se encaminaba _pian pianino_ a la calle de la Victoria y, ya saboreando
un vasito de café con leche, ya paladeando un chico de horchata,
repasaba la prensa del día que el camarero le iba presentando, seguro
de que los dos cuartos de propina no habían de faltarle. Todos los
parroquianos del café de la Vizcaína conocían a don Abundio; pero
ninguno le trataba. No tenía amigos, y desde diez años atrás se le
había bautizado con el mote de Juan Palomo, por aquello de _yo me lo
guiso y yo me lo como_ que reza el refrán. Los domingos amenizaba el
Moka con una copita de ron o las chufas con una ración de bizcochos. El
primero de mes se permitía el despilfarro de una peseta para asistir al
paraíso del teatro Real, y el quince se deleitaba con lo que entonces
era literatura dramática en el teatro Español, donde por cinco reales
ocupaba un asiento de galería alta. Practicaba las fiestas de precepto,
nunca faltaban en su bolsillo los cuatro ochavos que destinaba
diariamente a la limosna de un anciano, de una mujer, de un niño y de
un lisiado, y así tranquilo, ordenado y solo, llevaba don Abundio su
existencia calzada con chanclos, tanto para evitar el lodo del mundo
como para pasar por él sin hacer ruido y evitar el molestar y que le
molestasen.
Había con todo una nube en su horizonte, y el género de vida que se
había impuesto era como una especie de expiación de su pasado. Hagamos
historia.
Allá en sus mocedades, don Abundio había tenido por amigo fraternal
a un don Serapio Benigno Prudencio Manso y Cordero, natural de Toro,
propietario, viudo y padre de un niño llamado León, de quien el
catedrático de historia había sido padrino al mismo tiempo que albacea
testamentario de la madre. El lazo que los unía era tan estrecho que
no tenían pan partido como suele decirse; y en casa del propietario
había el cuarto de don Abundio, el cubierto de don Abundio y hasta las
zapatillas de don Abundio, pues allí se descalzaba, comía a menudo y
aun pernoctaba con frecuencia.
_Fragility, your name is woman_: Fragilidad, tu nombre es mujer, ha
dicho Shakespeare, y aun cuando yo no sé lo que quiso dar a entender
con ello el poeta de Stratford, aquí lo aplico por si viniera bien,
pues la fragilidad de don Serapio le condujo a contraer segundas
nupcias en cuanto hubo acabado de llorar los doce meses reglamentarios
a su difunta esposa.
Ocioso creo consignar que don Abundio fue padrino de la boda y que,
si bien retiró sus zapatillas del hogar conyugal, siguió compartiendo
frecuentemente con sus amigos el cocido de la amistad sazonado con el
chorizo de la abundancia.
_Non bis in idem_, dice el proverbio latino, que cito para que vean
ustedes que lo mismo manejo yo las lenguas muertas que las vivas, y
también para probar que efectivamente no se debe reincidir en nada si
es esto lo que aquella máxima prescribe; pues así como le pudo salir
bien a don Serapio la segunda edición de su esclavitud, le salió en la
frente, como vulgarmente se dice, para dar a entender que algo le sale
a uno mal.
Y en efecto, doña Remigia, pues así se llamaba la consorte, le salió
rana; y no lo digo porque careciese de pelo, que mata era la de
sus trenzas capaz de adornar la cimera del casco de un oficial de
caballería; lo que ya creo que había tenido lugar cuando estuvo en
relaciones con un teniente de lanceros de Calatrava; y en cuanto
a guapa, llamábanla en su pueblo la hermosa Judit no solo por sus
encantos personales sino porque hacía perder la cabeza a cuanto
Holofernes se le ponía a tiro. Pero pagada de sí misma, esclava de
su belleza, manirrota y poco dada al trabajo, resultó madrastra del
hijastro y cara mitad del esposo; cara, en lo que tenía de dispendiosa,
y mitad en lo que dividía al entero. Alegre como unas castañuelas eso
sí; porque su cama podría parecer un plantel de espárragos por los
cuarenta dedos que ella y su marido dejaban asomar por los agujeros
de las sábanas, las calcetas asemejar a los desiertos africanos por
no tener una planta, los baberos del niño competir en barbas con un
albañil en sábado; pero ni una noche faltaría en su casa la tertulia
de hombres solos, en la que se entretenían en juegos inocentes, entre
los cuales el escondite, siendo don Serapio el encargado de buscar
siempre sin encontrar nunca, especialmente a su mujer y a un empleado
en consumos que tenían una habilidad notable para esconderse.
Hubo a la sazón una de esas expansiones populares que, como lluvia
tras sequía, lo fecundan todo, y del chaparrón aquel brotó una milicia
nacional. Don Serapio fue nombrado capitán de la cuarta del primero y
don Abundio su teniente. Con este motivo las visitas del catedrático
se sucedían sin interrupción, pues a los deberes de la amistad se
agregaban las exigencias de la patria.
Aunque don Abundio frisaba ya en los cuarenta años, conservaba
rasgos de esa belleza a lo Espartaco que tanto cautiva a ciertas
Evas idólatras de la forma. Además en su calidad de catedrático de
historia, relataba con frecuencia la de España a doña Remigia que, a
fuer de mujer, se encantaba aprendiendo vidas ajenas. Si a esto se
añade el aliciente del uniforme y la veleidad de la dama, fácilmente
se deducirá de todo junto que, nueva edición de la señora de Putifar,
doña Remigia trató de quedarse entre las manos más de una vez la capa
de don Abundio. Fiel este al que, imitando los tiempos de la Edad
Media, llamaba su hermano de armas, rechazó como pudo las obsesiones de
aquel súcubo tentador en quien la virtud de la víctima no hacía sino
aguijonear el deseo.
Pero _ce que femme veut, Dieu ou le diable le veut_. ¡Cuidado si sé yo
lenguas! Vamos al decir que doña Remigia se empeñó en que allí fuera
Troya, y Troya hubo con su Paris y su Menelao correspondientes.
Un día de parada, estando reunido el batallón en el patio de un
ex-convento de carmelitas, don Serapio se apercibió de que se había
dejado olvidada en su casa la alocución que debía dirigir a su
compañía en el convite que después de la formación había de darle,
para agradecer el honor de haberle elegido capitán. Don Abundio fue
el encargado de ir en su busca. Al entrar en el domicilio de su jefe,
lo primero que vio fue a doña Remigia acabando de ataviarse para
asistir a la parada. Estaba hecha un brazo de mar; pero si hemos
de ser justos, él no la iba en zaga. Aquellos pantalones blancos y
relucientes cuya posesión se disputaban por arriba dos tirantes con las
hebillas corridas hasta los hombros y por debajo unas trabillas con
las que parecía llevar los pies en cabestrillo, eran el _summum_ de
la marcialidad de afición. ¿Pues dónde me dejan ustedes la casaca de
paño verde botella con vivos y golpes de color de canario, que amarillo
era el distintivo de los fusileros, y botones de metal numerados a un
lado y otro del _péti_ cerradito en forma de pechuga de pichón? No
había medio de resistir a un hombre que sobre sus cinco pies y cinco
pulgadas se ponía un morrión de un palmo cumplido, con una visera como
el pescante de un coche, una chapa hasta la imperial despidiendo rayos
de latón y un par de carrilleras con escamas. Pues no digo nada cuando
repicaban gordo y le añadían el último piso al chacó. El golpe maestro
era aquella cuarta de plumero en forma de nabo arqueado hacia delante,
utensilio de triple utilidad, pues no solo quitaba el sol, sino que
aventaba las moscas y llenaba de cortesías a los transeúntes. En esta
forma, más la espada en el biricú y el corbatín de suela, se presentó
don Abundio ante la esposa de don Serapio; y si hoy estaría para
pegarle un tiro, entonces no cabe duda que estaba seductor.
Doña Remigia al verle lanzó una exclamación de asombro que le hizo dar
tres o cuatro vueltas al plumero. Él se descubrió, y arreglándose el
cucuné le expuso el objeto de su visita. Busca por aquí, busca por
allá, ni sombra de alocución en el pupitre de don Serapio. Con la
confusión y las prisas debieron ponerse tan cerca uno del otro, que el
fleco de la berta de doña Remigia se enredó en uno de los botones de la
casaca del catedrático, y cátenlos ustedes trabajando por desasirse.
Primero todo fueron risas, después ya empezaron como a ponerse
formales, el fleco no se desprendía y los dedos se enredaban. En suma,
cuando don Serapio que había encontrado el discurso en el fondo del
morrión, entró en la casa para decirle a su amigo que no se molestase
en buscarlo, pues había dado con él donde menos lo presumía, es decir
cerca de su cabeza, encontró al teniente ascendido, y, señalándole la
puerta, dimitió la capitanía y se retiró con su mujer a Toro de donde
ya he dicho que era natural.
Los remordimientos, la vergüenza y el desprecio de sí mismo que le
inspiraba su conducta, produjeron en don Abundio unas viruelas que
le pusieron entre la vida y la muerte. Por fin se restableció; pero
ya no volvió a ser ni sombra de lo pasado. Transcurrido el tiempo
reglamentario pidió su jubilación y retiróse a Madrid donde le tenemos
buscando por la paz del cuerpo la tranquilidad del espíritu.
Pero _nada hay duradero sobre la tierra_, ha dicho el sabio (y no lo
repito en griego no sé por qué).
Un día recibió una carta que, si empezó llamándole la atención por la
ridícula forma del sobre, le llenó de alarma al abrirla y verla fechada
en Toro. Decía así; salvo la ortografía:
«Muy señor mío y mi dueño: Tengo el gusto de participar a usted que
ayer se murió el difunto don Serapio Manso, lo que hemos sentido mucho
y rogad por él. Lo hemos enterrado junto con doña Remigia (q. b. s. p.)
que también se murió hace dos días de una indigestión en el vientre
que el médico dice que es cólera; pero yo no quiero que sea cólera que
para eso soy alcalde, servidor de usted, y después se asustarán los
vecinos.
»El niño está en mi casa, jugando a la pelota de luto, porque son
criaturas que nada entienden de aflicciones, y el sastre que es el
pregonero se lo ha cosido en dos trancos.
»Don Serapio ordena y manda que usted sea tutor y curador de Leoncito,
y se lo remitiremos si usted no viene según la disposición del difunto
cuya vida Dios guarde muchos años. Juan Artola -- Alcalde. Por no saber
firmar hace la señal de la cruz, †.»
Don Abundio lloró al amigo, rezó por la pecadora, comprendió que
aquella disposición testamentaria era el castigo impuesto a su felonía,
y quince días después entraba en Madrid con su pupilo León.
II
El angelito acababa de cumplir los quince años y tenía ya la cara llena
de vello como melocotón verde de Calatayud. Mal criado y voluntarioso
como si fuera hijo de su madrastra, había que darle gusto en todo, so
pena de que escandalizase el barrio a berridos. Insolente a fuer de
rico ignorante, y desarrollado por las faenas agrícolas de su pueblo,
don Abundio no tenía sobre él dominio alguno físico ni moral. En vano
trató de inculcarle algunas nociones de Historia; los resultados fueron
nulos. Una vez al preguntarle quién era Colón respondió que un hombre
que había puesto un huevo de punta; y en Geografía sostenía que la
capital de Holanda era _Bola_, de donde tomaba su nombre el queso.
¿Asistir a las academias? Perdone por Dios, hermano. De pedrea todos
los días, eso sí, con los pilletes de la puerta de Santa Bárbara; y
llenos andaban los encantes de sus libros de enseñanza que malvendía
para comprar un tendido de sol en los novillos, su pasión dominante. Él
era siempre el primero en saltar a la arena en cuanto tocaba el turno
de los embolados para el público, y más de un revolcón le costaba la
aficioncilla. Su aula predilecta era el matadero, de donde siempre
volvía con algún chirlo más y unas tajadas menos.
[Ilustración]
En la casa todos eran sus víctimas. Tan pronto era el perro de aguas,
compañero inseparable de don Abundio, el que atado por el rabo y sujeto
a una escarpia de la pared, pasaba media hora boca abajo atronando
la manzana con sus aullidos, como el _minino_ el que, con un mazo de
cohetes encendidos en la cola, salía bufando por la calle como alma que
lleva el diablo. El pobre tutor le hacía reflexiones amenizadas siempre
con su poquito de Historia para ver si, por la misma puerta por donde
trataba de inculcarle la morigeración y el respeto, le entraba también
la instrucción; pero, nada; era como lavarle la cara con jabón a un
burro negro.
Un día en que León había atado mano con mano y pata con pata a los
dos pobres bichos, unidos así de costado como los hermanos siameses,
y los había lanzado a la calle con unas alcuzas en las extremidades
posteriores, don Abundio, que atropellado por los fugitivos midió el
suelo, habló así a su pupilo:
--Tu conducta es salvaje, León. El que hace daño a los animales
está en camino de hacérselo a los hombres. Además, si tú no fueses
un ignorantón, sabrías que los egipcios creían en la metempsicosis
o transmigración de las almas, por la cual el hombre que no había
cumplido con todos sus deberes morales y sociales, en vida, pasaba
al morir a la condición de bruto o bestia inmunda. Esta creencia,
más generalizada de lo que algunos suponen, la profesan también los
chinos, quienes consideran como un don celeste el transmigrar a un
cerdo, porque de ese modo solo ha de durar un año la esclavitud de su
espíritu en una envoltura irracional. Ahora bien; ¿quién te asegura
que semejante castigo no es una de las manifestaciones de nuestras
penas eternas? ¿Por qué no ha de formar parte eso del infierno o
del purgatorio de los creyentes? Y si es así ¿quién te dice que al
martirizar a un pobre bruto no estás lastimando a un amigo, a un
pariente, acaso a los mismos que te dieron el ser?
Yo no sé el efecto que esta homilía produjo en el ánimo del
adolescente; pero lo que sí puedo atestiguar es, que algunos días más
tarde, la maritornes volvió de la plazuela trayendo una marranilla de
leche que su padre (el de la criada, no el de la _lechona_) remitía a
don Abundio, por vía de regalo, con el ordinario de su pueblo; y que
León, aprovechando un descuido, cargó con ella y la vendió al primer
transeúnte para, con su producto, asistir a la corrida de toros. El
ex-profesor de Historia, enfurecido ante la pérdida de aquel suculento
manjar, raro en su mesa, repetía:
--¡Vender una marranilla de tres meses!
--Esos hace que lloramos a doña Remigia --contestó el pupilo--.
¿Querría usted que me expusiera a comerme a mi madrastra?
* * * * *
Y efectivamente, desde aquel día, empezó a dejar en paz a los
animales; pero la emprendió con las personas; y así llenaba de recortes
de ortiga la cama de su tutor, como conteniendo el aliento y de
puntillas, se acercaba por detrás a la alcarreña mientras espumaba
el puchero, de bruces sobre el fogón, y metiendo una mano entre el
zagalejo corto y sus piernas sin medias, le clavaba los dedos en la
robusta pantorrilla al par que imitaba el ladrido de un perro; con lo
que la pobre muchacha al principio se asustaba mucho; pero luego se fue
acostumbrando.
Las cosas iban llegando a tal punto que el infeliz don Abundio no
gozaba momento de reposo. César Cantú, Lafuente, Mariana y multitud de
historiógrafos habían desaparecido de su biblioteca y tomado la forma
de tendidos; el uniforme de teniente de nacionales yacía en una casa
de préstamos de donde salió el dinero para una tienda de manzanilla.
Finalmente una noche en que, a hora muy avanzada, León se dirigía a
oscuras desde su cuarto al de la alcarreña con intención de darle
algún susto, tropezó en las sombras con su tutor que, con los brazos
abiertos, buscaba la manera de orientarse por el pasillo.
--¿Qué hace usted aquí? --le preguntó con severidad don Abundio.
--¿Y usted? --le replicó el mozalbete.
--Yo he sentido pasos; y temeroso de alguna trastada de las de usted,
me he levantado a velar por el reposo de esa inocente criatura.
--Pues yo he venido a preguntarle si había puesto a remojo los
garbanzos.
Y al día siguiente, con el pretexto de dar un paseo matinal, tutor y
pupilo se encaminaron a la calle de _Sal si puedes_, donde Leoncito
quedó como pensionista en el colegio de don Tranquilino Verdugo, bajo
la advocación de San Juan Capistrano.
Ustedes habrán oído decir, y por si no yo se lo digo, que no hay nada
peor que un chico travieso a no ser dos chicos traviesos. Pues bien,
en el colegio de don Tranquilino había treinta pensionistas, de los que
pronto se hizo jefe nuestro héroe; y si antes León valía por cuatro,
concluyó por hacerse insoportable con la emulación de sus compañeros.
El desgraciado director, hombre entrado en edad y cuyas narices eran
una bomba aspirante de rapé, apeló a todos los correctivos imaginables
para meterlo en cintura; pero no alcanzó mejor suerte que don Abundio.
Ya era un bramante sujeto por un extremo a la mampara y prendido por
el otro con un alfiler a su peluca el que dejaba al profesor con la
calva al aire cada vez que abrían la puerta; ya una vejiga provista de
un pito la que, al ir a sentarse en el sillón, aplastaba con su cuerpo
y le hacía saltar hasta las vigas creyendo, con el quejido que daba al
deshincharse, que había despanzurrado a su gata de Angora. Por supuesto
que no cejó en su manía de asustar a las criadas; pero a la de don
Tranquilino, que era del Escorial, le cayó en gracia el chico, y lejos
de incomodarse, engordaba, como suele decirse, con las travesuras de
León.
Un domingo del mes de diciembre en que había novillos con mojiganga
y dos toros estoqueados, el director tuvo la desgraciada ocurrencia
de llevarse de paseo a sus alumnos por la calle de Alcalá para que
asistiesen al espectáculo de la ida de la gente a la plaza. León, que
formaba a la cola de la ruta, contemplaba con ojos de envidia aquel
torrente humano que a pie, en berlina, en ómnibus, en calesa y aun en
tartana, se precipitaba desde la Puerta del Sol hasta la Cibeles como
desbordando por un embudo invertido. La cara de satisfacción de los
transeúntes, la idea de las emociones que iban a experimentar aquellos
con quienes se codeaba al paso y de quienes tan lejos estaría dentro de
poco, el humo de los cigarros, pues hasta los que no van a los toros
fuman el día de corrida para hacer creer a los que los ven que van; el
ruido, el sol, el conjunto, en fin, trastornaron el juicio del hijastro
de doña Remigia, y unas se le iban y otras se le venían sin cocérsele
el pan en el cuerpo. De repente la luz parece como que adquirió más
intensidad y el ambiente un olor como de carne muerta y tripas rotas.
Todas las miradas convergieron a un punto dado. Era la cuadrilla
de chulos que en coches abiertos se dirigían al redondel luciendo
colores, lentejuelas, moñas y pasamanería. La sangre afluyó al corazón
del aficionado y un velo cubrió su vista; pero no tan tupido que le
impidiese percibir entre la comitiva a un picador que, caballero en una
alimaña, llevaba a la grupa a uno de esos pilletes que les sirven de
escuderos y que, bajo la égida de su protector, tienen entrada triunfal
y gratuita en la plaza. León no resistió más; echó a correr como deudor
perseguido por acreedores y, agarrando de un tobillo al escudero, lo
desmontó de una sacudida y de un salto ocupó su lugar. Aunque se subía
el embozo del capote para no ser conocido, sus camaradas de colegio le
olfatearon y fueron con el soplo a don Tranquilino que, ahogado por
la pena, y en la imposibilidad de darle alcance, volvió a casa con la
ruta y participó a don Abundio lo ocurrido, consignando en la carta su
irrevocable resolución de despedir al mozalbete.
El ex-catedrático de Historia, que le estaba poniendo a la alcarreña
unos pendientes de similor que le había regalado por su buen
comportamiento, recibió la misiva como si fuera el casero, es decir,
de mal humor, y se echó a la calle confeccionando un discurso con que
ablandar a don Tranquilino y evitarse la irrupción del ahijado en su
hogar, si bien metiéndose tres reales en el bolsillo del chaleco para,
si no lograba convencer al señor Verdugo, comprar a su criada unas
medias de estambre. En todo pensaba el bendito señor.
Llegado que hubo al colegio de San Juan Capistrano, pudo convencerse
de que la determinación de don Tranquilino no tenía vuelta de hoja.
Le ofreció aumentarle los honorarios, le habló de Cicerón y de Séneca
probándole que sabía más que ellos. Nada, ni las dádivas, ni la
adulación quebrantaron aquella naturaleza de diamante: «Usted que tiene
criada --concluyó por decirle-- comprenda usted lo que a la mía le
espera».
En estas estaban departiendo en el refectorio, pues ya había anochecido
y los muchachos cenaban bajo la vigilancia del director que andaba
viendo a quienes tocaba el turno del castigo para ahorrarse las
diez raciones que diariamente suprimía bajo el pretexto de penas
correccionales, cuando se presentó León con la gorra encasquetada y
embozado en un capote que, si no tan roto como el del lazarillo de
Tormes, quien tiraba piedras sin desembozarse, estaba reducido al
tercio de su peso específico en virtud de tanto agujero por donde se
tamizaba su individuo.
Verle llegar y caer sobre él una granizada de improperios de don
Tranquilino y don Abundio acompañada de una rechifla de los imberbes
fue cosa simultánea. León impávido se mantenía de pie en un rincón.
Restablecido el orden y penetrado el tutor de que no tenía más
remedio que compartir el hogar con su ahijado, pronunció su discurso
de despedida y exhortó al reo a que pidiera perdón a su víctima.
Resistióse aquel, y como don Abundio se empeñara en apelar a la
violencia, el muchacho dejó caer su capa en el suelo, blandió un par
de banderillas que ocultas llevaba y, aprovechando la actitud de don
Tranquilino que había dejado caer su pañuelo de yerbas y se disponía
a recogerlo, se las clavó de frente en medio de las dos paletillas y
emprendió la fuga entre la algazara de los alumnos, los berridos del
director y las convulsiones de don Abundio que, con la boca a un lado
y agitando pies y manos como si nadase, se revolcaba por los suelos.
Media hora después sucumbía el desgraciado a un ataque de apoplegía
fulminante, y a don Tranquilino, de bruces en la cama, le hacían la
primera cura.
De este no volveremos a saber nada. De los demás nos ocuparemos en los
capítulos siguientes.
[Ilustración]
[Ilustración]
III
Han transcurrido cinco años desde los últimos acontecimientos y nos
hallamos _donde Tajo a Jarama el nombre quita_, o sea en la _provincia_
de Aranjuez, como decía un amigo mío que se gastó todo su patrimonio en
que le eligieran diputado con el objeto de ser nombrado gobernador, lo
que no pudo lograr ni siquiera del punto en que tiene lugar esta escena.
Yo les describiría a ustedes Aranjuez; pero temo abusar, porque pocos
serán mis lectores que no hayan estado allí, y además porque con
la explicación de los países pasa lo que con la de las personas en
las novelas, que por más que los autores se empeñen en pintarnos la
forma de sus narices, el color de sus ojos y el timbre de su voz,
los personajes pasarían impunemente al lado de uno sin cuidado de
ser conocidos, a no haberlos visto antes, pues en la cara es donde
se admira la fecundidad y la inventiva de la naturaleza: todas están
compuestas de los mismos órganos y ninguna se parece.
Así pues plantemos árboles, tracemos alamedas, hagamos brotar
abundantes pastos, dejemos serpentear por allí brazos de ríos, y que
cada cual se lo forme en su imaginación como le parezca que ha de
estar más bonito y más adecuado a un sitio real cantado por los poetas
y atravesado por el ferrocarril. Solo les exijo a ustedes no dar al
olvido que allí hay dehesas en donde se crían toros que, después de
corridos y martirizados en el espectáculo más típico y peculiar de
nuestro país, nos los comemos en estofado los españoles y las españolas.
_La luna de octubre siete meses cubre_, dice el proverbio; y, como la
de aquel año hubiera sido esplendente y limpia, he aquí por qué en el
mes de enero, en que empieza este relato, el sol brillaba en el cielo
como el ojo de una muchacha bonita; que si a soles comparan los poetas
los ojos, no hay razón para que a ojo no compare yo el sol, si es
verdad aquello de que el orden de los factores no altera el producto.
En fin, eran las dos y sereno de una tarde del mes de los gatos, y la
yerbecilla, caldeada por los rayos de Febo, parecía cama de canónigo
atemperada por confortante calentador.
Sobre aquella sábana de esmeralda, rumiando los tallos tiernecitos,
como quien después de una comida abundante no desdeña el paladear una
golosina, un enorme cabestro yacía muellemente tendido haciendo firmas
con la cola sobre el suelo, como las hace cualquiera con el bastón
cuando está sentado pensando en las musarañas. Un colosal cencerro
pendiente de un collarín de baqueta cortaba las líneas de su cuello,
y era su pelo cárdeno como espalda de azotado. Colmillos de elefante
de Bankok eran sus astas, y por la redondez de su cuerpo parecía ir
diciendo a todos: «Pues señor, no estoy descontento de mi suerte.»
Y apuesto a que ya han reconocido ustedes en él al cónyuge de doña
Remigia, al bueno de don Serapio que, después de seis años de
transmigración, estaba reducido a custodiar cornúpetos jarameños, del
mismo modo que entre los seres racionales se cuida de las odaliscas en
el harem.
No olviden ustedes que, aunque transmigrado, don Serapio conservaba
recuerdos de su vida anterior, porque de lo contrario ¿dónde estarían
la gracia y el castigo de la metempsicosis? Sentado este precedente,
asistamos a su soliloquio penetrando en sus reflexiones.