ministros de la cárcel. Armóse una herrería[234] y confusión espantosa.
Trocaban unos con otros quejas y alaridos. Los que tenían los grillos
y las cadenas se las echaban a los que se las mandaron echar y se las
echaron.
XIV. Iban diferentes mujeres por la calle, las unas a pie. Y aunque
algunas dellas se tomaban ya de los años[235], iban gorjeándose[236]
de andadura y desviviéndose de ponleví y enaguas[237]. Otras iban
embolsadas en coches, desantañándose[238] de navidades con melindres
y manoteado de cortinas. Otras[239], tocadas de gorgoritas[240] y
vestidas de _noli me tangere_[241], iban en figura de camarines, en una
alhacena de cristal, con resabios de hornos de vidrio, romanadas[242]
por dos moros, o, cuando mejor, por dos pícaros. Llevan las tales
transparentes los ojos, en muy estrecha vecindad con las nalgas
del mozo delantero, y las narices molestadas del zumo de sus pies,
que, como no pasa por escarpines[243], se perfuma de Fregenal[244].
Unas y otras iban reciennaciéndose[245], arrulladas de galas y con
niña postiza[246], callando la vieja, como la caca, pasando a la
arismética[247] de los ojos los ataúdes por las cunas. Cogiólas la
_hora_, y, topándolas Estoflerino y Magino y Origano y Argolo[248], con
sus efemérides desenvainadas, embistieron con ellas a ponerlas a todas
las fechas de sus vidas, con día, mes y año, hora, minutos y segundos.
Decían con voces descompuestas:
--Demonios, reconocé vuestra fecha, como vuestra sentencia. Cuarenta y
dos años tienes, dos meses, cinco días, seis horas, nueve minutos y
veinte segundos.
¡Oh, inmenso Dios, quién podrá decir el desaforado zurrido[249] que se
levantó! No se oía otra cosa que “mentises; no hay tal; no he cumplido
quince; ¡Jesús! ¿Quién tal dice? Aún no he entrado en diez y ocho; en
trece estoy; ayer nací; no tengo ningún año; miente el tiempo”.
Y una, a quien Origano estaba sobrescribiendo como escritura: “Fué
fecha y otorgada esta mujer el año de 1578[250]”, viendo ella que se le
averiguaban sesenta y siete años[251], entigrecida y enserpentada, dijo:
--Yo no he nacido, legalizador de la muerte; aún no me han salido los
dientes.
--Antigualla, mamotreto de siglos, no salen sobre raigones[252]; tente
a la fecha.
--No conozco fecha.
Y arremetiendo el uno al otro, se confundió todo en una resistencia
espantosa.
XV. Estaba un potentado, después de comer, arrullando su
desvanecimiento con lisonjas arpadas en los picos de sus criados[253].
Oíase el rugir de las tripas galopines[254], que en la cocina de su
barriga no se podían averiguar con la carnicería que había devorado.
Estaba espumando en salivas, por la boca, los hervores de las azumbres,
todo el _coramvobis_[255] iluminado de panarras, con arreboles de
brindis. A cada disparate y necedad que decía, se desatinaban en los
encarecimientos y alabanzas los circunstantes. Unos decían: “¡Admirable
discurso!” Otros: “No hay más que decir. ¡Grandes y preciosísimas
palabras!” Y un lisonjero, que procuraba pujar[256] a los otros la
adulación, mintiendo de puntillas, dijo:
--Oyéndote ha desfallecido pasmada la admiración y la dotrina.
El tal señor, encantusado[257] y dando dos ronquidos, parleros del
ahito, con promesas de vómito, derramó con zollipo[258] estas palabras:
--Afligido me tiene la pérdida de las dos naves mías.
En oyéndolo, se afilaron los lisonjeros de embeleco[259], y,
revistiéndoseles la mesma mentira, dijeron unos que “antes la pérdida
le había sido de autoridad y a pedir de boca, y que por útil debiera
haber deseádola, pues le ocasionaba causa justa para romper con los
amigos y vecinos que le habían robado, y que por dos les tomaría
ducientos, y que esto él se obligaba a disponerlo”[260]. Salpicó el
detestable adulador este enredo de ejemplos.
Otros dijeron “había sido la pérdida glorioso suceso y lleno de
majestad, porque aquél era gran príncipe, que tenía más que perder,
y que en eso se conocía su grandeza, y no en gañar[261] y adquirir,
que es mendiguez propia de piratas y ladrones”. Y añadió que “aquesta
pérdida había de ser su remedio”. Y luego empezó a granizarle de
aforismos y autores, ensartando a Tácito y a Salustio, a Polibio y
Tucídides, embutiendo las grandes pérdidas de los romanos y griegos
y otra gran cáfila de dislates. Y como el glotonazo no buscaba sino
disculpas de su flojedad, alegró la pérdida con el engaño. No hiciera
más el diablo.
En esto, a persuasión de las crudezas, por el mal despacho de la
digestión, disparó un regüeldo. No le hubieron oído, cuando los
malvados lisonjeros, hincando con suma veneración la rodilla, por
hacerle creer había estornudado[262], dijeron: “Dios le ayude[263]”.
Pues cógele la _hora_, y, revestido de furias infernales, aullando,
dijo:
--Infames, pues me queréis hacer encreyentes[264] que es estornudo el
regüeldo, estando mi boca a los umbrales de mis narices, ¿qué haréis de
lo que ni veo ni güelo?
Y dándose de manotadas en las orejas y mosqueándose de[265] mentiras,
arremetió con ellos y los derramó a coces de su palacio, diciendo:
--Príncipes, si me cogen acatarrado[266], me destruyen. Por un sentido
que me dejaron libre se perdieron: no hay cosa como oler.
XVI. Los codiciosos, escarmentados, se apartaron de los tramposos, y
los tramposos, por no pagar de balde el embuste, se embistieron unos
a otros, disimulándose en las palabras y dándose un baño exterior de
simplicidad. Decíanse el un embustero al otro:
--Señor mío, escarmentado de tratar con tramposos, que me tienen
destruido, vengo a que, pues sabéis mi puntualidad, me prestéis tres
mil reales en vellón, de que os daré letra acetada a dos meses, que se
pagará en plata, en persona tan abonada, que es como tenerlos en la
bolsa, y que no es menester más de llegar y contar.
Y era éste en quien daba la letra la misma trampa. Mas el tramposo, que
oía al otro tramposo que le abonaba al tercer tramposo, disimulando el
conocerlos, y adargándose del trampantojo, con lamentación ponderada le
dijo que él andaba a buscar cuatro mil reales sobre prenda que valía
ocho, y que a ese efecto había salido de su casa. Andaban chocando[267]
los unos con los otros con cadenas de alquimia, hipócritas del oro, y
letras falsas acetadas, y con fiadores falidos y escrituras falsas, y
hipotecas ajenas, y plata que habían pedido prestada para un banquete,
y migajas de[268] pies de tazas de vidrio, y claveques[269] con
apellido de diamantes. Era admirable la prosa que gastaban. Uno decía:
--Yo profeso verdad, y se ha de hallar en mí, si se perdiere. No
profeso sino pan por pan y vino por vino[270]. Antes moriré de hambre,
pegada la boca a la pared[271], que hacer ruindad. No quiero sino
crédito. No hay tal como poder traer la cara descubierta[272]. Esto me
enseñaron mis padres.
Respondía el otro tramposo:
--No hay cosa como la puntualidad. Sí por sí y no por no[273]. Por
malos medios no quiero hacienda. Toda mi vida he tenido esta condición.
No quiero tener que restituir; lo que importa es el alma. No haría una
trampa por los haberes del mundo. Más quiero mi conciencia que cuanto
tiene la tierra.
En esto estaban las ratoneras vivas, arrebozando de cláusulas
justificadas las intenciones cardas[274], cuando los cogió de medio
a medio la _hora_, y, creyéndose los unos tramposos a los otros, se
destruyeron. El de la cadena de alquimia la daba por la letra falsa,
y el de los diamantes claveques tomaba por ellos la plata prestada.
Los tres partieron al contraste[275]. El otro a verificar la letra
y asegurarla y perder la mitad, porque se la pagasen antes que se
averiguase el cadenón de hierro viejo. Llegó volando a la casa del
hombre en cuyo nombre estaba acetada, el cual le dijo que aquella letra
no era suya ni conocía tal hombre, y envióle noramala[276]. Él se
salió, letra entre piernas[277], diciendo:
--¡Oh, ladrón! ¡Cuál me la habrías pegado[278] si la cadena no fuera de
trozos de jeringa!
El de los claveques decía, estando vendiendo la plata a un platero sin
hechura y por menos[279] del peso:
--¡Bien se la pegué con mendrugos de vidrio!
En esto llegó el dueño, y conociendo su plata, que andaba dando
cosetadas[280] en el peso, llamó a un alguacil y hizo prender al
tramposo por ladrón. Empelazgáronse[281]. Al ruido salió el de los
diamantes falsos dando gritos. El que vendía la plata, dijo:
--Ese infame me la vendió.
El otro decía:
--Miente; que ése me la ha hurtado.
El platero decía:
--Ese maulero[282] me traía chinas por diamantes.
El dueño de la plata requería que los prendiesen a entrambos. El
escribano decía que a todos tres hasta que se averiguase. El alguacil,
poniéndose la vara en la boca y asiendo a los dos tramposos con las
dos manos, y el escribano de la capa al dueño de la plata, después
de haberse desgarrado las jetas unos a otros, con gran séquito de
pícaros[283] fueron entregados en la cárcel al guardajoyas del
verdugo[284].
XVII. En Dinamarca había un señor de una isla poblada con cinco
lugares. Estaba muy pobre, más por la ansia de ser más rico que por lo
que le faltaba. Castigó el cielo a los vecinos y naturales desta isla
con inclinación casi universal a ser arbitristas. En este nombre hay
mucha diferencia en los manuscritos: en unos se lee _arbitristes_; en
otros, _arbatristes_, y en los más, _armachismes_. Cada uno enmiende
la lección como mejor le pareciere a sus acontecimientos. Por esta
causa, esta tierra era habitada de tantas plagas como personas. Todos
los circunvecinos se guardaban de las gentes desta isla como de pestes
andantes, pues de sólo el contagio del aire que pasado por ella los
tocaba, se les consumían los caudales, se les secaban las haciendas,
se les desacreditaba el dinero y se les asuraba[285] la negociación.
Era tan inmensa la arbitrería que producía aquella tierra, que los
niños, en naciendo, decían _arbitrio_ por decir _taita_[286]. Era una
población de laberintos, porque, las mujeres con sus maridos, los
padres con los hijos, los hijos con los padres y los vecinos unos con
otros, andaban a daca mis arbitrios y toma los tuyos[287], y todos se
tomaban del arbitrio como del vino.
Pues este buen señor, en las partes de allende, convencido de la
cudicia, que es uno de los peores demonios que esgrimen cizaña en el
mundo, mandó tocar a arbitrios. Juntáronse legiones de arbitrianos en
el teatro del palacio[288], empapeladas las pretinas y asaeteadas de
legajos de discursos las aberturas de los sayos. Díjoles su necesidad,
pidióles el remedio. Todos a un tiempo echando mano a sus discursos, y
con cuadernos en ristre, embistieron en _turba multa_, y, ahogándose
unos en otros por cuál llegaría antes, nevaron[289] cuatro bufetes de
cartapeles[290]. Sosegó el runrún que tenían, y empezó a leer el primer
arbitrio. Decía así:
“Arbitrio para tener inmensa cantidad de oro y plata sin pedirla ni
tomarla a nadie”.
--Durillo se me hace--dijo el señor--. Segundo:
“Para tener inmensas riquezas en un día, quitando a todos cuanto tienen
y enriqueciéndolos con quitárselo”.
--La primera parte de quitar a todos, me agrada; la segunda, de
enriquecerlos quitándoselo, tengo por dudosa; mas allá se avengan.
Tercero:
“Arbitrio fácil y gustoso y justificado para tener gran suma de
millones, en que los que los han de pagar no lo han de sentir; antes
han de creer que se los dan”.
--Me place, dejando esta persuasión por cuenta del arbitrista--dijo el
señor--. Cuarto arbitrio:
“Ofrece hacer que lo que falta sobre, sin añadir nada ni alterar cosa
alguna, y sin queja de nadie”.
--Arbitrio tan bienquisto no puede ser verdadero. Quinto:
“En que se ofrece cuanto se desea. Hase de tomar y quitar y pedir a
todos y todos se darán a los diablos”.
--Este arbitrio, con lo endemoniado, asegura lo platicable.
Animado con la aprobación, el autor dijo:
--Y añado que los que le cobraren serán consuelo para los que le han de
padecer[291].
--¿Quién fuiste tú, que tal dijiste?
Alza Dios su ira[292] y emborrúllanse en remolinos furiosos los
arbitristas, chasqueando barbulla[293], llamándole de borracho y perro.
Decíanle:
--Bergante, ¿propusiera Satanás el consuelo en los cobradores, siendo
ellos la enfermedad de todos los remedios?
Llamábanse de hidearbitristas[294], contradiciéndose los arbitrios
los unos a los otros, y cada uno sólo aprobaba el suyo. Pues estando
encendidos en esta brega, entraron de repente muchos criados, dando
voces, desatinados, que se abrasaba el palacio por tres partes, y
que el aire era grande. Coge la _hora_ en este susto al señor y
a los arbitristas. El humo era grande y crecía por instantes. No
sabía el pobre señor qué hacerse. Los arbitristas le dijeron se
estuviese quedo, que ellos lo remediarían en un instante. Y saliendo
del teatro a borbotones, los unos agarraron de cuanto había en
palacio, y, arrojando por las ventanas los camarines y la recámara,
hicieron pedazos cuantas cosas tenía de precio. Los otros, con picos,
derribaron una torre. Otros, diciendo que el fuego en respirando se
moría, deshicieron gran parte de los tejados, arruinando los techos y
asolándolo todo. Y ninguno de los arbitristas acudió a matar el fuego
y todos atendieron a matar la casa y cuanto había en ella[295]. Salió
el señor, viendo el humo casi aplacado, y halló que los vasallos y
gente popular y la justicia habían ya apagado el fuego. Y vió que los
arbitristas daban tras los cimientos y que le habían derribado su casa
y hecho pedazos cuanto tenía, y, desatinado con la maldad y hecho una
sierpe, decía:
--Infames, vosotros sois el fuego. Todos vuestros arbitrios son desta
manera. Más quisiera, y me fuera más barato, haberme quemado, que
haberos creído. Todos vuestros remedios son desta suerte: derribar toda
una casa, porque no se caiga un rincón. Llamáis defender la hacienda
echarla en la calle y socorrer el rematar. Dais a comer a los príncipes
sus pies, y sus manos y sus miembros, y decís que le sustentáis, cuando
le hacéis que se coma a bocados a sí propio. Si la cabeza se come todo
su cuerpo, quedará cáncer de sí misma, y no persona. Perros: el fuego
venía con harta razón a quemarme a mí porque os junté y os consiento.
Y como me vió en poder de arbitristas, cesó y me dió por quemado.
El más piadoso arbitrista es el fuego: él se ataja con el agua;
vosotros crecéis con ella y con todos los elementos y contra todos. El
Anticristo ha de ser arbitrista. A todos os he de quemar[296] vivos y
guardar vuestra ceniza para hacer della cernada y colar las manchas de
todas las repúblicas. Los príncipes pueden ser pobres; mas, en tratando
con arbitristas para dejar de ser pobres, dejan de ser príncipes.
XVIII. Las alcahuetas y las chillonas estaban juntas en parlamento
nefando. Hablaban muy bellacamente en ausencia de las bolsas y roían
al dinero los zancajos[297]. La más antigua de las alcahuetas, mal
asistida de dientes y mamona de pronunciación, tableteando[298] con las
encías, dijo:
--El mundo está para dar un estallido. Mirad qué gentil dádiva. El
tiempo hace hambre. Todo está en un tris[299]. Las ferias y los
aguinaldos días ha que pudren. Las albricias contadlas con los muertos.
El dinero está tan trocado, que no se conoce: con los premios[300]
se ha desvanecido, como ruin en honra. Un real de a ocho se enseña a
dos cuartos como un elefante. De los doblones se dice lo que de los
Infantes de Aragón:
¿Qué se hicieron?[301]
_Yo daré_ hace los papeles de _toma_. Ítem: _fíe vuesa merced de
mi palabra_, es mataperros[302]; _libranza_, es gozque mortecino.
Mancebito de piernas con guedejas y sienes con ligas, son ganas de
comer y un ayuno barbiponiente. Hijas, lo que conviene es tengamos y
tengamos, y encomendaros al contante y al antemano[303]. Yo administro
unos hombres a medio podrir, entre vivos y muertos[304], que traen
bienaliñada pantasma[305] y tratan de que los herede su apetito, y
pagan en buena moneda lo roñoso de su estantigua. Niñas, la codicia
quita el asco. Cerrad los ojos y tapad las narices, como quien toma
purga. Beber lo amargo por el provecho, es medicina. Haced cuenta que
quemáis franjas viejas para sacarlas el oro, o que chupáis huesos para
sacar la médula. Yo tengo para cada una de vosotras media docena de
carroños, amantes pasas, arrugados, que gargajean mejicanos[306]. Yo no
quiero tercera parte; con un porte moderado[307] que se me pague estoy
contenta, para conservar esta negra honra, de que me he preciado toda
mi vida[308].
Acabó de mamullar[309] estas razones, y, juntando la nariz con la
barbilla, a manera de garra, las hizo un gesto de la impresión del
grifo. Una de las pidonas y tomascas[310], arrebatiña en naguas, moño
rapante, la respondió:
--Agüela, endilgadora de refocilos, engarzadora de cuerpos,
eslabonadora de gentes, enflautadora de personas, tejedora de
caras[311], has de advertir que somos muy mozas para vendernos a la pu
barbada[312] y a los cazasiglos[313]. Gasta esa munición en dueñas, que
son mayas[314] de los difuntos y mariposas[315] del _aquí yace_. Tía,
la sangre que bulle, más quiere tararira[316] que dineros y gusto que
dádivas. Toma otro oficio; que los coches se han alzado a mayores con
la coroza, y espero verlos tirar pepinazos por alcahuetes.
No hubo la buscona acabado estas palabras, cuando a todas las cogió la
_hora_, y, entrando una bocanada de acreedores, embistieron con ellas.
Uno, por el alquiler de la casa las embargaba los trastos y la cama;
otro, porque eran suyos, desde las almohadas a la guitarra, las asía
de los vestidos por los alquileres y asía de todo. Y de palabra en
palabra, el uno al otro se empujaron las caras con los puños cerrados.
Hundía la vecindad a gritos un ropero por unos guardainfantes. Las
mancebitas de la sonsaca[317] formaban una capilla de chillidos,
diciendo que qué término era aquél y que para ésta y para aquélla,
y como creo en Dios, y bonitas somos nosotras, y lo del negro, a
quien apelan las venganzas de las andorras[318]. La maldita vieja se
santiguaba a manotadas, y no cesaba de clamar: “¡Jesús y en Jesús!”
cuando[319] a la tabaola[320] entró el amigo de la una de las busconas,
y, sacando la espada, sin prólogo de razonamiento, embistió con los
cobradores, llamándolos pícaros y ladrones. Sacaron las espadas y,
tirándose unos a otros, hicieron pedazos cuanto había en la casa.
Las busconas, a las ventanas, desgañitándose, pregonaban el _que se
matan_ y _¿no hay justicia?_ Al ruido subió un alguacil con todos sus
arrabales, con el _favor al Rey, ténganse a la justicia_[321].
Emburujáronse[322] todos en la escalera; salieron a la calle, unos
heridos y otros desgarrados. El rufián, abierta la media cabeza y la
otra media, a lo que sospecho, no bien cerrada, sin capa y sombrero,
se fué a una iglesia. El alguacil entró en la casa, y, en viendo a la
buena vieja, embistió con ella, diciendo:
--¿Aquí estás, bellaca, después de desterrada tres veces? Tú tienes la
culpa de todo.
Y asiéndola y a las demás todas, y embargando lo que hallaron, las
llevaron en racimo a la cárcel, desnudas y remesadas, acompañadas del
_vayan las pícaras_, pronunciado por toda la vecindad.
XIX. Un letrado bien frondoso de mejillas, de aquéllos que, con barba
negra y bigotes de buces[323], traen la boca con sotana y manteo,
estaba en una pieza atestada de cuerpos tan sin alma como el suyo.
Revolvía menos los autores que las partes. Tan preciado de rica
librería, siendo idiota, que se puede decir que en los libros no
sabe lo que se tiene. Había adquirido fama por lo sonoro de la voz,
lo eficaz de los gestos, la inmensa corriente de las palabras en que
anegaba a los otros abogados. No cabían en su estudio los litigantes de
pies, cada uno en su proceso como en su palo, en aquel peralvillo[324]
de las bolsas. Él salpicaba de leyes a todos. No se le oía otra cosa
sino:
--Ya estoy al cabo; bien visto lo tengo; su justicia de vuesa merced
no es dubitable; ley hay en propios términos; no es tan claro el día;
éste no es pleito, es caso juzgado; todo el derecho habla en nuestro
favor; no tiene muchos lances; buenos jueces tenemos; no alega el
contrario cosa de provecho; lo actuado está lleno de nulidades; es
fuerza que se revoque la sentencia dada; déjese vuesa merced gobernar.
Y con esto, a unos ordenaba peticiones; a otros, querellas; a otros,
interrogatorios; a otros, protestas; a otros, súplicas, y a otros,
requerimientos. Andaban al retortero los Bártulos, los Baldos, los
Abades, los Surdos, los Farinacios, los Tuscos, los Cujacios, los
Fabros, los Ancharanos, el señor presidente Covarrubias, Chasaneo,
Oldrado, Mascardo, y tras la ley del reino, Montalvo y Gregorio López,
y otros inumerables[325], burrajeados[326] de párrafos, con sus dos
corcovas de la _ce_ abreviatura, y de la _efe_[327] preñada con grande
prole de números, y su _ibi_ a las ancas. La nota de la petición pedía
dineros; el platicante, la pitanza[328] de escribirla; el procurador,
la de presentarla; el escribano de la cámara[329], la de su oficio; el
relator, la de su relación. En estos dacas, los cogió la _hora_, cuando
los pleiteantes dijeron a una voz:
--Señor licenciado: en los pleitos, lo más barato es _la parte
contraria_, porque ella pide lo que pretende que la den, y lo pide a
su costa, y vuesa merced, por la defensa, pide y cobra a la nuestra;
el procurador, lo que le dan; el escribano y el relator, lo que le
pagan. El contrario aguarda la sentencia de vista y revista, y vuesa
merced y sus secuaces sentencian para sí sin apelación. En el pleito
podrá ser que nos condenen o nos absuelvan, y en seguirle no podemos
dejar de ser condenados cinco veces cada día. Al cabo, nosotros
podemos tener justicia; mas no dinero. Todos esos autores, textos y
decisiones y consejos no harán que no sea abominable necedad gastar lo
que tengo por alcanzar lo que otro tiene y puede ser que no alcance.
Más queremos una _parte contraria_ que cinco. Cuando nosotros ganemos
el pleito, el pleito nos ha perdido a nosotros. Los letrados defienden
a los litigantes en los pleitos como los pilotos en las borrascas los
navíos, sacándoles cuanto tienen en el cuerpo, para que, si Dios fuere
servido, lleguen vacíos y despojados a la orilla. Señor mío: el mejor
jurisconsulto es la concordia, que nos da lo que vuesa merced nos
quita. Todos, corriendo, nos vamos a concertar con nuestros contrarios.
A vuesa merced le vacan las rentas[330] y tributos que tiene situados
sobre nuestra terquedad y porfía. Y cuando por la conveniencia perdamos
cuanto pretendemos, ganamos cuanto vuesa merced pierde. Vuesa merced
ponga cédula de alquiler en sus textos; que buenos pareceres los dan
con más comodidad las cantoneras. Y pues ha vivido de revolver caldos,
acomódese a cocinero y profese de cucharón.
XX. Los taberneros, de quien, cuando más encarecen el vino, no se puede
decir que lo suben a las nubes[331], antes que bajan las nubes al vino,
según le llueven[332], gente más pedigüeña del agua que los labradores,
aguadores de cuero, que desmienten con el piezgo los cántaros, estaban
con un grande auditorio de lacayos, esportilleros y mozos de sillas y
algunos escuderos, bebiendo de rebozo seis o siete dellos en maridaje
de mozas gallegas, haciendo sed bailando, para bailar bebiendo. Dábanse
de rato en rato grandes cimbronazos[333] de vino. Andaba la taza de
mano en mano, sobre los dos dedos, en figura de gavilán. Uno de ellos,
que reconoció el pantano mezclado, dijo: “¡Rico vino!” a un picarazo a
quien brindó. El otro, que, por lo aguanoso, esperaba antes pescar en
la copa ranas que soplar mosquitos, dijo:
--Éste es, verdaderamente, rico vino, y no otros vinos pobretones[334],
que no llueve Dios sobre cosa suya.
El tabernero, sentido de los remoquetes[335], dijo:
--Beban y callen los borrachos.
--Beban y naden, ha de decir--replicó un escudero.
Pues cógelos a todos la _hora_, y, amotinados, tirándole las tazas y
jarros, le decían:
--Diluvio de la sed, ¿por qué llamas borrachos a los anegados? ¿Vendes
por azumbres lo que llueves a cántaros y llamas zorras a los que haces
patos? Más son menester fieltros y botas de baqueta para beber en tu
casa que para caminar en invierno, infame falsificador de las viñas.
El tabernero, convencido de Neptuno, diciendo: “¡Agua, Dios, agua!”,
con el pellejo en brazos, se subió a una ventana y empezó a gritar,
derramando el vino:
--Agua va, que vacío.
Y los que iban por la calle, respondían:
--Aguarda, fregona de las uvas.