En China no hay otra aristocracia que la del talento. Honores, títulos,

condecoraciones, cargos públicos, todo, en fin, se le otorga al que

más sabe, sin que el más oscuro y humilde del país deje de poder optar

a la dignidad suprema. Al efecto, todos los años hay en Pekín y en

Cantón, alternativamente, exámenes públicos, para cuyos ejercicios

existen espaciosos locales con cuatro, cinco mil o más celdas, en las

que, tapiados como los cardenales en la elección de Papa, ejecutan

los examinandos sus composiciones; no creas que de ciencias exactas,

naturales y físicas, no; toda la sabiduría de los celestes se reduce

a conocer el mayor número de signos de que se compone su escritura,

las máximas de Confucio y Mencio, y la genealogía de sus monarcas con

hechos notables de su historia. Así obtienen el título de mandarín,

que comprende nueve grados y se distinguen por el color del botón que

colocan sobre el sombrero oficial, como te explicaré a su tiempo, con

lo cual se hallan en aptitud para ejercer un destino público, el que,

con una gran longevidad y un hijo varón, completa los tres mayores

beneficios que estos señores se desean entre sí. Al terminar los

exámenes de un año se reparten las listas de los examinandos para el

siguiente, y aquí entra aquello. Fórmanse con estas listas millones de

cuadernos en que figuran los nombres de los alumnos; estos cuadernos,

que son otros tantos billetes de lotería, se venden a distintos precios

a los jugadores, quienes marcan, como en el _Pakopio_, los nombres

de los que juzgan que han de ser aprobados, ganando al terminar los

exámenes en proporción de los nombres que acertaron y de la cantidad

que representaba el cuaderno. ¡Qué sumas se jugarán al _Vaisen_ cuando

el monopolizador de esta industria en Macao, único punto donde se

tolera, paga al gobierno portugués cuatrocientos cincuenta mil duros

anuales!

Excuso decirte que cuando se aproxima la época de los ejercicios, todo

se vuelve recomendaciones a los catedráticos y ofertas pecuniarias para

que desaprueben a fulano o a mengano, sobre el que se ha inclinado la

balanza de las apuestas; o bien recurren al examinando mismo para que

conteste mal a trueque de dinero. En fin, no hay género de cohecho ni

de prevaricación que deje de ponerse en práctica, con lo que resulta

una segunda lotería para alumnos y examinadores.

Ahora, antes de empezar a tratar al chino, acabemos de conocerle. Ya

te he descrito al _culi_ macho y hembra, con su traje y su fisonomía;

ambos son uno, salvo el que en la _patchama_ de las mujeres las

mangas perdidas solo llegan a la mitad del brazo, que adornan con

una pulsera de jade, como la ajorca del tobillo y los aretes de las

orejas. ¡Coquetuelas en todas partes! Subiendo un peldaño en la escala

femenina, tropezamos con la camarera o _ama_, como la llaman por aquí.

Es la misma mujer culi, más limpia, con traje idéntico, si bien aseado,

y con la patchama azul de lustrina ornada al canto con una faja negra

de cuatro dedos. Usa zapatos con dos tacones, a proa y a popa, o de

seda como el de los hombres, de forma agalerada, con una suela blanca

de fieltro sumamente gruesa. Las hay que llevan medias de Europa;

pero nunca se tapan la cabeza con _shalakó_ como las jornaleras; se

preservan del sol con una sombrilla. Y ya se acabaron las hijas de Eva,

puesto que la que ocupa una posición desahogada, la mujer de clase, si

aquí puede llamarse de ese modo, no sale nunca de casa ni la ve, hasta

después de casado con ella, el hombre mismo que ha de ser su marido.

Vamos a hablar ahora del famoso pie pequeño de las chinas. En todas

las clases lo encuentras con profusión. He aquí cómo se practica esta

bárbara costumbre. Al nacer la niña le descoyuntan hacia dentro,

triturándoselos, todos los dedos, menos el mayor, le doblan el pie de

modo que se apoye al andar sobre las falanjes, quedando el dedo gordo

formando el empeine, y le maceran el talón, que desaparece por completo

en el tobillo. Es decir, que el pie lo forma solo el dedo respetado;

lo demás es un muñón informe. Naturalmente el zapato, estrecho y muy

puntiagudo, de vistosos colores y bordados, y sujeto a la canilla por

una faja para que se sostenga, resulta de una pequeñez inconcebible

y se da al pie la apariencia de una pata de cabra. El origen de esta

aberración nadie lo conoce, o mejor dicho, se le atribuyen varias

causas. Pretenden unos escritores que fue por adulación hacia una

emperatriz que, por lo diminuto de su pie, mereció ser española;

suponen otros que es signo de distinción para dar a entender con ello

que no necesitan andar y pueden pagarse una camarera que las sirva de

apoyo, pues hay muchas que, sin este requisito, no dan un paso. Algo de

esto último debe haber dado la inclinación del chino a hacer ver que

puede derrochar dinero, y sus aficiones a lo simbólico y emblemático,

como lo es también el dejarse crecer las uñas, muy ribeteadas por lo

común, para indicar que no se consagran a tareas manuales. Mujeres hay

que las llevan cubiertas con dediles, y en Siam se ven individuos con

treinta centímetros de uñas, que concluyen por retorcerse en forma de

tirabuzón.

Volviendo al pie pequeño, y respetando las opiniones de los que saben

más que yo, opino, sin embargo, que hay otra razón para este martirio.

Con la trituración desaparece por completo la pantorrilla; desde el

tobillo a la rótula, la pierna no es más que una canilla; pero en

compensación los muslos y las caderas adquieren un desarrollo fenomenal

y muy en armonía con los gustos estéticos de los chinitos.

--¿Por qué no suprimen ustedes esa costumbre? --pregunté a un celeste

de quien me asesoro para mis apuntes.

--Porque nos gusta --me respondió-- ver cimbrearse al andar a la mujer,

que teniendo cuello de cisne, debe tener piernas de faisán.

--Pero eso es bárbaro --añadí.

--¿No lo es más el corsé europeo? --objetó en son de demanda.

--De ese modo condenan ustedes a la pobre mujer a no participar de

ninguno de los goces de su sexo --proseguí eludiendo la pulla.

--¿Cuáles?

--El baile, verbi gracia.

--¡El baile! --me dijo soltando una carcajada--. Nosotros no bailamos

nunca. Es una de las cosas que más nos llaman la atención en ustedes;

que se sofoquen y echen los hígados para no gozar del espectáculo. ¿No

sería más natural y más noble dejar bailar a los criados, y que los

amos los contemplasen? Es lo que nosotros hacemos con los músicos y los

juglares; nosotros los pagamos y ellos nos divierten.

--Tiene usted buenas ocurrencias.

--No, señor, es que ustedes tienen cosas muy raras.

--¡Hombre!

--Sí, señor, muy raras y muy inútiles. Así, por ejemplo, nosotros

creemos que los botones están muy en razón en el traje cuando sirven

para abrochar algo.

--Y nosotros lo mismo --le argüí.

--Entonces ¿por qué se ponen ustedes estos? --me dijo haciéndome dar

media vuelta y señalándome los dos tradicionales botones del talle de

la levita.

Ante tamaño argumento confieso que me quedé mudo. Desde entonces cada

vez que marcha delante de mí un europeo, no puedo dejar de mirar

aquellas dos obleas que me parecen los ojos del chino riéndose de las

modas de París, y diciéndome: «Te veo».

En todas partes del mundo se nota diferencia en los rasgos fisonómicos

entre un hombre de baja condición y otro educado. Hay en este último

más delicadeza en los trazos, más suavidad en los músculos, más

distinción en general. Aquí no; todos son iguales. El príncipe _Kung_,

regente del imperio, el virrey de Cantón, el opulento empresario del

opio, el mercader y el culi, son ejemplares del mismo cliché.

Una sola cosa los distingue, y es la mejor tela del traje. Todo el

que no es culi usa _patchama_ de la misma forma que la de aquel, pero

de merino o de seda cruda, de delicados colores celeste, violeta

o amarillo de hoja seca. Los pantalones, de igual forma que unos

calzoncillos, no de punto, van atados al tobillo sobre unos calcetines

de lienzo blanco, muy ajustados del pie y anchos de la canilla.

En invierno añaden unas _pistoleras_, o sea un segundo calzón sin

fondillos, que deja ver el de abajo por detrás desde las corvas hasta

arriba y un capotón guatado y sin mangas como el de los culis, pero

limpio relativamente. La blusa se convierte en ellos en túnica talar

llamada _Kavalla_, cuando se visten de gala, de igual forma y color que

la _patchama_, pero descansando en los talones. La cabeza, en verano

descubierta y garantizada por un paraguas, en los meses de frío se

la tapan con una flanerita de seda negra del tamaño de un solideo y

colocada como este.

El _boy_ o ayuda de cámara es el único chino de modales más

desenvueltos y de rostro más simpático; yo creo que en ello influye

su trato constante con europeos. Habla inglés o portugués, según la

colonia en que habita, francés los de los puntos en que hay concesión

de terreno a aquella nación, algunos alemán por análoga causa, y

muchísimos español por haber permanecido en Manila o ido a Cuba en

el período de la emigración. El boy es el jefe de todos los criados

de una casa; las mujeres no hacen otro servicio que el de camareras.

Se necesitan los siguientes: Un cocinero con siete duros mensuales:

él provee el menaje de cocina y se agencia el pinche o aprendiz. Dos

culis de silla; algunos tienen de cuatro a seis duros; encargados de

la limpieza de la casa y de servirle a uno de acémila enganchados a

la litera. Un _office coolie_, para las comisiones, correo y mandados

burocráticos, con igual salario, y por último, el boy con ocho duros.

Reservados, respetuosos, fieles, salvo las pequeñas sisas, serviciales,

exactos, aunque rutinarios en el cumplimiento de su deber, los chinos

son un verdadero modelo de criados. No viven más que para adivinar lo

que a su amo puede hacerle falta. Hace pocas noches, con el deán de la

Catedral de Manila, que me hizo el honor de pasar dos días conmigo, me

fui al Círculo; de allí nos trasladamos a una casa de _Fantan_ para que

conociera este juego. A la salida, sobre media noche, advertimos que

llovía; pero al trasponer la puerta, los culis de casa estaban allí con

la silla, sin que nadie los hubiera avisado y en un sitio al que jamás

concurro.

Un diplomático, amigo mío, asistió de uniforme a una comida oficial

en Hong-Kong. Después se fue a tomar el té en casa de unos amigos;

sintiéndose algo indispuesto, le obligaron a pasar allí la noche: al

amanecer del día siguiente estaba su boy personado en la casa con el

traje de levantarse y otro de calle para cuando su amo se despertara.

Te vas de paseo al campo, llega una carta para ti y el _office coolie_,

como un podenco, se pone a olfatear tu rastro, sin que vuelva a casa

hasta encontrarte y haberte dado la misiva.

Con su salario se mantienen, se visten y economizan para dar la mitad

lo menos a su padre, o sostener su casa si no son solteros.

En cambio no les mandes nada que esté fuera de sus deberes. Cada cual

tiene los suyos y no sale de ellos. _El office coolie_ no te encenderá

una lámpara ni tomará una escoba, el culi de silla no te sacará una

camisa del armario, el boy no irá con un recado a casa de tu vecino.

Ayer estaba en mi escritorio dándole unas instrucciones al boy; de

pronto una ráfaga se me lleva todos los papeles.

--Cierra esa ventana --le digo. Él gira sobre sus talones, y desde la

puerta grita:

--¡Culi! Ventana.

El culi, como si hubiera presentido la caricia de Eolo, estaba ya

trasponiendo el dintel.

--¿Por qué no la has cerrado tú? --le grito al boy indignado. Y él sin

alterarse, me contesta:

--_Not my business, sir._ No es de mi incumbencia.

[Ilustración]

[Ilustración]

Macao, 18 de noviembre de 1879.

Mi querido amigo: Una representación teatral china es sin disputa lo

que más llama la atención del europeo, acostumbrado a ver que entre los

celestiales todo pasa al revés que entre nosotros. Así, por ejemplo,

estar con la cabeza descubierta delante de una visita, se considera

como signo irrespetuoso y hasta insultante. El lado izquierdo es el

preferente en toda ceremonia. Una sonora eructación hacia el final de

una comida, es la prueba más relevante de cortesía que puedes dar a

tu anfitrión, para hacerle entender con ello que sus manjares te han

sentado bien. Cuando a uno le llamas viejo, le prodigas el elogio más

cumplido, y es hasta fórmula precisa preguntar a la persona a quien

ves por la vez primera los años que tiene, y responderle que aparenta

más edad. Por supuesto, ya sabes que escriben de arriba a abajo y de

derecha a izquierda; de modo que sus libros, impresos en pliegos como

los del papel de cartas por un solo lado, y encuadernados de manera que

el doblez haga las veces de canto, formando una sola página lo que

entre nosotros constituiría la primera y la cuarta, tienen el fin en el

lugar en que en Europa se pone el principio.

Pues bien, todo esto son tortas y pan pintado en comparación de los

templos en donde se rinde culto a Melpómene y Talía.

Los chinos son idólatras del teatro: es una verdadera pasión la que

tienen por estos espectáculos, en que se representan batallas y pasajes

de su historia, alternados con entremeses, de autor siempre anónimo,

pues entre ellos es oficio vil el de dramaturgo, en lo que muy pronto

creo que los vamos a imitar en Europa, si seguimos por donde andamos.

Pero vayamos por partes.

Las compañías, por lo menos las que yo he visto, están compuestas de

hombres solos, y es notabilísima por cierto la habilidad con que los

encargados de los papeles de mujer las imitan _en todo_; llegando la

perfección hasta el punto de remedar el pie pequeño de las chinas,

formado con un taruguito de madera que se colocan en la punta de los

dedos, y con el que tienen que andar de puntillas. Su identificación

con la metamorfosis es tal, que hasta fuera de la escena se los toma

por mujeres. Me han asegurado que hay compañías exclusivamente formadas

por el bello sexo y otras mixtas; y verdad debe ser, por cuanto las

leyes chinas niegan a las actrices el derecho de contraer matrimonio

legal, relegándolas a la condición de concubinas.

Estas compañías, más o menos numerosas, se dividen en de 1.º, 2.º y

3.er orden, y llevan una vida nómada y errante, como la de nuestros

antiguos _faranduleros_, trabajando allí donde los ajustan, si bien su

adquisición es siempre disputada. Rara vez son empresarios los actores.

Lo que llamaremos temporada dura cinco días consecutivos, y los

artistas reciben por su trabajo una remuneración que varía entre 600 y

1,500 duros.

Generalmente los teatros se improvisan con bambú en los pueblos de

poca importancia; pero donde las representaciones son frecuentes,

hay edificios de planta, hechos de ladrillo y yeso, a cuya categoría

pertenecen los dos que posee Macao.

La sala es un rectángulo. Dos órdenes de lunetas de madera oscura,

separadas por un callejón en el centro, componen, como en nuestros

coliseos, el patio, al que concurre la gente acomodada. Estas lunetas

están separadas de la pared por un ancho pasillo a cada lado, a los que

de pie y gratis asiste el pueblo. En el primer piso hay dos galerías

laterales para señoras y caballeros preferentes. En el segundo y en el

fondo, paralelamente a la escena, se levanta un graderío para todos,

como el paraíso del Real, cuyas delanteras, separadas del _vulgo_ por

una barrera y de los vecinos por un tabique, son los palcos para las

autoridades de la Colonia.

Los precios de las localidades varían desde un real hasta cinco. Las

paredes, que en algún tiempo debieron estar enlucidas de yeso, no están

ya más que relucientes de mugre, y jamás hubo mano de pintura en ellas

ni en el maderamen, negro por tan distintas y frecuentes fumigaciones.

Alguna que otra lámpara de aceite de coco, despabilada a intervalos por

culis (_coolies_), vestidos lo estrictamente necesario para no poder

decir que van desnudos, alumbran y asfixian al público. El traje del

que no paga y el de la muchedumbre de a real, viene a ser como el del

culi. Los de los _caballeros_ y _señoras_ ya nos son conocidos. Pero

hay otra clase de Evas, luciendo _patchamas_ de la forma invariable

china, si bien bordados en sedas de colores vistosísimos, que por

las flores de su peinado, los oropeles de su prendido y el blanco de

magnesia y rojo de ladrillo con que embadurnan sus mejillas, para

imitar a las grandes damas, acusan a la legua su triste condición de

_hetairas_. Su misión se reduce a dar testimonio con su presencia de

la prodigalidad del que las alquila. Y en efecto, el chino, ostentoso

por naturaleza, no la lleva allí con fin alguno ulterior: el oficio de

aquella mujer termina con el espectáculo. Aquel buen hombre necesita

hacer ver que se ha gastado en tal circunstancia algo más que el precio

del billete, y ha convidado a aquella criatura, para que esté sentada

junto a él, le abanique, le rasque y le prepare la pipa; pues se me

olvidaba decir que todos, sin distinción de sexos, fuman durante la

representación, comen y beben y _se dicen que les ha sentado bien_.

En los pasillos hay puestos donde se confecciona toda clase de

alimentos, desde el pastel hasta la morcilla asada, que aún humeante,

sirven por la sala los dependientes de los abastecedores. Imagínate el

olor que allí habrá, si agregas a esto el que todos los descartes de la

naturaleza se llevan a cabo donde al público le place. Aquello es un

vasto _jardín_. ¡Quién fuera alcalde de barrio de Sevilla para poder

poner aquel célebre aviso: «_¡No se premite jumar en el zalon ni llevar

castora ni náa que puea incomodal ar veyo sejo!_»

Se me pasaba por consignar un detalle. Las representaciones dan

comienzo a las siete de la noche, continúan hasta las cuatro de la

madrugada, se suspenden hasta las once, y terminan a las cinco de la

tarde. El que tiene sueño echa allí su siestecita y ronca. Los ruidos

alternan con los perfumes.

Pasemos a la escena, poco elevada sobre el nivel del público. Figúrate

una decoración de sala cerrada; pero que en vez de ser de tela y

madera, sea de ladrillo y yeso, es decir, fija, invariable, sin más

puertas que dos pequeñas en el fondo, y adornada con pinturas y

hojarascas de talla dorada. De los muros penden grandes tarjetones

encarnados o negros, donde con caracteres de oro se consignan el nombre

de la compañía y sus títulos. Dos pasillos laterales interiores,

prosecución de los que en el público sirven para espacio gratuito,

conducen al foro, donde en un solo recinto se hallan la guardarropía,

la sastrería, el vestuario y todas las dependencias.

En el centro del escenario está la orquesta destinada a acompañar a

los ejecutantes. Su instrumental se compone de una especie de rabel o

violín de una sola cuerda, una o dos guitarras chinas, desmesuradamente

grandes, y con la caja en forma de concha, una como a modo de dulzaina,

címbalos, gong o campana china, un tambor convexo de metal, como una

cazuela pequeña, tocado con palillos, y unos crótalos que producen el

sonido de nuestras castañuelas. Todo el proscenio está invadido por un

centenar de culis, parte de ellos espectadores, otros guardarropas,

despabiladores y dependientes, colocados, como los coros de las óperas

en los teatros de provincia, en fila a guisa de soldados de papel.

Comprenderás, por lo dicho, que el espacio libre para representar se

reduce a unas cuatro varas en cuadro.

Las decoraciones, cualquiera que sea el sitio en que pase la acción, se

reducen a una mesa tosca de madera con una silla de bambú a cada lado.

Si el teatro representa una casa rica, revisten las sillas de un paño

encarnado. Cuando se trata de un accesorio que juega algún papel en la

obra, como por ejemplo, un árbol a cuyo pie debe sentarse un personaje,

cúbrese el asiento de un paño negro, al que se sujeta un cartelón que

dice: «Árbol.»

Fácilmente se ve hasta dónde puede llegarse por este camino de la

ideología. Algunas veces la mesa se convierte en cama, agregándose unos

riquísimos cortinajes: es el único lujo, pero preciso, que se permiten

en la _mise en scène_.

Desterrados del teatro los trajes de la dinastía reinante de los

Tsing, raza tártara de la Manchuria, los artistas usan los de la época

de los Ming, pura rama celestial o del imperio del Centro, que son

lujosísimos, raros hasta lo indescriptible, y de que solo puedo darte

una ligera idea, recordándote los personajes de ciertos abanicos y

de algunas porcelanas antiguas del país. Carecen de consuetas y de

traspuntes, y todo va fiado a la memoria; con la particularidad de

que el público conoce casi siempre la obra tan bien o mejor que los

actores, a quienes nunca aplaude, reduciéndose la manifestación de su

agrado a un murmullo de aprobación.

La mímica es entre los chinos el fundamento de la declamación; todo

lo componen con gestos. Un personaje que escribe, otro que come, no

se servirán nunca del pincel (que es su pluma), ni de la taza o los

palillos (que forman el plato y el cubierto); con las manos dan a

entender como pueden lo que hacen; y sin duda para ellos debió escribir

aquel libretista del baile _El robo de las Sabinas_, la célebre

acotación que decía: «Los romanos dejan ver por sus ademanes que

carecen de mujeres.» Los chinos lo hubieran interpretado sin apurarse.

Hay, sin embargo, algunos utensilios de que se sirven como símbolo: por

ejemplo, el personaje que figura estar montado lleva como látigo una

cola de caballo; el que navega blande un remo, porque es de notar que

la acción no se interrumpe nunca ni se subsanan ciertas justificaciones

con recursos de arte. Si alguien dice que se va de Cantón a Pekín, y la

escena que sigue tiene ya lugar en el sitio de su destino, es preciso

que emprenda el viaje, ejecutando todos los medios de locomoción de

que ha de servirse, llegando a tal extremo la escrupulosidad de estos

detalles, que no omite el de cerrar la puerta, bajar la escalera y

golpear el aire con sus nudillos cuando figura que llama en otra casa.

Pero lo más raro sin duda en este convencionalismo, es la manera de dar

a entender que uno de los interlocutores no ha oído lo que los otros

se han dicho aparte. Consiste el movimiento en volver la espalda al

público.

Siguiendo por la vía de los emblemas, no te sorprenderá el saber que,

para demostrar un personaje que es hipócrita y de doble intención en

sus actos, se pinta las narices con una mancha blanca. Por supuesto que

abundan las prosopopeyas o personificaciones de ideas, entre las cuales

he visto a la inspiración, vestida como de arlequín, penetrar en el

cerebro de varios examinandos que concurrían a un certamen del grado de

mandarines, dando brincos por encima de sus cabezas.

Su literatura dramática no puedo yo apreciarla, aunque conozco algunas

traducciones de obras antiguas. Sin embargo, sé de ella lo bastante

para consignar que los entremeses modernos son, en su mayoría, obscenos

y repugnantes, pintura fiel y exacta de sus costumbres. En ellos ves

títulos como este: _El castigo de una mujer que no ha tenido hijos

varones_, circunstancia que entre los celestiales autoriza al marido

a tomar concubina legal; como verás cuando te dé a conocer al chino

en familia. Son de larga duración, sin estar divididos en actos, o

constando de uno solo. Se representa y se canta en ellos, siendo de

notar que, tanto los personajes masculinos como los femeninos, cantan

en falsete con unas modulaciones imposibles de comprender, y llevando

un compás muy parecido a un laberinto. Añade el acompañamiento de

aquellas chicharras, y el ruido infernal del gong y los platillos, que

aprietan sin compasión al final de cada pieza, y tendrás una idea de

cómo se rinde aquí culto a Euterpe. Esto no obsta para que en Pekín

haya un ministerio que se llama de la música.

Yo he asistido a la representación de una obra, que es la historia de

un matrimonio, a cuyos contrayentes otorga el cielo, _coram populo_,

el beneficio de un hijo en la forma de un muñeco de cartón, y a cuya

paternidad legal puede el público servir de _testigo de prueba_.

Por la contra, existen obras antiguas de un delicioso carácter y de una

intención filosófico-social del mejor cuño. Juzga por este relato.

[Ilustración]

Tchuang-Tsen es un sabio y viejo confucista, casado con la hermosa

Tián. Un día que el marido se paseaba por el monte, observó junto

a una tumba a una linda mujer aventando la tierra con su abanico.

Preguntándole lo que aquello significaba, contestóle ella que aquel

sepulcro era el de su marido, que al morir le había impuesto la

obligación de no volverse a casar hasta que la tierra de su lecho de

muerte estuviese completamente seca, y que trataba de ver si con sus

esfuerzos lograría lo que la naturaleza se empeñaba en negarle: secarla.

El sabio, que al mismo tiempo tiene sus ribetes de hechicero,

compadecido de la pobre viuda, hace que la humedad de la tumba

desaparezca, lo que ella acoge con evidentes muestras de júbilo,

llenando de caricias a Tchuang-Tsen, y concluyendo por regalarle su

abanico. De regreso a su casa, entera a Tián de lo ocurrido, y esta,

que demuestra ser mujer rígida en sus principios e intransigente en

cuanto con la decencia y la consideración se relaciona, se desata en

improperios y llena de dictados a aquella mujer, que tan pronto y sin

recato alguno olvida el respeto debido a su difunto esposo.

--Lo mismo harías tú y todas --le contesta el sabio.

--Nunca --replica Tián--. Eso es indecoroso e impropio de mujer que se

estima.

Finalmente, tras una larga discusión, cada uno se queda con su razón,

sin avenirse.

A los pocos días, Tchuang-Tsen cae enfermo, y se muere. Tián se

abandona al más vehemente y más ostensible dolor. Terminadas las

ceremonias fúnebres, mete el cadáver en la caja, y se dispone, según

la usanza china, a guardarle en la cámara mortuoria los tres o cuatro

meses de rigor entre la gente rica.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 17 / 24 段