bienquisto al que siembra la cizaña del propio que la padece. A
nosotros nos ha dado la paz y las vitorias la guerra que habemos
ocasionado a los amigos, no la que hemos hecho a los contrarios.
Seremos libres en tanto que ocupáremos a los demás en cautivarse.
Nuestra luz nace de la disensión; somos dicípulos de la centella que
nace de la contienda del pedernal y del eslabón. Cuanto más se aporrean
y más se descalabran los monarcas, más nos encendemos en resplandores.
Italia, después que falleció[440], es a la manera de una doncella rica
y hermosa, que, por haber muerto sus padres, quedó en poder de tutores
y testamentarios con deseo de casarse; empero los testamentarios, como
cada uno se le ha quedado con un pedazo, por no restituirla su dote
y quedarse con lo que tienen en su poder, unos se la niegan y afean
al Rey de España, que la pretende; otros, al Rey de Francia, que la
pide, poniendo en los maridos las faltas que estudian en sí. Estos
tutores tramposos son los potentados, y entre ellos no se puede negar
que nosotros no la hemos arrebatado grande parte de su patrimonio.
Hoy aprietan la dificultad por casarse con ella estos dos pretensores.
Del Rey de Francia nos hemos valido para trampear esta novia al Rey
Católico, que, por la vecindad de Milán y Nápoles, la hace señas y
registra desde sus ventanas las suyas. El Rey Cristianísimo, que,
por estar lejos, no la podía rondar ni ver, y se valía de papeles,
hoy, con las tercerías de Saboya y Mantua y Parma, y llegándose a
Piñarol, la acecha y galantea, nos obliga a que se la trampeemos a
él. Esto es fácil, porque los franceses con menos trabajo se arrojan
que se traen; con su furia, echan a los otros, y con su condición, a
sí mismos. Empero conviene que se disponga esta zancadilla de suerte
que, haciendo efectos de divorcio, cobremos caricias de casamenteros.
Derramada tiene la atención el Rey Cristianísimo y delincuente la
codicia en Lorena, y peligrosas en Alemania las armas, pobres sus
vasallos. Tiene desacreditada la seguridad en el mundo, por esto,
temerosos en Italia los confidentes. Entradas son que no apurarán
nuestra sutileza para lograrlas, pues su propio ruido disimulará
nuestros pasos. No hemos menester gastar sospecha en los que se han
fiado dél, que sus arrepentimientos nos la ahorran. Lo que me parece
es que, con alentarle a que prosiga en los hervores de su ambicioso
y crédulo desvanecimiento, conquistaremos al Rey de los franceses con
Luis XIII. El esfuerzo último se ha de poner en conservar y crecer
en su gracia a su privado. Éste, que le quita cuanto se añade, le
disminuye al paso que crece[441]. Mientras el vasallo fuere señor
de su Rey, y el Rey vasallo de su criado, aquél será aborrecido por
traidor, y éste despreciado por vil. Para decir _muera el Rey_ en
público, no sólo sin castigo, sino con premio, se consigue con decir
_viva el privado_. No sé si le fué más aciago a su padre Francisco
Revellac[442], que a él Richeleu; lo que sé es que entre los dos le han
dejado huérfano: aquél, sin padre; éste, sin madre. Dure Armando, que
es como la enfermedad, que durando acaba u se acaba. Por muy importante
juzgo el pensar sobre la sucesión del Rey Cristianísimo, la cual no se
espera en descendientes, antes que vuelva a su hermano, cuyo natural
da buenas promesas a nuestro acecho. Es fuego que podremos derramar a
soplos, y de tal condición, que se atiza a sí mismo; hombre quejoso
del bien que recibe, por lo que tiene desobligado al Rey de España y
atesorada discordia, que podremos encaminar como nos convenga. Francia
está sospechosa con la[443] descendencia real que el privado se achaca
con genealogías compradas, y temerosa de ver agotados todos los cargos
en su familia y todas las fuerzas en poder de sus cómplices. Esles
recuerdo Momoranci degollado y tantos grandes señores y ministros o
en destierro o en desprecio. Sospechan que en la sucesión ha de haber
rebatiña y no herencia. Las cosas de Alemania no admiten cura con el
Palatino desposeído, y con el de Lorena, y los desinios del Duque de
Sajonia, y los protestantes por el imperio contra la Casa de Austria.
Italia está, al parecer, imposibilitada de paz por los presidios que
los franceses tienen en ella. Al Rey de España sobran ocupaciones y
gastos con los olandeses, que en Flandes le han tomado[444] lo que
tenía y le quieren tomar lo que tiene; que se han apoderado en la mejor
y mayor parte del Brasil del palo, tabaco y azúcar, con que se aseguran
flota; que se han fortificado en una isla de las de barlovento. Júntase
a esto el cuidado de mantener al Emperador la oposición a los franceses
por el Estado de Milán. Nosotros, como las pesas en el reloj de
faltriquera, hemos de mover cada hora y cada punto estas manos, sin ser
vistos ni oídos, derramando el ruido a los otros, sin cesar ni volver
atrás. Nuestra razón de estado es vidriero que, con el soplo, da las
formas y hechuras a las cosas, y de lo que sembramos en la tierra a
fuerza de fuego, fabricamos hielo[445].
En esto, los cogió la _hora_, que, apoderándose del capricho de un
republicón de los _Capidiechi_, le hizo razonar en esta manera:
--Venecia es el mismo Pilatos. Pruébolo. Condenó al Justo y lavó
sus manos: _ergo_. Pilatos soltó a Barrabás, que era la sedición,
y aprisionó a la paz, que era Jesús: _igitur_. Pilatos, constante,
digo pertinaz, dijo: “Lo que escribí, escribí”: _tenet consequentia_.
Pilatos entregó la salud y la paz del mundo a los alborotadores para
que la crucificasen, _non potest negari_.
Alborotóse todo el consistorio en voces. El Dux, con acuerdo de muchos
y de los semblantes de todos, mandó poner en prisiones al republicón y
que se averiguase bien su genealogía, que, sin duda, por alguna parte
decendía de alguno que decendía de otro, que tenía amistad con alguno
que era conocido de alguno, que procedía de quien tuviese algo de
español.
XXXIII. Juntó el preclaro e ilustrísimo Dux de Génova todo aquel
excelentísimo Senado para oír al Embajador del Rey Cristianísimo, el
cual razonó desta manera:
--Serenísima República: El Rey, mi señor, que siempre ha tenido las
libertades de Italia en igual precio que la majestad de su corona,
asistiendo a su conservación con todo su poderío, celoso de vuestra
paz, sin pretender otro aumento que el de los Príncipes que en ella, en
división concorde, poseen la mejor y más hermosa parte del mundo, hoy
me manda que, en su nombre, os haga recuerdo de que, como muy obediente
hijo de la Iglesia romana y seguro vecino de todos los potentados,
desea justificar sus acciones en vuestros oídos y desempeñar para
con todos su afecto y benevolencia. Mejor sabéis vosotros lo que
padecéis que nosotros lo que oímos y vemos desde lejos. Muchos años
han pasado por vosotros en guerras continuadas, introducidas por las
desavenencias del Duque de Saboya, cuyos confines siempre os fueron
sospechosos y molestos, a los cuales se opuso el Rey Católico con
nombre de árbitro[446]. Habéis visto los campos anegados en sangre y
horribles con cuerpos muertos; las ciudades, asoladas por sitios y por
asaltos; el país, robado por los alojamientos; en vuestras tierras
los alemanes, gente feroz, número a quien acompaña en las almas la
herejía; en los cuerpos, la hambre y la peste. No hallará vuestra
advertencia culpado al Rey, mi señor, en alguna de estas calamidades,
pues solamente ha asistido al socorro de la parte más flaca, no con
intento de que, venciendo, se aumentase, sino de que, defendiéndose, no
dejase aumentar al contrario, para que el derecho de cada uno quedase
sin ofensa y justificado, y el Monferrato, que ha sido vientre destas
disensiones[447], no fuese premio de alguna codicia. Con este fin ha
sustentado grandes ejércitos, y alguna vez acompañádolos en persona,
venciendo las fortificaciones del invierno en los Alpes, por abrir la
puerta a vuestros socorros, volviendo triunfante con sólo este útil.
Hoy, que parece estar furioso el mundo y que vuestra asistencia le
ha solicitado odios poderosos en todas partes, se promete que esta
serenísima República le tendrá por tan buen amigo en sus puertos
como al Rey de España, cuando, con mantener con los dos neutralidad,
mostrará que conoce el santo celo del Rey, mi señor, y la justificación
de sus armas.
El Dux, viendo que el monsiur[448] había dado fin a su propuesta,
respondió:
--Damos gracias a Dios que, en asistir con amor y reverencia al Rey
Cristianísimo, no tenemos qué ofrecer sino la continuación de lo que
hasta el día de hoy se ha hecho. Hemos oído en vuestras palabras lo
que hemos visto: fácil es persuadir a los testigos. Y si bien pudiera
turbar nuestra confianza el haber abrigado vuestro Rey, con los
socorros de la Digera[449] las discordias con que la alteza de Saboya
pretendió destruir o molestar esta República, que, a no socorrerla el
Rey Católico, se viera en confusión, y asimismo pudiera escarmentarla
el haber apoderádose las armas francesas de Susa y Piñarol y el
Casal, en Italia, a imitación del que, en achaque de meter paz en
una pendencia, se va con las capas de los que riñen; acrecentando
con horror esta sospecha el haber la Majestad Cristianísima hecho al
Duque de Lorena la vecindad del humo, que le echó de su casa[450]
llorando; empero nosotros, no reparando en los semblantes destas
acciones, somos y seremos siempre los más afectos a su corona. Esto
cuanto dieren lugar las grandes obligaciones que esta señoría y todos
sus particulares tienen y conocen al Monarca de las Españas, en cuyo
poder estamos defendidos, con cuya grandeza ricos, en cuya verdad y
religión descansamos seguros. Y así, para resolver el punto de la
neutralidad que se nos pide, es justo se llamen a este consejo todos
los repúblicos, en cuyo caudal está la negociación.
Pareció bien al Embajador y al Senado. Fué persona grave a llamarlos,
con orden les dijese a qué fin y que viniesen luego. Fué el diputado,
y llegando a Banchi[451], donde los halló juntos, les dió su embajada
y la razón della. En esto los cogió a todos la _hora_, y demudándose
los nobilísimos ginoveses, dijeron al magnífico que respondiese al
serenísimo Dux que:
“Habiendo entendido la propuesta del Rey de Francia, y queriendo ir
a obedecer su mandato, se les habían pegado de suerte los asientos
de España, que no se podían levantar. Y que fueran con los asientos
arrastrando; mas no era posible arrancarlos, por estar clavados en
Nápoles y Sicilia y remachados con los juros de España. Que advertían
a su serenidad que el Rey de Francia caminaba como galeote, con las
espaldas vueltas[452] hacia donde quiere ir derecho, tirando para sí,
y que abra los ojos, que aquella Majestad ha sido inquisidor contra
herejes y hoy es hereje contra inquisidores”.
Volvió el magnífico[453] y dió en alta voz esta respuesta. Quedó
monsiur amostazado y confuso, con bullicio mal atacado, arrebañando una
capa de estatura de mantellina, con cuello de garnacha. El Dux, por
alargarle la saña, le dijo:
--Decid al Rey Cristianísimo que ya que esta República no puede
servirle en lo que pide, le ofrece, si prosiguiere en venir a Italia,
un aniversario perpetuo en altar de alma por los franceses que,
muriendo, acompañaren a los que hicieron cimenterio el bosque de
Pavía, empedrándole de calaveras, y de hacer a Su Majestad la costa
todo el tiempo que estuviere preso en el Estado de Milán, y desde
luego le ofrecemos para su rescate cien mil ducados, y vos llevaos
esa historia del emperador Carlos V para entreteneros en el camino, y
servirá de itinerario a vuestro gran Rey.
El monsiur, ciego de cólera, dijo:
--Vosotros habéis hablado como buenos y leales vasallos del Rey
Católico, a quien los propios asientos que me niegan la neutralidad han
hecho gallegos de allende y ultramarinos.
XXXIV. Los alemanes, herejes y protestantes, en quienes son tantas las
herejías como los hombres, que se gastan en alimentar la tiranía de los
suecos, las traiciones del Duque de Sajonia, Marqués de Brandenburg y
Landtgrave de Hessen; hallándose corrompidos de mal francés, trataron
de curarse de una vez, viendo que los sudores de tantos trabajos no
habían aprovechado, ni las unciones que con ungüento de azogue los
dieron en la estufa de Nortlingen[454], ni las copiosas sangrías,
_usque ad animi deliquium_, de tantas rotas. Juntaron todos los mejores
médicos racionales y espagíricos[455] que hallaron, y, haciéndoles
relación de sus achaques, les pidieron remedio eficaz. Algunos fueron
de parecer que la medicina era purgarlos de todos los humores franceses
que tenían en los huesos. Otros, afirmando que el mal estaba en las
cabezas, ordenaron evacuaciones, descargándolas de opiniones crasas con
el tetrágono de Hipócrates, tan celebrado de Galeno, a que corresponde
el tabaco en humo en la forma. Otros, supersticiosos y dados a las
artes secretas, afirmaron que lo que padecían no eran enfermedades
naturales, sino demonios que los agitaban, y que, como endemoniados,
necesitaban de exorcismos y conjuros. En esta discordia estudiosa
estaban cuando los cogió la _hora_, y, alzando la voz, un médico de
Praga, dijo:
--Los alemanes no tienen en su enfermedad remedio, porque sus dolencias
y achaques solamente se curan con la _dieta_[456], y en tanto que
estuvieren abiertas las tabernas de Lutero y Calvino, y ellos tuvieron
gaznates y sed y no se abstuvieren de los bodegones y burdeles de
Francia, no tendrán la _dieta_ de que necesitan.
XXXV. El Gran Señor, que así se llama el Emperador de los turcos,
monarca, por los embustes de Mahoma, en la mayor grandeza unida que se
conoce, mandó juntar todos los cadís, capitanes, beyes y visires[457]
de su Puerta, que llama excelsa, y con ellos todos los morabitos
y personas de cargos preeminentes, capitanes generales y bajaes,
todos, o la mayor parte, renegados; y asimismo los esclavos cristianos
que en perpetuo cautiverio padecen muerte viva en las torres de
Constantinopla, sin esperanza de rescate, por la presunción de aquella
soberbia majestad, que tiene por indecente el precio por esclavos y por
plebeya la celestial virtud de la misericordia. Fué por esto grande
el concurso y mayor la suspensión de todos viendo un acto en aquella
forma, sin ejemplar en la memoria de los más ancianos. El Gran Señor,
que juzga a desautoridad[458] que sus vasallos oigan su voz y traten su
persona aun con los ojos, estando en trono sublime, cubierto con velos
que sólo daban paso confuso a la vista, hizo seña muda para que oyesen
a un morisco de los expulsos de España las novedades a que procuraba
persuadirle. El morisco, postrado en el suelo, a los pies del Emperador
tirano, en adoración sacrílega, y volviéndose a levantar, dijo:
--Los verdaderos y constantes mahometanos, que en larga y trabajosa
captividad en España, por largas edades abrigamos oculta en nuestros
corazones la ley del profeta descendiente de Agar, reconocidos a la
benignidad con que el todopoderoso Monarca del mundo, Gran Señor de
los turcos, nos consintió lastimosas reliquias de expulsión dolorosa,
hemos determinado hacer a su grandeza y majestad algún considerable
servicio, valiéndonos de la noticia que trujimos, por falta del caudal
que, con el despojo, nos dejó número inútil. Y para que se consiga,
proponemos que, para gloria desta nación, y el premio[459] de los
invencibles capitanes y beyes en las memorias[460] de sus hazañas,
conviene, a imitación de Grecia, y Roma, y España, dotar Universidades
y estudios, señalar premios a las letras, pues por ellas, habiendo
fallecido los monarcas y las monarquías, hoy viven triunfantes las
lenguas griega y latina, y en ellas florecen, a pesar de la muerte, sus
hazañas y virtudes y nombres, rescatándose del olvido de los sepulcros
por el estudio que los enriqueció de noticias y sacó de bárbaras a
sus gentes. Lo segundo, que se admita y platique el derecho y leyes
de los romanos, en cuanto no fueren contra la nuestra, para que la
policía crezca, las demasías se repriman, las virtudes se premien, se
castiguen los vicios y la justicia se administre por establecimientos
que no admiten pasión ni enojo ni cohecho, con método seguro y estilo
cierto y universal. Lo tercero, que para el mejor uso del rompimiento
en las batallas, se dejen los alfanjes corvos por las espadas de los
españoles, pues en la ocasión son para la defensa y la ofensa más
hábiles, ahorrando con las estocadas grandes rodeos de los movimientos
circulares; por lo cual, llegando a las manos con los españoles, que
siempre han usado mejor[461] que todas las naciones esta destreza,
hemos padecido grandes estragos. Son las espadas mucho más descansadas
al pulso y a la cinta. Lo cuarto, para conservar la salud y cobrarla
si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del
beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y
la más eficaz medicina, y para aumentar las rentas del Gran Señor y de
sus vasallos con el tráfigo[462] (el tesoro más numeroso), por ser las
viñas artífices de muchos licores diferentes con sus frutos y en todo
el mundo mercancía forzosa, y para esforzar los espíritus al coraje de
la guerra y encender la sangre en hervores temerarios, más eficaces que
el Anfión y más racionales, a que no se debe obstar por la prohibición
de la ley en que se ha empezado a dispensar. Y para que se disponga,
daráse interpretación conveniente y ajustada. Y ofrecemos para la
disposición de todo lo referido arbitrios y artífices que lo dispongan
sin costa ni inconveniente alguno, asegurando gloriosos aumentos y
esplendor inestimable a todos los reinos del grande Emperador de
Constantinopla.
Acabando de pronunciar esta palabra postrera, se levantó Sinan
bey[463], renegado, y encendido en coraje rabioso, dijo:
--Si todo el Infierno se hubiera conjurado contra la Monarquía de los
turcos no hubiera pronunciado cuatro pestes más nefandas que las que
acaba de proponer este perro morisco, que entre cristianos fué mal
moro y entre moros quiere ser mal cristiano[464]. En España quisieron
levantarse éstos; aquí quieren derribarnos. No fué aquélla mayor
causa de expulsión que ésta; justo será desquitarnos de quien nos
los arrojó con volvérselos. No pretendió con tan último fin don Juan
de Austria acabar con nuestras fuerzas cuando en Lepanto, derramando
las venas de tantos genízaros, hizo nadar en sangre[465] los peces
y a nuestra costa dió competidor al mar Bermejo; no con enemistad
tan rabiosa el Persiano, con turbante verde, solicita la desolación
de nuestro imperio; no don Pedro Girón, duque de Osuna, virey de
Sicilia y Nápoles, siendo terror del mundo, procuró con tan eficaces
medios, horrendo en galeras y naves y infantería armada, con su nombre
formidable esconder en noche eterna nuestras lunas, que borró tantas
veces, cuando, de temor de sus bajeles, se aseguraban las barcas desde
Estambol a Pera[466], como tú, marrano infernal, con esas cuatro
proposiciones que has ladrado. Perro, las monarquías con las costumbres
que se fabrican se mantienen. Siempre las han adquirido capitanes,
siempre las han corrompido bachilleres[467]. De su espada, no de su
libro, dicen los reyes que tienen sus dominios; los ejércitos, no
las universidades, ganan y defienden; victorias, y no disputas, los
hacen grandes y formidables. Las batallas dan reinos y coronas; las
letras, grados y borlas. En empezando una república a señalar premios
a las letras, se ruega con las dignidades a los ociosos, se honra la
astucia, se autoriza la malignidad y se premia la negociación, y es
fuerza que dependa el vitorioso del graduado, y el valiente del dotor,
y la espada de la pluma. En la ignorancia del pueblo está seguro el
dominio de los príncipes; el estudio que los advierte, los amotina.
Vasallos doctos, más conspiran que obedecen, más examinan al señor que
le respetan; en entendiéndole, osan despreciarle; en sabiendo qué es
libertad, la desean; saben juzgar si merece reinar el que reina, y aquí
empiezan a reinar sobre su Príncipe[468]. El estudio hace que se busque
la paz, porque la ha menester, y la paz procurada induce la guerra
más peligrosa. No hay peor guerra que la que padece el que se muestra
codicioso de la paz: con las palabras y embajadas pide ésta y negocia
con el temor de los ruegos la otra. En dándose una nación a doctos y a
escritores, el ganso pelado vale más que los mosquetes y lanzas, y la
tinta escrita, más que la sangre vertida, y al pliego de papel firmado
no le resiste el peto fuerte, que se burla de las cóleras del fuego, y
una mano cobarde, por un cañón tajado, se sorbe desde el tintero las
honras, las rentas, los títulos y las grandezas. Mucha gente baja se ha
vestido de negro en los tinteros, de muchos son los algodones solares,
muchos títulos y Estados decienden del burrajear[469]. Roma, cuando
desde un surco que no cabía dos celemines de sembradura se creció
en República inmensa, no gastaba dotores ni libros, sino soldados y
astas[470]. Todo fué ímpetu, nada estudio. Arrebataba las mujeres que
había menester, sujetaba lo que tenía cerca, buscaba lo que tenía
lejos. Luego que Cicerón, y Bruto, y Hortensio, y César, introdujeron
la parola y las declamaciones, ellos propios la turbaron en sedición,
y, con las conjuras, se dieron muerte unos a otros y otros a sí
mismos, y siempre la República, y los Emperadores y el Imperio, fueron
deshechos, y, por la ambición de los elegantes, aprisionados. Hasta
en las aves sólo padecen prisión y jaula las que hablan y chirrean,
y, cuanto mejor y más claro, más bien cerrada y cuidadosa. Entonces,
pues, los estudios fueron armerías contra las armas, las oraciones
santificaban delitos y condenaban virtudes, y, reinando la lengua, los
triunfos yacían so el poder de las palabras. Los griegos padecieron la
propia carcoma de las letras: siguieron la ambición de las Academias:
éstas fueron invidia de los ejércitos y los filósofos persecución de
los capitanes. Juzgaba el ingenio a la valentía: halláronse ricos de
libros y pobres de triunfos. Dices que hoy, por sus grandes autores,
viven los varones grandes que tuvieron; que vive su lengua, ya que
murió su Monarquía. Lo mismo sucede al puñal que hiere al hombre, que
él dura y el hombre acaba, y no es consuelo ni remedio al muerto.
Más valiera que viviera la Monarquía, muda y sin lengua, que vivir
la lengua sin la Monarquía. Grecia y Roma quedaron ecos: fórmanse en
lo hueco y vacío de su majestad, no voz entera, sino apenas cola de
la ausencia de la palabra. Esos escritores que la acabaron quedaron
después de acabarla[471] con vida, que les tasa el lector tan breve,
que se regula en unos con el entretenimiento[472]; en otros, con la
curiosidad. España, cuya gente en los peligros siempre fué pródiga de
la alma, ansiosa de morir, impaciente de mucha edad, despreciadora de
la vejez[473], cuando con incomparable valentía se armó en su total
ruina y vencimiento y poca ceniza derramada, se convocó en rayo, y de
cadáver se animó en portento; más atendía a dar que a escribir[474];
antes a merecer alabanzas que a componerlas; por su coraje hablaban
las cajas y las trompas[475], y toda su prosa gastaba[476] en _Sant
Yago_, muchas veces repetido. Ellos admiraron el mundo con Viriato
y Sertorio; dieron esclarecidas victorias a Aníbal, y a César, que
en todo el orbe de la tierra había peleado por la honra, obligaron
a pelear por la vida. Pasaron de lo posible los encarecimientos del
valor y de la fortaleza en Numancia. Destas y de otras inumerables
hazañas nada escribieron: todo lo escribieron los romanos. Servíase
su valentía de ajenas plumas; tomaron para sí el obrar; dejaron a los
latinos el decir[477]; en tanto que no supieron ser historiadores,
supieron merecerlos. Inventóse poco a poco la artillería[478] contra
las vidas seguras y apartadas, falseando el calicanto a las murallas y
dando más vitorias al certero que al valeroso. Empero luego se inventó
la emprenta contra la artillería, plomo contra plomo, tinta contra
pólvora, cañones contra cañones. La pólvora no hace efecto mojada:
¿quién duda que la moja la tinta por donde pasan las órdenes[479] que
la aprestan y previenen? ¿Quién duda que falta[480] el plomo para balas
después que se gasta en moldes fundiendo letras, y el metal en láminas?
Perro, las batallas[481] nos han dado el imperio y las vitorias los
soldados, y los soldados los premios. Éstos se han de dar siempre[482]
a los que nos han dado los triunfos. Quien llamó hermanas las letras
y las armas poco sabía de sus avalorios, pues no hay más diferentes
linajes que hacer y decir. Nunca se juntó el cuchillo a la pluma que
éste no la cortase; mas ella, con las propias heridas que recibe del
acero, se venga dél. Vilísimo morisco, nosotros deseamos que entre
nuestros contrarios haya muchos que sepan, y entre nosotros, muchos que
venzan; porque de los enemigos queremos la vitoria, y no la alabanza.
Lo segundo que propones es introducir las leyes de los romanos. Si esto
consiguieras, acabado habías con todo. Dividiérase todo el imperio
en confusión de actores y reos, jueces y sobre jueces[483], y en la
ocupación de abogados, pasantes, escribientes, relatores, procuradores,
solicitadores, secretarios, escribanos, oficiales y alguaciles, se
agotaran las gentes, y la guerra, que hoy escoge personas, será forzada
a servirse de los inútiles y desechados del ocio contencioso. Habrá
más pleitos, no porque habrá más razón, sino porque habrá más leyes.
Con nuestro estilo tenemos la paz que habemos menester, y los demás
la guerra que nosotros queremos que tengan; las leyes por sí buenas
son y justificadas; mas, habiendo legistas, todas son tontas y sin
entendimiento. Esto no se puede negar, pues los mismos jurisprudentes
lo confiesan todas las veces que dan a la ley el entendimiento que
quieren, presuponiendo que ella por sí no le tiene. No hay juez que
no afirme que el entendimiento de la ley es el suyo, y con decir que
se le dan, suponen que no le tiene. Yo, renegado soy, cristiano fuí y
depongo de vista que no hay ley civil ni criminal que no tenga tantos
entendimientos como letrados y jueces, como glosadores y comentadores,
y a fuerza de entendimientos que la achacan, le falta el que tiene y
queda mentecata. Por esto, al que condenan en el pleito, le condenan
en lo que le pide el contrario y en lo que no le pide, pues se lo
gasta la defensa, y nadie gana en el pleito sin perder en él todo lo
que gasta en ganarle, y todos pierden y en todo se pierde. Y cuando
falta razón para quitar a uno lo que posee, sobran leyes que, torcidas
o interpretadas, inducen el pleito y le padecen igualmente el que le
busca y el que le huye. Véase qué dos proposiciones nos encaminaba el
agradecimiento del morisco. La tercera fué que dejásemos los alfanjes
por las espadas. En esto, como no había muy considerable inconveniente,
no hallo utilidad considerable para que se haga. Nuestro carácter es
la media luna: ése esgrimimos en los alfanjes. Usar de los trajes
y costumbres de los enemigos, ceremonia es de esclavos y traje de
vencidos, y, por lo menos es premisa de lo uno u de lo otro[484]. Si
hemos de permanecer, arrimémonos al aforismo que dice: _Lo que siempre
se hizo, siempre se haga; lo que nunca se hizo, nunca se haga_; pues,
obedecido, preserva de novedades[485]. Pique el cristiano y corte el
turco, y a este morisco que arrojó aquél, éste le empale. En cuanto al
postrero punto, que toca en el uso de las viñas y del vino, allá se
lo haya la sed con el Alcorán. No es poco lo que en esto se permite
días ha; empero advierto que si universalmente se da licencia al beber
vino y a las tabernas, servirá de que paguemos la agua cara y bebamos
a precio de lagares los pozos por azumbres. Mi parecer es, según lo
propuesto, que este malvado perro aborrece más a quien le acoge que a
quien le expele.
Oyeron todos con gran silencio. El morisco estaba muy trabajoso de
semblante, toda la frente rociada de trasudores de miedo, cuando Halí,
primero visir, que estaba más arrimado a las cortinas del Gran Señor,
después de haber consultado su semblante, dijo:
--Esclavos cristianos: ¿qué decís de lo que habéis oído?
Ellos, viendo la ceguedad de aquella engañada nación, y que amaban la
barbaridad y ponían su conservación en la tiranía y en la ignorancia,
aborreciendo la gloria de las letras y la justicia de las leyes,
hicieron que por todos respondiese un caballero español, de treinta
años de prisión, con tales palabras:
--Nosotros españoles no hemos de aconsejaros cosa que os esté bien,
que sería ser traidores a nuestro Monarca y faltar a nuestra religión;
ni os hemos de engañar, porque no necesitamos de engaños para nuestra
defensa los cristianos: dispuestos estamos a aguardar la muerte en este
silencio inculpable.
El Gran Señor, cogido de la _hora_, y corriendo las cortinas de su
solio, cosa nunca vista, con voces enojadas, dijo: