Hong-Kong es una maravilla. Edificada en anfiteatro sobre una peña que

hace cuarenta años no tenía ni una planta, asombra el ver lo que los

ingleses han hecho de ella en tan corto espacio. Calles paralelas y

escalonadas, abiertas a lo largo de la isla, te ofrecen por doquiera

la grata sombra de sus amenos, elegantes y caprichosos jardines;

porque es de notar que, aprovechando los accidentes del terreno, han

edificado sus avenidas de modo que las calles no parecen calles; al

lado de un templo ves una esbelta escalinata que conduce a la casa

contigua, levantada sobre un terraplén con árboles; junto al graderío

que te hizo subir, se abre una cuesta con artística ornamentación, que

te hace bajar al _bungalow_ vecino; una tapia te oculta el _cottage_

que se alza sobre el promontorio de una colina interior; de modo, que

la vista va de sorpresa en sorpresa, descubriendo aquel sembrado de

moradas espléndidas entre una vegetación artificial, y de fortificación

en fortificación, de paseo en paseo, de la iglesia al club, del teatro

al hospital, subes por magníficos caminos en zig-zag, hasta el pico

Victoria, donde se halla el semáforo y desde el que abarcas todo el

panorama de la rica colonia inglesa.

El mando superior de la isla es conferido por la corona inglesa a

un gobernador, con la categoría (aunque civil) de vicealmirante

y comandante en jefe, que preside los dos Consejos, ejecutivo y

legislativo. La administración comprende la secretaría colonial, el

tesoro, obras públicas, registro y correos.

La de justicia tiene tres jurisdicciones, la Suprema corte o audiencia,

la corte de policía o tribunal sumario y de primera instancia, y la

corte de marina. La institución del jurado existe para lo civil y lo

criminal.

Además del pontón destinado en la bahía a hospital militar, hay en la

población un hospital civil para europeos, otro para chinos, otro para

variolosos y otro para la marina.

Hay ocho o diez centros de enseñanza pública, la mayor parte

encomendados a los misioneros.

El material de incendios es una cosa admirable. En cada distrito

estacionan varias bombas de vapor, que en pocos minutos se transportan

al lugar del siniestro. Esto no quita para que el 25 de diciembre de

1878 se declarase un incendio a las once de la noche, y el 26, a las

tres de la tarde, estuviesen convertidas en escombros seiscientas

casas. Las libaciones de Navidad influyeron mucho en ello.

Fue el espectáculo más imponente que he presenciado. En cuanto se da la

señal de fuego, todo individuo con tienda abierta tiene obligación de

mandar a los culis que están a su servicio, provistos de una linterna

china de papel de colores, y vestidos con un saco de arpillera, en

que consta la razón de la casa en grandes caracteres. Figúrate, pues,

toda la población dominando las alturas de la ciudad, la gente de los

barrios amenazados por el incendio salvando sus muebles, los culis

transportándolos a hombros en medio de la gritería más espantosa y de

la confusión menos descriptible, toda la fuerza armada de la plaza y la

de los buques surtos en la bahía prestando su concurso, el gas apagado,

las calles convertidas en ríos y en campamentos, la dinamita y el cañón

derribando manzanas enteras, y en el fondo aquella hoguera colosal, de

la que, como chispas, se desprendían millares de linternas en todas

direcciones, y que convertía el mar en un espejo de fuego: comprendí a

Nerón.

La vida en Hong-Kong, como país comercial, tiene pocos atractivos.

Algunas familias desperdigadas pasean por este o el otro vericueto,

como medida higiénica; pero sin un punto fijo de cita para el

_high-life_. Hay alguna que otra reunión, y un teatro inglés, al que

apenas asisten señoras: verdad es que estas son escasas. En cambio el

hombre se divierte mucho a la inglesa, es decir, haciendo excursiones

campestres y desarrollando las fuerzas físicas en ejercicios gímnicos.

Como no hay cafés públicos, existen un club alemán, otro portugués

y otro parsi, pero ninguno puede compararse al británico, que es un

verdadero modelo. El ingreso cuesta treinta duros y cuatro la cuota

mensual; el edificio, suntuoso, pertenece a la sociedad, que ya no sabe

en qué invertir el dinero que le sobra; del seno del mismo club emanan

multitud de sociedades de _sport_, tales como el club de regatas, el

de carreras, el de declamación, el de conciertos, el juego de pelota

con variadísimas manifestaciones, la lucha de la maroma, en la que

dos bandos tiran de los extremos de una cuerda hasta atraerse el uno

al otro; por supuesto que para cada cosa tienen su magnífico local

_ad hoc_, no siendo el menos notable las praderas que les sirven de

trinquete; el gobernador y los notables presiden muchas de estas

fiestas, y a todas tiene derecho el miembro del club general.

En este puede decirse que vive la parte europea masculina de Hong-Kong.

Es su Bolsa. Allí escribe su correo en magnífico papel que, a granel,

y con preciosos membretes, anda tirado por las mesas, y recibe la

correspondencia que en un cuadro está a merced del que la quiera

tomar, sin que se le ocurra hacerlo nunca mas que al interesado. En

el salón de lectura hay todos los periódicos notables del mundo;

de la biblioteca, rica en obras sobre la China, toma el socio los

volúmenes que le da la gana y se los lleva a su casa, dejando en cambio

un recibo. Hay un _bar-room_, o sitio de bebidas, un _lunch-room_ o

puesto de fiambres para el tente-en-pie, y un _diner-room_ o comedor,

donde almuerza y come muchísima gente, teniendo sus platos huecos,

que se llenan de agua caliente en el invierno, y su hielo, pancas y

ventiladores para el verano. Existen trece dormitorios, con el objeto

de que el socio que llegue de fuera esté seguro de tener cuarto donde

pasar la noche, aunque las fondas estén atestadas. Y al efecto,

cada uno que se sucede toma su turno; de modo que cuando arriba un

décimo-cuarto huésped, el número uno se va con la música a otra parte,

pues se supone que ya ha debido tener tiempo de procurarse posada.

Lo que se consume no se paga hasta fin de mes, a la presentación del

_ticket_, o boleta, que por cada cosa ha firmado el socio, así es

que los dependientes, todos chinos, no pueden robar ni un céntimo.

Magníficos billares, tocadores espléndidos y salones confortabilísimos

completan este prototipo de casinos, cuya administración corre a cargo

de un solo dependiente inglés con el título de secretario.

La vida es cara en Hong-Kong. Una casa, no muy grande, cuesta ochenta

duros al mes y ciento cincuenta el orificarle a uno cinco muelas. En

las fondas se paga cuatro duros por día, sin los vinos, y cinco reales

en el Club por una copa de licor cualquiera.

Pero dejemos ya todo lo que huela a Europa y corramos en busca de cosas

celestes.

En _Queen’s road_, o sea en la arteria principal, alternan con

establecimientos europeos, multitud de tiendas chinas, cuyo aspecto

en nada difiere de las que vemos en nuestra casa, a excepción de las

mercancías que en ellas se expenden.

Trabajos en marfil, filigranas de plata, vasos de porcelana,

pendientes de jade (piedra verde de gran valor en estas regiones),

juegos de ajedrez, abanicos de concha y de laca, muebles de maqué

y otras industrias parecidas, yacen en anaquelerías y escaparates,

relativamente limpios, pero sin agrupación artística. Las muestras de

los bazares son unas planchas de madera rojas o negras, colocadas en

las puertas verticalmente y de canto como columnas, con caracteres

chinos de relieve y dorados, que constituyen el mejor adorno posible,

pues sabido es que la escritura china es un acabado modelo de

elegancia en dibujo. En el fondo y detrás del mostrador, uno o dos

chinos macilentos aguardan su presa. El mueblaje es invariable, como

el de todo el Celeste Imperio. Sillas o sitiales, en ángulos rectos,

de una madera oscura, casi negra, con más o menos tallado, según su

riqueza, y con asiento por lo común de piedra, con unas mesas pequeñas,

rectangulares también, con su tapa de mármol incrustada en el marco.

Con estas tiendas alternan algún bazar japonés, con sus elegantes

productos de idéntica fisonomía, pero más artísticos que los chinos, y

mercaderes parsis e indostanes con sus cachemires, telas de la India y

mantones de capuchas, hechos con retalitos del tamaño de dos reales,

cosidos entre sí, y que parecen remiendos, de los que no compré uno

porque me pidieron por él más de mil pesos, y era usado.

Por fin, a la terminación de _Queen’s road_, en el extremo occidental

de la ciudad, empieza el barrio chino. ¡Horror! ¡Abominación! ¿Y

para esto he empleado treinta y ocho días y me he expuesto a las

contingencias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas casuchas

de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso, ni por dentro ni

por fuera, con una puerta y una ventana embutidas en dos pilares de

mampostería, porque es preciso que así sea, a fin de que no entren los

espíritus maléficos. Unos gruesos barrotes de palo en sentido vertical

hacen de cancela. En cada una de estas viviendas habitan treinta o

cuarenta individuos, la mayor parte con el torso desnudo, destilando

pringue, viviendo entre estiércol, en compañía del marrano y de las

gallinas, ejerciendo su industria en colaboración con otro artesano de

índole distinta. Así media tienda pertenece a un sastre y la otra media

a un platero o pintor de retratos.

Todo son abacerías, expendedurías de verduras, pescado salado y objetos

de culto para las pagodas, tocinerías, zapateros remendones, armeros y

artículos de ferretería oxidados por el moho y la incuria. En fin, el

rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura elevado al infinito.

Ya hablaremos de ello al ocuparnos detenidamente de los usos y

costumbres locales. Por hoy basta, pues al ver que en vano sería buscar

en Hong-Kong la tan deseada tela del abanico, me falta tiempo para

abandonar este muladar indígena y hacer rumbo hacia Macao.

[Ilustración]

[Ilustración]

Macao, 30 de abril de 1879.

Querido amigo: Un elegante vapor de ruedas, estilo americano como los

del Misisipí, pintado de blanco y con la gran cámara a proa sobre

cubierta, te hace recorrer en tres horas y cuarto, y por la suma de

3 duros, las cuarenta millas que separan a Hong-Kong de Macao. Las

segundas están en el través del barco. Los chinos, cualquiera que sea

su categoría, no son admitidos más que en la cala.

Al ponerse en marcha el buque, lo primero que te llama la atención es

un guardián que, con un sable desnudo, vigila una escotilla de proa,

que comunica con la cala, y que antes ha tenido cuidado de tapar con

unos barrotes de hierro, a los que ha echado la llave.

Otro centinela, igualmente armado, custodia la escalera que desciende

al sollado. Por último, en la cámara hay dos panoplias con machetes,

puñales, carabinas, revólveres y municiones de reserva, con un letrero

que dice: _loaded_, es decir, cargados. Son precauciones tomadas,

invitaciones hechas al viajero para el caso probable, y antes muy

frecuentemente reproducido, de que los chinos se subleven al pasar por

las _Islas de los Ladrones_ y entreguen la tripulación a los piratas

que infestan estos mares y que no perdonan vidas ni haciendas.

Por fin, llegamos a Macao, pequeña península que afecta la forma de

una S, en cuya cabeza y tripa existen unas fortificaciones. La curva

inferior es el puerto interior, en la desembocadura del río. La bahía,

huérfana de todo buque que no sean las lorchas chinas y sin casi

calado, la representa el semicírculo entre el cuello y la cabeza, en

cuyo muelle está situada la _Praia Grande_, la mejor o la única calle

de la ciudad. Las demás, abiertas paralelamente a esta sobre la colina,

y las transversales, son callejones tristes, sombríos, conventuales,

acusando pobreza, ruina y privaciones. El barrio chino, idéntico al

de Hong-Kong, se extiende por la espalda de la S desde la embocadura

del río hasta la nuca, de la que arranca un istmo, el que liga la isla

al continente chinesco, largo de un kilómetro y ancho lo suficiente

para que un coche pase por él sin caerse al agua, si no se desvía

del centro. Al cruzar la bahía, Macao, del que solo se ve la _Praia

Grande_, parece un pequeño Nápoles; después se cree uno en un pueblo de

Aragón o de Castilla en pleno siglo XVI.

No voy a hacer historia, ni te enseñaría nada diciéndote que esta es

la primera factoría europea que el arrojo de los portugueses abrió

en los mares de China. Tampoco te importa saber que el mando de la

isla esté confiado a un gobernador, teniente de navío; que existen

un juez de derecho, un procurador de asuntos sínicos, una oficina de

hacienda, encargados de obras públicas, sanidad, capitanía de puerto,

una guarnición al mando de un comandante, jefes de fortificación, y

media docena más de funcionarios portugueses, todos ellos amabilísimos

y de franco y abierto carácter. Entre la colonia lusitana figura un

señor don Lorenzo Marqués, dueño de una casa con un espacioso parque,

en el que se encuentra la gruta de Camoens, compuesta de dos peñascos

verticales y uno horizontal, apoyándose en aquellos a semejanza de

_dolmen_ o altar druida, y en la cual el desterrado vate compuso la

mayor parte de sus _Lusiadas_. Un templete con el busto de Camoens,

y algunas estrofas de su poema esculpidas en mármol, alternan con

ditirambos de poetas modernos de todas las naciones, figurando en muy

buen lugar una octava de don José Heriberto García de Quevedo, ministro

que fue de S. M. Católica en China.

Las señoras europeas son nones y no llegan a tres, como canta el

dicho. De la raza macaense no sé qué decirte para darte una idea de su

fealdad. Es imposible que nada en el mundo se parezca al cruzamiento de

chino con portugués, ya de la metrópoli, ya de sus posesiones de Goa en

la India, Timor en Oceanía o Cabo Verde y demás establecimientos del

África occidental. Imagínate un _bull-dog_ con vestimentas humanas,

y te quedas atrás. Por supuesto, no se tratan con ningún europeo, ni

se las ve a ellas en ninguna parte; deben estar enmohecidas. Por las

tardes se colocan detrás de las persianas (cierre ineludible de todo

hueco de Macao), y desde allí ven sin ser vistas. Los días de fiesta

van a misa, vestidas de negro, y cubiertas con un enorme manto de seda

del mismo color, que pende hasta las rodillas, y en el que esconden la

cara, en lo cual obran con gran prudencia; además, las que pueden usan

silla de mano, con puerta apersianada también; es su único ventilador.

Te aseguro que al contemplar aquellas recatadas damas, cruzando en sus

literas las tortuosas y empinadas calles de la ciudad, alumbradas de

noche por algún modesto reverbero de aceite, y empedradas de pedernal

y guijarros en punta, le da a uno gana de calarse un chambergo con

pluma, embozarse en un tabardo y ceñir una espada de cazoleta, para no

destruir la armonía de un cuadro digno de la época de Velázquez.

Abolida en 1874 la emigración de culis o trabajadores para Cuba y el

Perú, solo recurso, pero beneficioso, con que contaba Macao desde que

la apertura del puerto de Hong-Kong le privó del gran tráfico con

la Europa y la Oceanía, esta mísera colonia no cuenta con industria

de ninguna clase, si no es la torrefacción del té, de la que están

encargadas casas chinas. Se puede decir que los macaenses se hallan

sumidos en la indigencia. Como puerto libre, el gobierno portugués no

saca de ella más rendimientos que los que el juego público le procura;

porque hay que notar que Macao es el Mónaco o el Baden-Baden del

Celeste Imperio. El juego prohibido, perseguido y castigado severamente

en todo el imperio, se ha refugiado en Macao, a la sombra de la bandera

lusitana.

El chino, que posee todos los vicios, no podía dejar de ser jugador, y

lo es, en efecto, en grado superlativo. Además del ajedrez, las damas,

el billar y el volante, para el que se sirve de los pies con suma

destreza, tiene cartas más numerosas que las nuestras (128 naipes),

pero en estrechas tiras, como los dedos de las manos, y con caracteres

en vez de figuras; dominó, con 32 fichas de madera, al que llama _Paí_;

el _atchen_, o juego de tres dados, en que sobre un cartón, en que

figuran los seis números de uno de aquellos y las combinaciones de los

tres, apunta el jugador, y al que por onomatopeya se le da el nombre

de _Kulú-Kulú_, pues imita el ruido que producen los dados cuando el

banquero los agita sobre un platillo cubierto de una pequeña taza

de porcelana. Estos y otros muchos juegos se juegan en mitad de las

calles del bazar chino por culis y arrapiezos que apenas pueden tenerse

en pie, y es muy frecuente el ver a dos chinos comiendo naranjas y

apostando sobre los gajos que tendrán, o, a defecto de otra cosa, sobre

las sillas que pasarán en tal transcurso de tiempo por la esquina en

que están sentados.

Ya que de sentarse hablo, te diré que la manera que tienen de hacerlo

los chinos y todos los pueblos del Asia es especial, e incomprensible

que con ella hallen reposo. Abren las piernas, se dejan caer en

cuclillas, sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras. Pruébalo y

me contestarás.

Pero volvamos a los juegos y consignemos los tres más productivos para

el gobierno portugués.

El _Pakopio_ es una especie de lotería antigua o primitiva, en la

que, mediante una contribución, un comerciante chino es banquero.

Al efecto, distribuye en todas las tiendas del bazar unos papeles o

billetes como cartones de lotería con cuarenta caracteres arriba, y

otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pincel borra a su

elección cinco caracteres de la sección superior y otros cinco de

la inferior, arriesgando en ellos el dinero que quiere. El banquero

a su vez, y a una hora dada, antes de que empiece el juego en las

tiendas expendedoras de billetes, ha borrado a su arbitrio otros cinco

caracteres de cada sección, y depositado esta boleta en una caja, cuya

llave tiene un delegado gubernativo. Ábrese esta al medio día, y los

jugadores cuyas combinaciones son iguales a la que el banquero imaginó,

cobran el premio proporcional a la suma expuesta. La operación vuelve

a repetirse a las doce de la noche. ¡Dos extracciones diarias! ¡Oh

moralidad!

El segundo en jerarquía superior es el _Fantan_. Doce son las casas,

entre primera, segunda y tercera clase, que se consagran hasta media

noche a tan plausible tarea, dejando al fisco un rendimiento de

cuarenta y cuatro mil duros anuales en concepto de contribución.

Entras por una puerta adornada con calados dorados, como todas las

casas lujosas de China, y alumbrada por linternas de papel de colores

o de cola de pescado, con inscripciones. Un biombo de madera oscura,

con los obligados calados, te oculta el lugar del suplicio. Tomas una

escalerilla lateral, sucia y ennegrecida por el aceite de coco de las

_iluminaciones_, y penetras en un cuartucho con un balcón o galería

elíptica en el centro, que deja ver la sala de abajo, donde está el

_tapete_. Algunas casas tienen otra galería en el segundo piso, tan

falta de aseo como la del primero. Allí te sientas en un escabel de

madera, forrado de grasa, en compañía de varios culis y europeos, que

los sábados, en particular, vienen de Hong-Kong, y otros puntos a

probar fortuna. Unas canastillas, pendientes de unas cuerdas sujetas

a la baranda de la galería, te permiten hacer llegar a los de abajo

el dinero que vas a exponer. Nada te digo de los perfumes que allí se

aspiran entre efluvios de tabaco, tufo de las lámparas y eructaciones

de los chinos, que consideran este desahogo como el más delicado

refinamiento de cortesía, y en especial cuando uno está convidado en

casa ajena para demostrar que la comida le ha sentado bien.

Veamos ahora el salón. Un público tan numeroso y escogido como el de

las galerías, rodea un mostrador, cubierto, a falta de tapete, con una

esterilla fina de junco, en el centro del cual hay como un ladrillo

de plomo, cada uno de cuyos ángulos representa un número del 1 al 4.

Un culi, desnudo hasta la mismísima región umbilical, es el encargado

de colocar las apuestas donde el público le marca, y de pagar a los

gananciosos (con 7 por 100 de descuento, que se reserva la casa

para la contribución), o de cobrar íntegro de los perdularios. Otro

caballero chino, en lucha anatómica con el primero, se entretiene en un

aditamento del mostrador en ordenar los billetes de banco, pesar los

duros mejicanos, que por aquí son la moneda corriente, y envolver en

papelitos los fragmentos de plata, escribiendo encima el valor efectivo

para facilitar las transacciones. Conocidos el cobrador y el cajero,

pasemos al _croupier_, o tenedor de la banca. Es este, por lo común, un

señor carnoso y tranquilo, que no exhibe lo que sus vecinos, no porque

deje de estar tan desnudo como ellos, sino por impedírselo un pliegue

abdominal que candorosamente descansa sobre la mesa. Tiene delante como

quinientas o seiscientas _sapecas_. La sapeca es la moneda china de

cobre en circulación; su diámetro es el de un cuarto de los nuestros,

con un agujero cuadrado en el centro; cada ciento veinte forman dos

reales. Las sapecas destinadas al _Fantan_ son, sin embargo, _ad hoc_,

más perfectas y sin inscripción como las otras. Toma un puñado como de

doscientas próximamente, y las coloca en el mostrador, cubriendo aquel

promontorio con una pequeña tapa de latón para impedir que el público

pueda contarlas con la vista, tapa que mientras está puesta, indica que

puede hacerse juego.

Por fin la quita, y esgrimiendo una varita afilada por el extremo

inferior, empieza con una delicadeza exquisita a separar con ella

sapecas de cuatro en cuatro, hasta dejar una última porción que,

según resulta ser de una, dos, tres o cuatro, da la ganancia a los

que han jugado a estos números, amén de las infinitas combinaciones

a que da lugar el sistema. Por supuesto, que cuando aún quedan por

separar sesenta o más sapecas, hay jugador que ya sabe cuál va a ser

el residuo. Dícese también que no obstante la vigilancia del público

y el esmero con que la operación se practica, el banquero sabe sacar

dos juntas cuando le conviene. De mí he de decir que he estado tres

veces para enseñar este juego típico a extranjeros, y ellos y yo hemos

perdido siempre.

Pero el que revela hasta dónde llega la pasión del azar en los

sectarios de Confucio y su inmoralidad en grado supino, es el juego del

_Vaisen_ o de los examinandos.

Si las instituciones chinas y sus preceptos sociales y políticos

tuviesen en la práctica la observancia exigida por sus códigos, habría

que confesar que era la primera nación del mundo, y tendríamos a honra

el imitarlos. Pero nada más falseado en el ejercicio que las sanas

doctrinas de sus moralistas y legisladores.

Hable el _Vaisen_.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 16 / 24 段