XXI. Estaba un enjambre de treinta y dos pretendientes de un mismo

oficio aguardando al señor que había de proveerle. Cada uno hallaba

en sí tantos méritos como faltas en todos los demás. Estábanse

santiguando mentalmente unos de otros. Cada uno decía entre sí que

eran locos y desvergonzados los otros en pretender lo que merecía él

sólo. Mirábanse con un odio infernal, tenían los corazones rellenos de

víboras, preveníanse afrentas y infamias para caluminarse, mostraban

los semblantes aciagos y las coyunturas azogadas de reverencias

y sumisiones. A cada movimiento de la puerta se estremecían de

acatamientos, bamboleándose con alferecía solícita. Tenían ajadas las

caras con la frecuencia de gestos meritorios, flechados de obediencia,

con las espaldas en jiba, entre pisarse el ranzal y pelícanos. No

pasaba paje a quien no llamasen _mi rey_, frunciendo las jetas en

requiebros. Pasó el secretario con andadura de flecha. Aquí fué ella,

que, desapareciéndose de estatura y gandujando[336] sus cuerpos en

cincos de guarismo, le sitiaron de adoración en cuclillas. Él, con

un “perdonen vuesas mercedes, que voy de prisa”, trotado[337] en la

pronunciación, se entró con miradura de novia. Pidió el señor la caja.

Oyóse una voz que dijo:

--Venga el servicio.

--Yo soy--dijo uno de los pretendientes.

Otro:

--Ya entro.

Otro:

--Aquí estoy.

Apretábanse con la puerta hasta sacarse zumo. El pobre señor, que supo

la tabaola que le aguardaba de plegarias, y columbró a los malditos

pretendientes terciando contra él los memoriales enherbolados[338],

no sabía qué se hacer de sus orejas. Dábase a los demonios entre sí

mismo, diciendo que el tener que dar era la cosa mejor del mundo,

si no hubiera quien lo pretendiera, y que las mercedes, para no ser

persecución del que las hace, habían de ser recibidas y no solicitadas.

Los quebrantahuesos[339], que veían se dilataba su despacho, se

carcomían, considerando que el oficio era uno y ellos muchos.

Atollábaseles la arismética en decir:

--Un oficio entre treinta y dos, ¿a cómo les cabe?

Y restaban:

--Recibir uno y pagar treinta y dos, no puede ser.

Y todos se hacían el _uno_ y encajaban a los otros en el _no puede

ser_. El señor decía:

--Fuerza es que yo deje uno premiado y treinta y uno quejosos.

Mas, al fin, se determinó, por limpiarse dellos, a que entrasen. Dióse

un baño de piedra mármol y revistióse en estatua para mesurarse de

audiencia. Embocáronse en manada y rebaño.

Y viendo empezaban a quererle informar en bulla, les dijo:

--El oficio es uno, vosotros muchos: yo deseo dar a uno el oficio y

dejaros contentos[340].

Estando diciendo esto, los cogió la _hora_, y el señor, haciendo a

uno[341] la merced, empezó a ensartarlos a todos en futura sucesión de

futuras sucesiones perdurables, que nunca se acaban[342]. Los pobres

futurados empezaron[343] a desearse la muerte, invocar garrotillos,

pleurites, pestes, tabardillos, muertes repentinas, apoplejías,

disenterías y puñaladas. Y no habiendo un instante que lo dijo, les

parecía a los futuros sucesores que habían vivido ya sus antecesores

diez Matusalenes en retahila. Y siendo así que el décimo reculaba en su

futura en quinientos años venideros, todos acetaron la posmuerte[344]

de su antecedente; sólo el treinta y uno, que halló hecha bien

la cuenta, que llegaba su plazo horas con horas con la fin del

mundo[345], allende del Antecristo, dijo:

--Yo vengo a poseer entre las cañitas[346] y el fuego. ¡Bien haré yo mi

oficio quemado! El día del juicio, ¿quién hará que me paguen mis gajes

las calaveras? Por mí, viva muchos años el treinta futuro, que, cuando

a él llegue la tanda, estará el mundo dando arcadas[347].

El señor los dejó sobreviviéndose y trasmatándose unos a otros, y

se fué podrido de ver que se arrempujaban las edades[348] hacia el

_saeculum per ignem_[349] y que pretendían emparejar con _saecula

saeculorum_. El que pescó el oficio estaba atónito viéndose con tan

larga retahila de herederos. Fuese tomándose el pulso y propuniendo

de no cenar y guardarse de soles. Los demás se miraban como venenos

eslabonados, y, anatematizándose las vidas, se iban levantando

achaques, y añadiéndose años, y amenazándose de ataúdes, y zahiriéndose

la buena disposición, y enfermando de la salud de sus precedentes y

dándose a médicos como a perros.

XXII. Unos hombres, que piden prestado, a imitación del día que pasó

para no volver, discípulos de las arañas en cazar la mosca, se estaban

en la cama al anochecer, por tener las carnes a letra vista[350].

Habían gastado entre todos, en oblea, tinta y pluma y papel, ocho

reales, que habían juntado a escote, y todo lo consumieron en billetes,

bacinicas[351] de demanda, con nota rematada y cláusulas de extrema

necesidad, “por ser negocio de honra, en que les iba la vida”; con

el fiador, de que “se volvería con toda brevedad, que sería echarlos

una _S_ y un clavo[352]”. Y por si faltaba el dinero, remataban con la

plegaria, que es las mil y quinientas[353] de la bribia[354], diciendo

que, si no se hallasen con algún contante, se sirviesen de enviar una

prenda, que los buscarían sobre ella[355], y se guardaría como los ojos

de la cara, con su contera[356] de que: “Perdone el atrevimiento”, y

“que no se avergonzaran a otra persona”. Habían, pues, flechado cien

papeles déstos, rociando de estafa todo el lugar[357]. Llevábalos un

compañero panza al trote[358], insigne clamista[359], que, con una

barba de cola de pescado y una capa larga, pintaba en[360] platicante

de médico. Quedó el nido de emprestillones[361] haciendo la cuenta de

cuánto dinero traería, y sobre si serían seiscientos o cuatrocientos

reales, armaron una zalagarda del diablo[362]. Llegaron a reñir y a

desmentirse[363] sobre lo que se había de hacer de lo que pillasen.

Y tanto se enfurecieron, que saltaron de las camas, con tal dieta de

camisas las partes bajas, que era más fácil darse de azotes que de

sopapos. Entró en este punto la estafeta de los enredos, con tufo de

“no hay, no tengo, Dios los provea”. Traía las dos manos descubiertas,

sin codo manco: señal de desembarazo. Víanse las dos barajas de

billetes. Quedáronse transidos viendo que su fábrica pintaba en solas

respuestas de retorno, y con prosa falida de voz[364], dijeron:

--¿Qué tenemos?

--Que no tienen--respondió el sacatrapos[365]--; entreténganse vustedes

en leer, ya que no pueden contar.

Empezaron a abrir billetes. El primero decía:

“No he sentido en mi vida cosa tanta como no poder servir a vuesa

merced con esta niñería”.

--Pues socorriérame y lo sintiera más.

El segundo:

“Señor mío: si ayer recibiera su papel de vuesa merced, le pudiera

servir con mil gustos”.

--¡Válgate el diablo por _ayer_, que te andas cada día tras los

embestidores!

El tercero:

“El tiempo está de manera”...

--¡Oh, maldito caballero almanac! ¿Pídente dinero y das pronóstico?

El cuarto:

“No siente vuesa merced tanto su necesidad como yo no poder

socorrerla”.

--¿Quién te lo dijo, demonio? ¿Profeta te haces, miserable? ¿Cuando te

piden, adivinas?

--No hay más que leer--dijeron todos.

Y alzando un zurrido[366] infernal, dijeron:

--Ya es de noche: desquitémonos de lo gastado royendo las obleas de

los sellos, a falta de cena, y juntemos estos billetes con otros dos

cahices que tenemos, y véndanse a un confitero, que, por lo menos,

dará por ellos cuatro reales para amortajar especias, y encorozar[367]

confites, y hacer mantellinas al azúcar de las pellas y calzar los

bizcochos.

--Esto de pedir prestado--decía bostezando el andadero--, diez años ha

que murió súpito[368]; ya no hay qué prestar sino paciencia. Por no ver

los gestos y garambainas[369] que hacen con las caras los embestidos,

puede uno darles lo que les pide, y, hecha la cuenta, se gasta más en

secretaría y trotes que se cobra. Caballeros de la arrebatiña, no hay

sino ojo avizor[370].

En esto estaban los pescadores de papel, cuando los cogió la _hora_, y

dijo el más desembainado de persona:

--Mucho se nos hacen de rogar los bienes ajenos, y, si aguardamos a que

se nos vengan a casa, pereceremos en la calle. No es buena ganzúa la

oratoria, y la prosa se entra por los oídos y no por las faltriqueras.

Dar audiencia al que pide cuartos es dar al diablo. Más fácil es tomar

que pedir. Cuando todos guardan, no hay que aguardar. Lo que conviene

es hurtar de boga arrancada[371] y con consideración: quiero decir,

considerando que se ha de hurtar de suerte que haya hurto para el que

acusa, para el que escribe, para el que prende, para el que procura,

para el que aboga, para el que solicita, para el que relata y para el

que juzga, y que sobre algo; porque donde el hurto se acaba, el verdugo

empieza. Amigos, si nos desterraren es mejor que si nos enterrasen.

Los pregones, por un oído se entran y por otro se salen. Si nos sacan

a la vergüenza, es saca que no _escuece_[372], y yo no sé quién tiene

la vergüenza adonde nos han de sacar. Si nos azotaren, a quien dan

no escoge, y, por lo menos, oye un hombre alabar sus carnes, y en

apeándose un jubón[373], cubre otro. En el tormento no tenemos riesgo

los mentirosos, pues toda su tema es que digan la verdad, y, con

_hágome sastre_[374], se asegura la persona. Ir a galeras es servir al

Rey y volverse lampiños[375]: los galeotes son candiles, que sirven

a falta de velas. Si nos ahorcan, que es el _finibus terrae_, tal

día hizo un año, y, por lo menos, no hay ahorcado que no honre a sus

padres, diciendo los ignorantes que los deshonran, pues no se oye otra

cosa, aunque el ahorcado sea un pícaro, sino que es muy bien nacido y

hijo de buenos padres. Y aunque no sea sino por morirse uno dejando de

la agalla[376] a la botica y al médico, no le está mal la enfermedad

de esparto[377]. Caballeros, no hay sino manos a la obra[378].

No lo hubo dicho, cuando, revolviéndose las sábanas de las camas al

cuerpo y engulliéndose el candil en el balsopeto[379], se descolgaron

por una manta a la calle desde una ventana y partieron como rayos a

sofaldar[380] cofres y retozar[381] pestillos y manosear faltriqueras.

XXIII. La imperial Italia, a quien sólo quedó lo augusto del nombre,

viendo gastada su Monarquía en pedazos, con que añadieron tan

diferentes Príncipes sus dominios, y ocupada su jurisdición en remendar

señoríos, poco antes desarrapados; desengañada de que, si pudo con

dicha quitar ella sola a todos lo que poseían, había sido fácil

quitarla a ella todos lo que sola les había quitado; hallándose pobre

y sumamente ligera, por haber dejado el peso de tantas provincias,

dió en volatín[382], y, por falta de suelo, andaba en la maroma, con

admiración de todo el mundo. Fijó los ejes de su cuerda en Roma y en

Saboya. Eran auditorio y aplauso España del un lado y Francia del otro.

Estaban cuidadosos estos dos grandes Reyes, aguardando hacia dónde se

inclinaba en las mudanzas y vueltas que hacía, para si por descuido

cayese, recogerla cada una[383]. Italia, advertida de la prevención

del auditorio, para tenerse firme y pasear segura tan estrecha

senda, tomó por bastón[384] la señoría de Venecia en los brazos, y,

equilibrando sus movimientos, hacía saltos y vueltas maravillosas,

unas veces fingiendo caer hacia España, otras hacia Francia; teniendo

por entretenimiento la ansia con que una y otra extendían los brazos

a recogerla, y siendo fiesta a todos la burla que, restituyéndose en

su firmeza, les hacía. Pues estando entretenidos en esto, cógelos

la _hora_, y el Rey de Francia, desconfiado de su arrebatiña, para

que diese zaparrazo[385] a su lado, empezó a falsear el asiento

del eje de la maroma, que estaba afirmado en Saboya. El Monarca de

España, que lo entendió, le añadía por puntales el Estado de Milán y

el reino de Nápoles y a Sicilia. Italia, que andaba volando, echó de

ver que el bastón de Venecia, que, trayéndole en las manos, la servía

de equilibrio, por otra parte la tenía crucificada, le arrojó, y,

asiéndose a la maroma con las manos, dijo:

--Basta de volatín, que mal podré volar si los que me miran desean que

caiga y quien me bilanza[386] y contrapesa, me crucifica.

Y con sospecha de los puntales de Saboya, se pasó a los de Roma,

diciendo:

--Pues todos me quieren prender, Iglesia me llamo[387], donde, si

cayere, habrá quien me absuelva.

El Rey de Francia se fué llegando a Roma con piel de cardenal, por

no ser conocido; empero el Rey de España, que penetró la maula de

disfrazar el monsiur en monseñor, haciéndole al pasar cortesía, le

obligó a que, quitándose el capello, descubriese lo calvino de su

cabeza[388].

XXIV. El caballo de Nápoles, a quien algunos han hurtado la cebada,

otros ayudado a comer la paja, algunos le han hecho rocín, otros posta

azotándole, otros yegua, viendo que en poder del Duque de Osuna,

incomparable virey, invencible capitán general, juntó pareja con el

famoso y leal caballo que es timbre de sus armas, y que le enjaezó con

las granas de las dos mahonas de Venecia y con el tesoro de la nave de

Brindis[389]; que le hizo caballo marino con tantas y tan gloriosas

batallas navales, que le dió verde en Chipre y de beber en el

Tenedo[390], cuando se trujo a las ancas la nave poderosa de la Sultana

y de Salónique[391], para que le almohazase al capitán[392] de aquellas

galeras con su capitana, por lo cual Neptuno le reconoció por su

primogénito, el que produjo en competencia de Minerva; acordábase que

el grande Girón le había hecho gastar por herraduras las medias lunas

del turco, y que con ellas fueron sus coces sacamuelas de los leones

venecianos en la prodigiosa batalla sobre Raguza, donde, con quince

velas, les desbarató ochenta, obligándolos a retirarse vergonzosamente,

con pérdida de muchas galeras y galeazas, y de la mayor y mejor parte

de la gente. Cuando se acordaba destos triunfos, se vía sin manta y con

mataduras y muermo, que le procedía de plumas de gallina que le echaban

en el pesebre. Víase ocupado en tirar un coche quien fué tan áspero,

que nunca supieron, con ser buenos bridones, los franceses tenerse

encima dél, habiéndolo intentado muchas veces. Ocasionóle el miserable

estado en que se vía tal tristeza y desesperación, que, enfurecido y

relinchando clarines y resollando fuego, quiso ser caballo de Troya, y,

a corcovos y manotadas, asolar la ciudad[393]. Al ruido entraron los

sexos de Nápoles, y, arrojándole una toga en la cara, le taparon los

ojos, y con halagos, hablándole calabrés cerrado, le pusieron maneotas

y cabestro. Y estándole atando a un aldabón del establo, cógelos

la _hora_[394], y dos de los sexos dijeron que convenía y era más

barato dar a Roma de una vez el caballo que cada año una hacanea con

dote[395], y quitarse de ruidos, pues, según le miraban, se podía temer

que le matasen de ojo los nepotes. A esto, demudados, respondieron

los otros que el Rey de España le aseguraba de tal enfermedad con

tres castillos, que le tenía puestos en la frente por texón, y que

primero le cortarían las piernas que verle servir de mula y escondido

en hopalandas. Los dos replicaron que parecía lenguaje de herejes no

querer ser papistas, y que ninguna silla le podía estar tan bien como

la de San Pedro. A esto dijeron coléricos los demás que, para que

los herejes no hiciesen al Pontífice perder los estribos en aquella

silla, convenía que sólo el Rey de España se sirviese deste caballo.

Unos decían _bonete_; otros, _corona_, y de una palabra en otra, se

envedijaron de suerte, que si no entra el electo del pueblo, se hacen

pedazos. El cual, sabiendo dellos la ocasión de la pendencia, les dijo:

--Este caballo, con ser desbocado, ha tenido muchos amos, y las más

veces se ha ido él por su pie que dejádose llevar del ranzal. Lo que

conviene es guardarle con cuidado, que anda en Italia mucha gente de

a pie que busca bagaje, y cuatreros con botas y espuelas, y el gitano

trueca borricas que le ha hurtado otras veces, y ahora tiene puerta

falsa a la estala[396] y no conviene que le almohace ningún mozo de

caballos francés, que le hacen cosquillas en lugar de limpiarle, y

tanto ojo con los monsiures, que se visten manteo y sotana para echarle

la pierna encima.

XXV. Estaban ahorcando dos rufianes por media docena de muertes[397]:

el uno estaba ya hecho badajo de la _ene_ de palo[398], el otro

acababa de sentarse en el poyo donde se pone a caballo el jinete

de gaznates. Entre la multitud de gente que los miraba, pasando en

alcance de unos tabardillos, se pararon dos médicos, y viéndolos,

empezaron a llorar como unas criaturas, y con tantas lágrimas, que

unos tratantes que estaban junto a ellos los preguntaron si eran sus

hijos los ajusticiados. A lo cual respondieron que no los conocían,

empero que sus lágrimas eran de ver morir dos hombres sin pagar nada

a la facultad. En esto los cogió a todos la _hora_, y columbrando el

ahorcado a los médicos, dijo:

--¡Ah, señores dotores! Aquí tienen vuestedes lugar, si son servidos,

pues por los que han muerto merecen el mío, y por lo que saben

despachar, el del verdugo. Algún entierro ha de haber sin galeno, y

también presume de aforismo el esparto. En lo que tienen encima, y en

los malos pasos, sus mulas de vuestedes son escaleras de la horca de

pelo negro. Tiempo es de verdades. Si yo hubiera usado de receta, como

de daga, no estuviera aquí, aunque hubiera asesinado a cuantos me ven.

Una docena de misas les pido, pues les es fácil acomodarlas en uno de

los infinitos codicillos a que dan prisa.

XXVI. El gran Duque de Moscovia, fatigado con las guerras y robos

de los tártaros, y con frecuentes invasiones de los turcos, se vió

obligado a imponer nuevos tributos en sus estados y señoríos. Juntó sus

favorecidos y criados, ministros y consejeros y el pueblo de su Corte,

y díjoles:

--Ya los constaba de la necesidad extrema en que le tenían los gastos

de sus ejércitos para defenderlos de la invidia de sus vecinos y

enemigos, y que no podían las repúblicas y monarquías mantenerse sin

tributos, que siempre eran justificados los forzosos y suaves, pues se

convierten en la defensa de los que los pagan, redimiendo la paz y la

hacienda y las vidas de todos aquella pequeña y casi insensible porción

que da cada uno al repartimiento, bienquisto por igual y moderado;

que él los juntaba para su mesmo negocio; que le respondiesen como en

remedio y comodidad propia.

Hablaron primero los allegados y ministros, diciendo que la propuesta

era tan santa y ajustada, que ella se era respuesta y concesión; que

todo era debido a la necesidad del Príncipe y defensa de la Patria; que

así podía arbitrar conforme a su gusto en imponer todos y cualesquier

tributos que fuese servido a sus vasallos, pues cuanto diesen

pagaban[399] a su útil y descanso, y que cuanto mayores fuesen las

cargas, mostraría más la grande satisfacción que tenía de su lealtad,

honrándolos con ella. Oyólos con gusto el Duque, mas no sin sospecha, y

así, mandó que el pueblo le respondiese por sí. El cual, en tanto que

razonaban los magistrados, había susurrádose en conferencia callada.

Eligieron uno que hablase por ellos conforme al sentir de todos. Éste,

saliendo a lugar desembarazado, dijo:

--Muy poderoso señor: vuestros buenos vasallos por mí os besan con

suma reverencia la mano por el cuidado que mostráis de su amparo y

defensa, y, como pueblo que en vuestra sujeción nació y vive con amor

heredado, confiesan que son vuestros a toda vuestra voluntad, con ciega

obediencia, y os hacen recuerdo que su blasón es haberlo mostrado así

en todo el tiempo de vuestro imperio, que Dios prospere. Conocen que

su protección es vuestro cuidado y que esa congoja os baja de príncipe

soberano de todos y en todo, a padre de cada uno: amor y benignidad que

inestimablemente aprecian. Saben las urgentes y nuevas ocasiones que

os acrecientan gastos inexcusables, que por ellos y por vos no podéis

evitar, y entienden que por vuestra pobreza no los podéis atender.

Yo, en nombre de todos, os ofrezco, sin exceptar algo, cuanto todos

tienen; empero pongo a vuestro celo dos cosas en consideración: la una,

que si tomáis todo lo que tienen vuestros vasallos[400], agotaréis

el manantial que perpetuamente ha de socorreros a vos y a vuestra

sucesión; y si vos, señor, los acabáis, hacéis lo que teméis que hagan

vuestros enemigos, tanto más en vuestro daño, cuanto en ello, es dudosa

la ruina, y, en vos, cierta; y quien os aconseja que os asoléis porque

no os asuelen, antes es munición de vuestros contrarios que consejero

vuestro. Acordaos del labrador a quien Júpiter, según Isopo, concedió

una pájara, que, para su alimento le ponía cada día un güevo de oro.

El cual, vencido de la codicia, se persuadió a que ave que cada día le

daba un huevo de oro, tenía ricas minas de aquel metal en el cuerpo,

y que era mejor tomárselo todo de una vez que recibirlo continuamente

poco a poco y como Dios lo había dispuesto. Mató la pájara, y quedó

sin ella y sin el huevo de oro. Señor, no hagáis verdad esta que fué

fábula en el filósofo; que os haréis fábula de vuestro pueblo. Ser

príncipe de pueblo pobre más es ser pobre y pobreza que príncipe. El

que enriquece los súbditos tiene tantos tesoros como vasallos; el que

los empobrece, otros tantos hospitales y tantos temores como hombres

y menos hombres que enemigos y miedos. La riqueza se puede dejar

cuando se quiere; la pobreza, no. Aquélla pocas veces se quiere dejar;

ésta, siempre. La otra es que debéis considerar que vuestra ultimada

necesidad presente nace de dos causas: la una, de lo mucho que os han

robado y usurpado los que os asisten; la otra, de las obligaciones que

hoy se os añaden. No hay duda que aquélla es la primera; si es también

la mayor, a vos os toca el averiguarlo. Repartid, pues, vuestro socorro

como mejor os pareciere entre restituciones de los usurpadores y

tributos de los vasallos, y sólo podrá quejarse quien os fuere traidor.

En estas palabras los cogió la _hora_, y el Duque, levantándose en pie,

dijo:

--Denme lo que me falta de lo que tenía, los que me lo han quitado,

y páguenme lo demás que hubiere menester mis pueblos. Y porque no se

dilate, todos vosotros y los vuestros, que desde lejos, con la esponja

de la intercesión, me habéis chupado el patrimonio y tesoro, quedaréis

solamente con lo que trujistes a mi servicio, descontados los sueldos.

Fué tan grande y tan universal el gozo de los inferiores, viendo la

justa y piadosa resolución del Duque, que, aclamándole Augusto, y los

más de rodillas, dijeron:

--Queremos, en agradecimiento, después de servir con lo que nos

repartieres, pagar otro tanto más, y que esta parte quede por servicio

perpetuo para todas las veces que cobrares lo que te tomaren; de que

resultará que los codiciosos aún tendrán escrúpulo de recibir lo que

les dieres.

XXVII. Un fullero, con más flores[401] que mayo en la baraja y más

gatos[402] que enero en las uñas, estaba jugando con un tramposo sobre

tantos, persuadido de que se pierde más largo que con el dinero

delante. Concedíale la trocada[403] y la derecha, y la derecha, como la

quería, porque, retirando las cartas, la derecha se la volvía zurda y

la trocada se la cobraba con premio. Las suertes del fullero eran unos

Apeles en pintar, y las del tramposo boqueaban de tabardillo a puras

pintas; las suertes del maullón[404] siempre eran veinte y cuatro, con

licencia del cabildo de Sevilla; las del tramposo se andaban tras el

mediodía, sin pasar de la una. Pues cógelos la _hora_, y contando el

fullero los tantos, dijo:

--Vuesa merced me debe dos mil reales.

El tramposo respondió, después de haberlos vuelto a contar, como si

pensara pagarlos:

--Señor mío: a su ramillete de vuesa merced le falta mi flor, que es

perder y no pagar. Vuesa merced se la añada, y no tendrá que invidiar a

Daraja[405]. Haga vuesa merced cuenta que ha jugado con un saúco, cuya

flor es ahorcar bolsas[406]; lo que aquí se ha perdido es el tiempo,

que tampoco lo cobrará vuesa merced como yo.

Los Sueños, Volume II · 第 5 / 15 段