La calle termina por un inmenso altar a cada lado, defendido por

dos gigantes de cartón; cuya cabeza, como los telamones del orden

atlántico, sostiene el piso. En el pebetero que hay delante arde todo

un tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana de algunos

metros de tamaño, cajas y linternas de orfebrería, monstruos y quimeras

de metal, apoyados en el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas

de paños bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras piedras

preciosas; todo está allí hacinado, como si la mano de un Pluto

invisible hubiera removido las entrañas del universo para hacer ante la

humanidad el inventario de su riqueza.

Hablemos ya de la procesión. Esta en algunos casos suele ir por dentro;

pero en el presente va por todas partes, porque es de rigor que pase

por la casa de cuantos a ella han contribuido. No se extrañará por

lo tanto que el desfile, que dura más de dos horas a paso de marcha,

con raras detenciones de un minuto a lo más, empiece a las ocho de la

mañana, termine a las seis de la tarde y tenga que reanudarse durante

tres días consecutivos.

Relatar todo lo que va en ella y por su turno correspondiente, es tarea

superior a mi asendereada memoria. El oro, la seda y los adornos que

hemos visto en el bazar, constituyen su base. Pero asusta pensar que el

traje más modesto de la comitiva no baja de doscientos pesos de valor,

que pasan de tres mil los asistentes, y que no hay medio de contar las

banderas monumentales de raso recamado de oro, los estandartes de sedas

flojas, los parasoles de plumas de pavo real, los bronces suntuarios,

vasos de jade, mármoles sanguinolentos, maderas preciosas y tanto y tan

infinito detalle de un exagerado precio, ya por su rareza como por su

antigüedad o mérito artístico.

Aunque variados hasta la saciedad, he aquí el patrón de los dos

figurines, que dan la norma en esta especial indumentaria.

Las congregaciones de chinos ricos llevan el tradicional zapato de

galera bordado; media blanca con polainas de cintas de seda de colores

hasta la rodilla; calzón de satín blanco; blusa de _lo_, color de

plomo claro; faja de gró muy ancha que forma como un delantal, y cuyos

cabos bordados en seda y oro de relieves valen un dineral: cordón de

torzal grana en la coleta y esta enroscada sobre la frente; un sombrero

tártaro de paja, igual a los paveros de España, forrado de gró, y con

caracteres y adornos de terciopelo y oro en la copa; y el inseparable

abanico de plumas de cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que

les da el aspecto de una cola de palomo.

Todos llevan su correspondiente _culi_ o criado portador del banquillo

para reposarse en las paradas.

El otro traje yo no lo sé explicar. Se compone de una túnica y

una sobretúnica bordadas; mejor diré, empedradas de oro y plata,

comparables tan solo, aunque más ricas, a los vestidos de luces de

nuestros toreros. Los sombreros, ya representando un enorme tulipán con

franjas de seda, ya un capacete o casco con aletas y plumas de faisán,

son de lo mismo, y el efecto general es el de un ejército de astros.

Con ellos alternan los mandarines modernos en traje de gala, con

vestas y capacetes de seda del mismo color en cada individuo, y mil

reproducciones del iris entre todos; los bonzos, de cabeza rasa, y los

ejecutores de la justicia (séquito de los grandes personajes), con sus

hopalandas negras, uno como cencerro de mimbre oscuro en la cabeza, y

portador cada cual de un instrumento de suplicio.

A las banderas, grandes como las de los gremios valencianos, suceden

niños a caballo en traje de emperadores de la dinastía de los _Ming_.

Detalle curioso; entre las cabalgaduras figuraba un pollino, especie

rarísima en estas regiones. A aquellos siguen timbaleros redoblando

sus tamboretes de metal (porque aquí se puede repicar y andar en la

procesión); andas con objetos raros, perfumes, pagodillas, músicas,

angarillas con comestibles y bebidas para los que tengan necesidad

de reconfortar sus fuerzas; armarios con trajes para reponer los

desperfectos, cuadros de talla, lemas, parasoles de flores naturales,

y multitud de centenares de representaciones humanas, simbolizando

pasajes de su teogonía, cuya explicación no es de este lugar, pero cuyo

efecto sorprendente no puedo dejar de transmitir.

Imagínense los lectores un pescador y una tancalera colocados de pie

sobre un torniquete giratorio; él echa las redes, ella rema; ambos dan

vueltas como la tablilla de un barquillero, y ninguno se cae ni oscila,

a pesar de ser párvulos como todos los actores de esta especie de autos

religiosos.

Otra de las andas es una mujer que se abanica mientras que un

mandarinete se sostiene en equilibrio sobre el país del abanico.

Ya un anciano tao-tsé ve brotar un guerrero de su dedo índice, ya una

virgen se posa sobre la cabeza de una paloma viva, ora dos héroes

cruzan sus partesanas y sostienen terrible lucha en el aire, o un

Buda en fin apoya un pie en los pétalos de un lotho mientras en

su infantil mano se yergue su elegido, que vuela a la región de los

espíritus descartado de su envoltura material. No se ve ni un alambre,

ni el menor asomo de mecanismo: aquello asombra.

Precedido de un lujoso acompañamiento y al son de atambores (algunos

del tamaño y configuración de una pipa de cien arrobas sobre la que

pegan a quien más puede dos robustos mancebos), aparece el dragón

cornúpeto; monstruo de cartón con escamas de oro y marabus en las

articulaciones, con cincuenta metros de longitud, tres mil duros de

coste, y admirable obra de atrezista cantonés. Es llevado por treinta

hombres, que ejecutan con él variadas evoluciones, y el público le

saluda con cohetes y petardos, que se confunden con los acordes de la

música que graciosamente y en honor del pueblo chino, ha dispuesto el

señor gobernador de la colonia que toque a su paso por delante del

palacio. El reptil, en cambio, recorre todo el vestíbulo, pues sabido

es que donde mete la cabeza el tal animal sagrado, entra la felicidad.

Cierra la marcha la guardia de honor, ostentando armas blancas de una

rareza que casi frisa en extravagante. Lanzones, partesanas, pinchos,

medias lunas, harpones, horquillas, machetillos y adargas de mimbres

son los objetos más salientes de aquella hoy ya inocente armería.

Y aquí da fin este desaliñado relato hecho a vuela pluma, para que no

pierda su sello de oportunidad.

[Ilustración]

[Ilustración]

Los chinos dentro de casa.

Visita a una familia rica. -- La habitación. -- El mobiliario. -- El

banquete. -- Elaboración del té. -- Uso del opio.

Macao, 10 de marzo de 1882.

Mi querido amigo: El tiempo y el comercio se han encargado de destruir

la preocupación con que los celestiales miraban a los europeos. Hoy

encuentran que sus _dollars_ son excelente lazo de unión, y gracias a

las transacciones mercantiles, las puertas de la casa china no están

ya cerradas al _diablo blanco_, mote de todo occidental. El gineceo

continúa siendo inaccesible; pues sabido es que las hijas de Eva no

son aquí visitadas sino por los parientes íntimos, ni salen a la

calle más que para llenar deberes de cortesía, y aun eso en palanquín

cerrado y con previo anuncio. Ello no obstante, como satisfacción de

una curiosidad y con alguna influencia, consigue uno ingerirse hasta

el santuario de las mujeres, acompañado, como es natural, del gallo del

gallinero. Mi mujer y yo hemos tenido la dicha de ser recibidos por la

familia de un miembro de la alta banca, y creo que será grato conocer

mis impresiones sobre el particular.

Como en China el ir a ver a una señora no es aquello de «me voy a

pasar un ratito con fulana,» como sucede en nuestros países, sino que

el acto, sobre poco frecuente, reviste el carácter de una solemnidad,

es preciso tomar día, pedir audiencia como si dijéramos, y acompañar

la solicitud con un regalito de tanta más monta, cuanto mayor es la

categoría del visitante.

* * * * *

Las viviendas ya tengo dicho que están a cubierto de la curiosidad

pública; así es que tienes que atravesar uno o más patios para

encontrar la puerta de la casa, donde el dueño te está esperando, y en

la que te recibe con las cortesías propias de su ceremonial. Consisten

estas en juntar las manos sobre el pecho, como el oficiante católico

al dirigirse al ara, pero con los puños cerrados, que agita repetidas

veces al mismo tiempo que inclina la cabeza. Apenas transpuesto el

umbral, se tropieza con un gran biombo o mampara, último tapujo del

interior, en que alineadas y puestas sobre pies derechos, se destacan

unas planchas (a veces quince o veinte) pintadas de encarnado y con

letras de oro acusando el nombre, títulos, cargo y dignidades del

morador.

El zaguán, que en algunas partes es un patio cubierto alrededor con

su _impluvium_ en el centro, a la pompeyana, constituye el estrado

del marido. Allí me recibió el banquero, mientras su primera esposa,

acompañada de una hermanita suya, de sus hijas, y de su servidumbre

(entre la que hay que colocar a las concubinas de su esposo),

apareciendo en lo alto de una escalera, se llevó a mi mujer y a la del

señor que me servía de intérprete, a las habitaciones superiores.

La disposición del mobiliario es igual en todas partes. Las sillas,

grandes sitiales de tamarindo, de la forma de nuestros sillones de

baqueta, pesados como el plomo y negros como el ébano, tienen el

asiento y el respaldo de piedra cuyas vetas --simulando montañas y

paisajes-- les dan un valor fabuloso. Cuando el personaje es muy rico,

los muebles están cubiertos de paños color de grana, con bordados de

oro y sedas. Arrimados a la pared, de la que nunca se separan, a cada

dos sillones sucede una mesita alta, estrecha y con tres estantes, que

sirve de pedestal a un jarrón de flores, y de apoyo al té y los dulces

con que el que visita es obsequiado apenas llega. Frutas escarchadas,

entre las que figuraban guisantes en su vaina, cigarros y otras

golosinas, nos fueron ofrecidos en una bandeja circular con radios que

constituían otros tantos casilicios. Mi anfitrión se entretuvo mientras

hablaba en roer unas pepitas secas de sandía, con cuyos desperdicios,

expelidos ruidosamente de la boca, ensució mi Hou-lon, rico _cha_, como

aquí se llama al té, presentado en tazas sin asas, provistas de una

cobertera que uno entreabre para beber con la misma mano con que la

sostiene, y cuyo objeto es impedir el sorber las hojas que flotan en el

líquido.

El chino no usa el agua como bebida; el consumo, por lo tanto, de

_cha_, es incalculable; no le ponen jamás azúcar, ni emplean más que el

negro. Su precio varía, desde diez reales hasta treinta y dos duros la

libra. Este es el mandarín, que se vende en manojitos de la cantidad de

cada toma, atados con cintas de colores.

* * * * *

Allá va una sucinta reseña sobre la elaboración del té. Recibido en

las fábricas, todavía fresco, se escogen sus infinitas variedades;

sométesele a la acción del fuego en unas colosales cacerolas, como las

perolas de hilar la seda, y agitándolo constantemente, espérase a que

las hojas queden contraídas por la torrefacción. El que posee aroma

propio no sufre nuevas operaciones; al inodoro se le perfuma después

con unas fumigaciones de azahar, de jazmín y otras olorosas flores,

y encerrado en cajas de plomo, recubiertas de otra de madera, se le

exporta. El verde procede de unas hojas superiosísimas, que se tuestan

muy poco; pero como la cosecha es escasa y el consumo en Europa grande,

se le falsifica como los vinos de Lebrija, las Cabezas, Valencia y

Cataluña, que tomamos por Jerez y Burdeos. Los ácidos son la base de

aquella mistificación, contra la que hay que ponerse en guardia.

El espíritu de especulación lleva tan lejos a los chinos, que los

agentes de las casas europeas necesitan ojos de Argos para no caer en

las mil y una añagazas que les tienden los celestiales. La prueba del

té destinado a la exportación, es muy curiosa. Tómanse unos puñados de

diversas calidades extraídos de cualquiera caja al azar; colócanlos en

unas cubetas bañadas de luz zenital, que penetra por un enorme embudo

de madera fijado en la ventana donde se apoya el mostrador. Pésase un

tael (próximamente una onza) de cada montón, y se deposita en tantas

teteras como especies han de analizarse, y que, numeradas como las

tazas que tienen delante, corresponden a las cubetas. Echase encima el

agua hirviendo, y transcurridos los cinco minutos que marca un diminuto

reloj de arena, viértese el licor en los pocillos y los residuos

pasan al mostrador junto con el puñado correspondiente. Entonces se

escudriña con minuciosidad la diferencia entre el cha en crudo y el

poso de la infusión. El color acusa la frescura de la hoja. Si esta,

al desrizarse queda entera, es prueba de que no se la ha hecho servir

ya, porque en China, donde nada se desperdicia, recogen los detritus

del té y lo venden a los fabricantes, para mezclarlo con el virgen.

La sed de ganancia hace que también el europeo, cuando no hay abuso,

pero sí rebaja de precio, pase por esta mala fe, que no sospechan los

consumidores de Occidente; pero en cambio son muy rigurosos con el

peso, por lo que, provistos de un imán muy potente, lo restriegan por

los montones de las cubetas, y extraen de ese modo las limaduras de

hierro con que se mezcla el artículo. Ahora bien; problema: Cuando un

enfermo se propina en España una taza de Pei-Kó, ¿qué es lo que cura,

el té, la herradura o las babas de chino que por tercios entran en su

composición?

* * * * *

Reanudemos nuestra visita, en la que es de rigor permanecer cubiertos,

porque ya sabes que aquí todo se hace al revés que entre nosotros.

El primer cumplido que te espeta el dueño de la casa es decirte que

pareces un viejo; la senectud es para el celestial la condición más

respetable. Todo lo que es tuyo lo eleva a las nubes con hipérboles

extremadamente orientales, y lo que con él se relaciona lo pone a los

pies de los caballos. Si le encomias la buena disposición de la casa,

te contestará que vive en una pocilga, y si le alabas la hermosura de

su mujer, te argüirá que es una _bruta_ (sic).

Después nos hizo pasar a sus oficinas de comercio, donde, con el

cajero, tenedor de libros, dependientes y mozos de carga, nos

congregamos alrededor de una mesa, abandonándonos a un expansivo

banquete de todo género de sucia pastelería.

* * * * *

Como creo que ha de interesarte el relato de una comida a su usanza,

voy a permitirme esta digresión. Las mujeres no asisten; la confusión

de ambos sexos es degradante para el fuerte, que ve en la madre de

sus hijos una esclava y no una compañera. Cada mesa no puede contener

más de ocho personas; por consiguiente aquellas se multiplican en

proporción del número de convidados. Manteles no los hay; en cuanto

a servilletas, cada uno va provisto de un pañuelo de seda que hace

sus veces. Los manjares están ya servidos en grandes escudillas de

porcelana, rodeadas de otras más pequeñas para las salsas y jugos con

que han de adobarse, y que vierte el comensal con una cucharilla de

loza, cuando no _pringa_ en el líquido condimento el bocado que, por

ser muy grande, ha tenido que llevar tres o cuatro veces a la boca.

Una taza sin asas, para los comestibles, y otra microscópica para el

único vino que ellos beben, extraído del arroz y perfumado con una

esencia, constituyen la vajilla. El cubierto son los célebres palillos,

llamados _fachi_, que colocan uno en la bifurcación del pulgar y el

índice, y otro entre el índice y el anular, mientras el del corazón y

el meñique funcionan, a guisa de muelle, para abrirlos y cerrarlos como

unas tenazas. Con este aparato cada cual toma de la vasija común el

pedazo que más le apetece, y lo traslada a la suya parcial, después de

multitud de paseos y baños por las diferentes salseras.

El sitio preferente es el de la izquierda. He aquí ahora el orden del

_menú_: abren la marcha los dulces y las frutas. Síguense a estos las

cuatro entradas de manjares finos, entre los que figuran los deliciosos

cangrejos con huevos, las no despreciables aletas de tiburón, las

insípidas pechugas de codorniz y los repugnantes nidos de pájaro,

que nosotros llamamos de golondrina. Este refinamiento culinario,

que se paga a peso de oro, son verdaderos nidos de un pajarillo, que

se encuentra en Java. Formado de tallos y yerbecillas, se los limpia

de plumones y otras adherencias, y deshechos por la cocción, quedan

reducidos a una sustancia gelatinosa, con la que mezclan almendras de

varias frutas, y de la que, a pesar de sus condiciones pectorales, no

he podido intentar una segunda prueba. Su nombre es _ning-vo_.

A estas delicadezas suceden los platos fuertes. Manos de cerdo

rellenas, chuletas azucaradas, patos salados y prensados, que saben

a jamón, faisanes que en Shang-hai valen a dos reales pieza, corzo

y pescados ahumados. La salazón abunda en su cocina, lo que produce

escrófulas y asquerosidades a que la pluma se resiste. Excuso decirte

que, dado el cubierto, todo tiene que presentarse hecho pedacitos; y

que si algo hay que trinchar, los dedos se encargan de la operación.

Aquí principian las libaciones, en las que son muy parcos. En seguida

entra en tanda el arroz hervido simplemente y servido en cubos de

madera, de los que cada convidado se propina dos o tres tazas, pues

constituye la verdadera y diaria alimentación del chino, que nunca

prueba el pan. Amenízanlo con langostinos, cerdo, aves, pescado y

todo género de _chow-chow_ (chau-chau), como ellos llaman a las

mezclas. La manera de devorarlo, pues no puede decirse que lo comen,

es nauseabunda. Pizcan de la fuente general un trozo de chow-chow, lo

trasladan a su escudilla y, colocándose esta debajo de la barba, como

una bacía de afeitar, empujan precipitadamente con los fachis el arroz,

ni más ni menos que si rellenasen de casquijo un agujero, y no lo

mascan hasta que se les sale por la boca.

* * * * *

Relatarte lo que come el indigente es tarea ímproba. Aquí no se

desperdicia nada. La carne de perro y de gato se vende públicamente;

a la de ratón y toda suerte de animales inmundos se le da caza en el

propio domicilio. Sé que voy a extralimitarme poniendo a prueba el

estómago de tus lectores; pero la cosa es tan notable, que no puede

pasarse en silencio. Para el chino pobre, peinarse es un banquete. De

ese modo pretenden que recuperan la sangre que el _insecto_ les ha

chupado.

Terminada la comida, es preciso colocar los _fachi_ cruzados sobre la

taza en signo de satisfacción y gratitud; el anfitrión los va retirando

y poniendo sobre la mesa como contestando: no hay de qué. Un par de

eructaciones son del mejor tono para atestiguar que los manjares te han

sentado bien.

El té sin azúcar y unas chupadas de pésimo tabaco ponen fin a la

fiesta. Las pipas en que fuman, indescriptibles y variadas hasta

lo infinito, no contienen, por enormes que sean, más tabaco que el

indispensable para una bocanada; por consiguiente, hay que cargarlas en

cada aspiración, valiéndose para encenderlas de unas mechas de papel

retorcido (que también se usa como cordel) sobre las que soplan muy

hábilmente para que produzcan llama.

* * * * *

Admitidos por fin en el gineceo, nos encontramos a las señoras

terminando su _tiffin_ y en sazón que la dueña de la casa, quitándose

un _nivat_ de plata (horquilla) y pinchando con él un pastelillo, se

lo ofrecía a mi mujer; que como puedes imaginarte, _no tenía ya más

apetito_. En vista de lo cual la criada sirvió agua caliente, en la

que remojó un pañuelo de espumilla de seda, con el que su ama se limpió

las manos y la boca, pasándolo después a toda la reunión _para que

hiciera lo propio_. Luego sacaron las pipas. Todo el sexo bello fuma.

Acto continuo nos llevaron a visitar las habitaciones, idénticamente

amuebladas a las que ya he descrito. En el salón penden algunos

retratos de familia, horriblemente pintados al óleo, cuadros inocentes

como los países de los abanicos y entrepaños con máximas y caracteres.

Las paredes no están enlucidas; ostentan el ladrillo vivo de color gris

azulado y ennegrecido por el humo de los pebetes que a todas horas

están ardiendo en nichos destinados a los dioses penates y porteros.

En el oratorio álzase un altar con pebeteros y relicarios de metal

blanco, flores artificiales, estatuitas de Lao-tse, el fundador de la

metafísica, de _Cug-ñan_, la Virgen de la pureza, y de la multitud de

ídolos de las teogonías búdica y de Brahma, que mezcladas con la moral

de Confucio, forman las tres religiones dominantes en el país.

En los dormitorios, arcones de sándalo y armarios de alcanfor alternan

con las camas de tamarindo, confundiéndose la de la primera mujer con

las de las concubinas, que el dueño comparte indistintamente. Duermen

vestidos y sobre una esterilla que sustituye al colchón, sin más

sábanas que un abrigo de lana, en que se arrebujan. La almohada es de

loza del tamaño y forma de las almohadillas que antiguamente usaban las

señoras en España para coser; y no apoyan en ellas la cabeza sino el

cuello, con lo que las mujeres consiguen no deshacerse el peinado que,

por su complicación, no restauran más que semanal o quincenalmente.

En la cabecera hay colgados infinidad de amuletos, acusadores de la

superstición que los domina. Un sobre de un despacho imperial trae

fortuna; y, si se le hierve, su agua cura enfermedades epidémicas.

Unas monedas de cobre ensartadas evitan el mal de ojo. La infusión de

una bolita de oro, otra de plata y una ramita de coral es eficacísima

contra los sustos. La nuez extraída de la garganta de un mono vivo no

tiene rival para las fiebres. Y en la casa donde, como acontece en la

mía que está apoyada sobre un monte, entran culebras, ya no hay más que

pedir.

* * * * *

El fumador de opio pertenece a lo reservado; los hay públicos para

los transeúntes, sin perjuicio de tener cada uno el suyo particular

en el domicilio. Este horrible vicio, que embrutece al hombre y le

acorta la vida, no ha podido ser desterrado, a pesar de los esfuerzos

del gobierno imperial, que ha tenido que contentarse con infligirle

un impuesto de diez pesetas por bola de cuatro libras, que es como

se expende en crudo. En las colonias está monopolizado, mediante una

suma, que en Macao asciende, con la inclusión de la pequeña isla de

Taipa y Colowane, a cerca de cincuenta mil duros al año. Sus efectos

son espantosos; el pobre compra el residuo del de la gente acomodada,

y no gasta menos de un real diario. Yo conozco en Hong-Kong a un

rico mandarín que invierte más de peso y medio cada día, y que, a

consecuencia del abuso, tiene que trasladarse a Cantón de dos en

dos meses, para hacerse operar por la paralización absoluta de sus

funciones digestivas.

El opio, que cocido toma el nombre de _anfión_ (_a-pin hi_ en chino),

se reduce por esta operación a una pasta bastante dura. Para fumarlo,

se necesita que la habitación esté cerrada, a fin de que el aroma no se

evapore. En el centro del cuarto elévase un entarimado cubierto con un

boca-porto, más o menos lujoso, que imprime al conjunto el carácter del

escenario de un teatro, del tamaño de una cama de matrimonio. En él,

provistos de dos almohadas, se acuestan los fumadores, separados por un

banquillo, sobre el que arde una lamparilla de aceite. Cuando el chino

no tiene un amigo que le acompañe, lo reemplaza por una concubina que,

aunque no comparte su placer, le arrulla y le canta. La mujer propia

jamás se presta a lo que entre ellos es el colmo de la abyección. La

pipa es de las dimensiones y estructura de una flauta, con un agujero

en el centro, al que se adapta el hornillo de barro, como un hongo o

seta, provisto de un oído diminuto. Las sustancias de estos aparatos

varían hasta lo infinito; y a veces su mérito, por la saturación del

tubo o la riqueza del utensilio, es tal, que lámpara, cilindro y horno

cuestan tres mil duros, como los que yo he visto destinados al último

embajador de China en Rusia. El procedimiento es este: con un alambre

se extrae del bote una partícula de anfión como un guisante; se somete

a la acción de la llama para fundirlo, y rozándolo sobre el hornillo

de la pipa, se le hace tomar, cilindrándolo, el tamaño del oído, en el

que se adapta, después de repetidas manipulaciones. Aplícasele a la

luz, arde y se aspira. Su sabor es acre como su perfume; pero no tiene

nada de repulsivo. Sus efectos son la atrofia y sus consecuencias, la

imbecilidad.

* * * * *

Una revista, pasada a las joyas y telas bordadas del ajuar de la

señora, puso término a una visita en que invertimos más de tres horas

de reloj, volviendo a casa cargados con multitud de golosinas, de que

nos llenaron los bolsillos, como testimonio comestible de la honra que

les acabábamos de dispensar.

Hasta la otra.

[Ilustración]

CANTÓN

I

Macao, 8 de diciembre de 1882.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 20 / 24 段