magistrados de la nueva gente y de

su pretensión. Juntáronse todos los más principales y mucho pueblo,

bien en orden, con las armas en las manos. Es nación tan atenta a lo

posible y tan sospechosa de lo aparente, que reciben las embajadas con

el propio aparato que a los ejércitos. Entró en la presencia de todos

el capitán del navío, acompañado de otros cuatro soldados, y por un

esclavo intérprete le preguntaron quién era, de dónde venía y a qué y

en nombre de quién. Respondió, no sin recelo de la audiencia belicosa:

--Soy capitán olandés; vengo de Olanda, república en el último

occidente, a ofreceros amistad y comercio. Nosotros vivimos en una

tierra que la miran seca con indignación debajo de sus olas los golfos;

fuimos, pocos años ha, vasallos y patrimonio del grande Monarca de

las Españas y Nuevo Mundo, donde sola vuestra valentía se ve fuera

del cerco de su corona, que compite por todas partes con el que da el

sol a la tierra. Pusímonos en libertad con grandes trabajos, porque

el ánimo severo de Felipe II quiso más un castigo sangriento de dos

señores[487] que tantas provincias y señorío. Armónos de valor la

venganza desta venganza, y con guerras[488] de sesenta años y más,

continuas, hemos sacrificado a estas dos vidas más de dos millones de

hombres, siendo sepulcro universal de Europa las campañas y sitios

de Flandes. Con las vitorias nos hemos hecho soberanos señores de la

mitad de sus Estados[489], y, no contentos con esto, le hemos ganado

en su país muchas plazas fuertes y muchas tierras, y en el oriente

hemos adquirido grande señorío y ganádole en el Brasil a Pernambuco,

la Parayba, y hecho nuestro el tesoro del palo, tabaco y azúcar, y en

todas partes, de vasallos suyos, nos hemos vuelto su inquietud y sus

competidores. Hemos considerado que, no sólo han ganado estas infinitas

provincias los españoles, sino que, en tan pocos años, las han vaciado

de tan inumerables poblaciones y pobládolas de gente forastera, sin

que de los naturales guarden aun los sepulcros memoria, y que sus

grandes emperadores y reyes, caciques y señores, fueron desparecidos

y borrados en tan alto olvido, que casi los esconde con los que nunca

fueron. Vemos que vosotros solos, o sea bien advertidos o mejor

escarmentados, os mantenéis en libertad hereditaria y que en vuestro

coraje se defiende a la esclavitud la generación americana. Y como es

natural amar cada uno a su semejante, y vosotros y mi república sois

tan parecidos en los sucesos, determinó enviarme por tan temerosos

golfos y tan peligrosas distancias a representaros su afecto, buena

amistad y segura correspondencia, ofreciéndoos, como por mí os ofrece,

para vuestra defensa o pretensiones, navíos y artillería, capitanes

y soldados, a quienes alaba y admira la parte del mundo que no los

teme, y para la mercancía, comercio en sus tierras y estados, con

hermandad y alianza perpetua, pidiendo escala franca en vuestro dominio

y correspondencia igual en capitulaciones generales, con cláusula de

amigos de amigos y enemigos de enemigos, y, por más demostración,

en su poder grande os aseguran muchas repúblicas, reyes y príncipes

confederados.

Los de Chile respondieron con agradecimiento, diciendo que para oír

bastaba la atención; mas, para responder, aguardaban las prevenciones

del Consejo[490]; que a otro día se les respondería a aquella hora.

Hízose así, y el olandés, conociendo la naturaleza de los indios,

inclinada a juguetes y curiosidades, por engañarles la voluntad[491],

les presentó barriles de butiro, quesos y frasqueras de vino, espadas,

y sombreros, y espejos, y, últimamente, _un cubo óptico_, que llaman

antojo de larga vista. Encarecióles su uso, y con razón, diciendo que

con él verían las naves que viniesen a diez y doce leguas de distancia

y conocerían por los trajes y banderas si eran de paz o de guerra, y lo

propio en la tierra, añadiendo que con él verían en el cielo estrellas

que jamás se han visto, y que sin él no podrían verse; que advertirían

distintas y claras las manchas que en la cara de la luna se mienten

ojos y boca, y en el cerco del sol una mancha negra, y que obraba estas

maravillas porque con aquellos dos vidrios traía al ojo las cosas que

estaban lejos y apartadas en infinita distancia. Pidiósele el indio que

entre todos tenía mejor lugar. Alargósele el olandés en sus puntos,

dotrinóle la vista para el uso y diósele. El indio le aplicó al ojo

derecho, y, asestándole a unas montañas, dió un grande grito, que

testificó su admiración a los otros, diciendo había visto a distancia

de cuatro leguas ganados, aves y hombres, y las peñas y matas tan

distintamente y tan cerca, que aparecían en el vidrio[492] postrero

incomparablemente crecidas. Estando en esto, los cogió la _hora_, y

zurriándose[493] en su lenguaje, al parecer razonamientos coléricos, el

que tomó el antojo, con él en la mano izquierda, habló al olandés estas

palabras:

--Instrumento que halla mancha en el sol y averigua mentiras en la luna

y descubre lo que el cielo esconde es instrumento revoltoso, es chisme

de vidrio, y no puede ser bienquisto del Cielo. Traer a sí lo que

está lejos, es sospechoso para los que estamos lejos: con él debistes

de vernos en esta gran distancia, y con él hemos visto nosotros la

intención que vosotros retiráis tanto de vuestros ofrecimientos. Con

este artificio espulgáis los elementos y os metéis de mogollón a

reinar: vosotros vivís enjutos debajo del agua y sois tramposos del

mar. No será nuestra tierra tan boba que quiera por amigos los que son

malos para vasallos, ni que fíe su habitación de quien usurpó la suya

a los peces. Fuistes sujetos al Rey de España, y, levantándoos con

su patrimonio, os preciáis de rebeldes, y queréis que nosotros, con

necia confianza, seamos alimento a vuestra traición. Ni es verdad que

nosotros somos vuestra semejanza, porque, conservándonos en la Patria

que nos dió la naturaleza, defendemos lo que es nuestro, conservamos

la libertad, no la robamos[494]. Ofrecéisnos socorro contra el Rey de

España, cuando confesáis le habéis quitado el Brasil, que era suyo.

Si a quien nos quitó las Indias se las quitáis, ¿cuánta mayor razón

será guardarnos de vosotros que dél? Pues advertid que América es una

ramera rica y hermosa, y que, pues fué adúltera a sus esposos, no será

leal a sus rufianes. Los cristianos dicen que el Cielo castigó a las

Indias porque adoraban a los ídolos, y los indios decimos que el Cielo

ha de castigar a los cristianos porque adoran a las Indias. Pensáis que

lleváis oro y plata y lleváis invidia de buen color y miseria preciosa.

Quitáisnos para tener que os quiten: por lo que sois nuestros enemigos,

sois enemigos unos de otros. Salid con término de dos horas deste

puerto, y si habéis menester algo, decildo, y si nos queréis granjear,

pues sois invencioneros, inventad instrumento que nos aparte muy lejos

lo que tenemos cerca y delante de los ojos, que os damos palabra que

con éste, que trae a los ojos lo que está lejos, no miraremos jamás

a vuestra tierra ni a España. Y llevaos esta espía de vidrio, soplón

del firmamento, que, pues con los ojos en vosotros vemos más de lo

que quisiéramos, no le habemos menester. Y agradézcale el sol que con

él le hallastes la mancha negra, que si no, por el color intentárades

acuñarle y de planeta hacerle doblón[495].

XXXVII. Los negros se juntaron para tratar de su libertad, cosa

que tantas veces han solicitado con veras. Convocáronse en

numeroso concurso. Uno de los más principales, que entre los demás

interlocutores bayetas era negro limiste[496], y había propuesto esta

pretensión en la Corte romana, dijo:

--Para nuestra esclavitud no hay otra causa sino la color, y la

color es accidente, y no delito. Cierto es que no dan los que nos

cautivan otra color a su tiranía sino nuestro color, siendo efecto

de la asistencia de la mayor hermosura, que es el sol. Menos son

causa de esclavitud cabezas de borlilla y pelo en burujones, narices

despachurradas y hocicos góticos. Muchos blancos pudieran ser esclavos

por estas tres cosas, y fuera más justo que lo fueran en todas

partes los naricísimos, que traen las caras con proas y se suenan

un peje espada, que nosotros, que traemos los catarros a gatas y

somos contrasayones. ¿Por qué no consideran los blancos que si uno

de nosotros es borrón entre ellos, uno dellos será mancha entre

nosotros? Si hicieran esclavos a los mulatos, aún tuvieran disculpa,

que es canalla sin rey, hombres crepúsculos entre anochece y no

anochece, la estraza de los blancos y los borradores de los trigueños

y el casi casi de los negros y el tris de la tizne. De nuestra tinta

han florecido en todas las edades varones admirables en armas y

letras, virtud y santidad. No necesita su noticia de que yo refiera

su catálogo. Ni se puede negar la ventaja que hacemos a los blancos

en no contradecir a la naturaleza la librea que dió a los pellejos

de las personas. Entre ellos, las mujeres, siendo negras o morenas,

se blanquean con guisados de albayalde, y las que son blancas, sin

hartarse de blancura, se nievan de solimán. Nuestras mujeres solas,

contentas con su tez anochecida, saben ser hermosas a escuras, y en sus

tinieblas, con la blancura de los dientes, esforzada en lo tenebroso,

imitan, centelleando con la risa, las galas de la noche. Nosotros

no desmentimos las verdades del tiempo, ni con embustes asquerosos

somos reprehensión de la pintura de los nueve meses. ¿Por qué, pues,

padecemos desprecio y miserable castigo? Esto deseo que consideréis,

mirando cuál medio seguirá nuestra razón para nuestra libertad y

sosiego.

Cogiólos la _hora_, y levantándose un negro, en quien la tropelía de la

vejez mostraba con las canas, contra el común axioma, que sobre negro

no hay tintura[497], dijo:

--Despáchense luego embajadores a todos los reinos de Europa, los

cuales propongan dos cosas: la primera, que si la color es causa de

esclavitud, que se acuerden de los bermejos, a intercesión de Judas, y

se olviden de los negros, a intercesión[498] de uno de los tres Reyes

que vinieron a Belén, y que, pues el refrán manda que de aquel color

no haya gato ni perro, más razón será que no haya hombre ni mujer, y

ofrezcan de nuestra parte arbitrios para que en muy poco tiempo los

bermejos, con todos sus arrabales, se consuman. La segunda, que tomen

casta de nosotros, y, aguando sus bodas en nuestro tinto, hagan casta

aloque y empiecen a gastar gente prieta, escarmentados de blanquecinos

y cenicientos, pues el ampo de los flamencos y alemanes tiene revuelto

y perdido el mundo, coloradas con sangre las campañas y hirviendo en

traiciones y herejías tantas naciones, y, en particular, acordarán

lo boquirubio de los franceses, y vayan advertidos los nuestros, si

los estornudaren, de consolarse con el tabaco y responder: “Dios nos

ayude”, gastando en sí propios la plegaria.

XXXVIII. El serenísimo Rey de Inglaterra, cuya isla es el mejor lunar

que el Océano tiene en la cara, juntando el Parlamento en su palacio de

Londres, dijo:

--Yo me hallo Rey de unos Estados que abraza sonoro el mar, que

aprisionan y fortifican las borrascas; señor de unos reinos,

públicamente, de la religión reformada; secretamente, católicos. Ingerí

en rey lo sumo pontífice, soy corona, bonete y dos cabezas: seglar y

eclesiástica[499]. Sospecho, aunque no la veo, la división espiritual

de mis vasallos; temo que gastan mucha Roma sus corazones[500], y

que aquella ciudad, con las llaves de San Pedro, se pasea por los

retiramientos de Londres. Esto, para mí, es tanto más peligroso

cuanto más oculto. Veo con ojos enconados crecer en muy poderosa

república la rebelión de los olandeses. Conozco que mi invidia y la

de mis ascendientes contra la grandeza de España, de menudo marisco

los abultó en estatura[501], como dice Juvenal, mayor que la ballena

británica[502]. Véolos introducidos en cáncer de las dos Indias,

y padezco los piojos que me comen porque los crié. Sé que de sus

dominios hurtados tienen flotas los más años, y algunos las flotas

enteras o buena parte de las que trae el Rey Católico, y que les es

copioso tesoro esta rebatiña. En la tierra son, por el ejercicio

de tantos años, soldados con crédito de inumerables vitorias, a

quienes hace la experiencia en el obedecer doctos y suficientes para

mandar. Por el mar los cuento inumerables en bajeles, inimitables en

fortuna, incontrastables en consejo, superiores en reputación militar.

Por otra parte, veo al Rey de Francia, mi vecino, a quien por las

pretensiones antiguas aborrezco, aspirar al imperio de Alemania y al

de Roma; introducido en Italia, y en ella, con puestos y ejércitos

y séquito de algunos de los potentados, y acariciado, al parecer,

de los buenos semblantes del Pontífice. Es mancebo nacido a las

armas y crecido en ellas, que, en edad que pudieron serle juguetes,

le fueron triunfos[503]. Consideróle con unido vasallaje por haber

demolido todas las fortificaciones, hasta las inexpugnables, de los

hugonotes, luteranos y calvinistas, y dejado el dominio y potestad

en solos católicos. No por esto le juzgo buen católico: antes le

presumo astuto político, y en su interior me persuado es conmodista,

y que tiene sus conveniencias por evangelios, y que cree en lo que

desea[504] y no en lo que adora: religión que tienen muchos debajo

del nombre de otra religión. Esto disimula, porque como su intento

es tomar a Milán y a Nápoles, mañosamente ha asistido en su reino a

los católicos, por ser sin comparación la mayor parte; débenlo al

número, no a la dotrina. Acompáñase del celo católico, por ser este

título disposición para distilar en Italia poco a poco su codicia

de dominios, y deben su crecimiento tanto a su hipocresía como a su

valor. En Alemania, llamando a los suecos y amotinando al de Sajonia

y al de Brandenburg y al Lanzgrave, ha jurado _in verba Luteri_. Para

ocupar sus Estados[505] al Duque de Lorena, se aplicó a la conciencia

de Calvino. Con esto es el Jano de la religión, que con una cara mira

al turco, y con otra al Papa, sirviéndole de calzador de púrpura para

calzarse aquella Corte el Cardenal de Richeleu[506]. Viendo esto, me

crece arrugada en gran volumen la nariz, considerando que para sus

intentos no ha hecho caso de mi poder y afinidad y se ha abrigado con

la buena dicha de los olandeses, despreciando a Ingalaterra, como si

tuviera en su mano otra doncella milagrosa Juana de Arc, a quien la

mala tradución llamó _poncella_. Todas estas acciones son a mi paladar

de tan mal sabor y de tan desabrida dentera, que me amarga el aire que

respiro, y con el suceso de la isla de Res tengo la memoria con ascos.

No halla la confederación con quien juntar mis filos para ser tijera

que cercene al uno y al otro, si no es con el Rey de España. Inmenso

Monarca es y sumamente poderoso y rico, señor de las más belicosas

naciones del mundo, príncipe en edad floreciente. Advierto, empero,

que la restitución del Palatinado me tiene empeñada la sangre y la

reputación, y ésta no la debo esperar de los católicos, y por eso la

puedo dudar de los españoles y de los imperiales, por la diferencia de

religiones y el grande hastío que muestran los protestantes de más casa

de Austria. Y por mí sospecho que el Rey de España no habrá olvidado

mi ida a su Corte, pues no olvido yo mi vuelta a la mía, de que es

recuerdo la entrada de mis bajeles en Cádiz. Yo querría volver a cerrar

en sus orillas al Rey Cristianísimo, que con grande avenida ha salido

de madre y esplayádose por toda Europa, y, juntamente, reducir a su

principio a los olandeses. Quiero me aconsejéis el mejor y más eficaz

medio, advirtiendo estoy determinado, no sólo a salir en persona, sino

codicioso de salir, porque creo que el Príncipe que teniendo guerra

forzosa no acompaña su gente condena a soldados a sus vasallos, en

vez de hacerlos soldados, y, conducidos por este castigo, más padecen

que hacen, y los obliga a que igualmente esperen su libertad y su

venganza del ser vencidos que del ser vencedores. De llevar ejércitos a

enviarlos[507] va la diferencia que de veras a burlas: juicio es de los

sucesos. Respondedme a la necesidad común, sin hablar con mi descanso.

Ni oiga yo en vuestro sentir fines particulares: informadme los oídos,

no me los embaracéis.

Todos quedaron suspensos en silencio reverente y cuidadoso,

confiriendo en secreto la resolución, cuando el gran Presidente, con

estas palabras, dió principio a la respuesta:

--Vuestra Majestad, serenísimo señor, ha sabido preguntar de manera

que nos ha enseñado a saberle responder: arte de tanto precio en los

reyes, que es artífice de todo buen conocimiento y desengaño. Señor:

la verdad es una y sola y clara; pocas palabras la pronuncian, muchas

la confunden; ella rompe poco silencio y la mentira deja poco por

romper. Todo lo que habéis considerado en el Rey de Francia y en los

olandeses es desvelo de la real providencia. El peligro inminente pide

resolución varonil y veloz. El Rey de España es hoy, para vuestros

desinios, vuestra sola confederación, y sumamente eficaz si vos en

persona asistís con él a la mortificación destos dos malos vecinos. Y

advertid que mandar y hacer son tan diferentes como obras y palabras.

Confieso que vuestra sucesión es muy infante para dejada; empero es

menor inconveniente dejarla tierna que, siendo padre, acompañarla niño.

No bien hubo pronunciado estas últimas palabras, cuando, levantándose

sobre su báculo un senador, marañado todo el seno con las canas de su

barba, la cabeza en el pecho y la corcova en que le habían los años

doblado la espalda en lugar de la cabeza, dijo:

--Mal puede disculparse de temerario el consejo de que su majestad

salga en persona, cuando sus reinos están minados de católicos

encubiertos, cuyo número es grande, a lo que se sabe; infinito, a lo

que se sospecha, y verdaderamente formidable por el desprecio en que

tienen la vida y el precio que se aseguran en la muerte. Los tormentos

se han cansado en sus cuerpos, no sus cuerpos en los tormentos; entre

ellos, por su religión, los despedazados persuaden, no escarmientan.

Esto saben las horcas, los cuchillos y las llamas, que buscaron

ansiosos y padecieron constantes. Pues si en tierra por todas partes

prisionera del mar, y en presencia de sus reyes, tantas veces han

conspirado para restituirse[508], ¿qué harán si sale y los desembaraza

su persona[509]? Vasallo tiene vuesa majestad de quien poder fiar

cualquiera empresa: enviad con pie de ejército de nuestra religión los

más importantes de los que se entiende son católicos, que con esto irá

su intención sujeta y vuestros reinos con menos enemigos dentro. No

aventuréis vuestra persona, en que se aventura todo y en que todo se

restaura, que yo del parecer del Presidente colijo que maquina como

católico, no que responde como ministro.

Alborotáronse, y en esta disensión los cogió la fuerza de la _hora_, y

demudándose de color el Rey, dijo:

--Vosotros dos, en lugar de aconsejarme, me habéis desesperado. El uno

dice que si no salgo me quitarán el reino los enemigos; el otro, que

si salgo, me le quitarán los vasallos; de suerte que tú quieres que

tema más a mis súbditos que a los contrarios. Sumamente es miserable

el estado en que me hallo: lo que resta es que cada uno de vosotros,

con término de un día natural, me diga quién y qué cosas me tienen

reducido a esta desventura, nombrando las personas y las causas, sin

perdonaros unos a otros, o yo sospecharé sobre todos; porque la culpa

no sale de los que me aconsejáis, que yo estoy resuelto de atender a

la dirección de mis conveniencias dentro y fuera de mis reinos. Sale

el Rey de Francia sin sucesión y sin esperanzas de ella que puedan

entristecer a su hermano, y deja un reino por tantas causas dividido, y

en parcialidades toda la nobleza, manchada con la sangre de Memoranci;

los herejes, sujetos, mas no desenojados; los pueblos, despojados de

tributos, y todo el reino en opresión de las demasías de un privado,

y yo, que tengo sucesión y menores y menos sensibles inconvenientes,

¿estaré arrullando mis hijos y atendiendo a sus dijes y juguetes?

Porque me he dejado en el ocio y porque no he salido, me son Francia

y Olanda formidables: si no salgo, me serán ruina; si me quedo por

temor de mis vasallos, yo los aliento[510] a mi desprecio. Si mis

enemigos se aseguran de que no puedo salir, no podré asegurarme de mis

enemigos, y, por lo menos, si salgo y me pierdo, lograré la honra de

la defensa y excusaré la infamia de la vileza. El Rey que no asiste

a su defensa disculpa a los que no le asisten; contra razón castiga

a quien le imita, y contra lo que fué maestro no puede ser juez, ni

castigar lo que de su persona aprenden los que para desamparar su

defensa le obedecen maestro. Idos luego todos y consultad con vuestras

obligaciones mi real servicio, anteponiéndole a vuestras vidas y a mi

descanso; que os aseguro hacer a vuestra verdad, cuanto más rigurosa,

mejor recibimiento. Y no me embaracéis con el achaque de llevar toda la

nobleza conmigo, pues los acontecimientos afirman que nadie la juntó en

la guerra que no la perdiese y se perdiese: los anillos que se midieron

por hanegas en Cannas, lo testifican con lágrimas[511] en Roma; el

bosque de Pavía, hecho sepulcro de toda la nobleza de Francia y de

la libertad de su Rey; la Armada española con que el Duque de Medina

Sidonia, viniendo a invadir estos reinos, dejando en estos mares tan

miserables despojos; el rey don Sebastián, que en África se perdió y

sus reinos con su nobleza toda. Los nobles juntos inducen confusión

y ocasionan ruina; porque, no sabiendo mandar, no quieren obedecer y

estragan en presunciones desvanecidas la disciplina militar. Llevaré

pocos, experimentados; los demás quedarán para freno de los hervores

populares y triaca de los noveleros. Gente que piensa que me engaña

en darme su vida por un real cada día es el aparato que me importa,

no aquélla que, agotándome, para que vaya, mi tesoro, pone demanda a

mi patrimonio porque fué. Bueno fuera que toda la nobleza estuviera

ejercitada, mas no seguro. Los particulares no han de dar las armas a

los locos, ni los reyes a los nobles. Llevad esto entendido, y ahorra

distraimientos vuestro discurso, y mi determinación, tiempo.

Los Sueños, Volume II · 第 8 / 15 段