Lo primero es despojarnos de todo sombrero a la europea, y calzarnos el

_hélmed_ (con _h_ aspirada); casco para el uso de los ingleses en la

India, que le da a uno el aspecto de un cocinero de bomberos, en razón

de la forma del utensilio y de la blanca funda que lo reviste. A este

preservativo de la insolación sigue el aligeramiento de traje, como

recurso contra los calores sofocantes que nos aguardan, y que consiste

en la sustitución de la lanilla por el lino y el empleo de _la morisca_

por la noche. La morisca es un traje de algodón, compuesto de calzones

anchos y blusa de manga perdida, que se viste con exclusión de camisa

e interioridades equivalentes. A bordo da comienzo el consumo de arroz

hervido, rociado con una salsa muy picante, de la que toma el nombre

de _Kury_ para los ingleses, _Cary_ para los franceses, y que todos,

indistintamente, llamábamos _Karrik_ en tono de broma, porque, como

dicha prenda de vestir, servía de abrigo al estómago contra el desnivel

de calórico producido por la transpiración. Las _pancas_, que son como

unas bambalinas de lona pendientes del techo, forradas de algo que

sin hacerlas pesadas las vuelva consistentes, y que se adornan con un

volante al canto, son puestas en movimiento de vaivén por un chino que,

desde el extremo del comedor tira de la cuerda que las une todas, y que

es como la mano de aquellos abanicos, encargados de refrescar el aire a

las horas de comer; o lo que es lo mismo, constantemente. Por último,

se nos da la orden de dormir sobre cubierta, pues ha habido casos,

como el de unas religiosas que por pudor se quedaron en el camarote,

y amanecieron asfixiadas por la atmósfera de fuego que reina por las

noches, principalmente en el mar Rojo.

Puerto-Said no tiene nada de notable, aunque su porvenir es inmenso;

ciudad brotada de la apertura del istmo, no hay nada en ella, fuera del

sol, que acuse el carácter oriental; todo está construido a la europea,

si bien con arreglo a las exigencias locales; su faro recuerda los de

los puertos franceses; su plaza de Lesseps es un pequeño _square_ a

la inglesa; las casas, aun las más fastuosas, como la agencia de las

mensajerías y las oficinas del canal, podrían pasar por quintas de

recreo en los alrededores de Roma, o en la campiña de Pau; las tiendas,

pobres en general, se parecen a las de una provincia de segundo orden

de España.

Las calles, tiradas a cordel y a medio construir, son un remedo, en

fin, de las modernas poblaciones. En ellas abundan los cafés cantantes

con orquestas alemanas, billares, ruletas y demás entretenimientos.

Pero lo que a Puerto-Said le falta como sello urbano, lo suple con

creces con la diversidad de razas orientales que lo pueblan. Desde el

negro del Sudán que en la barcaza conduce el carbón para _El Tigris_,

hasta el chipriota que vende fotografías en el bazar, todo difiere de

lo nuestro. Ya es el indolente mozo de cordel, que sucio y harapiento,

acorta su miseria durmiendo en la arista de sombra que proyecta en la

calle el alero de un tejado; ya el habitante de la Arabia pétrea, que

con su túnica azul y su tabardo gris, ostenta sobre un fondo de luz

los viriles y correctos contornos de una fisonomía abierta como el

desierto; ya el beduíno de la fuente de Moisés, con la bruñida y negra

faz, destacándose sobre el blanco y recogido turbante, y acariciando

la espingarda, compañera de su soledad. Allí se codean la beduína de

las montañas de Altaka, con la cara descubierta y llena de ajorcas y

de joyeles, y la mujer fellah, de mirada incitante, que lanza rayos de

sus pupilas por encima del velo que le cubre el rostro; el chek de la

guardia nocturna, de rugosa frente y acusadas facciones, y el beduíno

del monte Sinaí, con su turbante en punta y el torso desnudo; la dama

turca y la esclava del Sudán; el derviche y el camellero, el hombre de

mar y el de la montaña; el mercader, en fin, de bazar cubierto, y el

hijo de los aduares; pero todo con tal perfume de Mahoma, con un sello

tan marcado de _Corán_, que, para que la ilusión sea completa, hasta

el cielo parece asociarse a nuestra causa, retrasando el plenilunio, y

coronando en una luna creciente el inmenso turbante azul, bajo el que

asoma la islamita fisonomía de Puerto-Said.

Volvamos a bordo. Aquí ya nadie canta como en Nápoles; pero todos

gritan. El batelero no te transporta al _Tigris_ si antes no pagas

al chek el precio del pasaje. El buhonero ya no vende baratijas de

su confección, sino artículos de viaje traídos de Europa. El arte se

acabó en Italia, para no volver a verlo. En Egipto la fuerza natural

impera, pero con un carácter retrógrado a medida que avancemos. Con los

primeros albores del día 18, el vapor se pone en marcha para entrar en

el canal, admirable corrección hecha por la ciencia sobre el libro de

la naturaleza, sublime puerta por la que la civilización va a invadir

los dominios de la barbarie. Entremos.

Largamente debatida ha sido la cuestión de si en los tiempos antiguos

existió o no un canal que ligaba el mar Mediterráneo al golfo Arábigo.

Los que lo afirman, aducen como razón la presencia de los lagos en el

istmo; lagos que, hábilmente utilizados por Lesseps, han facilitado

notablemente su titánica empresa. Yo dejo al tiempo y a la ciencia que

aclaren este punto, y limitándome a mi papel de cronista, relato lo que

veo.

Para no andar buscando mapas, vamos a formarnos uno, que nos dé una

idea aproximada del istmo de Suez. Apoyemos las dos manos de plano

sobre una mesa y unamos los pulgares por sus extremos como para formar

la cadena magnética, con la que dicen que se hacen girar los platos

y los sombreros. La mano derecha representa el continente africano,

la izquierda es el Asia. El vacío que resulta entre los pulgares y

el pecho significa el Mediterráneo que, extendiéndose por la muñeca

derecha (a la que supondremos cortada, para que nos haga el efecto del

Estrecho de Gibraltar), toma, desde el lado opuesto de la misma muñeca

hasta el extremo del meñique izquierdo, el nombre de Océano Atlántico.

El hueco desde los pulgares hasta los nudillos de los índices, es el

mar Rojo o golfo Arábigo; y desde dichos nudillos hasta la extremidad

de los dedos, el mar de las Indias.

Los pulgares, unidos, son la lengua de tierra que une al Asia con el

África, y que, impidiendo que el Mediterráneo y el mar Rojo se junten,

toma el nombre de istmo de Suez.

Cuando, antiguamente, un buque tenía que transportar mercancías a las

Indias o a los puertos chinos colonizados por europeos, abordaba el

Océano Atlántico, costeaba la punta de la mano derecha, y navegando

después de índice a índice, estaba seguro de llegar en unos seis meses

a su destino, cuando no tenía que detenerse un par de ellos, esperando

viento favorable sobre la extremidad del anular derecho, conocido con

el nombre de Cabo de las Tormentas o de Buena Esperanza.

Pero un día el orbe entero se conmovió. Era por los años 1820. Un

inglés llamado Mr. Wagorne había imaginado el modo de hacer llegar el

correo desde Europa a las Indias, ganando más de una mitad de tiempo.

_Time is money_, gritó la Gran Bretaña; y la Mala inglesa quedó

establecida de este modo: un buque de vapor conducía los paquetes desde

Gibraltar hasta el nudillo del pulgar derecho, o sea Alejandría; desde

allí, atravesando el dedo, o sea el istmo, el correo era llevado por

tierra con graves riesgos y exposiciones, hasta el puerto de Suez, en

la bifurcación del pulgar y el índice: y una vez en Suez, otro vapor de

la compañía Peninsular y Oriental inglesa lo dirigía a su destino por

el mar Rojo.

Era este un inmenso adelanto, y bien merecido tiene Mr. Wagorne el

busto que la Compañía le ha levantado en el extremo del canal; pero

la rapidez de la comunicación postal no hacía sino aguijonear la

impaciencia del mercader que, si bien recibía la remesa con mucha

antelación, no por eso las mercancías tardaban menos. En esto apareció

Mr. de Lesseps, y esgrimiendo unas tijeras de gran temple intelectual

y de muchos millones de coste, dio un corte en el istmo, hizo que dos

mares, hasta entonces separados por dimes y diretes de una mala lengua

de tierra, quedasen amigos hasta el extremo de vivir juntos, y ayudado

por el vapor, logró que en la quinta parte del tiempo que un buque

invertía antes en costear el África, pueda hoy el viajero trasladarse

desde el Campo de Marte hasta Pekín.

El canal no es otra cosa que una inmensa zanja abierta en el istmo

y que se ensancha de cuando en cuando por la presencia de los lagos

Menzaleh, Ballah, Timsah y los Amargos. A derecha e izquierda el

desierto con sus ribazos blancos de sal por la evaporación del agua.

De distancia en distancia un _chalouf_ o estación de la empresa, donde

un poco de tierra vegetal, llevada exprofeso, ha permitido que broten

algunas plantas para solaz y entretenimiento del guarda y remembranza

de la vegetación en la mente del viajero. Por rara casualidad, un

árabe con la espingarda al hombro atraviesa aquellos arenales, veloz

como el pensamiento y como huyendo de la soledad. En las horas en

que el sol cae más a plomo, algún camellero, con cinco o seis de sus

fieles rumiantes, busca saludable refugio cerca de la corriente de las

aguas, tendido en la vertiente del talud. Constantemente el espejismo,

produciendo extraños fenómenos de óptica. Ya son montículos de arena

que, reflejados en la atmósfera, semejan islotes saliendo del fondo de

un lago: ya es una ciudad con sus cúpulas y minaretes, que la realidad

destruye y convierte en la reflexión de una bandada de grullas que

dispersa el silbido del vapor. En el medio del canal, un verdadero

oasis: Ismailía con el palacio del virrey, rodeado de palmeras,

naranjos y bananeros. Un poco más lejos nos sorprende la noche; pero

como la navegación está aquí prohibida fuera de las horas de sol,

hacemos alto. Se respira plomo; las bujías del piano ostentan una llama

fija e inmóvil sobre cubierta; estamos atracados junto al ribazo y

nadie se atreve a desembarcar: hay fieras. Amanece el 19 y nos ponemos

en marcha.

Tres horas después estamos en Suez. La ciudad, distante como una legua

del puerto, se une a este por una faja de tierra echada sobre el agua,

sin una piedra, sin un árbol, sin el menor pretexto de sombra. Pocos

minutos después, el vapor sigue su rumbo y penetra en el mar Rojo.

La sacudida de la hélice repercute en el corazón del viajero, y de

un solo latido de su frente, retrograda miles de años. Va a pasar de

Mahoma a Moisés, del Corán al Génesis; de la leyenda árabe al dogma

bíblico; del mórbido seno de la desnuda poesía, al severo y majestuoso

pliegue de la túnica cristiana.

[Ilustración]

[Ilustración]

Macao, 14 de marzo de 1879.

Mi querido amigo: Estamos atravesando el golfo de Suez; parece que, con

solo extender los brazos, vamos a tocar al África por la derecha y al

Asia por la izquierda. A un lado llevamos la tierra de los Faraones, el

poema de José, el Nilo, cuna del gran legislador del pueblo Israelita;

al otro el desierto, cuarenta años de peregrinación, Judea, el Jordán,

Jerusalén.

¿Ves por babor aquel pequeño paraíso destacándose en medio del arenal

de la Arabia pétrea? Es un grupo de palmeras y plátanos dando sombra a

la fuente de Moisés, primer alto de los Israelitas después de pasar a

pie enjuto el mar Rojo. Por la noche, el pico del monte Sinaí sale a

recordarnos los preceptos del Decálogo. El mar se ensancha, bórranse

las costas; pero la imaginación le hace adivinar a uno la proximidad

de Medina, tumba del Profeta Mahoma, y los vapores que, hacinados de

sectarios del Corán en caravana, se cruzan con el nuestro, nos señalan

la situación de la Meca, la ciudad santa del islamismo.

Durante tres días el calor nos sofoca. Por fin, llegamos al estrecho de

Bab-el-Mandeb, o puerta de los Suspiros, perfumada con el aroma de los

cafetales de Moka. Destacado de la costa africana se ve un peñón; es

Perrin, la primera portería del estrecho; aquel guardián habla inglés,

y a guisa de llavero ostenta un variado y surtido manojo de cañones.

Unas horas más tarde, al amanecer el día 24, otro inglés, con más

cañones que el primero, nos abre, por decirlo así, la otra hoja de la

puerta, y fondeamos en Adén, pequeño rincón de la Arabia feliz.

* * * * *

Los hijos de Albión han impuesto al mundo conocido la sacramental

frase de las casas de Madrid: _Nadie pase sin hablar con el portero_.

Inglaterra es el conserje universal. Desde su casa puede pasar revista

a todo el que se proponga dirigirse por el mar del Norte a las regiones

árticas. El estrecho de Gibraltar le permite husmear cuanto ocurre en

el Océano y el Mediterráneo. Queda un boquete abierto entre la Sicilia

y Túnez; lo tapa con Malta; y Constantinopla, sobre la que de hecho

ejerce el protectorado, cierra la marcha de esta serie de mamelones,

que forman la gran muralla marítima de la Europa. En el triángulo del

África es dueña de los ángulos: Sierra Leona, el canal de Suez, en la

forma de la mitad de sus acciones, y el Cabo. La América se halla

prensada entre la Nueva-Bretaña, o Canadá, la Jamaica y las posesiones

antárticas y las de la Oceanía; y por lo que al Asia respecta,

empezando en Chipre, siguiendo por Adén (donde se convierte en oro

el café de Moka y desde el que se escudriña todo el movimiento de la

costa S. E. del África, del cabo Guardafui al de Buena Esperanza) y

terminando en el estrecho de Bering, todo habla inglés y nada escapa

a la vigilancia de la Gran-Bretaña. El Indostán, enclavado entre dos

golfos, está defendido en el de Omán por Adén y la isla de Ceylán,

y por esta y Singapore en el de Bengala; amén del refuerzo de la

Australia para tener en jaque a toda la Malasia y la Micronesia en el

Océano equinoccial; la Cochinchina no puede moverse entre la Península

de Malaca y Hong-Kong; y por último, las concesiones otorgadas en

Shang-hai, Tien-tsing y la costa de la China, llevan la influencia del

Reino Unido hasta las regiones árticas en el estrecho de Davis, y puede

decirse que la Inglaterra tiene al mundo metido en el bolsillo.

Pero hablemos de Adén. Allí dejamos a los viajeros que se dirigen a

Zanzíbar, Mozambique, Madagascar, Mauricio y Borbón. Una serie de rocas

peladas, sin más vegetación que una lujuriante de artillería de grueso

calibre, sirve de asiento a la ciudad. Esta es una de las primeras

fortificaciones del mundo; luego la visitaremos; antes fijémonos en

lo que rodea al _Tigris_. Ya han trepado por la borda multitud de

mercaderes y se han cerrado las portillas de los camarotes para evitar

el hurto y la rapiña. Aquello es una invasión de hordas salvajes de

aspecto aterrador, color de ébano, ojos inyectados en sangre, pelo

crespo, sonrisa infernal, alaridos de fiera, desnudos la mayor parte,

y ofreciéndote sus mercancías, consistentes en pieles de tigre, de

leopardo o de mono, maderas toscamente labradas, flechas, crises,

armas, dientes de animales; la especulación, en fin, en su forma más

rudimentaria.

Nuestro vapor se ve rodeado por infinidad de barcazas, tripuladas por

seres que parecen monstruos salidos del Averno, y que en un inglés _sui

generis_, te brindan con llevarte a tierra. Los niños, que de cinco o

seis años ya manejan sus embarcaciones, tienen el aspecto de monos;

como el simio, rechinan los dientes, y como él tienen los pies y las

manos aplastadas, y muy largas las falanges. Han nacido para vivir en

el agua, y es de ver como, por una pequeña retribución, se precipitan

desde la borda del _Tigris_, atraviesan su quilla de babor a estribor,

luchan entre sí y pescan la moneda, que muchas veces el remolino ha

conducido al fondo. Otras, como en el viaje anterior al del _Tigris_,

acontece que un tiburón se encarga de dirimir la contienda, devorando a

alguna de aquellas pobres criaturas.

Lo que llama poderosamente la atención, es que la mayor parte de

aquellos negros ostenta una cabellera rubia como un hijo de las orillas

del Támesis. Confieso que mi primera intención fue creer que la

influencia del dominio inglés entraba por algo en aquel mesticismo de

la raza; pero luego supe que solo se debe a la moda, que allí, como en

todas partes, hace sentir su presión. Parece, en efecto, que este es un

signo de distinción entre los habitantes del golfo de Adén, y que para

obtener el resultado que se proponen, se untan la cabeza, después de

raspada, con una mezcla de cal y no sé qué otra sustancia; y lo prueba

el que muchos de ellos llevaban su hedionda plasta sobre el occipucio,

pareciendo como atacados de alguna asquerosa enfermedad cutánea.

Después dejan crecer el pelo, que, crespo y de colores distintos, les

abulta la cabeza en tres o cuatro veces el tamaño natural, y excuso

decirte si, al ver correr hacia ti a un fenómeno semejante, no echas

mano al revólver, como medida de precaución.

Lo primero que, después de los cañones, se ve al tocar tierra, es el

barrio comercial, con sus agencias, fondas, factorías y la residencia

del gobernador. Unos sucios e incómodos coches de cuatro asientos le

llevan a uno por la ciudad indígena, formada de chozas y zaquizamíes;

y después de cruzar el verdadero Adén, con sus cuarteles, sus casuchas

jalbegadas y sus estrechas calles, sigues subiendo, con el mar siempre

a la izquierda y algunos arrabales hediondos a la derecha, hasta

llegar a las cisternas, obra titánica donde apaga su sed aquel pueblo,

asfixiado por los rayos de un sol tropical.

En todo el trayecto de dos horas no se encuentra ni el vestigio de una

planta; solo al pie de las cisternas han conseguido, llevando tierra

vegetal de Europa, plantar una docena de árboles, pero una docena

literalmente hablando, que han alcanzado el desarrollo de una mata

de laurel. En los puestos de la policía, que se suceden de trecho en

trecho, se ve por vez primera el _gong_ o campana china, disco de metal

que da un sonido como el del címbalo, y con el cual se comunican los

agentes. Estos dominan a la turba a palos, y te libertan por ese medio

de los innumerables chiquillos que te siguen y asedian pidiéndote una

limosna, lo que no quita para que, después de despejado el terreno, el

_policeman_ tienda también la mano en demanda de retribución.

Asombra la diversidad de razas que allí pululan. El árabe, de correctas

facciones; el abisinio, desafiando al sol con su cabeza siempre

descubierta, y tapando sus piernas con una sábana llamada _sarrong_,

que, liada a la cintura, pende hasta los tobillos, mientras que

embozado en otra, echada sobre los hombros, encuadra con elegantes

pliegues su bronceada fisonomía, de puras aunque acentuadas líneas, y

juguetea con el inseparable junco en forma de cayado, indispensable

atributo de su elegante condición; el somaulís, con su gracioso

turbante; el afeitado y desnudo habitante de Nubia, cabalgando sobre el

paciente asno; el parsi, descendiente de los antiguos persas, sectario

de Zoroastro y adorador del fuego, cubierto con un jaique sobre

calzones a la europea, y calzada la cabeza con una como mitra en forma

idéntica a la boquilla de un clarinete; el indostánico o malabar, con

la chaquetilla de vivísimos colores y el abultado turbante escarlata,

fumando sus _ehibuc_, incrustado en las jorobas de su camello; hasta

el hombre, en fin, que sin otro traje que un pañuelo pendiente de la

cintura, ignora su patria, su religión y su lengua; todo se encuentra

allí en mezcla confusa, como si la especie humana se hubiera dado cita

para asombro del viajero, que solo conoce el mundo por las cartas

geográficas.

Amanece el día 25, y zarpamos con rumbo a Ceylán. A las dos de la tarde

doblamos el cabo Guardafui, y dejamos el estrecho de Bab-el-Mandeb para

cruzar el golfo de Omán por el mar de las Indias, y aquí empieza a

danzar el buque impelido por un violento SO., que no es otra cosa que

los últimos, pero respetables, aletazos del monzón.

Son los monzones unos vientos que en dirección distinta reinan

periódicamente en estas latitudes. De octubre a marzo soplan de NE., y

de mayo a agosto del SO.; pero hasta entablarse o fijarse, hay en los

meses intermedios una lucha entre ambos, que produce en el mar de la

China los horrorosos huracanes conocidos con el nombre de tiffones que,

aunque de menor importancia que los ciclones del Atlántico, ocasionan

catástrofes espantosas.

[Ilustración]

Pasemos lo mejor que podamos estos ocho días que nos esperan sin ver

tierra, y colocándonos por entre las Maldivas y las Laquedivas,

recalemos sobre el cabo Comorin, crucemos el golfo de Manaar y

fondeemos al terminar el 2 de septiembre en la parte meridional de la

isla de Ceylán, en aquel paraíso, portugués primero, luego holandés y

británico últimamente, que lleva el nombre de Punta de Gales.

* * * * *

Busco, pero en vano, la manera de describirte esta maravilla; no

se me ocurre más que compararla a una decoración de ópera de gran

espectáculo. Voy a ver si puedo dar de ello alguna idea. Estando en

rada, miras de frente a la ciudad, y por tu derecha se extiende la

costa. ¿Te has detenido a observar alguna vez el innumerable tejido de

troncos y ramas de que se componen los zarzales y las malezas? Pues

figúrate que toda aquella inextricable red de palitos se convierten en

elevados y airosos cocoteros, que se cimbrean al soplo de una benéfica

brisa, y tendrás la base de esta inconcebible vegetación. Imagínate

que del centro de la ciudad, surgen cúpulas de templos católicos,

pingorotes de capillas ojivales o góticas, promontorios de pagodas

búdicas, pirámides de monumentos bramines, minaretes de mezquitas

árabes, terrazas de opulentas moradas; y todo esto entre bosques de

jardinería. Yo no sé si me explico; pero a ver si me entiendes:

recuerdo que en todas partes por donde la vegetación es rica, se ve una

masa hermosa, imponente; pero _masa_ en fin, cosa maciza. En Gales no;

los troncos están tan compactos que se tocan; pero las ramas son tan

variadas, tan elegantes, tienen una languidez tan poética, que parece

como que el artífice de aquella naturaleza ha estudiado la combinación

de la luz sobre los colores de las plantas, y se ha complacido en

recortar aquellas hojas festoneadas, para que un cielo siempre azul

caiga a pabellones por las ondulaciones de los árboles, y un sol

tropical se infiltre por entre los hilos de aquel encaje de verdura.

Junto al cocotero de cubierto tronco y arqueado penacho, surgen el

bananero, de ancha y deshilachada hoja, y la palma del viajero,

abanico abierto de colosales ramas, que lanza al aire sus varillas,

adornadas de plumas de esmeralda, con la regularidad de los radios de

una circunferencia; y si de los prismas pasamos a los olores, dime el

maridaje que resultará de la mezcla de aquellas gomas, con los efluvios

de unos frutos que, empezando en la odorante piña, espiran y se ahogan

en los bosques de caneleros. ¡Aquello es un caos de colores y perfumes!

Saltemos pronto a tierra; hay que entrar allí. ¿Pero qué es esto? En

Gales todo es sorprendente. Las lanchas tampoco son como en los demás

países; los botes, las canoas, las falúas, todo aquello concluyó. Aquí

nos sale al encuentro la piragua, embarcación típica y original, que

merece describirse.

Figúrate un cajón de madera, de la longitud y de la altura de una

canoa ordinaria, con dos proas como esta, pero sin tripa, toda vez

que sus costados lo forman sencillamente dos planchas, unidas entre

sí por unos travesaños en la parte superior, y una especie de peana o

contrapeso por abajo. Su anchura no llega a media vara, de tal modo que

los tripulantes, al sentarse en ellas, llevan las piernas encajadas,

y las caderas fuera de la embarcación. Como supones, sería imposible

que este aparato flotase, a no ser por el balancín que le agregan por

un costado, y que consiste en dos largos remos armados y sujetos a la

borda en posición de bogar, a cuyos extremos se ata transversalmente, o

sea paralelo a la piragua, un cilindro de madera que, descansando sobre

el agua, establece el equilibrio, presentando un extenso polígono de

resistencia que le impide zozobrar.

Ya asaltan el _Tigris_ los buhoneros del país. La raza humana, que en

Nápoles era morena, tostada en África y negra en Adén, empieza a perder

color en la India; el cingalés es un moreno con fondo amarillo y pelo

de azabache. Hombres y mujeres se peinan echándose las melenas hacia

atrás, y retorciéndolas para sujetarlas, hechas un bodrio, sobre la

nuca; un peine de goma como el que en Europa usan las niñas, completa

su tocado. El cuerpo le ciñen con un sarrong de colores, como la sábana

de los abisinios, y una chaquetilla europea en ellos y un gabancito o

_caracó_ en ellas, que tiene poco de airoso. El sexo feo suele usar

patillas, lo que acaba de asimilarlos a los gitanos.

La venta a bordo ha cambiado también de fase. A los productos

artísticos de Italia y a los zoológicos de la Arabia, han sucedido

los finísimos encajes de Lahor, los bordados y telas primorosas de

Cachemira, los productos persas, que las caravanas indostánicas

transportan de Ispahán y de Teherán, y por último, las piedras

preciosas con que en calidad y cantidad compite la India con el mundo

entero.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 14 / 24 段