duerme para no entrar en él con malos sueños, todo el mundo --menos
la mujer de condición que vive siempre reclusa-- échase a la calle a
contemplar las iluminaciones, aspirar el olor de la pólvora, asistir
a los espectáculos teatrales y decir Kon-ji o sea «viva» al deudo,
pariente o amigo. Amanece, y desde aquel punto las tiendas, cuyo cierre
además de la puerta ordinaria, consiste en gruesos barrotes verticales
de madera al exterior, ingeniosamente atrancados por una traviesa que
los sujeta todos por dentro, quedan cerradas, a excepción del postigo,
para dar paso a las visitas. Estas las constituyen _caballeros_, que
aquel día no parecen millonarios por lo limpios que se ponen, que
van a comer alguna golosina y a emborracharse jugando a la morra, o
sea a acertar el número de dedos que entre los jugadores presentan
simultáneamente. Al revés que entre nosotros, el que pierde es el
que queda obligado a beber, y el que gana el que paga el vino de
arroz, único que ellos conocen y que liban en tazas microscópicas de
porcelana. Aunque la embriaguez llega a su colmo en estas fiestas de
Baco, ni hay que deplorar nunca una consecuencia triste, ni en esta
ni en otra época del año se encuentra un chino beodo por la calle.
La morigeración de este pueblo, en lo que a costumbres públicas se
refiere, es ejemplar. ¿Será la civilización el germen de nuestros
vicios? Creamos que no, y pasemos adelante.
Por supuesto que en ese día no puedes contar con ninguno de tus
servidores; tienes que andar a pie, prescindir de recados y darte por
muy feliz si, en gracia de los aguinaldos recibidos, alguno de ellos se
digna hacerte la cama y darte de comer algo frito, para acabar pronto.
Desde muy temprano vienen todos a prosternarse en tu presencia, y en
seguida echan a correr al bazar a comprarse zapatos, de que hacen
provisión para los doce meses restantes; pues nadie deja de estrenar
algo en año nuevo; y hasta los pobres de solemnidad, a falta de otra
cosa, renuevan el cordón con que se trenzan la coleta. En cambio ellos
te obsequian con toda clase de dulces, desde el de toronja o zambúa,
hasta el de guisantes en vaina azucarados; y te regalan cohetes.
Entre las clases acomodadas el ceremonial es el mismo, sin más
diferencia que el hacerse a cencerros tapados. Se saludan por tarjetas,
pedazos rectangulares de papel grana, de un palmo de largo, con tres
o cuatro caracteres negros, del diámetro de un napoleón; se envían
presentes comestibles, y se visitan con el ritual que te explicaré al
hablarte de _mis relaciones sociales_ con los hijos del cielo. Poco a
poco el bullicio va perdiendo en intensidad, y quince días después todo
torna a su natural estado.
Los chinos celebran otras festividades; pero en ninguna de ellas
se cierran los establecimientos ni se suspende la vida pública. La
conmemoración de los difuntos, que tiene lugar durante la cuarta luna,
se reduce a quemar objetos de uso doméstico, simulados en papel,
que por ese medio creen enviar a los errantes espíritus para que no
carezcan en la otra vida de lo necesario. Lo más notable de este rito
son las visitas a las pagodas que entonces se construyen a expensas
de los consumidores, pues se sufragan con el producto de una especie
de subsidio con que todo expendedor recarga sus ventas anuales y que
religiosamente entrega a la comisión encargada de alquilar o adquirir
los adornos y de dirigir los festejos.
Estas construcciones, que ocupan un área como la plaza Mayor de Madrid
y tienen una elevación como la de la nave del Escorial, están hechas
exclusivamente de bambú sin el auxilio de un clavo ni otra trabazón que
la de sus muescas y nudos. De aquellas inmensas bóvedas penden millares
de lámparas y objetos de adorno, cuyo peso maravilla que puedan
resistir unos soportes tan débiles en apariencia. Las lucernas, algunas
de las cuales sustentan hasta cien globos de luz, tienen sus brazos
y machones revestidos de diminutas plumas de un pájaro azul turquí
que se confunden entre filamentos de oro con el más acabado esmalte
de orfebrería. El interior de las pagodas no puede describirse; es de
un efecto maravilloso, hasta para los europeos acostumbrados a ver
prodigios en los concursos universales de la industria. Sobre colosales
armazones de sutil mimbre, vuelan por el espacio gigantescas mariposas,
aves e insectos de flores naturales con todos los matices y perfumes
de que es susceptible la naturaleza de la zona tropical. Alternando
con estos ramilletes y encuadradas en magníficos marcos de talla,
vense representaciones esculturales de tamaño natural y de movimiento,
recordando pasajes de las mejores obras dramáticas; cuyos personajes,
luciendo los trajes de la pasada dinastía Ming, son un asombro de
lujo, con tamaña profusión de sedería bordada, que nadie ha podido aún
igualar en perfección ni en opulencia. Más allá los bronces del culto
y suntuarios se mezclan con los vasos y discos del más puro caolín,
de los tiempos remotos, confundidos a su vez con los monstruosos
bloques de verde jade o de sanguinolento mármol de la Tartaria.
Mientras la susurrante fuente humedece las espirales de humo perfumado
que exhalan centenares de pebeteros, los ídolos búdicos, de quince
codos de altura, resisten con sus atléticos brazos los arranques del
entablamento, y las obras más acabadas del recamo de oro y plata sobre
seda, cuelgan desde el friso hasta el pavimento como ramificaciones de
un Pactolo aéreo e inagotable. Es la primera vez que he visto realizado
el esplendor de mi China soñada. Desgraciadamente solo dura la ilusión
ocho días al año. Quince minutos han bastado muchas veces para que un
incendio lo devorase todo y produjese innumerables víctimas; pero
¿quién se resiste a visitar de noche aquel admirable conjunto, realzado
con millares de luces y transparentes de tan delicado gusto como
caprichosas formas? Desgraciadamente el encanto huye con solo fijarse
en el sucio porte de la concurrencia. No hay compensación.
Contrastando con esta magnífica exposición, llega la fiesta
del plenilunio de la octava luna; manifestación modesta, pero
imprescindible, del culto budista. En ella se conmemora el aniversario
de la creación por Dios del astro de la noche. Todo chino permanece en
su casa, y aguarda con la ventana abierta y a oscuras a que la casta
Selene haga su aparición en la rendija del firmamento que le permite
ver su angosta calle; y, apenas la divisa, le alumbra candelillas,
le quema pebetes, la saluda prosternándose hasta el suelo y come en
su honor un pedazo de pastel, confeccionado exprofeso con tocino y
almendra para aquella solemnidad, cuya virtud no se me alcanza; pero te
diré acerca de su consumo, que una sola pastelería de Hong-Kong produce
anualmente a cada uno de sus cinco socios, la enorme cifra de diez mil
pesos fuertes. Verdad es que se trata de un pastelero más famoso que el
mismo de Madrigal.
Otro espectáculo que realmente tiene importancia y novedad para el
europeo es una procesión de linternas. Estas no se verifican en épocas
determinadas; son expansiones accidentales que se permite sufragar,
ya un vecino acomodado a quien un negocio le ha salido bien, ya un
gremio que solemniza una circunstancia memorable, ya, en fin, un barrio
que impetra el favor del cielo ante una enfermedad epidémica. Porque,
aunque retarde con una digresión su relato, debes saber que aquí la
medicina no constituye facultad ni se aprende en colegio alguno. Todo
es empirismo; no hay más que curanderos, cuyo mérito está en proporción
del número de recetas que poseen. Su diagnóstico es muy sencillo:
para ellos las enfermedades se reducen a fuego o aire. Su terapéutica
aún lo es más. El fuego lo apagan con jugos de vegetales, y el aire
lo sacan con ventosas y con cauterios. De ahí que no haya chino que
no tenga el cuerpo, y en especial el cuello y la cabeza, lleno de
cicatrices y quemaduras. El tifus, que en China se llama fiebre del
cabello, consiste, a su juicio, en una como venita o hebra capilar que
circula por el cuerpo llena de sangre corrompida y que hay que extraer.
Para asesorarse de que el enfermo padece semejante dolencia, le dan a
saborear un manjar amargo; y si lo halla dulce, es prueba inconcusa
de que el mal existe. Entonces hay que buscar el sitio en que puede
encontrarse el cabello, y si dan con él, lo extirpan vaciándole la
sangre inficionada. Poseen, sin embargo, algunos medicamentos de virtud
reconocidísima; y no puedo resistir a la tentación de transcribirte
el que para combatir el cólera emplean en el Ton-Khin. Se lo debo a
nuestro compatriota el Reverendo Padre monseñor Colomer, natural de
Reus, obispo y jefe de nuestras misiones en aquella región de Annam;
que siempre lo ha usado con resultados satisfactorios. Tuéstanse al
horno unos cangrejos, mejor de río que de mar; machácanse bien con su
cáscara; se disuelve media cucharada de aquellos polvos en una copa
pequeña de buen vino añejo y se le da a beber al paciente. Generalmente
basta con la primera dosis; pero si el mal no cediera, se repite la
operación. Suele ocurrir que al desaparecer el cólico, se paralizan
también los descartes diuréticos. Para provocarlos y combatir la
irritación que origina aquel estado, no hay sino machacar vivos, y
por consiguiente crudos, dos o tres cangrejos; mezclarlos con igual
cantidad de vino y de la misma clase que en el procedimiento anterior,
y, colado su jugo, dárselo a beber al enfermo.
Volvamos ahora a la procesión de linternas, a la que concurren todos
los vecinos del barrio con objetos de su exclusiva confección o
alquilados a industriales al efecto; pero de un modo o de otro,
llevados a cabo con una perfección asombrosa. El elemento principal de
ellos, como de casi todos los adornos chinos, es el papel, y una pasta
de arroz transparente como el cristal, y muy parecida, aunque más pura,
a nuestra cola de pescado, que adaptan primorosamente a unos armazones
de mimbre o bambú finísimo.
En cuanto anochece, se reúne el cortejo en el lugar de la cita; y al
estampido de algunos morteretes y de algunos millares de petardos,
da comienzo el desfile por el orden siguiente: abren la marcha unas
cuantas docenas de individuos, vestidos como todos los que componen
la procesión con los pintorescos e indescriptibles trajes de la época
de los Ming, llevando piras embreadas en recipientes de metal, que
iluminan el espeso humo que van produciendo. Síguense unas banderas
más grandes, pero idénticas en corte a las de los gremios valencianos,
puestas sobre el hombro del porta-estandarte y en sentido horizontal.
Y allí principia un ascua de fuego producida por cuatro o cinco mil
linternas de todos tamaños, formas y colores, levantadas sobre unas
perchas, cuyo río de luz corta de trecho en trecho, ya un grupo de
músicos con címbalos, crótalos, dulzaina, timbales, discos convexos
(sobre los que repican con una sola baqueta) y el obligado gong; ya
unas pagodillas del tamaño de nuestras andas, llenas de molduras y
rodeadas de pebetes; ora unas mangas y parasoles de espléndido tisú de
oro, parecidas a las del culto católico; luego los monstruosos ídolos
de la teogonía búdica. No ha concluido aún la sorpresa que te producen
el insecto, el pájaro, el buque, el jarrón, el kiosco y el templo
montados con flores naturales y circuidos de puntos luminosos, cuando
te arranca un nuevo grito de admiración el niño que, simbolizando
un guerrero mitológico cabalga sobre un microscópico caballo de los
confines del desierto de Gobi, enjaezado a la usanza mandarina y
cubierto de gualdrapas dignas del tocado del imperial jinete; te
encanta la imaginación que han desarrollado en la gigantesca concha
con todos los cambiantes de la madrépora, en cuyo seno descansa una
elegante china simulando una perla del río de Cantón, o te seducen
el albérchigo y la naranja que, abiertos en gajos, presentan a tus
atónitos ojos, humanas simientes en la clásica agrupación del arte
asiático. Pero donde está el mérito sobresaliente de la procesión,
es en la infinita variedad de aquella multitud de linternas, donde
parece haberse agotado la fuerza imaginativa de la inspiración del
hombre. Sin detenerme a describir los faroles ordinarios, pequeños
unos y colosales otros, ostentando un carácter chino, que ya por sí
constituye un adorno singular; pasando en silencio los tulipanes,
girasoles, estrellas, globos y pirámides; ¿cómo no llamar la atención
el racimo de uvas de luz, contrastando con el oro de su fruto el verde
tono de sus pámpanos; las dos medias sandías con la púrpura de su seno
salpicada de relucientes pepitas; la carpa, el salmonete y el atún
abriendo la boca y agitando sus aletas; los dos gallos combatiendo con
la saña de la verdad; el pavo que se esponja ante la contemplación del
auditorio; la langosta que despide aletazos o contrae y dilata sus
articulaciones; el faisán de Shang-hai; los monstruos gesticulantes
emblema de las pasiones humanas; y por último, las monumentales pagodas
con sus cubiertas agaleradas, sus frisos esculpidos y sus afiligranados
detalles --más numerosos y sutiles que los de la arquitectura gótica--
dejando escapar por el mosaico de su policromía torrentes de luz y de
perfumes? Una guardia, provista de partesanas y lanzones dignos del
lápiz de Gustavo Doré, precede a un hombre con cabeza de león (animal
fatídico de esta fauna mitológica), huyendo ante el dragón sagrado,
que lo persigue para ver si lo puede devorar. Es la lucha de la
virtud con el vicio. Este dragón, de formidables fauces y armado con
anillos que le permiten plegarse a discreción de los doscientos hombres
que lo llevan sobre puntales de bambú, está forrado de seda verde
transparente, y va alumbrado por dentro. Tiene más de cien metros de
longitud, y se considera como un favor celeste y un signo de felicidad
el que incline la cabeza delante de la casa de uno. El favorecido le
dispara entonces unos millares de cohetes en justo reconocimiento, y el
reptil se libra a una graciosa y bien combinada serie de ondulaciones,
contrayéndose, dilatándose y retorciéndose en espirales luminosas.
Terminaré mi catálogo de festejos con la descripción de los fuegos
artificiales, a que son muy aficionados los chinos. Para el concurso
del gran _patchon_ (cohete), se exhiben con anterioridad en un barracón
los premios consistentes en un espejito de mano, un transparente, un
ramo de papel de talco, o cualquiera zarandaja por el estilo, que ellos
en dar no son muy pródigos.
Llegada la tarde de la lucha, colócase el pirotécnico sobre un tablado
y empieza a disparar voladores. La muchedumbre, apiñada alrededor,
observa la dirección de la caña; aguarda a que baje, y entonces hace
prodigios de agilidad por apoderarse de ella; con lo cual y consecuente
con la superstición que preside todos sus actos, no solo alcanza
ventura para sí y los suyos --mayor cuanto es más gordo el cohete--
sino que obtiene una recompensa, quedando obligado a sufragar otra para
la justa del año siguiente.
Sus tan decantados fuegos artificiales, repetidos con frecuencia
y siempre con igual monotonía, no tienen de particular más que la
candidez. Divídense en diez o doce actos, y cada uno de estos en tres
transformaciones, lo que da lugar a que el espectáculo termine a las
cuatro de la mañana habiendo empezado apenas anochecido. Allá va un
acto por cuyo patrón están cortados todos los demás. Princípiase por
disparar en medio de la calle y sobre una mesita, una cantidad de
voladores con poca o ninguna luz, muchas chispas, profusión de humo y
largos compases de espera. Luego la escena se traslada a un catafalco,
sobre el que se alza un andamiaje de bambú de la altura de una casa
de cuatro pisos. Ízanse en él tres como bombos, de cuádruple diámetro
que el de los de una orquesta, en que van encerrados los fuegos. Se
aplica una mecha al inferior, y después de diez largos minutos, el
armazón se abre y deja ver una maceta con una planta cuyas hojas van
cambiando lentamente de colores. Llegado el turno del segundo tambor,
aparece una rueda horizontal, en que dan vueltas unas figuras de
movimiento que montan a caballo, se apean, riñen o se abrazan, pero
todo tan diminuto, alumbrado por unas lucecitas de tan poca intensidad
y tan envuelto en humo, que solo el espectador de primera fila puede
apreciarlo. La última caja contiene el _bouquet_; y en honor de la
verdad, algunos de ellos no dejan de llamar la atención, pues fatigada
la vista con tanto inútil esfuerzo, gusta de que la sorprendan con
una masa luminosa; y lo consigue una gran torre transparente de forma
octógona, que se desprende desde lo alto del andamiaje hasta el suelo,
llevando pendiente de cada ángulo de su tejado una sarta de linternas
encendidas, que ni sabe uno darse cuenta de cómo se alumbran, ni se
explica que puedan caber en tan estrecho recinto.
[Ilustración]
[Ilustración]
Fiestas de Hon-Kung en Macao
Macao, 26 de septiembre de 1881.
La primera parte la constituye la afluencia de cien mil forasteros
a una ciudad de sesenta y ocho mil almas; se albergan donde pueden,
duermen donde se albergan y comen en la alcoba: no he nombrado la calle
porque se sobreentiende.
Cuatro días de fiesta: ni una borrachera, ni un robo, ni una disputa.
¿Quién es Hon-Kung? No lo sé, ni tengo tiempo de estudiarlo en este
momento. Es, según voz pública, el primero, después de Dios, de los
santos de la corte celestial china. Se le invoca para que conceda paz
a todo el imperio, le preserve de epidemias y le otorgue riquezas
innúmeras; participa, por consiguiente, del Jano de los paganos, del
San Roque de los católicos y de la lotería de los españoles.
En el cómputo chino, cada tres años traen uno bisiesto, que se compone
de una luna más de veintinueve o treinta días en la lunación séptima,
época en que debe verificarse la fiesta del santo; pero como no siempre
hay dinero disponible, redúcese aquella a una modesta manifestación,
transcurriendo a veces catorce y más años sin que tenga efecto una
solemnidad como la que voy a describir, y que en la ocasión presente
ha sobrepujado a cuanto se ha hecho hasta ahora en Macao, matriz,
metrópoli, casa solariega del festival en cuestión.
¿Cómo se arbitran los fondos? Como no puede copiar ningún pueblo que
no tenga la buena fe, el patriotismo, el amor, en una palabra, del
celestial a su enorme familia de cuatrocientos millones de individuos
con coleta. Todo comerciante con tienda abierta está obligado a
recargar cada objeto que vende en cinco _sapecas_ (cada sapeca vale
medio maravedí), que entrega religiosamente a una comisión económica,
la cual se encarga de aumentar los productos con el interés que hace
ganar al dinero y con los donativos espontáneos de los particulares,
cuyos nombres figuran después inscritos en sendos papeles encarnados
en el pabellón central del barrio chino. Desde el año 1868 hasta
hoy se han recaudado sesenta mil pesos fuertes, que son los que se
han invertido en _alquiler_ de los objetos de ornamentación para la
ceremonia: calcúlese por ahí el valor intrínseco de este Pactolo de
oro, seda y luces.
Describamos, si podemos:
Una cruz griega forma la parte engalanada del Bazar; son dos calles
perpendiculares que se cortan casi por el centro y a cada una de
las cuales puede que el kilómetro le venga como a su medida. Unos
armazones, o andamios de bambú, atados con hojas de la misma caña, y
sin que en su sostenimiento entre un clavo, se elevan hasta por encima
de las casas, produciendo en algunos sitios tres cúpulas superpuestas
de una elevación como el cimborio del Escorial. Todo aquel armazón se
cubre con lo que ahora diré; y el vecino a quien le tapan una ventana,
ni se queja al alcalde, ni habla mal del gobierno; come a oscuras, y se
calla.
Reviste el techo un lienzo de colores abigarrados con flores,
hojarasca, animales y quimeras, del que penden tulipanes, peces,
frutas e infinitas representaciones, que no son sino otras tantas
linternas que le dan el aspecto de una bóveda tachonada de puntos
luminosos. Hasta poco más de la altura de dos hombres, caen, sujetos
por gruesas maromas, millares de lucernas, arañas, girandolas y
quinqués, cuya forma no hay medio de describir ni por su variedad ni
por su complicación. Voy a ver si, ciñéndome a una sola, logro hacerme
comprensible. Figúrense los lectores la Catedral de Milán reproducida
materialmente en madera, con siete metros de altura, y todo el resalte
de filigrana de oro. El fondo para el profano es de esmalte azul; para
el observador que lo toca y se convence de que la paciencia del hombre
pueda llegar a tal límite, es de plumas microscópicas de alción o
martín pescador, pegadas con cola. Añádansele centenares de estatuitas
esculpidas en pirámides o en racimos como los grupos de los juegos
acrobáticos; e iluminándola con doscientos globos de luz con colgantes
o lágrimas de cristal de todos los colores del prisma, se sabrá lo que
es una de estas lámparas, como se sabe que el punto que asoma en la
lontananza del mar es un vapor, porque se ve el humo con el catalejo.
Sin que la bóveda se venga abajo por el enorme peso que resiste,
sustenta además de todo lo que es luz, una asiática profusión de
gigantescas mariposas, dragones colosales, caracteres chinos titánicos
y un centenar más de variantes en ramos de flores; que no otra cosa son
los tales monstruos sino la parte perfumada de la naturaleza, adornada
con pedazos de espejo y cintas de seda y oro.
Nosotros decimos que todo pende de Dios, pero los chinos deben creer
que todo pende del bambú; porque después de lo que dejo colgado, aún
faltan unos centenares de cajones con veinte o treinta figuras de medio
tamaño natural en cada uno, reproduciendo escenas de los dramas y
entremeses más notables de la dramática celeste. La encarnación de los
personajes es perfecta; el indumento riquísimo, y las armas, como el
sable que le regalé a un sobrino mío en ciertas Navidades, y que, según
él, era de _buena verdad... de carne_.
Las calles están cortadas a trechos por arcos de triunfo _colgantes_;
pues son sin pies, no tienen más que un cornisamento y un gran friso,
se estriban en las paredes y los sostiene el entablamento. Cada arco
parece el puente de los Suspiros en Venecia.
Todas las fachadas de las casas están literalmente cubiertas, desde
el zócalo hasta el alero del tejado, de ricas obras de talla, altos
y bajos relieves, cuadros de algunos metros con figurillas hacinadas
del color del lapislázuli, hojarascas de ricas maderas aromáticas,
otras doradas, transparentes y adornos policrómicos, mientras cada
puerta (que lo es de una tienda) se halla convertida en una pagoda
con su altar en el centro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de
comestibles. A intervalos una música deleita al transeúnte (si es
chino) con sus chirriantes ecos, o un juglar luce sus habilidades sobre
un estrado.
Pero donde está la verdadera maravilla es en el pabellón principal;
vasto recinto, colosal nave formando la cabeza de la cruz, y en el que,
lo que ya llevamos visto, está centuplicado en profusión y en riqueza.
¿Qué hay allí? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas, cuadros, flores,
relieves, esculturas, cincuenta mil nombres de contribuyentes o
donantes, músicos, un teatro en el fondo con representación permanente
y quince mil espectadores, además de otros dos coliseos que funcionan
en las calles contiguas, y millares de macetas que parecen receptáculos
de plantas y son vasos de prodigios: aquel arbolillo, que se tomaría
por un juguete de Nuremberg, es un ejemplar liliputiense del corpulento
ébano guardando todas las proporciones debidas en sus microscópicos
detalles. Un arbusto que más allá simula un león hecho con astas de
venado, es una raíz que a fuerza de mutilaciones, injertos, paciencia
y sabiduría, ha tomado aquella forma en un transcurso de doscientos
años tal vez, y con el concurso de seis o siete generaciones. Lo mismo
digo del carácter chino que está a su lado; con la apariencia de una
rama de boj recortado recientemente para aquella circunstancia, es no
obstante un tronco con sus brazos y hojas educados desde hace siglos
para concluir por simular el nombre de una divinidad, de un emperador o
de un simple individuo. Que hay planta de ellas que vale dos mil pesos,
no hay para qué consignarlo.