En la parte opuesta del río, llamado _Honam_, hay unos jardines, que

visitaremos, por no quedarnos sin verlo todo; pero no porque merezca

la pena de perniquebrarse al pasar aquellos carcomidos puentes, ni de

atrapar unas fiebres palúdicas por intentar en vano reflejar nuestra

imagen en el impuro seno de unas charcas cenagosas. La flora es rica,

pero descuidada; y como esta excursión no es científica, suprimo por

inoportuno lo que habla a la inteligencia y callo por inexistente

lo que halaga los sentidos. No saldremos, sin embargo, de allí sin

entonar un himno de asombro a la camelia de Cantón, rarísima variedad,

que solo florece de dos en dos años y cuya forma es una verdadera

maravilla. Redúcese a una estrella de varias puntas, cada uno de cuyos

radios está compuesto de pétalos sobremontados, que disminuyen hacia

las extremidades con una simetría y proporción geométricas. Estos

pétalos, que son de color de rosa pálida, doblan sus bordes hacia

fuera, presentando una fimbria de matiz más fuerte, que dan a la flor,

como dejo dicho, el aspecto de una estrella de escamas, con círculos

concéntricos festoneados de rojo.

No salgamos del _slipper boat_, toda vez que nos hallamos en el río; y

desafiando su impetuosa corriente, dirijámonos de nuevo a las márgenes

de la ciudad china, en busca de los tan afamados botes de flores, donde

los celestiales comparten los placeres nocturnos con los teatros y los

_culaus_; bodegones sobre los que vale más callarse, y espectáculos de

que es preferible no volver a decir una palabra.

Constituyen aquellas mansiones de la alegría unas enormes barcazas

flotantes, que en nada difieren entre sí, a pesar de su número. Vista

una, vistas todas. Alegremente pintadas al exterior, ocupa el puente

un salón alumbrado por linternas y amueblado con sitiales y mesillas.

Unos canastillos de flores penden del techo: y allí se come, se bebe

y se fuma, mientras unas cuantas mujeres de jalbegado rostro, con los

pómulos y los párpados cubiertos de almazarrón (aristocrático afeite

del bello sexo), bien vestidas y mejor peinadas (pero nunca limpias),

cantan, al parecer acompañadas de instrumentos músicos, muy semejantes

para nosotros a los de tortura, preparan las pipas de los consumidores

y les dan conversación. Todo ello sin algazara expansiva, pacíficamente

y sin ulteriores consecuencias. Los hombres pagan y no riñen; y a las

cantantes les dura el peinado intacto una semana, que es lo que tarda

en volver la peinadora. No hay propinas.

Se me olvidaba consignar que los europeos deben ir provistos de algún

frasco de esencia con que preservar el olfato de ciertas emanaciones,

porque además de los perfumes urbanos, existen los fluviales,

despedidos por unas _góndolas_ que constantemente están cruzando el río

cargadas con materias para el abono de sus fértiles tierras de labor,

y a las que los habitantes de Shameen han bautizado con el nombre

de _tigres_, no sé si por el aliento que exhalan o por el terror que

inspiran: lo cierto es que se las presiente y se las huye.

Saltemos a tierra. ¿Pero qué es esto? ¿Tocan somatén? ¿Hay algún

incendio? Toda la gente mira hacia arriba, y provistos de gongs,

cacerolas, latas de petróleo o simples pedazos de bambú, grandes y

chicos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres golpean y gritan a quien

mete más ruido. ¡Ah! No hay que asustarse. Es que hay eclipse, y como

según la astronomía china, este fenómeno tiene lugar porque la luna

riñe con el sol, y en la contienda lleva la casta Selene la mejor

parte, pues empieza ya a comerse al astro del día, los moradores de

la tierra la obligan por aquel medio a soltar el bocado, a fin de no

quedarse sin luz y sin calor; lo que consiguen siempre, porque aquí no

tiene el mismo significado que en Europa lo de ladrar a la luna.

Verifícanse en Pekín y en Cantón alternativamente los exámenes anuales

para los diversos grados de mandarín. Los ejercicios se hacen por el

sistema celular; es decir, que cada examinando queda recluso y tabicado

durante unos días, con el objeto de escribir su tesis sin el auxilio

de bibliotecas ni consultores; y a este fin se destina un edificio

conocido con el nombre de las once mil celdas, que mas propiamente

deberían llamarse chiqueros. No es, pues, una universidad, porque la

enseñanza es libre y a domicilio; y tampoco es una pocilga, porque son

miles de ellas. Con saber las máximas de Confucio, los comentarios de

Mencio, la cronología de los emperadores y contar hasta diez mil, sale

de allí un hombre con aptitud para general, almirante, presidente del

Supremo, obispo, ministro de la música (existe un ministerio _ad hoc_)

o cualquier otro cargo en armonía con sus aficiones o al alcance de sus

recursos, pues importa saber que en China la administración del Estado

se concede a la puja. Luego nos extenderemos sobre este particular.

Recordemos antes a los lectores que lo hayan puesto en olvido, que

existe una lotería llamada _Vaiseng_ (desterrada del imperio y acogida

al pabellón portugués en Macao), reducida a jugar sobre el nombre de

los examinandos que se presume que han de ganar el curso. Cuál sea el

número de los jugadores dedúzcase de lo que el monopolizador paga al

gobierno del establecimiento lusitano, que en la última subasta trienal

satisfizo la enorme suma de seiscientos cuarenta mil duros. Así es que

cuando la opinión se inclina por tal o cual estudiante de reconocida

aplicación e incontestable inteligencia, el concesionario, ante la

probabilidad de tener que satisfacer grandes premios, procura sobornar

a los examinadores para que desahucien al candidato, o corromper a este

con dádivas para que abdique del éxito.

Volvamos a lo de la puja. Cantón, capital de los dos Kuanes (Kuan-tung

y Kuan-si) es la sede de un a modo de gobierno de provincia; con la

sola diferencia de que el gobernador tiene el título de virrey y ejerce

jurisdicción sobre cuarenta millones de habitantes en una extensión

de 435,000 kilómetros cuadrados. Pues bien; cuando el gabinete de la

metrópoli, o más propiamente hablando, el emperador --y en su defecto

el regente, si como acontece ahora, el soberano está aún en la menor

edad-- trata de proveer el cargo, elige un mandarín de la más elevada

categoría; pero siendo muchos los aspirantes, opta por aquel que ofrece

mayor suma de rendimientos al Estado. Por supuesto que el monarca

repite, como Luis XIV, _el Estado soy yo_. Una vez el agraciado en

el ejercicio de sus funciones, saca sus cuentas y dice: «Seis que me

cuesta el destino y seis que yo quiero ganar son doce, que corresponden

a los contribuyentes. Dividiendo estos doce por tres, que son los años

que ha de durar mi ejercicio, tocan a cuatro anual.» Y en efecto;

llama a los mandarines sufragáneos, y suma por aquí, multiplica

por allá, él se las arregla de modo que le salgan los cuatro. Pero

¿qué acontece? Que, como las autoridades inferiores han escalado

sus destinos por igual procedimiento, apelan a los mismos recursos

económicos; y pídales lo que les pida el virrey, se lo dan, pues toda

la operación se reduce a aumentar la derrama entre sus administrados.

No hay más ley que el capricho, y es inútil quejarse, porque al que

protesta se le confiscan los bienes, y al que se resiste lo decapitan.

Para muestra basta un botón. El general de las fuerzas militares de

Cantón, a quien tuve el gusto de conocer, y que entre varias cosas

notables me preguntó si España estaba junto al Perú, responde de un

contingente de doscientos mil soldados, pues el efectivo apenas llega

a la mitad; los restantes figuran solo nominalmente en los cuadros del

ejército, y el pre se cobra pero no se paga. El día que hay una revista

general, lo que ocurre de higos a brevas, se echa mano de los culis de

los oficiales, de los cargadores, mozos de esquina, vagos y mendigos, y

hasta la otra. Este espectáculo, que tiene mucho de curioso (y no en la

acepción de limpio), se divide en dos partes.

Es la primera una parodia de táctica al estilo europeo, en que las

voces de mando son sustituidas por golpes de gong y las descargas

dirigidas por los banderines de las secciones. Los movimientos resultan

a discreción, sin duda para corresponder al calzado de la tropa, que

es también discrecional. Unos llevan borceguíes viejos de señora con

bigotera de charol, otros botas de hombre con la caña por fuera,

algunos los usan de gendarme francés montado, y la generalidad _caret

utroque_. En fusiles los hay desde el arcabuz hasta el de aguja, largos

y cortos, y que apuntan y no tiran.

La parte nacional comprende el tiro al blanco con arcos de un peso y de

una tensión excepcionales; la esgrima de lanza, en la que agotan todos

los recursos de la gesticulación para hacerse miedo; y las maniobras

hípicas con jinetes, que montan y desmontan a la carrera, se tienden

sobre el caballo, que es poco mayor que una rata gorda, y ejecutan, en

fin, todas las habilidades propias de los _clowns_.

Ahí van algunos datos curiosos.

Según la estadística de Behm y Wagner de 1874 a 76, las veinticinco

provincias en que se divide el Imperio del medio, contando la China

propiamente dicha y los países tributarios, miden una superficie de

10.466.655 kilómetros cuadrados, y tienen una densidad de 434.446.514

habitantes. Pero vaya usted a saber la verdad en un país donde no hay

censo y en el que es preciso sacar las cuentas como las presupuestaba

de las obras municipales aquel arquitecto de Soria, que, preguntándole

lo que podría costar un matadero, respondía: «De quinientos a sesenta

mil duros.»

Los ingresos de la nación, según los ingleses, que son los más versados

en la contabilidad china, ascienden por el presupuesto de 1875 a

79.500.000 taels (cada tael valiendo peso y medio), y se descomponen

así:

Por territorial 18.000.000

Impuesto sobre mercancías 20.000.000

Renta de aduanas 15.000.000

Sal 5.000.000

VENTA DE CATEGORÍAS 7.000.000

Ingresos eventuales 1.000.000

Ganados, agricultura y demás productos

naturales y en especie 13.100.000

------------

TOTAL 79.100.000

En 1874 emitió el gobierno chino el primer empréstito exterior por

15.691.875 francos, dando en garantía la renta de aduanas.

Careciendo de administración civil, no es para extrañarse que tampoco

la tenga militar. Verdad es que el mismo vacío se nota en ingenieros y

estado mayor; y aun me atrevería a decir en el ejército en absoluto, si

no vinieran a desmentirlo los siguientes datos de Klaprotz, de que él

no sale garante, ni yo tampoco, pues están adquiridos en los cuadros

mitológicos del ya conocido contingente ideal.

Infantería regular 300.180 hombres.

Caballería regular 227.000 »

Artillería 17.000 »

Reserva 30.000 »

Oficiales del ejército regular 6.000 »

Infantería irregular 400.000 »

Caballería irregular 273.000 »

Oficiales del ejército irregular 5.200 »

Marina 32.440 »

----------

TOTAL 1.290.820 hombres.

Si yo fuera ministro de la Guerra en China, pondría una nota al pie

de mi presupuesto departamental, como la de los antiguos billetes de

diligencia en las observaciones sobre los equipajes, diciendo: «No se

responde de robos por fuerza mayor.» Como no lo soy, y me alegro, me

limito a consignar que el efectivo del ejército celeste depende del

resultado de las cosechas generales.

[Ilustración]

CANTÓN

IV

[Ilustración]

Según hemos consignado al principio, la dinastía reinante no es china,

propiamente hablando, sino tártara manchú; es decir, invasora,

dominante por derecho de conquista, y mirada, por consiguiente, con

prevención por los oprimidos. De aquí nace el que, favorecidos por

la gran desorganización del Estado, tengan estos formadas sociedades

secretas, que funcionan en el misterio, y cuyo fin, como fácilmente se

colige, no es correr tras la libertad en busca del derecho político

moderno, sino sencillamente cambiar de yugo. Dos siglos hace que

trabajan con este objeto, sin lograrlo.

Hay además otro partido: el extranjerista, compuesto indistintamente de

tártaros y chinos, que reconociendo las ventajas de la civilización,

pide telégrafos, ferrocarriles, reformas en las costumbres y progreso,

en una palabra; pero sus sectarios se hallan en minoría, pues ni

el espectáculo del gas incita a la masa tradicional del pueblo a

desprenderse de sus linternas, ni el espíritu revolucionario del

movimiento en sentido de avance, se aviene con la rutinaria y perezosa

marcha de estos seres mecánicos. Ello vendrá, no obstante, y acaso muy

pronto, pues ya empiezan a observar que la actividad es un elemento de

riqueza, y el chino es avaro.

Tomando pretexto de cualquiera de estas razones políticas, sucede a

lo mejor que un mandarín cuyas aspiraciones no han sido satisfechas,

se levanta en armas, recluta ciento cincuenta mil hombres, y recorre

con ellos las provincias, amenazando absorber el imperio. Pero como en

Pekín le ven las cartas, le envían un emisario para que ajuste la paz

con él; le dan algo de lo mucho que pide y una mañana el rebelde no

amanece en el campo, con lo cual se disuelve el ejército; porque, lo

mismo en sublevaciones que en batallas, en faltando el jefe se acabó

el cotarro. Algunas veces, pocas, pillan al descontento y le cortan

la cabeza, como acaeció hace cuatros años con el general Li, que se

había enseñoreado del Tonkín, y cuyo recuerdo me trae a la memoria

una frase del virrey de Cantón, que no debo pasar en silencio. Esto

me da pie para relatar nuestra visita al _yamen_ o palacio del feudal

lugarteniente del emperador.

Agregado en calidad de curioso a la misión diplomática que cerca de

Li-u (nombre del virrey, que no hay que confundir con el del general

rebelde) fue a desempeñar por entonces nuestro malogrado ministro en

China D. Carlos A. de España, vestíme, como los demás señores del

cortejo, de chaqué y sombrero gacho; y suprimidos con el frac los

guantes como innecesario e incomprensible atributo de cortesía en las

altas y bajas regiones celestes, encaminámonos todos en sendas sillas

mandarinas forradas de algo que fue paño verde, y con alamares, que a

haber conservado su envoltura de seda, hubieran sido negros, al yamen

del gobernador, precedidos del porta-tarjetas para anunciarnos.

Forman el palacio en cuestión multitud de anchurosos patios con

pabellones sueltos, que en nada difieren, como arquitectura y

muebles, de las casas de los chinos ricos. En la puerta exterior unos

harapientos culis disparan seis morteretes; y unos hombres vestidos

de colorines, con la cabeza calzada de una especie de enorme cencerro

colorado, del que salía como cimera una tiesa, larga y única pluma

de faisán, se pusieron en fila junto a unos figurones gigantescos y

ridículos de cartón, dioses porteros de la morada.

En el último patio, y acompañado de su séquito, nos esperaba el

virrey, que graciosamente nos saludó a todos cerrando los puños,

juntándolos por las falanges y agitándolos a la altura del pecho, como

si zarandease una sonajera. Li-u, que respecto a fisonomía y modales

está cortado por el patrón general de su raza, en la que no se nota

nunca esta diferencia de cutis, de movimientos, de dicción y de forma

que distinguen a nuestras clases privilegiadas del común de las gentes,

vestía túnica de riquísimo satín celeste con caballa o balandrán azul

tina, ostentando en el pecho, a modo de sacerdote bíblico, una placa

cuadrada con los emblemas de su magistratura bordados en seda y oro.

Botas de raso negro con ancha suela de fieltro blanco cubrían sus

piernas hasta la rodilla; y de sus hombros pendía una esclavina de

lustrosa piel de nutria, sobre cuyo fondo destacábase un profuso collar

de cuentas de ámbar. Cubría su cabeza el sombrerete mandarín de castor,

con un botón de coral del tamaño de un huevo de paloma, y de la parte

posterior del bonete salía en sentido horizontal un plumero a modo de

rabo de zorra, que se extendía hasta media espalda.

Invitados a pasar al pabellón de las recepciones, encontramos servida

en él una mesa con dulces, vinos, tazas de té y cubiertos europeos.

El virrey puso al ministro a su izquierda, lugar de honor según los

usos locales, y al intérprete a su derecha. Los secretarios, la

oficialidad del aviso _Marqués del Duero_, el vice-cónsul de España

en Cantón, y el cronista, muy servidor de ustedes, nos acomodamos

donde quisimos, permaneciendo con nuestros hongos encasquetados, para

seguir el ceremonial de la etiqueta confucista. Los oficiales de Li-u,

de pie detrás de nosotros a manera de coperos, nos escanciaban el

champagne, y colmaban los platos de sabrosos limoncillos en almíbar,

jengibre en dulce, guisantes azucarados y otras golosinas, por las que

previamente había pasado sus manos el virrey, atestiguando así que

podíamos comerlas con entera confianza, seguros de que no contenían

veneno. El gobernador, entre bocado y bocado, daba una chupada a la

pipa, que cada vez le cargaba su secretario particular; pues sabido es

que el recipiente de estos utensilios no admite tabaco más que para una

sola aspiración. Y allí empezaron a tratarse los asuntos de Estado con

la asistencia de nuestros culis de silla y de los barrenderos, apaga

luces y encargados de las salvas en el _yamen_, que hicieron irrupción

en la sala, en uso por lo visto de un legítimo derecho; pues nadie los

estorbó en su faena de interrumpir con sus animadas conversaciones y

carcajadas a los conferenciantes.

--¿Qué noticias hay de la insurrección de Li? --preguntó nuestro

plenipotenciario.

--Eso acabará pronto --contestó el virrey.

Y haciendo un gesto de contrariedad:

--El caso es --añadió-- que yo he tenido en la mano el evitar esta

revuelta, porque días antes de levantarse en armas, y cuando todavía

nadie sospechaba de su lealtad, vino a visitarme, y en su conferencia

conmigo noté cierta vaguedad en su mirada que no me dio buena espina.

Tanto, que tuve _una corazonada_, y determiné mandarle cortar la

cabeza; pero luego ¡SE ME OLVIDÓ!

* * * * *

¡Desventurado país donde la vida de los ciudadanos está a merced

de las corazonadas de un gobernador! A él debían mandarse a todos

los que en la vieja Europa se rebelan contra la tiranía imaginaria

del cumplimiento de sus obligaciones, porque ávidos de privilegios

injustos, olvidan que sus ansiados derechos no son más que sus propios

deberes ejercidos por otro.

Li-u, quitando la cobertera a su taza de té, nos invitó a apurar las

nuestras; lo que significaba que la conferencia había dado fin.

Al día siguiente, embarcado en un bote de flores, remolcado por una

lancha de vapor, fue a devolver la visita al ministro; sin que en ella

ocurriera otro incidente digno de relato, que la súplica dirigida a don

Guillermo Lobé, comandante del _Marqués del Duero_, de no saludarle con

los cañonazos de ordenanza, hasta encontrarse fuera del alcance de los

tacos. Lo que se cumplió, esperando para hacer la salva a que tomase

tierra, y metido en la silla que allí le aguardaba, desapareciese entre

la multitud precedido de soldados, tocando gongs y caracoles (que hacen

las veces de trompetas).

Yo quería llevar a mis lectores a conocer la cárcel, pero no me

atrevo, porque, francamente, es un espectáculo que con dificultad se

resiste. Me limito, pues, a pasearlos por delante del establecimiento,

sito en una plazoleta cerrada por un murallón, sobre el que se ven

pintados monstruos de una fauna _sui generis_. Allí, convenientemente

custodiados, se _solean_ centenares de presos con la coleta cortada,

envueltos en andrajos, comidos por la miseria, y ostentando la

importancia de su penalidad, quien con la cabeza metida en la canga,

cual arrastrándose con los pies en cepo; otro, en fin, con una cadena

sujeta a la garganta, y de cuyo extremo inferior pende una piedra

como un queso de bola, en la que estriba su libertad, pues solo puede

recobrarla el día en que, por efecto del uso, el adoquín se desprenda

de la cadena.

Los mandarines encargados de administrar la justicia, proceden también

por corazonadas. Cuando hay un delito que castigar, echan mano del

presunto reo; pero si este se fuga, lo substituyen con su pariente

más próximo, o en defecto de familia, con el vecino más inmediato.

El interrogatorio da principio, suspendiendo al que va a servir para

satisfacción de la vindicta pública, a un como banquillo de cama puesto

en sentido vertical, amarrándole por los pulgares de manos y pies. Por

no prolongar esta posición insostenible, el acusado reconoce las más

veces una culpabilidad de que está inocente; y ya convicto, no hay más

procedimientos ni apelaciones: se le mete en la cárcel y se aguarda la

llegada de la primavera, que es la época en que a granel se verifican

las ejecuciones. Ya no consisten estas, como antiguamente, en aserrar

en dos a lo largo a la víctima, ni en cortarle lentamente en miles de

pedacitos, ni en quemar a fuego lento, ni en ninguno de tantos primores

como aún se admiran en efigie en la pagoda de los tormentos; pero se

flagela hasta la muerte; se divide viva en setenta y cinco trozos a

la mujer adúltera; se estrangula a los cómplices atándoles una soga

al pescuezo y tirando un verdugo de cada uno de los cabos; se tritura

liando al reo con una cuerda y oprimiendo el cable a merced de un

torno; y se decapita, por último, a gusto del consumidor; porque si es

pobre, se arrodilla en el suelo con las manos sujetas a la espalda y

recibe dos o tres sablazos, hasta dividirle la cabeza del tronco: si

tiene con qué pagar la supresión del sufrimiento, elige un ejecutor

afamado, que con solo apoyar en la nuca la hoja, le corta de un golpe

las vértebras cervicales, ni más ni menos que como se descabella a un

toro: y si es muy rico, compra quien lo reemplace en el cadalso; lo que

se obtiene, tanto por la indiferencia con que mira la muerte el chino

de precaria condición (que halla en este mercado manera de que sus

hijos le hagan honras fúnebres de que carecería de otra suerte), cuanto

por la benevolencia de los tribunales, que se contentan con que al

crimen suceda el castigo, sea quien fuere el que lo sufra: por último,

cuando se cuenta con influencias, se soborna a los jueces, y entonces

la faena se lleva a efecto fuera de la época reglamentaria; pero en

lugar de salir el reo de la cárcel metido en un canasto con las piernas

colgando _coram populo_ y a la luz del día, lo llevan por la noche al

campo del suplicio, donde le aguarda una litera que lo conduce a otra

provincia, y el público se da por satisfecho con creer que la cabeza

del inocente que yace en el suelo es la del verdadero criminal.

Después de referir tantos horrores, quisiera concluir con una frase de

consuelo. Ya dí con ella:

No hablemos más de Cantón.

[Ilustración]

LA METEMPSICOSIS

[Ilustración]

I

Pues señor, era una vez un tal don Abundio Recogido con quien tan

bien cuadraba el apellido por la morigeración de sus costumbres, como

contrastaba el nombre por la escasez de sus recursos. Ex-profesor de

Historia de un instituto de provincia, vivía reducido a los estrechos

límites de su jubilación de catedrático de entrada, pues jamás pudo

conseguir el ascenso. Era sin embargo feliz, tan feliz como puede serlo

un hombre que a los sesenta años habita un piso cuarto en la calle de

la Palma Alta de Madrid, posee una regular biblioteca, se hace servir

por una maritornes alcarreña el chocolate con buñuelos a las siete de

la mañana, come a las dos su eterno cocido, y digo eterno por carecer

de principio y de fin, y cena a las once su inevitable guisado con

patatas, precedido en invierno de unas sopas de ajo y seguido en la

época canicular del indigesto pero refrescante gazpacho con pepino.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 22 / 24 段