unos andrajos de suelo que la hurtan por detrás de unos montones de
arena que llaman diques, rebeldes a Dios[407] en la fe y a su Rey en el
vasallaje, amasando su discordia en un comercio político, después[408]
de haberse con el robo constituido en libertad y soberanía delincuente,
y crecido en territorio por la traición bien armada y atenta, y
adquirido con prósperos sucesos opinión belicosa y caudal opulento,
presumiendo de hijos primogénitos del Océano, y persuadidos a que el
mar, que les dió la tierra que cubría para habitación, no les negaría
la que le rodeaba, se determinaron, escondiéndole en naves y poblándole
de cosarios, a pellizcar y roer por diferentes partes el occidente
y el oriente. Van por oro y plata a nuestras flotas, como nuestras
flotas van por él a las Indias. Tienen por ahorro y atajo tomarlo de
quien lo trae y no sacarlo de quien lo cría. Dales más barato los
millones el descuido de un general o el descamino de una borrasca que
las minas. Para esto los ha sido aplauso, confederación y socorro la
invidia que todos los reyes de Europa tienen a la suprema grandeza de
la Monarquía de España. Animados, pues, con tan numerosa asistencia,
han establecido tráfago en la India de Portugal, introduciendo en el
Japón su comercio, y, cayendo y levantando con porfía providente, se
han apoderado de la mejor parte del Brasil, donde, no sólo tienen
el mando y el palo, como dicen, sino el tabaco y el azúcar, cuyos
ingenios, si no los hacen doctos, los hacen ricos, dejándonos sin ellos
rudos y amargos. En este paraje, que es garganta de las dos Indias,
asisten tarascas con hambre peligrosa de flotas y naves, dando qué
pensar a Lima y Potosí (por afirmar la geografía), que pueden, paso
entre paso, sin mojarse los pies, ir a rondar aquellos cerros, cuando,
enfadados de navegar, no quieran[409] resbalarse por el río de la Plata
o irse, en forma de cáncer, mordiendo la costa por Buenos Aires, y
fortificarse trampantojos del pasaje[410]. Estábase muy despacio aquel
senado de hambrones del mundo sobre un globo terrestre y una carta de
marear[411], con un compás, brincando climas y puertos y escogiendo
provincias ajenas, y el Príncipe de Orange, con unas tijeras en la
mano, para encaminar el corte en el mapa por el rumbo que determinase
su albedrío. En esta acción los cogió la _hora_, y tomándole un viejo,
ya quebrantado de sus años, las tijeras, dijo:
--Los glotones de provincias siempre han muerto de ahito: no hay peor
repleción que la de dominios. Los romanos, desde el pequeño círculo
de un surco, que no cabía medio celemín de siembra, se engulleron
todas sus vecindades, y, derramando su codicia, pusieron a todo el
mundo debajo del yugo de su primer arado. Y como sea cierto que quien
se vierte se desperdicia tanto como se extiende, luego que tuvieron
mucho que perder empezaron a perder mucho; porque la ambición llega
para adquirir más allá de donde alcanza la fuerza para conservar.
En tanto que fueron pobres, conquistaron a los ricos; los cuales,
haciéndolos ricos y quedando pobres con las mismas costumbres de la
pobreza, pegándoles las del oro y las de los deleites, los destruyeron,
y con las riquezas que les dieron tomaron de ellos venganza. Calaveras
son que nos amonestan los asirios, los griegos y los romanos: más
nos convienen los cadáveres de sus monarquías por escarmiento que
por imitación. Cuanto más quisiéremos encaramar nuestro poco peso,
y llegarle en la romana del poder a la gran carga que se quiere
contrastar, tanto menos valor tendremos, y cuanto más le retiráremos en
ella, nuestra pequeña porción sola contrastará los inmensos quintales
que equilibra, y si a nuestra última línea los retiráremos, uno nuestro
valdrá mil. Trajano Bocalino apuntó este secreto en el peso de su
Piedra del parangón[412], verificándose en la monarquía de España,
de quien pretendemos quitar peso, que, juntándole al nuestro, nos le
desminuía con el aumento. Hacernos libres de sujetos fué prodigio;
conservar este prodigio es ocupación para que nos habemos menester
todos. Francia y Ingalaterra, que nos han ayudado a limar a España de
su señorío la parte con que las era formidable vecino, por la propia
razón no consentirán que nos aumentemos en señorío que puedan temer.
La segur que se añade con todo lo que corta del árbol, nadie la tendrá
por instrumento, sino por estorbo. Consentirnos han en tanto que
tuviéremos necesidad dellos y, en presumiendo de que ellos la tienen de
nosotros, atenderán a nuestra mortificación y ruina. El que al pobre
que dió limosna le ve rico, o cobra dél o le pide. Nada adquirimos de
nuevo que no quieran para sí los príncipes que nos lo ven adquirir, y
por vecino, al paso que desprecian al que pierde, temen al que gana, y
nosotros, desparramándonos, somos estratagema del Rey de España contra
nosotros, pues cuando él, por dividirnos y enflaquecernos, dejara
perder adrede las tierras que le tomamos, era treta y no pérdida, y
nunca más fácilmente podrá quitarnos lo que tenemos que cuando más nos
hubiere dejado tomar de lo que tiene tan lejos de sí como de nosotros.
Con el Brasil, antes se desangra y despuebla Holanda que se crece.
Ladrones somos: basta no restituir lo hurtado sin hurtar siempre[413],
ejercicio con que antes se llega a la horca que al trono.
El Príncipe de Orange, enfadado, y cobrando las tijeras, dijo:
--Si Roma se perdió, Venecia se conserva, y fué cicatera[414] de
lugares al principio, como nosotros. La horca que dices, más se usa en
los desdichados que en los ladrones, y en el mundo, el ladrón grande
condena al chico. Quien corta bolsas, siempre es ladrón; quien hurta
provincias y reinos, siempre fué rey. El derecho de los monarcas se
abrevia en _viva quien vence_. Engendrarse los unos de la corrupción
de los otros es natural, y no violento: causa es quien se corrompe de
quien se engendra. El cadáver no se queja de los gusanos que le comen,
porque él los cría; cada uno mire que no se corrompa, porque será padre
de sus gusanos. Todo se acaba, y más presto lo poco que lo mucho.
Cuando nos tenga miedo quien nos tuvo lástima, tendremos lástima a
quien nos tuvo miedo, que es buen trueque. Seamos, si podemos, lo que
son los que fueron lo que somos. Todo lo que has apuntado es bueno no
lo sepan el Rey de Ingalaterra y Francia, y acuérdalo delante, que al
empezar es estorbo lo que en el mayor aumento es consejo.
Y diciendo y haciendo, echó la tijera a diestro y a siniestro,
trasquilando costas y golfos, y de las cercenaduras del mundo se
fabricó una corona, y se erigió en majestad de cartón.
XXIX. El gran Duque de Florencia, que, por cuatro letras más o menos
del título de _gran_ es malquisto de todos los otros potentados, estaba
cerrado en un camarín con un criado, de quien fiaba la comunicación
más reservada. Conferían la grandeza de sus ciudades y la hermosura de
su Estado, el comercio de Ligorna[415] y las vitorias de sus galeras.
Pasaron al grande esplendor con que su sangre se había mezclado con
todos los monarcas y reyes de Europa en los repetidos casamientos con
Francia, pues, por la línea materna, eran sus descendientes los Reyes
Católicos, el Cristianísimo y el de la Gran Bretaña. En este cómputo
los cogió la _hora_, y, arrebatado della el criado, dijo:
--Señor: vuesa alteza de ciudadano vino a príncipe: _Memento homo_.
En tanto que se trató como potentado, fué el más rico; hoy, que se
trata como suegro de reyes y yerno de emperador, _pulvis es_, y
si le alcanza la dicha de suegro con Francia y las maldiciones de
casamentero, _in pulverem reverteris_. El Estado es fertilísimo; las
ciudades, opulentas; los puertos, ricos; las galeras, fortunadas; los
parentescos, grandes; el dominio, por todas[416] razones real; empero
ahora he visto en él notables manchas, que le desaliñan y desautorizan,
y son éstas: la memoria que conservan los vasallos de que fueron
compañeros; la república de Luca, que cayó de medio a medio[417] de
todo; los presidios de Toscana, que el Rey de España tiene, y el _gran_
sobre _Duque_, por la emulación de los vecinos.
El Duque, que en algunas cosas destas no había reparado, dijo:
--¿Qué modo tendré para sacarme estas manchas?
Replicó el criado:
--Sacarlas según están reconcentradas, es imposible sin cortar el
pedazo, y es mal remedio, porque es mejor andar manchado que roto. Y
si las manchas que digo se sacan con el pedazo, no le quedará pedazo
a vuesa alteza, y vuesa alteza quedará hecho pedazos; éstas son
manchas de tal calidad, que se limpian con meterse más adentro, y no
con sacarse. Use vuesa alteza de la saliva en ayunas para esto y vaya
chupando para sí poco a poco. Y lo que gasta en dotes de reinas,
gástelo en tapar los oídos a los atentos, porque no le sientan chupar.
XXX. Un alquimista hecho pizcas, que parecía se había distilado sus
carnes y calcinado sus vestidos, estaba engarrafado de un miserable a
la puerta de uno que vendía carbón. Decíale:
--Yo soy filósofo espagírico, alquimista: con la gracia de Dios he
alcanzado el secreto de la piedra filosofal, medicina de vida y
trasmutación trascendente, infinitamente multiplicable; con cuyos
polvos haciendo proyección[418], vuelvo en oro de más quilates y
virtud que el natural, el azogue, el hierro, el plomo, el estaño y la
plata. Hago oro de yerbas, de las cáscaras de güevos, de cabellos, de
sangre humana, de la orina y de la basura: esto en pocos días y con
menos costa. No oso descubrirme a nadie, porque si se supiese, los
príncipes[419] me engullirían en una cárcel, para ahorrar los viajes de
las Indias y poder dar dos higas a las minas y al Oriente. Sé que vuesa
merced es persona cuerda, principal y virtuosa, y he determinado fiarle
secreto tan importante y admirable: con que en pocos días no sabrá qué
hacer[420] de los millones.
Oíale el mezquino con una atención canina y lacerada, y tan encendido
en codicia con la turbamulta de millones, que le tecleaban los dedos
en ademán de contar. Habíale crecido tanto el ojo, que no le cabía en
la cara. Tenía ya entre sí condenadas a barras de oro las sartenes,
asadores y calderos y candiles. Preguntóle que cuánto sería menester
para hacer la obra. El alquimista dijo que casi nada: que con solos
seiscientos reales había para orecer[421] y platificar todo el universo
mundo y que lo más se había de gastar en alambiques y crisoles; porque
el elixir que era el alma vivificante del oro no costaba nada y era
cosa que se hallaba de balde en todas partes, y que no se había de
gastar un cuarto en carbón, porque con cal y estiércol lo sublimaba
y digería y separaba, y retificaba y circulaba; que aquello no era
hablar, sino que delante dél y en su casa lo haría, y que sólo le
encargaba el secreto. Estaba oyendo este embuste el carbonero, dado a
los demonios de que había dicho no había de gastar carbón. Pues cógelos
la _hora_, y, embistiendo, afeitado con cisco y oliendo a pastillas de
diablo, con el alquimista, le dijo:
--Vagamundo, pícaro, sollastre[422], ¿para qué estás dando papilla de
oro a ese buen hombre?
El alquimista, revestido de furias, respondió que mentía, y entre el
mentís y un sopapo que le dió el carbonero, no cupiera un cabello.
Armóse una pelaza[423] entre los dos, de suerte que, a cachetes, el
alquimista estaba hecho alambique de sangre de narices. No los podía
despartir el miserable, que del miedo del tufo y de la tizne no se
osaba meter en medio. Andaban tan mezclados, que ya no se sabía cuál
era el carbonero ni quién había pegado la tizne al otro. La gente que
pasaba los despartió. Quedaron tales, que parecían bolas de lámpara
o que venían de visitarse con tijeras[424] de despavilar. Decía el
carbonero:
--Oro dice el pringón que hará de la basura y del hierro viejo, ¡y
está vestido de torcidas de candiles y fardado de _daca la maza_! Yo
conozco a éstos, porque a otro vecino mío engañó otro tragamallas, y
en sólo carbón le hizo gastar en dos meses, en mi casa, mil ducados,
diciendo que haría oro, y sólo hizo humo y ceniza, y, al cabo, le robó
cuanto tenía.
--Pero--replicó el alquimista--yo haré lo que digo, y pues tú haces
oro y plata del carbón y de los cantazos que vendes por tizos, y de la
tierra y basura con que lo polvoreas y de las maulas de la romana, ¿por
qué yo, con la _Arte magna_, con Arnaldo, Géber y Avicena, Morieno,
Roger, Hermes, Theofrasto, Vistadio, Evónymo, Crollio, Libavio y la
_Tabla smaragdina_ de Hermes, no he de hacer oro?
El carbonero replicó, todo engrifado:
--Porque todos esos autores te hacen a ti loco, y tú, a quien te cree,
pobre. Y yo vendo el carbón, y tú le quemas; por lo cual, yo le hago
plata y oro y tú hollín. Y la piedra filosofal verdadera es comprar
barato y vender caro, y váyanse noramala todos esos Fulanos y Zutanos
que nombras, que yo de mejor gana gastara mi carbón en quemarte
empapelado con sus obras que en venderle. Y vuesa merced haga cuenta
que hoy ha nacido su dinero, y, si quiere tener más, el trato es
garañón de la moneda, que empreña al doblón y le hace parir otro cada
mes. Y si está enfadado con sus talegos, vacíelos en una necesaria,
y, cuando se arrepienta, los sacará con más facilidad y más limpieza
que de los fuelles y hornillos deste maldito, que, siendo mina de
arrapiezos, se hace Indias de hoz y de coz y amaga de Potosí.
XXXI. Venían tres franceses por las montañas de Vizcaya a España: el
uno con un carretoncillo de amolar tijeras y cuchillos por babador;
el otro, con dos corcovas de fuelles y ratoneras, y el tercero, con
un cajón de peines y alfileres. Topólos en lo más agrio de una cuesta
descansando un español que pasaba a Francia a pie, con su capa al
hombro. Sentáronse a descansar a la sombra de unos árboles. Trabaron
conversación. Oíanse tejidos el _hui monsiur_ con el _pesia tal_ y
el _per ma fue_ con el _voto a cristo_[425]. Preguntado por ellos
el español dónde iba, respondió que a Francia, huyendo, por no dar
en manos de la justicia, que le perseguía por algunas travesuras;
que de allí pasaría a Flandes a desenojar los jueces y desquitar su
opinión, sirviendo a su Rey; porque los españoles no sabían servir
a otra persona en saliendo de su tierra. Preguntado cómo no llevaba
oficio ni ejercicio para sustentarse en camino tan largo[426], dijo
que el oficio de los españoles era la guerra, y que los hombres de
bien, pobres, pedían prestado o limosna para caminar, y los ruines lo
hurtaban, como los que lo son en todas las naciones, y añadió que se
admiraba del trabajo con que ellos caminaban desde Francia por tierras
extrañas y partes tan ásperas y montuosas, con mercancía, a riesgo de
dar en manos de salteadores. Pidióles refiriesen qué ocasión los echaba
de su tierra y qué ganancia se podían prometer de aquellos trastos con
que venían brumados, espantando con la visión mulas y rocines y dando
qué pensar a los caminantes desde lejos. El amolador, que hablaba el
castellano menos zabucado[427] de gabacho, dijo:
--Nosotros somos gentilhombres malcontentos del Rey de Francia; hémonos
perdido en los rumores, y yo he perdido más por haber hecho tres viajes
a España, donde, con este carretoncillo y esta muela sola he mascado
a Castilla mucho y grande número de pistolas, que vosotros llamáis
doblones.
Acedósele al español todo el gesto, y dijo:
--Arrebócese su sanar de lamparones el Rey de Francia si sufre por
malcontentos _mercan fuelles y peines y alfileres_ y _amoladores_.
Replicó el del carretón:
--Vosotros debéis mirar a los amoladores de tijeras como a flota
terrestre, con que vamos amolando y aguzando más vuestras barras de oro
que vuestros cuchillos. Mirad bien a la cara a ese cantarillo quebrado,
que se orina con estangurria, que él nos ahorra, para traer la plata,
de la tabaola del Océano y de los peligros de una borrasca, y con una
rueda, de velas y pilotos. Y con este edificio de cuatro trancas y esta
piedra de amolar, y con los peines y alfileres derramados por todos los
reinos, aguzamos, peinamos y sangramos poco a poco las venas de las
Indias. Y habéis de persuadiros que no es el menor miembro del tesoro
de Francia el que cazan las ratoneras y el que soplan los fuelles.
--Voto a Dios--dijo[428] el español--, que sin saber yo eso, echaba de
ver que con los fuelles nos llevábades el dinero en el aire, y que las
ratoneras, antes llenaban vuestros gatos[429] que disminuían nuestros
ratones. Y he advertido que, después que vosotros vendéis fuelles,
se gasta más carbón y se cuecen menos las ollas, y que después que
vendéis ratoneras, nos comemos de ratoneras y de ratones, y que después
que amoláis cuchillos, se nos toman y se nos gastan, y se nos mellan
y se nos embotan[430] las herramientas, y que, amolando cuchillos,
los gastáis y echáis a perder, para que siempre tengamos necesidad
de compraros los que vendéis. Y ahora veo que los franceses sois los
piojos que comen a España por todas partes, y que venís a ella en
figura de bocas abiertas, con dientes de peines y muelas de aguzar, y
creo que su comezón no se remedia con rascarse, sino que antes crece,
haciéndose pedazos con sus propios dedos. Yo espero en Dios he de
volver presto y he de advertir que no tiene otro remedio su comezón
sino espulgarse de vosotros y condenaros a muerte de uñas. Pues, ¿qué
diré de los peines, pues con ellos nos habéis introducido las calvas,
porque tuviésemos algo de Calvino sobre nuestras cabezas? Yo haré que
España sepa estimar sus ratones y su caspa y su moho, para que vais a
los infiernos a gastar fuelles y ratoneras.
En esto los cogió la _hora_, y desatinándole la cólera, dijo:
--Los demonios me están retentando de mataros a puñaladas y
abernardarme y hacer Roncesvalles estos montes[431].
Los bugres[432], viéndole demudado y colérico, se levantaron con un
zurrido monsiur, hablando galalones[433], pronunciando el _mondiu_ en
tropa y la palabra _coquin_. En mal punto la dijeron, que el español,
arrancando la daga[434] y arremetiendo al amolador, le obligó a
soltar el carretoncillo, el cual, con el golpe, empezó a rodar por
aquellas peñas abajo, haciéndose andrajos. En tanto, por un lado de
las ratoneras, le tiró un fuelle; mas, embistiendo con él a puñaladas,
se los hizo flautas y astillas las ratoneras. El de los peines y
alfileres, dejando el cajón en el suelo, tomó pedrisco. Empezaron todos
tres contra el pobre español y él contra todos tres a descortezarse a
pedradas: munición que a todos sobra en aquel sitio, aun para tropezar.
De miedo de la daga, tiraban los gabachos[435] desde lejos. El
español, que se reparaba con la capa, dió un puntapié al cajón de
alfileres, el cual, a tres calabazadas que rodando se dió en unas
peñas, empezó a sembrar peines y alfileres, y viéndole disparar púas de
azófar, hecho erizo de madera, dijo:
--Ya empiezo a servir a mi Rey.
Y viendo llegar pasajeros de a mula[436] que los despartieron, les
pidió le diesen fe de aquella vitoria que a fuer de espulgo había
tenido contra las comezones de España. Riéronse los caminantes sabida
la causa, y, llevándose al español a las ancas de una mula, dejaron a
los franceses ocupados en dar tapabocas[437] a los fuelles, y bizmar
las ratoneras, y remendar el carretón, y buscar los alfileres, que se
habían sembrado por aquellos cerros. El español, desde lejos, yendo
caminando, les dijo a gritos:
--Gabachos, si son malcontentos en su tierra, agradézcanme el no dejar
de ser quien son en la mía.
XXXII. La serenísima república de Venecia, que, por su gran seso y
prudencia, en el cuerpo de Europa hace oficio de cerebro, miembro
donde reside la corte del juicio, se juntó en la grande sala a consejo
pleno. Estaba aquel consistorio encordado de diferentes voces, graves
y leves, en viejos y en mozos; unos doctos por las noticias, otros por
las experiencias: instrumento tan bien templado y de tan rara armonía,
que, al son suyo, hacen mudanzas todos los señores del mundo. El
Dux, príncipe coronado de aquella poderosa libertad, estaba en solio
eminente con tres consejeros por banda; de la una parte, un _capo_
de cuarenta; de la otra, dos. Asistían próximos los secretarios que
cuentan las boletas, y en sus lugares, en pie, los ministros[438] que
las llevan. El silencio desaparecía a los oídos de tan grande concurso,
excediendo de tal manera al de un lugar desierto, que se persuadían
los ojos era auditorio de escultura: tan sin voz estaban los achaques
en los ancianos y el orgullo en los mancebos. Rompiendo esta atención,
dijo: