Debo advertirte que se venden muy caras y que te piden por ellas el

cuádruplo de su valor; así como que hay que ser muy experto para

no tomar gato por liebre, pues son más las piedras falsas que las

verdaderas que se ponen en circulación. Solo de ese modo se explica que

yo adquiriese ocho grandes rubíes, tres enormes zafiros y un topacio en

cambio de tres levitas, dos pantalones y cuatro chalecos fuera de uso.

Fue un cambalache de cristal por paño, muy admitido entre los joyeros

falsos cingaleses.

Desembarquemos; pero no me preguntes lo que es Punta de Gales; no lo

sé. Allí no hay calles; son bosques inmensos en los que, diseminados,

encuentras templos, casas, chozas, hoteles, agencias, joyerías; coches

que se cruzan con carretas tiradas por bueyes pequeños, que trotan como

caballos, bayaderas que bailan, magnetizadores de serpientes que las

electrizan al son de la flauta, juglares que te asombran, titiriteros

que te horripilan. Ya sabes que los indios del Malabar son los más

hábiles gimnastas que se conocen; estoy persuadido, sin embargo, de que

van a maravillarte estos dos ejemplos de acrobacia y prestidigitación

de que he sido testigo en uno de aquellos jardines que llaman plazas.

Un hombre coloca tres venablos o chuzos atados en forma de trípode

y con los hierros hacia abajo, sobre el puño de un sable; apoya la

punta de este sobre una lanza, y acostándose en el suelo, tiene todo

aquel armatoste en equilibrio sobre su frente, hasta que dándole

una sacudida, despide la lanza por un lado, el sable por otro y los

venablos vienen a clavarse en el suelo entre las rodillas y los sobacos

del titiritero.

Otro individuo puso sobre una mesa, sin tapete, una canasta de mimbre,

en la que, encogiéndose mucho, se arrebuñó un muchachuelo; cubrió

el cesto con su tapa, y blandiendo un enorme cris, se entretuvo en

dar de puñaladas al continente y al contenido. Oyéronse los ayes más

desgarradores, la sangre corría por la mesa...

--¡Basta! ¡Basta! --gritamos todos, no dando crédito a nuestros ojos.

El juglar destapó entonces el canasto; el canasto estaba vacío y el

rapazuelo entraba en el corro pidiendo con su platillo unas monedas de

cobre por aquel inconcebible espectáculo al aire libre.

Una de las imprescindibles excursiones que hay que hacer en Punta

de Gales es a Wackwella (pronuncia Guacuela). Un cómodo y bien

acondicionado coche te lleva, mediante tres rupias (treinta reales), y

durante cuatro horas, a visitar el bosque de los caneleros; y por un

camino imposible de describir, en el que abundan los árboles más raros,

las aves más trinadoras y pintadas que puede soñar la fantasía, y por

el que constantemente te sigue una turba de rapaces ofreciéndote, ya

un mangustán rojo como la grana y blanco como la nieve, ya un coco con

que aplacar la sed, ya una rama de canela con que perfumarte, llegas

a la plataforma en cuestión, desde la que, saboreando un refresco del

país, divisas un extenso horizonte, cuajado de islas de cocoteros y de

colinas de cafetales, por las que serpentea lo que al pronto parece

un ancho y caudaloso río de muchas leguas, y que resulta ser una

interminable y consecutiva serie de plantaciones de arroz. En el fondo

se destaca el pico de Adán, monte situado al N. de la isla, detrás del

que existe el puente de Eva, que une la isla de Ceylán al continente

Índico, separados por el estrecho de Palk. Porque, debo advertirte, que

los cingaleses pretenden, y creo que con razón, que el Paraíso terrenal

estaba en su casa; así es que se encuentran allí todos los nombres de

nuestras Sagradas Escrituras, y hasta se rinde culto a la Virgen María.

Oye cómo la teogonía de los bramines cierra el capítulo de su Génesis:

«Atani entristecía en el Paraíso; Dios le dio a Iva por compañera

(aquí sigue una bellísima descripción imposible de traducir, pero

tan admirable como el cántico de los cánticos). Y al contemplar Dios

tanta ventura, dijo: “Ahora sí que estoy satisfecho de mi obra; ya es

perfecta; _he producido el amor_”.»

Suenan las once de la mañana del día 4 y no tenemos tiempo que perder.

Despidámonos de los pasajeros para Pondichery, Madras, Calcuta y

Bengala en el E. de la India, y de los que se dirijan a Bombay por el

ferrocarril del continente. Volvamos al _Tigris_ y zarpemos. En cuatro

días cruzamos el golfo de Bengala. El 8 se aparece Penang, el portero

inglés de los Estrechos, con su artillería correspondiente, formando

_pendant_ con la punta de Achem, de la isla de Sumatra, en la Oceanía.

Al amanecer del 9 concluímos de pasar el estrecho de Malaca y atracamos

junto al muelle de Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un grado más y

cortamos la línea.

* * * * *

La entrada a esta posesión inglesa es uno de los espectáculos más

bonitos que puede soñarse y comparte justamente la admiración del

viajero con el Bósforo, el Rhin, el Danubio, la bahía de Río de Janeiro

y el golfo de Nápoles. Imagínate que Singapore es un gigante cuyos

enormes pies, que son las costas, están bañados por el agua. El vapor

se desliza por la punta de sus dedos; pero cada vez que cruza una

de sus bifurcaciones, viene a sorprenderte un panorama pintoresco y

variado, que te lleva de sorpresa en sorpresa. Entre una vegetación,

si no tan exuberante, por lo menos tan coqueta como la de Ceylán, ves

aparecer en la cumbre los _bungalows_, o casas de campo inglesas, con

sus galerías corridas bajo una serie de arcadas, mientras por abajo, en

los repliegues de los dedos, pueblos enteros de chozas plantadas sobre

estacas, se reflejan en las ondas, de las que brotan árboles copudos

y en que se bañan las aves domésticas. Cada una de aquellas ensenadas

parece un Nacimiento.

Aquí la raza es ya amarilla, con ese tinte enfermizo que caracteriza al

malayo.

Elegantes y ventilados cochecillos llamados palanquines, tirados

por caballitos malabares, de la alzada de un borriquillo moruno y

guiados por un cochero indio, con quien generalmente se cierra el

ajuste a bofetadas, te transportan por un larguísimo camino poblado de

tenduchos, en su mayoría chinos, a la _city_ o barrio comercial. Este

es sombrío, sucio; pero importante y lleno de animación.

Singapore es el punto de escala de los que van y de los que vienen,

y el almacén de depósito de todas las mercancías imaginables. Así es

que, relacionado con el resto del mundo, pululan en su seno todas las

razas que vimos en Adén, enriquecidas con el concurso de los siameses

y anamitas, los chinos del N. y S. del Celeste Imperio, los tagalos

del Septentrión, los visayas del Centro y los moros del Mediodía del

archipiélago Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las

Molucas, las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no tienes que

preguntar al europeo el derrotero que sigue; su rostro te lo indica;

el que llega tiene color, está rozagante, ríe, charla, nace. El que

regresa se lleva el sello del país, amarillea, calla, se queja,

muere. En Singapore el traje se simplifica; el sarrong se reduce a un

taparrabos, el desnudo impera y empiezan a verse los shalakos, enormes

discos de junco de infinitas formas, para cubrirse aquellas cabezas

afeitadas o aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el principio

del occipucio, ya se corren hacia la nuca o se inclinan caprichosamente

sobre una de ambas orejas.

En la _City_ vi el tipo que más ha excitado mi hilaridad. Era a la

puerta de una tonelería; y sobre una pipa un hombre totalmente desnudo,

con la cabeza afeitada, ostentando sobre sus narices unos anteojos

chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exageración, el

diámetro de una copa para agua, y su montura en concha medio dedo de

ancho, leía puesto en cuclillas, a la usanza asiática, el _Times_ de

Londres.

Por un magnífico puente colgante, se atraviesa el río y se penetra

en la ciudad propiamente dicha. Allí están las casas habitables, el

palacio del gobierno, el _City hall_ o casa municipal, las iglesias,

colegios, congregaciones, paseos, espectáculos; todo en medio de

árboles y de flores; pero con carácter europeo adaptado a las

condiciones locales. Poca sociabilidad, trato inglés, formalidad, mucho

_comfort_; pero expansión, cero.

[Ilustración]

El 10 salimos de Singapore y empezamos a subir hacia el N. el mar de

la China, cruzando el golfo de Siam. El 12 recalamos en el cabo de

San Jaime, mole imponente erizada de bosque virgen, en cuya cumbre se

levanta el semáforo, visitado constantemente por fieras, contra las que

tienen que vivir apercibidos los vigías condenados a aquel peligroso

servicio. Siguiendo la costa, aparece de repente, bajo la pesadumbre

de aquella montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los cocoteros;

pintoresco y ameno lugar donde se halla establecida la estación

telegráfica del cable submarino, por la que, pocos días después,

recibía mi familia la noticia de mi feliz llegada, a las siete horas de

mi desembarco en Hong-Kong, mediante la módica suma de once pesetas por

palabra.

Remontamos con la luna el Donaí, ancho y profundo río, lleno de

zig-zag con monótonos, pero verdes ribazos, en los que duermen algunos

cocodrilos; y antes de que alborease el día 13, atracábamos delante

de la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la Cochinchina

francesa.

* * * * *

Situado al lado opuesto del río, hay que atravesar este en una lancha

para llegar a la ciudad. Sin querer exclama uno: «Esto es Francia.» En

efecto, los hijos de San Luis tienen tres necesidades, que no pueden

dejar de satisfacer, y que imprimen el sello hasta a sus colonias

menos importantes: _Cafés_, _restaurants_ y _demi-monde_. Saigon está

alumbrada por gas, como todas las posesiones inglesas del Asia; pero

como en estas los establecimientos de diversión pública no existen,

resultan oscuros, mientras que en la metrópoli de la Cochinchina la luz

incita al paseante a recorrer su muelle, y la gente vive de noche, sin

cuidarse de la hora del apaga-fuegos.

Otro distintivo peculiar de la buena administración francesa es que el

barquero o el cochero no te exigen nunca más dinero del que tú les das

por su trabajo.

Las calles, nacientes aún, están edificadas sobre bosques y jardines;

pero estos, ni tienen el aspecto virgen de Ceylán, ni el ondulante

y caprichoso de Singapore. El rectángulo impera; han obligado a

los árboles a aprender táctica, y todos se han tenido que alinear,

para producir anchos boulevares sujetos a escuadra. El palacio del

gobernador es un magnífico y suntuoso monumento, los jardines recuerdan

el parque Monceau de París. Dentro de algunos años aquello no se

diferenciará en nada de una capital de provincia francesa, aparte de

las chozas de los naturales.

La arteria principal de Saigon se llama calle de España. Es el único

testimonio y el solo provecho que hemos sacado de la campaña de

Cochinchina, en la que las armas españolas han regalado a sus vecinos

de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio de Annam, la costa

del golfo de Tonkín y el reino de Camboya. Solo falta Siam para tener

el protectorado sobre toda la India Transgangética.

A rumbosos no nos gana nadie.

Amanece el día 14, levamos ancla, y Norte arriba del mar de la China,

bordeamos la isla de Hai Nam, enfilada al canal de Formosa, y fondeamos

el 17 a las nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia inglesa

del Celeste Imperio.

* * * * *

Y terminados aquí los treinta y ocho días de navegación, en que a

escape hemos visitado lo que nos salía al encuentro, hagamos alto y

empecemos a tratar detenidamente de los usos, costumbres, ceremonias

y fisonomía del pueblo chino, así como del aspecto de las principales

poblaciones del país de Confucio.

[Ilustración]

[Ilustración]

Macao, 19 de abril de 1879.

Mi querido amigo: Cuando desde Europa se le ocurre a uno pensar en

China, se la representa en su imaginación como una inmensa tela de

esos abanicos que llegan allí del Celeste Imperio. Por lo menos así

me la forjaba yo. Por todas partes verdes praderas como la esmeralda,

salpicadas de flores rojas y azules; en medio de aquellas limpias

sábanas de verdura, casitas con su agalerada techumbre, flanqueadas

de kioskos en forma de parasoles superpuestos, con su campanilla

correspondiente al extremo de cada radio; el arqueado puente como

la joroba de un camello tendido sobre un riachuelo transparente

que refleja los vivísimos colores del junco al deslizarse por su

superficie; a la puerta, en forma de una O, de la casa, ataviadas

damas con sus bordados trajes de seda y diminuto pie departiendo

tranquilamente con gallardos mancebos envueltos en talares túnicas

de recamo de oro, y saboreando una taza de té; en el fondo niños

remontando cometas sobre una terraza, y ancianos venerables de

luenga barba blanca viendo volar pintados pajarillos. Todos ellos,

por supuesto, con caras de marfil, aguzadas y nacaradas uñas y ojos

oblicuos. En resumen, la China del europeo es el progreso material del

siglo XIX combinado con las patriarcales costumbres de los tiempos

bíblicos; de la tela del abanico se desprenden para él estas tres

condiciones distintivas de la raza mongólica: lujo, limpieza y silencio.

Cerremos el abanico y abramos la puerta del hoy imperio tártaro. Vas a

ver el desengaño que nos espera.

Una gritería, comparable tan solo a una riña de verduleras, es lo

primero que te llama la atención al despedirte de la gente de a bordo

y disponerte a tomar una embarcación que, desde la inmensa y hermosa

bahía de Hong-Kong, te conduzca a tierra. Son los barqueros pugnando

por atracar sus champanes al _Tigris_, ofreciéndote sus servicios o

diciendo buenos días simplemente a un camarada, pues para todo se

alborota aquí.

Y palpitando de emoción bajas las escaleras con los ojos cerrados para

abrirlos de repente y gozar del espectáculo de aquella China soñada.

Lo primero que ves es el _champan_ o bote para conducción de pasajeros

y mercancías, tosca embarcación parecida a una barcaza muy tripuda,

con un toldo de bambú en la popa, chorreando mugre por todas partes y

exhalando una fetidez insoportable, a la que concluyes por habituarte,

pues la forma un conjunto de circunstancias inherentes a la raza

indígena, que constituye el perfume local, conocido por el europeo con

el nombre genérico de «olor de chino.» La tripulación está compuesta

de varias mujeres de distintas edades, pero de fealdad idéntica;

algunas veces hay también un hombre; pero como este viste el mismo

traje que aquellas, carece en absoluto de barba y todos poseen los

mismos rasgos fisonómicos, resulta que para el viajero inexperto el

chino es _el ser que bajo una misma terminación y artículo comprende

los dos sexos, masculino y femenino_, y que la gramática coloca en el

género epiceno. Ojo pequeño y algo oblicuo, encerrado en un párpado

carnoso, sin casi ceja, frente no muy deprimida, nariz aplastada,

pómulos salientes, labio superior con honores de hocico, dientes un

poco más pequeños que teclas de piano, color mejor que ictérico,

amarillo de vicio, pelo negro de sartén con la aspereza exacta de la

crin; lampiño el hombre, rechoncha la mujer, pero ambos escrofulosos

y llenos de pupas y asquerosidades, son los componentes de una cabeza

china de la clase humilde, que comprenderemos en la denominación de

_culi_, como aquí se llama al bracero, mozo de cuerda y todo el que

ejerce un oficio bajo.

Un calzón ancho hasta el tobillo, de una tela que debió ser percal

negro o azul y que, perdido el aderezo de goma, ha degenerado en tejido

de grasa, y una blusa de lo mismo abrochada por el costado, pendiente

hasta el muslo, con mangas perdidas y largas hasta rebasar un palmo

las manos, que quedan ocultas en ellas, constituyen el traje común de

dos. No hay camisa ni cosa que lo valga. El pie desnudo; alguno que

otro lleva una suela sujeta con cordeles al tobillo; pero es raro. Como

ves, nada más parecido al disfraz del _pierrot_ francés, salvo el color

y la limpieza. La mujer lleva la cabeza cubierta con un pañuelo de

algodón, colocado lo mismo que nuestra gente del pueblo; el hombre la

ostenta casi siempre desnuda. Usa, sin embargo, en verano un _shalakó_

o sombrero de bambú, en forma de un disco desmesurado, con un pingorote

en el centro, como la tapadera de una taza, y en invierno una montera

de fieltro oscuro, menos alta, pero idéntica en la forma al sombrero

del pierrot.

Tanto el macho como la hembra se abrigan con un saco hasta la cintura,

sin mangas y guatado, que visten sobre el traje descrito, y llamado

_patchama_. Los niños emplean el mismo uniforme, pero de colores

rabiosos, y les cubren la cabeza, ya con un simple aro, del que penden

borlas y cordones, ya con una cosa parecida a las carteras en que

los chicos de la escuela guardan los libros, colocada de modo que la

cubierta penda sobre el cogote, y adornando los dos picos del remate de

arriba con unas orejitas de gato hechas de algodón en rama.

Pasemos al peinado. Los parvulillos llevan sobre cualquiera de ambas

orejas un plumerito, como la perilla de un hombre, atadito con una

cinta de color; el resto afeitado; con lo cual se consigue que se

fortalezca la parte de pelo que más tarde han de dejarse crecer, y que,

como dejo dicho, toma la consistencia de la cerda. En efecto: en cuanto

el niño llega a adulto, se le afeita también el tuferito y se le hace

adoptar el invariable aderezo de la epidermis capilar masculina; porque

debo advertirte que aquí nada cambia, todo es inmutable; no hay modas

ni caprichos. El pasado se sabe por el presente, el mañana puede leerse

por el hoy, la tradición impera; el estacionamiento es la base de su

sistema.

Hasta hace dos siglos el habitante del Celeste Imperio lucía larga

cabellera y ostentaba el traje con que vemos representados en sus

estampas a los ídolos y los héroes de sus leyendas; pero al caer la

dinastía china de los _Ming_ y tener que soportar la dominación tártara

de los manchures del N., la dinastía _Tsing_, que hoy subsiste, impuso

a sus vasallos la dura ley del vencedor, y haciéndoles cambiar de

traje, les obligó a afeitarse la cabeza y dejarse _una cola de perro_,

en signo de servidumbre.

Coloca sobre la cabeza un solideo; afeita todo lo que no esté cubierto

por él; deja crecer hasta donde quiera el pelo que aquel encubre;

haz después una trenza que, con el auxilio de cordones, casi siempre

negros, pero alguna vez azules o encarnados, llegue hasta los tobillos,

y tendrás la idea exacta del peinado chino, desde el primer mandarín

hasta el último culi, sin más diferencia que, mientras las clases

acomodadas se afeitan semanalmente y llevan los cordones limpios, el

pobre lo toma por semestres y cambia de cordón cuando la miseria se

ha comido el primero. Algunos _fashionables_ dejan crecer alrededor

de la mata una como aureola de pelos cortos, que flotan a merced del

viento y que acaba de embellecerlos. Agrega a todo esto las rarezas

de configuración de aquellas cabezas, cuyos defectos nada hay que

disimule; los chirlos, las protuberancias y las cicatrices de todo

género que las ornan, y calcula los purgantes que ha debido uno tomar

hasta acostumbrar el estómago y la vista.

Ya que de pelos me ocupo, consignaré que la barba en los chinos son

diez o doce hebras de esparto, brotadas al azar, y que les está

prohibido por sus leyes y costumbres llevar bigote hasta que han

cumplido cuarenta y ocho años, o tienen nietos, o bien a los veintiocho

si son mandarines.

Pasemos a las mujeres. La soltera se echa atrás todo el cabello,

rematado por una trenza larga, en cuyo tronco lleva liada una cinta de

color, formando un anillo; saca de la sien izquierda un banda de pelo

como de tres dedos de ancha, lo que consigue abriéndose una pequeña

raya vertical, y se circuye lo alto de la frente con aquella faja, que

va a mezclarse con el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como

ves, las hijas de Eva conservan toda su integridad capilar, si bien son

tan lampiñas como los chinos, pues las cejas y las pestañas hay que

verlas con microscopio.

El peinado de la casada es muy difícil de explicar: echado todo atrás,

sin raya alguna, salen de los lados dos enormes cocas, que sujetan con

alambres por dentro; el topo se separa más de un palmo de la nuca, y le

forma todo el pelo de la mata, saliendo como el espolón de un buque de

guerra, y el del cogote, subiendo a enlazarse con aquel: un cordón de

pelo retorcido baja desde la parte alta y posterior de la cabeza hasta

el vértice de aquel ángulo agudo, y multitud de broches y alfileres

sujetan, con el auxilio de la goma, tan complicado aparato, al que dan

el nombre de _peinado del ave de la inmortalidad_. Y esta denominación

me sugiere una explicación más exacta del efecto que produce este

tocado. Córtale a una gallina el cuello y las patas, ábrela por la

pechuga, encájasela en la cabeza a una china por esta abertura,

ábrele las alas en toda su extensión, que son las cocas, y adereza el

topo de manera que quede formando la cola. Es idéntico hasta en sus

proporciones.

Por decreto de no sé qué emperador, cierta gente de mar está proscrita

de la tierra, y por consiguiente no puede habitar más que en sus

embarcaciones. De modo que el champan es el estrado, la cocina, el

dormitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de muerte de sus moradores;

allí nacen, viven, rezan, se reproducen y mueren.

Las madres, consagradas a sus tareas, no pueden atender muy asiduamente

a sus hijos; así es que para trabajar desembarazadamente, se los

echan a la espalda, sujetándolos con un como pañuelo de lana, al que

va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas, que se ajustan

como cinturón y como tirantes en las caderas. Esto, si el infante es

aún mamón; pues apenas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única

precaución que se toma es atarle un cordel a la cintura para pescarle

cada una de las veinte veces que al día se cae al agua: algunos añaden

corchos o vejigas, para que flote el náufrago; pero no es de rigor, en

atención a que sin ellos aprende a nadar más pronto.

Al cruzar la bahía, mi primer cuidado fue estudiar su aspecto; allí te

encuentras el pontón para hospital militar, navío de tres puentes sin

arboladura; el comodoro inglés, el almirante francés, corbetas rusas

y alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la inglesa que sale

para la India, vapores británicos para Shang-hai y Emuy, españoles para

Manila, la Mala americana del Pacífico, los anexos de las Mensajerías

para el Japón; pero te preguntas: «¿Y la marina china?» Allí la tienes

representada por miles de champanes y centenares de _lorchas_ para la

pesca y el tráfico costero, única empresa de estos nautas con coleta.

La _lorcha_ es lo que vulgarmente llamamos junco; barco tripudo, más o

menos grande, con una popa semi-esférica, anchísima y desmesuradamente

alta, timón descomunal calado en celosía, y dos palos, a los que van

sujetas unas velas latinas despuntadas con una serie de travesaños

horizontales de madera, a modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas

de ellas, aun las mercantes, llevan a bordo cañones de hierro, que ni

el famoso de Barba-Azul. Como el champan, la lorcha es una casa de

familia, cuyo desaseo está en proporción de su mayor capacidad. El día

se lo pasan tocando el _gong_, o tan-tan, o campana chinesca, que estos

tres nombres tiene el disco en cuestión; y la noche quemando papelitos

para ahuyentar a los espíritus maléficos.

La media docena de lanchas cañoneras que posee el gobierno, están

mandadas por capitanes franceses, ingleses o americanos.

Por fin, desembarcamos en el muelle; culis machos y hembras

transportando mercancías, pendientes a los extremos de un bambú,

colocado sobre el hombro, culis de silla asaltándote con las de mano

o literas, único medio de locomoción en estas regiones, agentes de

policía india con sus abultados turbantes encarnados, repartiendo

bofetones y latigazos con que hacer entrar en orden a aquellas acémilas

humanas del servicio público, y mucho europeo consagrado a sus tareas,

constituyen el movimiento de la población; pero aquello no es China;

las casas que veo son las de mis latitudes, la gente con coleta que

circula por las calles es la hez del pueblo uniformemente vestida, y

yo necesito la tela del abanico, los colores, la luz, el recamo de

oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con sus mandarines, sus

tropas, sus mujeres, su industria, sus diversiones, su vida peculiar.

«Ya le veo a usted a la caída de la tarde persiguiendo modistillas

chinescas» --escribía a un amigo mío residente en Hong-Kong otro suyo

de Madrid--, y yo, aunque sin instintos de pirata callejero, deseaba

conocer en toda su integridad la fisonomía del Celeste Imperio. Luego

iremos al barrio chino; ahora recorramos la ciudad europea.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 15 / 24 段