«Lo que es este año se puede decir que no tenemos invierno. Miren

ustedes qué días estos. Yo estoy con un palmo de lengua fuera; y si

es los muchachos, andan por ahí revueltos como en canícula; hace

materialmente calor. La verdad es que esta existencia no deja de

tener su encanto, sobre todo para las naturalezas pacíficas como la

mía. Nadie se mete con uno, a uno le importa un pito todo cuanto pasa

a su lado; buena yerba, buen establo y ningún quebradero de cabeza.

Verdad es que tampoco me la quebraba mucho cuando era hombre; pero

me la quebraban los demás, porque ya era el inquilino que no pagaba,

el investigador de hacienda que me aumentaba la contribución, y eso

que siempre que pasaba por el pueblo venía a vivir a mi casa; por más

señas que como al maldito no le gustaba acostarse temprano, mi pobre

mujer se tenía que quedar acompañándole hasta las tantas para hacerle

la tertulia, porque lo que es yo con la primera campanada de las diez

las buenas noches y a dormir. Ahora, nada; en cuanto amanece viene

el mayoral, me dice: arriba, _Manteca_, y yo _dolón, dolón, dolón_ a

llevar a pacer a la gente del bronce; una vez en la pradera, a comer

y a revolcarse; si hay alguna disputilla, de las que siempre tienen

la culpa las vacas, los meto en cintura, porque, parece mentira; pero

ahora que no tengo ni voluntad, ni inteligencia, ni raciocinio, ni

nada, soy más valiente que cuando lo tenía todo. Y así que empieza

a anochecer vuelve a decir el mayoral: arriba, Manteca, y yo _dolón,

dolón, dolón_, a casa con ellos. Y ¡cómo me obedecen! ahora sí que

puede decirse que soy capitán y no cuando lo era de nacionales, que

tenía descuidados todos mis asuntos con la bendita patria, y el tiempo

se me pasaba en recibir a los subalternos que me venían a pedir la

orden, hasta que tuve que tomar la determinación de que fuera mi mujer

la que se entendiera con los oficiales. ¡Pobre Remigia! ¿Qué habrá sido

de ella? La echo mucho de menos, no porque la necesite, que maldita la

falta que me hace el que venga a turbar mi sosiego, sino por saber qué

suerte ha sido la suya. ¡Cómo lloró su extravío! se empeñó en hacer

testamento porque quería suicidarse, lo que hubiera llevado a cabo

a no ser porque me previno el escribano y convinimos él y yo en que

pretextaría un quehacer apremiante siempre que ella fuera a su casa con

objeto de testar.

»Pues así y todo estuvo Remigia yendo diariamente por espacio de un

año en busca de don José, hasta que se le pasó aquello no sé cómo. La

verdad es que yo procedí muy cruelmente; llevármela a Toro donde no

tenía trato con nadie, ella, acostumbrada toda la vida a alternar con

los unos y con los otros... Pues no digo nada, despedir de mi casa a

Abundio, al amigo de toda la vida; porque de aquel incidente, como de

ello me convenció mi mujer, solo era responsable la casualidad, el

demonio que anda suelto y hace que se enrede un fleco en un botón,

precisamente en el momento en que a mí se me ocurre volver a mi casa;

porque si yo me quedo con el batallón en el convento, nada. ¿Y cómo

estará mi hijo? ¡Qué adelantos habrá hecho bajo la inspección de

Abundio para quien lo mismo eran griegos y romanos que paja y avena

para mí! ¿Vivirán? ¿Serán infelices? ¿Dónde estarán?»

Y así pensando, y con la boca abierta se fue quedando dulcemente

dormido, cayéndosele la baba de gusto.

Pocos minutos hacía que se hallaba entregado al reposo, cuando un

alboroto promovido en la torada vino a sacarle de su letargo.

--¿Qué será ello? --se preguntó don Serapio levantándose y dirigiéndose

hacia el teatro de la lucha. En esto vio llegar una vaca que

desalentada corría hacia él gritando:

--Señor Manteca, señor Manteca; venga usted pronto, que se matan.

--Pero ¿qué ocurre?

--Un toro que han traído de las dehesas del Norte, donde nadie le podía

domeñar y que, dada la fama de usted, le ponen bajo su vigilancia.

Apenas entró en el prado se empeñó en decirme chicoleos, y como mi

_Caramelo_ es tan celoso, se trabaron de palabras, de las palabras

vinieron a las manos, sus amigos tomaron parte por él, y allí los tiene

usted a todos revueltos sin que zagales ni mansos los puedan hacer

entrar en razón.

Un silbido acompañado de un grito de _Manteca_ lanzado por el mayoral,

le hizo apretar el paso a don Serapio que, sonando el cencerro, se

interpuso entre los combatientes. El intruso era un toro de cinco años

berrendo en negro, bonito de estampa y duro de cabeza; pero en cuanto

don Serapio metió la suya en el corro, allá fue rodando el otro como

tente-tieso de mojiganga.

--¿Conque contigo no ha podido nadie? Pues a ver si yo te enseño a

tratar a las personas decentes.

Y a darle se disponía un nuevo revolcón, cuando el vencido bajando la

voz para no ser oído de nadie le dijo al cabestro:

--Detente, Serapio. ¿No me reconoces?

--¡Abundio! --murmuró este con un ahogado gemido solo perceptible del

catedrático. Y los dos quedaron mirándose silenciosos.

Los demás testigos de la escena fueron a comentar el triunfo de Manteca

diseminados en corrillos por el prado, y cuando los dos estuvieron

solos se hablaron de esta manera:

--¿Tú por aquí, Abundio? ¡Qué alegría! Pero déjame que te mire. Te

encuentro hasta buen mozo. Al pronto no te había reconocido.

--Pues yo a ti, Serapio, al momento. No has cambiado nada; estás lo

mismo.

--Cuéntame qué ha sido de ti. ¿Te has casado? ¿Y mi hijo? ¿Vive? ¿Es

hombre de bien? ¿Estudia mucho?

Aquí el berrendo lanzó un suspiro y, tomando sus precauciones para

no dar a su amigo tan triste noticia de sopetón, fue poco a poco y

con rodeos detallándole las proezas de León hasta el paso de las

banderillas, último detalle de que había podido ser testigo el profesor

de historia. Por supuesto que bien pudo ahorrarse ceremonias, porque

don Serapio en vez de afligirse lanzó una sonora carcajada y pareció

divertirse mucho con el relato.

--¡Qué diablillo! ¡Qué diablillo! --decía sin dejar de reír--. La misma

afición de su madre, que esté en gloria, que se moría por los toreros.

Y en cuanto a lo de asustar a las criadas, vamos, no lo ha robado de

nadie, ¡que yo también cuando chico las daba cada susto! ¡Qué diantre!

Todos hemos sido jóvenes. ¿Verdad, Abundio?

Y diciendo así le daba con el cuerno en el hombro maliciosos golpecitos.

--Serapio, tu grandeza de sentimientos me humilla y me degrada más y

más a tus ojos.

--¿Qué quieres decir con eso?

--Que no obstante mi conducta para contigo, me conservas tu amistad y...

--¿Vas a ponerte de mal humor por una niñería que no vale un pito? Ya

sé yo que en el fondo ninguno de los dos teníais la culpa de aquello.

¡Ea! lo pasado, pasado y abracémonos.

--Pero... --insistía el profesor titubeando.

--Si no me abrazas para probarme que no me guardas rencor por haberte

echado de mi casa, me incomodo.

Y los dos amigos se confundieron en un estrecho abrazo.

--Ahora vente conmigo y te enseñaré una praderita donde hay unos pastos

con los que te vas a chupar los dedos, pero te encargo que delante de

gente no me llames Serapio sino Manteca. Y tú, ¿qué nombre tienes?

--A mí me llaman _Pendenciero_.

--Y lo eres, según me han referido.

--Chico, no es esto revolverme contra lo que ya no tiene remedio; pero

encuentro que mi transmigración no es justa.

--Hombre, no le dan a uno a elegir. Yo tampoco merecía esta suerte;

pero ¿qué hacer? Hay que conformarse. Después de todo, esto no es tan

malo; y si en vez de mostrarte bravucón y gallito haces por aparecer

reflexivo y prudente, llegarás a verte como yo, y ya tienes tu vida

asegurada.

Y departiendo así, los dos amigos recorrieron la dehesa con gran

contentamiento de los pastores, que en aquella unión no veían sino

el ascendiente de Manteca, cuya fama de cabestro número uno quedó

asegurada para siempre.

Y así transcurrió como medio año, hasta que un domingo del mes de

julio...

Pero lo que sigue merece capítulo aparte.

[Ilustración]

[Ilustración]

IV

--¿En dónde estoy? --se decía para sí don Abundio dando vueltas y

más vueltas en un pequeño espacio sin luz alguna cuyos límites medía

con la cabeza y con la cola--. Vamos a ver, recojamos las ideas --se

repetía--. Ayer por la tarde con cinco compañeros más y acompañado

de don Serapio y algunos otros cabestros, me metieron en una jaula

de madera y me empaquetaron en un vagón del ferrocarril; pero las

portezuelas eran tan altas que no pude orientarme en todo el trayecto.

Por la noche, que era oscura como boca de lobo, nos desembarcaron a

todos juntos; custodiados por zagales, vinimos a un corralón en donde

sin pegar los ojos, la hemos pasado tratando inútilmente de explorar el

terreno y haciendo comentarios sobre lo que nos ocurría. Esta mañana,

obligándome a pasar por un corredor con puertas a los lados, una de las

cuales estaba abierta, y con gente por arriba, a quien no he visto, si

bien oía su algazara, han empezado a pincharme y a hacer conmigo tales

cosas, que me metí no sé por dónde y de repente me encontré encerrado

en este cuchitril. Mi primer cuidado fue llamar a gritos a Manteca;

pero en lugar de la suya, fueron las cinco voces de mis camaradas las

que me contestaron contándome que también ellos se hallaban en idéntica

situación. Yo creo sin embargo que esto no ha de durar mucho, porque

mis compañeros han ido saliendo por turno, y al pasar por aquí delante

decían a los que quedábamos: «¡Una puerta abierta! ¡Sálvese el que

pueda!» Y ya no he vuelto a oírlos; lo que me prueba que han logrado

evadirse. Hasta ahora van cuatro, de modo que solo gemimos presos el

_Carabinero_ y yo.

Así discurría Pendenciero cuando de repente encontróse inundado en luz;

la puerta de su mazmorra se había abierto de par en par como movida

por un resorte, e inútil es decir que se echó fuera dando brincos de

alegría y gritando con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Carabinero, Carabinero! ya me han soltado, estoy libre. ¡Viva la

libertad! ¡Viva Riego!

--Acérquese usted por acá --le contestaba el otro-- y ayúdeme usted a

derribar esta maldita puerta a ver si podemos escaparnos juntos.

Y don Abundio por una parte y Carabinero por la de dentro, pusieron a

prueba sus testuces; pero aquello era más duro que pan de limosna. En

esto el liberto sintió un agudo dolor entre las paletillas y notó que

le colgaban unas como cintas escaroladas por el lomo.

--¡Brutos! --exclamó con un prolongado bramido.

--¿Qué es eso?

--Una cerbatana que algún mal intencionado acaba de propinarme. ¡Y cómo

me pica! Carabinero, compóngaselas usted como pueda que yo no aguanto

más. Aquí hay una salida y por ella me escurro. Hasta más ver.

Y colóse en efecto por una como boca de antro que, apenas lo recibió

en su seno, cerróse herméticamente dejándolo tan a oscuras como lo

estuviera hasta entonces.

--Pues, vaya, que esto es salir de Málaga y entrar en Malagón --decía

el pobre don Abundio frotándose contra las paredes tanto para

orientarse como para calmar el escozor de la espaldilla.

Aplicó el oído y percibió en confusa mezcla, aplausos, gritos y música

hacia la parte exterior. Un rayo de luz, que entraba por un agujero en

forma de calabaza, hirió su vista, velada por el dolor y el enojo, y,

colocando su cuerpo de modo que la armadura no le molestase, guiñó un

ojo y aplicó el abierto al de la cerradura.

--¡Horror! --gritó retrocediendo y alcanzando toda la medida de

su situación--. ¡Estoy en una plaza de toros! ¡Soy el quinto; el

predilecto de la corrida!...

Y empezó a revolverse con furia loca, embistiendo a todas partes y

haciendo ariete de su cabeza con que producir brecha y escapar. Pero

fue inútil. Una serie de puyazos dirigidos por una ventanilla que

abrieron en el techo del toril, acabaron de hacerle perder el juicio:

y, cuando al son de los clarines y timbales giró sobre sus goznes la

ferrada puerta, salió a la plaza dispuesto a comerse al que se le

pusiera delante.

Del primer arranque despanzurró a dos jamelgos cuyos jinetes quedaron

sepultados bajo las cabalgaduras.

--¡Caballos! ¡Caballos! --aullaba el público, o sea la fiera de los

tendidos, entusiasmado con aquel prólogo que tan bello porvenir

prometía.

La gente de a pie apenas si tenía tiempo de saltar el olivo.

--El toro de la tarde --decían unos.

--El de la temporada --argumentaban otros.

--Sentarse --gritaban los de arriba, poniéndose de pie como los de

abajo.

Un picador de los de reserva, que quería contraer méritos para asegurar

su contrata, se acercó al ángulo cinco, y echando al aire su sombrero,

--Vaya por ustedes --dijo, y se encaminó sobre su sardina en busca de

don Abundio.

--¡Bravo! ¡bravo! --fue el grito general.

Pero apenas se había puesto en suerte cuando caballo y caballero fueron

rodando por la arena con gran peligro del segundo que, solo dando

vueltas como una perinola, logró escapar de una muerte segura, llevando

dos pisotones en la cabeza, un varetazo en el muslo y un susto en todo

su cuerpo.

--¿Me haría usted el favor de repetir esa suerte, que estaba distraído

y se me ha pasado? --le dijo un chusco; pero como en aquel momento se

apercibiera el público de que, con el _marronazo_, el reserva había

despaldillado al toro, se armó una de silbidos que ni en un teatro en

noche de estreno infeliz.

--¡A la cárcel! --decía la sombra.

--¡Que lo ahorquen! --coreaba el sol, siempre partidario de los

recursos extremos.

Y las botellas y los proyectiles andaban por los aires como murciélagos

perseguidos, mientras los alguaciles agitando sus penachos y luciendo

sus pantorrillas, se llevaban al reserva al palco presidencial e

intimaban a los picadores la orden de salir a los medios.

Restablecida la calma y normalizada la corrida, don Abundio empezó

a experimentar cansancio, y ya le era preciso traer a la memoria su

desesperada suerte para que se decidiera a tomar varas.

Un prolongado punto de clarín despejó de cuadrúpedos el redondel, no

sin que el presidente se llevara una silba por no haber dejado al toro

dar todo su juego, y don Abundio creyó que todo había concluido. Pero

como viese delante a un mozalbete que, con unos palitos en la mano, se

entretenía en dar saltos, ya corriendo hacia delante ya hacia atrás:

--Tú vas a pagar por todos --dijo el berrendo, y fuese a él en

derechura; pero el chulo, dándole un gracioso quiebro como bolero en

_salida_, le dejó clavadas en el morrillo dos banderillas que le

hicieron dar un bote y exclamar:

--¡Pobre don Tranquilino! ¡Qué rato pasaría usted!...

Al segundo par sintió no haberse fingido cobarde como le aconsejó don

Serapio, cuya condición envidiaba; y al tercero se decidió a vender

cara su vida y se _entableró_ pegando la cola a la valla sin que los

capotes de los chicos lograran hacerle _arrancar_.

--Ande usted, que nos ha engañado --gritó una voz femenina desde la

barrera--. Salió usted más valiente que el Cid y se ha quedado usted

más reflexivo que un catedrático de Historia.

Al oír la alusión volvió don Abundio la cabeza y se encontró con una

hermosa muchacha, vestida de manola, apoyada sobre la capa de paseo del

matador puesta a guisa de colgadura en el antepecho.

--¡Sí, señor!, yo se lo digo a usted --proseguía ella--, la moza de

_Pinturita_ que va a mandarle a usted de un volapié a la eternidad, en

cuanto el señor presidente acabe de sonarse y pueda hacer seña con el

pañuelo.

Don Abundio dio un bramido horroroso. ¿Ustedes creen que de

indignación? Nada de eso; es que acababa de reconocer en aquella manola

a la alcarreña su criada. El pobre señor ya no tuvo momento de reposo;

se fue al centro de la plaza y, tomando carrera, saltó el olivo con tal

empuje que a no haber maroma, se cuela en el tendido con ánimo de dar

un abrazo a su antigua maritornes. Tres veces repitió la tentativa, y

solo a duras penas, y después de haberle clavado un rejón en al anca,

se logró que fuera a entablerarse al lado opuesto.

Por fin, tocaron a matar; _Pinturita_ tomó los trastos, y después del

correspondiente brindis, se fue solo a la fiera, paró los pies y se

puso en facha.

Tres pases al natural y dos de pecho forzados llevaba cumplidos el

matador con gran contentamiento del público y absorta extrañeza de

Pendenciero que no le quitaba ojo, cuando, liando el trapo y armándose

para el volapié, echó atrás la cabeza el diestro y dejóle ver al toro

un lunar como una pieza de dos reales que tenía junto a la nuez.

Descubrir don Abundio aquel signo y echarse a correr por la plaza todo

fue uno.

--¡Está huido! --vociferaban todos silbando al toro como pudieran

hacerlo con un actor que no supiera su papel.

Y sin embargo, el pobre cornúpeto llevaba la razón en su fuga; quería

evitar una horrorosa catástrofe. Había reconocido en Pinturita a su

ahijado León.

En vano fue que este cambiara de muleta y apelara a todos los recursos

para traer al toro a jurisdicción; don Abundio, transido de pena,

esquivaba la lucha. Lo que pasó por su pupilo, nadie lo sabe. ¿Temía

el fiasco? ¿Recordaba lo que sobre la metempsicosis le había repetido

tantas veces su tutor y, compulsando fechas, abrigaba algún temor

sobre el caso presente? Lo ignoro; lo cierto es que se puso pálido,

y volviendo a la barrera depositó trapo y estoque y se sentó en el

estribo diciendo que él no podía hacer más.

--¡Perros! ¡perros! --gritó el público; porque se me olvidaba decir

a ustedes que esto pasaba antes de que la media-luna se hubiera

introducido en la lidia.

Y, en efecto, la traílla salió a la arena con gran contentamiento de

don Abundio que, no hallando motivos de consideración para los canes,

los fue despanzurrando por turno después de llevarlos y traerlos como

pelota en trinquete. La única que se le resistía era una perra con cara

de patrona de casa de huéspedes sin principio, que siempre encontraba

modo de escabullírsele entre las patas.

--También llevarás tu merecido --murmuró el catedrático dando un

derrote al aire.

--¿Yo? --le contestó la perra soltando una de esas carcajadas más

insultantes que un bofetón--. ¡Si no ha podido conmigo mi marido! Caro

va usted a pagar el haberme puesto en el caso de ir a acabar mis días

en Toro con Serapio.

--¡Remigia! --pues la mastina no era otra-- argüía Pendenciero falto de

fuerzas para resistir a tanta tribulación. Mira que yo no soy manso, y

si me buscas camorra la encontrarás.

--Calle usted la boca, teniente de papel. Ni a usted ni a todo Jarama

junto temo yo. Y el toro que sea hombre, que salga.

Y daba brincos procurando hincar el diente donde podía; hasta que

convencida de la inutilidad de sus esfuerzos y oyendo al tendido pedir

a voz en cuello que se llevaran al toro al corral, porque la noche se

venía encima, se dirigió resueltamente a donde León estaba, y ladrando

y enseñándole los dientes, le increpó de esta manera:

--Lo mismo que tú, torero de invierno, ¿así vuelves por la honra de tu

familia? ¿Por qué no le diste un golletazo? ¡Si me voy convenciendo de

que eres hijo de tu padre!...

León no entendía; pero no quitaba los ojos de la perra y meditaba.

Por fin soltaron a los cabestros y, en cuanto doña Remigia reconoció

a su marido, se le abalanzó a una oreja diciéndole con transportes de

fingido gozo:

--¡Serapito mío! Esta vez sí que no nos separaremos; yo quiero ir a

donde tu vayas. Mira, aquí tienes a Leoncito que se hará pastor, y

reunidos pasaremos la existencia. Hasta si tú quieres consentiré en que

nos acompañe don Abundio.

Y don Serapio, inmóvil, conmovido y con la cabeza inclinada por el peso

de su esposa, cuyas virtudes admiraba, quiso hablar, pero solo tuvo

fuerzas para decir: _Muuu_...

Todo parecía augurar un feliz desenlace, cuando uno de los pastores,

creyendo por la actitud de Manteca que la perra le martirizaba en

vez de acariciarle, tomando por odio de raza lo que era expansión de

familia, llegó con el garrote enarbolado a donde los cónyuges estaban,

y descargó con él tan tremendo como infortunado golpe sobre la cabeza

de doña Remigia, que esta, dando media vuelta, cayó exánime a los pies

de su marido.

--¡Pobrecita! ¡tan buena! --murmuró Serapio.

Y, dirigiéndose a donde el catedrático estaba:

--La hemos perdido --exclamó--. ¡Valor, amigo!

Y ambos tomaron el camino del toril, lanzando al pasar junto a León una

mirada y un mugido que conmovieron al émulo de Costillares. Pero al

llegar a la puerta, don Abundio dobló las rodillas y, sin proferir una

queja, quedó muerto de repente.

En las reseñas de los periódicos dijeron que le había ocasionado la

muerte la despaldilladura del reserva. ¡Así se escribe la Historia! En

el matadero se vio que tenía el corazón deshecho. Había muerto de un

aneurisma.

Don Serapio siguió llevando el cencerro y acabó por olvidar y ser feliz.

Lo que pasó por León nadie lo sabe; pero es lo cierto que al día

siguiente se cortó la coleta con asombro de sus admiradores; se

volvió misántropo y concluyó por fundar en Madrid la primera sociedad

protectora de los animales.

En cuanto a la alcarreña, continuó sirviendo.

FIN

ÍNDICE

PÁGINAS

EL ANACRONÓPETE 7

Capítulo primero. En el que se prueba que ADELANTE no es la

divisa del progreso. 7

Capítulo II. Una conferencia al alcance de todos. 15

Capítulo III. Teoría del tiempo: cómo se forma: cómo se

descompone. 22

Capítulo IV. En el que se tratan asuntos de familia. 33

Capítulo V. Cupido y Marte. 47

Capítulo VI. El vehículo considerado como escuela de moral. 56

Capítulo VII. ¡Marchen! 64

Capítulo VIII. Efectos retroactivos. 71

Capítulo IX. Reducción gradual del ejército hasta su supresión

definitiva. 82

Capítulo X. En que tiene lugar un incidente que parece

insignificante y es, sin embargo, de mucha importancia. 96

Capítulo XI. Un poco de erudición fastidiosa aunque necesaria. 105

Capítulo XII. Cuarenta y ocho horas en el Celeste Imperio. 114

Capítulo XIII. La Europa del siglo XIX ante la China del

siglo III. 125

Capítulo XIV. Un huésped inesperado. 135

Capítulo XV. La resurrección de los muertos antes del Juicio

final. 144

Capítulo XVI. En que todo se explica complicándose todo. 155

Capítulo XVII. Panem et circenses. 167

Capítulo XVIII. «Sic transit gloria mundi» 186

Capítulo XIX. Los náufragos del aire. 197

Capítulo XX. El mejor, no porque sea el más bueno, sino por

ser el último. 207

VIAJE A CHINA -- Cartas al director de «Las Provincias» 219

Macao, 26 de septiembre de 1878. 221

Macao, 8 de octubre de 1878. 227

Macao, 14 de marzo de 1879. 240

Macao, 19 de abril de 1879. 256

Macao, 30 de abril de 1879. 269

Macao, 18 de noviembre de 1879. 283

Macao, 26 de marzo de 1880. 293

Macao, 30 de enero de 1881. 305

Fiestas de Hon-Kung en Macao. Macao, 26 de septiembre de 1881. 316

Los chinos dentro de casa. Macao, 10 de marzo de 1882. 324

Cantón I. Macao, 8 de diciembre de 1882. 335

Cantón II. 342

Cantón III. 349

Cantón IV. 356

LA METEMPISCOSIS 363

I. 365

II. 371

III. 379

IV. 386

ÍNDICE 395

[Ilustración]

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 24 / 24 段