cuádruplo de su valor; así como que hay que ser muy experto para
no tomar gato por liebre, pues son más las piedras falsas que las
verdaderas que se ponen en circulación. Solo de ese modo se explica que
yo adquiriese ocho grandes rubíes, tres enormes zafiros y un topacio en
cambio de tres levitas, dos pantalones y cuatro chalecos fuera de uso.
Fue un cambalache de cristal por paño, muy admitido entre los joyeros
falsos cingaleses.
Desembarquemos; pero no me preguntes lo que es Punta de Gales; no lo
sé. Allí no hay calles; son bosques inmensos en los que, diseminados,
encuentras templos, casas, chozas, hoteles, agencias, joyerías; coches
que se cruzan con carretas tiradas por bueyes pequeños, que trotan como
caballos, bayaderas que bailan, magnetizadores de serpientes que las
electrizan al son de la flauta, juglares que te asombran, titiriteros
que te horripilan. Ya sabes que los indios del Malabar son los más
hábiles gimnastas que se conocen; estoy persuadido, sin embargo, de que
van a maravillarte estos dos ejemplos de acrobacia y prestidigitación
de que he sido testigo en uno de aquellos jardines que llaman plazas.
Un hombre coloca tres venablos o chuzos atados en forma de trípode
y con los hierros hacia abajo, sobre el puño de un sable; apoya la
punta de este sobre una lanza, y acostándose en el suelo, tiene todo
aquel armatoste en equilibrio sobre su frente, hasta que dándole
una sacudida, despide la lanza por un lado, el sable por otro y los
venablos vienen a clavarse en el suelo entre las rodillas y los sobacos
del titiritero.
Otro individuo puso sobre una mesa, sin tapete, una canasta de mimbre,
en la que, encogiéndose mucho, se arrebuñó un muchachuelo; cubrió
el cesto con su tapa, y blandiendo un enorme cris, se entretuvo en
dar de puñaladas al continente y al contenido. Oyéronse los ayes más
desgarradores, la sangre corría por la mesa...
--¡Basta! ¡Basta! --gritamos todos, no dando crédito a nuestros ojos.
El juglar destapó entonces el canasto; el canasto estaba vacío y el
rapazuelo entraba en el corro pidiendo con su platillo unas monedas de
cobre por aquel inconcebible espectáculo al aire libre.
Una de las imprescindibles excursiones que hay que hacer en Punta
de Gales es a Wackwella (pronuncia Guacuela). Un cómodo y bien
acondicionado coche te lleva, mediante tres rupias (treinta reales), y
durante cuatro horas, a visitar el bosque de los caneleros; y por un
camino imposible de describir, en el que abundan los árboles más raros,
las aves más trinadoras y pintadas que puede soñar la fantasía, y por
el que constantemente te sigue una turba de rapaces ofreciéndote, ya
un mangustán rojo como la grana y blanco como la nieve, ya un coco con
que aplacar la sed, ya una rama de canela con que perfumarte, llegas
a la plataforma en cuestión, desde la que, saboreando un refresco del
país, divisas un extenso horizonte, cuajado de islas de cocoteros y de
colinas de cafetales, por las que serpentea lo que al pronto parece
un ancho y caudaloso río de muchas leguas, y que resulta ser una
interminable y consecutiva serie de plantaciones de arroz. En el fondo
se destaca el pico de Adán, monte situado al N. de la isla, detrás del
que existe el puente de Eva, que une la isla de Ceylán al continente
Índico, separados por el estrecho de Palk. Porque, debo advertirte, que
los cingaleses pretenden, y creo que con razón, que el Paraíso terrenal
estaba en su casa; así es que se encuentran allí todos los nombres de
nuestras Sagradas Escrituras, y hasta se rinde culto a la Virgen María.
Oye cómo la teogonía de los bramines cierra el capítulo de su Génesis:
«Atani entristecía en el Paraíso; Dios le dio a Iva por compañera
(aquí sigue una bellísima descripción imposible de traducir, pero
tan admirable como el cántico de los cánticos). Y al contemplar Dios
tanta ventura, dijo: “Ahora sí que estoy satisfecho de mi obra; ya es
perfecta; _he producido el amor_”.»
Suenan las once de la mañana del día 4 y no tenemos tiempo que perder.
Despidámonos de los pasajeros para Pondichery, Madras, Calcuta y
Bengala en el E. de la India, y de los que se dirijan a Bombay por el
ferrocarril del continente. Volvamos al _Tigris_ y zarpemos. En cuatro
días cruzamos el golfo de Bengala. El 8 se aparece Penang, el portero
inglés de los Estrechos, con su artillería correspondiente, formando
_pendant_ con la punta de Achem, de la isla de Sumatra, en la Oceanía.
Al amanecer del 9 concluímos de pasar el estrecho de Malaca y atracamos
junto al muelle de Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un grado más y
cortamos la línea.
* * * * *
La entrada a esta posesión inglesa es uno de los espectáculos más
bonitos que puede soñarse y comparte justamente la admiración del
viajero con el Bósforo, el Rhin, el Danubio, la bahía de Río de Janeiro
y el golfo de Nápoles. Imagínate que Singapore es un gigante cuyos
enormes pies, que son las costas, están bañados por el agua. El vapor
se desliza por la punta de sus dedos; pero cada vez que cruza una
de sus bifurcaciones, viene a sorprenderte un panorama pintoresco y
variado, que te lleva de sorpresa en sorpresa. Entre una vegetación,
si no tan exuberante, por lo menos tan coqueta como la de Ceylán, ves
aparecer en la cumbre los _bungalows_, o casas de campo inglesas, con
sus galerías corridas bajo una serie de arcadas, mientras por abajo, en
los repliegues de los dedos, pueblos enteros de chozas plantadas sobre
estacas, se reflejan en las ondas, de las que brotan árboles copudos
y en que se bañan las aves domésticas. Cada una de aquellas ensenadas
parece un Nacimiento.
Aquí la raza es ya amarilla, con ese tinte enfermizo que caracteriza al
malayo.
Elegantes y ventilados cochecillos llamados palanquines, tirados
por caballitos malabares, de la alzada de un borriquillo moruno y
guiados por un cochero indio, con quien generalmente se cierra el
ajuste a bofetadas, te transportan por un larguísimo camino poblado de
tenduchos, en su mayoría chinos, a la _city_ o barrio comercial. Este
es sombrío, sucio; pero importante y lleno de animación.
Singapore es el punto de escala de los que van y de los que vienen,
y el almacén de depósito de todas las mercancías imaginables. Así es
que, relacionado con el resto del mundo, pululan en su seno todas las
razas que vimos en Adén, enriquecidas con el concurso de los siameses
y anamitas, los chinos del N. y S. del Celeste Imperio, los tagalos
del Septentrión, los visayas del Centro y los moros del Mediodía del
archipiélago Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las
Molucas, las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no tienes que
preguntar al europeo el derrotero que sigue; su rostro te lo indica;
el que llega tiene color, está rozagante, ríe, charla, nace. El que
regresa se lleva el sello del país, amarillea, calla, se queja,
muere. En Singapore el traje se simplifica; el sarrong se reduce a un
taparrabos, el desnudo impera y empiezan a verse los shalakos, enormes
discos de junco de infinitas formas, para cubrirse aquellas cabezas
afeitadas o aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el principio
del occipucio, ya se corren hacia la nuca o se inclinan caprichosamente
sobre una de ambas orejas.
En la _City_ vi el tipo que más ha excitado mi hilaridad. Era a la
puerta de una tonelería; y sobre una pipa un hombre totalmente desnudo,
con la cabeza afeitada, ostentando sobre sus narices unos anteojos
chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exageración, el
diámetro de una copa para agua, y su montura en concha medio dedo de
ancho, leía puesto en cuclillas, a la usanza asiática, el _Times_ de
Londres.
Por un magnífico puente colgante, se atraviesa el río y se penetra
en la ciudad propiamente dicha. Allí están las casas habitables, el
palacio del gobierno, el _City hall_ o casa municipal, las iglesias,
colegios, congregaciones, paseos, espectáculos; todo en medio de
árboles y de flores; pero con carácter europeo adaptado a las
condiciones locales. Poca sociabilidad, trato inglés, formalidad, mucho
_comfort_; pero expansión, cero.
[Ilustración]
El 10 salimos de Singapore y empezamos a subir hacia el N. el mar de
la China, cruzando el golfo de Siam. El 12 recalamos en el cabo de
San Jaime, mole imponente erizada de bosque virgen, en cuya cumbre se
levanta el semáforo, visitado constantemente por fieras, contra las que
tienen que vivir apercibidos los vigías condenados a aquel peligroso
servicio. Siguiendo la costa, aparece de repente, bajo la pesadumbre
de aquella montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los cocoteros;
pintoresco y ameno lugar donde se halla establecida la estación
telegráfica del cable submarino, por la que, pocos días después,
recibía mi familia la noticia de mi feliz llegada, a las siete horas de
mi desembarco en Hong-Kong, mediante la módica suma de once pesetas por
palabra.
Remontamos con la luna el Donaí, ancho y profundo río, lleno de
zig-zag con monótonos, pero verdes ribazos, en los que duermen algunos
cocodrilos; y antes de que alborease el día 13, atracábamos delante
de la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la Cochinchina
francesa.
* * * * *
Situado al lado opuesto del río, hay que atravesar este en una lancha
para llegar a la ciudad. Sin querer exclama uno: «Esto es Francia.» En
efecto, los hijos de San Luis tienen tres necesidades, que no pueden
dejar de satisfacer, y que imprimen el sello hasta a sus colonias
menos importantes: _Cafés_, _restaurants_ y _demi-monde_. Saigon está
alumbrada por gas, como todas las posesiones inglesas del Asia; pero
como en estas los establecimientos de diversión pública no existen,
resultan oscuros, mientras que en la metrópoli de la Cochinchina la luz
incita al paseante a recorrer su muelle, y la gente vive de noche, sin
cuidarse de la hora del apaga-fuegos.
Otro distintivo peculiar de la buena administración francesa es que el
barquero o el cochero no te exigen nunca más dinero del que tú les das
por su trabajo.
Las calles, nacientes aún, están edificadas sobre bosques y jardines;
pero estos, ni tienen el aspecto virgen de Ceylán, ni el ondulante
y caprichoso de Singapore. El rectángulo impera; han obligado a
los árboles a aprender táctica, y todos se han tenido que alinear,
para producir anchos boulevares sujetos a escuadra. El palacio del
gobernador es un magnífico y suntuoso monumento, los jardines recuerdan
el parque Monceau de París. Dentro de algunos años aquello no se
diferenciará en nada de una capital de provincia francesa, aparte de
las chozas de los naturales.
La arteria principal de Saigon se llama calle de España. Es el único
testimonio y el solo provecho que hemos sacado de la campaña de
Cochinchina, en la que las armas españolas han regalado a sus vecinos
de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio de Annam, la costa
del golfo de Tonkín y el reino de Camboya. Solo falta Siam para tener
el protectorado sobre toda la India Transgangética.
A rumbosos no nos gana nadie.
Amanece el día 14, levamos ancla, y Norte arriba del mar de la China,
bordeamos la isla de Hai Nam, enfilada al canal de Formosa, y fondeamos
el 17 a las nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia inglesa
del Celeste Imperio.
* * * * *
Y terminados aquí los treinta y ocho días de navegación, en que a
escape hemos visitado lo que nos salía al encuentro, hagamos alto y
empecemos a tratar detenidamente de los usos, costumbres, ceremonias
y fisonomía del pueblo chino, así como del aspecto de las principales
poblaciones del país de Confucio.
[Ilustración]
[Ilustración]
Macao, 19 de abril de 1879.
Mi querido amigo: Cuando desde Europa se le ocurre a uno pensar en
China, se la representa en su imaginación como una inmensa tela de
esos abanicos que llegan allí del Celeste Imperio. Por lo menos así
me la forjaba yo. Por todas partes verdes praderas como la esmeralda,
salpicadas de flores rojas y azules; en medio de aquellas limpias
sábanas de verdura, casitas con su agalerada techumbre, flanqueadas
de kioskos en forma de parasoles superpuestos, con su campanilla
correspondiente al extremo de cada radio; el arqueado puente como
la joroba de un camello tendido sobre un riachuelo transparente
que refleja los vivísimos colores del junco al deslizarse por su
superficie; a la puerta, en forma de una O, de la casa, ataviadas
damas con sus bordados trajes de seda y diminuto pie departiendo
tranquilamente con gallardos mancebos envueltos en talares túnicas
de recamo de oro, y saboreando una taza de té; en el fondo niños
remontando cometas sobre una terraza, y ancianos venerables de
luenga barba blanca viendo volar pintados pajarillos. Todos ellos,
por supuesto, con caras de marfil, aguzadas y nacaradas uñas y ojos
oblicuos. En resumen, la China del europeo es el progreso material del
siglo XIX combinado con las patriarcales costumbres de los tiempos
bíblicos; de la tela del abanico se desprenden para él estas tres
condiciones distintivas de la raza mongólica: lujo, limpieza y silencio.
Cerremos el abanico y abramos la puerta del hoy imperio tártaro. Vas a
ver el desengaño que nos espera.
Una gritería, comparable tan solo a una riña de verduleras, es lo
primero que te llama la atención al despedirte de la gente de a bordo
y disponerte a tomar una embarcación que, desde la inmensa y hermosa
bahía de Hong-Kong, te conduzca a tierra. Son los barqueros pugnando
por atracar sus champanes al _Tigris_, ofreciéndote sus servicios o
diciendo buenos días simplemente a un camarada, pues para todo se
alborota aquí.
Y palpitando de emoción bajas las escaleras con los ojos cerrados para
abrirlos de repente y gozar del espectáculo de aquella China soñada.
Lo primero que ves es el _champan_ o bote para conducción de pasajeros
y mercancías, tosca embarcación parecida a una barcaza muy tripuda,
con un toldo de bambú en la popa, chorreando mugre por todas partes y
exhalando una fetidez insoportable, a la que concluyes por habituarte,
pues la forma un conjunto de circunstancias inherentes a la raza
indígena, que constituye el perfume local, conocido por el europeo con
el nombre genérico de «olor de chino.» La tripulación está compuesta
de varias mujeres de distintas edades, pero de fealdad idéntica;
algunas veces hay también un hombre; pero como este viste el mismo
traje que aquellas, carece en absoluto de barba y todos poseen los
mismos rasgos fisonómicos, resulta que para el viajero inexperto el
chino es _el ser que bajo una misma terminación y artículo comprende
los dos sexos, masculino y femenino_, y que la gramática coloca en el
género epiceno. Ojo pequeño y algo oblicuo, encerrado en un párpado
carnoso, sin casi ceja, frente no muy deprimida, nariz aplastada,
pómulos salientes, labio superior con honores de hocico, dientes un
poco más pequeños que teclas de piano, color mejor que ictérico,
amarillo de vicio, pelo negro de sartén con la aspereza exacta de la
crin; lampiño el hombre, rechoncha la mujer, pero ambos escrofulosos
y llenos de pupas y asquerosidades, son los componentes de una cabeza
china de la clase humilde, que comprenderemos en la denominación de
_culi_, como aquí se llama al bracero, mozo de cuerda y todo el que
ejerce un oficio bajo.
Un calzón ancho hasta el tobillo, de una tela que debió ser percal
negro o azul y que, perdido el aderezo de goma, ha degenerado en tejido
de grasa, y una blusa de lo mismo abrochada por el costado, pendiente
hasta el muslo, con mangas perdidas y largas hasta rebasar un palmo
las manos, que quedan ocultas en ellas, constituyen el traje común de
dos. No hay camisa ni cosa que lo valga. El pie desnudo; alguno que
otro lleva una suela sujeta con cordeles al tobillo; pero es raro. Como
ves, nada más parecido al disfraz del _pierrot_ francés, salvo el color
y la limpieza. La mujer lleva la cabeza cubierta con un pañuelo de
algodón, colocado lo mismo que nuestra gente del pueblo; el hombre la
ostenta casi siempre desnuda. Usa, sin embargo, en verano un _shalakó_
o sombrero de bambú, en forma de un disco desmesurado, con un pingorote
en el centro, como la tapadera de una taza, y en invierno una montera
de fieltro oscuro, menos alta, pero idéntica en la forma al sombrero
del pierrot.
Tanto el macho como la hembra se abrigan con un saco hasta la cintura,
sin mangas y guatado, que visten sobre el traje descrito, y llamado
_patchama_. Los niños emplean el mismo uniforme, pero de colores
rabiosos, y les cubren la cabeza, ya con un simple aro, del que penden
borlas y cordones, ya con una cosa parecida a las carteras en que
los chicos de la escuela guardan los libros, colocada de modo que la
cubierta penda sobre el cogote, y adornando los dos picos del remate de
arriba con unas orejitas de gato hechas de algodón en rama.
Pasemos al peinado. Los parvulillos llevan sobre cualquiera de ambas
orejas un plumerito, como la perilla de un hombre, atadito con una
cinta de color; el resto afeitado; con lo cual se consigue que se
fortalezca la parte de pelo que más tarde han de dejarse crecer, y que,
como dejo dicho, toma la consistencia de la cerda. En efecto: en cuanto
el niño llega a adulto, se le afeita también el tuferito y se le hace
adoptar el invariable aderezo de la epidermis capilar masculina; porque
debo advertirte que aquí nada cambia, todo es inmutable; no hay modas
ni caprichos. El pasado se sabe por el presente, el mañana puede leerse
por el hoy, la tradición impera; el estacionamiento es la base de su
sistema.
Hasta hace dos siglos el habitante del Celeste Imperio lucía larga
cabellera y ostentaba el traje con que vemos representados en sus
estampas a los ídolos y los héroes de sus leyendas; pero al caer la
dinastía china de los _Ming_ y tener que soportar la dominación tártara
de los manchures del N., la dinastía _Tsing_, que hoy subsiste, impuso
a sus vasallos la dura ley del vencedor, y haciéndoles cambiar de
traje, les obligó a afeitarse la cabeza y dejarse _una cola de perro_,
en signo de servidumbre.
Coloca sobre la cabeza un solideo; afeita todo lo que no esté cubierto
por él; deja crecer hasta donde quiera el pelo que aquel encubre;
haz después una trenza que, con el auxilio de cordones, casi siempre
negros, pero alguna vez azules o encarnados, llegue hasta los tobillos,
y tendrás la idea exacta del peinado chino, desde el primer mandarín
hasta el último culi, sin más diferencia que, mientras las clases
acomodadas se afeitan semanalmente y llevan los cordones limpios, el
pobre lo toma por semestres y cambia de cordón cuando la miseria se
ha comido el primero. Algunos _fashionables_ dejan crecer alrededor
de la mata una como aureola de pelos cortos, que flotan a merced del
viento y que acaba de embellecerlos. Agrega a todo esto las rarezas
de configuración de aquellas cabezas, cuyos defectos nada hay que
disimule; los chirlos, las protuberancias y las cicatrices de todo
género que las ornan, y calcula los purgantes que ha debido uno tomar
hasta acostumbrar el estómago y la vista.
Ya que de pelos me ocupo, consignaré que la barba en los chinos son
diez o doce hebras de esparto, brotadas al azar, y que les está
prohibido por sus leyes y costumbres llevar bigote hasta que han
cumplido cuarenta y ocho años, o tienen nietos, o bien a los veintiocho
si son mandarines.
Pasemos a las mujeres. La soltera se echa atrás todo el cabello,
rematado por una trenza larga, en cuyo tronco lleva liada una cinta de
color, formando un anillo; saca de la sien izquierda un banda de pelo
como de tres dedos de ancha, lo que consigue abriéndose una pequeña
raya vertical, y se circuye lo alto de la frente con aquella faja, que
va a mezclarse con el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como
ves, las hijas de Eva conservan toda su integridad capilar, si bien son
tan lampiñas como los chinos, pues las cejas y las pestañas hay que
verlas con microscopio.
El peinado de la casada es muy difícil de explicar: echado todo atrás,
sin raya alguna, salen de los lados dos enormes cocas, que sujetan con
alambres por dentro; el topo se separa más de un palmo de la nuca, y le
forma todo el pelo de la mata, saliendo como el espolón de un buque de
guerra, y el del cogote, subiendo a enlazarse con aquel: un cordón de
pelo retorcido baja desde la parte alta y posterior de la cabeza hasta
el vértice de aquel ángulo agudo, y multitud de broches y alfileres
sujetan, con el auxilio de la goma, tan complicado aparato, al que dan
el nombre de _peinado del ave de la inmortalidad_. Y esta denominación
me sugiere una explicación más exacta del efecto que produce este
tocado. Córtale a una gallina el cuello y las patas, ábrela por la
pechuga, encájasela en la cabeza a una china por esta abertura,
ábrele las alas en toda su extensión, que son las cocas, y adereza el
topo de manera que quede formando la cola. Es idéntico hasta en sus
proporciones.
Por decreto de no sé qué emperador, cierta gente de mar está proscrita
de la tierra, y por consiguiente no puede habitar más que en sus
embarcaciones. De modo que el champan es el estrado, la cocina, el
dormitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de muerte de sus moradores;
allí nacen, viven, rezan, se reproducen y mueren.
Las madres, consagradas a sus tareas, no pueden atender muy asiduamente
a sus hijos; así es que para trabajar desembarazadamente, se los
echan a la espalda, sujetándolos con un como pañuelo de lana, al que
va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas, que se ajustan
como cinturón y como tirantes en las caderas. Esto, si el infante es
aún mamón; pues apenas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única
precaución que se toma es atarle un cordel a la cintura para pescarle
cada una de las veinte veces que al día se cae al agua: algunos añaden
corchos o vejigas, para que flote el náufrago; pero no es de rigor, en
atención a que sin ellos aprende a nadar más pronto.
Al cruzar la bahía, mi primer cuidado fue estudiar su aspecto; allí te
encuentras el pontón para hospital militar, navío de tres puentes sin
arboladura; el comodoro inglés, el almirante francés, corbetas rusas
y alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la inglesa que sale
para la India, vapores británicos para Shang-hai y Emuy, españoles para
Manila, la Mala americana del Pacífico, los anexos de las Mensajerías
para el Japón; pero te preguntas: «¿Y la marina china?» Allí la tienes
representada por miles de champanes y centenares de _lorchas_ para la
pesca y el tráfico costero, única empresa de estos nautas con coleta.
La _lorcha_ es lo que vulgarmente llamamos junco; barco tripudo, más o
menos grande, con una popa semi-esférica, anchísima y desmesuradamente
alta, timón descomunal calado en celosía, y dos palos, a los que van
sujetas unas velas latinas despuntadas con una serie de travesaños
horizontales de madera, a modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas
de ellas, aun las mercantes, llevan a bordo cañones de hierro, que ni
el famoso de Barba-Azul. Como el champan, la lorcha es una casa de
familia, cuyo desaseo está en proporción de su mayor capacidad. El día
se lo pasan tocando el _gong_, o tan-tan, o campana chinesca, que estos
tres nombres tiene el disco en cuestión; y la noche quemando papelitos
para ahuyentar a los espíritus maléficos.
La media docena de lanchas cañoneras que posee el gobierno, están
mandadas por capitanes franceses, ingleses o americanos.
Por fin, desembarcamos en el muelle; culis machos y hembras
transportando mercancías, pendientes a los extremos de un bambú,
colocado sobre el hombro, culis de silla asaltándote con las de mano
o literas, único medio de locomoción en estas regiones, agentes de
policía india con sus abultados turbantes encarnados, repartiendo
bofetones y latigazos con que hacer entrar en orden a aquellas acémilas
humanas del servicio público, y mucho europeo consagrado a sus tareas,
constituyen el movimiento de la población; pero aquello no es China;
las casas que veo son las de mis latitudes, la gente con coleta que
circula por las calles es la hez del pueblo uniformemente vestida, y
yo necesito la tela del abanico, los colores, la luz, el recamo de
oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con sus mandarines, sus
tropas, sus mujeres, su industria, sus diversiones, su vida peculiar.
«Ya le veo a usted a la caída de la tarde persiguiendo modistillas
chinescas» --escribía a un amigo mío residente en Hong-Kong otro suyo
de Madrid--, y yo, aunque sin instintos de pirata callejero, deseaba
conocer en toda su integridad la fisonomía del Celeste Imperio. Luego
iremos al barrio chino; ahora recorramos la ciudad europea.