Cantón es para los chinos lo que París para los europeos; la ciudad

de los placeres, del lujo, de la industria, de la actividad y de la

riqueza. Pekín, con ser la capital del Imperio, no tiene para los

celestiales otro aliciente que el de la vida pública con su balumba

oficial.

Nacer en _Suchau_, que produce los hombres más hermosos; vivir en

Cantón, paraíso de los bienes terrenales, y morir en _Lauchan_, donde

se fabrican las mejores cajas de muerto, son los tres dones más

preciados que la naturaleza puede hacer a un hijo de Confucio.

Las noventa y tantas millas que separan al emporio chino de la colonia

de Hong-Kong, y de las cuales más de dos tercios son de navegación

fluvial, se recorren en unas siete horas en vapores de río, sistema

americano, pertenecientes a compañías, ya indígenas, ya inglesas, con

servicio cuotidiano de día y de noche.

Ni Cunard, ni las Mensajerías, ni la Mala del Pacífico, ni la

Trasatlántica, ni la Trinacria pueden compararse en lujo y comodidad

con algunos de los buques de esta empresa británica. Construidos para

cortas travesías, sin riesgo de ninguna especie (pues al menor indicio

de tifón dejan de circular), estos _steamers_ tienen en el centro de

la cubierta la cámara; vasto y elegante salón ventilado en verano por

multitud de ventanas que permiten al viajero admirar las riberas sin

moverse de su sitio, y abrigado en invierno por caloríferos y estufas.

Los camarotes son verdaderos gabinetes, con camas en vez de literas,

lámparas suspendidas e inmensos tocadores de mármol provistos de

irreprochables artículos de limpieza. El pasaje no cuesta más que

tres duros, y uno y medio cada comida, que en cantidad satisfaría

la intemperancia de Lúculo, y en calidad merecería el aplauso de

Brillat-Savarin; se la rocía con Burdeos, Jerez, Porter y Pale-ale, sin

contar los licores que precipitan el Moka, y añadiendo un desayuno a

elección en los viajes de noche.

Viajar por agua sin columpiarse, es el bello ideal de la locomoción:

metido, pues, en un palacio que se desliza, avanza uno con vertiginosa

rapidez embelleciendo con la feliz disposición del ánimo los detalles

que le salen al encuentro. Para Boca Tigris, fortificación que defiende

la entrada del río, es la primera sonrisa del excursionista, que en

cada montón de tierra que saca la cabeza del agua, reconoce siempre a

un simpático amigo. Renuncio a juzgar si este mamelón está bien o mal

artillado, porque en punto a cañones, yo no he tenido trato más que

con los de las plumas cuando se estilaban de ave. Lo único que sé,

es que los chinos lo miran como un Gibraltar, y los europeos se ríen

de él. Sumando, pues, ambos términos, y tomando la proporción media,

deduzco que con unas leccioncitas de los oficiales del ramo ingleses y

buena pólvora de Albión, el ruido y las nueces andarían equilibrados.

Remontando aquellas riberas amenizadas con las típicas torres de cinco,

seis o siete pisos, terminados por tejadillos en forma de araña y

alfombradas de diversas plantaciones, llégase a Wampoa, avanzada de

Cantón, donde ya nos interceptan el paso los innumerables botes de

la población flotante, condenada a vivir y morir en sus esquifes, y

cuyo número excede a toda ponderación. Los ingleses llaman a estas

embarcaciones _Slipper-boat_ (barco zapatilla) por la forma que afectan

con su puntiaguda proa y sus toldos agalerados de bambú: el efecto real

es el de un cerdo nadando. Al verlos hacinados a miles bajo los puentes

de Cantón y en los puntos más resguardados del río, se le ocurre a uno

preguntar si la ciudad está abandonada, pues no parece sino que se ha

trasladado a bordo el millón y medio de sus habitantes.

Por fin se atraca: estamos en el emporio chino. Cerremos los ojos ante

aquella especie de muladar que constituye el carácter distintivo de

los barrios celestiales, y apretemos el paso para hacer entrar a los

sentidos en puertos de salvación. Después nos encenagaremos.

Antes de rebasar la línea, nos sorprende un edificio severo y

majestuoso con cara de persona decente y acomodada. Es el _Custom

house_ o aduana inglesa. Sabido es que cuando la poderosa Albión

terminó a cañonazos sus diferencias con el imperio del Medio, intervino

las aduanas, como garantía del pago de la indemnización de guerra.

Saldada que fue la operación, observó el gobierno chino que los

rendimientos durante la gestión administrativa de sus apaleadores,

habían sido mucho más pingües que en manos de sus funcionarios

nacionales; y rogó a aquellos que continuasen en su tarea por cuenta

del Estado en lo que se refiriera a importación o exportación en buques

extranjeros. Desde entonces radica en Pekín un inteligentísimo Director

general, retribuido con un elevado tanto por ciento sobre el total de

la recaudación, a cuyo cargo, elección y coste, están los funcionarios

de las diferentes agencias fiscales del imperio. Sujetos a un escalafón

riguroso y a reglamentos fijos, exígeseles a estos empleados el

conocimiento perfecto del inglés, e ingresan en el cuerpo, después de

unos meses de prueba, con un haber mínimo de ciento veinte pesos al

mes y casa en común o independiente si son casados. Simultaneando con

el ejercicio de sus funciones, aprenden la lengua mandarina y obtienen

sus ascensos a medida de su aplicación, hasta llegar a jefes de

departamento con diez, doce y creo que hasta catorce mil duros anuales,

y habitación, criados, convites oficiales y otros gastos satisfechos.

El personal se compone de ingleses, americanos, españoles, franceses,

italianos; de todas las nacionalidades en fin. De ese modo el día que

el gobierno chino quisiera prescindir de la administración inglesa,

habría una reclamación universal de intereses lastimados, y tendría que

someterse a la dura ley de la fuerza. Esto es entenderlo y saber hacer

duraderas las cosas. Lo mismo nos pasa a nosotros.

No nos entristezcamos y pasemos adelante.

Atravesando el puente de los señores, pues el otro que lo separa de

la población china está destinado a la servidumbre, nos encontramos

en _Shameen_; islote no más grande que una manta de cama pequeña de

matrimonio, cuyo terreno constituye la concesión o morada europea.

Habitado por el cuerpo consular, los funcionarios de la aduana y los

agentes de las casas de comercio extranjeras, _Shameen_ encierra en

junto treinta familias. Cada casa es un pequeño hotel con su galería

abierta sobre la fachada, respirando alegría, riqueza y buen gusto. El

arroyo es de césped y las calles andenes de jardín. Hay una capilla

protestante y hasta gente que se pasea a caballo y al trote. ¡Qué

temeridad! Pero no vayan ustedes a figurarse que aquí se detienen las

maravillas del pequeño Lilliput: es todo un Estado bajo la base del

comunismo. Un cónsul es administrador de correos con la responsabilidad

y formalidades de un funcionario público. Todos los habitantes, excepto

las señoras (que me parece que son nones y no llegan a tres), están

obligados a prestar servicio como bomberos. El de las armas es gratuito

y obligatorio: al menor asomo de revuelta por parte de los chinos, como

aconteció hace dos o tres años, cada cual empuña el útil de guerra

de que dispone, organízanse guardias y retenes, los vapores de la

línea aprontan sus calderas; y, como fuera vano empeño resistir, al

primer tiro de alarma, todo el mundo a bordo: el ejército de tierra se

convierte en fuerzas de mar.

Sobre ser tan pequeña la isla, aún queda espacio para un elegante paseo

sobre el malecón; desde el cual, dirigiendo la vista del lado de la

tierra, apercíbense hombres que se agitan en diversas direcciones,

pelotas que describen giros parabólicos y raquetas que muy a menudo

resignan sus poderes en la cara de su dueño. Son praderas públicas,

trinquetes a la inglesa, _sport_ verdadero, donde los moradores

entretienen sus ocios con el ejercicio gímnico del _cricket_. Teniendo

ya _lawn-tennis_, no pierdo la esperanza de asistir a un _handicap_ en

el futuro hipódromo de Shameen.

¿Me preguntan ustedes qué ruido de billar es el que sale por las

ventanas de ese magnífico edificio? Pues qué quieren ustedes que sea

sino el del billar del club inglés; donde además de todos los juegos

lícitos y de todas las bebidas y reconfortantes gástricos apetecibles,

encontrarán ustedes una magnífica biblioteca, de cuyas obras se puede

disponer a domicilio, y habitación dispuesta para que pernocte el socio

transeúnte. Esto sin contar los periódicos y el papel gratis para la

correspondencia.

Pero no nos detengamos aquí, que mejor que el club inglés es el alemán,

en el que, amén de las mismas comodidades y atractivos, existe un

teatro, un verdadero teatro común de dos; pues en él los pobladores de

Shameen hacen de hombres y mujeres; de actores y público; de empresario

y abono.

¿Quieren ustedes más? Pues como no nos metamos en un _houseboat_

(bote-casa), con su dormitorio, cocina y demás menesteres, para

entrarnos río adentro y pasar ocho días consagrados a la pesca o a la

caza en domicilio flotante propio, de que nadie carece, la isla ya no

da más de sí.

Ahora repasemos el puente; hagamos irrupción en la ciudad china y

digamos como en los libretos de las comedias de magia: Mutación.

Así como el comedor de la casa de aquel chusco era tan bajo de techo

que no podía comerse en él más que lenguados, así las calles de Cantón

son tan estrechas que no hay mortal que entre en su recinto si no es

con calzador. Extendiendo los brazos, y hablo en serio, se tocan ambas

paredes; y en todas las esquinas hay una tienda con una puerta en cada

lado del ángulo, a fin de que, al cruzarse dos palanquines, mientras el

uno sigue por el arroyo, el otro tome por el almacén y no se interrumpa

la circulación. De trecho en trecho un enorme portón se atraviesa en el

camino para limitar un barrio; abierto al tránsito de día, ciérrase al

ponerse el sol, y nadie pasa sin permiso del portero, lo que permite no

solo localizar cualquier motín en un momento dado, sino saber quién

trasnocha y por qué motivo.

El que haya visto una población china las conoce todas; su construcción

es idéntica. Casas hechas con un ladrillo gris azulado, sin más presión

que la de los pies del obrero, y que no enlucen jamás ni en paredes ni

en tabiques: vigas al aire; en el interior una zahurda; en la fachada

una puerta con una ventana encima. Escalas de mano para el acceso: dos

o tres industriales viviendo en comunidad, y toda clase de animales

domésticos, desde el guarro hasta la chinche, compartiendo el hogar con

los moradores racionales. El chino rico solo se diferencia del pobre en

tener casa más grande y poseer más dinero.

Pekín es la única ciudad que reviste otro carácter. Sus calles anchas

tienen en el centro a modo de un terraplén formado por la basura, que

arrojan los vecinos y que el sol se encarga de secar y corromper.

Sobre esta alfombra transita la gente, ya a caballo ya en carretas, en

las que no cabe más que un individuo sentado en el fondo de la caja;

porque asientos, Dios nos los dé. El polvo es asfixiante y fétido;

pero la _municipalidad_ ya lo tiene previsto todo: ha colocado de

distancia en distancia unos recipientes de barro que hacen el oficio

de columnas mingitorias; y a determinadas horas del día la escuadra de

la limpieza, provista de sendos cazos, riega la vía con aquel precioso

licor. No hablemos más de Pekín; en primer lugar porque no lo conozco

y me alegro; y en segundo, porque mis lectores han de participar de mi

alegría.

[Ilustración]

CANTÓN

II

Ya estamos dentro de Cantón; ya estamos en medio de esta red de

estrechas callejas, llenas en toda su extensión de tiendas y

tiendecillas.

¿En dónde están los que consumen? se pregunta uno al ver aquella

profusión de abastecedores. Porque en efecto, no hay una sola casa que

no sea una tienda, a excepción del barrio tártaro, erigido en una zona

especial, cuyos moradores, de más bizarro continente que los chinos,

y soldados por derecho de raza (pues pertenecen a la nacionalidad de

la dinastía _manchú_ reinante) tienen viviendas de un solo piso,

jalbegadas por el exterior, y si mucho menos aseadas, parecidas a

las de algunas aldeas pobres españolas. El fenómeno se explica con

recordar que Cantón es a Asia lo que París a Europa. Los cuatrocientos

millones de habitantes del Celeste imperio se surten en él, no solo de

los artículos de lujo, sino de los de boca de primera necesidad que,

salados y secos, transportan a los últimos confines en millares de

_lorchas_ o juncos de su temeraria cuanto rutinariamente diestra marina

mercante.

Dicho sea en honor de la verdad, hay algunos establecimientos que

seducen, no por la suntuosidad de los edificios, que en poco o en

nada difieren de los otros, sino por la riqueza de los objetos que en

ellos se expenden. Los bordados de seda, las lacas, las porcelanas,

los tejidos, las incrustaciones de nácar sobre madera, peculiares

del Tonkín, las sillerías de tamarindo (el ébano local), las tallas

perfeccionadas de Ning-po con aplicaciones de marfil, las filigranas

de plata y oro, y las antigüedades, fascinan por su valor intrínseco y

por la novedad que producen a nuestros ojos; pero carecen de aquella

variedad infinita, del gusto ejemplar de la industria europea, y

sobre todo de su perfección irreprochable. Aquí no hay nada bien

concluido, y las más preciadas joyas concluyen por hastiar a fuerza

de monotonía. Se fabrica sobre un tipo y solo varía la materia. El

arte, como la existencia del chino, está sujeto a patrón. Así es que

cuando se han aprendido ya de memoria las dos docenas de moldes en que

se vacía su inteligencia industrial, los bazares suntuarios con sus

preciosidades gemelas (o por lo menos con su aire incontestable de

familia) y sus enormes muestras de planchas de charol con caracteres

de oro que, pendientes del arquitrabe y rasando el suelo en sentido

vertical, dan a la calle el aspecto de una columnata, quedan eclipsados

por la asombrosa multiplicidad y el inagotable surtido de abacerías,

bodegones, ropavejeros, confeccionadores de toscos objetos de papel

para conmemoración de los difuntos, y tantos y tan repugnantes

comercios bajos que, ora detienen la marcha del transeúnte con un buey

o un cerdo abierto en canal junto a la carcomida tabla anunciadora:

ya le salpican el rostro con la sangre del pescado que cortan a

rebanadas; o provocan sus náuseas, en fin, con la exhibición de

verduras en salmuera, salazones de especies desconocidas, gusanos

de seda sacados de las perolas de las fábricas de filatura para ser

comidos con arroz, hierro enmohecido, festines de animales al aire

libre, dentistas ambulantes revestidos de rosarios de muelas, barberos

que sacuden sus navajas sobre los circunstantes, hombres desnudos

que, con sus amarillentas manos provistas de largas y negras uñas,

sacan de las vasijas los manjares que aquel pueblo famélico devora con

avidez; ciegos en filas de seis y ocho tocando campanillas para no ser

atropellados por la muchedumbre, mendigos con úlceras y escrófulas

que solo se creen viéndolas, truhanes, agoreros, jugadores de dados y

fumadores de opio. Este es el Cantón típico: miseria, basura, abyección.

Apenas anochece cesa el ruido; las puertas se cierran herméticamente.

En las primeras horas arden unas candelillas, que cada familia enciende

a sus dioses penates en hornacinas abiertas sobre el umbral. Cuando

se apagan, todo queda en tinieblas. Entonces aparecen las rondas

nocturnas, armadas de lanzones retorcidos, partesanas, escudos de

mimbre, y precedidos de un _gong_ o campana china, en el que dan sendos

porrazos; con lo que consiguen dos objetos: despertar al que duerme y

prevenir a los ladrones para que burlen su vigilancia.

Una buena costumbre, que debe ser imitada en ciertos países donde

la policía deja mucho que desear, es la de hacer responsables a los

inquilinos con tienda abierta de los desórdenes que pueden ocurrir en

la calle delante de su casa. De ese modo el temor de una multa, hace

que en cuanto en el arroyo se origina una disputa, salga el tendero

provisto de un garrote o de cualquier otro argumento de persuasión,

y se lleve a los contendientes a la zona de su vecino, quien a su

vez repite la operación, y así sucesivamente hasta dar con la fuerza

pública, que termina en la cárcel la partida de tente-tieso.

Las pagodas, aunque en la parte consagrada al culto difieren poco entre

sí, tienen notables diferencias de aspecto como edificios. Cuéntanse a

centenares, por lo que no nos detendremos mas que en las que ofrezcan

alguna particularidad. La de los Quinientos ídolos es sencillamente

un museo de escultura encargado de perpetuar, en toscas figurillas

de madera dorada de medio tamaño natural, la memoria de los que se

han distinguido por cualquier concepto. Un padre que tuvo muchos

hijos, un hombre que alcanzó una gordura fenomenal (signo de favor

celeste), un individuo virtuoso, un general valiente, están seguros de

inmortalizarse en aquel _totum revolutum_ de santos, héroes y monstruos

de feria. No hablemos del mérito artístico de las estatuas. Hay allí

(y por cierto que es circunstancia singular) una reproducción del gran

viajero del siglo XIII, del veneciano Marco Polo, con una chaquetilla

de trajinero de la Mancha y un hongo pavero, que pedir más fuera

gollería.

La de la Campana es solo notable por el gigantesco tamaño de la que

pende de una oscura y medio derruida linterna. Todos estos templos

poseen la suya además del _gong_ y del bombo con parche de piel de

vaca sin curtir; pues, según la tradición, los primitivos bonzos eran

criminales condenados al aislamiento; y debían anunciar, con una

campanada repetida cada quince minutos, que no habían apelado a la fuga.

La Torre de porcelana, mal comprendida entre las pagodas, es uno

de esos polígonos de varios cuerpos que figuran en todas las telas

de abanicos y cuyas tejas barnizadas relucen al sol con varios

cambiantes. Sus relieves de buen gusto y su elegante forma la

conquistan un primer lugar entre los monumentos de su especie.

La Pagoda de los Cerdos, así llamada por una pocilga en la que pasan

feliz existencia cinco o seis ejemplares sagrados de ellos, que se

renuevan anualmente, encierra un culto simbólico; pues parece ser

que, según la metempsicosis, el hombre que transmigra a aquel animal

inmundo es de los menos pecaminosos; y tiene la seguridad de recobrar

pronto su condición primitiva, visto que la vida del marrano no excede

por lo común de doce meses. Constituye, en una palabra, una dosis de

purgatorio a su manera, tanto más pronto redimido cuanto menos tardan

en desarrollarse las mantecas del pecador.

La de los Cinco pisos, desmantelada, no sirve ya mas que de mirador, en

gracia de su altura, y fue cuartel general del ejército de ocupación.

El ritual del culto de Buda, cuya religión tiene tantos puntos

de contacto con el cristianismo, se parece bastante al ceremonial

católico. El oficiante junta las manos sobre el pecho, como nuestros

sacerdotes, con ligeras alteraciones en la colocación de los dedos; y

hasta en sus cantos hay inflexiones que diríanse copiadas de nuestra

liturgia.

Jamás olvidaré la impresión que me produjo un servicio fúnebre a que

asistí en Macao con motivo del entierro más suntuoso que registran los

fastos chinos. Invirtiéronse en él cerca de cuarenta mil duros; pues

en los cien días que se conservó el cadáver en la casa y que, según el

budismo, es el tiempo que el alma anda errante hasta ocupar su puesto

en la región de los espíritus, cuantos parientes, deudos y amigos

acudieron a rendir el último tributo al finado, fueron mantenidos,

incluso de opio, a expensas del hijo primogénito. Sin detenerme a

describir las maravillas de ornamentación de la casa mortuoria,

atestada de muebles excepcionales, de plantas en cuya cultura habían

intervenido tres o cuatro generaciones para ir conduciendo los tallos

hasta formar con las robustas ramas caracteres, figuras y símbolos;

de objetos de papel para quemar ante la tumba que se confundían con

el marfil, el bronce y el cristal; omitiendo la narración de los tres

meses de ceremonias religiosas, en las que tomaron parte sesenta bonzos

y dos obispos o jefes de comunidad, referiré a la ligera la que tuvo

efecto la víspera de la inhumación. Una pagoda, aislada de la capilla

ardiente, ocupaba dos habitaciones contiguas. En la interior y bajo

unos arcos de ramaje de una transparencia cristalina, profusamente

iluminados, doce bonzos y un superior vestidos de seda y oro y apoyados

en una fauna simbólica, se mantenían en éxtasis. ¡Qué inmovilidad en

aquellas difíciles posiciones! ¡Qué inercia y qué absorción en aquella

actitud contemplativa! Era preciso detenerse media hora ante aquellas

estatuas animadas, para sorprender una ligera oscilación que acusase

un soplo de vida en su marmórea rigidez. Así se mantuvieron desde las

seis de la tarde hasta la una de la madrugada. En la pieza vecina,

atestada de relicarios gigantescos de filigrana, revestida de paños

bordados, en que el oro entraba por arrobas, e iluminada profusamente,

veíanse unas mesas dispuestas en trapecio, como en los festines de las

óperas. Ocupaban las de los lados los bonzos de orden menor, cubiertos

de unas hopalandas oscuras y ceñidos de unas fajas y bandas de diversos

colores, según la comunidad a que pertenecían. En las tres del fondo

estaban los oficiantes. Sobre estos y en un trono de nubes pendiente

del techo, yacía recostado un obispo en el mismo arrobamiento que sus

otros compañeros de reposo; si bien acompañado de dos harapientos

culis, que con sendos abanicos, le refrescaban la atmósfera deletérea

de aquella elevación en que se acumulaban las emanaciones del aceite

de las luminarias y la respiración, a menudo ruidosa, de sus colegas

y del auditorio celeste. Otros mancebos, con más o menos mugre,

distribuían té a los religiosos. Preces, invocaciones, purificación de

la morada por el fuego y mucho golpe de gong acompañado de dulzaina,

formaron la parte esencial de la ceremonia. Por fin, el oficiante

principal se puso en pie detrás de su mesa; y en medio de un silencio

sepulcral, levantó los ojos al cielo, blandió dos campanillas y se puso

a comunicar con el muerto.

Después del _Dies iræ_ del catolicismo, no conozco nada más sublime

que ese coloquio de la religión con el pecador. Ni una voz, ni un

canto, ni una palabra; pero ¡cuánto arte en las vibraciones del timbre

que, ora simulan el terror del alma puesta al borde del abismo de

las penas eternas; ora traducen la satisfacción y la gratitud del

espíritu arrancado de repente a la condenación, por las plegarias

de los vivos; o bien, por último, evaporándose en una imperceptible

noción del sonido, acusan el alejamiento del hálito vital por las

regiones etéreas, para volar a fundirse en Dios, principio y germen

de todo lo creado, de quien era partícula y a cuyo todo se restituye!

Es un pasmo de ejecución y un torrente de sentimiento. Por desgracia,

pronto descubren la oreja; pues el difunto, para quien aquel día suele

ser siempre nefasto, responde que su alma está sufriendo crueles

torturas, que no cesarán hasta que doten con una fuente en que naden

peces de colores a tal convento, o hagan a cual otro los donativos

que sus riquezas le permitan; de modo que el estómago se apodera

de la sublimidad de la concepción, y toda la grandeza del espíritu

se desvanece entre la gente bonza, ante una solución gástrica de

refectorio.

Cerremos esta crónica religiosa con cuatro palabras sobre la Catedral

erigida en el centro del barrio tártaro. De orden gótico, está tallada

en duro granito y recuerda la de Amiens. Carece aún de pavimento, de

ornamentación, de altares y de objetos de culto, y van invertidos en

ella ocho millones de francos, producto de donaciones y limosnas. Su

diócesis alcanzará a veinte personas; sin embargo, al verla ostentar

su inmensa nave en medio de millón y medio de gentiles, diríase que ha

sido construida en la previsión de que pueda servir para millón y medio

de católicos. Todo es de esperar de nuestras intrépidas misiones.

CANTÓN

III

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 21 / 24 段