oficio aguardando al señor que había de proveerle. Cada uno hallaba
en sí tantos méritos como faltas en todos los demás. Estábanse
santiguando mentalmente unos de otros. Cada uno decía entre sí que
eran locos y desvergonzados los otros en pretender lo que merecía él
sólo. Mirábanse con un odio infernal, tenían los corazones rellenos de
víboras, preveníanse afrentas y infamias para caluminarse, mostraban
los semblantes aciagos y las coyunturas azogadas de reverencias
y sumisiones. A cada movimiento de la puerta se estremecían de
acatamientos, bamboleándose con alferecía solícita. Tenían ajadas las
caras con la frecuencia de gestos meritorios, flechados de obediencia,
con las espaldas en jiba, entre pisarse el ranzal y pelícanos. No
pasaba paje a quien no llamasen _mi rey_, frunciendo las jetas en
requiebros. Pasó el secretario con andadura de flecha. Aquí fué ella,
que, desapareciéndose de estatura y gandujando[336] sus cuerpos en
cincos de guarismo, le sitiaron de adoración en cuclillas. Él, con
un “perdonen vuesas mercedes, que voy de prisa”, trotado[337] en la
pronunciación, se entró con miradura de novia. Pidió el señor la caja.
Oyóse una voz que dijo:
--Venga el servicio.
--Yo soy--dijo uno de los pretendientes.
Otro:
--Ya entro.
Otro:
--Aquí estoy.
Apretábanse con la puerta hasta sacarse zumo. El pobre señor, que supo
la tabaola que le aguardaba de plegarias, y columbró a los malditos
pretendientes terciando contra él los memoriales enherbolados[338],
no sabía qué se hacer de sus orejas. Dábase a los demonios entre sí
mismo, diciendo que el tener que dar era la cosa mejor del mundo,
si no hubiera quien lo pretendiera, y que las mercedes, para no ser
persecución del que las hace, habían de ser recibidas y no solicitadas.
Los quebrantahuesos[339], que veían se dilataba su despacho, se
carcomían, considerando que el oficio era uno y ellos muchos.
Atollábaseles la arismética en decir:
--Un oficio entre treinta y dos, ¿a cómo les cabe?
Y restaban:
--Recibir uno y pagar treinta y dos, no puede ser.
Y todos se hacían el _uno_ y encajaban a los otros en el _no puede
ser_. El señor decía:
--Fuerza es que yo deje uno premiado y treinta y uno quejosos.
Mas, al fin, se determinó, por limpiarse dellos, a que entrasen. Dióse
un baño de piedra mármol y revistióse en estatua para mesurarse de
audiencia. Embocáronse en manada y rebaño.
Y viendo empezaban a quererle informar en bulla, les dijo:
--El oficio es uno, vosotros muchos: yo deseo dar a uno el oficio y
dejaros contentos[340].
Estando diciendo esto, los cogió la _hora_, y el señor, haciendo a
uno[341] la merced, empezó a ensartarlos a todos en futura sucesión de
futuras sucesiones perdurables, que nunca se acaban[342]. Los pobres
futurados empezaron[343] a desearse la muerte, invocar garrotillos,
pleurites, pestes, tabardillos, muertes repentinas, apoplejías,
disenterías y puñaladas. Y no habiendo un instante que lo dijo, les
parecía a los futuros sucesores que habían vivido ya sus antecesores
diez Matusalenes en retahila. Y siendo así que el décimo reculaba en su
futura en quinientos años venideros, todos acetaron la posmuerte[344]
de su antecedente; sólo el treinta y uno, que halló hecha bien
la cuenta, que llegaba su plazo horas con horas con la fin del
mundo[345], allende del Antecristo, dijo:
--Yo vengo a poseer entre las cañitas[346] y el fuego. ¡Bien haré yo mi
oficio quemado! El día del juicio, ¿quién hará que me paguen mis gajes
las calaveras? Por mí, viva muchos años el treinta futuro, que, cuando
a él llegue la tanda, estará el mundo dando arcadas[347].
El señor los dejó sobreviviéndose y trasmatándose unos a otros, y
se fué podrido de ver que se arrempujaban las edades[348] hacia el
_saeculum per ignem_[349] y que pretendían emparejar con _saecula
saeculorum_. El que pescó el oficio estaba atónito viéndose con tan
larga retahila de herederos. Fuese tomándose el pulso y propuniendo
de no cenar y guardarse de soles. Los demás se miraban como venenos
eslabonados, y, anatematizándose las vidas, se iban levantando
achaques, y añadiéndose años, y amenazándose de ataúdes, y zahiriéndose
la buena disposición, y enfermando de la salud de sus precedentes y
dándose a médicos como a perros.
XXII. Unos hombres, que piden prestado, a imitación del día que pasó
para no volver, discípulos de las arañas en cazar la mosca, se estaban
en la cama al anochecer, por tener las carnes a letra vista[350].
Habían gastado entre todos, en oblea, tinta y pluma y papel, ocho
reales, que habían juntado a escote, y todo lo consumieron en billetes,
bacinicas[351] de demanda, con nota rematada y cláusulas de extrema
necesidad, “por ser negocio de honra, en que les iba la vida”; con
el fiador, de que “se volvería con toda brevedad, que sería echarlos
una _S_ y un clavo[352]”. Y por si faltaba el dinero, remataban con la
plegaria, que es las mil y quinientas[353] de la bribia[354], diciendo
que, si no se hallasen con algún contante, se sirviesen de enviar una
prenda, que los buscarían sobre ella[355], y se guardaría como los ojos
de la cara, con su contera[356] de que: “Perdone el atrevimiento”, y
“que no se avergonzaran a otra persona”. Habían, pues, flechado cien
papeles déstos, rociando de estafa todo el lugar[357]. Llevábalos un
compañero panza al trote[358], insigne clamista[359], que, con una
barba de cola de pescado y una capa larga, pintaba en[360] platicante
de médico. Quedó el nido de emprestillones[361] haciendo la cuenta de
cuánto dinero traería, y sobre si serían seiscientos o cuatrocientos
reales, armaron una zalagarda del diablo[362]. Llegaron a reñir y a
desmentirse[363] sobre lo que se había de hacer de lo que pillasen.
Y tanto se enfurecieron, que saltaron de las camas, con tal dieta de
camisas las partes bajas, que era más fácil darse de azotes que de
sopapos. Entró en este punto la estafeta de los enredos, con tufo de
“no hay, no tengo, Dios los provea”. Traía las dos manos descubiertas,
sin codo manco: señal de desembarazo. Víanse las dos barajas de
billetes. Quedáronse transidos viendo que su fábrica pintaba en solas
respuestas de retorno, y con prosa falida de voz[364], dijeron:
--¿Qué tenemos?
--Que no tienen--respondió el sacatrapos[365]--; entreténganse vustedes
en leer, ya que no pueden contar.
Empezaron a abrir billetes. El primero decía:
“No he sentido en mi vida cosa tanta como no poder servir a vuesa
merced con esta niñería”.
--Pues socorriérame y lo sintiera más.
El segundo:
“Señor mío: si ayer recibiera su papel de vuesa merced, le pudiera
servir con mil gustos”.
--¡Válgate el diablo por _ayer_, que te andas cada día tras los
embestidores!
El tercero:
“El tiempo está de manera”...
--¡Oh, maldito caballero almanac! ¿Pídente dinero y das pronóstico?
El cuarto:
“No siente vuesa merced tanto su necesidad como yo no poder
socorrerla”.
--¿Quién te lo dijo, demonio? ¿Profeta te haces, miserable? ¿Cuando te
piden, adivinas?
--No hay más que leer--dijeron todos.
Y alzando un zurrido[366] infernal, dijeron:
--Ya es de noche: desquitémonos de lo gastado royendo las obleas de
los sellos, a falta de cena, y juntemos estos billetes con otros dos
cahices que tenemos, y véndanse a un confitero, que, por lo menos,
dará por ellos cuatro reales para amortajar especias, y encorozar[367]
confites, y hacer mantellinas al azúcar de las pellas y calzar los
bizcochos.
--Esto de pedir prestado--decía bostezando el andadero--, diez años ha
que murió súpito[368]; ya no hay qué prestar sino paciencia. Por no ver
los gestos y garambainas[369] que hacen con las caras los embestidos,
puede uno darles lo que les pide, y, hecha la cuenta, se gasta más en
secretaría y trotes que se cobra. Caballeros de la arrebatiña, no hay
sino ojo avizor[370].
En esto estaban los pescadores de papel, cuando los cogió la _hora_, y
dijo el más desembainado de persona:
--Mucho se nos hacen de rogar los bienes ajenos, y, si aguardamos a que
se nos vengan a casa, pereceremos en la calle. No es buena ganzúa la
oratoria, y la prosa se entra por los oídos y no por las faltriqueras.
Dar audiencia al que pide cuartos es dar al diablo. Más fácil es tomar
que pedir. Cuando todos guardan, no hay que aguardar. Lo que conviene
es hurtar de boga arrancada[371] y con consideración: quiero decir,
considerando que se ha de hurtar de suerte que haya hurto para el que
acusa, para el que escribe, para el que prende, para el que procura,
para el que aboga, para el que solicita, para el que relata y para el
que juzga, y que sobre algo; porque donde el hurto se acaba, el verdugo
empieza. Amigos, si nos desterraren es mejor que si nos enterrasen.
Los pregones, por un oído se entran y por otro se salen. Si nos sacan
a la vergüenza, es saca que no _escuece_[372], y yo no sé quién tiene
la vergüenza adonde nos han de sacar. Si nos azotaren, a quien dan
no escoge, y, por lo menos, oye un hombre alabar sus carnes, y en
apeándose un jubón[373], cubre otro. En el tormento no tenemos riesgo
los mentirosos, pues toda su tema es que digan la verdad, y, con
_hágome sastre_[374], se asegura la persona. Ir a galeras es servir al
Rey y volverse lampiños[375]: los galeotes son candiles, que sirven
a falta de velas. Si nos ahorcan, que es el _finibus terrae_, tal
día hizo un año, y, por lo menos, no hay ahorcado que no honre a sus
padres, diciendo los ignorantes que los deshonran, pues no se oye otra
cosa, aunque el ahorcado sea un pícaro, sino que es muy bien nacido y
hijo de buenos padres. Y aunque no sea sino por morirse uno dejando de
la agalla[376] a la botica y al médico, no le está mal la enfermedad
de esparto[377]. Caballeros, no hay sino manos a la obra[378].
No lo hubo dicho, cuando, revolviéndose las sábanas de las camas al
cuerpo y engulliéndose el candil en el balsopeto[379], se descolgaron
por una manta a la calle desde una ventana y partieron como rayos a
sofaldar[380] cofres y retozar[381] pestillos y manosear faltriqueras.
XXIII. La imperial Italia, a quien sólo quedó lo augusto del nombre,
viendo gastada su Monarquía en pedazos, con que añadieron tan
diferentes Príncipes sus dominios, y ocupada su jurisdición en remendar
señoríos, poco antes desarrapados; desengañada de que, si pudo con
dicha quitar ella sola a todos lo que poseían, había sido fácil
quitarla a ella todos lo que sola les había quitado; hallándose pobre
y sumamente ligera, por haber dejado el peso de tantas provincias,
dió en volatín[382], y, por falta de suelo, andaba en la maroma, con
admiración de todo el mundo. Fijó los ejes de su cuerda en Roma y en
Saboya. Eran auditorio y aplauso España del un lado y Francia del otro.
Estaban cuidadosos estos dos grandes Reyes, aguardando hacia dónde se
inclinaba en las mudanzas y vueltas que hacía, para si por descuido
cayese, recogerla cada una[383]. Italia, advertida de la prevención
del auditorio, para tenerse firme y pasear segura tan estrecha
senda, tomó por bastón[384] la señoría de Venecia en los brazos, y,
equilibrando sus movimientos, hacía saltos y vueltas maravillosas,
unas veces fingiendo caer hacia España, otras hacia Francia; teniendo
por entretenimiento la ansia con que una y otra extendían los brazos
a recogerla, y siendo fiesta a todos la burla que, restituyéndose en
su firmeza, les hacía. Pues estando entretenidos en esto, cógelos
la _hora_, y el Rey de Francia, desconfiado de su arrebatiña, para
que diese zaparrazo[385] a su lado, empezó a falsear el asiento
del eje de la maroma, que estaba afirmado en Saboya. El Monarca de
España, que lo entendió, le añadía por puntales el Estado de Milán y
el reino de Nápoles y a Sicilia. Italia, que andaba volando, echó de
ver que el bastón de Venecia, que, trayéndole en las manos, la servía
de equilibrio, por otra parte la tenía crucificada, le arrojó, y,
asiéndose a la maroma con las manos, dijo:
--Basta de volatín, que mal podré volar si los que me miran desean que
caiga y quien me bilanza[386] y contrapesa, me crucifica.
Y con sospecha de los puntales de Saboya, se pasó a los de Roma,
diciendo:
--Pues todos me quieren prender, Iglesia me llamo[387], donde, si
cayere, habrá quien me absuelva.
El Rey de Francia se fué llegando a Roma con piel de cardenal, por
no ser conocido; empero el Rey de España, que penetró la maula de
disfrazar el monsiur en monseñor, haciéndole al pasar cortesía, le
obligó a que, quitándose el capello, descubriese lo calvino de su
cabeza[388].
XXIV. El caballo de Nápoles, a quien algunos han hurtado la cebada,
otros ayudado a comer la paja, algunos le han hecho rocín, otros posta
azotándole, otros yegua, viendo que en poder del Duque de Osuna,
incomparable virey, invencible capitán general, juntó pareja con el
famoso y leal caballo que es timbre de sus armas, y que le enjaezó con
las granas de las dos mahonas de Venecia y con el tesoro de la nave de
Brindis[389]; que le hizo caballo marino con tantas y tan gloriosas
batallas navales, que le dió verde en Chipre y de beber en el
Tenedo[390], cuando se trujo a las ancas la nave poderosa de la Sultana
y de Salónique[391], para que le almohazase al capitán[392] de aquellas
galeras con su capitana, por lo cual Neptuno le reconoció por su
primogénito, el que produjo en competencia de Minerva; acordábase que
el grande Girón le había hecho gastar por herraduras las medias lunas
del turco, y que con ellas fueron sus coces sacamuelas de los leones
venecianos en la prodigiosa batalla sobre Raguza, donde, con quince
velas, les desbarató ochenta, obligándolos a retirarse vergonzosamente,
con pérdida de muchas galeras y galeazas, y de la mayor y mejor parte
de la gente. Cuando se acordaba destos triunfos, se vía sin manta y con
mataduras y muermo, que le procedía de plumas de gallina que le echaban
en el pesebre. Víase ocupado en tirar un coche quien fué tan áspero,
que nunca supieron, con ser buenos bridones, los franceses tenerse
encima dél, habiéndolo intentado muchas veces. Ocasionóle el miserable
estado en que se vía tal tristeza y desesperación, que, enfurecido y
relinchando clarines y resollando fuego, quiso ser caballo de Troya, y,
a corcovos y manotadas, asolar la ciudad[393]. Al ruido entraron los
sexos de Nápoles, y, arrojándole una toga en la cara, le taparon los
ojos, y con halagos, hablándole calabrés cerrado, le pusieron maneotas
y cabestro. Y estándole atando a un aldabón del establo, cógelos
la _hora_[394], y dos de los sexos dijeron que convenía y era más
barato dar a Roma de una vez el caballo que cada año una hacanea con
dote[395], y quitarse de ruidos, pues, según le miraban, se podía temer
que le matasen de ojo los nepotes. A esto, demudados, respondieron
los otros que el Rey de España le aseguraba de tal enfermedad con
tres castillos, que le tenía puestos en la frente por texón, y que
primero le cortarían las piernas que verle servir de mula y escondido
en hopalandas. Los dos replicaron que parecía lenguaje de herejes no
querer ser papistas, y que ninguna silla le podía estar tan bien como
la de San Pedro. A esto dijeron coléricos los demás que, para que
los herejes no hiciesen al Pontífice perder los estribos en aquella
silla, convenía que sólo el Rey de España se sirviese deste caballo.
Unos decían _bonete_; otros, _corona_, y de una palabra en otra, se
envedijaron de suerte, que si no entra el electo del pueblo, se hacen
pedazos. El cual, sabiendo dellos la ocasión de la pendencia, les dijo:
--Este caballo, con ser desbocado, ha tenido muchos amos, y las más
veces se ha ido él por su pie que dejádose llevar del ranzal. Lo que
conviene es guardarle con cuidado, que anda en Italia mucha gente de
a pie que busca bagaje, y cuatreros con botas y espuelas, y el gitano
trueca borricas que le ha hurtado otras veces, y ahora tiene puerta
falsa a la estala[396] y no conviene que le almohace ningún mozo de
caballos francés, que le hacen cosquillas en lugar de limpiarle, y
tanto ojo con los monsiures, que se visten manteo y sotana para echarle
la pierna encima.
XXV. Estaban ahorcando dos rufianes por media docena de muertes[397]:
el uno estaba ya hecho badajo de la _ene_ de palo[398], el otro
acababa de sentarse en el poyo donde se pone a caballo el jinete
de gaznates. Entre la multitud de gente que los miraba, pasando en
alcance de unos tabardillos, se pararon dos médicos, y viéndolos,
empezaron a llorar como unas criaturas, y con tantas lágrimas, que
unos tratantes que estaban junto a ellos los preguntaron si eran sus
hijos los ajusticiados. A lo cual respondieron que no los conocían,
empero que sus lágrimas eran de ver morir dos hombres sin pagar nada
a la facultad. En esto los cogió a todos la _hora_, y columbrando el
ahorcado a los médicos, dijo:
--¡Ah, señores dotores! Aquí tienen vuestedes lugar, si son servidos,
pues por los que han muerto merecen el mío, y por lo que saben
despachar, el del verdugo. Algún entierro ha de haber sin galeno, y
también presume de aforismo el esparto. En lo que tienen encima, y en
los malos pasos, sus mulas de vuestedes son escaleras de la horca de
pelo negro. Tiempo es de verdades. Si yo hubiera usado de receta, como
de daga, no estuviera aquí, aunque hubiera asesinado a cuantos me ven.
Una docena de misas les pido, pues les es fácil acomodarlas en uno de
los infinitos codicillos a que dan prisa.
XXVI. El gran Duque de Moscovia, fatigado con las guerras y robos
de los tártaros, y con frecuentes invasiones de los turcos, se vió
obligado a imponer nuevos tributos en sus estados y señoríos. Juntó sus
favorecidos y criados, ministros y consejeros y el pueblo de su Corte,
y díjoles:
--Ya los constaba de la necesidad extrema en que le tenían los gastos
de sus ejércitos para defenderlos de la invidia de sus vecinos y
enemigos, y que no podían las repúblicas y monarquías mantenerse sin
tributos, que siempre eran justificados los forzosos y suaves, pues se
convierten en la defensa de los que los pagan, redimiendo la paz y la
hacienda y las vidas de todos aquella pequeña y casi insensible porción
que da cada uno al repartimiento, bienquisto por igual y moderado;
que él los juntaba para su mesmo negocio; que le respondiesen como en
remedio y comodidad propia.
Hablaron primero los allegados y ministros, diciendo que la propuesta
era tan santa y ajustada, que ella se era respuesta y concesión; que
todo era debido a la necesidad del Príncipe y defensa de la Patria; que
así podía arbitrar conforme a su gusto en imponer todos y cualesquier
tributos que fuese servido a sus vasallos, pues cuanto diesen
pagaban[399] a su útil y descanso, y que cuanto mayores fuesen las
cargas, mostraría más la grande satisfacción que tenía de su lealtad,
honrándolos con ella. Oyólos con gusto el Duque, mas no sin sospecha, y
así, mandó que el pueblo le respondiese por sí. El cual, en tanto que
razonaban los magistrados, había susurrádose en conferencia callada.
Eligieron uno que hablase por ellos conforme al sentir de todos. Éste,
saliendo a lugar desembarazado, dijo:
--Muy poderoso señor: vuestros buenos vasallos por mí os besan con
suma reverencia la mano por el cuidado que mostráis de su amparo y
defensa, y, como pueblo que en vuestra sujeción nació y vive con amor
heredado, confiesan que son vuestros a toda vuestra voluntad, con ciega
obediencia, y os hacen recuerdo que su blasón es haberlo mostrado así
en todo el tiempo de vuestro imperio, que Dios prospere. Conocen que
su protección es vuestro cuidado y que esa congoja os baja de príncipe
soberano de todos y en todo, a padre de cada uno: amor y benignidad que
inestimablemente aprecian. Saben las urgentes y nuevas ocasiones que
os acrecientan gastos inexcusables, que por ellos y por vos no podéis
evitar, y entienden que por vuestra pobreza no los podéis atender.
Yo, en nombre de todos, os ofrezco, sin exceptar algo, cuanto todos
tienen; empero pongo a vuestro celo dos cosas en consideración: la una,
que si tomáis todo lo que tienen vuestros vasallos[400], agotaréis
el manantial que perpetuamente ha de socorreros a vos y a vuestra
sucesión; y si vos, señor, los acabáis, hacéis lo que teméis que hagan
vuestros enemigos, tanto más en vuestro daño, cuanto en ello, es dudosa
la ruina, y, en vos, cierta; y quien os aconseja que os asoléis porque
no os asuelen, antes es munición de vuestros contrarios que consejero
vuestro. Acordaos del labrador a quien Júpiter, según Isopo, concedió
una pájara, que, para su alimento le ponía cada día un güevo de oro.
El cual, vencido de la codicia, se persuadió a que ave que cada día le
daba un huevo de oro, tenía ricas minas de aquel metal en el cuerpo,
y que era mejor tomárselo todo de una vez que recibirlo continuamente
poco a poco y como Dios lo había dispuesto. Mató la pájara, y quedó
sin ella y sin el huevo de oro. Señor, no hagáis verdad esta que fué
fábula en el filósofo; que os haréis fábula de vuestro pueblo. Ser
príncipe de pueblo pobre más es ser pobre y pobreza que príncipe. El
que enriquece los súbditos tiene tantos tesoros como vasallos; el que
los empobrece, otros tantos hospitales y tantos temores como hombres
y menos hombres que enemigos y miedos. La riqueza se puede dejar
cuando se quiere; la pobreza, no. Aquélla pocas veces se quiere dejar;
ésta, siempre. La otra es que debéis considerar que vuestra ultimada
necesidad presente nace de dos causas: la una, de lo mucho que os han
robado y usurpado los que os asisten; la otra, de las obligaciones que
hoy se os añaden. No hay duda que aquélla es la primera; si es también
la mayor, a vos os toca el averiguarlo. Repartid, pues, vuestro socorro
como mejor os pareciere entre restituciones de los usurpadores y
tributos de los vasallos, y sólo podrá quejarse quien os fuere traidor.
En estas palabras los cogió la _hora_, y el Duque, levantándose en pie,
dijo:
--Denme lo que me falta de lo que tenía, los que me lo han quitado,
y páguenme lo demás que hubiere menester mis pueblos. Y porque no se
dilate, todos vosotros y los vuestros, que desde lejos, con la esponja
de la intercesión, me habéis chupado el patrimonio y tesoro, quedaréis
solamente con lo que trujistes a mi servicio, descontados los sueldos.
Fué tan grande y tan universal el gozo de los inferiores, viendo la
justa y piadosa resolución del Duque, que, aclamándole Augusto, y los
más de rodillas, dijeron:
--Queremos, en agradecimiento, después de servir con lo que nos
repartieres, pagar otro tanto más, y que esta parte quede por servicio
perpetuo para todas las veces que cobrares lo que te tomaren; de que
resultará que los codiciosos aún tendrán escrúpulo de recibir lo que
les dieres.
XXVII. Un fullero, con más flores[401] que mayo en la baraja y más
gatos[402] que enero en las uñas, estaba jugando con un tramposo sobre
tantos, persuadido de que se pierde más largo que con el dinero
delante. Concedíale la trocada[403] y la derecha, y la derecha, como la
quería, porque, retirando las cartas, la derecha se la volvía zurda y
la trocada se la cobraba con premio. Las suertes del fullero eran unos
Apeles en pintar, y las del tramposo boqueaban de tabardillo a puras
pintas; las suertes del maullón[404] siempre eran veinte y cuatro, con
licencia del cabildo de Sevilla; las del tramposo se andaban tras el
mediodía, sin pasar de la una. Pues cógelos la _hora_, y contando el
fullero los tantos, dijo:
--Vuesa merced me debe dos mil reales.
El tramposo respondió, después de haberlos vuelto a contar, como si
pensara pagarlos:
--Señor mío: a su ramillete de vuesa merced le falta mi flor, que es
perder y no pagar. Vuesa merced se la añada, y no tendrá que invidiar a
Daraja[405]. Haga vuesa merced cuenta que ha jugado con un saúco, cuya
flor es ahorcar bolsas[406]; lo que aquí se ha perdido es el tiempo,
que tampoco lo cobrará vuesa merced como yo.