Y en efecto; a través del disco brillaba una tenue luz, principio del

orden de la naturaleza y fin de la confusión de los elementos; pero,

al retrogradar, la masa caótica iba espesándose gradualmente, y el

grueso vidrio no alcanzaba a resistir los aluviones de agua, tierra y

fuego que, agitados por el aire suspendían a intervalos y con violentos

choques el empuje del vehículo flotante en aquel barro incandescente.

La inalterabilidad había perdido sus propiedades; la asfixia se

apoderaba de los viajeros, por el calórico desprendido de las paredes;

hasta que por fin el cristal fundido, dando paso a un torrente de

sustancias ígneas, ¡¡¡se abrió con el estampido de cien volcanes!!!...

* * * * *

Era el público del teatro de la _Porte Saint Martin_ que, concluida la

representación de una comedia de Julio Verne, premiaba la inventiva del

autor. Juanita con Pendencia y los agregados militares enviados por

nuestro gobierno a la exposición de París, ocupaban unos asientos de

galería. Clara, casada desde la víspera con Luis, compartía con este

las miradas de los curiosos en un palco de proscenio, acompañada de su

tutor y de su inseparable amigo el arqueólogo, parte integrante de la

existencia de don Sindulfo desde que perdió a la muda en las playas de

Biarritz, y atraídos ambos a la Babilonia moderna por el aliciente del

universal concurso.

Ya se comprende lo demás: el tutor se había dormido y había soñado.

Cuando por el camino contó el sueño a su familia, todos rieron

grandemente; lo que dudo mucho que haya acontecido a mis lectores con

este relato. Y no obstante hay que reconocer que mi obra tiene por lo

menos un mérito: el de que un hijo de las Españas se haya atrevido a

tratar de deshacer el tiempo, cuando por el contrario es sabido que

_hacer tiempo_ constituye la casi exclusiva ocupación de los españoles.

[Ilustración]

VIAJE A CHINA

CARTAS AL DIRECTOR DE «LAS PROVINCIAS»

[Ilustración]

Macao, 26 de septiembre de 1878.

Querido amigo: A las diez en punto de la mañana del 11 de agosto, el

vapor _Tigris_, de las Mensajerías Marítimas, largó sus amarras, y como

flecha salida del arco, se desprendió de Marsella con rumbo al extremo

Oriente.

Todos tus lectores saben sin duda lo que es un barco; pero pocos

habrán estado a pupilo en uno correo durante treinta y ocho días, y

por si alguno llegara a necesitar ese hospedaje, allá van unos cuantos

informes sobre el particular.

Los buques tienen su fisonomía como las personas; pero como en ellas,

el cruzamiento de razas influye en la alteración de las facciones. No

sé si la estética naval o la conveniencia indujo, no hace mucho, a

los ingleses a suprimir el tajamar en sus _steamers_, y naturalmente,

del comercio de sus astilleros con las naciones marítimas, resultó

una generación de buques chatos que se pasea por los mares con los

quevedos en la frente, puesto que los dos vigías de proa ya no

encuentran narices sobre qué cabalgar. El _Tigris_, harto viejo para

someterse a las exigencias de la moda, conserva aún su cartílago nasal,

y hace bien, pues tengo para mí que en cuestiones de navegación, tan

indispensable es el olfato como la vista.

La patrona de estos pupilajes, que se llama _Agencia general_, y que

tiene sucursales en las cinco partes del mundo, reside en Marsella, y

le indica a uno el cuarto que puede ocupar en tal o cual de las nueve

casas que desde la _Joliette_ hasta _Shang-hai_ tiene en aquel momento

disponible; y he aquí lo que por 52 francos y 50 céntimos al día puede

exigir el huésped.

Una de las dos camas de que se compone cada camarote y los accesorios

correspondientes a un cuarto-tocador con ropa; un camarero; baño

diario, caliente o frío; un peluquero; el derecho de usar como

costureras a las camareras destinadas al servicio de señoras; un

médico; un boticario; cuarenta fogonistas, africanos, en su mayor parte

salidos del golfo de Adén, encargados de alimentar los hornos; un

primer maquinista y cuatro segundos; dos cocineros con sus marmitones

correspondientes; un _maître d’hôtel_ y doce criados para las mesas

de primera y segunda; cerca de cuarenta chinos para el servicio

secundario, entre los cuales algunos _boys_ (voz inglesa que significa

muchacho o criado de distinción), consagrados a agitar _las pancas_ de

que hablaré a su tiempo; un capitán de armas conservador de las de a

bordo, y con el deber de cerrar las escotillas de los camarotes cada

vez que al mar se le hinchan las narices y amenaza invadir el buque

por la menor abertura; despenseros; carniceros; un repostero; sobre

cincuenta tripulantes para poner y quitar las cortinas de los balcones,

según el viento que sopla; un agente de correos; un comisario, a cuyo

cargo corre la administración general, pago de haberes, compra de

provisiones y que recibe las quejas de los inquilinos si alguna tienen

que formular; no sé cuántos timoneros; tres oficiales y un segundo

capitán, salidos del cuerpo de pilotos, cada uno de los cuales hace el

servicio de puente durante cuatro horas, lo que en lenguaje técnico se

llama _el cuarto_, y por último, un comandante, por lo común teniente

de navío de la marina de guerra, jefe nato de todo el personal, y por

decirlo así, intendente de la casa.

De paso, y como detalle, te diré que el carbón que se gasta diariamente

a bordo se eleva a 50 toneladas, que, a 60 francos una como mínimum,

representa una suma de 3.000 por día.

Pasemos a la alimentación.

A las seis y media de la mañana empiezan los desayunos de café solo o

con leche, té, chocolate, pan con manteca, una copa de vino generoso

u otra bagatela por el estilo. A las nueve y media se sirve el

almuerzo, compuesto de cuatro _hors d’œuvres_, como sardinas de Nantes,

salchichón, agujas u otro pastelillo de carne, huevos, manteca, ostras,

langostinos, etc., etc., a los que siguen dos platos fuertes de cocina,

tan abundantes como variados, y el indispensable _karrick_ (arroz con

salsa muy cargada de pimienta), terminándose con un surtido postruario

y una taza de café. Las libaciones se hacen con vino tinto francés,

Marsala, Jerez seco, cerveza y coñac. También hay agua.

Cuanto sale de este programa se paga a parte.

«Y ya me tiene usted como un reloj», diría el _caballero particular_,

hasta las doce y media, hora en que se sirve el _tiffin_, palabra con

que se designa en Asia el _tente en pie_, que en Europa llaman los

ingleses y sus adeptos _lunch_, y que consta de caldo, salchichón,

pollo o carnes fiambres, queso, sandwiches, vino, cerveza, refrescos

de limón y brandy, y otras menudencias. Concluido el _tiffin_, ya

no se yanta nada más... hasta las cinco y media, en que la campana

vuelve a congregar a los pasajeros en el refectorio para la comida.

Afortunadamente esta es ligera: una sopa, un _relevé_, cuatro

suculentas entradas, dos asados (de ave y de carne), ensalada,

_karrick_, un plato de legumbres, dos _entremets_ o platos dulces, uno

de los que muy a menudo es sustituido por un rico helado, queso, frutas

frescas y secas, pastas, café, pan, vinos y licores.

Y ya no toma uno otra cosa hasta las ocho y media. Entonces, con el

pretexto de la taza de té, se paladea un bombón por aquí, se engulle

una galleta por allá, se discute y se prueba experimentalmente que el

sandwich es mejor por la noche que por la mañana; y con una limonada

ahora, un vaso de cerveza poco después y un _grog_ más tarde, dan

las diez de la noche, y las mandíbulas se entregan al reposo, para

emprender de nuevo su tarea al romper el alba, ni más ni menos que un

peón de albañil, sin domingos ni fiestas de guardar.

A propósito de fiestas, te diré que estas no se solemnizan, por no

haber a bordo sacerdotes; y que habiendo preguntado la causa de esta

omisión, se me contestó, y me convencieron, que de establecer en

los vapores un presbítero católico, había que dar cabida en ellos,

por equidad, a un pastor protestante, a un _papa_ griego, a un

derviche musulmán, a un bonzo chino y a tantos otros encargados de

los diferentes cultos con que los hombres interpretan la idea de la

Divinidad.

Las diversiones y los espectáculos se dividen en naturales y técnicos.

Son naturales el _whist_ y el ajedrez; el piano y canto, prodigados

generalmente por los que menos aptitudes deben a la madre naturaleza y

al arte auxiliar; el mareo desde la palidez, su primer síntoma en ambos

sexos, hasta la abstinencia del tabaco en el hombre y la descompostura

e impudibundez sin conciencia en las señoras; el rodar sobre cubierta

de los pasajeros con sus sillas en días de marejada; los equilibrios y

el cojeo de aquellos valientes que se pasean por vanidad, y a quienes

al echar el pie les falta el barco; el pajarito que vuela, el pez que

salta, el buque que se divisa, el promontorio que sale de las aguas, el

panorama del puerto a que se arriba, y el ridículo tocado con que el

europeo se disfraza por estas latitudes, y que contrasta con el traje

negativo de la mayor parte de los indígenas asiáticos.

Constituyen los técnicos las maniobras de la marinería, que los

pasajeros experimentados explican a los novicios con gravedad cómica

y en detrimento de la exactitud la mayor parte de las veces; las

noticias geográficas, hidrográficas y etnográficas con que el viajero

se enriquece, gracias a la amabilidad de los oficiales; el lenguaje de

las banderas y de las luces; las de Bengala con que se saludan por la

noche al cruzarse dos vapores de la misma compañía, y que, tomadas por

un incendio a bordo, hicieron salir de su camarote a cierta señora tan

despavorida, como ligera de ropa, enhebrada en un enorme salva-vidas de

cerca de dos varas de diámetro; la revista de inspección que el domingo

pasa el comandante, seguido de su estado mayor, a todo el personal,

vestido de gala y formado en su puesto; el simulacro de fuego a bordo

que se hace cada jueves y en el que, al minuto de dar la campana la

señal de alarma, todo tripulante debe hallarse en su destino, la bomba

funcionando, el doctor en la farmacia y las camareras preparando hilas

y vendajes; por último, el zafarrancho de combate que, una vez en el

viaje de ida y otro en el de vuelta, se simula para el horrible caso de

abandono del buque, y que se practica tomando cada oficial el mando de

un bote cuyas amarras hace picar, y saliendo primero el más joven con

los niños, después el que le sigue en edad con las mujeres, el tercero

con los viejos, y los sucesivos con el resto de la tripulación: todos

los oficiales, armados de revólveres, tienen la consigna de levantar

la tapa de los sesos al que no se someta a la disciplina del caso.

_¡Delisioso!_ como diría el capitán de la zarzuela _Robinson_.

Y enterado ya de lo que es el domicilio flotante y de la vida que en él

has de llevar, pasemos a lo que podrás ver, si te da la ocurrencia de

venir a hacerme una visita; para lo cual principias por gastarte dos

mil francos para meterte como un libro en el estante de una biblioteca;

y una vez encasillado, si el mareo no te vuelve tísico, o la diferencia

de climas no te mata, ni te asfixia el mar Rojo, ni la nostalgia te

impele a suicidarte, ya estás seguro de que a menos de que la máquina

estalle, o se declare una manga de agua que sumerja el buque, o que

haya un incendio a bordo, o que otro barco aborde el tuyo, o que un

error de cálculo en una noche oscura te haga estrellar contra una roca,

o que el mistral te quiera guardar en el Mediterráneo antes de que el

Monzón pueda engullirte en el Océano Índico o devorarte un tifón en

el mar de la China, ya estás seguro, repito, de llegar sano y salvo a

Hong-Kong y poder exclamar al pisar sus playas: «Me separan de mi casa

treinta y ocho días de mar y tres de tierra, descompuestos en tres

mil leguas de veinte al grado. Aquí son las ocho de la noche y en mi

patria apenas si será medio día: me hallo en pleno Celeste Imperio y he

hecho la mitad de la vuelta al mundo: escribiré mi llegada a la familia

y antes de tres meses tendré la contestación, si la manda a correo

seguido.»

Créeme, llévate pañuelo, porque si no tendrías que secarte más de una

lágrima con el dorso de la mano.

En fin, no pensemos más en ello; el comandante sobre el puente, grita

con voz de trueno: «_Larguez tout: en avant_», y las amarras se

divorcian de los bitones.

Partamos.

[Ilustración]

Macao, 8 de octubre de 1878.

Querido amigo: No me exijas que entre en un análisis profundo de las

cosas que vamos a ver. Recuerdo aún la sorpresa que me produjo siendo

niño, y ya empieza a ser larga la fecha, el primer prestidigitador que

admiré en un teatro, y el desengaño que experimenté cuando, ya mozo,

supe que tenían doble fondo las cajas; y desde entonces, siempre que

puedo, me limito a la superficie, sin meterme en honduras, convencido

de que la ilusión es más bella que la realidad.

Te convido, pues, a una función de fantasmagoría sin alardes de

erudición, en la que, si errores cometo, no serán de trascendencia,

puesto que no trato de producir enseñanza.

Pasemos el estrecho de Bonifacio, con la Córcega a un lado y la Cerdeña

al otro. ¿Ves a la derecha una casita blanca con un toldo de pámpanos?

Es la residencia de Garibaldi en Caprera. El brazo de la unidad

italiana está allí para señalar enfrente al viajero la cuna de los

Bonapartes.

Alborea el día 13 y fondeamos en Nápoles. Su extensa y hermosa bahía

se baña de luz; los vendedores de objetos de coral y de lava invaden

el _Tigris_, mientras los músicos ambulantes, metidos en lanchas, te

saludan con sus cantos populares, llenos de poesía y ejecutados con una

admirable precisión por jovencillas vivarachas de ojos de fuego, para

quienes la música es como la palabra: no saben cuándo la aprendieron.

El vapor debe zarpar a las nueve, y no hay tiempo para visitar todo lo

notable que encierra este primer punto de escala. Afortunadamente, yo

la conozco desde mi regreso de Atenas y voy, aunque muy de prisa, a

señalarte lo que más impresión ha de producirte.

Figúrate que desembarcamos a las seis de la tarde.

En primer lugar, tomemos un sorbete en casa de Benvenuto; es un tributo

que hay que pagar al gran confeccionador de helados que tiene Europa.

Por media lira, o sean dos reales, te sirven una como rodaja de queso

de bola, de dos dedos de gruesa y en forma de media luna, que te deja

recuerdo indeleble del nombre de _pezzi_ con que lo bautizan. De allí

nos vamos al teatro de San Carlos, suntuoso edificio dirigido por un

arquitecto español y academia en que se sanciona, como en la Scala de

Milán, la fama de los artistas líricos.

Ya es media noche y el estómago pide que nos ocupemos de él; por

consiguiente, en lugar de meternos entre las ahogadas paredes de un

restaurant, nos vamos a _Santa Lucía_. Allí, a la orilla del mar, al

aire libre, sobre magníficas mesas de mármol, alumbradas por globos de

gas, unos criados vestidos de rigurosa etiqueta nos sirven pescado

frito, langostinos y ostras frescas, que unas vendedoras muy jóvenes

y bien ataviadas abren y preparan en elegantes casilicios alineados

al borde del parapeto del muelle; y todo esto rociado con Salerno y

Siracusa, y amenizado con las picarescas canciones de tanta Malibrán

en flor y tanto Paganini degenerado como fecunda en aquella tierra

privilegiada la lava del Vesubio.

Una carretela nos aguarda. Subamos a ella y sigamos la herradura de

la bahía. Al cabo de dos horas de marcha, me preguntas admirado si

aquella calle de Nápoles no acaba nunca; y tu asombro crece de punto

al saber que hace más de una y media que hemos dejado la ciudad, y

que aquella serie interminable de quintas, caseríos, _villas_ y hasta

palacios, no son otra cosa que pueblecillos, jardines y granjas que se

suceden sin interrupción ni intervalo desde Nápoles hasta _Reggio_,

extremo occidental de la Italia en el estrecho de Mesina. Nosotros nos

paramos en _Portici_, donde, a defecto de la _Muda_ del maestro Auber,

encontramos a un locuaz arriero, que nos prepara las caballerías para

la ascensión al Vesubio.

Larga y penosa esta, fuera del interés científico que puede despertar

en un geólogo, no tiene otro encanto que la satisfacción de haber

marchado sobre cenizas, la vanidad de haber tocado los bordes de su

inmenso cráter y oído la bronca respiración de sus pulmones; y para el

que, como yo, madruga poco, haber asistido a la iluminación del golfo

por los primeros rayos del sol naciente. Plata en el mar, verde en

la montaña, rojo en el horizonte, azul en el cielo, tornasoles en la

ciudad, perfume en el ambiente, música en el espacio, luz en el aire.

Tú, poeta, dispón en tu fantasía y como te dicte el sentimiento, los

colores y los ruidos que te libro a granel; pero que son los verdaderos

componentes de una alborada en Nápoles.

Desde allí, y por otra vertiente, las acémilas nos bajan a Pompeya,

sepultada en el primer siglo de la era cristiana y descubierta en

tiempo de Carlos III, de la que hoy se conoce ya todo el perímetro

y más de tres cuartas partes de la ciudad están desenterradas. ¿Qué

podré decirte de ella? Su orden arquitectónico te es bien conocido.

Pues bien; imagínatela toda cortada a la altura del primer piso de

sus casas y sin más que la planta baja en pie. Pórticos, vestíbulos,

patios con fuentes microscópicas y detalles liliputienses, y detrás el

gineceo o habitaciones para las mujeres; columnas estriadas como base

de apoyo, mosaicos por adorno y el _cave canem_ inscrito en el suelo

cerca de la perrera, como aviso prudente para las pantorrillas del

visitante. Parece una ciudad cuyos moradores han salido para asistir a

alguna fiesta cercana, y a cada momento crees que van a hacer irrupción

en sus dominios. En su museo se admiran cosas sorprendentes: trigo

y legumbres carbonizadas, pan cocido el día de la erupción, aceite

metido en tinajas, joyas pertenecientes a los cadáveres, que se han

encontrado envueltos en una capa petrificada de lava y azufre, y de los

que han sacado vaciados en yeso, conservando la posición en que los

sorprendió la muerte; papiros a los que se da cierta consistencia con

una substancia química, y que colocados bajo una campana de cristal, se

los sujeta a un aparato que desenvuelve dos milímetros por día, hasta

que toda la hoja desarrollada, se la fotografía, y pegada a un cartón,

pasa a enriquecer la biblioteca de manuscritos, más notable bajo el

punto de vista de la curiosidad que de la historia. ¡Qué impresión al

visitar aquel teatro donde resonó la musa de Plauto y de Terencio!

¡Qué movimiento de horror ante aquel circo, donde tantos gladiadores

han apagado con su sangre la sed de espectáculos cruentos del pueblo

latino! ¡Qué sobrecogimiento ante aquel foro, que Cicerón ha sabido

llenar con su presencia cuando para reposar de las tareas de Roma, iba

a solazarse durante el estío en la patricia residencia pompeyana!

¡Qué asombro al visitar aquellas termas, germen en un principio de

salubridad y de higiene en una raza guerrera; fomentador más tarde

de la corrupción y la molicie en aquellos imitadores de Capua! ¡Qué

vergüenza en aquellos templos del amor, con sus lechos de mármol,

sus estimulantes del deseo artísticamente pintados en las paredes, y

su padrón de ignominia esculpido en la puerta como testimonio de la

divinidad a que se rendía culto!

Las ruinas de Herculano son más importantes en el concepto del arte;

pero lo difícil del descenso y la premura de nuestro viaje nos impiden

ir a verlas.

Tomemos el tren, y atravesando vergeles llenos de quintas, con sus

colgantes de macarrones puestos a secar en todas las ventanas (y de

que el pueblo napolitano hace un inconcebible consumo, comiéndolos la

gente baja con las manos y por madejas), volvamos a Nápoles, y a uña

de caballo, echemos una ojeada al museo de Borbón. Vasto y suntuoso

edificio; posee numerosos y notables cuadros; y en escultura se honra

con el grupo de Farnesio; pero como no podemos apreciar una por una

las bellezas que atesora, vamos a ceñirnos a una sola, aunque típica

especialidad. Me refiero a la venta de copias de aquellos lienzos

maestros, ejecutadas, no diré por artistas, mas sí por obreros del arte

de Apeles que, a centenares, invaden las espaciosas crujías del palacio

y asaltan al curioso con ofertas tentadoras y en competencia sin igual.

Allá va un ejemplo para muestra: una copia de una Santa Familia del

Sarto, midiendo media vara, tendida en un bastidor con cuñas, y aunque

ligeramente tratada, representando un trabajo de tres sesiones por lo

menos, me ha sido adjudicado en la suma de... ¡_una peseta_!

Y basta, que nos esperan a bordo. Atravesemos a escape la _Chioja_ y

_Toledo_, las dos grandes arterias de la populosa Nápoles, el palacio

real y la multitud de teatrillos que, como hongos, salen por todos

lados; y mientras el _Tigris_ larga sus amarras, echemos unas monedas

de cobre a esos buzos, que desde su lancha nos desean buen viaje.

Míralos cómo se zambullen, cómo luchan en el agua, y cómo, por fin, el

más hábil se presenta en la superficie, llevando en la boca los dos

cuartos de la presea. Por fin, zarpamos; los músicos ambulantes entonan

desde sus canoas una marcha, cuyos ecos se van debilitando poco a poco;

la bahía parece como que se contrae, y la ciudad como que se repliega;

ya un solo punto luminoso se ve en el horizonte: el Vesubio; después su

aliento... después nada; el mar, tan imponente cuando aleja al viajero;

tan juguetón y bullicioso cuando le vuelve a los suyos.

A las nueve de la noche, el _Stromboli_, como faro de las islas

Líparis, se presenta por estribor, arrojando fuego de su cráter. A

media noche, el vapor corre entre dos cordones de luces; son Mesina

y Reggio; Scila y Caribdis. La Sicilia se borra por fin con la vaga

silueta del Etna, y al otro lado la Calabria ulterior se pierde en

las olas y se confunde en la bruma. Dos días después llegan hasta

nosotros las brisas del archipiélago griego que, envidiosas de la isla

de Candía, que nos sale al paso, trepan por sus ásperas montañas, y

nos saludan con la más cariñosa de las sonrisas; y el 17, a las dos de

la tarde, el vigía de Daimieta anuncia nuestra llegada a Puerto-Said.

Estamos en África.

Instintivamente la mirada se vuelve hacia atrás como buscando algo que

se lleva el agua al borrar la estela de nuestro barco. Es que acabamos

de dejar una parte del mundo; la nuestra. ¡Adiós, Europa!

Hay dos itinerarios para llegar hasta el mar Rojo; el que seguimos

nosotros y el que se hace desembarcando en Alejandría y tomando el

ferrocarril que pasa por el Cairo y va a Suez. Este último es más

largo, no por la duración del viaje, sino porque una vez en la capital

del Egipto, ¿quién se vuelve sin visitar la Esfinge, la pirámide de

Gizeh, las demás tumbas de los Faraones y lavarse en la corriente del

Nilo?

He dicho que el viaje es más largo, _no por su duración_, y debo

rectificar este aserto, pues según me han referido, parece ser que la

locomoción ferrocativa de los _fellah_, hace de la lentísima española

algo vertiginoso, como los convoyes de San Francisco de California a

Nueva-York, pues entre otras causas hay la muy poderosa de que cuando

al maquinista se le cae la petaca, o encuentra a un amigo que sigue a

pie la ruta, para el tren, y recoge a una o a otro, sin que nadie le

dirija cargos por ello.

Nosotros, ya puestos en la boca del canal, seguiremos la recta trazada

por el inmortal Lesseps.

En Puerto-Said desembarcan los pasajeros para Beirut, Damasco, Esmirna,

y toda la costa de Siria y Palestina, y en los que seguimos al extremo

Oriente, empieza a verificarse la metamorfosis reglamentaria de trajes,

usos y costumbres.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 13 / 24 段