guardainfante[131], empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio
afeitar la jeta y el moño[132], que la encorozaba de pelambre la
cholla, no bien encasquetado, por la prisa. Venía tras ella la Luna,
con su cara en rebanadas, estrella en mala moneda[133], luz en cuartos,
doncella de ronda y ahorro de lanternas y candelillas. Entró con gran
zurrido el dios Pan, resollando con dos grandes piaras de númenes,
faunos, pelicabros y patibueyes[134]. Hervía todo el cielo de manes y
lemures y penatillos y otros diosecillos[135] bahunos[136]. Todos se
repantigaron en sillas y las diosas se rellanaron, y, asestando las
jetas a Júpiter con atención reverente, Marte se levantó, sonando a
choque de cazos y sartenes, y con ademanes de la carda[137], dijo:
--Pesia[138] tu hígado[139], oh grande Coime[140], que pisas el alto
claro, abre esa boca y garla: que parece que sornas.
Júpiter, que se vió salpicar de jacarandinas[141] los oídos y estaba,
siendo verano y asándose el mundo, con su rayo en la mano haciéndose
chispas, cuando fuera mejor hacerse aire con un abanico, con voz muy
corpulenta, dijo:
--Vusted envaine y llámeme a Mercurio.
El cual, con su varita de jugador[142] de manos y sus zancajos
pajaritos[143] y su sombrerillo hecho en horma de hongo, en un
santiamén y en volandas[144] se le puso delante. Júpiter le dijo:
--Dios virote[145], dispárate al mundo y tráeme aquí, en un cerrar y
abrir de ojos[146], a la Fortuna asida de los arrapiezos[147].
Luego, el chisme del Olimpo[148], calzándose dos cernícalos por
acicates, se despareció, que ni fué oído ni visto[149], con tal
velocidad, que verle partir y volver fué una misma acción de la vista.
Volvió hecho mozo de ciego y lazarillo, adestrando a la Fortuna, que
con un bordón en la una mano venía tentando y de la otra tiraba de la
cuerda que servía de freno a un perrillo.
Traía por chapines una bola, sobre que venía de puntillas, y hecha
pepita de una rueda, que la cercaba como a centro, encordelada de
hilos y trenzas, y cintas, y cordeles y sogas, que con sus vueltas se
tejían y destejían. Detrás venía, como fregona, la Ocasión, gallega
de _coramvobis_[150], muy gótica de facciones, cabeza de contramoño,
cholla bañada de calva de espejuelo y en la cumbre de la frente un
solo mechón, en que apenas había pelo para un bigote. Era éste más
resbaladizo que anguilla, culebreaba deslizándose al resuello[151] de
las palabras. Echábasele de ver en las manos que vivía de fregar y
barrer[152] y de fregar los arcaduces y de vaciar los que la Fortuna
llevaba.
Todos los dioses mostraron mohina de ver a la Fortuna, y algunos dieron
señal de asco cuando ella, con chillido desentonado, hablando a tiento,
dijo:
--Por tener los ojos acostados y la vista a buenas noches[153], no
atisbo quién sois los que asistís a este acto; empero, seáis quien
fuéredes, con todos hablo, y primero contigo, oh Jove, que acompañas
las toses de las nubes con gargajo trisulco[154]. Dime: ¿qué se te
antojó ahora de llamarme, habiendo tantos siglos que de mí no te
acuerdas? Puede ser que se te haya olvidado a ti y a esotro vulgo de
diosecillos lo que yo puedo, y que así he jugado contigo y con ellos
como con los hombres.
Júpiter, muy prepotente, la respondió:
--Borracha, tus locuras, tus disparates y maldades son tales, que
persuaden a la gente mortal que, pues no te vamos a la mano, que no hay
dioses, que el cielo está vacío y que soy un dios de mala muerte[155].
Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los
premios de la virtud, al pecado; que encaramas en los tribunales a
los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a quien
habías de quitar las orejas y que empobreces y abates a quien debieras
enriquecer.
La Fortuna, demudada y colérica, dijo:
--Yo soy cuerda y sé lo que hago, y en todas mis acciones ando pie
con bola[156]. Tú, que me llamas inconsiderada y borracha, acuérdate
que hablaste por boca de ganso[157] en Leda[158], que te derramaste
en lluvia de bolsa[159] por Dánae, que bramaste y fuiste _Inde toro
pater_[160] por Europa, que has hecho otras cien mil picardías y
locuras y que todos ésos y ésas que están contigo han sido avechuchos,
hurracas y grajos, cosas que no se dirán de mí. Si hay beneméritos
arrinconados y virtuosos sin premios, no toda la culpa es mía: a muchos
se los ofrezco que los desprecian, y de su templanza fabricáis mi
culpa. Otros, por no alargar la mano a tomar lo que les doy, lo dejan
pasar a otros, que me lo arrebatan sin dárselo. Más son los que me
hacen fuerza que los que yo hago ricos; más son los que me hurtan lo
que les niego que los que tienen lo que les doy. Muchos reciben de mí
lo que no saben conservar: piérdenlo ellos y dicen que yo se lo quito.
Muchos me acusan por mal dado en otros lo que estuviera peor en ellos.
No hay dichoso sin invidia de muchos; no hay desdichado sin desprecio
de todos. Esta criada me ha servido perpetuamente. Yo no he dado paso
sin ella. Su nombre es la Ocasión. Oídla; aprended a juzgar de una
fregona.
Y desatando la taravilla[161] la Ocasión, por no perderse a sí misma,
dijo:
--Yo soy una hembra que me ofrezco a todos. Muchos me hallan, pocos me
gozan. Soy Sansona femenina, que tengo la fuerza en el cabello. Quien
sabe asirse a mis crines[162], sabe defenderse de los corcovos de mi
ama. Yo la dispongo, yo la reparto, y de lo que los hombres no saben
recoger y gozar me acusan. Tiene repartidas la necedad por los hombres
estas infernales cláusulas:
“Quién dijera, no pensaba, no miré en ello, no sabía, bien está, qué
importa, qué va ni viene, mañana se hará, tiempo hay, no faltará
ocasión, descuidéme, yo me entiendo, no soy bobo, déjese deso, yo me lo
pasaré, ríase de todo, no lo crea, salir tengo con la mía, no faltará,
Dios lo ha de proveer, más días hay que longanizas, donde una puerta
se cierra otra se abre, bueno está eso, qué le va a él, paréceme a mí,
no es posible, no me diga nada, ya estoy al cabo, ello dirá, ande el
mundo, una muerte debo a Dios, bonito soy yo para eso, sí por cierto,
diga quien dijere, preso por mil, preso por mil y quinientos, no es
posible, todo se me alcanza, mi alma en mi palma, ver veamos, diz que,
y pero, y quizás”.
Y el tema de los porfiados:
“Dé donde diere”.
Estas necedades hacen a los hombres presumidos, perezosos y
descuidados. Éstas son el hielo en que yo me deslizo, en éstas se
trastorna la rueda de mi ama y trompica la bola que la sirve de chapín.
Pues si los tontos me dejan pasar, ¿qué culpa tengo yo de haber pasado?
Si a la rueda de mi ama son tropezones y barrancos, ¿por qué se quejan
de sus vaivenes? Si saben que es rueda, y que sube y baja, y que, por
esta razón, baja para subir y sube para bajar, ¿para qué se devanan
en ella? El sol se ha parado; la rueda de la Fortuna, nunca. Quien
más seguro pensó haberla fijado el clavo[163], no hizo otra cosa que
alentar con nuevo peso el vuelo de su torbellino. Su movimiento digiere
las felicidades y miserias, como el del tiempo las vidas del mundo, y
el mundo mismo poco a poco. Esto es verdad, Júpiter. Responda quien
supiere.
La Fortuna, con nuevo aliento, bamboleándose con remedos de veleta y
acciones de barrena, dijo[164]:
--La Ocasión ha declarado la ocasión injusta de la acusación que se
me pone; empero yo quiero de mi parte satisfacerte a ti, supremo
atronador[165], y a todos esotros que te acompañan, sorbedores de
ambrosía y néctar, no obstante que en vosotros he tenido, tengo y
tendré imperio, como le tengo en la canalla más soez del mundo. Y yo
espero ver vuestro endiosamiento muerto de hambre por falta de víctimas
y de frío, sin que alcancéis una morcilla por sacrificio, ocupados en
sólo abultar poemas y poblar coplones[166], gastados en consonantes y
en apodos amorosos, sirviendo de munición a los chistes y a las pullas.
--Malas nuevas tengas de cuanto deseas--dijo el Sol--, que con tan
insolentes palabras blasfemas de nuestro poder. Si me fuera lícito,
pues soy el Sol, te friyera en caniculares, y te asara en buchornos, y
te desatinara a modorras.
--Vete a enjugar lodazales--dijo Fortuna--, a madurar pepinos y a
proveer de tercianas a los médicos y a adestrar las uñas de los que se
espulgan a tus rayos; que ya te he visto yo guardar vacas[167] y correr
tras una mozuela, que, siendo sol, te dejó a escuras. Acuérdate que
eres padre de un quemado[168]. Cósete la boca[169], y deja de hablar, y
hable quien le toca[170].
Entonces Júpiter severo pronunció estas razones:
--En muchas de las que tú[171] y esa picarona que te sirve habéis
dicho, tenéis razón; empero, para satisfacción de las gentes está
decretado irrevocablemente[172] que en el mundo, en un día y en una
propia hora, se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno
merece. Esto ha de ser: señala hora y día.
La Fortuna respondió:
--Lo que se ha de hacer, ¿de qué sirve dilatarlo? Hágase hoy. Sepamos
qué hora es.
El Sol, jefe de relojeros, respondió:
--Hoy son 20 de junio[173], y la hora, las tres de la tarde y tres
cuartos y diez minutos.
--Pues en dando las cuatro--dijo la Fortuna--, veréis lo que pasa en la
tierra.
Y diciendo y haciendo[174], empezó a untar el eje de su rueda y
encajar manijas, mudar clavos, enredar cuerdas, aflojar unas y estirar
otras, cuando el Sol, dando un grito, dijo:
--Las cuatro son, ni más ni menos: que ahora acabo de dorar la cuarta
sombra posmeridiana de las narices de los relojes de sol.
En diciendo estas palabras, la Fortuna, como quien toca sinfonía,
empezó a desatar su rueda, que, arrebatada en huracanes y vueltas,
mezcló en nunca vista confusión todas las cosas del mundo, y dando un
grande aullido, dijo:
--Ande la rueda, y coz con ella[175].
I. En aquel propio instante, yéndose a ojeo de calenturas, paso entre
paso[176] un médico en su mula, le cogió la _hora_ y se halló de
verdugo, perneando[177] sobre un enfermo, diciendo _credo_, en lugar de
_récipe_, con aforismo escurridizo.
II. Por la misma calle, poco detrás, venía un azotado, con la palabra
del verdugo delante chillando[178] y con las mariposas del _sepan
cuantos_, detrás y el susodicho en un borrico, desnudo de medio arriba,
como nadador de rebenque[179]. Cogióle la _hora_, y, derramando[180]
un rocín al alguacil que llevaba y el borrico al azotado, el rocín se
puso debajo del azotado y el borrico debajo del alguacil, y, mudando
lugares, empezó a recibir los pencazos el que acompañaba al que los
recibía, y el que los recibía, a acompañar al que le acompañaba[181].
III. Atravesaban por otra calle unos chirriones[182] de basura,
y, llegando enfrente de una botica, los cogió la _hora_, y empezó
a rebosar la basura y salirse de los chirriones y entrarse en la
botica, de donde saltaban los botes y redomas, zampándose[183] en los
chirriones con un ruido y admiración increíble. Y como se encontraban
al salir y al entrar los botes y la basura, se notó que la basura, muy
melindrosa, decía a los botes:
--Háganse allá.
Los basureros andaban con escobas y palas traspalando en los chirriones
mujeres afeitadas y gangosos y teñidos, sin poder nadie remediarlo[184].
IV. Había hecho un bellaco una casa de grande ostentación con resabios
de palacio y portada sobreescrita de grandes genealogías de piedra. Su
dueño era un ladrón que, por debajo de[185] su oficio, había robado el
caudal con que la había hecho. Estaba dentro y tenía cédula a la puerta
para alquilar tres cuartos. Cogióle la _hora_. ¡Oh, inmenso Dios,
quién podrá referir tal portento! Pues, piedra por piedra y ladrillo
por ladrillo, se empezó a deshacer, y las tejas, unas se iban a unos
tejados y otras a otros. Veíanse vigas, puertas y ventanas entrar
por diferentes casas, con espanto de los dueños, que la restitución
tuvieron a terremoto y a fin del mundo. Iban las rejas y las
celosías[186] buscando sus dueños de calle en calle. Las armas de la
portada partieron, como rayos, a restituirse a la montaña, a una casa
de solar, a quien este maldito había achacado su pícaro nacimiento.
Quedó desnudo de paredes y en cueros de edificio, y sólo en una esquina
quedó la cédula de alquiler que tenía puesta, tan mudada por la fuerza
de la _hora_, que, donde decía: “Quien quisiere alquilar esta casa
vacía, entre: que dentro vive su dueño”, se leía: “Quien quisiere
alquilar este ladrón, que está vacío de su casa, entre sin llamar,
pues la casa no lo estorba”.
V. Vivía enfrente déste un mohatrero, que prestaba sobre prendas, y
viendo afufarse[187] la casa de su vecino, quiso prevenirse, diciendo:
--¿Las casas se mudan de los dueños? ¡Mala invención!
Y por presto que quiso ponerse en salvo, cogido de la _hora_, un
escritorio, y una colgadura y un bufete de plata, que tenía cautivos
de intereses argeles[188], con tanta violencia se desclavaron de las
paredes y se desasieron, que, al irse a salir por la ventana un tapiz,
le cogió en el camino y, revolviéndosele al cuerpo, amortajado en
figurones, le arrancó y llevó en el aire más de cien pasos, donde,
desliado, cayó en un tejado, no sin crujido del costillaje; desde
donde, con desesperación, vió pasar cuanto tenía en busca de sus
dueños, y detrás de todo, una ejecutoria, sobre la cual, por dos meses,
había prestado a su dueño doscientos reales, con ribete de cincuenta
más. Ésta ¡oh extraña maravilla!, al pasar, le dijo:
--Morato, arráez[189] de prendas: si mi amo por mí no puede ser preso
por deudas, ¿qué razón hay para que tú por deudas me tengas presa[190]?
Y diciendo esto, se zampó en un bodegón, donde el hidalgo estaba
disimulando ganas de comer, con el estómago de rebozo, acechando unas
tajadas que so el poder de otras muelas rechinaban.
VI. Un hablador plenario, que de lo que le sobra de palabras a dos
leguas pueden moler otros diez habladores, estaba anegando en prosa su
barrio, desatada la taravilla en diluvios de conversación. Cogióle la
_hora_ y quedó tartamudo y tan zancajoso de pronunciación, que a cada
letra que pronunciaba, se ahorcaba en pujos de _be a ba_, y como el
pobre padecía, paró la lluvia. Con la retención empezó a rebosar charla
por los ojos y por los oídos.
VII. Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro
maldito, estaba pensando cómo podría condenar a entrambas partes. Otro
incapaz, que no entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes,
estaba determinando su voto por aquellos dos textos de los idiotas:
“Dios se la depare buena” y “dé donde diere”. Otro caduco, que se
había dormido en la relación, discípulo de la mujer de Pilatos en
alegar sueño[191], estaba trazando a cuál de sus compañeros seguiría
sentenciando a trochimoche. Otro, que era docto y virtuoso juez, estaba
como vendido al lado de otro, que estaba como comprado, senador brujo
untado[192]. Éste alegó leyes torcidas[193], que pudieran arder en un
candil, trujo a su voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo
hecho sentencia, al pronunciarla, los cogió la _hora_ y, en lugar de
decir: “Fallamos que debemos condenar y condenamos”, dijeron:
“Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos”.
--Ése sea tu nombre[194]--dijo una voz.
Y, al instante, se les volvieron las togas pellejos de culebras, y,
arremetiendo los unos a los otros, se trataban de monederos falsos de
la verdad. Y de tal suerte se repelaron, que las barbas de los unos
se vían en las manos de los otros, quedando las caras lampiñas y las
uñas barbadas, en señal de que juzgaban con ellas[195], por lo cual les
competía la zalea jurisconsulto.
VIII. Un casamentero estaba emponzoñando el juicio de un buen hombre,
que, no sabiendo qué se hacer de su sosiego, hacienda y quietud,
trataba de casarse. Proponíale una picarona, y guisábala con prosa
eficaz, diciéndole:
--Señor, _de nobleza_ no digo nada, porque, gloria a Dios, a vuesa
merced le sobra para prestar. _Hacienda_, vuesa merced no la ha
menester. _Hermosura_, en las mujeres propias antes se debe huir, por
peligro. _Entendimiento_, vuesa merced la ha de gobernar, y no la
quiere para letrado. _Condición_, no la tiene. Los _años_ _que tiene_,
son pocos, y decía entre sí: “por vivir”. Lo demás es a pedir de
boca[196].
El pobre hombre estaba furioso, diciendo:
--Demonio, ¿qué será lo demás, si ni es noble, ni rica, ni hermosa ni
discreta? Lo que tiene sólo es lo que no tiene, que es condición.
En esto, los cogió la _hora_, cuando el maldito casamentero, sastre
de bodas, que hurta, y miente, y engaña, y remienda y añade, se halló
desposado con la fantasma que pretendía pegar al otro, y hundiéndose
a voces sobre: “¿Quién sois vos, qué trujistes vos? No merecéis
descalzarme”, se fueron comiendo a bocados.
IX. Estaba un poeta en un corrillo, leyendo una canción cultísima, tan
atestada de latines y tapida[197] de jerigonzas, tan zabucada[198] de
cláusulas, tan cortada de paréntesis, que el auditorio[199] pudiera
comulgar de puro en ayunas que estaba. Cogióle la _hora_ en la cuarta
estancia, y a la oscuridad de la obra, que era tanta que no se vía la
mano, acudieron lechuzas y murciélagos[200], y los oyentes, encendiendo
lanternas y candelillas, oían de ronda a la musa, a quien llaman
la enemiga del día,
que el negro manto descoge.
Llegóse uno tanto con un cabo de vela al poeta, noche de invierno,
de las que llaman boca de lobo[201], que se encendió el papel por en
medio. Dábase el autor a los diablos, de ver quemada su obra, cuando el
que la pegó fuego le dijo:
--Estos versos no pueden ser claros y tener luz si no los queman: más
resplandecen luminaria que canción[202].
X. Salía de su casa una buscona[203] piramidal[204][205], habiendo
hecho sudar la gota tan gorda[206] a su portada, dando paso a un
inmenso contorno de faldas, y tan abultadas, que pudiera ir por debajo
rellena de ganapanes, como la tarasca. Arrempujaba con el ruedo las
dos aceras de una plazuela[207]. Cogióla la _hora_, y, volviéndose
del revés las faldas del guardainfante y arboladas, la sorbieron en
campana vuelta del revés, con faciones de tolva, y descubrióse que,
para abultar de caderas, entre diferentes legajos de arrapiezos que
traía, iba un repostero plegado y la barriga en figura de taberna, y al
un lado, un medio tapiz. Y lo más notable fué que se vía un Holofernes
degollado, porque la colgadura debía de ser de aquella historia.
Hundíase la calle a silbos y gritos. Ella aullaba, y, como estaba
sumida en dos estados de carcavueso[208], que formaban los espartos del
ruedo, que se había erizado, oíanse las voces como de lo profundo de
una sima, donde yacía con pinta de[209] carantamaula[210]. Ahogárase
en la caterva que concurrió, si no sucediera que, viniendo por la calle
rebosando narcisos uno con pantorrillas postizas y tres dientes, y
dos teñidos y tres calvos con sus cabelleras, los cogió la _hora_ de
pies a cabeza, y el de las pantorrillas empezó a desangrarse de lana,
y sintiendo mal acostadas, por falta de los colchones, las canillas,
y queriendo decir: “¿Quién me despierna?”, se le desempedró la boca
al primer bullicio de la lengua. Los teñidos quedaron con requesones
por barbas, y no se conocían unos a otros. A los calvos se les huyeron
las cabelleras con los sombreros en grupa[211], y quedaron melones con
bigotes, con una cortesía de _memento homo_.
XI. Era muy favorecido de un señor un criado suyo. Éste le engañaba
hasta el sueño, y a éste, un criado que tenía, y a este criado, un
mozo suyo, y a este mozo, un amigo, y a este amigo, su amiga, y a
ésta, el diablo. Pues cógelos la _hora_, y el diablo, que estaba al
parecer, tan lejos[212] del señor, revístese en[213] la puta; la puta,
en su amigo; el amigo, en el mozo; el mozo, en el criado; el criado,
en el amo; el amo, en el señor. Y como el demonio llegó a él destilado
por puta y rufián, y mozo de mozo de criado de señor, endemoniado por
pasadizo y hecho un infierno, embistió con su siervo; éste, con su
criado; el criado, con su mozo; el mozo, con su amigo; el amigo, con su
amiga; ésta, con todos, y chocando los arcaduces del diablo unos con
otros, se hicieron pedazos, se deshizo la sarta de embustes, y Satanás,
que enflautado[214] en la cotorrera, se paseaba sin ser sentido,
rezumándose de mano en mano, los cobró a todos de contado[215].
XII. Estábase afeitando una mujer casada[216] y rica. Cubría con
hopalandas[217] de solimán unas arrugas jaspeadas de pecas.
Jalbegaba[218], como puerta de alojería[219], lo rancio de la tez.
Estábase guisando las cejas con humo, como chorizos. Acompañaba
lo mortecino de sus labios con munición de lanternas a poder de
cerillas[220]. Iluminábase de vergüenza postiza con dedadas de
salserilla de color. Asistíala como asesor de cachivaches una
dueña, calavera confitada en untos[221]. Estaba de rodillas sobre
sus chapines[222], con un moñazo imperial en las dos manos, y a
su lado una doncellita, platicanta de botes, con unas costillas de
borrenas[223], para que su ama lanaplenase[224] las concavidades que le
resultaban de un par de jibas que la trompicaban el talle. Estándose,
pues, la tal señora dando pesadumbre y asco a su espejo, cogida de la
_hora_, se confundió en manotadas, y, dándose con el solimán en los
cabellos, y con el humo en los dientes, y con la cerilla en las cejas,
y con la color en todas las mejillas, y encajándose[225] el moño en
las quijadas, y atacándose las borrenas al revés, quedó cana y cisco
y Antón Pintado y Antón Colorado[226], y barbada de rizos, y hecha
abrojo, con cuatro corcovas, vuelta visión[227] y cochino de San Antón.
La dueña, entendiendo que se había vuelto loca, echó a correr con los
andularios[228] de _requiem_ en las manos[229]. La muchacha se desmayó,
como si viera al diablo. Ella salió tras la dueña, hecha un infierno,
chorreando pantasmas[230]. Al ruido salió el marido, y viéndola, creyó
que eran espíritus que se le habían revestido[231], y partió de carrera
a llamar quien la conjurase.
XIII. Un gran señor fué a visitar la cárcel de su Corte, porque le
dijeron servía de heredad y bolsa a los que la tenían a cargo, que de
los delitos hacían mercancía y de los delincuentes tienda, trocando los
ladrones en oro y los homicidas en buena moneda. Mandó que sacasen a
visita los encarcelados, y halló que los habían preso por los delitos
que habían cometido y que los tenían presos por los que su codicia
cometía con ellos. Supo que a los unos contaban lo que habían hurtado y
podido hurtar, y a otros, lo que tenían y podían tener, y que duraba la
causa todo el tiempo que duraba el caudal, y que, precisamente el día
del postrero maravedí era el día del castigo, y que los prendían por
el mal que habían hecho, y los justiciaban porque ya no tenían[232].
Saliéronse a visitar dos, que habían de ahorcar otro día. Al uno,
porque le había perdonado la parte, le tenían como libre; al otro, por
hurtos ahorcaban, habiendo tres años que estaba preso, en los cuales le
habían comido los hurtos y su hacienda y la de su padre y su mujer, en
quien tenía dos hijos. Cogió la _hora_ al gran señor en esta visita, y,
demudado de color, dijo:
--A este que libráis porque perdonó la parte, ahorcaréis mañana.
Porque, si esto se hace, es instituír mercado público de vidas y
hacer que por el dinero del concierto con que se compra el perdón
sea mercancía la vida del marido para la mujer, y la del hijo para
el padre, y la del padre para el hijo, y, en puniéndose los perdones
de muertes en venta, las vidas de todos están en almoneda pública, y
el dinero inhibe en la justicia el escarmiento, por ser muy fácil de
persuadir a las partes que les serán más útil mil escudos o quinientos
que un ahorcado. Dos partes hay en todas las culpas públicas: la
ofendida y la justicia. Y es tan conveniente que ésta castigue lo que
le pertenece como que aquélla perdone lo que le toca. Este ladrón, que
después de tres años de prisión queréis ahorcar, echaréis a galeras.
Porque, como tres años ha estuviera justamente ahorcado, hoy será
injusticia muy cruel, pues será ahorcar con el que pecó a su padre,
a sus hijos y a su mujer, que son inocentes, a quien habéis vosotros
comido y hurtado con la dilación las haciendas.
Acuérdome del cuento del que, enfadado de que los ratones le roían
papelillos y mendrugos de pan, y cortezas de queso y los zapatos
viejos, trujo gatos que le cazasen los ratones; y viendo que los gatos
se comían los ratones y juntamente un día le sacaban la carne de la
olla, otro se la desensartaban del asador, que ya le cogían una paloma,
ya una pierna de carnero, mató los gatos y dijo: “Vuelvan los ratones”.
Aplicad vosotros este chiste, pues como gatazos, en lugar de limpiar la
república, cazáis y corréis los ladrones[233] ratoncillos, que cortan
una bolsa, agarran un pañizuelo, quitan una capa y corren un sombrero,
y juntamente os engullís el reino, robáis las haciendas y asoláis las
familias. Infames, ratones quiero, y no gatos.